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sábado, abril 07, 2007

PARA UN PASEO POR LA ARQUITECTURA DE LUIS BARRON EN LOGROÑO








Fede Soldevilla recogió el guante que le eché en LUIS BARRON/2 (ver 008 del Nuevo LHD) y se ha animado a organizar un paseo matutino y dominical de los Amigos de la Rioja con la documentación que allí dejé puesta para el día 29 de abril (festividad de San Pedro Mártir de Verona, patrón de mi pueblo, Anguciana).

Claro que…, no contento con mi colaboración, me pidió que le acompañara y diera explicaciones a los posibles asistentes… Ah, ah, ah, eso ya no, eso ya no; a menos que…, bueno, a menos que el paseo colectivo sirva también para cambiar los hábitos y evitar el BORREGOTURISMO. Igual matamos dos (o tres) pájaros de un tiro.

Para ello me he visto obligado a redactar el texto que sigue. Un texto pensado para que los visitantes lo lean detenidamente antes de la visita, aunque como muchos de los paseantes no tendrán internet, está pensado también para repartirlo en fotocopias y que lo lean después.

Resumo lo de los tres pájaros a matar:

1) no hacer borregoturismo
2) evitar el coger a la arquitectura por los estilos (al rábano por las hojas)
3) conocer la obra de Luis Barrón

PARA UNA VALORACIÓN DE LA ARQUITECTURA DE LUIS BARRON EN LOGROÑO

La primera pregunta que toda persona inicialmente interesada por la arquitectura se suele hacer respecto a un edificio que contempla y desea valorar es “de qué estilo es”. La causa de que se haga esa pregunta, y no otra, estriba en que los historiadores les han enseñado la arquitectura (y el arte en general) como una colección de objetos catalogados u organizados por unos “estilos” que más o menos se corresponden con unas épocas y unas formas decorativas.

Pues bien, como arquitecto, es decir, como experto en arquitectura y no en historia, yo les invito a Vds en la visita de hoy a olvidarse para siempre de esa pregunta: porque Vds han venido a ver arquitectura, no a estudiar historia. Y además porque esa “catalogación histórica” esa clasificación por “estilos” suele hacerse por lo general atendiendo a detalles menores de la arquitectura, es decir, a elementos superficiales, a detalles ornamentales o decorativos.

Desde hace casi un siglo los estudios y las teorías de la arquitectura ya dejaron atrás esa visión tan superficial de la misma para interesarse por la totalidad orgánica del edificio, por su estructura tipológica, su organización espacial, la calidad de sus espacios, volúmenes y elementos de composición, o por su inserción urbanística. Y sin embargo, los historiadores no se enteran (llevan un siglo de retraso) y siguen enseñando la arquitectura como una sucesión de estilos más o menos decorativos. Y como el calado social de la historia del arte impartida en las enseñanzas medias es tan poderoso, la gente que quiere acercarse a contemplar un edificio sigue haciéndose la maldita pregunta de los estilos y se queda tan contenta.

Lo mejor que pudiera ocurrir en el recorrido arquitectónico y urbano de hoy es que Vds corrigieran esa forma de ver y valorar la arquitectura. Y si la obra de Luis Barrón nos pudiera ayudar en ello, no me cabe duda de que el día va a ser muy provechoso y le vamos a estar muy agradecidos.

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Bueno, lo primero que hay que decir sobre Luis Barrón es que en Logroño apenas nadie se ha interesado por su arquitectura, y que los pocos historiadores que lo han hecho han pasado de largo, porque Barrón vivió en una época de confusión y mezcolanza de estilos llamada por la historia, “eclecticismo”, que antecedió a esa otra época decorativa más novedosa que todos conocen como “modernismo” -la de Gaudí, para entendernos, o en buena parte, la de Fermín Alamo, para entendernos a nivel local. Los pocos historiadores que se han acercado a la arquitectura en nuestra ciudad han reparado mucho más en la arquitectura de Fermín Alamo que en la de Luis Barrón, y sin embargo, y a botepronto, yo no me atrevería a poner a uno por encima del otro. Pertenecen a dos generaciones diferentes: la obra de Barrón abarca tres décadas: desde 1880 a 1910, y la obra de Alamo las tres siguientes: desde 1910 a 1936 (año en que como todos Vds. saben, muere por accidente). Y sus problemas van a ser distintos.

