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martes, noviembre 13, 2007

ELHALL 100



Soy tan ingenuo o tan iluso que me había imaginado que cuando elhAll llegara al mítico número 100 algo tendría que pasar. Tan ingenuo e iluso como para imaginar que me llamaran del COAR para hacer una reflexión colectiva o una fiesta conmemorativa, no, porque tras la forma en que se han conducido en los últimos años poco o nada bueno cabe ya esperar hacia mi de los miembros de la actual Junta y de quienes más decididamente les apoyan. Pero por lo menos me había imaginado que hicieran un número especial con colaboraciones de los otros directores que ha tenido elhAll, como Enrique Aranzubía, José Miguel León, Gaspar Aragón o Carlos de Pablo (omito deliberadamente a Pablo Larrañeta porque como lo dirigió conmigo puedo asegurar que no dirigía nada); no sé, un número con algo más de contenido que la publicidad de las Jornadas del Patrimonio, cuatro páginas rellenas con fotos y dos o tres colaboraciones peñazos y descafeinadas.

Como no tienen ni siquiera la deferencia de mandármelo (mientras que se lo envían a gente que directamente lo tira a la papelera) me avisó el otro día un amigo que ya había salido con la foto que pongo arriba, y gracias a otro amable amigo conseguí hacerme con un ejemplar.

¡Qué decepción! ¡Qué desencanto! ¡Qué tristeza! (hasta el chiste de Arraquis era triste: ¿qué ibas a celebrar Jesús como no sea el mero vacío del número que caricaturizas?).¡Y que editorial de presentación! Me dieron ganas de reproducirlo para comentarlo frase a frase y hacer mofa de la pobreza intelectual de quien lo ha redactado: ¿Martín Sáez? ¿la propia Junta? ¿Javier Arizcuren? (por cierto, Arizcuren, lee en la pag 1 del número 71 lo que escribiste sobre elhAll y mira lo que has hecho de él); pero la sensación de pena por la falta de valores humanos era mucho mayor que la indignación ante la pobreza cultural y me dije que quizás podría contar yo algo en éste mi refugio del LHD para que quien eche en falta la celebración de esa efeméride pueda pasar un rato haciendo recuento conmigo y escuchando alguna anécdota sobre lo que ha dado de sí elhAll.

Desde el ilusionado enero de 1995 en que apareció el número 1 hasta este triste noviembre del 2007 en que se ha editado el número 100 han pasado casi trece años (número de mal agüero) de historia del Colegio de Arquitectos de La Rioja, de los que, mal o bien, ha quedado algún registro en sus páginas. Cinco decanos (Jesús Pascual, Gerardo Cuadra, yo mismo, Pedro Moral y Domingo García Pozuelo); un momento crítico para la esencia colegial de la profesión como lo fue la liberalización de tarifas; varios coordinadores de cultura (Marta, Giovanni, Josemi/Vega, Javier Solozábal jr. y Maite); muchos edificios, pocos planes urbanísticos, muchos artículos de reflexión, muchos e interesantísimos viajes de arquitectura reseñados (no sólo anunciados), mucho debate, tres colaboradores impagables (Pepe Garrido, Javier Dulín y Jesús Ramos) mucha crítica, mucho error, mucha comprensión, mucho respeto, pero sobre todo, sobre todo, mucha pluralidad.
La información como un acto de generosidad y no como un prurito de poder.
Los cien números se han distribuído en estos 13 años de un modo bastante irregular.

Epoca 1: 1995: 12 meses, 12 números (del 1 al 12), director: yo mismo.
La primera anécdota que se me ocurre contar es que quienes vieron nacer ELhALL se sorprendieron de que con tan sólo un año de vida pasara yo voluntariamente el testigo de su dirección. La información es un asunto de generosidad, digo, y no un status de poder, así que no me dolieron prendas dejar que otro lo dirigiera cuando el invento estaba en plena alegría infantil.

Epoca 2: 1996: 12 meses, 12 números (del 13 al 24), director: Enrique Aranzubía.
Lo más divertido de esta época es que durante la misma yo salí elegido Decano del COAR y como no me gustaba cómo lo hacía Enrique lo primero que hizo éste al saber de mi nuevo cargo fue decirme que ponía ELhALL a mi disposición. Ja, ja, ja, nada más lejos de mi intención que quitarle a nadie la palabra, así que le dije que por favor continuara hasta fin de año con su estilo.

Epoca 3: 1997: 12 meses, 10 números (del 25 al 34), director: José Miguel León. La anécdota más significativa de esta época es que Josemi, que era también el vicedecano del COAR, me censuró (¡al Decano!) un artículo que escribí contra la dedo-adjudicación de las palazzinas a Moneo. Hombre, como curiosidad histórica o motivo de fiesta sería interesante sacarlo de su carpeta y ponerlo en este blog.

Epoca 4: 1998: 12 meses, 11 números (del 35 al 45), director nominal Pablo Larrañeta, aunque como he dicho Pablo no dirigió nada y lo hacía todo yo. Jugué a hacer una portada como de periódico con intención de actualidad y nunca dudé en publicar críticas a Elhall como la que hizo Josemi en el número 37. Con la perspectiva que dan los años no creo que él hubiera hecho lo mismo.

Epoca 5: tras cuatro meses de parón se hicieron cargo del hAll Gaspar Aragón y Pablo Larrañeta (igual hizo algo Pablo en esa temporada, eso ya no lo puedo decir). Entre mayo de 1999 y agosto del 2000 (16 meses) editaron 8 números (del 46 al 52). Los tres primeros aún lo hicieron con la maqueta vieja pero en el número 49 renovaron el diseño, la tipografía y el papel, buscando “un cambio de imagen”, y doblaron la paginación. En el número 50 me publicaron un artículo titulado “El Cielo” que la Junta remitió a su Asesor Jurídico para que informase de “las consecuencias jurídicas que pudiera tener para el COAR su publicación”. El informe de Luis Beltrán es una auténtica pieza de coleccionista para la historia de Elhall.

Epoca 6: desde septiembre del 2000 a Julio del 2002 lo dirigió Carlos de Pablo, quien en 22 meses editó 10 números (del 53 al 62) volviendo a las cuatro páginas, excepto en dos números en que las duplicó para exponer los proyectos de dos concursos de arquitectura (el del Ayuntamiento de Rincón y el de vivienda pública en Logroño del año 2001).
Cuando la irregularidad de edición parecía dar a entender que elhAll se estaba muriendo cambió la Junta de Gobierno y Domingo me ofreció volver a dirigirlo. Acepté encantado y esperanzado.

Epoca 7: recuperé la vieja tipografía Times y el papel de hoja parroquial, le cambié la cabecera sin nostalgia de la vieja, y desdoblé sus contenidos en dos cuadernillos: la doble hoja de elhAll estructurado mediante columnas y la doble hoja central y monográfica del hastalaCocina. (La A y la C mayúsculas jugueteaban a recuperar las míticas AC del GATEPAC). Entre octubre del 2002 y febrero del 2005 (29 meses) edité 27 números (del 63 al 89). Durante esa etapa hice mi única “censura” (si cabe llamarlo así) a un artículo de Ernesto Reiner que aireaba los errores informáticos del COAR bajo responsabilidad de Alfonso Samaniego, aunque finalmente lo compensé largamente con una entrevista a su autor: véase el número 75, pag 3. (Puestos a hacer historia voy a colgar hoy mismo ese artículo como Cascote a la vez que este LHD).
En el 83 publiqué en primera página el furibundo ataque del ex Decano Jesús Pascual (Crónicas Marcianas) contra mi manera de llevar elhAll y en el 89 el “ACUERDO DE LA JUNTA DE GOBIERNO” que acababa con esta hermosa etapa. Resulta curioso saber que uno de los que jalearon a la Junta para que me descabezaran fuera el propio Ernesto Reiner quien envió una indecente carta a la Junta (en la que estaba su atacado Alfonso Samaniego) que mis servicios secretos de espionaje me permitieron leer. Creo que no hice copia ni la guardé, así que no podré publicarla junto con los anteriores dos textos en estos fastos del centenario.
En fin, cerrado elhAll en febrero del 2005 con un hC bastante malo de Pablo Larrañeta sobre Asplund en el que éste no se dignaba mencionar quién le había llevado a Suecia a ver la obra de Asplund ni quien se había tomado la molestia de enmaquetar con mimo un texto más propio de estudiante que de otra cosa (de “agradecidos” está el infierno lleno, que decía Sancho), un día de esa triste primavera del 2005 me encontré con el argentino y advenedizo Martín Sáez y viendo que quizás él podría evitar que elhAll muriera, le sugerí que se animara a levantarlo. En mala hora: es mejor un muerto digno que un vivo muerto.

La octava época de Elhall (en el editorial del número 100 dicen que ha habido nueve etapas diferentes pero el salto de la octava a la novena, producido entre el número 95 y 96, ha sido tan imperceptible y caprichoso que nadie se ha dado cuenta) comenzó en julio del 2005 con el número 90, así que en 28 meses Arizcuren y Martín han editado 11 números con un formato que rompió el tradicional DINA3 y le metió papel couché, colorines y volvió a quitarle la legible Times. Una revistilla para ver y no leer, un collage invertebrado y abstracto de letras y fotos que en su insistencia y continuidad parece querer demostrar una y otra vez que está más muerta que viva.

Hago sumas y me sale que de los 100 números editados aún estoy en mayoría pues bajo mi batuta se han hecho 51 y en los restantes colaboré nada menos que en 27 de ellos. En la última etapa y a excepción de una mala cita del número 95 han evitado nombrarme (como hacían los stalinistas con las fotos) dándome por desaparecido. ¿Son estos los mismos de la tan cacareada memoria histórica?
En fin, siga siendo yo ingenuo o iluso lo que ya puedo certificar es que, si llegando al número 100 no han sido capaces de hacer absolutamente nada para celebrarlo, elhAll está definitivamente muerto. Y ya no me molestaré más en buscarlo ni por el mero vicio del coleccionista.

