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miércoles, septiembre 19, 2007
EL CASO QUINTÍN
En la sui géneris historia de los arquitectos de Logroño que voy haciendo en este blog me había quedado antes de vacaciones en Quintín Bello, al que llamé el quinto arquitecto de Logroño. Además de acercarme a él a través de su obra (v nLHD065 y nLHD070), había comentado que Quintín fue también un "caso" pues se aprovechó de algunas cosas de Barrón haciéndolas pasar como suyas, y en los años veinte tuvo un expediente disciplinario en el Ayuntamiento que le dejó en suspenso durante dos años como arquitecto municipal.
De regreso de vacaciones y ante el panorama de investigación que recuerdo del anterior consistorio y las perspectivas que veo en el nuevo (mi Guía lleva tres meses encerrada en alcaldía sin que sepan qué hacer con ella…) me quedan muy pocas ganas de volver a pensar en esta ciudad y de seguir regalando información a través de este blog. Pero el caso es que el otro día pasé por el Archivo Municipal a saludar a los buenos amigos que he hecho allí durante los últimos años, e Isabel Murillo me contó que tenía nuevos datos sobre el caso Quintín.
El trabajo de los archiveros no es la investigación, pero siendo tan generosos como son los del Archivo de Logroño y teniendo el material tan a mano, en cuanto ven algo que nos pueda interesar nos lo cuentan de inmediato para que nos animemos a hincarle el diente. Ya siento que sus jefes políticos me desanimen y que no sea yo quien vaya a hacer gratis el trabajo para los nuevos señoritos, pero por lo menos, y en deferencia a quien me pasó la información voy a contarla por si hubiera alguien menos quemado y más voluntarioso que yo que quisiera seguir alguna vez esta línea de trabajo.
Durante las largas vacaciones de este verano, Isabel Murillo ha encontrado un par de cajas en el IGE del archivo que contienen los informes del contencioso y posterior persecución a que fue sometido Quintín Bello en los comienzos de su carrera como arquitecto municipal por parte del promotor y concejal Bergasa, a causa de los continuos informes desfavorables que el arquitecto venía haciendo respecto a unas promociones que éste y su hermano pretendían realizar en la nueva zona de ensanche de la ciudad (actual Calvo Sotelo) por no ajustarse al plano de alineaciones vigente. Por lo que desprenden a primera vista los papeles parece que los Bergasa se la juraron a Quintín y que aprovechándose de la concejalía que detentaban le quisieron buscar las cosquillas a la mínima. Un pequeño desajuste en una certificación de las cubiertas del matadero fue el detonante del primer expediente contra Quintín, y como no pudieron con él, al poco de ello el propio Bergasa llegó a pedir que se amortizara la plaza de arquitecto municipal de Logroño porque no la veían rentable para el Ayuntamiento.
Isabel sospecha que esta persecución inicial contra Quintín y el posible mal carácter del arquitecto, puesto de manifiesto en la forma en que redactaba sus informes, pudieron ser las claves de su irregular carrera profesional; pero todo ello, me asegura, no son más que conjeturas suyas que deberían ser investigadas con paciencia por algún constructor de nuestra historia.
Sí, construir nuestra historia, digo. La historia de la ciudad es el cimiento de nuestra vida social, de nuestra cultura, de las calles, los edificios, de nuestra forma de actuar. La documentación está ahí, al menos en buena parte; pero sin leerla, interpretarla y contarla con gracia y rigor, la ciudad que vivimos está como en el aire, o en el fango. Sin cimientos. No es extraño por ello que los edificios se caigan con tanta facilidad y que quienes guían esta ciudad sólo sueñen en correr hacia el futuro manteniendo las fachadas del pasado.
(Leo en la prensa que los socialistas-regionalistas van a peatonalizar de inmediato la calle Bretón de los Herreros que dejaron a medias los populares. Qué error. La misma tontería de siempre: destruir la variedad y riqueza de la accesibilidad y servicios de la calle a base de gastar en pavimentos carísimos. Romper la homogeneidad del tejido urbano para presumir de populismo anticoches. Provincianismo puro y duro ¿Cómo no voy a caer yo este año en la tentación de mirar para otro lado y olvidarme durante un tiempo de Logroño? Pasar olímpicamente de contar cosas de esta ciudad…)
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domingo, julio 08, 2007
EL LOGROÑO DE LUIS DIEZ DEL CORRAL
.
La primera vez que vi un título así fue en Moscú. Las agencias organizaban tours por los lugares donde habían vivido los grandes poetas y escritores del siglo XIX o los escenarios que tuvieran alguna relación especial con ellos y sus obras. Parecían destinados al consumo interno pues el desinterés de los turistas occidentales de medio pelo era evidente.
Hace unas semanas vino a Logroño una hija de Luis Diez del Corral, Teresa, y me dijo que quería ver la plaza o parque que le habían dedicado a su padre, y entonces yo le dije que al hacer la Guía había descubierto algunos otros lugares ligados a su vida que quizás le pudieran interesar. Al día siguiente hicimos un agradable recorrido por todos ellos y pensé que este blog sería un buen medio para contarlo. No creo que haya apenas nadie interesado en un tour así, pero algún día volveré a poner aquí cosas de mi tío para demostrar que algunos de sus libros tienen más vigencia que las placas y homenajes que le tributaron nuestras instituciones al final de sus días.
Luis Diez del Corral logroñeses hubo dos, padre e hijo. Del padre (LDdC Bravo) ya nadie se acuerda pero fue el fundador de los Sindicatos o Sociedades Agrícolas Católicas en La Rioja y como tal fue el promotor y avalista de su sede en la calle Calvo Sotelo 11, construida por el arquitecto Marcelino de Arrupe en 1924. El edificio ha sufrido varias reformas interiores pero su exterior ha llegado tal cual hasta nuestros días.

Según su nieta, el aval le debió de costar caro porque se arruinó con él, pero gracias a su andadura sociopolítica consiguió ser nada menos que Gobernador Civil de Salamanca. De allí pasó a Jaén (o viceversa) acabando sus días en Madrid donde, en 1936, los amigos de los amigos de la memoria histórica se lo llevaron de su casa y acabaron con su vida y su rastro. Nunca se supo más de él.
En vista de lo visto, su hijo, LDdC Pedruzo, se refugió en la Embajada de Chile donde coincidió con Sánchez Mazas, y a diferencia de éste, que cruzó las líneas y se pasó a la acción, acabando casi como contaba Cercas, mi tío (o para ser más exacto, primo segundo) se pasó la guerra traduciendo El Archipiélago de Hölderlin, y luego, acabada ésta, tuvo una larga y exitosa vida académica en Madrid donde alumbró una obra muy variada, muy prestigiada y poco leída.
Veinticuatro años antes de todo esto, LDdC Pedruzo había nacido en la casa n. 11 de Vara de Rey, donde a comienzos de los ochenta el alcalde Manolo Sainz le colocó una placa homenaje (más bien un lápida) para significar el lugar.


La casa, obra de Luis Barrón en 1892 para los hermanos Bergasa, cayó al poco tiempo de ponerle la lápida y fue sustituida por el edificio de José Ignacio Rodríguez que puede verse ahora y que me parece mejor no mostrar aquí para no dañar su memoria.
El nacimiento de Luis hijo coincidió con la iniciativa de Luis padre de construir una casa de su propiedad en lo que hoy es la Avenida de Navarra 16, casa que subsiste aún, pero tan venida a menos, que casi da pena verla.