Barrón se pone a trabajar en una ciudad que acaba de romper el cascarón - metafóricamente hablando: que acaba de salir de la muralla. Antes que Luis Barrón, otros dos arquitectos habían hecho ya sus aportaciones a ese proceso de transformación y modernización de la ciudad: Maximiano Hijón y Francisco de Luis y Tomás. (Espero que Fede Soldevilla les prepare también un par de paseos por su obra). Y entre Luis Barrón y Fermín Alamo, otros dos arquitectos trabajaron también en la ciudad dejando una huella importante: Agustín Cadarso y Quintín Bello.

En seis nombres se resume la importante pero tortuosa transformación de Logroño, de ciudad medieval a la ciudad burguesa, y la primera época de los arquitectos Se los pongo por orden, a fuer de ser pedagógico:

Maximiano Hijón
Francisco de Luis y Tomás
Luis Barrón
Agustín Cadarso
Quintín Bello y
Fermín Alamo.

En los años de esplendor de Fermín Alamo, es decir, en los años veinte, iniciarán su carrera otros dos importantes arquitectos logroñeses, Agapito del Valle y Gonzalo Cadarso, pero esa es otra historia que contaremos otro día, pues tiene continuidad después de la Guerra Civil.

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Situado Luis Barrón en el contexto y devenir de los arquitectos de la ciudad, lo primero que cabe hacer es ver el conjunto de su obra en el planito que se adjunta y en el listado que se ofrece (v 008 en Nuevo LHD). Impresionante ¿verdad? Podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de un gran legado. Un legado, que como es lógico y natural se va perdiendo y transformando, pero que aún tenemos la suerte de contemplar hoy; y con el que aún tenemos la oportunidad de aprender arquitectura a día de hoy.

Ya sé que una vez conocida y apreciada su obra, muchos de Vds van a clamar porque se conserve y se embalsame para que la puedan conocer y contemplar nuestros hijos y nuestros nietos; pero ya lo siento, ya siento mucho decepcionarles, pero yo no soy de esa cuerda. Mi posición ante la vida y la historia es otra: lo que hay que transmitir a nuestros hijos y nietos no son momias sino valores. Mientras gozamos de los restos que de esa obra nos ha llegado, aprendamos todo lo que podamos de ella e intentemos hacer nuestros esos valores y transmitirlos. No es momento de entrar en honduras pero me gustaría decirles que la gracia de la arquitectura es que es un arte más vivo que la pintura o la escultura, más íntimo y más humano. ¿Y saben por qué? pues porque también muere. Porque a pesar de que se haga con voluntad de perennidad no escapa a la muerte, o escapa a ella con más dificultad que la pintura y la escultura. Y porque siendo así, se tiene que enfrentar a la muerte igual que nos tenemos que enfrentar nosotros: con la mayor dignidad posible. Transmitiendo lo aprendido, y no dramatizando. No lloriqueando.

Bueno, pues disfrutemos de la obra de Luis Barrón que aún podemos ver hoy en esta agradable mañana y aprendamos de Barrón, que para eso estamos.

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Durante la segunda mitad del siglo XIX y mientras caen esos cinturones de piedra que defendían y encorsetaban los cascos antiguos, se producen dos fenómenos arquitectónicos y urbanísticos absolutamente relevantes:

1) la configuración de un tipo nuevo de casa, y
2) la aparición de los nuevos equipamientos urbanos.

Ese es el momento que vive Luis Barrón y así es como hay que situar su trabajo.

