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martes, abril 09, 2019

ARQUITECTURA Y DELITO


            0. La conferencia

            Para quienes hemos escogido la escritura como medio de comunicación, las conferencias suelen ser un pequeño martirio porque la paciencia con la que vamos buscando las palabras o hilvanando las frases en nuestros escritos poco o nada tienen que ver con la habilidad de quien sabe plantarse ante un público y un micrófono durante una hora seguida, hablando sin parar. La superioridad del arte de la oratoria sobre el de la escritura es absoluta porque mientras ésta es una actividad fantasmal en la que el autor se aleja y esconde en la soledad del lápiz y el papel (ahora ordenador), aquella nos depara siempre la intensidad propia de la presencia física. La escritura, como también el cine, se elabora sobre el truco de horas y horas de trabajo, dando a la postre una imagen de sus autores muy superior a su auténtico valor. Así que cuando el escritor debe enfrentarse al reto de decir las cosas de una manera directa y en tiempo real, cae en la cuenta de sus limitaciones y lo pasa francamente mal (justamente lo contrario de aquél que apenas nunca ha tenido nada que decir y le ponen un micrófono delante, –todo hay que decirlo).
            Las conferencias son para el escritor auténticas curas de humildad, razón por la cual debe aceptarlas sin rechistar.
            Por suerte, hasta la fecha no me han “invitado” a muchas de estas terapias, y quienes lo han hecho han sido casi siempre amigos. Pero eso aún es peor porque en tal caso sucede que a las propias molestias de la humillación hay que añadir el miedo a decepcionar a tus anfitriones.

            De todos modos, a pesar del penoso trance de la sesión terapeútica y de la sensación de culpabilidad que te causa el fraude hacia quienes depositaron su confianza en tí llamándote para dar una charla, resulta que al final de todo sales con un buen material de frases y palabras, y no pocas energías para ponerlas de nuevo por escrito, empezando el ciclo una vez más. Con las notas y esquemas juntados y pensados antes de la conferencia, con las apreturas y sudores de la sesión de cuerpo presente, y con las preguntas y comentarios que surgen a continuación, acopias una documentación que no puedes en ningún caso dejar que se pierda sin ponerla pronto por escrito. Al revés de lo que pueda parecer sensato, últimamente me ha dado por escribir las conferencias después de darlas: un poco pues, a modo de memorandum, y un poco, también, para volver a salir de lo bajo que has caído. 
            La que escribo a continuación titulada originalmente  “Delcoración” y finalmente  “Arquitectura y delito”, tuvo lugar en Palma de Mallorca el día 24 de octubre del 2002 a invitación del decorador y profesor de decoración Francisco Romero, en el marco de la segunda edición de la feria regional MODEC. Vayan a él dedicadas estas líneas como gratitud por su confianza y como reparación de mis carencias oratorias.


            1. La arquitectura

            La voz arquitectura se ha desgastado tanto que para volver a encontrarle sentido o ponerla en su sitio hay que repensar todo en origen.
            La construcción del hábitat propio por parte del hombre pudiera verse como una continuidad con los nidos que se hacen los pájaros, las madrigueras de los conejos o los panales de las abejas; un “hacer” inocente al que los hombres no suelen llamar arquitectura sino construcción a secas. Sin embargo, William Morris, un pensador poco sospechoso de arrimar el ascua a su sardina (pues no era arquitecto), definía la arquitectura como toda alteración en la superficie terrestre destinada a satisfacer sus necesidades; así que al margen de cuestiones gremiales, bien podríamos entendernos con esa definición, –o acaso con una addenda explícita en la que se dijera que las necesidades que trata de satisfacer el hombre con la arquitectura son las de su hábitat. O sea, las mismas que las del conejo o la abeja. 
            La arquitectura es la actividad del hombre que hace su hábitat en la superficie de la tierra (...y ahora un poco más allá de esa superficie, en las estaciones espaciales...). Un hábitat que comienza con la construcción del nido o la casa, pero que dada la propia complejidad de hombre, se extiende pronto a otros territorios como las conexiones entre las casas, o a los utensilios pequeños que las hacen más habitables.
            El uso de la palabra arquitectura podría por tanto extenderse a los campos de lo que hoy se entiende como ingeniería civil o a los del diseño de objetos, y con ello empezar a sentir todo nuestro hábitat en la tierra como un continuum sin sobresaltos. Tan hábitat es la autopista o el aeropuerto por el que llego a la ciudad de Palma, como la silla en que ahora me siento. Todas las cosas hechas por la mano del hombre modificando o acomodando la naturaleza para su habitación pueden merecer el nombre de “arquitectura”, porque entre otras cosas no parece haber otro más adecuado, y porque en los tres casos siempre se usa el mismo método de pensar lo que se va a hacer –proyectar–, antes de ponerse a ello.
            Y así, el arquitecto, que por etimología es el archi  tectum, o sea, el primer albañil, es quien piensa lo que se va a hacer con la tierra y sobre la tierra para acomodarla mejor a sus necesidades de habitación; y lo mismo a la hora de tender un puente sobre el río como al dar las trazas para hacer una mesa. Puesto que el hombre es un ser complejo y jerarquizado orgánicamente, su hábitat también lo es; y la construcción del mismo, al tener que organizarse de un modo igualmente complejo, precisa de una jerarquía en el hacer que comienza en el hacer del arquitecto. Diríase que la mejor razón en usar la palabra arquitectura para la actividad de construir el hábitat humano radica en la figura de un director del proceso, el arquitecto. Incluso en el mundo de la construcción de objetos donde la complejidad inicial podría ser menor, con la industrialización del proceso la figura de un primer artífice o arquitecto (al que se le viene llamando diseñador) se hace tanto o más necesaria que en la construcción del puente o de la casa. 