R.I.P.

sábado, agosto 18, 2007

INDUSTRIA Y LUGARES EN PELIGRO LA RIOJA



Hace un par de veranos el voluntarioso Miguel Areces (hermano del presidente de la Comunidad Autónoma de Asturias) me invitó a presentar una comunicación sobre el patrimonio Arquitectónico Industrial de La Rioja a propósito de un seminario del TICCIH sobre su conservación. Le extendí la invitación a José Miguel León para así trabajar en equipo, pero sólo aceptó una charla conjunta en la que repasamos algunos datos y me prestó el plúmbeo libro de Julián Sobrino sobre Arquitectura Industrial .en España que yo desconocía.

Redacté entonces la comunicación que aquí recupero para el LHD pues no llegué a tiempo para poder incluirla en uno de aquellos cuadernillos centrales de ElhAll cuando yo lo dirigía. Hubiera quedado mejor en aquel medio, llena de ilustraciones, pero qué le vamos a hacer, ya me lo habían quitado. Creo que le pasé una copia a Josemi de esta comunicación, así que es la única persona que lo ha podido leer. Con su difusión en este medio hago votos para que alguna institución se anime a pagar un trabajo más desarrollado sobre el tema.


Dadas las prisas de este tipo de eventos no llegué a leer la comunicación y tan sólo expuse una breve síntesis de lo que en ella se recoge. En su conjunto, el Seminario fue bastante aburrido pues la mayoría de los ponentes eran historiadores coleccionistas de cosas y por tanto meros creyentes en el conservacionismo de las mismas. Pero a cambio, el viaje me permitió visitar los restos de la siderurgia de Avilés y hacer un recorrido bastante exhaustivo por los pozos de las cuencas mineras en la grata compañía del arquitecto Victor García Oviedo, colaborador de Miguel Areces en los planes de recuperación del patrimonio industrial asturiano.


A nivel documental la comunicación no es gran cosa, pero la mirada que se ofrece en la reflexión inicial creo que vale la pena.


Ilustro la ponencia con unas pocas imágenes de las muchas que recopilé. Curiosamente, la de la Imprenta Laborde fue utilizada como portada de las carpetas de aquel evento.


Comunicación para el Seminario TICCIH
Gijón, 21 de septiembre del 2005


Una reflexión inicial

Resulta cuando menos sorprendente encontrarse con un planteamiento sobre el patrimonio arquitectónico industrial enfocado a la salvaguarda de los “lugares”. El título de este seminario parece dar a entender que la actitud conservacionista del patrimonio arquitectónico (actitud cada vez más extendida y popular), no debe olvidar aquellos edificios o arquitecturas surgidas al servicio de la industria, y que en pro del mantenimiento de sus muros, chimeneas y estructuras cabe cualquier opción: sea mediante un cambio de uso (con proclividad hacia el museísmo), o sea mediante la salvaguarda de algunos de sus restos (a poder ser, chimeneas).

Resulta sorprendente un planteamiento así, digo, porque parece olvidar de una manera un tanto cándida, que la implantación de la arquitectura industrial ha estado por lo general -por norma, cabría decir-, mucho más atenta a las necesidades intrínsecas de las propias tecnologías o de los beneficios económicos que a un diálogo atento y reposado con los lugares. Las industrias han ignorado valles, vecindades y tramas urbanas, han polucionado ríos y aires, han arrasado huertas, han generado enormes terraplenes, y han huido sucesivamente de sus emplazamientos cuando el crecimiento urbano las ha ido convirtiendo en estupendos pelotazos inmobiliarios. Si la arquitectura en general ha de ser siempre un diálogo con los múltiples aspectos que le propone un lugar, la arquitectura industrial, en concreto, ha sido seguramente la más ajena a ese diálogo. En tanto que la industria ha ocupado los lugares imponiéndose salvajemente a sus posibles solicitaciones y marcándolos con la dureza de su tecnología o de su dinámica puramente económica, resulta cuando menos llamativo que se quiera a posteriori conservar esas estructuras bajo el eslogan de “lugares en peligro”.

Verdad es que algunos edificios industriales no han estado carentes de cierta belleza intrínseca y que sus novedades formales o proporciones gigantes han ejercido una gran fascinación sobre el imaginario popular. (Sin ir más lejos en esta temporada se exhibe una gran superproducción de Hollywood sobre este mismo asunto: la extraordinaria fábrica de chocolate de Willy Bonka antes y después de la reconversión industrial). Algunos arquitectos algo ingenuos, como Cano Lasso, aún decían en la segunda mitad del siglo pasado que las “autopistas, puentes, viaductos o chimeneas de centrales térmicas, son los monumentos de nuestro tiempo, cuando ya no se construyen catedrales” (cit. Arquitectura industrial en España, Julián Sobrino, pag. 336), como si la desmesura fuera la única característica monumental. El gigantismo arquitectónico, como apuntaba acertadamente Azúa (El Aprendizaje de la decepción) es pasión propia de una mentalidad pueril.

Pero la exhibición expresiva del poder tecnológico o de la organización social, las novedades formales que exigen ciertas funciones o leyes de la física, y las libertades compositivas que se permiten quienes apenas reparan en ellas han creado no pocos conjuntos de una gran belleza plástica. Una belleza explosiva y dinámica, en principio, y una belleza nostálgica, a posteriori, que ha resultado más evidente en el momento de su obsolescencia y decrepitud, cuando ya nadie parece reparar en las agresiones que tales instalaciones hicieron a los lugares en el momento de su instalación o en los tiempos de su producción más álgida. Causada la agresión y pasados los años de producción intensiva de la fábrica, pareciera como si esas estructuras de fuego, humo, ruido y movimiento se hubieran fundido con su lugar. Pero si pueril era la admiración por lo desmesurado, de senil habría que calificar ahora la tendencia al olvido en esta actitud de admiración por los lugares marcados a fuego por la industria.

Los lugares están verdaderamente en peligro cuando la industria pone sus ojos en ellos pues, salvo extrañísima excepción, los ignora, los explota y los esquilma. El lema de nuestra ilustrada Sociedad Económica de Amigos del País impulsora del progreso industrial no era otro que el salvaje y explícito “Prosperarás Extrayendo”. Así que no es de extrañar que, tras esas evidencias del pasado industrial (esa historia verdadera), los bienintencionados urbanistas propongan ahora como lugares de implantación industrial los más desolados, feos e inhóspitos de cada entorno urbano según los cánones estéticos de la humanización o de cierto romanticismo.

Me atrevo por tanto a sugerir en esta reflexión inicial, que los lugares a los cuales debiera de dirigir la mirada un Seminario titulado con el binomio de palabras de Industria y Lugares en Peligro, no es a las ruinas de viejas industrias, sino a todos aquellos territorios que han sido designados por los urbanistas como “polígonos industriales”. Si alguien quiere sentir en sus carnes la cruda desolación de un lugar y la verdadera naturaleza del diálogo entre la industria y un territorio, que se llegue a uno cualquiera de nuestros actuales polígonos industriales, se baje del coche y trate de dar un paseo por sus aceras.

Ponerse a rescatar de aquellos auténticos no-lugares algunas postales para la historia del arte, por el hecho de que la fábrica tal fuera tocada por la mano de un artista de la arquitectura, o la fábrica cual se asemejara a una gigantesca escultura deconstructiva, puede estar bien para dar carne a ese cándido conservacionismo popular, pero no es otra cosa que un bienpensante pasatiempo con el que ignorar la naturaleza de lo que verdaderamente ocurre en nuestro entorno: esto es, que la ley del máximo beneficio económico asociada a la potencia cada vez mayor de la tecnología no sólo es ajena ya a los lugares concretos que los hombres podamos habitar o visitar, sino que llega a ignorar la naturaleza general de todo el planeta amenazando con su ruina. Las industrias ya no sólo se desplazan por los continentes en busca de mano de obra barata ignorando emplazamientos y hasta naciones, sino que llegan a contaminar peligrosamente capas de la estratosfera, fondos de los océanos o lo que haga falta.

Rizando un poco más el rizo de esta desprejuicida reflexión sobre la relación entre las industrias y los lugares habría que señalar también que desde hace unas cuantas décadas la propia “construcción” ha dejado de ser una técnica o herramienta de la edificación para convertirse ella misma en una devastadora industria que necesita cada vez más materia prima (más lugares) para su alimentación y desarrollo. En el último cuarto del pasado siglo las ciudades más desarrolladas han dejado de tener una dinámica propia de crecimiento orgánico en función de sus habitantes y necesidades y se han desbocado en un alocado crecimiento motivado fundamentalmente por las propias necesidades de la industria de la promoción-construcción que viene últimamente atrayendo más y más capitales de inversión en detrimento de la industria tradicional, -debido seguramente a los altos beneficios especulativos o a la seguridad a largo plazo que siempre ha caracterizado este sector industrial y económico por las imperfecciones propias del mercado inmobiliario. Globalizada la industria tradicional, nos queda en cada ciudad una “industria local de la construcción”, que lejos de encerrarse en esos anodinos polígonos antes descritos (a donde tan sólo van sus industrias auxiliares) se instala en la ciudad y sus alrededores devorando cuantos lugares se ponen a su alcance.

Si a la salvación de los viejos monumentos erigidos por religiones e instituciones públicas, o de los cascos históricos de las ciudades orgánicas y burguesas, sumamos ahora el del patrimonio de las primeras etapas industriales, lo único que se evidencia con esa ampliación temática es que estamos en un tiempo más evolucionado de destrucción.


La Rioja Industrial

Dicho esto, o puestos en la perspectiva que esas reflexiones nos ofrecen, ya podemos ponernos a mirar lo que la industria ha construido en nuestra región a lo largo de los últimos tres siglos para los catálogos de la historia del arte y del patrimonio, sin ignorar, claro está, lo que ha destruido y está destruyendo para ese otro nuevo catálogo más auténtico de “lugares en peligro”, es decir, de los espacios cada vez más inhóspitos e inhabitables.


PROTOINDUSTRIA

Las primeras industrias riojanas (siglo XVIII) se ubicaron en las pequeñas poblaciones de la sierra que son cabeceras de los ríos que desde el sur irrigan la región en forma de peine, camino del fértil valle del Ebro. Ezcaray, Villoslada, Munilla o Cervera, acogieron a las primeras fábricas de paños y alpargatas de la región en edificios de características muy próximas a la mejor arquitectura vernácula de grandes casas-establos. El abandono de estas fábricas, acaecido en buena parte tras sus traslados al valle, y el despoblamiento de la sierra, ha permitido que buena parte de esos edificios hayan llegado hasta nosotros, bien en forma de ruina o de reutilización. Son pocos y su catálogo ordenado sería fácil de realizar en una publicación que recogiera algunas imágenes fotográficas de los últimos momentos en que funcionaron (primeros momentos de la fotografía).