En las ciudades con mayor crecimiento demográfico esas dos nuevas piezas arquitectónicas toman todo el protagonismo en los así llamados “ensanches burgueses”, pero Logroño no tuvo en esa época un gran empuje industrial y demográfico que le permitiera crear esas mallas de calles ortogonales de la nueva ciudad burguesa en las afueras de las murallas, y se tuvo que conformar con hacer un proceso más lento y modesto, y hasta podríamos decir, en mayor simbiosis con el casco antiguo existente.

Al no ser capaz de generar un ensanche exterior a su casco antiguo los arquitectos de Logroño fueron metiendo las nuevas casas burguesas -con planta en alforjas y fachadas de miradores-, en la gran calle Portales, en los huecos que fue dejando el derribo de la muralla y en las salidas del casco antiguo. Y ahí es donde vamos a encontrar la obra de Luis Barrón.

Al no generarse un ensanche, digo, Luis Barrón pensó en transformar el propio Casco Antiguo en lo más parecido a un “ensanche”, es decir, “ensanchando” sus calles (valga la redundancia) y creando sobre su callejero una malla lo más regular y ortogonal posible. Y esa es la esencia de su obra urbanística más importante: el Plano de Alineaciones de 1893 -que durante estos meses puede verse en la Iglesia de Palacio dentro de la Exposición La Rioja Tierra Abierta. (También puede verse publicado, aunque con muy mala impresión en la p 54 de la guía “Arquitectura de Logroño” del COAR).

No es momento de hacer una valoración de ese plano y de sus consecuencias, sino de entenderlo a la luz de lo que vengo diciendo. Y de entenderlo también como continuación de la obra emprendida anteriormente por Francisco de Luis y Tomás, esto es, la reordenación de la calle Portales y la creación de la calle Sagasta.

En esas dos calles podemos ver unas cuantas de las casas de Luis Barrón, y por supuesto, en los “Muros”. Tienen sus números en el listado para ir viéndolas, datándolas y comparándolas. Y más allá de los muros, en la Avda de Portugal y en los inicios de Calvo Sotelo y de Vara de Rey, es decir, en lo que pudieran ser los comienzos de un ensanche de verdad que no llegaría a cuajar, podemos aún contemplar las últimas casas que edificó Luis Barrón. Siempre ordenadas: con sus balcones, sus miradores, sus cornisas y sus portales, dispuestos según una geometría que se aleja de la espontaneidad más o menos popular de las casas del casco antiguo y con unas plantas en profundidad.

Junto a esa parte importante de su trabajo (las casas) vemos también lo más notorio de su producción, los edificios públicos (los después llamados “equipamientos”): el Instituto, el Matadero, la Tabacalera, el Almacén de la Tabacalera, y los desaparecidos almacenes Municipales (Bomberos) -que construyó ya Quintín Bello copiando sus planos (v LHDn73).

Y otra vez el mismo orden, el mismo empaque, la misma arquitectura que obedece a un principio de sujeción geométrica, por encima del cual las ventanas pueden ser así o asá, las rejas de los balcones más o menos historiadas, las cornisas más finas o más toscas, los paramentos más o menos modulados con cornisas, pilastras o cornisas, pero todos esos detalles, insisto, que a veces dependen de la suerte y de la colaboración de los gremios o del interés del promotor, son menos importantes arquitectónicamente que ese orden, y ese rigor geométrico que subyace en toda su obra. Ese orden que va creando un nuevo escenario urbano mucho más moderno y racional que el tradicional, espontáneo y aleatorio del organismo medieval.

Las fotografías de comienzos de siglo dan buena cuenta del enorme cambio que experimentó Logroño en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX, y ofrecen una nueva imagen de Logroño increíblemente hermosa. Una ciudad pequeña, pero muy bonita. Mucha de esa belleza se debe a la alegría y profusión de variados detalles decorativos superficiales; pero por debajo de todos esos detalles hay siempre una geometría y un orden que los estructura y sitúa convenientemente. Y el encargado de ese orden es el arquitecto. Esa fue la tarea del arquitecto de finales del siglo XIX: poner orden en la arquitectura para: 1) situar en ella sus piezas decorativas y ornamentales; y 2) generar un nuevo escenario urbano, una nueva ciudad. Esa fue la tarea que llevó a cabo en Logroño, Luis Barrón.

