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miércoles, agosto 12, 2015

RUINAS, PATRIMONIO Y TURISMO




 

Como a algunos amigos próximos ya les he contado, los últimos años me he organizado el veraneo estival familiar mediante el sistema del intercambio de casas, y de ese modo he disfrutado con calma de un par de prolongadas estancias en Gran Bretaña: la primera en el año 1996 en la región de Somerset, al sur de la ría de Bristol, y la segunda en el 2000, en la ciudad de Dumfries, en la parte meridional de Escocia.

A diferencia de un viaje turístico o temático, los intercambios de casas te permiten ver la vida de un país desde dentro, y no sólo en el interior de sus casas, sino también en sus relaciones vecinales, las compras o los tiempos de ocio y de fiestas.

Muchas cosas podría contar de todo lo experimentado y aprendido a lo largo de estos años en casas de Francia, Austria, Holanda, Gran Bretaña o México, pero en concreto quisiera ocuparme hoy de una serie de pequeñas excursiones a monasterios y castillos que visitamos casi sin proponérnoslo, y que por la forma en que están cuidados y presentados, suelen pasar inadvertidos para el turista apresurado.

La razón o justificación de ponerme a contar esta serie de visitas, tiene que ver directamente con la tarea emprendida en La Rioja por la Asociación de Amigos de los Castillos, que bajo los auspicios de su presidente, coordinador y animador, Jesús Pascual Vicente, ha compilado una extensa y detallada documentación sobre una buena parte de las viejas fortalezas riojanas, realizada, según dice el título de la citada documentación, para servir de soporte a un presunto Plan Director de Protección que -se supone- alguna vez tendría que acometer nuestra administración autonómica en el entorno de alguna de sus consejerías.

He participado modestamente en la elaboración de esa documentación, pero también conseguí en cierta ocasión molestar al entusiasta coordinador por la redacción de una columna en elhAll66 en la que ponía alguna objeción a su empresa. Y es que, frente a la idea de protección, o aún peor, la de intervención, restauración o rehabilitación, yo sólo avanzaba en unas pocas líneas, seguramente confusas por la ironía empleada, la forma en que este tipo de patrimonio arquitectónico es entendido y tratado en las Islas Británicas, por si aquí se pudiera hacer algo parecido. Es por ello que extendiéndome en la narración y no dejándola en los apuntes caricaturescos, espero que lo que cuento no sea entendido ahora como una molestia o una objeción a otra empresa sino como una aportación al debate sobre el futuro de nuestras ruinas.



Cleeve Abbey y Dunster Castle en Somerset.- En la estrecha carretera de la aldea de Luxborough, donde teníamos nuestra casa, y Minehead, que era una ciudad menor del tamaño de Calahorra poco más o menos, había una modesta indicación en color marrón de algo llamado (no recuerdo bien) English Heritage National Trust que señalaba la entrada a las ruinas de una vieja abadía, poco más allá de un pequeño aparcamiento de acceso y servicio. Ocupados como estábamos en las excursiones a Bath, a Stonehenge, a Salisbury o a Wells, pasamos un montón de veces por delante de la señal y de su parking sin intención de parar, aunque siempre comentábamos la presencia de unos pocos coches, cambiantes y diferentes, aparcados allí. 


En los grandes monumentos que fuimos visitando por el sur de Inglaterra nunca me ocupé de los patrocinadores de su conservación arquitectónica y de su explotación turística, así que mi descubrimiento y primer encuentro con el Heritage National Trust ocurrió en Dunster, otro pueblecito más o menos del tamaño de Alberite, cercano a nuestra aldea, que exhibía su castillo como máxima atracción turística. La conservación primorosa del castillo, en un perfecto estado de habitabilidad, y la masiva presencia de turistas con la fila correspondiente en la taquilla nos echó para atrás; pero a cambio de su recorrido, presuntamente aburrido, visitamos la estupenda tienda que había a la entrada, donde se ofrecían no sólo los típicos souvenirs turísticos, sino también un buen número de publicaciones y folletos de divulgación sobre el patrimonio británico de castillos y abadías, que por lo visto estaban bajo el amparo del tal National Trust English Heritage, -o como se diga.

Por fin, en los últimos días de nuestra estancia en Somerset, y en una tarde en la que regresábamos pronto a casa, nuestro Volkswagen de Logroño se juntó a la media docena de coches que ocupaban el pequeño parking de la Cleeve Abbey. 









Disfrutamos así de la contemplación de las ruinas de una hermosa abadía cisterciense (fotos 1 a 3), en la que las dependencias conventuales estaban casi intactas, mientras que la iglesia había desaparecido totalmente, conservándose tan sólo los cimientos de su planta, primorosamente presentados sobre una verde alfombra de césped. En la caseta-taquilla donde pagamos la entrada, me compré un librito-guía sobre las abadías y prioratos ingleses, con el que pude enterarme del origen de la ruina de tanto patrimonio eclesiástico (el acta de disolución de los monasterios de 1539 ordenado por Cromwell y Enrique VIII) y del estado de conservación de todos ellos, con la indicación de su actual propietario. Pude ver así que el English Heritage era quien se ocupaba directamente de la mayoría del patrimonio en ruinas y que en el folleto de la entrada se invitaba al visitante a hacerse socio de la organización, con el típico (y tonto) reclamo de que... así podrá entrar gratis a todos sus monumentos. 


Sweetheart Abbey.- Con el librito de las abadías bajo el brazo, cuatro años después visitamos en Escocia, cerca de Dumfries, la Sweetheart Abbey, (o abadía del dulce corazón) al cargo, ahora, de la Historic Scotland National Trust, en la que pudimos contemplar, sobre una alfombra de césped verde, no ya primorosa, sino increíblemente perfecta, un panorama inverso: las dependencias monásticas desaparecidas, y las paredes y columnas de la iglesia aún en pie, producto acaso de la diferente historia en una y otra nación, pues el Acta de Enrique VIII no afectó a la independiente Escocia de entonces, y su estado de ruina procedía del siglo XVIII. 








Las fotos que enseño aquí (4, 5 y 6) son bien elocuentes de la belleza de las ruinas y del estado de conservación en que se encuentran, pero ahora me lamento de no haberle hecho una foto al viejete que segaba y prensaba el maravilloso césped de la nave (poco a poco y entre descanso y descanso), o del otro jubilado que nos atendió tan amablemente en la entrada y taquilla, porque creo que ahí radicaba uno de los secretos de la conservación y cuidado de las ruinas o del buen recuerdo que guardamos del lugar. Seguramente se trataba de gente mayor de la zona que llenaba el vacío tiempo de su jubilación laboral con un servicio a la historia y al turismo cultural, verdaderamente encomiable.

Caerlaverock Castle.- Sin libro alguno bajo el brazo, y con una simple indicación sobre el mapa, visitamos un buen día del mismo verano escocés del 2000, las ruinas del castillo de Caerlaverock, escenario al parecer de una batalla entre ingleses y escoceses acaecida en el 1300. Su emplazamiento en medio de un bosque cercano a las marismas del Solway Firth presagiaban una tranquila visita pero, para nuestra sorpresa, las grandes campas en torno al castillo estaban llenas de una febril actividad por los preparativos de una fiesta conmemorativa de los setecientos años de la batalla mencionada. En el amplio espacio por el que iban y venían los que construían una empalizada de madera en torno al castillo y una serie de tiendas de campaña para decorar el habitat de la contienda, había una pequeña caseta del Historic National Scotland Trust donde se pagaba la entrada (si es que no querías escaquearte), y hacías tus compras de recuerdos (yo compré obviamente una reproducción pequeñita del castillo para la colección de mi madre). En torno a dicha caseta se ubicaba, cómo no, un grupo de mesas y bancos en los que poder almorzar familiarmente con el económico sistema del pic-nic. 











