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martes, octubre 09, 2007

PESADILLA EN BUENOS AIRES



Tiene su cosa este edificio de Buenos Aires ¿verdad? porque se parece a las Bodegas Darien recientemente inauguradas en Logroño pero “pinchadas en un palo”, es decir, subidas encima de una caja de cristal girada y otro medio edificio.

Coincidió que inauguraban esas Bodegas justo el día anterior de irme a Buenos Aires y aunque me invitaron al acto y pude haber ido, no quise, y ello por dos razones: primero porque arquitectónicamente no me interesan lo más mínimo, y segundo, porque personalmente no tenía ningunas ganas de encontrarme con su arquitecto después de que escribiera aquel artículo insultante en Elhall titulado “Crónicas Marcianas” para que me echasen de allí, cosa que finalmente consiguió.
Bueno, pues mira lo que son las cosas, la imagen del edificio de las Darien me persiguió hasta el otro hemisferio. Así de pelma (así de pesadilla) es la arquitectura “moderna”.

Como este viaje venía a ocupar el lugar de los que yo organizaba para los arquitectos, aún me asaltó la inercia de prepararlo desde el punto de vista arquitectónico, y aunque no llegué a hacer un libro-dossier previo como los que he realizado para tantos viajes COAR, sí que me documenté un poco. El caso es que lo hice con una especie de doble nostalgia: en primer lugar porque yo tenía una cierta devoción hacia las publicaciones argentinas, tan frecuentes en mis años de formación arquitectónica; y en segundo lugar porque herida y alocada la arquitectura aquí y en el resto del mundo, ¿qué no me iría a encontrar en un país también herido y desorientado? Pues ya veis, las Darien varadas en lo alto de un edificio de su city.

Uno de los libros más sensatos de Teoría de la Arquitectura que se escribieron en el siglo pasado para estudiantes fue sin duda el de Enrico Tedeschi, arquitecto y profesor en Mendoza. Lo saqué con devoción de su estante preguntándome qué habría sido de él y si habría dejado más rastro. Ni idea. Luego miré la larga serie de libros de arquitectura que tengo de las editoriales Infinito y Nueva Visión, especialmente todos los famosos panfletos de Le Corbusier. Qué tiempos aquellos. Parecen lejanísimos pero... ¡sólo han pasado treinta años!

Por supuesto, releí el inevitable e indigesto tocho de Ramón Gutierrez (Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica) en sus pasajes dedicados a la Argentina, los más críticos y desazonadores del libro por la condición local del autor. No le entendí muy bien en lo referente a la deriva de los arquitectos de vanguardia durante el peronismo (cap 21) pero luego de leer el didáctico libro de la economista María Seoane comprado en La Plata (Argentina, 1900- 2003, El siglo del progreso y la oscuridad, ed Crítica) ya me hice perfectamente cargo de la soberbia y el elitismo de los arquitectos de la modernidad (¡como si no les conocieramos…!).

También me acordé de haber leído un libro farragoso de Marina Waissman (La estructura histórica del entorno, ed nv), una escritora argentina de arquitectura que Galiano fichó junto a Gutiérrez y Segre para sus AVs a fin de despistarnos todo lo posible sobre el panorama arquitectónico latinoamericano. Revisé la ficha que hice del libro cuando lo leí y me llevé una grata sorpresa porque, aunque diletante y aburrida, la autora intenta construir una teoría que encaja perfectamente con mi idea de la Guía de Logroño. Más o menos su tesis es que la historia de la arquitectura debe dar paso a la historia del entorno. Lo escribió en 1977 y yo lo leí en el 92. Algún día podría transcribir aquí la reseña que hice para mi uso personal. Más que nada para hacer unas risas porque no creo que nadie esté interesado en esas teorías (ni la propia Waissman, supongo, luego vendida a las páginas de Galiano).