            2. La decoración

            El habitat del hombre precisa de la arquitectura y comienza en ella pero la arquitectura, y ese es el meollo de esta conferencia, no es suficiente. La arquitectura es un hacer que da lugar a la aparición de nuevos objetos en el mundo –puentes, casas, candelabros–, que relacionamos directamente con el habitar. Pero a imagen y semejanza del hombre, los objetos que el hombre hace se desdoblan siempre entre una esencia y una presencia, un ser  de la cosa y un estar ahí  de la cosa. Un desdoblamiento que puede tener lugar en dos actos distintos o en dos momentos distintos, pero que pueden darse también simultáneamente sin que por ello desaparezca la doblez.
            La escisión entre un “ser” y un “ser-ahí” (o estar), la diferencia entre un “esto es” y un “así está bien” parecen haber sido expresadas mediante palabras con la raíz diz  o dec  que luego darían lugar a términos como decoro o decoración. Y del mismo modo que el hombre “es”, pero su “figura” se transforma o adapta en función de sus actos, en función de las circunstancias, en función de quién esté delante etc. etc., del mismo modo que el ser humano se viste para una boda, se modera ante una autoridad o se pinta los labios para llamar la atención del otro sexo; su habitación adopta también presencias cambiantes en función de que vayan a ser ocupadas por un bebé o destinadas a cocina, sus muros se visten de forma distinta si van a soportar las lluvias del norte o si van a dar al interior de la casa, sus columnas acomodan sus adornos al pórtico de recepción o a la fachada  trasera, y así sucesivamente.
            Diríase que la acomodación de la arquitectura a las circunstancias le da a ésta un cariz más efímero y circunstancial y en ese sentido, más ligado también a la condición humana. Así que cabe enunciar que frente a la aspiración de eternidad en la que suele incurrir la arquitectura (y el hombre), la decoración le viene a recordar a ésta (y a éste) su finitud. Decorar es, en el sentido más hermoso y profundo, humanizar la arquitectura: devolverla al tiempo efímero del hombre.
            Y en tanto que la arquitectura no sólo es todo aquello que tiene relación con la edificación sino también con las grandes obras públicas o con los pequeños objetos, la decoración tiene justa cabida en todas ellas. La desolación de los grandes aeropuertos, las autopistas, las presas o los puentes, suelen ablandarse cuando por ellas tiene que pasar un gran jefe de estado y aparecen adornadas de banderas, alfombras, vegetación o farolillos. La llegada de la navidad o de las fiestas suele ser también buena ocasión para decorar los tristes espacios cotidianos, aunque en general hay que señalar la poca atención que se presta a la humanización de todas las grandes obras que la evolución técnica ha permitido hacer en el pasado siglo veinte. Es posible que todo sea porque unos arquitectos “fundamentalistas del ser” proscribieron la decoración en sus manifiestos teóricos y hasta la quisieron llevar a los tribunales como si de un delito se tratara. Ya va siendo hora por  tanto, de que el nuevo siglo que ha comenzado ajuste cuentas de una vez por todas con esos predicadores que plantearon que la arquitectura por sí sóla era ya el hábitat del hombre. Por oposición al célebre título del artículo de Adolf Loos en el que criminalizaba el ornamento, yo les propondría recordar esta conferencia con el nombre de “Arquitectura y Delito” como titular de lo que ha sido la arquitectura del siglo XX.  
            Por lo que respecta al territorio de los objetos industriales, la decoración aparece nuevamente como actividad humanizadora de los mismos en tanto que pretende rescatarlos de la uniformidad que les procura la cadena de producción. El tapizado personal de la silla, el tirador artesanal sobre la puerta de serie, la calcomanía sobre el cristal, o las iniciales en el cubierto son las nuevas huellas de una humanización con las que los nuevos objetos indistintos se incorporan al habitat humano. Unas huellas que de algún modo vienen a sustituir o a recuperar aquellas otras huellas de imperfección que los artesanos dejaban en los objetos preindustriales que tanto ahora apreciamos.
            Dícese que la decoración a veces no es decoro sino ocultación, engaño o mentira. En el desdoblamiento entre el “ser” y el “presentarse” pudiera ser que se diese cierta continuidad o relación, pero también pudiera ocurrir que ambas manifestaciones poco o nada tuvieran que ver y que a esa falta de relación entre el ser y el presentarse pudiera entenderse como falsedad. De los tres tipos de decoración de la arquitectura que aprendí de los catedráticos Iñiguez y Ustarroz, esto es, la decoración simbólica, la analógica y la ornamental, la exigencia de continuidad entre el primer hacer y el segundo no siempre es exigible. Por ejemplo la presencia de versos coránicos sobre las pechinas de la Iglesia de Santa Sofía en Constantinopla en vez de iconos cristianos no afecta apenas a la lectura espacial del lugar y sólo alude a su actual culto y propiedad. Los escudos, rótulos o logotipos con que significamos los hábitats humanos en ese primer tipo de decoración rara vez tienen que ver con el lenguaje constructivo y arquitectónico por lo que la discontinuidad entre la arquitectura y la decoración simbólica es casi una constante. La sala en  la que doy esta conferencia se ha decorado para la ocasión con el cartel de la feria que nos acoge y nadie diría que con eso estamos engañando a la arquitectura de la sala, sino todo lo contrario. 
            De entre las tres decoraciones, la preferida de los arquitectos es sin duda la decoración analógica pues se aplica a expresar o ampliar no ya el destino o circunstancia de la habitación sino sus propias formas arquitectónicas: el hueco de la puerta que se reproduce en la moldura que la circunda, la estría de la columna que se hace eco de su propia verticalidad o el tendido de mortero sobre un muro que expresa su carácter laminar. Pero, ¿es eso cierto del todo? ¿no sabemos acaso que el muro no es una lámina continua sino un agregado de pequeñas piezas que quizás sería más sincero expresar mediante la textura rítmica de un ornamento superficial? ¿son sinceras y no engañosas las estrías de una columna romana cuyo mármol exterior sólo es el forro de una columna de ladrillos?
            La decoración ornamental, la más denostada de todas por su aparente desconexión con la arquitectura a la que adorna, la decoración de la Alhambra de Granada o la de los papeles pintados de nuestra habitación, puede que nos remita, para fastidio de los arquitectos fundamentalistas de la pureza, a lo más profundo del hecho constructivo, esto es, al latido y repetición de las pequeñas piezas con que se construye.
            Muy tontos han tenido que ser los arquitectos modernos del siglo XX para no darse cuenta de la diferencia entre un vestido y un disfraz, entre un maquillaje o una máscara. Y muy ridículos son todos los que toman a la desnudez arquitectónica como una manifestación de lo auténtico cuando todos sabemos que la desnudez humana es una de las presentaciones más elaboradas y costosas.


            3.La palabra

            Pero aún con todo, el hacer de la arquitectura y el humanizar de la decoración no son aún suficientes para que sus realizaciones lleguen a ser el hábitat del hombre. Dice Hölderlin en uno de los más profundos y hermosos poemas jamás escritos sobre el hábitat que

            muchas cosas ha experimentado el hombre y
            a muchas celestiales ha dado ya nombre
            desde que somos Palabra-en-diálogo
            y podemos los unos oír a los otros
            (...)
            Lleno está de méritos el Hombre;
            más no por ellos sino por la Poesía
            que hace de esta tierra su morada.

