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martes, febrero 20, 2007

132. LLUVIA DE ROSCOS EN MADRID








El pasado 30 de enero me quedé espantado cuando ví en una misma página publicitaria de varios diarios nacionales que sobre Madrid iban a caer unos cuantos edificios circulares firmados por grandes estudios de arquitectura ingleses: dos de Foster, uno de Richard Rogers y otro de Alejandro Zaera.

A falta de noticias o comentarios sobre tan sorprendente acontecimiento arquitectónico busqué en la red a ver si alguien sabía algo y di con la página escalAE que comentaba en el LHDn128 del jueves pasado, y en la que me pude enterar que estos cuatro primeros donuts o ensaimadas no eran sino la avanzadilla de una invasión de nada menos que 14 edificios circulares previstos en un plan realizado por Javier Frechilla y José Manuel López Peláez. Plan que, mira por dónde, resultó ganador de un concurso internacional de arquitectura en el que participaron 196 proyectos de 37 países diferentes. Ahí es nada.

Yo siempre había entendido que los dos grandes avances de la humanidad se produjeron cuando se descubrió el ángulo recto para la arquitectura y la ciudad, y el círculo y la rueda para la movilidad; y para explicar el que me compete, solía interpretar la enorme evolución que se da entre las plantas del poblado de Coaña (v foto) y el de Cortes de Navarra (v en Manual de Crítica, p 151 a 153).

Descubierto el ángulo recto para la agregación urbana, me pareció que la forma circular había quedado reservada para algunos casos extraordinarios en los que se viera involucrada toda la población, como por ejemplo los templos (Stonehenge, Panteón, San Pedro, etc.) o como ese espacio mítico tan español que se quiere cargar una ministra socialista en el que el hombre lidia con el toro y le da muerte. Edificios éstos que por su circularidad siempre han causado graves problemas urbanísticos en su relación con los demás (ese fue el razonamiento que se dio para tirar la vieja plaza de toros de Logroño…), pero que en general se han soportado por su carácter extraordinario.

Pero he aquí que en los planos de las ciudades han empezado a aparecer círculos por doquier en los cruces de calles y carreteras a causa de esa fiebre excelentemente denominada “rotondismo fundamentalista” por Luis Xumini (ver elhalln81); unos círculos planos que los políticos locales han dado en llenar de esculturas variopintas, y por los que, digo yo que los arquitectos habrán sentido envidia, lanzándose también a la reconquista de la forma circular para su arte.

Los antecedentes de esta empresa no son muy felices que digamos. Antes de abrazarse al emblemático “cubo”, Rafael Moneo intentó la circularidad en uno de sus primeros proyectos, mano a mano con Fernando Higueras, con el que lograron nada menos que el Premio Nacional de Arquitectura de 1961: el Centro de Restauraciones Artísticas de Madrid (mi referencia bibliográfica es el Nueva Forma n49 de feb 1970). Moneo abandonó el proyecto pero Higueras siguió con él, y el resultado fue tan dramático que los madrileños lo bautizaron como “la corona de espinas. Otro intento igual de lamentable fue el edificio del Tribunal Constitucional, también en Madrid, que se ganó el mote de “flan chino mandarino”. Y sin ánimo de ser exhaustivo, cabe recordar también que Saénz de Oíza, en el último y alocado tramo de su carrera arquitectónica hacia el estrellato de la historia, lo intentó otro par de veces con menor fortuna aún: la “cárcel del pueblo” de la M-30 (véase mi comentario en rev Arquitectura n 291/pronto lo pondré en el blog adjunto, Una Voz en un Lugar) y el “búnker” de las consejerías de Sevilla.

Tras esta serie de fracasos, la actual ofensiva tiene toda la pinta de ser un momento de esos que los periodistas califican de “histórico” y del que el presidente del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos Carlos Hernández Pezzi no parece haberse dado cuenta, tan entusiasmado como está con la asignatura de la Educación para la Ciudadanía (trataré el tema en un próximo LHD).

El “critico” Vicente Patón, sin embargo, ya ha bendecido el plan de Frechilla y López Peláez, en un artículo publicado el pasado sábado en el suplemento cultural del diario oficial nacional, que es toda una pieza de orfebrería literaria a mayor gloria del estilo del jefe, Fernández-Galiano.