También en aquel hAll de mis amores (y dolores) Iñaki Gómez escribió una cosilla sobre las galerías comerciales de Buenos Aires (n 73, sep 2003), así que, buena ocasión para releerla.

Con toda esa empanada y con la que traían los argentinos desde dos siglos atrás entre las preferencias francesas, inglesas o neocoloniales, ya me imaginaba la arquitectura que me podría encontrar allí. Lo que no me esperaba es que en la antigua capital del libro de arquitectura en castellano no hubiera ni una sola guía de arquitectura de Buenos Aires o Argentina, y ni una sola Historia de la Arquitectura Contemporánea del país. Aburrí y hasta cabreé a mi familia preguntando una y otra vez en todas las librerías con buena pinta por alguna pista meramente documental y se rieron de mí cuando después de encontrar la especializada C67 en un desconcertante pasaje de la calle Florida, tampoco había nada en ella más que los mismos libros (Blanca Lleó, Ignasi Sola-Morales, William Curtis, etc.) y las mismas espantosas revistas (El Croquis, AVs, etc) que hay en cualquier librería medianamente especializada de aquí. Alucinante.

En la Biblioteca Nacional (a la que fui buscando algún rastro de Borges pero no lo encontré/ más que para un post el asunto ha dado para una carta a un amigo) vi que años atrás se habían editado datos de arquitectura en varios librillos con formato de guías (edificios monumentales, arquitectura de 1930 a 1960, etc.) pero no me dio tiempo más que a echarles una ojeada.

A falta de otra cosa me traje para mi biblioteca todos esos típicos libros que venden para turistas con dinero (Buenos Aires desde el aire (de los peores que tengo de este tipo), Buenos Aires 1915-1940, Esquinas de Buenos Aires, etc.) e hice montañas de fotos con la digital (que es gratis), pero no es cosa de ponerlas aquí sin un guión. Creo que con la que abre este post ya nos hacemos una idea de lo claras que tienen por allí las ideas.

Vamos, como por aquí.

miércoles, septiembre 26, 2007

TANGO 2007





En este primer año en que dejaba de llevar viajes de arquitectos y en el que me daba mucha pereza volver a viajar, nada mejor que haber ido al cruce de la calle Garay con Balcarce en Buenos Aires por ver si tenía la suerte de encontrar el Aleph que vio allí Borges: ese punto mágico que contiene todos los rincones del mundo en todos sus momentos y que nos dispensa de viajar para siempre jamás. Ya Borges nos había advertido en su cuento que la casa de Beatriz Viterbo y su famoso sótano habían desaparecido, pero eso tanto me daba porque a mí siempre me han interesado más los lugares que las casas.

Camino de Garay un domingo por la mañana de este mes de septiembre cruzamos todo el barrio de San Telmo y, además de toparnos con todas las cosas que dicen las guías y las gentes, descubrimos a dos jóvenes orquestas de tango tocando en la calle que me cambiaron el rumbo del viaje.

Yo había ido a Buenos Aires a ver si encontraba el Aleph pero también a ver si podía atisbar algo del alma argentina. En el capítulo 11 del Evaristo Carriego, Borges cuenta que cosiendo los tangos se pudiera componer el gran poema argentino, es decir, el alma que yo buscaba; pero la lectura de las guías me desanimó mucho en ese sentido porque me daba la sensación de que el tango se había convertido desde hace mucho tiempo en un souvenir para los turistas. Desde las mesas exteriores del café Tortoni, por ejemplo, vimos una noche pasar a japoneses, colombianos, ingleses y españoles a la sala interior para ver su espectáculo de tango y se me quitaron las ganas de indagar esa vía.

Sin embargo, el hundimiento económico y moral de Buenos Aires y de toda la Argentina que se puede ver en sus calles y en sus gentes se me antojaron tan desgarradores como las situaciones personales que dieron origen a los tangos allá a finales del diecinueve. Y seguramente por eso me conmovieron tanto esas dos orquestas juveniles que vi en San Telmo.