Y es de esperar que con esta visita, algunos ciudadanos de Logroño, amantes de su ciudad y de su arquitectura, conozcan y reconozcan de una vez por todas, el trabajo y la importancia del arquitecto Luis Barrón.

Y si además eso les sirve para ensanchar su forma de ver la arquitectura en general más allá de la preguntita de los estilos, pues eso que ganan.

viernes, marzo 02, 2007

140. LUIS BARRON/1




Tras Maximiano Hijón (LHDn47) y Francisco de Luis y Tomás (LHDn121 y 133), el tercero y último de los grandes arquitectos de Logroño en el siglo XIX es Luis Barrón. No me olvido del importante legado que nos dejó el arquitecto Jacinto Arregui (el Hospital y la Bene, que aún existen, y el primer mercado de San Blas y la plaza de Toros de Duquesa de la Victoria, que desaparecieron) pero Arregui vino de Vitoria hacia 1861, y para allá se fue otra vez, probablemente cuando le sustituyó Francisco de Luis como arquitecto provincial en 1881.

Ese año fue clave en la historia de los arquitectos riojanos pues Francisco de Luis pasó de ser arquitecto municipal a arquitecto provincial, y es Luis Barrón quien le sustituye en el ayuntamiento. La larga carta de renuncia y despedida de Francisco de Luis al ayuntamiento es de antología. Algún día la publicaré porque, amén de algunos datos interesantes sobre su quehacer como arquitecto municipal, es de una belleza literaria y diplomática muy poco usual en nuestra profesión. Una cosa sí queda claro en todo el proceso, y es que tanto el arquitecto como el ayuntamiento -que le contesta con igual pompa y amabilidad- consideran que el cambio de puesto es para él un “ascenso”. En el LHDn121 supuse que el prematuro final del “reinado” de Francisco de Luis en Logroño podía deberse a su progreso en la escala social, pero lo cierto es que ensanchó su interregno. Así pues, si alguien se ocupa alguna vez de sus trabajos, que sepa que a partir de 1881 tendrá que rastrear en el Archivo Provincial y buscar restos de sus obras por Haro, Calahorra, Alfaro, etc.

Mientras que de sus predecesores encontramos aún en pié casas y panteones, de Luis Barrón no queda nada de la casa en que vivió, y tampoco tengo constancia de tumba alguna donde reposen sus restos. Pero al menos tenemos una foto que, aunque borrosa, nos permite ver su aspecto y acercarnos a su talante. La reproducción que cuelgo arriba proviene de una fotocopia que me pasó Fede Soldevilla, y ya siento no tener a mano una imagen mejor (creo haberla visto después en alguna revista de La Rioja Industrial, pero no le hice una reproducción más fiel). El pié de foto dice que se trata del claustro de la Escuela de Artes y Oficios donde Luis Barrón era profesor de dibujo geométrico y director, pero no precisa quién de ellos es nuestro arquitecto. Gracias a otra foto que también vi en otra vieja revista (y que tampoco tuve el acierto de reproducir con la digital), puedo asegurar que Barrón es el segundo de la fila de abajo empezando por la izquierda, es decir, el de bigote y sombrero negro que está cantando y tocando la guitarra. Digo esto, porque en esa segunda foto (algún día volveré a dar con ella) que también era de grupo, estaba en las mismas, es decir, con la guitarra en la mano. La ocasión era un homenaje que los funcionarios municipales tributaban al que había sido su buen alcalde, el Marqués de San Nicolás.