            Lo que explicado en prosa viene a decir que, si para que las cosas del mundo sean nuestra morada es preciso que la poesía les de nombre, no menos lo han de necesitar esas cosas que hacen los hombres mediante la arquitectura y la decoración. Para que las grandes obras de hormigón o los pequeños floreros formen parte de nuestro hábitat deben ser previamente pasados por la palabra, y sólo cuando encuentren la palabra adecuada o el nombre justo, esto es, cuando la poesía entre en ellos, formarán parte de nuestra morada.
            De ahí la necesidad de la crítica que, en principio, no es otra cosa que palabra y que si da con la palabra justa podrá llamarse poesía.
            Suelo contar para ilustrar este tercer hacer en el proceso de configuración de nuestro habitat una anécdota humana muy sencilla y doméstica: mi mujer se levanta por la mañana ojerosa y despeinada; luego se encierra en el baño durante un buen rato y sale peinada, pintada y con un rostro resplandeciente; regresa a la habitación y se viste con ropa limpia y aseada, y finalmente se despide de mí antes de salir al trabajo mientras yo me quedo maravillado por la transformación. Cuando vuelve al mediodía le pregunto si nadie le ha dicho lo guapa que ha ido hoy al trabajo, y me contesta que no, que su trabajo es un lugar inhóspito donde ya te pongas lo que te pongas nadie nunca te dirá nada. Desde luego que tiene razón: nada más inhabitable que un lugar donde no se dice nada de la hermosura del ser y de la belleza de su presentación. 
            En el mismo sentido del decir sobre el hábitat, Jorge Luis Borges escribía: “qué lindo ser habitadores de una ciudad que haya sido comentada por un gran verso” . Y así, los olmos de Soria o el paseo entre San Polo y San Saturio cantados por Machado o los mismos patios bonaerenses definidos por el mismo Borges (“el patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa” ) consiguen la cualidad de ser definitivamente partes de la habitación del hombre.
            Pero la palabra justa y adecuada a veces puede también causar un daño enorme. Cuéntase que cuando el emperador Maximiliano José inauguró el edificio de la Opera en Viena, comentó con desagrado el desacierto de un planta baja realmente pequeña y fuera de escala para cumplir con dignidad la función de su relación con la calle. Al día siguiente uno de los dos arquitectos autores del edificio abrumado por la humillación del emperador (y por su acierto crítico) se quitó la vida. Todo se hubiera arreglado si el emperador hubiera visto los planos previamente a la construcción del edificio, pues tanto en arquitectura como en decoración se procede sobre proyectos que deben ser discutidos y comentados antes de ejecutarse.
            La crítica es poética en tanto se esfuerce en encontrar la palabra justa para nombrar a las cosas, pero la crítica es también, para su desgracia, manifiesto del yo crítico y juicio que da vida a los objetos o los condena a muerte.
            Para hacer de la crítica poética y no opinión ni juicio, yo recomiendo evitar en lo posible la expresión “me gusta” y dilatar todo lo que se pueda el “juicio de valor”. No es fácil, ya lo sé, pero ese es el secreto de la crítica. Cuento en mi “Manual de Crítica de la Arquitectura” que existe una notable diferencia entre la expresión inglesa “I like it” y la expresión latina “ eso me gusta”, porque el orden de los sujetos está invertido y mientras en la primera queda claro que hablamos del yo, en la segunda parece que estuviéramos hablando de la cosa. En el mestizaje de lenguas al que nos encaminamos deberíamos aceptar en este caso la modalidad inglesa para entender que con ese tipo de expresión no hacemos crítica del objeto sino descripción del sujeto. Cuando hablamos de nuestros gustos sobre las cosas nos estamos describiendo a nosotros mismos sin pudor, por lo que convendría tenerlo muy en cuenta. Pero si la expresión del gusto personal se queda a las puertas de la crítica, el juicio final se pasa al otro extremo, pues una vez emitido, toda la argumentación se dispone al servicio del juicio y no de la cosa. Una vez dicho que una cosa es mala o buena, lo que se pretende a continuación es justificar el juicio y no dar con los nombres de la cosa.
            Para ejercer la crítica como poética, para nombrar a la arquitectura y su presentación se han escrito no pocos manuales a lo largo de la historia y se han fijado un buen puñado de palabras que actúan como referencias. Vitrubio nos proporcionó La Utilitas, la Firmitas y la Venustas. Alberti las transformó en Necesitas, Oportunitas y Voluptas. Luego aparecieron Sicurezza y Commodita, y así sucesivamente. La analítica ha arrojado otro buen puñado de nombres para acercarse a la arquitectura, tales como forma, color, luz, juego de volúmenes, espacios, secciones, texturas, proporción, signos, expresión, estilo, tendencia, composición, complejidad y contradicción, cualidad sin nombre, etc. etc. Todos ellos nos pueden guiar en la labor poética, esto es, en la búsqueda de la expresión adecuada al objeto que está pidiendo que hablamos de él para convertirse en nuestra morada. La diferencia entre un buen crítico que hace habitable el mundo y del mal crítico que sólo habla de sí o juzga es facilísimo de ver. Como es muy sencillo ser lo segundo y bastante difícil lo primero, porque exige siempre preparación y disciplina. Rara vez ya se encuentra a nadie que al salir del cine diga simplemente que le ha gustado o no la película, y hasta el crítico más inepto ya hace sus pinitos diciendo que la historia era mala pero los actores lo hacían bien, que la música no acompañaba a la acción o que la fotografía era muy impactante. Que la habitación humana reciba peor trato crítico que un producto de entretenimiento debería ser motivo de vergüenza. 


