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martes, abril 22, 2008

CAMBIO DE BANDERA



Aunque la “modernidad” en arquitectura parece no acabarse nunca, en realidad tuvo tan sólo dos décadas “gloriosas”, los cincuenta y los sesenta. Lo que vino después fue la confusión y la crisis de la disciplina (y de ahí el canto de sirena de Rossi diciendo que la arquitectura era sobre todo una disciplina / aunque él hiciera de ella una moda personal…), pero bueno, a lo que vamos, antes de los cincuenta ¿qué hubo en realidad?

Los veinte están bastante claros: la irrupción de la modernidad (Bauhaus, Le Corbusier) a rebufo de las vanguardias pictóricas y a continuación, su versión moderada y refinada (Art Decó) conviviendo con la inercia de clasicismos y regionalismos varios hasta la Expo del 29 en Barcelona donde se vieron las caras todos.

Los treinta son más confusos: mientras que en la famélica España triunfa la modernidad de la mano del progresismo republicano, Europa se echa para atrás ante el empuje del monstruo alemán, pero al menos está todo bastante estudiado.

Pero de lo que hemos estado bastante indocumentados ha sido de los años cuarenta. En Europa fue la hecatombe, cinco años de bombas y otros cinco limpiando las ruinas no dan para más, pero en España fueron años de “gloria” para el nuevo “régimen” surgido de la guerra. Una gloria que en lo político duró hasta mediados los setenta pero que en lo arquitectónico fue bastante efímera, pues a finales de los cuarenta ya estaba triunfando aquí la “modernidad”.

Pensémoslo entonces bien: aunque hemos llamado franquista a la arquitectura clasicista y “retrógrada” de los cuarenta, en la realidad la arquitectura que triunfa durante el franquismo es la arquitectura moderna (sí, esa, la del “menos es más”) es decir, que la arquitectura más genuina del franquismo es la arquitectura llamada moderna o progresista.

Lluis Doménech Girbau, (nieto de Doménech i Muntaner y gran animador cultural en Barcelona a comienzos de los setenta, o sea, en los tiempos de la crisis de la modernidad) no se atrevió a decir algo así en los artículos y exposiciones que organizó para documentar la arquitectura de los años cuarenta en España, pero el título del librito en que resumió todos sus estudios doctorales es inequívoco: “ARQUITECTURA DE SIEMPRE. Los años cuarenta en España”. ¿A alguien se le podía ocurrir un eslogan más claramente reivindicativo para la arquitectura de esa década?

Desde luego que la “Arquitectura de Siempre” no es la del “Modo Intemporal de Construir” de Alexander, pero simbolismos aparte mucho hay que las conecta. Argumentó Doménech en su librito que la “reacción” arquitectónica contra la modernidad republicana de los cuarenta no fue tal como se pintó después, sino que en realidad se trató de una simple continuidad con los viejos principios de la “disciplina” aprendidos en las Escuelas ante una modernidad bastante mal entendida como tal, o sea, como“disciplina”.

Dado que había sido su tesis doctoral, el estilo del librito del nieto del famoso Doménech no es el de los artículos que escribía en los primeros Arquitecturas Bis (“Una vez al año no hace daño”, titulaba irónicamente de los Premios Fad). Además, siendo colega de tanta progresía catalana se le nota bastante envarado e incómodo al reivindicar la arquitectura de los cuarenta. Pero como su labor no ha tenido continuidad, creo que se trata de un texto imprescindible. Lo editó Tusquets en su colección de Cuadernos Infimos en octubre de 1978 y lo tenía yo perdido por mi biblioteca hasta que hace un par de semanas le dí una relectura.

Hay que ver cómo cambian los libros cuando se leen desde distintas épocas. Mira tú: quién iba a decir que la arquitectura de los cuarenta es la arquitectura de siempre, y que la arquitectura moderna es la arquitectura franquista.