Patrimonio metalúrgico protoindustrial y patrimonio minero aún hay menos. Hay un par de pequeños hornos en ruinas en Posadas y Lugar del Río, y restos de extracciones mineras superficiales en Canales y Turruncún, amén de las yeseras en activo en Viguera y Ribafrecha. La extracción de piedra se ha dado mayormente en graveras, y canteras hay pocas pero, por desgracia, la más conocida es terriblemente agresiva con un lugar muy especial: la embocadura del cañón del río Leza -demostración fehaciente de lo que la industria puede hacerle a un lugar.

Molinos de agua quedan unos cuantos pues funcionaron en los pueblos hasta los años sesenta del siglo pasado. De los edificios asociados a molinos me ha sorprendido últimamente descubrir el de Cihuri construido en piedra de sillería (foto 1).


La mayoría están en ruinas pero algunos de ellos han sido reconvertidos en restaurantes, albergues y hasta en granjas escuela (Arnedillo, Sorzano).

Trujales de aceite hay menos. Recientemente se ha publicado algo sobre el de Tudelilla (v Piedra del Rayo n 3).

Las bodegas rurales compuestas por un lago, una prensa y un pequeño calado para las tinas y toneles, abundan por doquier en toda la región pero mal pueden considerarse como instalaciones industriales. Transferidas sus funciones a las actuales industrias del vino (grandes bodegas y cooperativas) se han mantenido en pie gracias a su uso recreativo como merenderos. La blibliografía de estos edificios ha empezado a moverse de un modo más o menos feliz con el impulso autonómico al comercio del Rioja y las sucesivas exposiciones del Vino y los Cinco Sentidos organizadas por Cajarioja


LA PRIMERA INDUSTRIALIZACION

La primera industrialización en La Rioja fue tardía y escasa. En primer lugar porque lo fue en toda España, y en segundo lugar, por la preeminencia de la actividad agrícola y ganadera. Las primeras grandes fábricas se centraron en la transformación de la producción agrícola, actividad central de la región hasta la postguerra. Con la filosera en Burdeos, los bodegueros franceses y algunos pioneros locales invirtieron en nuestra región transformando las bodegas rurales en las primeras industrias del vino con instalaciones y procesos tan primitivos que les cuadra más el nombre de bodegas que el de industrias: Marques de Murrieta y Bodegas Franco-Españolas en Logroño, CVNE, Bodegas Bilbaínas (foto 2), López de Heredia, Rioja Alta, Muga, Martínez Lacuesta y Paternina en Haro (y alguna otra menor).

Dado el prestigio de sus calados o almacenes de barricas, todas estas industrias, una vez modernizadas en el último cuarto de siglo (hasta los años setenta del s XX seguían poco más o menos como en su fundación) mantienen como signo de orgullo y prestigio su patrimonio inicial (próximo a la arquitectura vernácula o a ciertos regionalismos principios de siglo) por lo que no cabe preocuparse por su conservación, sino más bien por sus modificaciones y añadidos.

Peor suerte ha tenido la primera auténtica industria asociada al mundo del vino en Haro: la Fábrica de Alcoholes del Paseo de la Vega, pues fue objeto reciente de una demolición con nocturnidad y alevosía cuando quienes quisieron salvarla –tanto por su carácter significativo como por su belleza arquitectónica-, depositaron sus esperanzas en las declaraciones monumentales de la Comisión Regional del Patrimonio Histórico Artístico (veáse el estudio de José Miguel León y mi artículo en prensa).

Asociada al mundo del vino, subsiste la Estación Enológica de Haro, si bien rehabilitada como museo del vino y otros usos agrícolas.

En el entorno del río y de la vía férrea surgió en Logroño una incipiente industria local (fundiciones, cerámicas, caramelos, etc) entre las que cabe destacar las conserveras. De entre este tipo de industria el edificio más sobresaliente fue sin duda el de las Conservas Trevijano con fachada modernista de Quintín Bello, situado entre la vía del tren y la ronda suroeste de Logroño.

Una industria singular fue la emplazada en el interior de un convento desamortizado en pleno casco antiguo: Tabacalera Española (con su famosa sección de puros Farias) en el Convento de La Merced. La fábrica estuvo funcionando hasta los años sesenta en que se trasladó al polígono el Sequero. Los restos del convento fueron rehabilitados como Parlamento Regional dejando como recuerdo la chimenea de la fábrica entre el Claustro y el almacén de tabacos, -rehabilitado también como Sala de Exposiciones.



Otra fábrica reseñable fue la Cerámica Riojana, proyecto y propiedad en parte de uno de los arquitectos logroñeses más interesantes de la primera mitad de siglo: Fermín Alamo. La estructura de la fábrica fue reutilizada en los ochenta para transformarse en un grupo de viviendas.

La última fábrica destacable de este primer periodo industrial fue la de de los elixires dentales Licor del Polo, de gusto secessionista. Soporta ya una ruina de más de cuarenta tristes años sin que parezca llegarle el momento de la desaparición definitiva o de su rehabilitación.

Por su posición urbana tan singular, entre los dos puentes y frente a la fachada del Logroño al río (muchos señalan que es una de las imágenes más repetidas del siglo en las postales de la ciudad), el viejo Matadero es una instalación semifabril característica del paisaje de Logroño. Obra del arquitecto Luis Barrón en 1910, una rehabilitación de los noventa lo transformó en Museo de la Ciencia. Reforzando el ambiente industrial del lugar se levantaba muy cerca una pequeña central eléctrica (desparecida) cuya chimenea y humareda daban carácter a la postal.

De este periodo son también los pequeños edificios de centrales hidroeléctricas desperdigados por la provincia (Anguiano, Viguera, Panzares) y un buen número de pequeñas industrias en torno a Logroño, Haro, Calahorra o Arnedo, muchas de ellas desaparecidas por el crecimiento urbano, como la Imprenta Laborde en la calle Canalejas (foto 4),



y otras transformadas o irreconocibles. Algunas de ellas, como la pequeña fábrica situada junto a la Estación Enológica de Haro, ofrecen algunos elementos arquitectónicos singulares, como esa galería bajo el testero con lambrequín que se muestra en el dossier de fotos adjunto.


LA INDUSTRIALIZACION DE POSTGUERRA

Los polos de desarrollo y el Plan Comarcal de Logroño fueron los primeros instrumentos urbanísticos que intentaron poner orden en la ubicación de la industria en Logroño con la creación del Polígono del Cortijo, el Polígono de Lardero, el Polígono Cantabria y el Polígono de El Sequero.
Previamente se había experimentado ya un gran desarrollo industrial en la región, y especialmente en la capital, con la implantación de algunas industrias importantes en la propia ciudad como Estambrera Riojana, Textiles Quemada, Carrocerías Ugarte, Tobepal, La Metalgráfica o Calzados Fernández, cuyos traslados serán siempre recordados por los pelotazos urbanísticos que generaron en su momento o que siguen generando en la actualidad, -algunos de ellos justificados incluso con el propio cierre de las empresas. La documentación (siempre elogiosa y propagandística) de esta etapa puede seguirse a través de una revista local titulada precisamente La Rioja Industrial (1920-1950).
De los años de postguerra son también los dos grandes Silos de Cereal construidos en La Rioja según los proyectos estándar del Servicio Nacional del Trigo, a base de grandes prismas rectangulares de hormigón con una pequeñas “casetas” en lo alto para regulación de los elevadores de grano. Demolido recientemente el de Logroño, subsiste aún el de Haro (foto 5).



En Nájera el gigantismo del mundo del cereal lo protagoniza el edificio en U de Harinas junto a la carretera N-120.

Por su parte en Arnedo se desarrolló una amplia industria del calzado y en Nájera fueron surgiendo algunas fábricas importantes de mobiliario. Cabe señalar también la importante industria chacinera de Baños de Río Tobía o las conserveras de Calahorra, Alfaro y otras localidades de la Rioja Baja.
Ninguna de ellas será recordada por la calidad de su arquitectura dentro de los cánones o estilos propios de su época, aunque algunas de ellas sí que pueden ser recordadas por la ingenuidad de sus formas kitsch, como la fábrica de Viguetas Ultramar en Aldeanueva de Ebro ubicada en un edificio con forma de barco junto a la carretera nacional 232.

Las bodegas tradicionales evolucionaron muy poco en esta época y las de nueva creación se apuntaron también al kitsch con un par de castillos reseñables: Fuenmayor, Cenicero.


LA “NORMALIZACION” INDUSTRIAL

La ocupación lenta y paulatina de los polígonos mencionados, merced a los traslados de las empresas situadas en el casco urbano o al nacimiento de un gran número de nuevas industrias de carácter secundario, así como la creación de nuevos polígonos industriales en la capital de la provincia y en las cabeceras comarcales, han creado la actual fisonomía industrial provincial, caracterizada por esas concentraciones de feísimos pabellones de cerchas y muros tradicionales o prefabricados entre los que, de tanto en tanto, alguna empresa y algún arquitecto se permiten el lujo de hacer un edificio de oficinas o una fachada con ciertas pretensiones.

Las viejas bodegas han ido modernizándose con ciertas ampliaciones, y otras muchas han surgido ya dentro de los nuevos polígonos industriales adquiriendo ese carácter inequívoco de fábricas de vino. De entre estas últimas cabe destacar por su tamaño y organización espacial las Bodegas Olarra en el Polígono Cantabria de Logroño (1973) del arqto José Antonio Ridruejo.

Tras la desaparición (y pelotazo) de La Estambrera en Logroño, nació Infitex en el Polígono de Lardero, de los arqtos Achiaga y del Castillo.

El más grande de los polígonos industriales (casi una pequeña ciudad a doce kilómetros de Logroño), El Sequero, ha tardado en colmatarse casi treinta años pero al fin lo ha conseguido. Alejado notablemente de Logroño y en posición favorable respecto a los vientos dominantes sobre la ciudad, fue concebido para la industria contaminante, pero sin embargo, fue llenándose de industrias sin chimeneas (Tabacalera, General Motors) hasta que recientemente se ha instalado una Central de Ciclo Combinado que ha creado la primera gran masa, silueta y humareda propiamente industriales de toda la historia de La Rioja.