A pesar del trasiego de los preparativos con peleas de espadas y pruebas del lanzamiento de las catapultas, nosotros hicimos nuestro recorrido, nuestros dibujos y fotos con total tranquilidad y por supuesto, repetimos visita al castillo el día de la batalla, para reírnos a gusto con una fiesta conmemorativa en la que los avances de los soldados ingleses eran silbados y abucheados por el público escocés, mientras que las bravuconadas de sus paisanos disparaban el júbilo popular. Algo así como la celebración anual del frustrado robo de los santos en Arnedo (fotos 7, 8, 9 y 10) .

Tres castillos habitados.- Sobre la misma pista del Historic Scotland cursamos visita a otros tres castillos completamente diferentes pues, lejos de la ruina, estaban perfectamente habitables como residencias palaciegas, o visitables, como monumentos turísticos. La novedad era que, en todos los casos, había por medio interesantes asuntos de propiedad.

El castillo de Drumlanrig, al norte de Dumfries, alberga una pequeña colección de pintura en la que, nada más y nada menos que hay un Rembrandt, un Hans Holbein y un Leonardo da Vinci. Durante la visita de las más variadas dependencias, de repente pasabas por unas estancias acordonadas en las que había objetos de la vida cotidiana actual como un periódico de ayer, una cajetilla de tabaco con mechero, una televisión o fotos familiares de los hijos en el colegio.... Ante la cara de sorpresa que se me puso, el guía de la visita (obligatorio en este caso) me explicó que los señores del castillo seguían habitando esta zona del palacio tras el cierre del horario de visitas del Historic Scotland (¡!!!!) . 










Lamentablemente el folleto explicativo que compré no traía más que las consabidas explicaciones de arte y no contaba nada de lo más interesante de este palacio, esto es, el actual convenio entre la institución pública y la propiedad privada. En pleno verano paseamos en soledad por los espléndidos jardines del castillo como si fueran nuestros y por supuesto, también hicimos pic-nic en la zona reservada al efecto, aunque esta vez con la egregia compañía de un pavo real (fotos 11, 12, 13, y 14)

La visita al Culzean Castle (pronúnciese más o menos como "calín casel" !!!) tenía como ingrediente arquitectónico de primera magnitud la contemplación de la escalera oval que Robert Adam construyera en el último cuarto del siglo XVIII. La inclusión (casi intrusismo) de la pieza neoclásica dentro del pintoresco y variado conjunto militar y palaciego es una excentricidad que no decepciona en modo alguno, pero más sorprendente aún, y hasta excéntrica, es la propia historia de la propiedad del castillo en la segunda mitad del siglo XX. Afortunadamente, el folleto explicativo es en este caso verdaderamente explícito, y además de que pude descubrir en él, que el National Trust for Scotland fue fundado en 1931, que no es una institución gubernamental, que funciona con las aportaciones de sus miembros socios (que son casi un cuarto de millón de personas), y de leer finalmente el ruego de que nos hagamos socios, pude maravillarme con la narración de que en 1956, el heredero y propietario de la larga familia nobiliaria que lo poseyera desde mediados del dieciocho, lo donó al National Trust for Scotland, y ¡más bonito aún!, que en dicha donación, la familia propietaria pidió al National Trust que una parte habitable del castillo le fuera cedida al general Eisenhower mientras viviera, en muestra de la gratitud de los escoceses al comandante en jefe de las fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial (!!!)

El general sólo vino por el castillo en un par de ocasiones, pero sus recuerdos y sus fotografías han quedado para siempre ligadas con particular emoción a un par de habitaciones que se visitan en el tour interior del mismo. Curioso ¿verdad? Es como si el castillo hubiera revivido hace cuatro días con una historia de caballerosidad. Nada más propio.

Bueno, ni que decir tiene que los paseos y jardines del castillo son deliciosos, que los disfrutamos muy a gusto a pesar de que los vimos entre más gente que los del Drumlanrig, y que finalmente también hicimos pic nic en la amplia zona reservada para ello (fotos 15,16 y 17):











Por último, el castillo de Stirling (nombre muy evocador para la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX por llevarlo de apellido el gordo James) tenía una aspecto tan rehabilitado para el turismo que, como cuatro años atrás en el de Dunster, rehusé a entrar pues en la espléndida tarde en que lo visitamos, nos pareció mucho más interesante quedarse en la plaza de armas exterior, contemplando el famoso monumento a Wallace sobre un fondo bellísimo de verdes colinas bañadas por el sol. En todo caso, para documentar la contemplación superficial, también me compré el folletillo del castillo en la tienda del Historic Scotland, descubriendo que la fortaleza había sido cuartel hasta 1964, y que... si te hacías socio del Historic Scotland, la entrada a los monumentos del English Heritage, del Welsh Cadw (su versión en Gales) y del Manx National (el de la isla de Man) te sería semigratuita en el primer año y gratuita a partir del segundo.







En premio a mi decisión de no entrar y para animarnos aún más si cabe la tarde, apareció por la plaza desde donde hacíamos nuestra particular visita al castillo de Stirling, nada menos que una banda de gaiteros de la localidad, evocando con sus aires marciales y sus tonadas, los aspectos más plásticos y poéticos de la belicosidad militar. No supe bien si era un regalo del municipio, un show diario organizado por el Trust o simplemente un divertido ensayo de una banda de lugareños, pero en todo caso, me pareció de lo más propio ese paseíllo suyo vespertino por la plaza del castillo (fotos 18 y 19).

Urquhart Castle.- No todas las visitas a castillos habitados o en ruinas fueron tan memorables como las mencionadas. Llevados por todo tipo de guías y suplementos semanales turísticos a las orillas del famoso Lago Ness, no pudimos sustraernos a la tentación de dejar el coche en el único y atestado aparcamiento que había en todo el lago, punto de referencia para la visita de las ruinas del Urquhart Castle, poblado en el momento de nuestra llegada por no menos de quinientos turistas. El lugar era bonito, desde luego, y las ruinas evocadoras, pero la visita mejor olvidarla (fotos 20 y 21). 








Threave Castle.- Para no dejar con mal sabor de boca al lector de nuestro recorrido por las ruinas de abadías y castillos británicos (recorrido que como expondré pronto no quiere ser sino un listado de razones para pensar sobre los nuestros), traigo por último la visita que hicimos una buena tarde al menos monumental de todos ellos, el Threave Castle, al oeste de Dumfries, porque a pesar de ser modesto se convirtió para nosotros en el más memorable a causa de una serie de pintorescos detalles que jalonaban su visita.

El pequeño aparcamiento habilitado para dejar el coche, estaba en esta ocasión bastante lejos del castillo, a casi una milla, por lo que el paseo por el largo y estrecho sendero entre el parking y el castillo, desde el que se podía contemplar a las ovejas pastando dispersas (¡qué diferentes de nuestros rebaños en masa!), o en el que descubrimos un ingenioso mecanismo del cierre de las puertas de los pastos, incrementó no poco el deleite del recorrido. Con todo, la sorpresa estaba al final, porque el castillo estaba emplazado en el pequeño islote de un río no muy caudaloso pero imposible de cruzar, por lo que para llegar hasta él se precisaba de la ayuda de un barquero. Y como no podía ser menos, allí estaba un simpático viejecillo, no sé si jubilado o voluntario del Trust famoso, ataviado con su chaleco escocés, dispuesto a llevarnos a la otra orilla, y a contarnos alguna aventura del castillo. Ni que decir tiene que la estancia en el islote, dibujando las ruinas del Threave Castle, fue de ensueño.