El proyecto se lo hizo Francisco de Luis y Tomás en febrero de 1911 y por los planos que he podido ver no tuvo mayores lujos decorativos (mis antepasados siempre fueron gente austera, comentó la nieta); en todo caso, en la foto de los años veinte que puede verse en mi Guía de Arquitectura de Logroño, algo más de dignidad que ahora ya tenía.
La primera vez que vi un título así fue en Moscú. Las agencias organizaban tours por los lugares donde habían vivido los grandes poetas y escritores del siglo XIX o los escenarios que tuvieran alguna relación especial con ellos y sus obras. Parecían destinados al consumo interno pues el desinterés de los turistas occidentales de medio pelo era evidente.
Hace unas semanas vino a Logroño una hija de Luis Diez del Corral, Teresa, y me dijo que quería ver la plaza o parque que le habían dedicado a su padre, y entonces yo le dije que al hacer la Guía había descubierto algunos otros lugares ligados a su vida que quizás le pudieran interesar. Al día siguiente hicimos un agradable recorrido por todos ellos y pensé que este blog sería un buen medio para contarlo. No creo que haya apenas nadie interesado en un tour así, pero algún día volveré a poner aquí cosas de mi tío para demostrar que algunos de sus libros tienen más vigencia que las placas y homenajes que le tributaron nuestras instituciones al final de sus días.
Luis Diez del Corral logroñeses hubo dos, padre e hijo. Del padre (LDdC Bravo) ya nadie se acuerda pero fue el fundador de los Sindicatos o Sociedades Agrícolas Católicas en La Rioja y como tal fue el promotor y avalista de su sede en la calle Calvo Sotelo 11, construida por el arquitecto Marcelino de Arrupe en 1924. El edificio ha sufrido varias reformas interiores pero su exterior ha llegado tal cual hasta nuestros días.

Según su nieta, el aval le debió de costar caro porque se arruinó con él, pero gracias a su andadura sociopolítica consiguió ser nada menos que Gobernador Civil de Salamanca. De allí pasó a Jaén (o viceversa) acabando sus días en Madrid donde, en 1936, los amigos de los amigos de la memoria histórica se lo llevaron de su casa y acabaron con su vida y su rastro. Nunca se supo más de él.
En vista de lo visto, su hijo, LDdC Pedruzo, se refugió en la Embajada de Chile donde coincidió con Sánchez Mazas, y a diferencia de éste, que cruzó las líneas y se pasó a la acción, acabando casi como contaba Cercas, mi tío (o para ser más exacto, primo segundo) se pasó la guerra traduciendo El Archipiélago de Hölderlin, y luego, acabada ésta, tuvo una larga y exitosa vida académica en Madrid donde alumbró una obra muy variada, muy prestigiada y poco leída.
Veinticuatro años antes de todo esto, LDdC Pedruzo había nacido en la casa n. 11 de Vara de Rey, donde a comienzos de los ochenta el alcalde Manolo Sainz le colocó una placa homenaje (más bien un lápida) para significar el lugar.


La casa, obra de Luis Barrón en 1892 para los hermanos Bergasa, cayó al poco tiempo de ponerle la lápida y fue sustituida por el edificio de José Ignacio Rodríguez que puede verse ahora y que me parece mejor no mostrar aquí para no dañar su memoria.
El nacimiento de Luis hijo coincidió con la iniciativa de Luis padre de construir una casa de su propiedad en lo que hoy es la Avenida de Navarra 16, casa que subsiste aún, pero tan venida a menos, que casi da pena verla.

El proyecto se lo hizo Francisco de Luis y Tomás en febrero de 1911 y por los planos que he podido ver no tuvo mayores lujos decorativos (mis antepasados siempre fueron gente austera, comentó la nieta); en todo caso, en la foto de los años veinte que puede verse en mi Guía de Arquitectura de Logroño, algo más de dignidad que ahora ya tenía.

martes, mayo 08, 2007
SOS SAGASTA (DE NUEVO)

Me paran por la calle en mi condición de arquitecto para contarme un asunto bastante escandaloso relacionado con mi profesión, o mejor dicho, con la ausencia de mi profesión. La Asociación de Padres de Alumnos del Instituto Sagasta (ese edificio-institución del que un periodista diría que ha sido durante un siglo el buque insignia de la educación en Logroño) ha puesto el grito en el cielo ante el mal estado del edificio y la necesidad de una rehabilitación integral. Y como los profes del Instituto dicen que ellos están allí como de prestado, pues los padres se han tenido que mover hacia más altas instancias a ver quién se hace cargo de la reforma.
El Director General y el Consejero recibieron bien la propuesta popular (que para eso estamos en campaña electoral/ por cierto ¿cuándo no lo estamos?) y entrambos se pusieron en contacto con el arquitecto de la Oficina de Obras de la Consejería, supongo que el joven y voluntarioso Miguel Fernández Rueda, quien esta vez dijo que con el trabajo que día a día tiene sobre la mesa, un proyecto así le desbordaba, y que habría que contratarlo en la calle. Hasta ahí todo bien, pero…, en vez de encargar un proyecto (¿a quién?¿con qué presupuesto?¿con qué idea?) lo que han hecho para “ganar tiempo” es sacar a concurso por doce mil euros un estudio general del estado del edificio, y… (ahora viene lo peor) las empresas invitadas al concurso han sido… ¡tres ingenierías!
Se lo han adjudicado a una de ellas y en esas estamos. Y de ahí viene el abordarme en la calle: “teníamos pensado ir al Colegio de Arquitectos a plantear el asunto –me explican- pero ya que te hemos visto te lo preguntamos a ti: ¿no tenéis nada que decir los arquitectos ante este olvido de vuestra profesión? Una ingeniería podrá hacer un estudio del estado de las instalaciones eléctricas o de la calefacción a las órdenes y servicio del arquitecto que tenga que tomar las decisiones sobre la reorganización general del edificio, pero ¿tiene sentido gastar el dinero en esos informes sin dirección y sentido alguno?”
La respuesta es tan evidente que me da vergüenza decirla, sobre todo por lo repetida que es aquí: la arquitectura está que da pena; y tratar con arquitectos mediante las múltiples trabas que la administración se pone a sí misma es todo menos sencillo. A falta de crítica y cultura general sobre la calidad de los edificios y la ciudad, todo es sortear trabas administrativas, y dar contento a los periodistas de vez en cuando con encargos estrella, así que hasta tomar la decisión final sobre el edificio, es lógico que los responsables den largas al asunto. Quién sabe, igual ya no están en el sillón después de las siguientes elecciones y un muerto que se quitan de encima por doce mil euros.
Pero al margen de ese comentario decepcionante, también tengo que decir que el hecho de que haya gente como la de esa Asociación de Padres del Instituto Sagasta, que demandan arquitectura, es un rayo de esperanza.
……………………………………………………………………………………..
Pensándolo luego, me doy cuenta que el asunto no me es tan ajeno como yo creía pues a mediados de los ochenta tuve yo un encargo similar pero al revés. Como el arquitecto de la Oficina de Obras de la entonces Delegación Provincial de Educación estaba de baja, recibí el encargo de proyectar y dirigir unas obras menores en la Escuela de Artes y Oficios, edificio de una envergadura similar o superior al del Instituto, y como detecté que con obras menores cada año, estos edificios acaban arruinándose a parches, por el precio de una obra menor me atreví a realizar propuestas generales en las que las pequeñas obras que tenía que realizar tuvieran alguna coherencia. Hay que ser muy joven y muy ingenuo para hacer esas cosas, pero es que veinte años atrás aún tenía fe en la arquitectura y en los organismos públicos.
(El título de este post obedece a que a comienzos del 2004 publiqué un par de artículos, titulados SOS SAGASTA, uno en elhall (n 77 de enero del 2004) y otro en Piedra del Rayo (n 12). La amenaza de entonces era otra, pero el peligro parecido).
El Director General y el Consejero recibieron bien la propuesta popular (que para eso estamos en campaña electoral/ por cierto ¿cuándo no lo estamos?) y entrambos se pusieron en contacto con el arquitecto de la Oficina de Obras de la Consejería, supongo que el joven y voluntarioso Miguel Fernández Rueda, quien esta vez dijo que con el trabajo que día a día tiene sobre la mesa, un proyecto así le desbordaba, y que habría que contratarlo en la calle. Hasta ahí todo bien, pero…, en vez de encargar un proyecto (¿a quién?¿con qué presupuesto?¿con qué idea?) lo que han hecho para “ganar tiempo” es sacar a concurso por doce mil euros un estudio general del estado del edificio, y… (ahora viene lo peor) las empresas invitadas al concurso han sido… ¡tres ingenierías!
Se lo han adjudicado a una de ellas y en esas estamos. Y de ahí viene el abordarme en la calle: “teníamos pensado ir al Colegio de Arquitectos a plantear el asunto –me explican- pero ya que te hemos visto te lo preguntamos a ti: ¿no tenéis nada que decir los arquitectos ante este olvido de vuestra profesión? Una ingeniería podrá hacer un estudio del estado de las instalaciones eléctricas o de la calefacción a las órdenes y servicio del arquitecto que tenga que tomar las decisiones sobre la reorganización general del edificio, pero ¿tiene sentido gastar el dinero en esos informes sin dirección y sentido alguno?”
La respuesta es tan evidente que me da vergüenza decirla, sobre todo por lo repetida que es aquí: la arquitectura está que da pena; y tratar con arquitectos mediante las múltiples trabas que la administración se pone a sí misma es todo menos sencillo. A falta de crítica y cultura general sobre la calidad de los edificios y la ciudad, todo es sortear trabas administrativas, y dar contento a los periodistas de vez en cuando con encargos estrella, así que hasta tomar la decisión final sobre el edificio, es lógico que los responsables den largas al asunto. Quién sabe, igual ya no están en el sillón después de las siguientes elecciones y un muerto que se quitan de encima por doce mil euros.
Pero al margen de ese comentario decepcionante, también tengo que decir que el hecho de que haya gente como la de esa Asociación de Padres del Instituto Sagasta, que demandan arquitectura, es un rayo de esperanza.
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Pensándolo luego, me doy cuenta que el asunto no me es tan ajeno como yo creía pues a mediados de los ochenta tuve yo un encargo similar pero al revés. Como el arquitecto de la Oficina de Obras de la entonces Delegación Provincial de Educación estaba de baja, recibí el encargo de proyectar y dirigir unas obras menores en la Escuela de Artes y Oficios, edificio de una envergadura similar o superior al del Instituto, y como detecté que con obras menores cada año, estos edificios acaban arruinándose a parches, por el precio de una obra menor me atreví a realizar propuestas generales en las que las pequeñas obras que tenía que realizar tuvieran alguna coherencia. Hay que ser muy joven y muy ingenuo para hacer esas cosas, pero es que veinte años atrás aún tenía fe en la arquitectura y en los organismos públicos.
(El título de este post obedece a que a comienzos del 2004 publiqué un par de artículos, titulados SOS SAGASTA, uno en elhall (n 77 de enero del 2004) y otro en Piedra del Rayo (n 12). La amenaza de entonces era otra, pero el peligro parecido).
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sábado, abril 14, 2007
EL COLEGIO DE LA ENSEÑANZA