El Polígono de La Portalada, también en posición de vientos favorables respecto a Logroño es también uno de los más florecientes (y feos) en la actualidad. Desarrollado en varias fases, recientemente se ha anunciado una nueva ampliación en la modalidad de “parque tecnológico” un eufemismo con el que se pretende que los grandes cajones industriales tengan alguna fachada más diseñada y que los alrededores de esos pabellones estén regados con césped y jardines.

El polígono de Fuenmayor en la explanada de Buicio, nacido de una manera un tanto anárquica y espontánea con la instalación inicial de los almacenes de Butano SA y de un par de bodegas de nueva creación junto a la nacional 232, recibió una de las más grandes industrias de la región, electrodomésticos Zanussi (luego Electrolux) cuyo actual cierre por traslado a países de mano de obra más barata, anuncia un época nueva del paisaje industrial. Cabe decir que en dicha explanada se ha situado recientemente una de las mayores empresas cerámicas de España, Cerabrick, resultado de la asociación de varias pequeñas cerámicas. Con una nave de gigantescas dimensiones y unos enormes movimientos de tierras alrededor, que pueden “disfrutarse” plácidamente al paso de la autopista que dobló a la mencionada nacional 232.

Otro traslado reseñable (con pelotazo urbanístico incluído) ha sido el de las Bodegas Campoviejo de Logroño. Su edificio de oficinas (ya demolido) fue una obra singular del arqto Aurelio Ibarrondo. La nueva Bodega, llamada tras el traslado, Juan Alcorta, se fue a un cerro del Cortijo. Diseñada por el arqto Ignacio Quemada y el ingeniero industrial Alberto Madrigal ha sido reconocida por los premios FAD de diseño.


Infraestructuras

Al margen de la arquitectura industrial pero irrigando sus tejidos, las obras del ferrocarril, carreteras, puentes y autopistas son a veces tenidas como un capítulo más de la arquitectura industrial. Si las consideramos en su diálogo con los lugares, o aún mejor, como punto de partida para señalar “lugares en peligro”, es obvio que las grandes infraestructuras de transporte tienen en la actualidad una enorme importancia en el diseño del territorio (véase mi artículo Superestructuras de infradiseño en Elhall n 76, consultable en la web coar.es, y rev. Archipiélago n 62).

A nivel regional los mayores impactos han sido los creados por el paso de la autopista A-68, especialmente en el acceso a la Rioja por el Norte en la zona de San Felices. Los enormes terraplenes han herido en ese lugar la frágil fisonomía de los montes Obarenes, así como todo el paisaje de colinas arcillosas de la Rioja Alta. Otra herida singular ha sido la del nuevo diseño de la circunvalación de Logroño con hundimientos, roscas, rotondas y pasos a doble altura difícilmente encajables en la trama urbana de un Logroño que ya ha empezado a urbanizarse y construirse al otro lado de la misma.

A nivel de microdiseño, el mal trazado de las circunvalaciones con cruces que han causado gran número de víctimas, y el actual abuso de las rotondas en todos los cruces empieza a ser obsesivo. (Véase al respecto el interesante artículo El rotondismo fundamentalista, de Luis Ximeni, elhall n 81).El diseño de los últimos puentes ha tenido más que ver con la espectacularidad y la propaganda política que con su funcionalidad. El del ingeniero Monterola, sobre el Ebro en Logroño y el del Iregua para la mencionada circunvalación de Logroño, obra del ing Millanes, sin luces especiales que cubrir, son bastante elocuentes.

El trazado del ferrocarril, sin embargo, se ha quedado completamente obsoleto, pues apenas se ha variado en un par de puntos (Traslado de la vía en Logroño 1953, Túnel de El Cortijo 2003) el trazado fundacional de 1859 de la línea Bilbao-Tudela que seguía el tortuoso recorrido de los meandros del Ebro.

Recientemente se trasladó la terminal de mercancías desde Logroño a El Sequero, pero la cifra de descargas es tan ridícula que prácticamente permanece cerrada. El proyecto de soterramiento del ferrocarril en Logroño es uno de los grandes temas que tiene entretenidos a políticos y periodistas desde hace años. Recientemente se falló un concurso de arquitectura sobre el cosido urbano de los terrenos de la antigua estación que ganaron los arquitectos Abalos y Herreros con una solución que, a mi juicio, cose muy poco y rigidiza el lugar con una macroestructura de hormigón superficial.

Eléctricas

Al margen de la reciente Central de ciclo combinado antes mencionada, La industria hidroléctrica parece haberse detenido o haber retrocedido a un estadio artesanal. Mientras que la única presa construída en los últimos treinta años se ha dejado ¡sin aprovechamiento hidroeléctrico!, (embalse de Pajares), las Electras han ido comprando los pequeños aprovechamientos hidráulicos de los molinos para reconvertirlos en pequeñas minicentrales, -como la de Sarasa en el mismo centro fluvial de Logroño.

Mientras tanto, los aerogeneradores eléctricos se han ido hincando aquí y allá por las cimas de colinas y montañas, destrozando lugares y paisajes con una rapidez y a una escala, hasta la fecha inéditas. Puede decirse al respecto que, todavía no hemos salido del asombro.


Industria del turismo

La construcción de nuevos “resort” turísticos ha tenido en La Rioja un único punto reseñable: la estación de esquí de Valdezcaray. Creada inicialmente sobre las propias laderas de la montaña, presentaba un aspecto bastante poco agresivo si exceptuamos la larga y costosa carretera de acceso. Pero una remodelación de las pistas llevada a cabo entre el 2001 y el 2003 parece haber tomado al monte San Lorenzo como un montón de tierras removibles al antojo de la nivelación de pistas haciendo perder el encanto de un lugar agreste.


Industria del Comercio

Tarde pero seguro, el proceso de transformación del pequeño comercio urbano en una gran industria del comercio suburbano ha llegado también a Logroño. Hace quince años se instaló la primera Gran Superficie en la ciudad (Alcampo), y algunas otras, a escala más reducida en las cabeceras de comarca (Eroski en Calahorra, Sabeco en Haro). Pero en los últimos cinco años la explosión ha sido incontenible y en Logroño han surgido otros dos grandes Centros Comerciales suburbanos (Berceo y Las Cañas) en los que a las grandes superficies (Eroski y Carrefour respectivamente) aparecen asociadas calles cerradas con tiendas de franquicia, bares y multicines.
En los periódicos ya se anuncia también la creación de un gran centro del ocio suburbano tipo Heron City.


Una reflexión final a modo de conclusión

A poco que se interprete esta sucinta lista histórica de instalaciones industriales en La Rioja, puede uno darse cuenta de que, a diferencia de otras regiones donde la industria tuvo un gran peso en la estructuración territorial (pienso en la minería e industria de las cuencas asturianas, por ejemplo) la lucha en La Rioja por salvaguardar los pequeños restos de la protoindustria o de la primera industrialización poco o nada tiene que ver con una consideración global de los peligros que los actuales procesos de industrialización representan para su rico y variado catálogo de “lugares”.
Si bien es cierto que las fábricas se han ido desterrando de las tramas urbanas o de las calles-carreteras, encerrándose cada vez más en acotados polígonos industriales, no menos cierto es que las grandes infraestructuras que las irrigan o los nuevos procesos industriales en la construcción de la ciudad, el ocio y el comercio, amenazan ahora con una destrucción de lugares a una escala tan grande que, la aniquilación de lugares de la primera industrialización pudiera parecernos un juego de niños.

Al respecto me parece interesante considerar como reflexión final la diferencia de modelo que se viene produciendo entre el diseño de las autopistas norteamericanas y de las autopistas europeas, -y especialmente de las españolas, de las que puede ser un buen ejemplo la que cruza longitudinalmente por La Rioja. Mientras que en Estados Unidos, las autopistas ofrecen una gran cantidad de fáciles accesos y a sus lados pueden verse infinidad de instalaciones industriales y terrenos de almacenamiento de maquinaria y enseres, en España (y en La Rioja en concreto) la autopista parece el juguete bonito e intocable colocado en una estantería. La reflexión viene a cuento de que, dado el daño geográfico que su trazado supuso en buena parte de los lugares que fue atravesando, alterando cursos de agua y redes de caminos y abriendo tajos en colinas o terraplenando pequeños valles, lógico parece que se hubiera planificado concentrar en su entorno las instalaciones industriales (tradicionales o novedosas), en vez de dejar sus puentes y terraplenes como bárbaros monumentos del destrozo geográfico mientras que los polígonos o las grandes superficies se mantienen a cierta distancia de ellos, desparramados por la geografía suburbana.

Seguramente se trata de consideraciones de diseño territorial que, por estar a una escala que los arquitectos y urbanistas nunca hemos dominado, siguen sin ser tenidas en cuenta; pero que, al hilo de la reflexión inicial, y por tratarse de una cuestión que relaciona directamente industria y lugares en peligro, me parece pertinente exponerlo en esta comunicación y en este seminario.

lunes, junio 04, 2007

AL FIN, POLEMICA


(Cuando exponemos y sopesamos razones podemos hablar de diálogo, pero cuando se enfrentan dos fes, o una fe contra una razón, hay que llamarlo polémica. Al artículo DE LA MUERTE DE LOS EDIFICIOS (La Rioja 27ene2001) respondió el arquitecto José Miguel León con otro artículo en el periódico (La Rioja 3mar2001) titulado “De la vida de los edificios” cuya lectura os ahorro porque en la respuesta que escribí (AL FIN, POLEMICA) y que hoy traigo aquí, están contenidos las dos lanzas más punzantes con que intentaba alcanzarme. Me la publicaron el 19may2001 con una estúpida entradilla escrita por un periodista y una foto del edificio de la Bene, rehabilitado por mi adversario, que me había sugerido el periodista y que yo rechacé. Ya que León usó el Panteón como ilustración de su artículo lo retomo yo también para alegrar el mío.)