Además de su alegría, esas dos fotos de Barrón con la guitarra son fiel reflejo del vaivén profesional que tuvo entre la Escuela de Artes y Oficios y el Ayuntamiento. Titulado en 1875 o 1876 (Cerrillo pone las dos fechas sin precisar a qué se refieren), en 1880 fue nombrado Director de la Academia de Dibujo Municipal, -institución que según todos los indicios fue el precedente local de la Escuela de Artes y Oficios. En 1881, y ante el “ascenso” mencionado de Francisco de Luis y consiguiente vacante del puesto, entró como arquitecto municipal, y en 1887 aparece ya como “profesor interino de Dibujo Geométrico Industrial de la Escuela de Artes y Oficios recientemente creada en esta población”.

Esta segunda categoría de su etapa docente debió de entrar en “incompatibilidad” con la de arquitecto municipal, lo que dio lugar a un interesante oficio de 31 de diciembre de 1887 por el que renunció al sueldo de arquitecto municipal y hasta devolvió al ayuntamiento los honorarios percibidos desde que empezó a cobrar de la nueva Escuela de Artes y Oficios: “Siendo timbre de orgullo para desempeñar el último cargo con el que me honro sobre manera desde el día 30 de diciembre de 1881 en que fui nombrado, no he de renunciarlo por causa ninguna; pero si tendré el mayor gusto en seguir prestando los mismos servicios sin remuneración”. En pompa y estilo literario no le iba a la zaga a su antecesor.
Como la importantísima obra de Luis Barrón en Logroño ya no cabe en esta nota, ni siquiera resumida, voy a acabar con otro apunte biográfico. Por el padrón de finales de siglo podemos saber que a los 51 años vivía en el número 4 de la calle Carmelitas, es decir, actual Avenida de Navarra; que estaba casado con una francesa, Gabrielle Bonett, de Anguleme; que tenía con él a sus tres hijos del primer matrimonio, Pablo, Carmen y Mercedes Barrón y Velasco, y a una hija de este segundo matrimonio, Elena Barrón y Bonett. Y también dice el padrón que con ellos vivían tres criadas. Desaparecida la casa, ilustro el asunto con una foto de la calle lo más contemporánea posible a aquel momento: la casa donde vivió Barrón sería la segunda o la tercera de las que se ven al fondo a la izquierda de la calle. Más allá de ella puede ya verse construido el Instituto Sagasta, seguramente la pieza más importante para la ciudad de entre las que proyectó nuestro arquitecto.

Y un último dato, esta vez profesional. En la simpática Guía de Logroño de 1897 de Enrique Gómez Aguirre, que contiene un listín de los prohombres de la ciudad, ya no aparece Luis Barrón como miembro del claustro de la Escuela de Artes y Oficios, por lo que es de suponer que sus actividades como arquitecto municipal volvieron a ser prioritarias a las de la docencia. Y ello sin contar con que en el ejercicio liberal también debió de estar muy, pero que muy ocupado. Nos haremos una mejor idea cuando veamos en la Guía la cantidad de obras suyas que aún subsisten en Logroño.


lunes, febrero 05, 2007

121. FRANCISCO DE LUIS Y TOMAS







Treinta años más joven que Maximiano Hijón (v LHDn47), -al que llegué a llamar “primer arquitecto” de Logroño”-, Francisco de Luis y Tomás es, sin lugar a dudas, el “segundo gran arquitecto” de la ciudad, “reinando” en ella (como arquitecto, se entiende) en los setenta y ochenta del siglo XIX. Tanto reinaba o reinó tanto, que hasta se permitió vivir en lo que hoy es el palacete de gobierno de la plaza de El Espolón; aunque antes de instalarse en tan digna mansión, se apañó la casa del número 9 del Muro del Carmen, que había sido antigua “Posada del Cristo” (foto 1).