De regreso -esta vez sí-, le pedí al barquero que posara para una foto "histórica" de tan hermoso lugar, y para disfrutar de su éxito y popularidad les regaló a mis chicas un nuevo paseo en barca por el río (lástima que la foto saliera a contraluz) bromeando un simulado secuestro (fotos 22, 23, 24, 25 y 26).














De regreso a Logroño.- Como he señalado al principio, este tipo de veraneos y de excursiones tiene mucho que ver con una estancia tranquila y prolongada que, en nuestro caso, conseguimos con el sistema del intercambio de casas. De regreso a Logroño, aún coincidimos unos días con la familia de escoceses que nos había dejado su casa en Dumfries, y charlando sobre lo que cada uno había visitado en el territorio del otro, nos contaron con extrañeza que al cruzar la Rioja y ver el magnífico emplazamiento del castillo de Davalillo se acercaron hasta él, llevándose la desagradable sorpresa de que, no es que estuviera en ruinas (que eso ya se lo imaginaban o lo esperaban) sino que estaba completamente abandonado y hasta en peligro de desmoronarse, sin nadie que lo cuidara ni lo enseñase o recaudase una pequeña cantidad de entrada para su mantenimiento.

Como por suerte no eran aficionados a la arquitectura ni a la historia, no escudriñaron mucho más en nuestras ruinas, porque de haber visto el estado del monasterio de San Prudencio, o el del castillo de Jubera, o el de Hervías, o el de Anguciana, etc etc, más que sorpresa y desagrado, se habrían llevado una imagen penosa y lamentable, ¡y muy completa!, de nuestra forma de tratar la historia y el patrimonio público.

Y digo patrimonio público porque aunque buena parte de estos castillos estén aún en manos privadas, me gustaría en principio trazar una línea de separación entre este patrimonio colectivo en ruinas, en el que apenas se invierte nada de los dineros públicos (para empezar, comprándolos o expropiándolos), y ese otro patrimonio también histórico pero de propiedad eclesiástica al que van a parar la mayor parte de los dineros públicos destinados a conservación del patrimonio y cuya propiedad, uso y disfrute está siempre en manos de la institución religiosa que los detenta. Va siendo hora de llamar la atención sobre esta importante cuestión, porque cada vez es más difícil visitar una iglesia o una ermita en nuestra región fuera de las horas de sus liturgias.

Y ya puestos sobre el asunto de la propiedad de los bienes de valor histórico y del dinero público que hay que dedicar a ellos, vamos a tratar de ordenar, en relación a las experiencias aquí contadas, las posibles ideas sobre nuestras ruinas y su disfrute turístico.

La institución y la propiedad.- Por mucho que el English Heritage o el Historic Scotland se proclamen instituciones no gubernamentales, no me creo yo que tan amplio patrimonio y tan complicada y delicada gestión se puedan llevar desde una asociación privada sin animo de lucro. Seguro que hay generosas inyecciones de dinero público y meticulosas supervisiones de la gestión. Eso sí, de lo que estoy seguro es que una gestión tan buena del patrimonio histórico como la que puede verse en Gran Bretaña, no se podría llevar desde ninguna institución pública como las que aquí tenemos. 


No soy experto en el tema de las "fundaciones" o las sociedades semipúblicas, pero si se constituyen para dinamizar cualquier empresa urbanística, como la del soterramiento del ferrocarril por ejemplo ¿por qué no hacer una para gestionar nuestro patrimonio?

Lo escaso que sé de la Asociación de Amigos de los Castillos es que poco o nada puede hacer por los castillos excepto llamar a las puertas o a las conciencias. Y, en su actual estructura, con el estudio documental supongo que ya ha tocado techo. Pero eso no quiere decir que no pueda ser el germen de algo mucho más ambicioso. Sobre todo porque, como decía en la columna que incomodó a Jesús, nunca podrá dársele mejor sentido a las ruinas de unos castillos que la de emprender nuevas luchas desde ellas.

Pero por mencionar un dato significativo de ese trabajo documental, nótese que muchos de los redactores de los planos e informes ni si quiera han reparado o han dejado constancia del tema de la propiedad de los castillos. Sin ir mas lejos, en el propio informe firmado por Jesús Pascual se pasa por alto el significativo dato de que el Castillo de Davalillo es del Marqués de Riscal, es decir, de esas bodegas que mientras se están gastando un dineral en la cagarruta de hierros que les ha proyectado Frank O. Gerhy para sus instalaciones en Elciego, dejan que las piedras de nuestro pasado colectivo se vengan abajo con la mayor de las desidias. Así que, ante un abandono como ese, hay que lanzarse al ataque, hay que conquistar ese castillo para La Rioja. Hay que comprarlo, o si no se deja, expropiarlo. Y así muchos otros.

Pero para que eso se pueda llevar a cabo, hace falta una institución fuerte y unas ideas claras de actuación. Aunque lo hiciéramos con setenta años de retraso respecto a Escocia, no deberíamos esperar más para la creación de un "Historic Rioja", siempre y cuando se hiciera sobre las bases de un tipo de intervención arquitectónica y turística previamente debatidas y consensuadas.

El patrimonio histórico riojano.- Respecto a los bienes que podrían pertenecer a la "Rioja histórica" lo mas fácil es empezar con las ruinas por haber perdido el uso para el que fueron creadas. Por supuesto, estarían entre ellos casi todos los castillos abandonados, pero también un buen número de conventos y ermitas en ruinas, puentes en desuso y hasta pueblos enteros deshabitados. El listado es inmenso, pero sin jurisdicción legal sobre ellos no hay nada que hacer. Así que esa es la primera tarea.

En una segunda fase cabría hablar sobre aquellos edificios cuya propiedad sea difícil de rescatar. Ahí empezarían las negociaciones tipo Drumlanrig para que ese patrimonio no pueda ser alterado alegremente por sus propietarios, y para crear algún régimen de disfrute colectivo. Es el caso del patrimonio de la Iglesia católica, por ejemplo. Hay que dejar claro que si seguimos dando dineros públicos para la reparación y mantenimiento de sus templos tiene que haber alguna contrapartida para toda la colectividad. Un reconocimiento expreso a la entrada y un horario mínimo de visitas, cuando menos.

El tipo de intervención.- Las múltiples Jornadas del Patrimonio que se van realizando bianualmente en La Rioja nos han enseñado ya muchas cosas sobre la materia, y sobre todo, lo que no hay que hacer, esto es: usar el patrimonio histórico para el lucimiento personal de los arquitectos modernos. Nada de hierritos, hormigones, farolitas y diálogos estúpidos e imposibles con la ruina. Las ruinas no dialogan. Son arquitecturas muertas y deben ser contempladas tal cual son. El ejemplo británico de intervención no ofrece dudas al respecto: proteger las ruinas del deterioro y acondicionar su entorno.

No tenemos las condiciones climatológicas para esos magníficos suelos de césped, pero tenemos un excelente y sencillo suelo de albero a nuestra disposición. Lo que no cabe es inventarse empedrados, o adoquinar explanadas (que algunas ya se han hecho por aquí...).

Las intervenciones nuevas han de ceñirse a unos pocos aspectos como la señalización de los límites de propiedad, la creación del parking de recepción, la caseta de venta de entradas y souvenirs, los caminos y senderos o la zona de pic-nic (¡que no falte!). Parece una tontada, pero dejadas estas cosas tan sencillas en manos de un arquitecto "creativo" y con pretensiones "artísticas", el resultado puede ser catastrófico. El cuidado en la discreción del diseño de este tipo de elementos accesorios es fundamental. En todos los castillos que visité en Gran Bretaña, jamás vi un parking tan caro, pretencioso y lamentable como el que he visto construir aquí en San Millán. Ojo a estas cosas tan "sencillas". Deberían dejarse bien claras en los estatutos de constitución de la "Rioja Histórica".