A pesar de que el periodista que confecciona esta página, cuando redacta los subtítulos o las entradillas de los artículos que yo envío me llama casi siempre provocador y polémico, las más de las veces, por no decir siempre, siento que mis palabras escritas me son devueltas por las mudas paredes de esta ciudad con mi propio eco, hasta el punto, incluso, de hacerme creer que soy como esos locos que van hablando solos por la calle. Si para la conversación ya somos bastante sordos y sólo queremos escuchar lo que nosotros decimos, con la escritura pasa otro tanto o aún más, porque en el momento de redactar no tenemos ni por qué mirar a quien no nos escucha.

Pero hete aquí que en los últimos meses, dos de los más reconocidos arquitectos de esta ciudad me han devuelto mi voz intentando atemperarla con sus razones. El sacerdote y arquitecto Gerardo Cuadra contestó a mi artículo “Las casas de Dios” con una defensa posicional en la que exponía que contra lo que él entendía que yo decía, la arquitectura moderna también servía para dar casa a su Dios. Temiendo que no me hubiera entendido bien y que nuestra polémica se desplazara a un campo teológico donde nuestras diferencias se hicieran insalvables, preferí no devolverle sus palabras (o lo que yo había entendido en ellas) con nuevos argumentos.

Pero la respuesta que José Miguel León ha dado a mi artículo “La muerte de los edificios” sí que me mueve a polemizar con pasión (y no a dialogar como él dice que hace) por cuanto que el núcleo de la cuestión no es ya el de las casas para un posible Dios sobre el que no podríamos ponernos de acuerdo, sino el de la divinización de las propias casas hechas por los hombres, tal y como yo entiendo que él plantea en su artículo “La vida de los edificios”.

Comienza León su escrito con una frase fuerte -y a eso lo llamo yo polemizar y no dialogar- en la que se dice que la metáfora sobre la que yo construyo mi artículo (“a semejanza de sus hacedores, los edificios nacen, viven, envejecen y mueren”) “encierra la trampa de ser de las que tanto sirven para un roto como para un descosido”.

Sé muy bien que el discurso metafórico al que tan aficionado soy en mis artículos periodísticos encierra notables riesgos, pero si suelo incurrir en él no es por otra cosa que por sus notables cualidades pedagógicas (Jesucristo hablaba siempre en metáforas y el calado de su prédica es innegable) y porque de seguir un discurso más ontológico no sólo nadie (ni León) me iba a entender, sino que probablemente, ni las paredes de la ciudad me devolvieran ya mi eco. Claro que León se pasa en su descalificación: qué no diría de San Marcos 13, 25 por ejemplo cuando oyera decir “que el reino de los cielos es semejante a uno que sembró en su campo semilla buena...”. Oiga maestro, -le objetaría con similar desparpajo- a otro con ese cuento, que un reino, y mucho más el de los cielos, no tiene nada que ver con un pobre campesino que sale a sembrar a mano.

Pero mira por donde, si hay una metáfora a la cual me aferro más que a ninguna para explicar el carácter de la arquitectura, rechazando con pasión polémica la ridiculización que de ella ha pretendido León, es esa de que los edificios, como sus hacedores, nacen, viven, envejecen y mueren. Porque más que una metáfora es para mí un sentido, una proposición o una actitud ante la arquitectura y la vida en general. En el núcleo de mi artículo “La muerte de los edificios” venía a decir (o traté de decir) que antes del siglo XVIII, cuando todas las sociedades se fundaban o articulaban en torno a la fe en un Dios eterno, los edificios morían con mucha mayor facilidad que en estos siglos postreros, en que los que la fe en los Dioses va mermando y, por supuesto, desapareciendo de la articulación de las sociedades.

No sé si quedaba claro entonces que mi rechazo a poner a la Arquitectura en el lugar de los dioses caídos es absoluto. Pero si no quedaba claro, lo digo y lo subrayo, para que se entienda mejor que lo que pretende hacer León (si es que he entendido bien su artículo) es justamente eso que yo rechazo. Nuestra polémica, por tanto tiene motivos más que fundados, aunque probablemente, mucho me temo, acabe como la de Gerardo Cuadra, porque ontológicamente no hay posibilidad de encuentro entre una razón y una fe.

La cita de Mark Rothko con que León cierra espléndidamente (a nivel literario y argumental) su artículo, y con la que pretende dar eternidad a los edificios y a los cuadros (a ciertos edificios y ciertos cuadros, supongo, porque no todos podrán caber en la ciudad) es la representación misma del hombre como fabricante de dioses. Dice así: “...un cuadro (edificio) vive en función de quien lo acompaña (habita), y se ensancha y crece a los ojos del observador (usuario)”. En la lectura más cruda de esta frase entendemos que los cuadros y edificios no son nada sin sus contempladores, lo que desde cualquier punto de vista es absolutamente falso. El cuadro o el edificio, mientras no sean destruidos físicamente o sean traicionados en sus contenidos, siguen viviendo aunque nadie los habite ni los vea, porque sus colores o sus piedras cuentan sin cesar lo que sus hacedores pusieron en ellos. El edificio o el cuadro posibilitan cierto diálogo entre el que lo hizo y el que lo ve, y no pueden ser tan sólo una creación de quien lo ve... a menos que..., a menos que se pretenda que sean divinizados por quien los contempla (que probablemente es lo que pretendía Rotko, dicho sea de paso). La invención de un Dios no es un diálogo (Dios no habla - tan sólo es Verbo); la invención de un Dios es un monólogo absoluto y brutal, el monólogo más vanidoso que imaginarse pueda. Quien pretenda que la vida de los edificios, de los cuadros o de las cosas, dependa de su propia atención, ese sólo habla para sí, y en todo caso, para aquellos a los que quiera arrastrar en la fé por él creada.
Pero mal que le pene a Rotko y a León, los cuadros y los edificios nos hablan de sus hacedores y por mucho que se empeñen quienes los quieran divinizar, envejecerán y morirán como sus hacedores. Y si no, ¡al tiempo!.

Ahora bien, quien tiene un Dios no parece tener reparo ni sonrojo en entrar a saco en los templos de los otros y poner allí al suyo. Y eso vale tanto para el Panteón de Roma como para la Bene de Logroño (edificio que también citaba yo en el artículo que daba origen a esta polémica, y que vaya uno a saber si no será el verdadero causante de la misma). Quien tiene un nuevo Dios se permite cambiar los significados de la obra de los templos anteriores y hasta decir que gracias a esos cambios los edificios siguen vivos. ¡Loado sea el Señor y por siempre alabado!, cualesquiera que sea su nombre. Pero ni la cúpula del Panteón será nunca un mandala por mucho que se la fotografíe desde abajo velando la línea del óculo central, ni el ocultamiento de la fachada de la iglesia desde el acceso a la Bene o la conversión en pasillos longitudinales de las galerías que abrían transversalmente la sección del edificio de los pabellones a los patios podrán ser tomadas por nadie sensato como un alargamiento de la vida del anterior edificio.

Pero vaya yo acallando mi voz, no sea que me convierta en un nuevo monologante y acabe loco o con espada. (Di que al no tener fe ni en mi discurso, apenas tendría fuerza para levantarla). Pare yo la escritura y quédeme a la escucha, no sea que gracias a esta polémica hubiera logrado que alguien dudase de su fe, y conseguido hacerle caer en la tentación de poner su palabra en diálogo.

martes, febrero 13, 2007

127. SALUD Y ARQUITECTURA



Miedo me da acercarme por el renovado Hospital San Pedro para hacer una primera valoración arquitectónica, y por supuesto, tampoco me atrae como usuario o como acompañante de usuario. La imagen que ofrece a lo lejos es la de un enorme bloque forrado de chapa, como si se tratara de industria química o una “rehabilitada escuela de magisterio”. En las fotografías aéreas que ha ofrecido la prensa hasta ahora, aparece como un conglomerado amorfo de diferentes edificios sin ningún orden geométrico o de circulaciones. Así pues, dilataré todo lo que pueda un comentario de los edificios del gigante sanitario de Logroño hecho desde la visita personal.

Pero quieras que no, con las noticias y comentarios que uno puede leer en la prensa oficial (ya no tiene sentido llamarla local) y las habladurías que te llegan por aquí y por allá, hay contenido más que suficiente para un primer LHD.

Vengo diciendo desde hace años que la salud de la arquitectura (la arquitectura en general) está bajo mínimos, -o que la arquitectura está en la UVI-, pero no había reparado en que la arquitectura sanitaria, no es ya que esté en la UVI, sino que está en coma; pues como bien es sabido, desde hace un tiempo no está en manos de “médicos” (léase, arquitectos) sino de “expertos”, altamente especializados y tecnificados venidos generalmente de Madrid, quienes, por seguir con la metáfora, son los únicos que saben enchufar las consultas a los quirófanos.

Los tres grandes hospitales de la ciudad fueron hechos también por arquitectos de fuera, pero no precisamente por “expertos”. Jacinto Arregui vino de la provincia de al lado (Vitoria) para hacer el primer Hospital, el “provincial” (h 1866) y otros tantos importantes edificios públicos (la Bene, la desaparecida plaza de Toros al final de Duquesa de la Victoria o el viejo mercado de San Blas), quedándose durante un tiempo como arquitecto provincial (…mucha provincia). Pero lo suyo no era “provincianismo,” sino Arquitectura con mayúsculas, es decir, esa que hace ciudad desde la consideración y relevancia de la función pública del edificio.

En los cincuenta se construyeron los otros dos hospitales, más o menos a la vez. El San Millán lo hizo el madrileño Fernando García Mercadal, y a pesar de la limpieza de líneas, su fachada original tuvo el empaque de un edificio público (ver foto). Luego vendrían las reformas y los añadidos destrozando su imagen inicial, pero esa es otra historia. Como otra historia es la que contó José Miguel León en Elhall 42, referida a que el también madrileño Luis Lacasa había proyectado en 1930 un hospital para el mismo emplazamiento que no se llegó a construir. Un hospital que, aunque de aire“muy racionalista”, buscaba también orden geométrico en sus fachadas.

El tercer hospital, el San Pedro, dedicado a enfermedades del pulmón, se emplazó en las afueras, y a pesar de que por ello hubiera podido proyectarse con un poco menos de rigidez, la simetría y la condición de edificio público prevalecieron en su imagen hasta que… también le empezaron a caer encima reformas y ampliaciones. No hay datos en el Archivo Municipal de la autoría del primitivo edificio y tampoco tengo a mano una foto en mis archivos; y ya es pena, porque es la pieza básica y original del nuevo conglomerado hospitalario.