Decía hace unos días a propósito de este importante edificio de Francisco de Luis y Tomás (v nLHD 019) que su historia tiene dos fases completamente divergentes: lo que él construyó, con vocación de hacer ciudad; y lo que se construyó después de la guerra, como un conglomerado amorfo y ajeno al perímetro urbano. Como no sé muy bien si esa precipitada valoración es del todo verdadera, voy a intentar documentar bien todas las fases de construcción de este colegio para juzgar mejor.
Como puede verse en el plano de 1893 (foto 1 derecha) la fundadora madre Teodora Ureta y el arquitecto Francisco de Luis se pusieron de acuerdo en ubicar el primer convento-colegio (inaugurado el 30 de septiembre de 1889) más abajo de la embocadura de la actual Avenida de Viana, calle que según el plano de Ensanche de Hijón estaba previsto que continuara hacia el Este (foto 1 izq). Así pues, el largo pabellón de ampliación que el mismo arquitecto hizo en 1902 contiguo al anterior y hacia el Sur (foto 2) fue un duro golpe para la prolongación de la Avenida de Viana y el crecimiento armónico de la ciudad hacia ese costado.
Además, y a causa de ello, el arquitecto municipal Luis Barrón tuvo que hacer una corrección de alineaciones de la calle capitán Gaona en el año 1905 por el quiebro que Francisco de Luis había hecho con esta ampliación.La presencia del Colegio sobre la calle se duplicó pero perdió unidad. Las dos fases tenían su propia entrada por sus centros geométricos y la única forma de mantener la continuidad entre uno y otro fue el uso de la serie indefinida de ventanas góticas (v foto en nLHD 019). La fotografía de la trasera de los dos edificios da buena cuenta de las dimensiones de las dos fases (foto 3).

El incendio de marzo de 1936 causado por la hordas republicanas y marxistas (uso aquí los términos que emplea Agapito del Valle en las memorias sus proyectos), dañó bastante más el ala vieja (donde estaba la iglesia) que la nueva, así que cuando en 1940 las monjas y Agapito acometieron la reconstrucción empezaron por esta parte y dejaron en ruinas la antigua. De 1940 hay en el AML un pequeño proyecto de Agapito del Valle que plantea un rasgado de los huecos de la fachada del edificio de 1902 en el que se proponen huecos rectangulares, dando así por concluidos “los años del gótico”. Pero inmediatamente después, el propio Agapito acometió la construcción de un pabellón perpendicular a este ala y una iglesia en la bisectriz de las dos, del que no he podido encontrar el proyecto ni en el ayuntamiento ni en el colegio. De todos modos puedo garantizar la paternidad de Agapito pues entre los papeles que me enseñaron las monjas había un certificado suyo firmado el 21 de mayo de 1944 en el que da por concluidas las obras de construcción de un pabellón de nueva planta. Es un pabellón extraño (foto 4 arriba), con una cubierta rematada con agujas que se cruza cerca del encuentro con el pabellón viejo para marcar un eje que no viene a cuento, y que en planta baja (invisible desde el exterior por la tapia alta) crea una zona porticada nuevamente gótica (?).
Está claro que con esta construcción se condenaba definitivamente al primer edificio (hay una foto posterior a la guerra tomada desde la cubierta del edificio de la policía en la que parece que hubiera sido perfectamente factible una reconstrucción) y que el Colegio empezaba a mirar más hacia dentro de la parcela que hacia su presencia en la calle.En 1953, Agapito del Valle construye o refuerza unas solanas en el pabellón de las novicias (que era el que hacía de charnela entre el viejo convento y el nuevo) y en 1958 las monjas cambian de arquitecto, encargando a Rafael Gil Albarellos las reformas interiores que acometen por entonces en varias zonas del convento.No he podido saber la fecha de la demolición definitiva del viejo convento, ni el momento y el autor del cambio definitivo de la fachada a Capitán Gaona. Las monjas me han contado que en los años sesenta una madre superiora se cansó de repintar sus fachadas y decidió poner el cara vista crema que luce hasta ahora (foto 5 arriba). 
Si la unidad del edificio estaba ya rota, la ampliación que les hicieron Marquet y Zulaica en 1979 (foto 4 abajo a la izquierda) con entrada por la peatonal avenida de la Constitución (¡vaya callecita!) dejó al colegio convertido en un conjunto de retales. No hace mucho que tuve que oir de boca de un arquitecto local “muy bien considerado” que Marquet y Zulaica lo hicieron muy bien en nuestra ciudad… (ay ay ay… me callé para no enfadarme con más compañeros…). Por cierto, con motivo de esa ampliación se derribó el pabellón charnela entre las dos viejas fases del Colegio a Capitán Gaona, y Marquet y Zulaica adornaron el testero con esas dos ventanas góticas que se pueden ver en él. Vuelve el gótico… ¡ele! (foto 5 abajo).
De los años setenta hay en el Colegio un levantamiento general de planos firmado por un delineante llamado A.Ruiz, y desde finales de los noventa las obras de reforma y de “modernización” interiores (con algunos detalles exteriores como la puerta del colegio y varios colorines) las viene haciendo el arquitecto Antonio Fernández Martín-Bilbatúa.
Como es normal en estos casos, a la madre superiora le dejé caer la preguntita de qué tal van las ofertas de las inmobiliarias para tirar todo el colegio y seguir la senda de los maristas. Y…, como es normal en estos casos, no soltó prenda, claro, pero junto con las pícaras risitas de rigor me dijo que la ciudad se está quedando sin población por esta zona… Ya, ya…, (me dije por lo bajo), por eso hacen ofertas las inmobiliarias…
Lo que está claro es que, si el derribo de un estupendo edificio no ha supuesto ningún obstáculo para que los Maristas se vayan de la ciudad, la calidad arquitectónica y urbana del actual collage de edificios de la Enseñanza parece más bien un acicate.
sábado, abril 07, 2007
PARA UN PASEO POR LA ARQUITECTURA DE LUIS BARRON EN LOGROÑO