El cuidado y mantenimiento.- Desde que nuestra activísima compañera arquitecta de Alfaro, Aranzazu Vallejo, está en la Consejería de Turismo, me harto de recortar páginas de La Rioja con los proyectos que impulsa para traer turistas a nuestra región. Conseguido un Patrimonio de la Humanidad, ya se va a por otro, y si no, allá van rutas del vino sin rutas, caminos de la lengua sin kilometraje, dinosaurios de cartón piedra por los montes o buques insignia del turismo congresual. Todo de calidad y sostenible, faltaría más.

El turismo es cosa buena, y no voy a ser yo quien diga lo contrario -que me paso la vida haciendo turismo... Nada como hacer turismo para aprender, relacionar y fijar conocimientos en la memoria. Pero de ahí a entender el turismo como una industria, hay un abismo. Es cosa tan perversa como entender la educación como un negocio..., o la arquitectura, o la sanidad, o todo saber ilustrado y universal.

La historia no es sagrada, pero es tan rica o más que la geografía. Son fuentes inagotables para nuestra curiosidad, y la curiosidad es de las cosas que más vivos nos mantienen. Perdida la curiosidad, adiós muy buenas. El turismo debe de atender y fomentar la curiosidad de las gentes. Y si eso deja dinero, pues muy bien, pero eso ha de ir en segundo lugar.

Por eso que los bienes de la Rioja Histórica no deben ser gestionados desde la necesidad o desde la rentabilidad sino desde el honor. Ha de ser un honor ser socio de una institución como la Rioja Histórica, como es un honor para cualquiera de los riojanos el enseñar nuestros montes (por lo menos los pocos que nos van a quedar sin molinillos), nuestros ríos, nuestros monumentos, nuestras calles de bares (hasta que llegue Heron City) o nuestras ruinas.

Todos los empleados (¡absolutamente todos!) que nos facilitaron el acceso o nos enseñaron las ruinas británicas lo hicieron siempre con una sonrisa en la cara, signo inequívoco de la seguridad que da saber que lo que hacían era algo noble. Muchos de ellos, como ya he dejado señalado, eran jubilados, y los más jóvenes con que nos topamos, es probable que fueran estudiantes en vacaciones. No digo que no obtuvieran alguna compensación económica por su dedicación, pero de lo que estoy seguro es que la generosidad y alegría que siempre nos mostraron, no tenía nada que ver con la paga que pudieran recibir. En estos tiempos escasos de rasgos de nobleza, enseñar lo que se tiene es uno de ellos. Por ello que el cuidado y mantenimiento del patrimonio histórico no debe dejarse más que en manos de quien profese amor por ellos. Como en el caso del famoso Tarsicio de San Millán de Suso, por ejemplo.

Y por eso, la edición de folletos turísticos debe de hacerse también con el más exquisito de los cuidados. ¡Nada de confiarlos a agencias de publicidad que digan que si te haces socio tendrás descuento en las entradas! Ahí si que los ingleses metían la pata más de una vez.

Tampoco estaban sus tiendecitas libres de souvenirs más o menos kitsch, pero en fin, lo importante es que sin llegar al folclore que rodea las ruinas aztecas, -por poner un ejemplo atosigante que recientemente he visitado-, se puede dar vida a cierto tipo de artesanías asociadas con la historia. Las maquetas de las ruinas, los cuentos para niños, los libros de canciones, las postales, etc, etc., no hacen mal a nadie si se saben controlar de vez en cuando, y mantienen cierto rigor en los datos y el diseño.

¿Es mucho todo esto para una región pequeña como la nuestra? En absoluto. El modelo ya está ahí para ser copiado y adaptado a nuestras circunstancias y estoy seguro que seríamos un ejemplo para el resto del país. Todo es cuestión de que la administración autonómica recobre un poco de sensatez y deje de hacerse publicidad en los periódicos, y que las gentes de sangre noble se enfunden en la cota de malla, se coloquen el yelmo y se ciñan la espada. O como decía más o menos con otras palabras nuestro presidente de la Asociación de Amigos de los Castillos Jesús Pascual en la columna de elhAll75 con la que celebraba la conclusión del trabajo documental de los castillos de La Rioja: que nuevos don Quijotes ilustrados cabalguen las ruinas de nuestro pasado y la geografía de nuestro presente.



martes, mayo 20, 2008

CHINA (I)







Uno de los peores enemigos de la ecología como ciencia es esa cursiprogresía izquierdista que la ha convertido en una pose de lamentos blanditos y slogans publicitarios absorbiéndola e integrándola a nuestro sistema depredador a una velocidad muy superior a lo que pasó con la contracultura de los sesenta. La EXPO de Zaragoza y la maldita “sostenibilidad” de todos sus pabellones pasará a la historia de la infamia como nuestro hito nacional en la materia. Y mientras tanto, o la vez, el mundo se dispone a ir en masa a China (en aviones que no contaminan, claro) para asistir a los Juegos Olímpicos y ver lo mucho que ese país se ha occidentalizado en los últimos diez años.

Hace unos quince estuve tentado de ir a China y empecé a agrupar datos, libros y recortes de prensa, pero el tiempo o las oportunidades se me fueron pasando y creo que hoy ya no me apetece mucho esa emprender esa aventura.

Sin embargo, y como por inercia, sigo acumulando información sobre ese inmenso y extravagante país que no deja de sorprenderme, más que nada, supongo, por una cuestión de escala.

En marzo de este año hubo aquí (ELPAIS, ELMUNDO) algo así como una invasión de información sobre Arte Contemporáneo Chino. De la misma manera que producen todos esos gadgets más o menos inútiles que venden en los “Todo a Cien”, los chinos se han puesto a pintar zarrias de todo tipo y a inventarse un santoral de nombrecitos para estar a la misma altura que Occidente. Se ve que en diez años han conseguido lo que Europa en cien.

Mientras tanto los arquitectos estrellas han ido a China a levantar y repetir lo que ya hacen aquí y hasta nuestro colega Jesús Pascual vino encantado de allí contándonos (ElhAll n 96) que la arquitectura ya es global y que ancha es Castilla: “no es que en el Lejano Oriente estén occidentalizados –escribía nuestro boy scout de la arquitectura- es que somos hijos de una época marcada por la fluidez del conocimiento”. Eso de que el conocimiento se haya hecho fluido me recuerda mucho a lo del dicho castizo de que se te ha licuado la sesera, pero en fin, dejemos a Pascual que bastante tendrá estos meses con la crisis de la promoción que se le avecina.

Lo que fluyen en verdad son las imágenes, y de ahí que yo me quede sentado en casa viéndolas pasar. El fotógrafo Edward Burtynsky justificaba su espectacular trabajo sobre China diciendo que “no nos podemos dar cuenta de la escala en la que nos estamos moviendo sin ir a China” (El País, Babelia, 08.03.08 pag 36); pero hombre, si ya nos hace él las fotos ¿para qué vamos a ir nosotros? El trabajo fotográfico de Burtynsky lo han hecho más espectacular si cabe (o sea más cursiprogre) con una película titulada “Paisajes Transformados” que yo creía que me iba a encontrar en la página www.karmafilms.es/mesdelcinesolidario pero que veo que no, que sólo era un anuncio.
Me alegro, porque hacer espectáculo de la muerte, los desastres ecológicos, las guerras o el puterío es el vicio de la izquierda que más me ha apartado de la izquierda.