Pero vayamos con orden, que intentar una biografía a saltos en poco más de un folio puede ser un caos. Según el libro de Inmaculada Cerrillo, nació en Burgos en 1847, obtuvo su título de arquitecto en 1869 (con veintidós años, pues), y en ese mismo año ya figura como arquitecto municipal de Logroño. Ocho años más tarde, es decir, en 1877, hace un proyecto para modificar las fachadas de la Posada del Cristo (actual Muro del Carmen 9) y firma la solicitud de licencia como propietario de la misma (foto 2). En 1884, o sea, siete años después, solicita, como inquilino del piso principal de dicha casa, colocar un mirador de madera, y en 1893 pide un nuevo permiso sin planos para restaurar la fachada y hacer reformas, que se lo informa favorablemente como municipal el “tercer gran arquitecto” de la ciudad, o sea, Luis Barrón (al que dedicaré cuanto antes su propio LHD).
Francisco de Luis proyectó un montón de reformas de casas y de fachadas del casco antiguo y de las primeras calles exteriores a sus murallas, pero en los expedientes rara vez se encuentran plantas. Casi todo son fachadas. La arquitectura parecía ser por entonces, un asunto básicamente vertical. En el proyecto de su misma casa en Muro del Carmen 9, tampoco hay plantas de las viviendas.
Según parece, Francisco de Luis se reservaba el diseño en planta para los importantes trabajos urbanísticos que hizo en la ciudad justo en los años previos y posteriores a las obras de su casa. En 1875 hizo el plano de la apertura del callejón de los Abades, es decir, la calle Sagasta entre el Espolón y Portales, construyendo en 1876 todo el frente de la manzana que va desde Hnos Moroy hasta esta última calle. De ese mismo año1876 es el plano de la nueva ordenación de toda la arquería de la calle que luego acabará llamándose, precisamente, “Portales”. En 1878 hace el plano de ordenación del segundo tramo de la calle Sagasta, desde Portales hasta el Puente, y como podrá verse en la Guía, construye unas cuantas casas más en la misma. Y finalmente, en 1879 realiza el plano de ordenación y ensanchamiento de la calle de San Blas (actual Capitán Gallarza) con la intención de continuarla hasta la Iglesia de Santiago.

Desconozco el momento en que se traslada a vivir al palacete central del Espolón (foto 3), y sólo sé de oídas que fue por matrimonio con su dueña o heredera. Sobre esta importante casa Francisco de Luis hizo una ampliación en 1910, cuya documentación tampoco he llegado a ver, pero que se aprecia en la foto aérea de 1917, y que corresponde al añadido norte. Cabe recordar que no fue hasta 1932 cuando la Diputación Provincial la compró para su sede.

Aunque Francisco de Luis sigue construyendo casas prácticamente hasta el final de sus días (en el LHDn106 vimos la que le hizo a Rodríguez Paterna), lo cierto es que en los años noventa la hegemonía arquitectónica de la ciudad ya no estuvo en sus manos sino en las de Luis Barrón. Es de suponer que para entonces ya estuviese cómodamente instalado en su palacete y que la arquitectura no fuera su ocupación prioritaria. Esto es sólo una conjetura, claro, porque no tengo el más mínimo dato biográfico suyo. Desde hace unos meses vago por la ciudad esperando encontrarme con mi antiguo adversario en la cancha de tenis, Ricardo de Luis (de “Transportes de Luis”), para preguntarle si por casualidad es descendiente del gran don Francisco, y él o sus parientes mayores pudieran saber algo de su vida. En el archivo municipal hay un retrato al óleo de un personaje con atributos de arquitecto que quizás fuera el de él, pero no se puede asegurar.

Su última casa sí que es fácil de encontrar porque a diferencia de la de Hijón tiene la placa de mármol bien conservada (foto 4). Está en el ala sur del cementerio, en la zona de mayor empaque, y muy cerca de ella hay otra tumba que dice ser también de su propiedad (se ve que fue un hombre de posibles incluso bajo tierra). La fecha de su muerte es tan clara, 24 de abril de 1918, que pone en entredicho la fiabilidad de algunos datos de Concha Cerrillo, quien en su libro dice que murió “h. 1910” (p 127 y p 222).