            4. El diálogo
           
            Pero el verso de Hölderlin no sólo habla de dar nombre a las cosas celestiales y a las cosas hechas por el hombre para hacer de ellas nuestra morada, sino que al hombre que da nombres lo define como palabra-en-diálogo.
            La palabra del hombre que nombra las cosas no es por lo tanto fija y concluyente sino, como el hombre mismo, abierta, efímera y mudable. La palabra que nombra a la arquitectura y a su presentación decorativa ha de ser a su vez objeto de nuevas palabras en diálogo para que el mundo sea finalmente habitable. La palabra del hombre es pues palabra-en-dialogo, de manera que para cerrar el ciclo, la crítica de la crítica se constituye así en el cuarto y definitivo hacer del conjunto de actividades que construyen nuestra morada.
            Decíamos en el punto anterior que hay mucha opinión y mucho juicio en vez de crítica, pero en este cuarto punto se ha de decir que aún se hace menos crítica de la crítica. Rara vez en estos tiempos la palabra crítica de la arquitectura es contestada y puesta en su sitio, así que me voy a permitir terminar esta conferencia mencionando lo que hay y lo que cabe hacer.
            El lenguaje crítico de nuestros días está mediatizado por la sobreabundancia de información y por las necesidades comerciales del negocio de la prensa y ofrece un panorama claramente bipolar.
            Por un lado, la crítica de arquitectura, ejercida mayormente por hombres en revistas de escasa tirada pero muy caras, viene expresada en un lenguaje abstracto y pseudorreligioso en el que lo único entendible suele ser el santoral de arquitectos que poco a poco se va configurando para la elevación a los altares de una Historia que le sigue después, o hasta casi se podría decir que de inmediato. La Historia pisa los talones a la crítica y ambas funcionan como el cazador y su perro obteniendo piezas para Arte. Luis Fernández Galiano es en ese sentido uno de los pointers más trabajadores de este país. Claro que habida cuenta del negocio de la prensa y de los grandes estudios es lícito pensar que no todo es religión de Arte y servicio a la Historia sino que toda esa producción de nombres propios e imágenes fotográficas de arquitectura esconde también un deseo de notoriedad de los artistas y un trasiego de favores, invitaciones, jurados, premios y encargos. La actual crítica de arquitectura no se ocupa por lo tanto del noventa y nueve por ciento de las cosas que hace el hombre sino tan sólo de ese uno por ciento que alimenta las religiones o el negocio de la Historia y el Arte. Y de ese modo la gente ha acabado por confundir arquitectura con ese uno por ciento hecho por los artistas y por entender que el otro noventa y nueve por ciento hecho por los hombres no es arquitectura, –lo que entra claramente en contradicción con la definición de Morris dada al principio.
            Por otro lado la crítica de la decoración, ejercida mayoritariamente por mujeres en revistas comerciales de amplia tirada y bajo precio, expresada en un lenguaje de cóctel y flirteo, lejos de llevar hacia los altares al segundo hacer del hábitat, lo rebaja hacia la nada más sinsustancial. El tipo de publicación en el que viene esta crítica (por llamarla de algún modo) al estar mucho más ligado al consumo de masas que las revistas de arquitectura, muestra con mucho más descaro la componente económica y publicitaria de buena parte de sus contenidos. Y como en el caso de las bebidas edulcoradas, en vez de calmar la sed, lo que hacen es inducir a seguir comprando más y más revistas de este tipo para que nunca logremos entender lo que es la compleción y naturaleza del hábitat humano.
            Las vanguardias y los estilos van tomando cuerpo mediante el lenguaje culto y abstracto de los críticos de la arquitectura, mientras que las modas y tendencias, aparecen y desaparecen mediante el chispeante cotilleo de las revistas  “delcoración”. Las primeras alimentan los capítulos de los libros de la historia del arte y de paso, las ambiciones de los políticos que desean subirse al carro; y las últimas sirven como aceleradores de las cadenas de la producción y el consumo.
            La necesidad de habitar digna y armónicamente la tierra subyace bajo todo ese palabrerío sin que se atiendan y nombren sus circunstancias y quehaceres. Y de ese modo, el mundo avanza aceleradamente, de la mano de un poderío técnico desvocado, hacia la desolación, cuando no a la destrucción.
           
            Sirvan pues estas palabras para hacer un poco más habitable el mundo mediante el recordatorio de la definición de arquitectura, la reivindicación de la naturaleza del decoro, la consideración poética de la crítica, la crítica de la crítica y como no, la puesta en diálogo de su propio contenido y expresión.
                       
                                                                                                         

           

jueves, mayo 27, 2010

ARQUITECTURA Y DELITO

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(Publicado en el hC03 del elhAlln65, diciembre del 2002)


0. La conferencia

Para quienes hemos escogido la escritura como medio de comunicación, las conferencias suelen ser un pequeño martirio porque la paciencia con la que vamos buscando las palabras o hilvanando las frases en nuestros escritos poco o nada tienen que ver con la habilidad de quien sabe plantarse ante un público y un micrófono durante una hora seguida, hablando sin parar. La superioridad del arte de la oratoria sobre el de la escritura es absoluta porque mientras ésta es una actividad fantasmal en la que el autor se aleja y esconde en la soledad del lápiz y el papel, aquella nos depara siempre la intensidad propia de la presencia física. La escritura, como también el cine, se elabora sobre el truco de horas y horas de trabajo, dando a la postre una imagen de sus autores muy superior a su auténtico valor. Así que cuando el escritor debe enfrentarse al reto de decir las cosas de una manera directa y en tiempo real, cae en la cuenta de sus limitaciones y lo pasa francamente mal (justamente lo contrario de aquél que apenas nunca ha tenido nada que decir y le ponen un micrófono delante, –todo hay que decirlo).
Las conferencias son para el escritor auténticas curas de humildad, razón por la cual debe aceptarlas sin rechistar.
Por suerte, hasta la fecha no me han “invitado” a muchas de estas terapias, y quienes lo han hecho han sido casi siempre amigos. Pero eso aún es peor porque en tal caso sucede que a las propias molestias de la humillación hay que añadir el miedo a decepcionar a tus anfitriones.

De todos modos, a pesar del penoso trance de la sesión terapeútica y de la sensación de culpabilidad que te causa el fraude hacia quienes depositaron su confianza en tí llamándote para dar una charla, resulta que al final de todo sales con un buen material de frases y palabras, y no pocas energías para ponerlas de nuevo por escrito, empezando el ciclo una vez más. Con las notas y esquemas juntados y pensados antes de la conferencia, con las apreturas y sudores de la sesión de cuerpo presente, y con las preguntas y comentarios que surgen a continuación, acopias una documentación que no puedes en ningún caso dejar que se pierda sin ponerla pronto por escrito. Al revés de lo que pueda parecer sensato, últimamente me ha dado por escribir las conferencias después de darlas: un poco pues, a modo de memorandum, y un poco, también, para volver a salir de lo bajo que has caído.
La que escribo a continuación titulada originalmente “Delcoración” y finalmente “Arquitectura y delito”, tuvo lugar en Palma de Mallorca el día 24 de octubre del 2002 a invitación del decorador y profesor de decoración Francisco Romero, en el marco de la segunda edición de la feria regional MODEC. Vayan a él dedicadas estas líneas como gratitud por su confianza y como reparación de mis carencias oratorias.


1. La arquitectura

La voz arquitectura se ha desgastado tanto que para volver a encontrarle sentido o ponerla en su sitio hay que repensar todo en origen.

La construcción del habitat propio por parte del hombre pudiera verse como una continuidad con los nidos que se hacen los pájaros, las madrigueras de los conejos o los panales de las abejas; un “hacer” inocente al que los hombres no suelen llamar arquitectura sino construcción a secas. Sin embargo, William Morris, un pensador poco sospechoso de arrimar el ascua a su sardina (pues no era arquitecto), definía la arquitectura como toda alteración en la superficie terrestre destinada a satisfacer sus necesidades; así que al margen de cuestiones gremiales, bien podríamos entendernos con esa definición, –o acaso con una addenda explícita en la que se dijera que las necesidades que trata de satisfacer el hombre con la arquitectura son las de su habitat. O sea, las mismas que las del conejo o la abeja.

La arquitectura es la actividad del hombre que hace su habitat en la superficie de la tierra (...y ahora un poco más allá de esa superficie, en las estaciones espaciales...). Un habitat que comienza con la construcción del nido o la casa, pero que dada la propia complejidad de hombre, se extiende pronto a otros territorios como las conexiones entre las casas, o a los utensilios pequeños que las hacen más habitables.