Mucho mejor que viajar, que leer reportajes sobre la fluidez del conocimiento o que ver pelis espectaculares de los desastres ecológicos, creo yo que es ir viendo poco a poco las fotos y más fotos de China sin pretensiones artísticas, ecológicas o de divulgación barata que trae google earth.
La contemplación tranquila de los detalles de cada una de ellas supone para mí toda una aventura intelectual y una experiencia nada fluida del conocimiento, así que os iré poniendo de vez en cuando en este blog algunas de ellas. Como hoy.

(Podéis picar sobre las fotos, como siempre, para verlas un poquito más grandes)

martes, octubre 09, 2007

PESADILLA EN BUENOS AIRES



Tiene su cosa este edificio de Buenos Aires ¿verdad? porque se parece a las Bodegas Darien recientemente inauguradas en Logroño pero “pinchadas en un palo”, es decir, subidas encima de una caja de cristal girada y otro medio edificio.

Coincidió que inauguraban esas Bodegas justo el día anterior de irme a Buenos Aires y aunque me invitaron al acto y pude haber ido, no quise, y ello por dos razones: primero porque arquitectónicamente no me interesan lo más mínimo, y segundo, porque personalmente no tenía ningunas ganas de encontrarme con su arquitecto después de que escribiera aquel artículo insultante en Elhall titulado “Crónicas Marcianas” para que me echasen de allí, cosa que finalmente consiguió.
Bueno, pues mira lo que son las cosas, la imagen del edificio de las Darien me persiguió hasta el otro hemisferio. Así de pelma (así de pesadilla) es la arquitectura “moderna”.

Como este viaje venía a ocupar el lugar de los que yo organizaba para los arquitectos, aún me asaltó la inercia de prepararlo desde el punto de vista arquitectónico, y aunque no llegué a hacer un libro-dossier previo como los que he realizado para tantos viajes COAR, sí que me documenté un poco. El caso es que lo hice con una especie de doble nostalgia: en primer lugar porque yo tenía una cierta devoción hacia las publicaciones argentinas, tan frecuentes en mis años de formación arquitectónica; y en segundo lugar porque herida y alocada la arquitectura aquí y en el resto del mundo, ¿qué no me iría a encontrar en un país también herido y desorientado? Pues ya veis, las Darien varadas en lo alto de un edificio de su city.

Uno de los libros más sensatos de Teoría de la Arquitectura que se escribieron en el siglo pasado para estudiantes fue sin duda el de Enrico Tedeschi, arquitecto y profesor en Mendoza. Lo saqué con devoción de su estante preguntándome qué habría sido de él y si habría dejado más rastro. Ni idea. Luego miré la larga serie de libros de arquitectura que tengo de las editoriales Infinito y Nueva Visión, especialmente todos los famosos panfletos de Le Corbusier. Qué tiempos aquellos. Parecen lejanísimos pero... ¡sólo han pasado treinta años!

Por supuesto, releí el inevitable e indigesto tocho de Ramón Gutierrez (Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica) en sus pasajes dedicados a la Argentina, los más críticos y desazonadores del libro por la condición local del autor. No le entendí muy bien en lo referente a la deriva de los arquitectos de vanguardia durante el peronismo (cap 21) pero luego de leer el didáctico libro de la economista María Seoane comprado en La Plata (Argentina, 1900- 2003, El siglo del progreso y la oscuridad, ed Crítica) ya me hice perfectamente cargo de la soberbia y el elitismo de los arquitectos de la modernidad (¡como si no les conocieramos…!).

También me acordé de haber leído un libro farragoso de Marina Waissman (La estructura histórica del entorno, ed nv), una escritora argentina de arquitectura que Galiano fichó junto a Gutiérrez y Segre para sus AVs a fin de despistarnos todo lo posible sobre el panorama arquitectónico latinoamericano. Revisé la ficha que hice del libro cuando lo leí y me llevé una grata sorpresa porque, aunque diletante y aburrida, la autora intenta construir una teoría que encaja perfectamente con mi idea de la Guía de Logroño. Más o menos su tesis es que la historia de la arquitectura debe dar paso a la historia del entorno. Lo escribió en 1977 y yo lo leí en el 92. Algún día podría transcribir aquí la reseña que hice para mi uso personal. Más que nada para hacer unas risas porque no creo que nadie esté interesado en esas teorías (ni la propia Waissman, supongo, luego vendida a las páginas de Galiano).

También en aquel hAll de mis amores (y dolores) Iñaki Gómez escribió una cosilla sobre las galerías comerciales de Buenos Aires (n 73, sep 2003), así que, buena ocasión para releerla.

Con toda esa empanada y con la que traían los argentinos desde dos siglos atrás entre las preferencias francesas, inglesas o neocoloniales, ya me imaginaba la arquitectura que me podría encontrar allí. Lo que no me esperaba es que en la antigua capital del libro de arquitectura en castellano no hubiera ni una sola guía de arquitectura de Buenos Aires o Argentina, y ni una sola Historia de la Arquitectura Contemporánea del país. Aburrí y hasta cabreé a mi familia preguntando una y otra vez en todas las librerías con buena pinta por alguna pista meramente documental y se rieron de mí cuando después de encontrar la especializada C67 en un desconcertante pasaje de la calle Florida, tampoco había nada en ella más que los mismos libros (Blanca Lleó, Ignasi Sola-Morales, William Curtis, etc.) y las mismas espantosas revistas (El Croquis, AVs, etc) que hay en cualquier librería medianamente especializada de aquí. Alucinante.

En la Biblioteca Nacional (a la que fui buscando algún rastro de Borges pero no lo encontré/ más que para un post el asunto ha dado para una carta a un amigo) vi que años atrás se habían editado datos de arquitectura en varios librillos con formato de guías (edificios monumentales, arquitectura de 1930 a 1960, etc.) pero no me dio tiempo más que a echarles una ojeada.

A falta de otra cosa me traje para mi biblioteca todos esos típicos libros que venden para turistas con dinero (Buenos Aires desde el aire (de los peores que tengo de este tipo), Buenos Aires 1915-1940, Esquinas de Buenos Aires, etc.) e hice montañas de fotos con la digital (que es gratis), pero no es cosa de ponerlas aquí sin un guión. Creo que con la que abre este post ya nos hacemos una idea de lo claras que tienen por allí las ideas.

Vamos, como por aquí.

jueves, mayo 17, 2007

VILLAMEDIANA Y RIBAFRECHA



A los amigos más íntimos, es decir, aquellos con los que me relaciono mediante la escritura, suelo llevarlos a Villamediana o a Ribafrecha cuando vienen a verme y quieren conocer La Rioja.

Villamediana y Ribafrecha son dos de los pueblos más feos de La Rioja, así que es un consuelo para mí que los vean y un baño de realidad para ellos. A mis amigos íntimos jamás se me ocurriría llevarles por los lugares virtualizados del turismo.

Cuando me instalé en Logroño, a comienzos de los ochenta, visité Villamediana y Ribafrecha (y también otros que no vienen hoy al caso) y me parecieron feísimos, así que sólo he ido en contadas ocasiones (en esas breves visitas de mis amigos íntimos en que… enseguida me piden que les saque de allí). Eso sí, con lo que he ido viendo, sospecho que en estos veinticinco últimos años el grado de fealdad se ha debido disparar hasta límites de verdadero escándalo, por lo que es posible que algún día me dé una vuelta en solitario con la cámara en la mano, para hacer un amplio y documentado reportaje.

Como anticipo de ese álbum futuro muestro hoy la foto de una casa situada junto a la circunvalación de Villamediana que me tenía bastante intrigado. El escultor Félix Reyes, que pasa habitualmente por la misma carretera camino de su casa, compartió conmigo durante mucho tiempo la sorpresa de ver el arco de herradura que ha estado luciendo como puerta durante la larga ejecución de sus obras (no menos de cinco años). Será de alguien que ha estado de vacaciones en Córdoba, -me solía decir con sorna. Y aún me preguntaba incrédulo: ¿lo dejarán así cuando la terminen?