Fede Soldevilla recogió el guante que le eché en LUIS BARRON/2 (ver 008 del Nuevo LHD) y se ha animado a organizar un paseo matutino y dominical de los Amigos de la Rioja con la documentación que allí dejé puesta para el día 29 de abril (festividad de San Pedro Mártir de Verona, patrón de mi pueblo, Anguciana).
Claro que…, no contento con mi colaboración, me pidió que le acompañara y diera explicaciones a los posibles asistentes… Ah, ah, ah, eso ya no, eso ya no; a menos que…, bueno, a menos que el paseo colectivo sirva también para cambiar los hábitos y evitar el BORREGOTURISMO. Igual matamos dos (o tres) pájaros de un tiro.
Para ello me he visto obligado a redactar el texto que sigue. Un texto pensado para que los visitantes lo lean detenidamente antes de la visita, aunque como muchos de los paseantes no tendrán internet, está pensado también para repartirlo en fotocopias y que lo lean después.
Resumo lo de los tres pájaros a matar:
1) no hacer borregoturismo
2) evitar el coger a la arquitectura por los estilos (al rábano por las hojas)
3) conocer la obra de Luis Barrón
PARA UNA VALORACIÓN DE LA ARQUITECTURA DE LUIS BARRON EN LOGROÑO
La primera pregunta que toda persona inicialmente interesada por la arquitectura se suele hacer respecto a un edificio que contempla y desea valorar es “de qué estilo es”. La causa de que se haga esa pregunta, y no otra, estriba en que los historiadores les han enseñado la arquitectura (y el arte en general) como una colección de objetos catalogados u organizados por unos “estilos” que más o menos se corresponden con unas épocas y unas formas decorativas.
Pues bien, como arquitecto, es decir, como experto en arquitectura y no en historia, yo les invito a Vds en la visita de hoy a olvidarse para siempre de esa pregunta: porque Vds han venido a ver arquitectura, no a estudiar historia. Y además porque esa “catalogación histórica” esa clasificación por “estilos” suele hacerse por lo general atendiendo a detalles menores de la arquitectura, es decir, a elementos superficiales, a detalles ornamentales o decorativos.
Desde hace casi un siglo los estudios y las teorías de la arquitectura ya dejaron atrás esa visión tan superficial de la misma para interesarse por la totalidad orgánica del edificio, por su estructura tipológica, su organización espacial, la calidad de sus espacios, volúmenes y elementos de composición, o por su inserción urbanística. Y sin embargo, los historiadores no se enteran (llevan un siglo de retraso) y siguen enseñando la arquitectura como una sucesión de estilos más o menos decorativos. Y como el calado social de la historia del arte impartida en las enseñanzas medias es tan poderoso, la gente que quiere acercarse a contemplar un edificio sigue haciéndose la maldita pregunta de los estilos y se queda tan contenta.
Lo mejor que pudiera ocurrir en el recorrido arquitectónico y urbano de hoy es que Vds corrigieran esa forma de ver y valorar la arquitectura. Y si la obra de Luis Barrón nos pudiera ayudar en ello, no me cabe duda de que el día va a ser muy provechoso y le vamos a estar muy agradecidos.
……………………………………………………………………………............
Bueno, lo primero que hay que decir sobre Luis Barrón es que en Logroño apenas nadie se ha interesado por su arquitectura, y que los pocos historiadores que lo han hecho han pasado de largo, porque Barrón vivió en una época de confusión y mezcolanza de estilos llamada por la historia, “eclecticismo”, que antecedió a esa otra época decorativa más novedosa que todos conocen como “modernismo” -la de Gaudí, para entendernos, o en buena parte, la de Fermín Alamo, para entendernos a nivel local. Los pocos historiadores que se han acercado a la arquitectura en nuestra ciudad han reparado mucho más en la arquitectura de Fermín Alamo que en la de Luis Barrón, y sin embargo, y a botepronto, yo no me atrevería a poner a uno por encima del otro. Pertenecen a dos generaciones diferentes: la obra de Barrón abarca tres décadas: desde 1880 a 1910, y la obra de Alamo las tres siguientes: desde 1910 a 1936 (año en que como todos Vds. saben, muere por accidente). Y sus problemas van a ser distintos.
Barrón se pone a trabajar en una ciudad que acaba de romper el cascarón - metafóricamente hablando: que acaba de salir de la muralla. Antes que Luis Barrón, otros dos arquitectos habían hecho ya sus aportaciones a ese proceso de transformación y modernización de la ciudad: Maximiano Hijón y Francisco de Luis y Tomás. (Espero que Fede Soldevilla les prepare también un par de paseos por su obra). Y entre Luis Barrón y Fermín Alamo, otros dos arquitectos trabajaron también en la ciudad dejando una huella importante: Agustín Cadarso y Quintín Bello.
En seis nombres se resume la importante pero tortuosa transformación de Logroño, de ciudad medieval a la ciudad burguesa, y la primera época de los arquitectos Se los pongo por orden, a fuer de ser pedagógico:
Maximiano Hijón
Francisco de Luis y Tomás
Luis Barrón
Agustín Cadarso
Quintín Bello y
Fermín Alamo.
En los años de esplendor de Fermín Alamo, es decir, en los años veinte, iniciarán su carrera otros dos importantes arquitectos logroñeses, Agapito del Valle y Gonzalo Cadarso, pero esa es otra historia que contaremos otro día, pues tiene continuidad después de la Guerra Civil.
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Situado Luis Barrón en el contexto y devenir de los arquitectos de la ciudad, lo primero que cabe hacer es ver el conjunto de su obra en el planito que se adjunta y en el listado que se ofrece (v 008 en Nuevo LHD). Impresionante ¿verdad? Podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de un gran legado. Un legado, que como es lógico y natural se va perdiendo y transformando, pero que aún tenemos la suerte de contemplar hoy; y con el que aún tenemos la oportunidad de aprender arquitectura a día de hoy.
Ya sé que una vez conocida y apreciada su obra, muchos de Vds van a clamar porque se conserve y se embalsame para que la puedan conocer y contemplar nuestros hijos y nuestros nietos; pero ya lo siento, ya siento mucho decepcionarles, pero yo no soy de esa cuerda. Mi posición ante la vida y la historia es otra: lo que hay que transmitir a nuestros hijos y nietos no son momias sino valores. Mientras gozamos de los restos que de esa obra nos ha llegado, aprendamos todo lo que podamos de ella e intentemos hacer nuestros esos valores y transmitirlos. No es momento de entrar en honduras pero me gustaría decirles que la gracia de la arquitectura es que es un arte más vivo que la pintura o la escultura, más íntimo y más humano. ¿Y saben por qué? pues porque también muere. Porque a pesar de que se haga con voluntad de perennidad no escapa a la muerte, o escapa a ella con más dificultad que la pintura y la escultura. Y porque siendo así, se tiene que enfrentar a la muerte igual que nos tenemos que enfrentar nosotros: con la mayor dignidad posible. Transmitiendo lo aprendido, y no dramatizando. No lloriqueando.
Bueno, pues disfrutemos de la obra de Luis Barrón que aún podemos ver hoy en esta agradable mañana y aprendamos de Barrón, que para eso estamos.
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Durante la segunda mitad del siglo XIX y mientras caen esos cinturones de piedra que defendían y encorsetaban los cascos antiguos, se producen dos fenómenos arquitectónicos y urbanísticos absolutamente relevantes:
1) la configuración de un tipo nuevo de casa, y
2) la aparición de los nuevos equipamientos urbanos.
Ese es el momento que vive Luis Barrón y así es como hay que situar su trabajo.
En las ciudades con mayor crecimiento demográfico esas dos nuevas piezas arquitectónicas toman todo el protagonismo en los así llamados “ensanches burgueses”, pero Logroño no tuvo en esa época un gran empuje industrial y demográfico que le permitiera crear esas mallas de calles ortogonales de la nueva ciudad burguesa en las afueras de las murallas, y se tuvo que conformar con hacer un proceso más lento y modesto, y hasta podríamos decir, en mayor simbiosis con el casco antiguo existente.
Al no ser capaz de generar un ensanche exterior a su casco antiguo los arquitectos de Logroño fueron metiendo las nuevas casas burguesas -con planta en alforjas y fachadas de miradores-, en la gran calle Portales, en los huecos que fue dejando el derribo de la muralla y en las salidas del casco antiguo. Y ahí es donde vamos a encontrar la obra de Luis Barrón.
Al no generarse un ensanche, digo, Luis Barrón pensó en transformar el propio Casco Antiguo en lo más parecido a un “ensanche”, es decir, “ensanchando” sus calles (valga la redundancia) y creando sobre su callejero una malla lo más regular y ortogonal posible. Y esa es la esencia de su obra urbanística más importante: el Plano de Alineaciones de 1893 -que durante estos meses puede verse en la Iglesia de Palacio dentro de la Exposición La Rioja Tierra Abierta. (También puede verse publicado, aunque con muy mala impresión en la p 54 de la guía “Arquitectura de Logroño” del COAR).
No es momento de hacer una valoración de ese plano y de sus consecuencias, sino de entenderlo a la luz de lo que vengo diciendo. Y de entenderlo también como continuación de la obra emprendida anteriormente por Francisco de Luis y Tomás, esto es, la reordenación de la calle Portales y la creación de la calle Sagasta.
En esas dos calles podemos ver unas cuantas de las casas de Luis Barrón, y por supuesto, en los “Muros”. Tienen sus números en el listado para ir viéndolas, datándolas y comparándolas. Y más allá de los muros, en la Avda de Portugal y en los inicios de Calvo Sotelo y de Vara de Rey, es decir, en lo que pudieran ser los comienzos de un ensanche de verdad que no llegaría a cuajar, podemos aún contemplar las últimas casas que edificó Luis Barrón. Siempre ordenadas: con sus balcones, sus miradores, sus cornisas y sus portales, dispuestos según una geometría que se aleja de la espontaneidad más o menos popular de las casas del casco antiguo y con unas plantas en profundidad.
Junto a esa parte importante de su trabajo (las casas) vemos también lo más notorio de su producción, los edificios públicos (los después llamados “equipamientos”): el Instituto, el Matadero, la Tabacalera, el Almacén de la Tabacalera, y los desaparecidos almacenes Municipales (Bomberos) -que construyó ya Quintín Bello copiando sus planos (v LHDn73).
Y otra vez el mismo orden, el mismo empaque, la misma arquitectura que obedece a un principio de sujeción geométrica, por encima del cual las ventanas pueden ser así o asá, las rejas de los balcones más o menos historiadas, las cornisas más finas o más toscas, los paramentos más o menos modulados con cornisas, pilastras o cornisas, pero todos esos detalles, insisto, que a veces dependen de la suerte y de la colaboración de los gremios o del interés del promotor, son menos importantes arquitectónicamente que ese orden, y ese rigor geométrico que subyace en toda su obra. Ese orden que va creando un nuevo escenario urbano mucho más moderno y racional que el tradicional, espontáneo y aleatorio del organismo medieval.
Las fotografías de comienzos de siglo dan buena cuenta del enorme cambio que experimentó Logroño en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX, y ofrecen una nueva imagen de Logroño increíblemente hermosa. Una ciudad pequeña, pero muy bonita. Mucha de esa belleza se debe a la alegría y profusión de variados detalles decorativos superficiales; pero por debajo de todos esos detalles hay siempre una geometría y un orden que los estructura y sitúa convenientemente. Y el encargado de ese orden es el arquitecto. Esa fue la tarea del arquitecto de finales del siglo XIX: poner orden en la arquitectura para: 1) situar en ella sus piezas decorativas y ornamentales; y 2) generar un nuevo escenario urbano, una nueva ciudad. Esa fue la tarea que llevó a cabo en Logroño, Luis Barrón.
Y es de esperar que con esta visita, algunos ciudadanos de Logroño, amantes de su ciudad y de su arquitectura, conozcan y reconozcan de una vez por todas, el trabajo y la importancia del arquitecto Luis Barrón.
Y si además eso les sirve para ensanchar su forma de ver la arquitectura en general más allá de la preguntita de los estilos, pues eso que ganan.
lunes, marzo 26, 2007
LUIS BARRON/2