Post morten:
En la casa del Muro del Carmen n 9 el arquitecto Gonzalo Cadarso proyectó un mirador de obra en 1931 (foto 5) para el entonces propietario Rodrigo Cendra cuyo expediente, curiosamente, fue informado favorablemente por el arquitecto Fermín Alamo (al que llamaré “el quinto o sexto gran arquitecto de Logroño”, Agustín Cadarso y Quintín Bello mediante). Como puede comprobarse mirando el plano y el estado actual, o no se hizo, o se rehizo el existente. En algún momento de su larga vida, la gran puerta de entrada en arco de la calle del Cristo fue eliminada y convertida en tienda, pero aún pueden verse los sillares de los ángulos por encima de la entrada a la colchonería que ocupa la que fuera su portal. En 1996 la comunidad de propietarios de la casa encargó al aparejador Fernando Martínez Romero la rehabilitación de su fachada. Se ve que ya no la consideraban digna de la intervención de un arquitecto.

viernes, octubre 20, 2006

66. LAS ESCUELAS DE DOÑA JUANITA MADROÑERO




Un triste aparcamiento “provisional” que ya lleva ahí más de quince años ocupa el lugar donde estuvieron las escuelas de Doña Juanita Madroñero, que apenas ya nadie recuerda y cuyo derribo se llevó a cabo en su momento sin pena ni gloria. Es curioso ver cómo algunos edificios mueren o se resisten a morir con mucho jaleo público y otros, acaso más significativos para la ciudad, desaparecen en silencio y sin mayor alharaca.

Por la dificultad que me ha supuesto encontrar algunos datos sobre este edificio, y tal vez por su discreción en morir, le he cogido un cariño especial y le he hecho merecedor de un recordatorio especial en este LHD.

No hay planos originales de su construcción en el Archivo Municipal de Logroño, pero sí un grueso expediente manuscrito de las recepciones de obras de los diferentes gremios firmadas por Maximiano Hijón, que dicho sea de paso, le está resultado de mucha utilidad al amigo Fede Soldevilla para documentar a los herreros y carpinteros que trabajaban por entonces en Logroño. El expediente lleva fecha de 1867, es decir, apenas cinco años después del derribo de las murallas de la ciudad y justo cuando se estaba pensando cómo organizar los espacios extramuros. Al ubicar respetuosamente su fachada en línea con la puerta del Revellín dando origen a la también desaparecida calle Depósitos, no es aventurado decir que gracias a esa Escuela se salvó del derribo ese pequeño trozo de muralla, tan vulnerable entonces pero tan significativo ahora como salida del Camino de Santiago y punto central del ritual de las fiestas de San Bernabé.

A falta de los planos del proyecto original, existe un levantamiento del “estado actual” hecho por Fermín Alamo en 1930 cuando realizó el proyecto de una elevación de dos pisos para viviendas de los maestros sobre las propias aulas de la escuela, proyecto que no se construyó, seguramente por las penurias de los años republicanos.

Pasada ya la guerra civil, el arquitecto municipal Luis González realizó en 1944 otro proyecto de elevación sobre el edificio existente para nuevas aulas, pero tampoco se llevó a cabo su construcción. Una foto, realizada por Casado y recogida en el libro “Logroño, un siglo en imágenes” (preparado con fondos del Archivo Municipal y editado por el propio Ayuntamiento) muestra que en 1961 el edificio seguía igual que en 1930 y que en 1867.

Contemporáneo estricto de los dos grandes equipamientos urbanos proyectados por Jacinto Arregui en esa misma década, es decir, la Beneficencia de 1864 y el Hospital de 1866, las Escuelas Municipales de doña Juanita Madroñero, -como ya se denominaban en 1944 seguramente en honor de alguna maestra singular-, tuvieron el mismo carácter arquitectónico que aquellos, es decir, el de un edificio compuesto en pabellones y sin demasiado aparato decorativo, pero con el rigor y orden de un servicio público.

Fue demolido a finales de los años ochenta sin otro motivo que el de su probable obsolescencia y sin más razón que las ganas de acabar de abrir un vacío urbano que, ocupado desde entonces por un destartalado parking en superficie, sigue a la espera de los inciertos designios del desarrollo del concurso de Valbuena.