Y los empresarios más audaces, que sin duda entienden de moda mucho más que los presidentes de arquitectos, se han dado cuenta ya de lo fuerte que va a pegar la arquitectura circular y se han lanzado a adoptarla en algunas de sus promociones más “vanguardistas”. Como ejemplo y última foto, traigo aquí la imagen de un hotel en Marina d´Or de los que anuncia la presentadora de "Mira quién baila".
La casa está que rueda. Seguiremos informando.


viernes, febrero 09, 2007

125. CIUDAD REAL



“El nuevo Ayuntamiento de Ciudad Real es obra del arquitecto moderno don Fernando Higueras Díaz. Preside la Plaza Mayor de esta ciudad manchega, cuya factura es -era-, de gran sencillez y modestia, y la cual había quedado milagrosamente a salvo del proceso de depredación urbana que ha destruido el centro de la ciudad. Para justificar este irremediable olvido, se ha construido el edificio municipal en cuestión, que da a la plaza un aire flamenco muy acorde con estas latitudes. Claro es que, como la vulgar arquitectura manchega de la plaza supone una agresión al buen gusto y un pobre marco a tan esforzado empeño, el Ayuntamiento ha tomado la loable decisión de ordenar las fachadas de la Plaza Mayor de manera que éstas imiten la de la sede municipal. Así, cuando dentro de unos pocos años todos los edificios hayan sido renovados, las buenas gentes de Ciudad Real podrán darse una vuelta por Brujas sin salir de su ciudad. Original y encomiable procedimiento de entrar en el Mercado Común, que evita las farragosas y siempre ingratas negociaciones entre expertos. El señor Higueras se hace así merecedor de la gratitud manchega por la -suponemos- generosa y desinteresada donación que a su favor hace del sagrado derecho de propiedad intelectual”.

Esto escribía con fino sentido del humor en el número 20 de la revista Boden un tal Alvaro Hernández y lo publicaba, “compartiéndolo plenamente”, la revista 2C Construcción de la Ciudad en su número 13, de mayo de 1979, con el siguiente comentario:

“Resulta particularmente aleccionador el destino de esa “gran estrella” de la arquitectura española contemporánea como es Fernando Higueras. La espectacularidad como sustituto del rigor, el desaforado personalismo y la ignorancia del carácter de la arquitectura en relación al significado colectivo de la ciudad, caracterizaron a muchas arquitecturas de los años 60 y principios de los 70. Estas mismas premisas coherentemente llevadas hasta sus límites, han implicado finalmente a Higueras en empresas como este Ayuntamiento de Ciudad Real”.

En julio de 1980 estuve en el escenario del crimen e hice la foto que muestro arriba, en la que se puede apreciar el edificio del nuevo Ayuntamiento al fondo, y a la izquierda, la nueva fachada gótico flamenca de la casa propuesta como pauta o modelo para las demás.

Con la perspectiva de veinticinco años y con todo lo que he podido leer sobre arquitectura, me sorprende que textos tan elementales como el Alvaro Hernández estén mucho más frescos en mi memoria que toda la pedantería literato-arquitectónica que he tenido que tragar. Y por eso lo reproduzco y lo traigo aquí: porque se conserva tan bien como el tipo aquel del neolítico que apareció en el glaciar de Innsbruck.

Lo que ha envejecido de una manera brutal, sin embargo, es el comentario editorial de los arquitectos de 2C (como no lo firma nadie es de suponer que fuese de Salvador Tarragó o de Carles Martí). Higueras no era un rancio fenómeno de la arquitectura de los artistas forjados en el franquismo, como parece desprenderse del texto, sino un adelantado a su tiempo: “la espectacularidad como sustituto del rigor, el desaforado personalismo y la ignorancia del carácter de la arquitectura en relación al significado colectivo de la ciudad” son la mejor definición posible del programa triunfante de la arquitectura de los últimos veinticinco años, ejemplificado y divulgado una y otra vez por todas y cada una de las revistas de arquitectura, fuesen éstas de empresas privadas o de colectivos institucionales (¡ay!).

De haber habido muchos más Alvaros Hernández y muchos menos arquitectos bobos, es posible que la crítica de la arquitectura hubiera llevado a ésta por otros derroteros. Pero la sentencia de la historia es ya inapelable.

Voy a tener que rascarme mucho la memoria para poder ofrecer otra ocasión en que una revista de arquitectura recoja en sus páginas un comentario tan simpático como el de Alvaro Hernández –el héroe del LHD de hoy.