De Luis Barrón empecé a contar algo en el LHDn140. Sigo ahora un poco más, aunque en otro estilo (los artículos tipo LHD me empezaban a cansar incluso a mí).
Para que podamos hacernos cargo de la importancia de la obra de Luis Barrón en la construcción de ciudad de Logroño he confeccionado un planito de localización de las obras de las que tengo documentación (clikar en él para verlo más grande) y he hecho un listado por años de sus edificios más importantes que de un modo un otro han llegado hasta nosotros. A lo que aquí se muestra hay que añadir un larguísimo listado de obras menores (arreglos de fachada, colocación de miradores, elevaciones de pisos, etc., mayormente en el casco antiguo) y un gran número de casas ya desaparecidas de las que no he podido aún iniciar su investigación.
Una vez más tengo que expresar mi sentimiento de bochorno cultural/arquitectónico porque nadie en esta ciudad haya dedicado aún una mínima monografía a este arquitecto (prefiero no meterme con los párrafos que le dedica Inmaculada Cerrillo en su libro porque bastante le tenemos que estar agradecidos a su labor documental), y aprovecho también la ocasión para hacer cierta chanza municipalista porque la calle logroñesa que lleva su nombre no está dedicada a sus méritos sino a los de un sobrino que tenía afición a los ripios.
1877 Bretón 8. Es por tanto una de sus primeras casas. En breve va a desaparecer…“rehabilitada”, dicen.
1881 Casa en el Espolón donde estaba el Casino (desaparecida)
1881 Nombramiento como arquitecto municipal por renuncia de Francisco de Luis y Tomás (véase escritos del lunes 19mr07)
1882 Casa en Calle Sagasta 23
1883 Casa en Bretón 10 (la del Tivoli, con similar suerte que Bretón 8, al parecer)
1884 Frontón Revellín (v LHDn143)
1884 Adaptación de la casa de Espartero para palacio episcopal (no se llega a hacer) 1884 Casas en Portales 79 y 81
1885 Casa en Bretón 48
1885 Casa en Once de Junio, luego Gobierno Civil (actual fundación Ibercaja)
1890 Casa en Bretón 62
1890 Fábrica de Tabacos (actual Biblioteca)
1890 Hotel Comercio (desaparecido)
1890 Jardines del Instituto
1890 Mercado de la Plaza de S Bartolomé (desaparecido)
1890 Ordenación Plaza Mercado
1891 Casa esquina a Portales de Capitán Gallarza 21
1891 Casa en Muro de Cervantes 1
1891 Kiosko del Espolón (desaparecido)
1893 Casa en Bretón 23 (parecía que la iban a derribar, v LHDn46, pero por lo visto la van a “rehabilitar”)
1893 Plano de Alineaciones de la Ciudad de Logroño (creo que lo exponen en La Rioja Tierra Abierta que aún no he ido a ver)
1895 Instituto Sagasta
1896 Casa en Calle Sagasta 10
1896 Electra (actual Casino)
1899 Proyecto de Almacenes de Valbuena (v LHDn73). Demolido
1900 Casa en Bretón 54
1900 Casa en Calle Sagasta 12
1900 La Gota de Leche (actual Escuela de Música Municipal)
1901 Casa esquina a Portales en Capitán Gallarza 101901 Matadero Municipal (actual Casa de las Ciencias)
1902 Casa en Calle Sagasta 29 31
1903 Casa en Av Viana 27
1903 Casa en Av Portugal 17
1903 Casa en Vara de Rey 141903 Casa en Vara de Rey 4
1904 Almacén de Tabacalera (actual sala Amós Salvador)
1904 Casa en Vara de Rey 16 18
1904 Casa en Avda Portugal 21
1905 Casa en Muro de Cervantes 7
1905 Proyecto de pabellón y jardines para el Casino (no tengo constancia de que se construyera)
1906 Casa en Bretón 56
1906 Casa en Bretón 60
1906 Casa en Calle Sagasta 25
1906 Casa en Muro de Cervantes 10
1907 Casa en Calvo Sotelo 31908 Casa en Calvo Sotelo 5
1908 Casa en Vara de Rey 22
Se lo dedico a Fede Soldevilla (que hace más labor cultural por la arquitectura logroñesa que todo el Colegio de Arquitectos), para que si quiere lo aproveche y prepare con esta documentación un buen “Paseo urbano por la obra de Luis Barrón”.
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martes, marzo 06, 2007
143. EL REVELLIN