El uso de la palabra arquitectura podría por tanto extenderse a los campos de lo que hoy se entiende como ingeniería civil o a los del diseño de objetos, y con ello empezar a sentir todo nuestro habitat en la tierra como un continuum sin sobresaltos. Tan habitat es la autopista o el aeropuerto por el que llego a la ciudad de Palma, como la silla en que ahora me siento. Todas las cosas hechas por la mano del hombre modificando o acomodando la naturaleza para su habitación pueden merecer el nombre de “arquitectura”, porque entre otras cosas no parece haber otro más adecuado, y porque en los tres casos siempre se usa el mismo método de pensar lo que se va a hacer –proyectar–, antes de ponerse a ello.

Y así, el arquitecto, que por etimología es el archi tectum, o sea, el primer albañil, es quien piensa lo que se va a hacer con la tierra y sobre la tierra para acomodarla mejor a sus necesidades de habitación; y lo mismo a la hora de tender un puente sobre el río como al dar las trazas para hacer una mesa. Puesto que el hombre es un ser complejo y jerarquizado orgánicamente, su habitat también lo es; y la construcción del mismo, al tener que organizarse de un modo igualmente complejo, precisa de una jerarquía en el hacer que comienza en el hacer del arquitecto. Diríase que la mejor razón en usar la palabra arquitectura para la actividad de construir el habitat humano radica en la figura de un director del proceso, el arquitecto. Incluso en el mundo de la construcción de objetos donde la complejidad inicial podría ser menor, con la industrialización del proceso la figura de un primer artífice o arquitecto (al que se le viene llamando diseñador) se hace tanto o más necesaria que en la construcción del puente o de la casa.


2. La decoración

El habitat del hombre precisa de la arquitectura y comienza en ella pero la arquitectura, y ese es el meollo de esta conferencia, no es suficiente. La arquitectura es un hacer que da lugar a la aparición de nuevos objetos en el mundo –puentes, casas, candelabros–, que relacionamos directamente con el habitar. Pero a imagen y semejanza del hombre, los objetos que el hombre hace se desdoblan siempre entre una esencia y una presencia, un ser de la cosa y un estar ahí de la cosa. Un desdoblamiento que puede tener lugar en dos actos distintos o en dos momentos distintos, pero que pueden darse también simultáneamente sin que por ello desaparezca la doblez.

La escisión entre un “ser” y un “ser-ahí” (o estar), la diferencia entre un “esto es” y un “así está bien” parecen haber sido expresadas mediante palabras con la raíz diz o dec que luego darían lugar a términos como decoro o decoración. Y del mismo modo que el hombre “es”, pero su “figura” se transforma o adapta en función de sus actos, en función de las circunstancias, en función de quién esté delante etc. etc., del mismo modo que el ser humano se viste para una boda, se modera ante una autoridad o se pinta los labios para llamar la atención del otro sexo; su habitación adopta también presencias cambiantes en función de que vayan a ser ocupadas por un bebé o destinadas a cocina, sus muros se visten de forma distinta si van a soportar las lluvias del norte o si van a dar al interior de la casa, sus columnas acomodan sus adornos al pórtico de recepción o a la fachada trasera, y así sucesivamente.

Diríase que la acomodación de la arquitectura a las circunstancias le da a ésta un cariz más efímero y circunstancial y en ese sentido, más ligado también a la condición humana. Así que cabe enunciar que frente a la aspiración de eternidad en la que suele incurrir la arquitectura (y el hombre), la decoración le viene a recordar a ésta (y a éste) su finitud. Decorar es, en el sentido más hermoso y profundo, humanizar la arquitectura: devolverla al tiempo efímero del hombre.

Y en tanto que la arquitectura no sólo es todo aquello que tiene relación con la edificación sino también con las grandes obras públicas o con los pequeños objetos, la decoración tiene justa cabida en todas ellas. La desolación de los grandes aeropuertos, las autopistas, las presas o los puentes, suelen ablandarse cuando por ellas tiene que pasar un gran jefe de estado y aparecen adornadas de banderas, alfombras, vegetación o farolillos. La llegada de la navidad o de las fiestas suele ser también buena ocasion para decorar los tristes espacios cotidianos, aunque en general hay que señalar la poca atención que se presta a la humanización de todas las grandes obras que la evolución técnica ha permitido hacer en el pasado siglo veinte. Es posible que todo sea porque unos arquitectos “fundamentalistas del ser” proscribieron la decoración en sus manifiestos teóricos y hasta la quisieron llevar a los tribunales como si de un delito se tratara. Ya va siendo hora por tanto, de que el nuevo siglo que ha comenzado ajuste cuentas de una vez por todas con esos predicadores que plantearon que la arquitectura por sí sóla era ya el habitat del hombre. Por oposición al célebre título del artículo de Adolf Loos en el que criminalizaba el ornamento, yo les propondría recordar esta conferencia con el nombre de “Arquitectura y Delito” como titular de lo que ha sido la arquitectura del siglo XX.

Por lo que respecta al territorio de los objetos industriales, la decoración aparece nuevamente como actividad humanizadora de los mismos en tanto que pretende rescatarlos de la uniformidad que les procura la cadena de producción. El tapizado personal de la silla, el tirador artesanal sobre la puerta de serie, la calcomanía sobre el cristal, o las iniciales en el cubierto son las nuevas huellas de una humanización con las que los nuevos objetos indistintos se incorporan al habitat humano. Unas huellas que de algún modo vienen a sustituir o a recuperar aquellas otras huellas de imperfección que los artesanos dejaban en los objetos preindustriales que tanto ahora apreciamos.

Dícese que la decoración a veces no es decoro sino ocultación, engaño o mentira. En el desdoblamiento entre el “ser” y el “presentarse” pudiera ser que se diese cierta continuidad o relación, pero también pudera ocurrir que ambas manifestaciones poco o nada tuvieran que ver y que a esa falta de relación entre el ser y el presentarse pudiera entenderse como falsedad. De los tres tipos de decoración de la arquitectura que aprendí de los catedráticos Iñiguez y Ustarroz, esto es, la decoración simbólica, la analógica y la ornamental, la exigencia de continuidad entre el primer hacer y el segundo no siempre es exigible. Por ejemplo la presencia de versos coránicos sobre las pechinas de la Iglesia de Santa Sofía en Constantinopla en vez de iconos cristianos no afecta apenas a la lectura espacial del lugar y sólo alude a su actual culto y propiedad. Los escudos, rótulos o logotipos con que significamos los habitats humanos en ese primer tipo de decoración rara vez tienen que ver con el lenguaje constructivo y arquitectónico por lo que la discontinuidad entre la arquitectura y la decoración simbólica es casi una constante. La sala en la que doy esta conferencia se ha decorado para la ocasión con el cartel de la feria que nos acoge y nadie diría que con eso estamos engañando a la arquitectura de la sala, sino todo lo contrario.