En los intermedios de sus piezas ambos grupos anunciaban su actuación semanal: la Orquesta Típica Afronte, que tocaba delante de la iglesia de Belén, decía actuar en un local de la calle Peru 571 los miércoles a las 10 de la noche; y la Orquesta Típica Imperial, que vimos a mitad de la calle Defensa, lo hacía en un local de la calle Bolivar llamado El Perro Andaluz, los jueves a las once.

Tuvimos mucha suerte en el orden de actuación porque supuso un perfecto crescendo.



La Orquesta Afronte es simpática y compacta, sus arreglos están bien pero no son gran cosa y algunos de los violines necesitan más horas de perfeccionamiento. En los dos CDs que nos trajimos se notan mucho más sus carencias que en su alegre directo. Como este blog es de arquitectura, diré que el local de la calle Perú 571, situado encima de un garaje, es una auténtica maravilla pues posee todos los ingredientes de una sala de baile de mediados del siglo XX: amplio escenario y pista de baile de tarima rodeada de humildes mesas de madera con sillas de tijera. Antes de empezar, los mismos músicos de la orquesta enseñaron a dar unos pasos de baile a los pocos jóvenes locales y extranjeros que allí nos juntamos, y cuando se pusieron a tocar, salieron a la pista como por arte de magia una docena de parejas un poco menos juveniles que silenciosamente rendían tributo a la música con sus cadenciosos movimientos. Una delicia de noche.


El Perro Andaluz es un local tan naif como el anterior, al menos en la forma de llevarlo. Cobran los jueves 6 pesos argentinos (¡un euro y medio!) por entrar a oír a la orquesta y te piden que hagas una consumición de al menos otros 6 pesos (otro euro y medio). Y si se lo pides, hasta se animan a darte algo de cenar.

Los arreglos de los tangos de la Imperial son mucho más delicados que los de la Afronte, la pianista manda más y la cuerda no desmerece de los bandoneones. Pero la suerte de la noche fue la colaboración del cantante Iván, quien saliendo de entre el público cantó (y representó) cuatro o cinco tangos estremecedores. También nos trajimos un par de sus CDs y aunque en ellos se aprecia la buena calidad de la orquesta, no canta Iván, y eso apena un poco. Pero es lógico que así sea porque, una vez más, lo mejor de la noche del jueves en el Perro Andaluz de la calle Simón Bolivar, lo verdaderamente irrepetible e intransferible, la auténtica experiencia arquitectónica, fue la perfecta adecuación de la música (sin sonorización electrónica alguna, ¡ni siquiera altavoz para Iván!) con el local: una bajera acondicionada con lo mínimo e iluminada tenebrosamente con velitas y alguna luz indirecta.

El impacto que me produjeron estas dos orquestas, tanto tocando en la calle como en sus locales respectivos, fue tan intenso que apenas pude hacerles alguna foto que transmitiera mínimamente esa intensa comunicación del desgarro del tango y del impulso que esta joven generación estaba expresando ya entrado el siglo XXI. Por eso, junto a las cuatro que aquí cuelgo, pongo arriba una más en blanco y negro que compré en la calle en formato 18 x 24 a un artesano fotógrafo, por la ridícula cantidad de 20 pesos (¡y enmarcada con paspartú y todo!). Es de una tercera orquesta que no vimos ni conocimos y la he colgado a buen tamaño para que podáis descargarla.

Creo que la imagen (el look) de esos cuatro bandoneones en línea con los violines detrás cuenta mucho mejor que yo ese nuevo encuentro generacional con su música originaria, que esta vez no expresa sólo nostalgias personales sino la de toda una sociedad desmoralizada y la de una ciudad herida.

(¡Ah!, se me olvidaba: no vi el Aleph en Garay así que me temo que estoy condenado a seguir viajando).

miércoles, mayo 16, 2007

LA HABANA / 1984





En los primeros párrafos no me hacía una idea precisa del lugar en que el autor estaba tratando de ambientar la novela:

“Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez como para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.