Menos mal que Rubén San Pedro salvó la honrilla local haciendo la tristemente desaparecida Clínica Velázquez (véase el artículo de Javier Dulín en Elhall 30), que si no, es que no rascamos ni una. Y luego vendría la triste historia de los Centros de Salud… ay, también con "expertos" de Madrid.

Pero dejemos a un lado los grandes acontecimientos, pues como he dicho, no voy a hincar el diente a ese monstruo en que se ha convertido el San Pedro, y vayamos a lo que me ha movido a redactar esta nota: la nostalgia por dos pequeños detalles saludables de la vieja arquitectura sanitaria logroñesa que, según parece, se han perdido o se van a perder irremediablemente con la nueva arquitectura de los expertos hospitalarios.

El primero es el del sistema de nidos que tan estupendamente funcionaba en la sección de maternidad del San Millán. Las enfermeras y los médicos podían atender a los recién nacidos en unas pequeñas habitaciones intermedias llamadas "nidos", mediante el sencillo mecanismo del giro de las cunas situadas junto a la pared. Bueno, pues me han contado que el supertecnológico San Pedro eso ha desaparecido y con ello, todas sus ventajas asistenciales.

El segundo detalle lo mencionaba el cardiólogo José Luis Dulín, padre de nuestro compañero Javier, en una reciente entrevista en la prensa oficial (La Rioja, 5fb07 p4). Preguntado por su recuerdo más vivo del viejo hospital San Pedro, es curioso que en vez de hacer mención a alguna historia de su profesión señalara directamente a un elemento arquitectónico: los balcones de las habitaciones. Ese era su "recuerdo más vivo" de su largo paso por el hospital (!). Una referencia así le lleva a cualquier arquitecto al recuerdo de las grandes terrazas del sanatorio de Paimio de Alvar Aalto, así que no digo más.

Si en lo sencillo pasa esto ¿qué no pasará en lo grande...?

Lo dicho: ya que la arquitectura no goza de buena salud, a ver si tenemos suerte con la nuestra y evitamos por mucho tiempo visitar la nueva arquitectura sanitaria riojana.

¡Salud y arquitectura!

lunes, febrero 12, 2007

126. EL ESTILO HISTORIA


Esta vez no traigo al LHD un estilo arquitectónico más, no. Los asiduos a esta página, o a mi obra escrita en general, habrán notado mi propensión a dar nombre a nuevos estilos de arquitectura, como el “estilo disimulo” (LHD n20), el “estilo raya” (hC n25 de elhAll n87), el “estilo parecido” (LHD n114) o el estilo “marca personal” (por escribir); aunque la pieza más completa sobre la materia la escribí en una columna de elhAll n68 titulada precisamente ESTILOS/2 (el “/2” me ha dejado intrigado porque parece aludir a que antes había escrito otra cosa, pero ya no me acuerdo qué era o dónde puede estar).

Para evitar que el “estilo historia” sea confundido con uno de ellos, quisiera insistir desde el comienzo de esta columna que NO ES UN ESTILO DE ARQUITECTURA sino que se trata de un ESTILO DE ESCRITURA ACERCA DE LA ARQUITECTURA, es de decir, de un modo de pensar la arquitectura, enseñarla, o comunicarla (ponerla en común).

Un modo de pensar la arquitectura, dicho sea como juicio, valoración o tesis, que hace un daño tremendo a la arquitectura. (Eso se argumentará en otra ocasión).

El “estilo historia” es el modo de pensar y de escribir que, según parece, se enseña y aprende en las facultades de historia: porque la gran mayoría de los libros o artículos sobre arquitectura escritos por historiadores poseen ese estilo inconfundible. Un estilo que básicamente consiste en:

1) Adscribir la obra de arquitectura, o al arquitecto que la hizo, a algún estilo arquitectónico previamente definido, relacionándolos, si es posible, con alguna otra obra, autor, o estilo anterior.
2) Describir la pieza de arquitectura en cuestión a partir de los elementos decorativos de la fachada, a poder ser con los términos más rebuscados o especializados, a fin de darse importancia.
3) Hablar siempre maravillas de la obra que se comenta y evitar en lo posible juicios negativos, o en su caso, hacerlo de la manera menos comprometida posible, para evitar perder los méritos sociales y académicos que pudiera dar el trabajo.

Además de esos tres principios fundamentales hay otros muchos tics, latiguillos, modos de citar, etc, que serían objeto de una tesis algo más fatigosa (pero divertida), a la que animo encarecidamente a cualquier estudiante de filología.

La producción de nuestro egregio Instituto de Estudios Riojanos en materia de arquitectura es un perfecto muestrario para el investigador literario del estilo historia, aunque por suerte (para la arquitectura) no es muy abundante. Lo peligroso de esa producción, corta, digo, pero ejemplar, es el contagio que pudiera producir en otros observadores, pensadores y escritores ajenos a las facultades de historia y a los institutos de investigaciones sobre la historia. No voy a dar ejemplos para no ofender a algunos amigos, pero los pocos arquitectos locales que se han animado a escribir sobre arquitectura, han caído (hemos caído, podría decir también) más de una vez en escribir de esa forma estereotipada de “buscar estilos para todo, describir de forma aburrida y dedicarse a hacer alabanzas”.

Dicho esto, se entenderá mejor la coña que me traigo desde hace años con la búsqueda de estilo para la obra de los arquitectos contemporáneos, es decir, de una época que, por principio, se declaró “sin estilo” (véase al respecto el viejo artículo “Arquitectos e Ingenieros” que hoy mismo he colgado en el blog paralelo: Una Voz en un Lugar.)

Pues bien, como en los últimos días más de uno me ha preguntado mi opinión sobre la recientemente regalada “Guía de Arquitectura Urbana de Logroño” escrita por María Teresa Alvarez Clavijo y Gorka Pérez de la Peña Oleaga, editada por Brico Depot, distribuida por La Rioja, y bendecida genéricamente por el alcalde y muy puntualmente por el Decano del Colegio de Arquitectos de La Rioja; y me parece muy poco elegante hacer un juicio de valor sobre ella cuando en breve va a salir a la calle la mía, lo único que puedo decir es que está escrita en “estilo historia”. Y todo lo más, en uno de los estilos historia más historia que jamás haya podido leer yo nunca.

En los próximos meses, si acaso, espero que entre los practicantes (profesionales o advenedizos) del estilo historia haya un bonito debate sobre las incontables variantes del eclecticismo que se dieron en nuestra ciudad, el prematuro agotamiento del modernismo, el increíble triunfo del art decó, los innumerables matices de lo moderno, la modernidad y sus relecturas críticas, vanguardísticas o como “Movimiento”, y por qué no, sobre la “notabilísima obra orgánica” de Roberto Benés, o sobre la “relectura sugestiva de las vanguardias históricas” de la obra de José Miguel León. Debate moderado por el Decano del COAR y el Director del Instituto de Estudios Riojanos, a poder ser. Para que el “estilo historia” vaya ganando… más… altura. Y más adeptos.

martes, febrero 06, 2007

122. ADIÓS AL COAR



Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja
Junta de Gobierno
Logroño

Decano y miembros de La Junta de Gobierno del COAR:

He esperado hasta el último momento de mi trabajo en la Guía de Arquitectura de Logroño algún gesto por vuestra parte que me indujera a volver al origen del encargo que la puso en marcha, pero ha sido en vano. Una vez concluida esta labor creo mi deber dar cumplida respuesta a vuestro acuerdo 05110/4.1/23.05.05 con registro de salida 3.650 de fecha 26 mayo 2005 que, por si no lo recordáis (y no es mi intención haceros perder tiempo buscando en los libros de actas), dice textualmente así (lo transcribo con la misma puntuación, aunque esté mal redactado, y me permito tan sólo corregir algunas erratas y acentos (Arqutectura, Araquistían etc):

“Tras la consulta realizada a través de la vocal de cultura de la Junta de Gobierno Sra Ibañez, da cuenta que D. Juan Diez del Corral ha manifestado verbalmente, su renuncia al compromiso adquirido con el COAR para la elaboración de la “Guía de Arquitectura de Logroño”. Teniendo en cuenta que su propuesta fue presentada bajo su dirección, junto a los arquitectos colaboradores D. José Miguel León Pablo, D. Jesús Ramos Martínez y D. Jesús López-Araquistáin y tras debatir el tema, se acuerda: Solicitar al Sr. Diez del Corral que confirme por escrito su renuncia al compromiso adquirido con el COAR para la elaboración de la “Guía de Arquitectura de Logroño, y dar traslado de este acuerdo a los arquitectos colaboradores”.

No supe nunca qué información verbal le llegó a la Sra. Ibañez para mover a la Junta a tomar aquel acuerdo, pero era natural que tras el anterior -vergonzoso e ignominioso- acuerdo 05104/2.1 de 16.02.05 sobre el “contenido de elhall” mis relaciones personales con todos y cada uno de los miembros de la Junta de Gobierno que lo firmasteis estuvieran bastante deterioradas, y que mi estado de moral respecto al trabajo de la Guía hubiera sufrido alguna merma. No hay que olvidar tampoco en todo este proceso que por aquellos meses la editorial Biblioteca Nueva os hizo entrega de la edición de mi libro Manual de Crítica de la Arquitectura, que a pesar de haberlo coeditado con el dinero de todos los arquitectos no os dignasteis ni siquiera a presentarlo públicamente a la ciudad.

Cuando recibí vuestra solicitud de renuncia a mi trabajo, lo comenté con José Miguel León y éste llamó a los dos miembros de la Junta que pudieran ser más cercanos a mi persona, esto es, Pablo Larrañeta y Noemí Grijalba, y los cuatro tuvimos un encuentro informal en la terraza de la cafetería Crema de la calle Calvo Sotelo, en la que yo les pedí a éstos que me dejaran trabajar en paz y que diésemos tiempo al tiempo.

A la vuelta del verano del 2005 fuí requerido por la Junta de Gobierno del COAR (no recuerdo si por carta o mediante la Comisión de Cultura) para que mostrara la marcha de la Guía y me encontré que en la Sala de Reuniones del Colegio no comparecieron más que los mencionados Pablo Larrañeta y Noemí Grijalba. Gustosamente les mostré mi trabajo y me fui con la sensación de haberles sorprendido, e incluso abrumado, con la cantidad de documentación que estaba manejando. Pero también me fui con la sensación de que su apoyo era insuficiente y que el resto de la Junta, y especialmente el Decano, hubieran preferido que mi trabajo naufragase. Lo que está claro es que demostraron poco interés por él: el acuerdo de 26 de mayo seguía vigente y no fue revocado.