Tanto o más que la puerta, a mí me llamaban mucho la atención los tres picos de la cubierta. A mediados de los ochenta, un conocido (y ahora “prestigioso”) arquitecto local dio en hacer cubiertas con cumbreros perpendiculares a la fachada, más o menos a la holandesa (supongo que después de alguna visita turística a Ámsterdam). Hizo bastantes de ellas, y algunas han pasado desapercibidas bajo la coartada de la postmodernidad, pero otras, como las que pueden aún contemplarse a la entrada de Alcanadre (otro de nuestros pueblos gloriosos) no tienen disimulo alguno, y son verdaderos monumentos de nuestra arquitectura más desnortada.

Por aquello de fijar nuestra “identidad regional”, los gobiernos autonómicos se han afanado en repetirnos en la prensa dos o tres eslóganes publicitarios. El último de ellos es el de la Rioja Tierra Abierta y antes de él, la Rioja Calidad. Olvidado queda el eslogan que le gustaba repetir al presidente socialista José María de Miguel de que nuestra tierra es un Cruce de Culturas. Pues bien, puestos a elegir uno de los tres para identificar esta casa de Villamediana, yo diría que el tercero es el que le va a pelo. Ahí es nada esa puerta africana y ese sombrero holandés de tres picos. Por entre medio hay arcos, recercados de huecos, un escultural juego de bajantes y un buen número de otros interesantes detalles que enriquecen una composición que no se sabe (nunca se sabrá) si es fruto del cruce de culturas de nuestra identidad regional o del cruce de ideas entre el promotor y el arquitecto.

Pero dejémoslo aquí en espera de muchos otros compañeros de álbum, porque la otra razón que me ha movido a escribir esta nota es que, hace unos días, descubrí entre periódicos viejos de los años ochenta esta otra foto de Ribafrecha que casi me hace saltar las lágrimas. (Se puede clickar sobre ella para ampliar).




¡Santo Cielo! Antes de ser “Cruce de Culturas”, “Rioja Calidad” y “Tierra Abierta” ¡Ribafrecha fue un pueblo digno y hasta hermoso! Miro y remiro la foto una y mil veces y casi no me lo puedo creer, pero el documento es fidedigno y no hay trucaje alguno. Lo único que puede suceder es que el periódico en que aparece hubiera puesto una “foto de archivo” bastante anterior a la fecha de edición, es decir, antes de aquellos años en que Ribafrecha me causó una primera y lamentable impresión. Pero el caso es que este pueblo alguna vez fue así, y eso es algo que me conmueve profundamente y que quisiera compartir también no sólo con mis amigos íntimos sino con todos los lectores de este blog (que, en cierto modo, son mis amigos íntimos).

martes, marzo 20, 2007

RESTAURAR CASTILLOS


Restaurar: restablecer. Arreglar una cosa estropeada o rota, en particular un edificio o una pieza de arte, dándole aspecto de nueva. Volver a poner (algo o alguien) en la situación que tenía.

La Rioja 16 de marzo, pag 68: “Cultura edita un libro que plantea la restauración de 28 castillos riojanos”
LR. Agencias. Logroño.

“En La Rioja se conservan 41 castillos, de los que 28 precisan una restauración y en trece de ellos ya existe una intervención restauradora importante, afirmó ayer el coordinador del libro Castillos de La Rioja. Base documental para su plan de protección, Jesús Marino Pascual.”

Amén de la edición y otras partidas para la investigación a través del IER, justo a renglón seguido el Consejero Alegre anunciaba apoyos económicos del presupuesto del 2008 para restauración y recuperación de castillos.

Yo no acabo de entender por qué ni para qué vamos a gastarnos los dineros públicos en arreglar los castillos, incluso dándoles aspecto de nuevos, si ya carecen de función defensiva alguna.

Protegerlos, como reza el título del trabajo, parece más acertado; o aún mejor sería “cuidar sus ruinas” -pongamos que por su valor histórico, sentimental, simbólico, etc. Pero si el autor del mencionado trabajo se desliza tan rápidamente de la “protección” a la “restauración” lo que está claro es que no se trata de cuidar sus ruinas, su valor sentimental, histórico, etc., sino de “intervenir en ellos con arquitecturas del presente”. Y como no creo que sea para restablecerlos en su función militar, habrá que pensar que es para otra cosa: como en el desclasado Castillo de Agoncillo, con proyecto del autor del libro, o la recientemente “re-collageada” torre de Haro, de Alfonso Samaniego, Carlos Madrigal y Gerardo Cuadra.

Y es que la noticia se cerraba así:
“Entre los castillos con intervenciones de restauración ya efectuadas figuran los de Aguas Mansas de Agoncillo (…), Sajazarra (…) y el torreón de Haro”.

Los conceptos están confusos. No digo que haya que buscar siempre su sentido y su verdad en los diccionarios, pero usados como herramientas, nos pueden ayudar. Sobre todo en casos como éste.
Para la definición arriba expuesta he consultado el María Moliner, el Manuel Seco y el RAE (en internet) y los tres coinciden.

“Restaurar castillos” en nuestros tiempos es una expresión imprecisa y que falta a la verdad.

miércoles, febrero 28, 2007

138. JMPV







Antes de dar por cerrado el asunto del concurso de las seiscientas viviendas de Pradoviejo que ganó Toyo Ito (v LHDn 85 y LHDn129) es preciso comentar también, aunque sea de pasada (o aunque me vaya por las ramas) algunas de las propuestas perdedoras. Más que nada, porque los derrotados en los concursos de arquitectura suelen aceptar mal los fallos de los Jurados, y a la que pueden, colocan sus proyectos rechazados en la primera ocasión que les sale al paso. Por poner un ejemplo, y por si se me olvidó decirlo, el Ayuntamiento de Ciudad Real de Fernando Higueras (v LHDn125) fue un encargo inmediatamente posterior a su participación en el concurso del Ayuntamiento de Amsterdam…, ay, ay, ay, ay, así que le salió con cierto aire a Países Bajos… Otro ejemplo es el rascacielos que Zaera quería colocar en Triana, retal del concurso de la zona cero de Nueva York vestido de sevillana, y así sucesivamente. Hombre, ahora que lo pienso, la idea daría para una tesis doctoral. Ánimo, profesores de la Uni.

Aunque también hay que reconocer que tal y como se organizan y notician actualmente los concursos de arquitectura, algunos de los concursantes ya obtienen cierta compensación con la publicidad que les dan los periodistas. Que el periódico oficial, aunque sea local, te ponga durante varias semanas junto a Toyo Ito, Chipperfield, MRVD o Perrault, ya es premio más que suficiente para muchos. De todos modos, y por si acaso, siempre hay que estar atento a ver qué pasa con sus propuestas. Por eso fotografíe algunas, sobre todo las más atrevidas. Como la del arquitecto navarro logroñés Jesús Marino Pascual Vicente, por ejemplo.