El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas del día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana de Odio”.


Pero cuando el protagonista se dirige a arreglar el desagüe del fregadero de su vecina, me di cuenta de que yo había estado en un lugar muy semejante:

“Estas reparaciones de aficionado constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos antiguos pisos construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en un estado ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y de la pared, las tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables goteras y la calefacción funcionaba sólo a medias, cuando funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones, excepto las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por remotos comités que solían retrasar dos años incluso la compostura de un cristal roto”.

En abril del 2002 estuve en La Habana y estas descripciones de los comienzos de la novela 1984 de George Orwell que he leído este último fin de semana me han devuelto directamente al edificio López-Serrano. Eran más de siete pisos los de este famoso edificio que señalaban las guías de arquitectura y los subimos andando, claro. Los ascensores no funcionaban. Se construyó en 1932, fue proyectado por los arquitectos Mira y Rosich, y en su hall aún conservaba alguno de los tics art decó que se pueden ver también en muchos de los edificios neoyorkinos de su época. Pero el estado general de conservación era lamentable.

Invadido por la tristeza del contraste entre el aparente buen estado exterior y el abandono interior, sólo le hice tres fotos: una parcial de la fachada, y dos de la reparación de las lámparas del hall.
Viéndolas ahora me pregunto si las repararía algún Winston Smith de la casa o si la colocación del fluorescente en una, y la bombilla en la otra, fueron decisiones tomadas en remotos comités del Partido. En ambos casos, y seguramente por economía, se optó por no perder tiempo en desmontar la lámpara anterior. Intentamos encenderlas para que salieran mejor en las fotos pero no había electricidad. Es posible que estuvieran de restricciones para la siguiente Semana del Odio contra el vecino del norte.

jueves, mayo 10, 2007

ROMA



Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas.


Me había propuesto escribir una nota sobre Roma para los alumnos y profesores de mi Escuela que viajan este año a Roma (y para el ex profesor Javier Dulín, que me ha dicho que viaja por su cuenta en breve), y he repasado la ingente cantidad de material que reuní como preparación del viaje que hice hace diez años. Me reencuentro con lo mucho que publicó sobre Roma Leonardo Benévolo (en Diseño de la Ciudad e Historia del Renacimiento), y confirmo que los relatos de Braunfels (Urbanismo Occidental) o de Spiro Kostoff (Historia de la Arquitectura) sobre las varias ciudades de la “ciudad eterna” son magníficos. En aquel viaje también me acompañó Rudolf Wittkower y sus detallados capítulos de “La Arquitectura en la Edad del Humanismo” sobre Miguel Angel, Rafael y Borromini. Y por supuesto no me libré de las inevitables guías turísticas y los recortes de periódico. La información que preparé entonces sobre Roma era tan abigarrada como la propia Roma.

Fue también un viaje de muchas fotos y a la hora de colocarlas en el álbum las organicé en cuatro capítulos: La Roma Romana (o sea, la de la antigüedad: República e Imperio); la Roma Paleocristiana de las grandes basílicas; la Roma Papal (1450-1650); y la Roma Barroca. (Aunque también hubo “una experiencia no fotográfica” cuyo relato he colgado hace unos días en este mismo blog). Es un esquema muy pedagógico para poder ver los distintos “estratos” de la ciudad.

Al repasar ahora todo ello y releer también las notas de mis diarios, me doy cuenta de que me falta todo un gran capítulo: la Roma Moderna o Contemporánea. De momento y mientras no me organice yo un viaje con ese fin, les voy a pedir a los viajeros que me traigan, a poder ser, una Guía de Arquitectura de Roma del siglo XX. Pero vayan como anticipo algunas notas.

En el siglo XVIII Roma se “interrumpe”. Es el momento en que la dibuja el veneciano Piranesi. A Roma hay que ir a dibujar, y seguramente el estilo Piranesi sea el más apropiado para capturar esa ciudad. Es un estilo que a Javier Dulín se le dará bien.