Pasaron los meses, seguí trabajando en la Guía sin desfallecer, y mientras tanto intenté un amistoso acercamiento al Colegio a través de la organización de un Viaje de Arquitectura a Brasil. Vano intento: todo lo que viniera de mi persona parecía estar maldito para la Junta, así que todos los arquitectos que finalmente fuimos a Brasil lo hicimos, bien con cierta tristeza, o bien a despecho de la falta de apoyo y consideración del Colegio por nuestra iniciativa.

A partir de mayo del 2006 empecé a redactar, editar y enviar a numerosos compañeros arquitectos y amigos no arquitectos, los LHD (abreviatura de una publicación personal cuyas siglas pudieran entenderse como Le Hall Digital, o como nuestro familiar Ladrillo Hueco Doble). Pude saber que muchos de ellos eran leídos (devorados sería más exacto) por los propios miembros de la Junta de Gobierno, y hasta la propia coordinadora de la Biblioteca del COAR me pidió que se los enviase, como así hice. A partir de septiembre del 2006 los LHD pasaron a ser de dominio público al estar en una web abierta de internet, así que entre las filtraciones de una etapa y la libre accesibilidad de la siguiente, la Junta ha estado perfectamente al tanto de mi empeño personal en dar cumplida cuenta del trabajo de la Guía y de la orfandad de encargo y promoción que ésta tenía a causa de su desentendimiento.

Hago pues aquí, mediante esta carta, la solicitada “renuncia” al “compromiso adquirido” y hago también la devolución al Colegio, mediante entrega a sus administrativos, del anticipo de 3.000 euros que se me abonó a finales del 2004, no sin el lamento de que Hacienda se me llevara un tercio de esa cantidad en la Declaración de la Renta de aquel año, que ya no podré recuperar.

Cierto que se pudiera argumentar que mi tardanza en aceptar vuestra solicitud de renuncia os hubiera podido hacer perder un tiempo precioso en sacar nuevamente a concurso la redacción de una Guía, pero es de dominio público (y a la documentación de la última Asamblea me remito) que no lo habéis desperdiciado del todo y que desde hace algún tiempo José Miguel León viene trabajando para vosotros en un Inventario de arquitectura del siglo XX, que es como una guía encubierta. Lo más triste de este episodio es que, en mi ingenuidad, yo le había enseñado toda mi documentación a José Miguel… (por si queréis más datos, los tenéis en el LHDn99).

Siento de veras que hayáis despreciado mi trabajo, sobre todo porque todo él está centrado en la figura de los arquitectos como artífices principales de la construcción de la ciudad. Tal y como me propuse, la Guía de Arquitectura de Logroño que he concluido recientemente es el más ambicioso documento sobre nuestra profesión jamás escrito en nuestra ciudad. Y es triste que la institución que ha representado a esa profesión durante buena parte del largo periodo que abarca la Guía, se haya desentendido de ella.

A pesar de haber participado activamente en nuestro colectivo durante más de veinticinco años de colegiación y de haber fraguado en él no pocas ilusiones, esfuerzos, afectos, convivencias y amistades, llegando incluso a regir su Junta de Gobierno como Decano en los difíciles años de la liberalización de tarifas, ese desprecio de la actual Junta de Gobierno hacia mi trabajo, y por extensión, hacia mi persona (acuerdo sobre elhall, silencio sobre el Manual, rechazo de apoyo al viaje a Brasil, etc), unido a la escasa respuesta colectiva del resto de compañeros arquitectos que no han levantado la voz contra vuestra gestión, me ha llevado a tomar la firme decisión de dar por finalizada mi pertenencia al Colegio, solicitando mi baja como colegiado número 44, y dejando constancia de que sólo aceptaré volver a ser miembro del mismo cuando alguna otra Junta de Gobierno anule los vergonzosos acuerdos sobre mi persona a que he hecho alusión en este escrito, y restaure la deteriorada imagen que vais a dejar del Colegio tras vuestro paso por su directiva.

Dado el carácter público de esta carta, la hago extensiva a todos los que pudieran estar interesados en su contenido a través de su edición digital en el LHD.

Logroño, 5 de febrero del 2007
Juan Diez del Corral

miércoles, enero 10, 2007

106. LA CASA DE LOS JESUITAS








El periódico local informaba el pasado 28 de diciembre (y no parecía broma) que se estaba tramitando la recalificación urbanística de la conocida “casa de los jesuitas” en la calle Rodríguez Paterna con objeto de poder rehabilitarla para uso de viviendas. Se pondrá fin así a un abandono que se inició cuando los jesuitas se trasladaron a su colegio de la calle Huesca, hace ya casi… cuarenta años (!).
Como la intervención me da pánico (y no es para menos a la vista de lo que se viene haciendo en las viejas casas de Logroño desde que se inventara -y aplicara a rajatabla- el estilo disimulo), le voy a dedicar con carácter de urgencia este LHD para que podamos contemplarla en su actual estado de ruina durante el mayor tiempo posible.

Como se aprecia en un primer vistazo de la fachada, la llamada casa de los jesuitas es el resultado de la unión de dos casas anteriores, la número 3 y la número 5, realizada por el arquitecto Fermín Alamo en el año 1921 para dicha comunidad religiosa.

Alamo tenía siempre la virtud de hacer un plano del estado anterior a sus trabajos de intervención en edificios existentes, y de ese modo podemos ver perfectamente cómo eran antes de su unión. La de la derecha (el 5) era una casa con fachada de piedra de sillería (seguramente del XVIII o incluso de la primera mitad del XIX), cuya planta baja estaba dividida a su vez en dos alturas ofreciendo así una primera hilada de balcones muy baja, rareza que también podía contemplarse en el mirador de la casa del número 1 que ha sido arrasada este mismo año (muestro por ello la foto que hice de estas casas en el 2005, y la que he hecho hace unos días).

Junto a ella, es decir, en el número 3, el arquitecto Francisco de Luis y Tomás proyectó una casa en 1882 para José Rodríguez Paterna, cuyo plano de fachada también traigo aquí (en el orden aleatorio en que lo ponga el servidor, claro, aunque no creo que nadie tenga dificultad en entender cuál es cada cual). Rodríguez Paterna fue alcalde de Logroño entre 1885 y 1891, y de ahí el nombre de la calle (quien esté interesado en más datos sobre el promotor, puede ir a la pag. 293 de “Calles de Logroño”, obra del que fuera cronista oficial de la ciudad hasta hace unos pocos años, Jerónimo Jiménez).

La solución de Fermín, como puede verse también en la correspondiente imagen, fue adaptar la vieja casa del 5 a las líneas de la casa de Francisco de Luis y ahí quedó la cosa.

En 1971, es decir, cuando los jesuitas ya se habían ido a la calle Huesca pero todavía tenían en uso la casa, el arquitecto Eduardo Ortega hizo una entreplanta de hormigón tratando de mejorar la habitabilidad del inmueble pero complicando (y destrozando) aún más su estructura interna.
Finalmente, en 1993, Gerardo Cuadra redactó un proyecto para ubicar en estas casas a la comunidad de las Hijas de la Caridad, que no se llevó a efecto. De los datos que he recabado para la Guía se desprende que las Hijas de la Caridad se instalaron finalmente en un convento de nueva planta/rehabilitación construido en 1994, según proyecto y dirección de Francisco Javier Villaverde, entre Ruavieja 30 y Mayor 34-36. Del proyecto de Gerardo muestro ese detallado dibujito de su “estado actual” que tiene aires de comic. Leí también su meticulosa memoria y pude darme cuenta de que Gerardo no había hecho el mínimo estudio histórico del edificio y no tenía idea de sus orígenes y tampoco de la intervención de Ortega. En su propuesta respetaba la fachada de Alamo a Rodríguez Paterna pero se cargaba (ay) las graciosas galerías que dan a la plaza de San Bartolomé, creando en sustitución una fachada bastante anodina.

Javier Dulín publicó en elhall79 (marzo del 2004) una preciosa fotografía de José Miguel León tomando notas sobre la cumbrera de la iglesia de San Bartolomé, y la prensa local ha dado noticia este año de que José Miguel León y Gerardo Cuadra han presentado el proyecto de restauración de la torre de San Bartolomé, así que es posible que estén trabajando también en las viejas casas de los Jesuitas. El tiempo nos lo dirá. Pero, como digo, cuanto más tarde, mejor. Después de haber visto tantas y tantas cosas en estos últimos dos años, y de ver el calado de tanta “teoría” lamentable de jornadas sobre intervención en el patrimonio, en materia de “rehabilitaciones” yo ya no me fío de nada ni de nadie.

lunes, diciembre 11, 2006

99. TU QUOQUE FILI MII



Cuando hablan los hechos las palabras enmudecen. Así que en este caso que me afecta personalmente (y mucho) prefiero dar escuetamente los datos de lo acontecido y esperar el juicio de los hechos antes que las opiniones subjetivas. Me interesa el juicio moral y público de lo sucedido, no un juicio personal. Los hechos son estos:

A comienzos de verano coincidí en el Archivo Municipal de Logroño con José Miguel León. Llevo ya dos años frecuentando el archivo casi a diario para la obtención de datos de una Guía de Arquitectura que se inició en el COAR y que, tras el acuerdo de la Junta de enero del 2005 (sobre elhall y mi persona), asumí hacerla yo solo por mi cuenta y riesgo. José Miguel venía a buscar datos de edificios de Logroño para un trabajo que le había propuesto el DOCOMOMO, entidad nacional que se dedica a difundir y proteger el frágil patrimonio de la arquitectura racionalista o moderna. Dada nuestra larga amistad y mi confianza en su persona le dije que para facilitarle su tarea podía entender a su disposición todo mi trabajo de documentación realizado hasta la fecha dispuesto ya en las maquetas de prueba (ver foto).