Alguien dirá que aquel edificio de las Escuelas no valía gran cosa, pero mirando la foto de 1961 puede verse que de un modo u otro, se ha llevado, o está en vías de llevarse tras de sí, prácticamente todo lo que tenía a su alrededor. Y es que hay arquitecturas o edificios que no sólo valen por lo que son, sino por la forma en que ocupan un lugar. Cuando desaparecen nadie los echa en falta, pero a los pocos años uno ve como si toda la ciudad que lo envolvía hubiera desaparecido también por el agujero que se abrió con su demolición.


lunes, septiembre 11, 2006

47. LAS CASAS DE HIJON




Es bastante vergonzoso que los arquitectos de Logroño no hayamos escrito apenas nada sobre nuestro primer “compañero”. La arquitectura es tan antigua como el hombre, pero a la hora de pensar en compañeros de profesión de una manera más o menos próxima, la familia de arquitectos riojanos no tiene más de siglo y medio de existencia. Y por los datos que tenemos, suministrados preferentemente por la historiadora Inmaculada Cerrillo, Maximiano Hijón es sin ninguna duda nuestro hermano mayor.

Nació en Logroño en 1817, obtuvo el título en 1846 y su registro personal consta en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el número 300. Fue el primer arquitecto provincial y municipal de Logroño, aunque no se saben las fechas de su nombramiento y cese, pero este último no pasó de 1879 pues en ese año se nombró arquitecto municipal de la ciudad de Logroño a Francisco de Luis y Tomás, nuestro segundo “colega”. También fue Hijón arquitecto provincial de Navarra entre 1866 y 1868, residiendo durante esos años en Pamplona. Todo lo que sabíamos los arquitectos de él es que diseñó el pequeño ensanche oriental de Logroño, cuyo plano podemos ver en la Guía del COAR p83. Ya os puedo decir que en la guía en que vengo trabajando encontraremos bastantes cosas más de su mano y alguna que otra sorpresa, aunque no es de su obra de lo que quiero hablar en esta primera presentación sino de algo más personal, de sus casas.

Habida cuenta de la gran cantidad de derribos y transformaciones que se han producido en los últimos años en el Casco Antiguo de Logroño, casi es un milagro que aún podamos ver intacta la casa de Maximiano Hijón, sita en el número 5 de la calle Herrerías. Hemos rebuscado en el Archivo Municipal a ver si damos con el proyecto, pero aunque por ahora no ha habido suerte, es lógico suponer que se la hiciera él mismo.

Como es muy aburrido describir los elementos arquitectónicos que componen la fachada, y de momento es lo único a lo que he tenido acceso, os invito encarecidamente a visitarla también y a disfrutar de ese halo romántico que aún desprenden los miradores y la decoración que enmarca los balcones, o a compartir la complicidad de sus pilastras como signos propios de la arquitectura.
Metidos en romanticismos, Isabel Murillo me ha proporcionado en el Archivo Municipal algún dato más sobre la curiosa vida sentimental de nuestro colega, pues se casó con una sobrina y tras enviudar, se volvió a casar con la hermana pequeña de su primera esposa, doña Rosa Corona quien, tras sobrevivirle (Hijón murió en 1890), promovió edificios y hasta creó una fundación caritativa en su propia casa para asistir y educar a niños desvalidos (fundación que por cierto, aún presidía en 1935 otro compañero nuestro, Gonzalo Cadarso).

No se detiene ahí el aire romántico de esta nota pues según las pesquisas de la activa directora del Archivo Municipal, es muy probable que su tumba estuviera en un panteón -posteriormente usurpado por otra familia-, en el que una columna truncada pudiera simbolizar el final del arquitecto y de su arquitectura. Ni con una ni con la otra tenemos certezas históricas, pero es tan bonito enmarcar la vida de nuestro primer arquitecto entre estas dos casas, que casi prefiero que quede así, como leyenda.