De 1748 es el famoso plano de Nolli en el que deja constancia de todo el legado de las “cuatro” Romas que yo recogía en mi álbum. Conviene llevarlo. Luego volveré sobre él.

Las intervenciones posteriores no han dejado de ser polémicas: de finales del XIX es el monumento a Víctor Manuel (la máquina de escribir, como la llamaban los romanos) que descalabra la espalda del Capitolio; y capítulo aparte merecen las reformas del Duce inspiradas en las obras de Berlín.

Del mismísimo 1941 tengo un libro de fotos de Roma editado en 1941 que compré en un mercadillo de antiguo en Turín, en el que llega a salir il Duce en su despacho del Palazzo Venecia, pero en el que no hay ninguna foto de las obras del Foro Itálico o de las obras del EUR (se anunciaban para el volumen II). Es un libro precioso porque las fotos en blanco y negro, con las calles de Roma sin coches y apenas sin gente, parece que muestran una ciudad congelada. Tampoco sale la polémica “Via de la Conziliacione” que tanto cabreara a Benévolo, pero sí la Vía “Imperial” y la del “Triunfo” que segaron por medio las ruinas del Foro.


Para documentar las intervenciones del Duce he encontrado un par de artículos perfectos: están en el número 8 de la Revista Nacional de Arquitectura del mismo año 1941. El primero lleva por título “Visión de la Roma Futura” de Marcello Piacentini, y su título lo dice todo. El segundo, de V. Ballio, cuenta las importantes intervenciones de limpieza en el Mausoleo de Augusto y la construcción de las casas “speernianas” del propio V. Ballio que lo rodearon (en mi viaje visité el Mausoleo pero no me fijé en las casas, así que prestadles también algo de atención).

También sería de recorrer la zona de “i Parioli” para ver que se siente en el barrio por antonomasia de las palazzinas, esas que tan de moda se han puesto en Logroño a partir de 1998 (v elhalln43). Y uno no sabe muy bien dónde habría que ir a buscar la Roma neorrealista, si en los barrios de los cincuenta, que estarán ya irreconocibles, o en los estudios de Cinecitta. También espero, Javier, que hayas encontrado algo del siglo XX en las separatas del DOMUS.

En 1978 unos cuantos pioneros del “movimiento de los arquitectos estrella” (Sitrling, Venturi, Rossi, los Krier, Portoghesi, Graves o Colin Rowe) se repartieron el plano de Nolly para poner sus dibujitos personalísimos sobre Roma y organizaron una exposición llamada “Roma Interrota” pero la cosa no pasó de ahí (se pueden ver en el número 245 de la revista Arquitectura de sep. de 1978). Sin embargo, en los últimos años he oído que el superestrella Richard Meier ha construido una funda para el Ara Pacis y me han dicho que la supernova Zaha Hadid ha hecho alguna de las suyas por el extrarradio. Qué atrevidos que son algunos de nuestros arquitectos estelares (y qué decadente tiene que estar otra vez Roma para permitirlo).

Una ciudad que se ha reinventado tantas veces llega a provocar mareos. Y ya no digamos si entramos en los debates que se han producido tras cada una de las intervenciones que se han hecho sobre su monumental organismo (recuerdo que Fellini ironizaba sobre ello en alguna de sus películas).

Soy un mediocre dibujante porque no acabo de quitarme de encima la necesidad de que los dibujos queden bonitos, pero para completar las ilustraciones de este post he preferido poner un par de dibujillos de mi cuaderno de viaje. Creo que la única manera de sosegarse ante el aluvión de información que despide cada piedra y cada rincón de Roma es refugiarse en la tranquilidad de un dibujo. El primero es de la fachada de San Pedro que estaba semicubierta por dos andamios. Y con el segundo, que es muy malo pero me gusta bastante más por su contenido personal, quería recordar los momentos en que mi hija Elena pasaba por la noche a la mesa de nuestra habitación para escribir su diario. ¡Qué maravilla tener un diario de Roma escrito a los doce años!