De entre las tres decoraciones, la preferida de los arquitectos es sin duda la decoración analógica pues se aplica a expresar o ampliar no ya el destino o circunstancia de la habitación sino sus propias formas arquitectónicas: el hueco de la puerta que se reproduce en la moldura que la circunda, la estría de la columna que se hace eco de su propia verticalidad o el tendido de mortero sobre un muro que expresa su carácter laminar. Pero, ¿es eso cierto del todo? ¿no sabemos acaso que el muro no es una lámina continua sino un agregado de pequeñas piezas que quizás sería más sincero expresar mendiante la textura rítmica de un ornamento superficial? ¿son sinceras y no engañosas las estrías de una columna romana cuyo mármol exterior sólo es el forro de una columna de ladrillos?

La decoración ornamental, la más denostada de todas por su aparente desconexión con la arquitectura a la que adorna, la decoración de la Alhambra de Granada o la de los papeles pintados de nuestra habitación, puede que nos remita, para fastidio de los arquitectos fundamentalistas de la pureza, a lo más profundo del hecho constructivo, esto es, al latido y repetición de las pequeñas piezas con que se construye.

Muy tontos han tenido que ser los arquitectos modernos del siglo XX para no darse cuenta de la diferencia entre un vestido y un disfraz, entre un maquillaje o una máscara. Y muy ridículos son todos los que toman a la desnudez arquitectónica como una manifestación de lo auténtico cuando todos sabemos que la desnudez humana es una de las presentaciones más elaboradas y costosas.


3.La palabra

Pero aún con todo, el hacer de la arquitectura y el humanizar de la decoración no son aún suficientes para que sus realizaciones llegen a ser el habitat del hombre. Dice Hölderlin en uno de los más profundos y hermosos poemas jamás escritos sobre el habitat que

muchas cosas ha experimentado el hombre y
a muchas celestiales ha dado ya nombre
desde que somos Palabra-en-diálogo
y podemos los unos oír a los otros
(...)
Lleno está de méritos el Hombre;
más no por ellos sino por la Poesía
que hace de esta tierra su morada.


Lo que explicado en prosa viene a decir que, si para que las cosas del mundo sean nuestra morada es preciso que la poesía les de nombre, no menos lo han de necesitar esas cosas que hacen los hombres mediante la arquitectura y la decoración. Para que las grandes obras de hormigón o los pequeños floreros formen parte de nuestro habitat deben ser previamente pasados por la palabra, y sólo cuando encuentren la palabra adecuada o el nombre justo, esto es, cuando la poesía entre en ellos, formarán parte de nuestra morada.

De ahí la necesidad de la crítica que, en principio, no es otra cosa que palabra y que si da con la palabra justa podrá llamarse poesía.

Suelo contar para ilustrar este tercer hacer en el proceso de configuración de nuestro habitat una anécdota humana muy sencilla y doméstica: mi mujer se levanta por la mañana ojerosa y despeinada; luego se encierra en el baño durante un buen rato y sale peinada, pintada y con un rostro resplandeciente; regresa a la habitación y se viste con ropa limpia y aseada, y finalmente se despide de mí antes de salir al trabajo mientras yo me quedo maravillado por la transformación. Cuando vuelve al mediodía le pregunto si nadie le ha dicho lo guapa que ha ido hoy al trabajo, y me contesta que no, que su trabajo es un lugar inhóspito donde ya te pongas lo que te pongas nadie nunca te dirá nada. Desde luego que tiene razón: nada más inhabitable que un lugar donde no se dice nada de la hermosura del ser y de la belleza de su presentación.

En el mismo sentido del decir sobre el habitat, Jorge Luis Borges escribía: “qué lindo ser habitadores de una ciudad que haya sido comentada por un gran verso” . Y así, los olmos de Soria o el paseo entre San Polo y San Saturio cantados por Machado o los mismos patios bonaerenses definidos por el mismo Borges (“el patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa” ) consiguen la cualidad de ser definitivamente partes de la habitación del hombre.

Pero la palabra justa y adecuada a veces puede también causar un daño enorme. Cuentase que cuando el emperador Maximiliano José inauguró el edificio de la Opera en Viena, comentó con desagrado el desacierto de un planta baja realmente pequeña y fuera de escala para cumplir con dignidad la función de su relación con la calle. Al día siguiente uno de los dos arquitectos autores del edificio abrumado por la humillación del emperador (y por su acierto crítico) se quitó la vida. Todo se hubiera arreglado si el emperador hubiera visto los planos previamente a la construcción del edificio, pues tanto en arquitectura como en decoración se procede sobre proyectos que deben ser discutidos y comentados antes de ejecutarse.

La crítica es poética en tanto se esfuerce en encontrar la palabra justa para nombrar a las cosas, pero la crítica es también, para su desgracia, manifiesto del yo crítico y juicio que da vida a los objetos o los condena a muerte.

Para hacer de la crítica poética y no opinión ni juicio, yo recomiendo evitar en lo posible la expresión “me gusta” y dilatar todo lo que se pueda el “juicio de valor”. No es fácil, ya lo sé, pero ese es el secreto de la crítica. Cuento en mi “Manual de Crítica de la Arquitectura” que existe una notable diferencia entre la expresión inglesa “I like it” y la expresión latina “ eso me gusta”, porque el orden de los sujetos está invertido y mientras en la primera queda claro que hablamos del yo, en la segunda parece que estuvieramos hablando de la cosa. En el mestizaje de lenguas al que nos encaminamos deberíamos aceptar en este caso la modalidad inglesa para entender que con ese tipo de expresión no hacemos crítica del objeto sino descripción del sujeto. Cuando hablamos de nuestros gustos sobre las cosas nos estamos describiendo a nosotros mismos sin pudor, por lo que convendría tenerlo muy en cuenta. Pero si la expresión del gusto personal se queda a las puertas de la crítica, el juicio final se pasa al otro extremo, pues una vez emitido, toda la argumentación se dispone al servicio del juicio y no de la cosa. Una vez dicho que una cosa es mala o buena, lo que se pretende a continuación es justificar el juicio y no dar con los nombres de la cosa.

Para ejercer la crítica como poética, para nombrar a la arquitectura y su presentación se han escrito no pocos manuales a lo largo de la historia y se han fijado un buen puñado de palabras que actúan como referencias. Vitrubio nos proporcionó La Utilitas, la Firmitas y la Venustas. Alberti las transformó en Necesitas, Oportunitas y Voluptas. Luego aparecieron Sicurezza y Commodita, y así sucesivamente. La analítica ha arrojado otro buen puñado de nombres para acercarse a la arquitectura, tales como forma, color, luz, juego de volúmenes, espacios, secciones, texturas, proporción, sígnos, expresión, estilo, tendencia, composición, complejidad y contradicción, cualidad sin nombre, etc. etc. Todos ellos nos pueden guiar en la labor poética, esto es, en la búsqueda de la expresión adecuada al objeto que está pidiendo que hablamos de él para convertirse en nuestra morada. La diferencia entre un buen crítico que hace habitable el mundo y del mal crítico que sólo habla de sí o juzga es facilísimo de ver.