La amistad y la convivencia ciudadana -decía en el LHDn17- no son buenos mimbres para la crítica de arquitectura, así que durante mucho tiempo me he abstenido de criticar a mis vecinos y colegas de profesión y he preferido que se pudieran ver reflejados en la crítica hacia otros arquitectos que van de figuras por el mundo. Pero eso no fue suficiente cautela. En primer lugar, los de dentro podían ser amigos de los de fuera, como en el caso que me costó la dirección de elhAll. Y en segundo lugar, algunos compañeros empezaron a decirme hace años que algunos arquitectos de dentro no me perdonaban el hecho de que no les elogiara a ellos de vez en cuando. Centrándonos en este segundo caso, yo nunca les quise creer, porque pensaba que mi silencio era suficientemente elocuente; pero tampoco pude entender nunca porqué Jesús Marino Pascual Vicente, a quien tenía por amigo, y de quien no había criticado más que algunos aspectos de su política colegial y nunca su obra arquitectónica, intentase en dos ocasiones, y con gran éxito, aniquilarme como crítico de arquitectura, es decir, en mi obra profesional. La primera está en la edición impresa de elhalln45, y en ella decía que le parecía muy mal que yo me “realizara” en la labor crítica; la segunda, publicada en elhAlln83 con el título de “Crónicas Marcianas” y con sus comparaciones imaginables, se puede leer también en la página del COAR en internet: http://www.coar.es/cultura/elhall_fr.htm.

Como el hombre de los cuatro nombres va de bueno y de majo por la vida (de boy scout decía otro), quiso hablar conmigo después publicar este último artículo, pero yo se lo dejé bien claro: primero una rectificación por escrito de la parte de insultos y descalificaciones personales en el mismo medio, y luego las cervezas. Pero como para eso hace falta ser algo más que lobato, la convivencia se rompió y, aunque como decía Canetti, ello me deja la lengua absuelta, no es mi intención ahondar la herida personal, sino más bien retomar el punto de partida: si Jesús Marino es para mi círculo de convivencia profesional alguien tan lejano como un arquitecto de Japón, y encima empieza a ir de figura, ya puedo hablar sin mayor cortapisa de sus edificios y proyectos. Por ejemplo, sobre su propuesta para el concurso de las seiscientas viviendas cuyas imágenes se muestran arriba.

La idea de cruzar los bloques arquitectónicos como si fueran tizas o madera en secaderos es muy costosa pero no es nueva. La tercera imagen que muestro aquí la he extraído de un impagable librito de editorial Stylos titulado “Arquitectura Contemporánea en Europa Oriental”, publicado justo antes de que se cayera el muro de Berlín, y es del “edificio de la administración para la sección de puentes y carreteras” en Tblisi, capital de Georgia, del año 1976 (el nombre de los arquitectos no tiene mayor interés reproducirlos). El edificio es tan estrambótico que el amigo Juan Freire lo sacaba hace unos días en su blog como ejemplo de locura arquitectónica en donde “la realidad supera a la imaginación” (foto 4). Hombre, por tratarse de un edificio destinado a oficinas para hacer puentes, en un país comunista (o sea, amordazado) y por estar ubicado en una ladera tan abrupta, aún le veo algún sentido. O por lo menos más lógica que la propuesta de Jesús para viviendas sociales mínimas, en un solar completamente llano, y en un país donde (al menos teóricamente) existe la posibilidad de hacer crítica de arquitectura. Aumentar la envolvente de un edificio y complicar sus estructuras para que los espacios liberados a cota cero se conviertan en lugares desolados (véase lo que pasa a nivel de calle en la foto 4) no es una idea muy brillante que digamos por mucho que luego los pinte de colorines a la moda holandesa. Claro que…, con lo atontada que está la administración y lo listos que suelen ser los jurados, hasta pudo haber colado… ¡O puede colar a la siguiente....! por lo que conviene darle difusión y estar atentos.

viernes, febrero 02, 2007

120. NOMBRAR O NO NOMBRAR


That is the question. Esa es la cuestión.

Los dos últimos LHDs me han dejado muy preocupado. En el 118 (Camboya) eludía nombrar al arquitecto Jesús Marino Pascual Vicente como autor de una crónica de viaje a oriente en el último hAll que parecía estar redactada por un estudiante de bachillerato. En el 119 (Trinidad 3) iba aún más lejos y hasta trataba de buscarme justificaciones para no decir que el autor de la eliminación de esgrafiados en una vieja casa de Logroño era mi compañero de claustro, Roberto Arriola. Algo raro me está pasando pues toda mi escritura se caracteriza por haber dado siempre la cara (la mía) y por buscar la de los demás. Nunca he entendido esa manía de nombrar cuando se trata de dar parabienes, y de ocultar los nombres cuando la valoración de sus obras es negativa. La responsabilidad es la misma en uno y otro caso, y los juicios críticos son (o deben ser) sobre la finitud de los hechos y no sobre la universalidad de las personas.

Quizás lo que me pasa es que estoy un poco cansado. Acabo de terminar un libro en el que he dado nombre a todas y cada una de las casas del Logroño de calles-y si me quedan fuerzas luego se las daré al Logroño de los planes parciales...; es decir, que he investigado, buscado y puesto por escrito ordenadamente los nombres de todos sus promotores y arquitectos. Y supongo que eso se nota; que me ha pasado factura, vaya. No sé, si he caído en la ocultación de nombres quizás ha sido porque mi relación personal con estos dos compañeros arquitectos, Jesús y Roberto, no pasa por un buen momento, y no quería echar más leña al fuego.

La decisión de nombrar o no nombrar puede posponerse en función de las circunstancias, pero yo siempre he pensado que se trata de un asunto de mayor calado. La identificación con el origen (o incluso con el lugar) que nos da el nombre se viene entendiendo desde hace un par de siglos como freno y cortapisa a la libertad individual; y por si ese modo de pensar necesitase de un buen argumento, aquella vieja sentencia bíblica que dice que “por sus obras les conoceréis” lo aporta con celebrada contundencia. Como conté en el LHDn92, internet y los blogs se han convertido en el paraíso del anonimato. Los bloggeros se enfadan mucho si uno quiere saber con quien habla y argumentan que lo que importa son los textos y no los nombres. Pero el argumento se les vuelve en contra en cuanto se comprueba que desde el anonimato nadie es capaz de escribir nada que se sostenga mínimamente.

La manía de no nombrar –o el miedo a nombrar- produce por lo general unas ristras de abstracciones y generalizaciones que aburren al lector más voluntarioso, cuando no, ese género más cercano a los “pasatiempos” en el que las “indirectas” convierten los textos en algo así como jeroglíficos o juegos de adivinanzas. Huyo de ellos como de la peste; o como de la nada. Y si encima están escritos por nadie, es fácil entender que me produzcan un hastío infinito. O algo más sencillo: un inmediato rechazo.

“Nombrar” se ha convertido para mí en una cuestión vital, porque me ha parecido intuir que la degradación urbana va asociada al creciente anonimato de los ciudadanos. Azúa contaba en aquel bellísimo libro sobre Venecia que esa gran ciudad murió cuando el carnaval empezó a traspasar los límites temporales de su calendario y se convirtió en una fiesta constante, en un hábito permanente.

El juego, la ocultación, la ficción, las grandes obras de los hombres y las aspiraciones celestiales tienen su tiempo de esplendor, pero mientras seamos humanos volvemos siempre a la carne y al lugar.

Contra quienes creen ver en los nombres un límite a la libertad o los identifican incluso con la carne y el lugar, yo digo que los nombres son los puentes que nos liberan de la necesidad y nos permiten ir más allá. Silenciarlos puede ser una cuestión de prudencia momentánea, pero ocultarlos significa hundir esos puentes.

Por si en los últimos LHDs he hecho lo segundo en vez de lo primero, ya veis que me he puesto a arreglarlos cuanto antes.

miércoles, enero 31, 2007

118. CAMBOYA Y RAMÓN







Como correspondencia a los viajes que hemos compartido siendo yo organizador, o a modo de agradecimiento a los LHDs, o simplemente por pura y sencilla amistad, hace unos días me envió Ramón Ruiz Marrodán una preciosa colección de 24 fotos tomadas en un reciente viaje suyo a Camboya.