(Domingo, aprende, y devuélvenos la fachada de la Escuela de Magisterio)

miércoles, marzo 21, 2007

LA VALENCIA FEA







He venido tan entusiasmado de las fiestas primaverales de Valencia que iba a ponerme a escribir maravillas cuando me he acordado que tenía pendiente reseñar un estupendo libro sobre Valencia dedicado a recopilar cosas no tan maravillosas. El título ya lo dice todo: “La Valencia fea”; el autor, un periodista valenciano que trabaja para El País, llamado Adolf Beltrán. Le llamé por teléfono para felicitarle nada más leer el libro (o mejor dicho, nada más verlo, porque esencialmente es un libro de fotos) y quedamos en que si me pusiera a hacer un trabajo similar, le daría cuenta del mismo.

Y es que como puede leerse en el artículo MIRAR EN CONTRASTE, colgado en el blog Una Voz en un Lugar, desde hace muchos años tenía yo en mente un proyecto similar para con mi ciudad y región: hacer una gran recopilación de fotos de los lugares inequívocamente feos de los que somos responsables los arquitectos o, en general, todos los ciudadanos por no criticarlos y denunciarlos.

En cierta ocasión se lo propuse a Jesús R. Rocandio, el fotógrafo de Cámara Oscura, probablemente tras ver la estupenda foto que publicó su colaborador Emilio Blaski en la portada de Elhall n31, y ambos nos felicitamos porque el proyecto fuera colectivo en vez de personal. Pero al final no hicimos nada. Si los cuarenta o cincuenta lectores riojanos que tiene diariamente este blog nos animásemos a seleccionar media docena de fotos cada uno y encontrásemos un editor, el trabajo podría estar listo en tres meses. En fin, proyectos creativos no me faltan. Otra cosa es la edición.

Adolf Beltrán ha organizado sus fotos de la Valencia fea en veinte capítulos, que paso a enumerar para que se vea la estructura de su trabajo:

1. Casco antiguo lleno de agujeros.
2. Demasiadas cosas por las aceras.
3. Mobiliario “pompier”.
4. Jardineras por doquier.
5. Una plaga de esculturas y fuentes.
6. Aparatos a la vista (aires acondicionados, cables, antenas, etc).
7. Avenidas y calles con mala suerte.
8. Esquinas desafortunadas.
9. El insólito prestigio de la pirámide
10. Fuera de lugar, fuera de escala.
11. Pasajes oscuros.
12. Túneles de impacto.
13. Puentes abundantes.
14. Patologías y aflicciones (grafitis, carpinterías cambiadas, etc)
15. Cromos de fachadas.
16. El edificio como una colmena.
17. El edificio como un pastel.
18. El edificio como un búnker.
19. El edificio como un castillo.
20. El artefacto (capítulo dedicado a los Calatravas del Turia)

Adolf me comentó que el libro había tenido un éxito insospechado y que desde entonces le habían llamado de varias Escuelas de Arquitectura y Urbanismo para dar conferencias sobre el tema.
Ahora que lo pienso, la vena crítica e irónica valenciana, también está muy presente en los ninots de sus fallas, así que este libro, lejos de ser una lacra para Valencia, me parece una maravilla más que sumar a las que contaré otro día de esa ciudad.

Aunque lo interesante del libro es el conjunto y no las imágenes concretas, ilustro los cinco primeros capítulos arriba mencionados con una foto de cada uno, y si a los lectores les gusta la idea en otra ocasión colgaré alguna más.

(Si por algún conducto tienes noticia de esta reseña, Adolf, renuevo para tí mi más cordial felicitación.)

jueves, marzo 01, 2007

139. ESTILO Y DECORACION INTERNACIONAL








La semana pasada anuncié en el LHDn134 la publicación de algunas fotos de un esperpéntico libro de la editorial Gustavo Gili titulado ESTILO Y DECORACION INTERNACIONAL, y no quiero hacer esperar más a mis inquietos lectores. El libro tiene doscientas y pico páginas, y a un promedio de dos fotos por página, calculo que debe de haber algo así como quinientas imágenes del pelo de las que muestro arriba. Una colección extraordinaria.