Así pues, como durante la primera semana de julio iba a estar yo de vacaciones en Huelva me preguntó si le podía dejar mi trabajo durante esas fechas, a lo que accedí encantado con la única condición de que me lo devolviera al día siguiente de mi regreso porque me era imprescindible para seguir trabajando, corrigiendo, relacionando, etc.

Desde entonces no había vuelto a coincidir con José Miguel en el Archivo Municipal, y las únicas veces que le he visto ha sido de lejos en algún acto del COAR sin mediar otra palabra que algún saludo de cortesía. Pero durante este mes de noviembre me ha sido inevitable comprobar en el Archivo Municipal que José Miguel León solicitaba, para su consulta, largas listas de expedientes que no eran precisamente de arquitectura moderna y racionalista.

Por la circular relacionada con los temas de la próxima asamblea anual del COAR me entero de que entre los proyectos culturales del Colegio para el año que viene está el realizar un "Inventario de Arquitectura del siglo XX en La Rioja", e interesado sobre su autoría me han confirmado que el adjudicatario de dicho trabajo no es otro que José Miguel León.

Puestos a hacer un juicio personal ya sé que todos me van a decir que soy tonto por haber dejado mi trabajo antes de publicarlo; y lo acepto, pues el primero en decirlo soy yo. Pero no es un juicio personal lo que me interesa, sino un juicio moral de los hechos aquí expuestos. Un juicio que salga de los propios hechos y no de los atenuantes, agravantes o eximentes que a posteriori puedan ser tomados en consideración.

Por el título de la nota, y aunque el "fili" no sea del todo apropiado, puede verse que yo he emitido ya el mío.

lunes, octubre 16, 2006

62. GUÍAS CRUZIALES



Algunos arquitectos más o menos amigos o próximos que esperan que el año que viene se edite la Guía de Arquitectura de Logroño en la que he venido trabajando pacientemente durante los dos últimos años; y hasta el propio Colegio de Arquitectos que me la encargó y luego trató de que la abandonara, se van a llevar la sorpresa de que bien a la par, o incluso antes de que mi libro esté editado, van a poder tener en sus manos otra Guía de Arquitectura de Logroño o incluso dos.

De la primera de ellas pudieron tener noticia cuando a una Comisión de Cultura del COAR llegó la solicitud de ayuda de un historiador de Bilbao, Gorka Pérez de la Peña, pidiendo sugerencias y colaboración para elaborar listas de los posibles edificios más “interesantes” de la ciudad. Ignoro si alguien en el COAR le proporcionó la colaboración pedida, pero lo que sí es cierto es que paralelamente se le concedió una subvención para realizar un estudio sobre la obra de Rafael de Fontán (ver LHDn5)

Pero como las fuentes de datos no son muchas, enseguida empecé a tener noticia de la forma de trabajar de Gorka y finalmente ha sido inevitable coincidir personalmente con él en el Archivo Municipal de Logroño. Sus posiciones y las mías son tan distintas, que tan sólo la coincidencia en el mismo título de nuestros trabajos –Guía de Arquitectura-, pudiera inducir a algún inepto al error de confundirlas o compararlas.

A la vez que a Gorka, he tenido la suerte de conocer a su promotor editorial, el Director del Grupo Publicitario “Cruzial”, Ignacio González-Riancho Colongues, un hombre comunicativo y con las ideas muy claras en el campo del negocio y el marketing, por lo que no me queda duda alguna de que nuestros trabajos no tienen otra cosa en común que el título.

Por otra parte, en este verano del 2006 me llamó José Miguel León poco más o menos que disculpándose porque había recibido un encargo del Docomomo para elaborar un listado de los mejores edificios del siglo XX en La Rioja, y me pedía colaboración en cuanto a datos. Josemi tiene una larga tradición de recopilador, catalogador y seleccionador de nuestra arquitectura más notoria, y así lo demuestran las fichas que elaboró para el COAR hace ya más de treinta años, por lo que poco le iba yo a dar que no conociera de los edificios “interesantes” que a él le ocupan. De todos modos, la semana en que estuvimos de viaje en Milán (mayo del 2006), dejé en sus manos todo, absolutamente todo, el material que yo tenía elaborado. Cuando me lo devolvió intentó hacerme una crítica de mi forma de trabajar (incluso con algunos picajosos comentarios cargados de celos personales) pero no pasó a más porque enseguida se dio cuenta de que su crítica iba por un lado y mi trabajo por otro. Como desde entonces no he vuelto a hablar con Josemi, pues en las últimas veces que hemos coincidido siempre le he visto en la corte del COAR, no tengo ni idea de si el Docomomo editará esa “selección” dentro de algún libraco gordo a nivel nacional o si lo hará de una forma aislada como “Guía de Arquitectura Moderna de Logroño”.

Supongo que tanta Guía en tan poco tiempo nos va abrumar. Quizás sea un síntoma de que en arquitectura debemos estar tan desnortados que seguramente no necesitamos de una, sino de dos o tres guías. La de Josemi ya vendrá bendecida por el propio prestigio de su promotor, y a fe que el COAR se unirá al séquito. La de Gorka pertenecerá a una colección comercial, en la ya están editadas las de Santander y Bilbao (y en preparación también está la de Valladolid), y cuyo título pica muy alto: “Guías Cruziales”.

Para evitar los “cruzes” yo he empezado a buscar un título distinto para mi trabajo, aunque no sé si daré con él. Me sabe mal que me pisen el de “Guía”, pero quizás tenga que renunciar a guíar a nadie en materia de arquitectura. De todos modos, lo de “cruzial” nunca se me hubiera ocurrido.

miércoles, junio 28, 2006

38. PABLO ALVAREZ





Nada como tener una buena panorámica para darse cuenta del éxito o fracaso de una empresa. La página semanal de Arquitectura que el 2 de octubre de 1999 pactaron Pedro Moral, José Miguel León y Giovanni Muzio con el entonces director del diario La Rioja José María Esteban, ha llegado, según nos cuenta el periodista Pablo Alvarez el 17 de junio del 2006 desde la propia página, al número trescientos.

Como es sabido, el interés del periódico La Rioja por la arquitectura no era otro que el hecho de que la hija de José María Esteban se había puesto a estudiar arquitectura. He ahí a un buen padre. La pena es que no le aconsejara estudiar periodismo, porque así el mal se hubiera quedado en casa.

Leo en un prometedor libro del profesor Albert Casals Balagué titulado "La arquitectura, otro arte enfermo" (que ya comentaré cuando lo acabe, si es que se lo merece), que la infección que padece nuestro oficio se ha producido por un doble contagio procedente de transfusiones interculturales de dos disciplinas infecciosas, a saber: el arte y la filosofía. Pero, de entrada, ya no estoy de acuerdo. Si hay foco claramente infeccioso en nuestro panorama cultural, ese el periodismo (véase el inapelable e incontestado Informe Espada en elhAlln65 p1) por lo que estoy completamente seguro de que buena parte de los males que nos afectan (igual que a política, al deporte, etc.) tiene ese origen.

Mejores o peores, las primeras dieciséis entregas de esa página pactada de arquitectura fueron redactadas por arquitectos, y hasta la diecisiete no entró el periodismo en ella; al principio firmando como "Redacción", y en seguida con el nombre del periodista Pablo Alvarez, quien al parecer acababa de descubrir el interesante filón que suponen las selecciones bianuales del COAR para llenar papel sin mucho esfuerzo: cuatro fotos por aquí, un par de planos por allá , un mismo texto como de sorpresa y admiración con distintos nombres cada vez, y dale a la manivela una y otra semana.

Durante las siguientes ochenta entregas, y mientras elhAll colegial languidecía, aún se pudo encontrar alguna que otra reflexión arquitectónica por parte de los más entusiastas colaboradores, algunas de ellas memorables, como la que hizo Gerardo el 24 de nov del 2001 sobre "La moda de las cancelas forjadas". Fue en esa época cuando Giovanni Muzio me dijo que si quería seguir colaborando con la página de La Rioja tendría que escribir textos mucho más breves, y a poder ser fragmentados, pues, al parecer (eso ya no me lo decía Giovanni), y según los criterios periodísticos al uso, razonar sostenidamente debe ser peligroso para la salud de los lectores de periódicos. Yo me tomé la embajada del entonces coordinador cultural del COAR como una ofensa y ya no volví a escribirles ni una línea más. Por la misma senda, fueran cuales fuesen sus razones, debieron de ir saliendo el resto de colaboradores mínimamente inteligentes, mientras que Pablo Alvarez, se convertía en el campeón absoluto de la página muy por encima de Pablo G. Mancha, P.A.L o Jorge Alacid, que también firmaron algunas.

Ironizando sobre su infecciosa labor, en cierta Comisión de Cultura comenté la posibilidad de dar a este periodista el título de "colegiado honoris causa", pero para mi sorpresa, alguno de los compañeros de aquella comisión no lo vieron como una broma de mal gusto sino como una propuesta factible...; así que me quedé con la preocupación de que algún día lo hicieran. Aprovechando que uno de los que no entendieron la broma está ahora en la Junta de Gobierno, y que esa página de La Rioja nunca ha sido tan servil a la Junta como ahora (sólo hay que ver cómo trató el tema de las últimas elecciones /v LHDn3) no me extrañaría nada que pronto lo tuviéramos de "compañero", o mejor dicho, que lo tuvieran de compañero todos esos arquitectos a los que les hace publicidad dándoles grasilla por el hecho de hacer una arquitectura, o más bien unas "fotos de arquitectura" que se acercan a la "pose cultural" de lo que la arquitectura significa para cierta progresía.

Un pose que, como suele ser normal en los progres, le lleva a despreciar al grueso de la profesión : "estos siete años no han sido un periodo como otro cualquiera (…) lo cierto es que los resultados son bastante desoladores: la calidad media de lo que se hace tira a deplorable". Ya en plan elitista, Pablo Alvarez nos regala otra perla preciosa para que nos enteremos de cómo se produce nuestra ciudad: "Logroño en estos años ha sido un ejemplo bien evidente de lo que está pasando en España. Los poderes públicos apenas cuentan en estas cosas: el sector privado decide qué se urbaniza y cuándo se hace. Así se explica el crecimiento desorbitado hacia el Sur a base de Planes Parciales relámpago…".

Ahora ya no es broma: si no le hacen "colegiado honoris causa" seguro que la Junta de Domingo se estará planteando, cuando menos, hacerle un homenaje. Al tiempo.