Como es muy sencillo ser lo segundo y bastante difícil lo primero, porque exige siempre preparación y disciplina. Rara vez ya se encuentra a nadie que al salir del cine diga simplemente que le ha gustado o no la película, y hasta el crítico más inepto ya hace sus pinitos diciendo que la historia era mala pero los actores lo hacían bien, que la música no acompañaba a la acción o que la fotografía era muy impactante. Que la habitación humana reciba peor trato crítico que un producto de entretenimiento debería ser motivo de vergüenza.


4. El diálogo

Pero el verso de Hölderlin no sólo habla de dar nombre a las cosas celestiales y a las cosas hechas por el hombre para hacer de ellas nuestra morada, sino que al hombre que da nombres lo define como palabra-en-diálogo.

La palabra del hombre que nombra las cosas no es por lo tanto fija y concluyente sino, como el hombre mismo, abierta, efímera y mudable. La palabra que nombra a la arquitectura y a su presentación decorativa ha de ser a su vez objeto de nuevas palabras en diálogo para que el mundo sea finalmente habitable. La palabra del hombre es pues palabra-en-dialogo, de manera que para cerrar el ciclo, la crítica de la crítica se constituye así en el cuarto y definitivo hacer del conjunto de actividades que construyen nuestra morada.

Decíamos en el punto anterior que hay mucha opinión y mucho juicio en vez de crítica, pero en este cuarto punto se ha de decir que aún se hace menos crítica de la crítica. Rara vez en estos tiempos la palabra crítica de la arquitctura es contestada y puesta en su sitio, así que me voy a permitir terminar esta conferencia mencionando lo que hay y lo que cabe hacer.

El lenguaje crítico de nuestros días está mediatizado por la sobreabundancia de información y por las necesidades comerciales del negocio de la prensa y ofrece un panorama claramente bipolar.

Por un lado, la crítica de arquitectura, ejercida mayormente por hombres en revistas de escasa tirada pero muy caras, viene expresada en un lenguaje abstracto y pseudoreligioso en el que lo único entendible suele ser el santoral de arquitectos que poco a poco se va configurando para la elevación a los altares de una Historia que le sigue después, o hasta casi se podría decir que de inmediato. La Historia pisa los talones a la crítica y ambas funcionan como el cazador y su perro obteniendo piezas para Arte. Luis Férnandez Galiano es en ese sentido uno de los pointers más trabajadores de este país. Claro que habida cuenta del negocio de la prensa y de los grandes estudios es lícito pensar que no todo es religión de Arte y servicio a la Historia sino que toda esa producción de nombres propios e imágenes fotográficas de arquitectura esconde también un deseo de notoriedad de los artistas y un trasiego de favores, invitaciones, jurados, premios y encargos. La actual crítica de arquitectura no se ocupa por lo tanto del noventaynueve por ciento de las cosas que hace el hombre sino tan sólo de ese uno por ciento que alimenta las religiones o el negocio de la Historia y el Arte. Y de ese modo la gente ha acabado por confundir arquitectura con ese uno por ciento hecho por los artistas y por entender que el otro noventaynueve por ciento hecho por los hombres no es arquitectura, –lo que entra claramente en contradicción con la definición de Morris dada al principio.

Por otro lado la crítica de la decoración, ejercida mayoritariamente por mujeres en revistas comerciales de amplia tirada y bajo precio, expresada en un lenguaje de cóctel y flirteo, lejos de llevar hacia los altares al segundo hacer del habitat, lo rebaja hacia la nada más sinsustancial. El tipo de publicación en el que viene esta crítica (por llamarla de algún modo) al estar mucho más ligado al consumo de masas que las revistas de arquitectura, muestra con mucho más descaro la componente económica y publicitaria de buena parte de sus contenidos. Y como en el caso de las bebidas edulcoradas, en vez de calmar la sed, lo que hacen es inducir a seguir comprando más y más revistas de este tipo para que nunca logremos entender lo que es la complección y naturaleza del habitat humano.

Las vanguardias y los estilos van tomando cuerpo mediante el lenguaje culto y abstracto de los críticos de la arquitectura, mientras que las modas y tendencias, aparecen y desaparecen mediante el chispeante cotilleo de las revistas “delcoración”. Las primeras alimentan los capítulos de los libros de la historia del arte y de paso, las ambiciones de los políticos que desean subirse al carro; y las últimas sirven como aceleradores de las cadenas de la producción y el consumo.
La necesidad de habitar digna y armónicamente la tierra subyace bajo todo ese palabrerío sin que se atiendan y nombren sus circunstancias y quehaceres. Y de ese modo, el mundo avanza aceleradamente, de la mano de un poderío técnico desvocado, hacia la desolación, cuando no a la destrucción.

Sirvan pues estas palabras para hacer un poco más habitable el mundo mediante el recordatorio de la definición de arquitectura, la reivindicación de la naturaleza del decoro, la consideración poética de la crítica, la crítica de la crítica y como no, la puesta en diálogo de su propio contenido y expresión.


Juan Diez del Corral

domingo, abril 22, 2007

ARQUITECTURA CONTRA DECORACIÓN. ESTADO DE LA CUESTIÓN




(Escribí este artículo para la página de Arquitectura del periódico La Rioja, y lo publicaron el 30 de diciembre de 2000. Sigue tan vigente que creo que puede ser publicado de nuevo en una revista que quieren hacer en mi Escuela. Y además, me sirve para abrir la última carpeta de artículos que prometía días atrás: ARTICULOS SUELTOS).

¿Cómo va la pelea entre Arquitectura y Decoración?. Mal, francamente mal. No se atisba arreglo ni componenda. Los arquitectos siguen atrincherados en sus revistas especializadas y la decoración continúa ganando terreno desordenadamente en los kioskos de prensa. No se sabe de mediadores ni de conversación alguna. En estos tiempos en que tanto se habla de diálogo, tolerancia, mestizaje, negociación y enriquecimiento mutuo, ninguna de las partes en litigio echa de menos a la otra ni da un paso hacia un arreglo amistoso. Una pena.

Como yo soy arquitecto y a la vez profesor de decoración vivo en tierra de nadie y lloro el exilio. La arquitectura sin decoración es desoladora y la decoración sin arquitectura es caótica, pero a nadie parece importarle mucho.