Ya he escrito otras veces que es para mí un placer recibir fotos y comentarios de viajes de amigos y gente conocida, pues aunque a primera vista pudieran parecerse a los de los periódicos y guías, yo les doy un valor completamente distinto. Son historias e imágenes con nombre propio que retratan tanto hacia fuera como hacia dentro, y que además de permitirme conocer un poco mejor los rincones y las gentes de un país lejano también me acercan a la forma de mirar del fotógrafo y comentarista, sintiéndole y conociéndole un poco más.

Le contesté de inmediato pidiéndole permiso para ponerlas algún día en este blog y rogándole que me las enviara con un poco más de tamaño, pero han pasado ya unas semanas y aún no me ha dicho nada. Como creo conocer la respuesta a la primera petición, y si espero a su mail se me va a perder la carpeta en mi desordenado ordenador, me he animado a seleccionar cinco de sus fotos para poner aquí un pequeño álbum de ese país junto a su nombre.

La experiencia no es nueva para mí. Durante la última etapa en que dirigí elhAll, Jesús López Araquistain se animó a hacer una columna titulada “Otros tiempos, otros lugares”, con la idea de compartir una o dos fotos y un breve comentario de sus viajes. Jesús es uno de los más grandes viajeros de esta ciudad, y no me será fácil olvidar algunas de sus sesiones de diapositivas en el Colegio, como las que hacía tras los viajes COAR, o la que hizo de un viaje particular a Perú y al altiplano boliviano. También he estado en su casa viendo fotos de viajes a Vietnam y al Cono Sur, pero siempre he preferido las puestas en común más abiertas. Casualmente, aquella columna de Jesús se inició con una foto del templo de Ta Phroom en Camboya (elhAll72, que como es el primer hAll que se publicó en la web del COAR aún puede verse en http://www.coar.es/cultura/elhall_fr.htm), lugar que también ha visitado ahora Ramón. Con estas dos visitas al templo comido por la selva y con algunas otras fotos del mismo que he visto aquí y allá, ya me siento en él como en mi casa.

Como habrán podido comprobar los actuales lectores de elhAll, también otro arquitecto local nos cuenta en el número 96 sus recientes viajes al lejano oriente, concretamente a Corea, Malasia y China, dejándonos cumplido rastro de su modo de pensar: “no es que en el Lejano Oriente estén occidentalizados –escribe a modo de conclusión en su “reflexivo” artículo-, es que allí, al igual que aquí, somos hijos de una época marcada por la fluidez del conocimiento, abierto a todos por igual. Quizás tendríamos que decir a casi todos”. No sé, más bien parece que a este otro arquitecto los viajes le espesan el conocimiento en vez de hacérselo más fluido…; sobre todo si reparamos en las fotos con que lo ilustra…

No digo más que el protagonista de hoy es otro. Las fotos de Ramón se pueden ver un poquito más grandes si se pincha en su interior, pero la verdad es que me gustaría poder ofrecerlas al tamaño de la pantalla del ordenador. Son de una belleza y una sensibilidad verdaderamente exquisitas. Si algún día me las manda, les pondré un enlace para que los lectores del LHD las puedan disfrutar también a pantalla completa.

Gracias Ramón.


viernes, junio 16, 2006

30. SIMBIOSIS




El concurso de proyectos para la sede del Colegio de Aparejadores ha pasado entre nosotros con más pena que gloria. En el último hAll, el n94, se publican los dos primeros premios con un mínimo comentario sin firma que da a entender que a los nuevos directores les gustaría que hubiera un debate pero que son incapaces de plantearlo (pena de hAll también). Me comentan por la calle que los arquitectos del Jurado fueron Jesús Marino Pascual y Domingo García-Pozuelo..., ahhhhh ¡mis viejos “amigos” del hAll!, el autor de Crónicas Marcianas y el del famoso Acuerdo... ¿Qué podríamos esperar de un Jurado así? Pobres concursantes. De todos modos es curioso que en la noticia que tiene colgada el Colegio de Aparejadores en internet dice “el Colegio eligió...”; y en la noticia que dio La Rioja (2fb06) dice “Los aparejadores se decantaron...” ¿Fue un concurso mínimamente serio?
En fin, a pesar de que el convocante y el jurado fueron la misma Junta de Gobierno de los Aparejadores, como concurso de arquitectura tendría que haber merecido mejor vida; y aunque hayan ayudado al fallo mis “amigos” del hAll, también se merecía mejor entierro. Por eso, para seguir creyendo en la vida de los concursos y celebrar con dignidad la muerte de éste, he elegido para el sepelio este sorprendente vehículo que muestro arriba, simbiosis de modernidad y arcaísmo que, a juzgar por la matrícula, Pastrana compró en Burgos y lo incorporó a su catálogo de enseres mortuorios con el número 6.

La propia imagen del objeto es tan fascinante que casi sobran comentarios. Ese morro aerodinámico y esas llantas formalmente tan limpias y adornadas con neumáticos de banda blanca, símbolo de los nuevos tiempos y de la pujanza y progreso de la empresa concesionaria de las pompas fúnebres logroñesas, aparecen directamente trabados con un arcón de estilo gótico flamígero que seguramente despertará en los familiares del finado la idea de que su ser querido mora ya en un templo digno de santos, ángeles y arcángeles.

Aunque no fuera tan rotunda, una cierta simbiosis entre lo viejo y lo nuevo, es decir, entre la descascarillada fachada y el frente marmóreo del negocio de Pastrana, colocados uno sobre el otro igualmente sin mayor miramiento, podía aún verse en ese caserón del siglo XVIII que según María Teresa Alvarez Clavijo se levantó sobre unas casas del siglo XVI de las que no dejaron ni rastro (Logroño en el siglo XVI p136) Por cierto que P. Alvarez decía al respecto lo contrario, ja ja ja ja (véase su artículo sabatino de 1 abril del 2006). Hay que ver qué bien se informan los periodistas.

Es curioso que ni en elhAll 94 ni en las noticias de la prensa ni en las páginas de internet que he consultado, nadie se haya tomado la molestia de mostrar las fachadas del nuevo edificio, como si ésta no fuera importante para el fallo o todo el mundo la diera por supuesta. En su comparecencia ante los medios en el día en que se dio el premio, el Presidente del Colegio de Aparejadores ya decía que como ellos eran muy respetuosos con la rehabilitación, ya contaban con quitar el mármol de Pastrana, restaurando los sillares de piedra que estén debajo (¡cómo estarán!/ay ¡cómo quedarán!) y el revoco que cubre los ladrillos, restaurándolos igualmente (!). P. Alvarez lo confirmaba también en su página sabatina.

Pues mira, yo cada vez tengo menos claro ese consenso arquitectónico tan generalizado. Es más, me parece un claro síntoma de ausencia de arquitectura. En la fachada actual de ese caserón cantan mucho más los huecos arqueados de la planta segunda tan perdidos ellos, y que sin embargo, y como he podido descubrir mirando de soslayo algunos paneles que salen en las fotos, han sido escrupulosamente respetados.

No he querido analizar a fondo los dos proyectos publicados pues me parece injusto hacia los otros cinco que se presentaron y que no han sido expuestos públicamente.

Acabo: como entre unas cosas y otras sigo con la sensación de que no ha habido un concurso mínimamente digno, prefiero invitaros a contemplar otra vez (y a la vez) esa vieja fachada “a rehabilitar” y ese coche para el sepelio, donde lo nuevo y lo viejo aparecían en una simbiosis tan cruda como sugerente. A ver si así pensamos un poco más en arquitectura y un poco menos en consensos rehabilitadores.