La más aguda de las críticas a la reciente intervención de los arquitectos Ulargui y Pesquera en el Cubo del Revellín se la hicieron ellos mismos al querer quedar bien con todo el mundo. Nada menos que dijeron que “cuando los arqueólogos y los arquitectos hablamos el mismo idioma y el entendimiento es perfecto, el éxito está garantizado”. Qué bajo hemos caído los arquitectos, madre mía: ¡al subsuelo!
Y encima, ese tipo de frase para los periodistas publicistas no es verdad. No es cierto que hablen el mismo idioma profesional sino el mismo idioma comercial, el mismo idioma de entendimiento con quien les paga. Mientras que el entendimiento podría imaginarse como un territorio intermedio entre dos partes, los resultados de los arquitectos y los arqueólogos en todo este proceso demuestran que ambos han ido en direcciones completamente contrarias: los arquitectos hacia la más vacía modernidad, y los arqueólogos hacia la más turbia antigüedad.
Por las noticias de estos meses en la prensa, el mayor éxito de los arqueólogos fue encontrar unas pocas monedas sucias de hace un par de siglos. Y por la visita nocturna con un amigo (a la diurna no me atrevo todavía), lo único que me dejaron ver unos deslumbrantes focos fue un par de puertas de hotel pijo malmetidas, una, en el rincón de unas casas, y la otra, por entre medio de las aseadas piedras de una vieja y tosca arquitectura militar. Y entre lo uno y u otro, nada.
Y sin embargo, me consta que los arquitectos Ulargui y Pesquera, y los arqueólogos colaboradores, se documentaron bien de la historia del lugar, porque estando trabajando yo en el Archivo Municipal hubo bastante revuelo para atenderles con la prioridad que se merecían y estoy seguro de que obtuvieron mejor información de la que yo tengo. Supongo que algún día la podremos ver en la memoria del proyecto o que incluso preparen una publicación de esas de mucha foto, porque el lugar lo merece.
Mientras tanto, y para llenar ese enorme vacío intermedio entre la arquitectura y la arqueología compadreadas que se aprecia ahora en el Revellín, o para hablar de arquitectura que hace ciudad sin tanta pretenciosidad y de arqueología que hace historia sin tanto escarbar, voy a dejar puestos aquí algunos datos que tengo del lugar.
Paso del relato de la construcción de la muralla por estar suficientemente documentada. De lo que no puedo pasar es de la sonrisa irónica que me suscita la admiración que ahora provoca este tipo de sencilla y funcional construcción defensiva. Puestos a tener añoranzas militares, como las que mencionaba al final del LHDn133, había mucha más arquitectura en los cuarteles que en esta tosca máquina bélica. Y ello por no recordar lo que las murallas agobiaron a la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX. Pero en fin, se ve que ahora las piedras se han vuelto todas venerables aunque sea para tirárnoslas a la cabeza, así que vamos a dejarlo.
En las fotografías aéreas de 1917 que, según se dice, consiguió rescatar Enrique Martínez Glera del saqueo de los almacenes de intendencia, y que pueden verse por aquí por allá gracias a su generosidad, se aprecia que junto al resto del cubo de la muralla ya se había construido un estupendo juego de pelota, o frontón. Mejores tiempos aquellos en que la ciudad fortificada daba paso a la ciudad deportiva. Y por si fuera poco este cambio de tendencia, hay que decir también que el frontón se hizo con proyecto de arquitecto: es de 1884, y nada más y nada menos que de Luis Barrón, el arquitecto recién presentado en el LHDn140, para el promotor Benigno Iturbe. Tienen su gracia los valores expuestos en la fachada: AGILIDAD, FUERZA, SALUD, VIRILIDAD, porque podían estar sacados de un programa de instrucción militar.
Tanto éxito tuvo el frontón como nuevo lugar de vida urbana que en 1921, Fermín Alamo (el “quinto” arquitecto logroñés,- al que llegaremos algún día en el LHD) proyectó su cubrición y cerramiento según la lustrosa fachada que puede verse arriba (2). El promotor no debió hacer mucho caso del lustre del proyecto, porque cuando le encargó a Alamo en 1930 la elevación de la cubierta, el plano de “estado actual” que éste mismo levantó muestra que la fachada se había construido a “estilo” pueblo (2b). Tres años antes de esta elevación, es decir, en 1927, Fermín Alamo construyó para el dueño del frontón, Ramón Narvaiza, una casa metida con calzador entre el frontis y el Cubo del Revellín. Primero en dos plantas, y luego con otra más y unos grandes huecos que daban a poniente (3).
Tras haber hecho la población auténticos alardes de “agilidad, fuerza, salud y virilidad” durante tres trágicos años, y no precisamente en el deporte, en 1939 el lugar cambió de vocación y se dedicó al cine. Al poco de acabar la guerra, el mismo Ramón Narvaiza encargó al arquitecto de Vitoria, JM Pellón, la reconversión de uso del edificio y así lo conocieron todos los logroñeses de la postguerra: viendo amoríos de pantalla, pero también mucho cine bélico, como el “¡Centinela, alerta!” o el “Beau Geste” que recordaba Bernardo Sánchez en Elhalln26.
No sé desde cuando, pero lo que está claro es que el Cubo de la Muralla ya era entonces propiedad del empresario frontonero y cineasta, porque Alamo construyó una bonita balaustrada como paseo exterior de la casa que le hizo en 1927, y le amplió en el 30.
No contento con el paseo, Narvaiza decidió tomar al asalto el Cubo y en 1952 le encargó al arquitecto José María Carreras una nueva casa ¡sobre el mismísimo Cubo de la Muralla. ¡Qué originalidad! Pongo arriba un plano de la casa y el estupendo fotomontaje que se publicó en la portada de Elhalln26 (4 a y b).
Todo aquel esplendor constructivo fue poco a poco decayendo y en las dos últimas décadas del XX el cine volvió a ser un frontón más o menos popular o marginal, y el Cubo volvió a ser una hermosa ruina con musgo y hierbajos entre sus piedras, puerta de chapa, farola imperial de compañía y coche mal aparcado de adorno (5).
Y luego, lo de ahora: el entendimiento perfecto entre arquitectos y arqueólogos.
viernes, marzo 02, 2007
140. LUIS BARRON/1