Tengo que decir que el libro no es mío. Estaba en la biblioteca de la Escuela de Artes y Oficios donde doy clase, y cuando me topé con él lo retiré cuidadosa y sigilosamente al armario con llave de mi clase para que los alumnos no tuvieran acceso a él. O por lo menos, para que no lo tuvieran hasta que se hubieran hecho un poco más mayorcitos. Como con la pornografía, vamos.

En realidad lo único engañoso de este libro es el título, porque alude a un estilo, uno, y una decoración, una, que califica de “internacional”, es decir a un calificativo arquitectónico que nació como idea del no-estilo y la no-decoración. Lo “internacional”, o incluso, la “internacional” eran una ilusión política y el nombre de un ferviente himno comunista, progresista, libertador, de clase, y todo eso. Pero por lo visto el autor del libro, el tal Wolfgang Schwarze no se enteraba de nada y usó el calificativo “internacional” en su sentido más elemental, esto es, como procedente de muchas naciones. Como pronto advierte el lector curioso que abra sus páginas y lea la banal introducción, el error más grave del título no está en el calificativo final sino en el uso del singular para los nombres así calificados. No es el libro de un “estilo” y una “decoración” determinados sino que, como el noventa y nueve por ciento de las publicaciones sobre decoración, es todo un batiburrillo desordenado de fotografías espantosas y pies de fotos no menos calamitosos. Sobre el catastrófico panorama de las publicaciones de decoración escribí hace tiempo un articulillo para el diario local titulado algo así como Arquitectura del Corazón o Delcoración, que espero recuperar para el tercero de los blogs asociados a éste cuando acabe de colgar Una Voz en un Lugar. Dadme tiempo.

Pero lo que me interesa hacer aquí no es una pira de las publicaciones de decoración, sino tomarme un poco de venganza contra la editorial Gustavo Gili, considerada en el mundillo de la arquitectura como “muy prestigiosa”. A la Gustavo Gili les envié la miscelánea de artículos recogidos en Una Voz y el manuscrito del Manual de Crítica, y en ambos casos me los devolvieron con la misma carta de “muy interesante su libro pero no entra en nuestra programación editorial”. Vaya, como si mis escritos trataran de submarinismo.

Es curioso cómo cambia la relación de uno con las editoriales cuando trata de meter las narices en ellas. En fin, como con la Gili ya me doy por satisfecho con esta pequeña venganza y con la del otro día (la del libro de la arquitectura y su revolución digital), paso a contar el episodio de mi relación editorial con Herralde (perdonadme si lo he contado ya alguna otra vez y me repito). A éste también le envié los dos libros mencionados, pero a pesar del glamour de su tupé y de lo elegante que siempre lo muestran los media, no tuvo conmigo ni la cortesía de esas mínimas cartas de rechazo. Para tomarme un poco de venganza por mi mano, cargué las tintas contra el librito que editó de Oscar Tusquets, “Dios lo ve” (véase reseña en Archipiélago n 45) ¿y sabéis cual fue su respuesta? pues retirar su publicidad de esta revista durante unos cuantos meses. Para que se vea cómo las gastan estos “prestigiosos” prohombres del mundo editorial.

Cuánto mejor -digo yo- que estuvieran en el negocio inmobiliario. O mejor dicho: cuánto mejor que el mundo libre de la cultura (al menos arquitectónica) no hiciera tantas distinciones entre esos dos tipos de negocios: el inmobiliario y el editorial.

miércoles, febrero 21, 2007

134. DISEÑO RETORCIDO POR ORDENADOR






La prestigiosa editorial Gustavo Gili publica de vez en cuando algunos libros basura que son verdaderas joyas de coleccionista. La pieza más valiosa de mi librería es del año 1976 y se titula “Estilo y decoración internacional”. Su autor es un tal Wolfgang Schwarze, y las ilustraciones son como para causar delirio a un amante del kitsch. Algún día volveré sobre él. Lo que quería contar hoy es que el otro día en un VIPS me compré otra buena pieza para esta colección, también de la GG, titulada “Arquitectura y Revolución Digital”, firmada en este caso por un tal James Steele. El reclamo comercial consistía en poner que su precio era de 40 euros, pero que por 14 te lo podías llevar. Tapas duras, buen papel, un índice prometedor, Ghery, Morphosis, Coop Himmelb(l)au, etc. etc. muchas imágenes impactantes de arquitectura generadas por ordenador…, me lo llevo.