En todo caso, acabo esta nota con los últimos e impresionantes tres versos del soneto con que Francisco de Quevedo nos contó la “eternidad” de Roma, y cuyos primeros dos versos la abrieron.
Que tengáis todos buen viaje y que Piranesi y Quevedo os inspiren y acompañen.

¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

jueves, junio 22, 2006

34. SAO PAULO







Cuando anuncié el Viaje a Brasil de este año 2006 con un programa formado por Río de Janeiro, Brasilia, Curitiba e Iguazú, hubo quien me dijo que porqué no había puesto Sao Paulo, la mayor ciudad del país. A las pocas semanas le dieron el Pritzker a Mendes da Rocha, cuya obra está casi toda allí, y eso me movió aún más a rascarme la cabeza. Si me había equivocado, lo lógico era saber porqué, así que dediqué unos días a reunir algo de documentación sobre esta ciudad y a conocer sus piezas arquitectónicas más significativas.

En Sao Paulo hay un Niemeyer de 1951 muy conocido, el edificio COPAN, un gigantesco bloque sinuoso con 1.160 apartamentos; y otro Niemeyer espantoso, el Memorial de América Latina de 1991. Fijaros si tiene que ser malo que hasta una revista que sólo echa incienso como es Arquitectura Viva, lo ponía a caldo (v artículo de Ruth Verde en AViva n14).

Sao Paulo es también la ciudad de una de las primeras arquitectas famosas, Lina Bo Bardi (1914-1992), cuyos “originales” edificios tienen una pinta bastante horrible; pero en fin, por ser de las primeras mujeres estrella en este oficio, se le puede perdonar. Hay un reportaje de ella en AViva n24 de la misma Ruth Verde de antes, pero esta vez en la línea oficial, es decir, deshaciéndose en elogios.
Las fotos de los edificios de Mendes da Rocha que se publicaron a raiz del Pritzker tampoco es que despertaran mi entusiasmo, pero en fin, la arquitectura hay que visitarla siempre, así que mejor dejarlo en duda.

Jesús López Araquistain ha viajado esta primavera a Sao Paulo, y aunque no sé si su mujer le habrá dejado salir de madrugada a tomar esas estupendas fotos sin gente que hacía de soltero en todos los viajes del COAR, seguro que tendrá mucho que contar ¿No se le podría animar a que nos diera un pase de diapositivas sobre Sao Paulo como aquellos tan memorables que nos daba hace años? ¿O algo para elhAll de Martín?

Desbrozar una selva urbana de 12 millones de habitantes (¡20 millones, contando el extrarradio!) para encontrar esas pocas piezas, no me parecía una buena empresa, así que mis dudas se disiparon pronto.
Cuando ya había dejado de interesarme por Sao Paulo, Kike Fernández, un profesor de gráfica, compañero de mi escuela, me trajo un libro de fotografías aéreas de los puntos más importantes de la ciudad que es realmente espectacular. He encontrado las piezas que he señalado más arriba y algún que otro edificio extravagante como el de la foto de abajo en medio; pero lo más interesante ha sido descubrir que casi todas las fotos dan una imagen de lo que podría ser su rasgo paisajístico esencial: ese caótico erizado de anodinos rascacielos de tamaño medio, salpicado por diversos tipos de discontinuidades urbanas.

Al que le toque ventanilla en el avión lo podrá comprobar, pues aunque no visitemos Sao Paulo, sí haremos varias veces escala aérea en esta ciudad. Con las fotos os dejo y, como en la portada del dossier del viaje, con el croquis que le hizo Le Corbu en 1929: un dramático gesto de poner una gran huella geométrica en tan gigantesco e informe aglomerado que puede ayudar a entender su especial fisonomía.