Tras Maximiano Hijón (LHDn47) y Francisco de Luis y Tomás (LHDn121 y 133), el tercero y último de los grandes arquitectos de Logroño en el siglo XIX es Luis Barrón. No me olvido del importante legado que nos dejó el arquitecto Jacinto Arregui (el Hospital y la Bene, que aún existen, y el primer mercado de San Blas y la plaza de Toros de Duquesa de la Victoria, que desaparecieron) pero Arregui vino de Vitoria hacia 1861, y para allá se fue otra vez, probablemente cuando le sustituyó Francisco de Luis como arquitecto provincial en 1881.
Ese año fue clave en la historia de los arquitectos riojanos pues Francisco de Luis pasó de ser arquitecto municipal a arquitecto provincial, y es Luis Barrón quien le sustituye en el ayuntamiento. La larga carta de renuncia y despedida de Francisco de Luis al ayuntamiento es de antología. Algún día la publicaré porque, amén de algunos datos interesantes sobre su quehacer como arquitecto municipal, es de una belleza literaria y diplomática muy poco usual en nuestra profesión. Una cosa sí queda claro en todo el proceso, y es que tanto el arquitecto como el ayuntamiento -que le contesta con igual pompa y amabilidad- consideran que el cambio de puesto es para él un “ascenso”. En el LHDn121 supuse que el prematuro final del “reinado” de Francisco de Luis en Logroño podía deberse a su progreso en la escala social, pero lo cierto es que ensanchó su interregno. Así pues, si alguien se ocupa alguna vez de sus trabajos, que sepa que a partir de 1881 tendrá que rastrear en el Archivo Provincial y buscar restos de sus obras por Haro, Calahorra, Alfaro, etc.
Mientras que de sus predecesores encontramos aún en pié casas y panteones, de Luis Barrón no queda nada de la casa en que vivió, y tampoco tengo constancia de tumba alguna donde reposen sus restos. Pero al menos tenemos una foto que, aunque borrosa, nos permite ver su aspecto y acercarnos a su talante. La reproducción que cuelgo arriba proviene de una fotocopia que me pasó Fede Soldevilla, y ya siento no tener a mano una imagen mejor (creo haberla visto después en alguna revista de La Rioja Industrial, pero no le hice una reproducción más fiel). El pié de foto dice que se trata del claustro de la Escuela de Artes y Oficios donde Luis Barrón era profesor de dibujo geométrico y director, pero no precisa quién de ellos es nuestro arquitecto. Gracias a otra foto que también vi en otra vieja revista (y que tampoco tuve el acierto de reproducir con la digital), puedo asegurar que Barrón es el segundo de la fila de abajo empezando por la izquierda, es decir, el de bigote y sombrero negro que está cantando y tocando la guitarra. Digo esto, porque en esa segunda foto (algún día volveré a dar con ella) que también era de grupo, estaba en las mismas, es decir, con la guitarra en la mano. La ocasión era un homenaje que los funcionarios municipales tributaban al que había sido su buen alcalde, el Marqués de San Nicolás.
Además de su alegría, esas dos fotos de Barrón con la guitarra son fiel reflejo del vaivén profesional que tuvo entre la Escuela de Artes y Oficios y el Ayuntamiento. Titulado en 1875 o 1876 (Cerrillo pone las dos fechas sin precisar a qué se refieren), en 1880 fue nombrado Director de la Academia de Dibujo Municipal, -institución que según todos los indicios fue el precedente local de la Escuela de Artes y Oficios. En 1881, y ante el “ascenso” mencionado de Francisco de Luis y consiguiente vacante del puesto, entró como arquitecto municipal, y en 1887 aparece ya como “profesor interino de Dibujo Geométrico Industrial de la Escuela de Artes y Oficios recientemente creada en esta población”.
Esta segunda categoría de su etapa docente debió de entrar en “incompatibilidad” con la de arquitecto municipal, lo que dio lugar a un interesante oficio de 31 de diciembre de 1887 por el que renunció al sueldo de arquitecto municipal y hasta devolvió al ayuntamiento los honorarios percibidos desde que empezó a cobrar de la nueva Escuela de Artes y Oficios: “Siendo timbre de orgullo para desempeñar el último cargo con el que me honro sobre manera desde el día 30 de diciembre de 1881 en que fui nombrado, no he de renunciarlo por causa ninguna; pero si tendré el mayor gusto en seguir prestando los mismos servicios sin remuneración”. En pompa y estilo literario no le iba a la zaga a su antecesor.
Como la importantísima obra de Luis Barrón en Logroño ya no cabe en esta nota, ni siquiera resumida, voy a acabar con otro apunte biográfico. Por el padrón de finales de siglo podemos saber que a los 51 años vivía en el número 4 de la calle Carmelitas, es decir, actual Avenida de Navarra; que estaba casado con una francesa, Gabrielle Bonett, de Anguleme; que tenía con él a sus tres hijos del primer matrimonio, Pablo, Carmen y Mercedes Barrón y Velasco, y a una hija de este segundo matrimonio, Elena Barrón y Bonett. Y también dice el padrón que con ellos vivían tres criadas. Desaparecida la casa, ilustro el asunto con una foto de la calle lo más contemporánea posible a aquel momento: la casa donde vivió Barrón sería la segunda o la tercera de las que se ven al fondo a la izquierda de la calle. Más allá de ella puede ya verse construido el Instituto Sagasta, seguramente la pieza más importante para la ciudad de entre las que proyectó nuestro arquitecto.
Y un último dato, esta vez profesional. En la simpática Guía de Logroño de 1897 de Enrique Gómez Aguirre, que contiene un listín de los prohombres de la ciudad, ya no aparece Luis Barrón como miembro del claustro de la Escuela de Artes y Oficios, por lo que es de suponer que sus actividades como arquitecto municipal volvieron a ser prioritarias a las de la docencia. Y ello sin contar con que en el ejercicio liberal también debió de estar muy, pero que muy ocupado. Nos haremos una mejor idea cuando veamos en la Guía la cantidad de obras suyas que aún subsisten en Logroño.
lunes, febrero 05, 2007
121. FRANCISCO DE LUIS Y TOMAS





Treinta años más joven que Maximiano Hijón (v LHDn47), -al que llegué a llamar “primer arquitecto” de Logroño”-, Francisco de Luis y Tomás es, sin lugar a dudas, el “segundo gran arquitecto” de la ciudad, “reinando” en ella (como arquitecto, se entiende) en los setenta y ochenta del siglo XIX. Tanto reinaba o reinó tanto, que hasta se permitió vivir en lo que hoy es el palacete de gobierno de la plaza de El Espolón; aunque antes de instalarse en tan digna mansión, se apañó la casa del número 9 del Muro del Carmen, que había sido antigua “Posada del Cristo” (foto 1).
Pero vayamos con orden, que intentar una biografía a saltos en poco más de un folio puede ser un caos. Según el libro de Inmaculada Cerrillo, nació en Burgos en 1847, obtuvo su título de arquitecto en 1869 (con veintidós años, pues), y en ese mismo año ya figura como arquitecto municipal de Logroño. Ocho años más tarde, es decir, en 1877, hace un proyecto para modificar las fachadas de la Posada del Cristo (actual Muro del Carmen 9) y firma la solicitud de licencia como propietario de la misma (foto 2). En 1884, o sea, siete años después, solicita, como inquilino del piso principal de dicha casa, colocar un mirador de madera, y en 1893 pide un nuevo permiso sin planos para restaurar la fachada y hacer reformas, que se lo informa favorablemente como municipal el “tercer gran arquitecto” de la ciudad, o sea, Luis Barrón (al que dedicaré cuanto antes su propio LHD).
Francisco de Luis proyectó un montón de reformas de casas y de fachadas del casco antiguo y de las primeras calles exteriores a sus murallas, pero en los expedientes rara vez se encuentran plantas. Casi todo son fachadas. La arquitectura parecía ser por entonces, un asunto básicamente vertical. En el proyecto de su misma casa en Muro del Carmen 9, tampoco hay plantas de las viviendas.
Según parece, Francisco de Luis se reservaba el diseño en planta para los importantes trabajos urbanísticos que hizo en la ciudad justo en los años previos y posteriores a las obras de su casa. En 1875 hizo el plano de la apertura del callejón de los Abades, es decir, la calle Sagasta entre el Espolón y Portales, construyendo en 1876 todo el frente de la manzana que va desde Hnos Moroy hasta esta última calle. De ese mismo año1876 es el plano de la nueva ordenación de toda la arquería de la calle que luego acabará llamándose, precisamente, “Portales”. En 1878 hace el plano de ordenación del segundo tramo de la calle Sagasta, desde Portales hasta el Puente, y como podrá verse en la Guía, construye unas cuantas casas más en la misma. Y finalmente, en 1879 realiza el plano de ordenación y ensanchamiento de la calle de San Blas (actual Capitán Gallarza) con la intención de continuarla hasta la Iglesia de Santiago.
Desconozco el momento en que se traslada a vivir al palacete central del Espolón (foto 3), y sólo sé de oídas que fue por matrimonio con su dueña o heredera. Sobre esta importante casa Francisco de Luis hizo una ampliación en 1910, cuya documentación tampoco he llegado a ver, pero que se aprecia en la foto aérea de 1917, y que corresponde al añadido norte. Cabe recordar que no fue hasta 1932 cuando la Diputación Provincial la compró para su sede.
Aunque Francisco de Luis sigue construyendo casas prácticamente hasta el final de sus días (en el LHDn106 vimos la que le hizo a Rodríguez Paterna), lo cierto es que en los años noventa la hegemonía arquitectónica de la ciudad ya no estuvo en sus manos sino en las de Luis Barrón. Es de suponer que para entonces ya estuviese cómodamente instalado en su palacete y que la arquitectura no fuera su ocupación prioritaria. Esto es sólo una conjetura, claro, porque no tengo el más mínimo dato biográfico suyo. Desde hace unos meses vago por la ciudad esperando encontrarme con mi antiguo adversario en la cancha de tenis, Ricardo de Luis (de “Transportes de Luis”), para preguntarle si por casualidad es descendiente del gran don Francisco, y él o sus parientes mayores pudieran saber algo de su vida. En el archivo municipal hay un retrato al óleo de un personaje con atributos de arquitecto que quizás fuera el de él, pero no se puede asegurar.
Su última casa sí que es fácil de encontrar porque a diferencia de la de Hijón tiene la placa de mármol bien conservada (foto 4). Está en el ala sur del cementerio, en la zona de mayor empaque, y muy cerca de ella hay otra tumba que dice ser también de su propiedad (se ve que fue un hombre de posibles incluso bajo tierra). La fecha de su muerte es tan clara, 24 de abril de 1918, que pone en entredicho la fiabilidad de algunos datos de Concha Cerrillo, quien en su libro dice que murió “h. 1910” (p 127 y p 222).
Post morten:
En la casa del Muro del Carmen n 9 el arquitecto Gonzalo Cadarso proyectó un mirador de obra en 1931 (foto 5) para el entonces propietario Rodrigo Cendra cuyo expediente, curiosamente, fue informado favorablemente por el arquitecto Fermín Alamo (al que llamaré “el quinto o sexto gran arquitecto de Logroño”, Agustín Cadarso y Quintín Bello mediante). Como puede comprobarse mirando el plano y el estado actual, o no se hizo, o se rehizo el existente. En algún momento de su larga vida, la gran puerta de entrada en arco de la calle del Cristo fue eliminada y convertida en tienda, pero aún pueden verse los sillares de los ángulos por encima de la entrada a la colchonería que ocupa la que fuera su portal. En 1996 la comunidad de propietarios de la casa encargó al aparejador Fernando Martínez Romero la rehabilitación de su fachada. Se ve que ya no la consideraban digna de la intervención de un arquitecto.
lunes, enero 15, 2007
109. BALCONES