A primera vista, el texto parecía querer decir algo, pero en cuanto empecé a dudarlo me pasé a las notas y la bibliografía y eché en falta la ausencia de la más mínima referencia a uno de los pioneros del “verdadero” DISEÑO ASISTIDO POR ORDENADOR, esto es, Christopher Alexander.
Los que leímos sus primeros textos de los años setenta nos quedamos perplejos sólo de pensar que un ordenador pudiera dar “forma” a un “programa de necesidades” sustituyendo al ser humano en la creatividad arquitectónica. Es cierto que habría que ser muy meticuloso y preciso en la definición del programa, pero una vez hecho éste, el edificio saldría solo. El diseñador podría ser sustituido por un computador (como se llamaban entonces) o cuando menos, y mientras la máquina se fuera perfeccionando, “asistido”por ella.

Como es sabido, Alexander se cayó del caballo camino de Lima, y descubrió que hay un “modo intemporal de construir” en nuestros códigos genéticos y culturales, y que podría ser más interesante investigar sobre ello que en el “diseño por ordenador”. Y así nació “Un lenguaje de patrones”, etc. etc.

Pero mientras tanto, los programas de dibujo con ordenador fueron naciendo y desarrollándose bajo el mismo nombre de Computer Assistant Design, es decir, “Diseños Asistidos por Ordenador”, creando una terrible confusión que nadie parece estar dispuesto a aclarar.

No estoy al tanto de los significados, matices y diferencias que puede haber en el mundo anglosajón entre drawing y design, es decir, entre dibujo y diseño, pero en nuestro lenguaje hace ya mucho tiempo que no se confunden. Para la arquitectura, diseñar es sinónimo de proyectar, esto es, crear formas a partir de un programa de necesidades, y el dibujo no es sino su herramienta de trabajo.

Quien quiera seguir la correlación entre el proyecto arquitectónico y los sucesivos tipos de dibujo empleados en el mismo puede leer mi artículo “Dibujo y Proyecto”, publicado en elhalln87, hC25 que está en la red en la página http://www.coar.es/cultura/elhall_fr.htm

Sin embargo, los programas de dibujo con ordenador siguen llamándose CAD y las asignaturas que lo imparten en los programas de estudios se han habituado a llamarse “Diseño Asistido por Ordenador” y no parecen querer cambiar.

A poco que un estudiante empiece a manejar estos potentísimos programas de dibujo y de todos los otros espectaculares programas vectoriales o fotográficos asociables a ellos, como los 3D, 4D, Photoshop etc., su capacidad de generar imágenes con ellos suele ir muy por delante de su capacidad de entender los espacios, las relaciones con el contexto, el sentido del orden y sociabilidad que proporciona la geometría, etc. etc., es decir, muy por encima de su capacidad de diseño. Y como formar en estas disciplinas a un estudiante cuesta un gran esfuerzo, las tendencias de la enseñanza y de la arquitectura parecen ir detrás de las desbocadas posibilidades de las herramientas.

Hace un par de años tuve la ocasión de ver los Proyectos Finales de Carrera de la prestigiosa escuela de Harvard, y nos quedamos alucinados: las láminas de los aspirantes al título de arquitecto podrían perfectamente estar en ARCO.

El libro de James Steele titula o denomina “revolución” a este proceso, pero a juzgar por los resultados, en los que las arquitecturas se ven rotas, o retorciéndose de dolor, yo creo que el asunto tiene más que ver con una paliza o hasta con un crimen.