Hagamos un breve repaso histórico para situarnos con cierta perspectiva. La pelea empezó con aquellos excesos del siglo pasado en que a un edificio se le podía vestir de gótico o de mudejar con la misma frivolidad con que a un niño de primera comunión se le disfrazaba de marinerito o de fraile. En 1908 el arquitecto vienés Adolf Loos escribió un artículo cuyo título, “Ornamento y delito”, fue toda una declaración de guerra. Entre 1920 y 1921 aparecieron en la revista del Esprit Nouveau de París diez o doce artículos de un artista que firmaba como Le Corbusier, escritos en tono profético e iluminado en los que se proclamaba que la arquitectura no tenía nada que ver con los “estilos” (decorativos, se entiende), que tenía destinos más serios (¡espirituales!) y que su estética en el siglo XX era la del ingeniero.Tuvieron un éxito mundial. A Mies van der Rohe se le atribuyó luego la consigna definitiva de los arquitectos modernos del siglo XX, “Menos es más”, que hace pocas semanas ha sido reproducida en esta misma página a modo de titular para dar soporte teórico a la decisión de un jurado de arquitectos de premiar el Concurso del Palacio de Congresos de La Rioja en Logroño. (Dicho sea de paso, el propio Mies, muy escrupuloso siempre, negó haber inventado esta consigna y declaró que provenía de Peter Behrens / véase el prólogo de “Mies van der Rohe. Escritos, diálogos y discursos”, Colección de Arquilecturas).

El divorcio entre decoración y arquitectura no fue fácil, aunque en los primeros años, como suele ser normal, los dos se mostraban muy envalentonados y seguros de sí mismos. Como el mundo estaba por entonces escindido social y políticamente entre izquierdas y derechas, ambos escogieron bando (o amigos), y los decoradores cayeron a la derecha y los arquitectos a la izquierda. Hubo algunas excepciones escandalosas que dieron mucho que hablar, como la del moderno Terragni que trabajó para el fascio, la del falangista Aizpurua que diseñó para la modernidad, o la del rojo Stalin que dió al traste con la idea de que la revolución comunista rusa fuera territorio conquistado por los arquitectos antidecorativos.

A comienzo de los setenta, un arquitecto americano llamado Robert Venturi trató de poner fin a la pelea con otra consigna muy ocurrente que decía: “menos es aburrido”. Pero aunque la consigna estaba perfectamente razonada con una tesis doctoral detrás, no sirvió para acercar a las partes sino para que ambas tomaran poco en serio su relación y su ya largo enfrentamiento y se relajaran cada una en su territorio. La decoración ya no estaba mal vista y los colorines tampoco, pero desde el campo de la arquitectura se la tomaba a broma: cosa de bares, tiendas, marujas y escenografías de la movida postmoderna. La arquitectura por su parte, bien se rompía en dos, tres o mil pedazos, o bien se retorcía sobre sí misma en piruetas patéticas tratando de salir de la pobreza del “menos es más”, o buscando llenar con el desorden de sus fragmentos o los volatines de sus curvas, el vacío dejado en su día por la decoración.

En la última década de este siglo, sin embargo, se han producido ciertos esfuerzos teóricos por aclarar una terminología que pueda servir para entablar un nuevo diálogo. La confusión entre “decoración” y “ornamento” tan habitual entre unos y otros contendientes parece que empieza a despejarse. La decoración recupera su sentido originario, y así el “decoro” vuelve a ser considerado como la dignidad con que las cosas se presentan ante los demás. Se distingue entre una decoración “simbólica”, en la que cualquier elemento del edificio por muy simple que sea puede ser decoración porque es símbolo de algo; una decoración “analógica”, en la que la propia construcción o las formas más simples de sus volúmenes se expresan a sí mismos como los ecos de una forma (véase por ejemplo la hermosa ventana del minimalista Barragán utilizada como ilustración en este artículo); y una decoración “ornamental”, en la que el adorno puede ser, desde la textura de la propia construcción hasta la expresión artística más depurada asociada un edificio (¿que otra cosa no son la textura de la arenisca, acaso el reloj, y sobre todo la fuente de la dama de Julio López sino los únicos ornamentos de nuestro roto y desolado Ayuntamiento moderno?). No hace mucho que en la página de arquitectura de un diario nacional, la presentación de una entrevista a Oscar Niemeyer se acompañaba con una incisiva frase de este longevo arquitecto brasileño en la gran polémica del siglo: “la simplicidad es pura demagogia”. Espero que pronto vea la luz también mi modesta aportación a la cuestión: un artículo enviado a la revista Diseño Interior con el título de “Menos es menos”.
Desde el territorio de la Decoración también se detecta algún movimiento. El éxito editorial de la mencionada revista Diseño Interior, una revista de kiosko que conecta con los arquitectos, ha arrastrado a las tradicionales Nuevo Estilo o El Mueble a sacar también números especiales que se denominan de “Arquitectura y Diseño”, en los que parece que se tienden puentes entre uno y otro bando.

Con todo, el peso de las tradicionales revistas de Decoración, ajenas a la arquitectura y al mínimo pensamiento analítico o racional es tremendo. Permítanme hacer una pequeña lista a modo de recopilación para dar cuenta de sus fuerzas reales. A las tradicionales El Mueble (460 números editados), Hogares (378), Casa y Jardín (289), Nuevo Estilo (271), Cocinas y Baños (101), Casa & Campo (78), Mi Casa (72), Casa Viva (41) o Casa al Día (31), cuyo precio oscila entre las 275 y las 500 pesetas, hay que añadir las editadas por revistas femeninas que a veces se venden bajo el mismo plástico, La Casa de Marie Claire (129), Elle Deco (68), o Vogue (en español o en francés); las aparecidas el año pasado, Decoración Mía (13), Chalet Deco (12), Interiores (8), y las aparecidas este mismo año, Estilo Clásico (1), Habitania (1) y Utilísima (1), y por último, el sector más lumpen (175 ptas ejemplar) como Casa Diez, Cosas de la Casa, y Cosas de la Cocina. Seguro que me dejo más de una (por ejemplo la que edita el Readers Digest) pero ya nos hacemos una idea del enorme potencial del sector.

Por asociación, yo les llamo revistas “delcorazión”, ya que a semejanza de las conocidísimas publicaciones de cotilleo, su método es el picoteo aquí y allá, la yuxtaposición sin orden, el comentario tópico, los adjetivos lights, y la ausencia de crítica, –aunque la verdad me apena que se tome al corazón por un órgano tendente al desorden intelectual en vez de tenerlo como sede del valor moral.

Arquitectura y Decoración siguen escindidas como el mundo mismo de sus sexos. Me atrevería a decir que más del 95% de las revistas de Arquitectura están dirigidas por hombres y más del 95% de las revistas de Decoración están dirigidas por mujeres. Es una división ofensiva para los hombres y mujeres que componemos juntos la humanidad; es un dato irracional e inaceptable. Pero que en cualquier caso, siempre nos recuerda que cuando se supera, cuando ambas partes logran un acuerdo o entendimiento mutuo, surge la emoción y vuelve a nacer la vida.