(La primera imagen es de un proyecto final de carrera del 2005 en Harvard; la segunda es de una ilustración del libro de Steele: una obra de Eric Owen Moss en California)


jueves, octubre 05, 2006

56. LAS RUINAS MAS BELLAS DEL MUNDO



Los muros de adobe y de tapial son tan delicados que parece que se fueran a erosionar con la mirada. Como en el caso de las flores, es de suponer que la gracia de la arquitectura de adobe o tapial está en su carácter efímero. Al ver hacer tapial, pareciera que los hombres están jugando con barro, no construyendo. Cuando los edificios hechos con arcilla sin cocer están en uso, necesitan de un cuidado constante, como si fueran una planta. Y en el momento de la ruina, parece como si la arquitectura se estuviese disolviendo en las montañas y en el suelo que las rodean. No hay ruina más bella que la del adobe o el tapial: antes de que el abandono o la mugre se adueñe de sus muros, la lluvia y el viento devuelven el polvo de arcilla a los campos. 

En un viaje colectivo de arquitectura celebrado en junio de 1999 fuimos a uno de los paraísos de tapial más a mano: los valles del sur del Atlas. Y volvimos encantados, claro está (buena ocasión para releer el reportaje posterior al viaje: Elhall 47-48). Pero inmersos en la machacona cultura del patrimonio, la conservación y rehabilitación, el desconcierto más absoluto nos asaltaba en cuanto nos preguntábamos qué se podría hacer con todas aquellas ruinas.

Algo parecido le debió suceder al arquitecto valenciano Vicent Soriano Alfaro cuando las visitó por primera vez, a comienzos de los noventa; sólo que él intentó dar respuesta. Como era profesor en la Escuela de Valencia, organizó un par de talleres con estudiantes de arquitectura para estudiarlas con mayor calma, catalogarlas, medirlas y dibujarlas.

Fruto de sus estudios, talleres, contactos, idas y venidas, es el libro "Arquitectura de Tierra en el Sur de Marruecos" que le ha editado la colección Arquithemas de la Caja de Arquitectos. Es un trabajo excesivamente grueso como para dedicarle una lectura detenida, pero ojeando aquí y allá, se aprecia un aire muy fresco en la narración del acercamiento a esta arquitectura tan singular, y… un encorsetamiento algo más rancio a la hora de hacer catalogaciones tipológicas y sugerencias restauradoras.

Como todo arquitecto de nuestro tiempo Vicent Soriano no se conforma con contemplar, sino que quiere aprender (a la vez que enseñar) y quisiera intervenir. Respecto a lo primero, me gustaría decir que no es suficiente con medir, dibujar y catalogar (por cierto, en el libro se echa en falta una mejor localización de las obras), sino que es preciso teorizar. Y eso ya está hecho: no hay más que leer los patrones referidos a la construcción en Un Lenguaje de Patrones de Christopher Alexander, y ahí está todo: muros gruesos, paredes blandas, ladrillos y baldosines blandos, tapias de jardín, luz filtrada, etc. etc. (véase si se quiere mi Manual de Crítica de la Arquitectura, pag 121).

Respecto a lo segundo, la referencia a esa kashba rehabilitada como hotel por un otro entusiasta español, me parece no sólo dudosa, sino antinatura. Y de ahí las palabras iniciales de esta nota.

Frente a las ruinas clásicas de nuestras gloriosas arquitecturas en piedra, tan sólidas ellas, y por lo tanto tan reconvertibles en gadgets turísticos, las ruinas del tapial son infinitamente más auténticas. 

Por ello, en vez de declaraciones UNESCO de Patrimonio de la Humanidad, se merecen más bien el título de "las ruinas más bellas del mundo". Y puestos a animar a la visita y fomentar su turismo deberían venderse como en otros tiempos la Torre de Pisa: corra a verlas antes de que se caigan. O también: tenga en cuenta que con sólo mirarlas (y ya no digamos visitarlas) se caen.