Uno de los hC (cuadernillos centrales) que tenía casi preparado cuando Domingo García Pozuelo y toda su Junta de Gobierno tomaron elhAll al asalto, llevaba por título “Por sus balcones los conoceréis”, y consistía en una especie de juego de identificación o adivinanzas con el que se trataba de acertar a qué casa de Logroño y a qué arquitecto pertenecían las barandillas cuyas fotografías iban a llenar sus cuatro páginas.
Daba entonces yo clases de dibujo a los alumnos del último curso de decoración, y con el buen tiempo que hizo aquel otoño, habíamos salido varias veces a dibujar balcones en el casco antiguo, la Gran Vía y muchas otras calles de alrededor para hacer mano y despertar el interés por estas singulares piezas de diseño. Mientras ellos dibujaban, yo hacía fotos para aquel frustrado hC y de ahí que tenga una buena colección de imágenes de barandillas de esta ciudad.
En los meses siguientes he podido ver numerosos planos originales de muchas de aquellas casas del casco viejo cuyas barandillas me eran familiares, firmados en su mayoría por Francisco de Luis y Luis Barrón, en los que el balcón no era mas que un rectángulo cruzado por dos líneas diagonales como las que ponemos en los patios o huecos de escalera para señalar un vacío (ver por ejemplo la fachada de Francisco de Luis para Rodríguez Paterna 3 en las imágenes del LHDn106).
Parece deducirse de ello que la autoría en el diseño de los balcones de finales de siglo no era cosa de los arquitectos sino de los propios herreros que las ejecutaban, así que el estudio que hace unos meses inició el meritorio Fede Soldevilla (presidente de Amigos de la Rioja) sobre la catalogación de las fraguas de Logroño y sus posibles producciones, no sólo merece todo mi ánimo, sino que reclamo para él un apoyo más decidido de quien lo pudiera ofrecer.
La relación entre la Escuela de Artes y Oficios, por ejemplo, y los herreros de finales del siglo XIX, es un tema que puede dar para una exposición o una interesante monografía. Y en ese sentido cabe recordar que el propio Luis Barrón fue profesor de dibujo en esa Escuela.
Las influencias modernistas venidas a Logroño de la mano de Fermín Alamo (arquitecto al que de una manera sectaria se la ha hecho famoso por sus trabajos “modernos” de los treinta y no por los “modernistas” de las dos décadas anteriores) parecen ser el estímulo para que los arquitectos empiecen a dibujar las barandillas de los balcones en los planos en vez de confiar su diseño a los artesanos. Un repertorio de los dibujos de barandillas de Alamo da también para un buen artículo ilustrado.
Efectivamente, Alamo se pasó luego a las barandillas de trasatlántico en cuanto vio que la moda era esa, y los dibujos de sus fachadas se empobrecieron notablemente; mientras que el otro moderno local famoso, Agapito del Valle, parecía resistirse a ese tipo de simplificación brutal, y no tanto en sus planos, cuanto en sus edificios. Las barandillas y rejas de las casas de Agapito no suelen figurar en sus planos (volviendo así a la tradición de finales del XIX) pero son inconfundibles en sus casas, y yo diría que, excepto en aquellas en las que cedió al tubo marinero, tienen un aire más bien “decó”.
De Luis González, el prolífico arquitecto municipal de la postguerra, no hay gran cosa en el tema de las barandillas, pero Jaime Carceller y José Maria Carreras sí que hicieron pequeñas aportaciones alegres de cristal y chapas en algunos de sus balcones (también en obra, y no en planos) con los nuevos aires de modernidad de finales de los cincuenta. Y ya en los sesenta, Félix del Valle y, sobre todo, Fidel Ruiz, dieron en colorar algunos detalles “cubistas” en sus pretiles que no dejan de tener su gracia. Aurelio Ibarrondo, por último, también entendió que los balcones eran el tema con el que podía dar el toque personal a sus fachadas, y se aplicó a ello con desigual fortuna. De ahí en adelante también tengo un buen muestrario pero dejo el tema para no herir susceptibilidades, pues la pobreza de diseño es en general la norma.
El día en que presenté el Manual de Crítica de la Arquitectura en la librería Santos Ochoa una señora me preguntó por qué en las casas actuales los arquitectos no ponían balcones, y para salir del paso de tan embarazosa pregunta le contesté que seguramente porque ya no había procesiones o desfiles militares por las calles. Pero a la vista de este pequeño repaso, una mejor respuesta hubiera sido esta otra: “para no tener que esforzarse en diseñar sus barandillas”.
martes, octubre 31, 2006
73. EL EXTRAÑO CASO DE LOS DEPÓSITOS MUNICIPALES


Cuando investigando datos de arquitectura e historia de la ciudad, das de un modo accidental con un asunto turbio, próximo a lo delictivo, te entra un cierto temblor como si de repente tu tranquila lupa de paciente observador se hubiera convertido en la de un Sherlock Holmes. Es lo que me ha pasado con el desaparecido edificio de los Depósitos Municipales, un uso que parece encajar bastante bien con asuntos de misterio.
Recordemos su emplazamiento, justo a continuación de las Escuelas de Juanita Madroñero (v LHDn66) en esa calle nacida sobre el eje perpendicular a la Puerta del Revellín que, sin embargo, iba a morir enseguida al encontrarse con la diagonal del camino de Fuenmayor (hoy calle Sagastuy). Y recordemos su fisonomía: con el mismo esquema de pabellones y cuerpo central que el edificio de las Escuelas, a diferencia de la sobriedad de líneas de éste, los depósitos municipales se proyectaron con un poco más de alegría o movimiento en fachada y cubiertas, expresión de esa ciudad burguesa que empezaba a estar confiada en sí misma.
Si nos paramos a pensar en ese medio siglo que va desde el derribo de las murallas de la ciudad hasta la entrada del siglo XX, da la sensación de que la pequeña Logroño, incapaz de generar un ensanche burgués, se dedica a colocar extramuros todas los equipamientos de la nueva ciudad industrial, imposibles de situar en su casco histórico por más que derribaran los conventos. Justo al Este de la ciudad, se sitúan el Instituto Sagasta, el Hospital Provincial, El Cuartel de Caballería, y muy pronto, la Escuela de Artes y Oficios, el Colegio de la Enseñanza y el Servicio Doméstico. Y en el lado Oeste, además de las Escuelas de Juanita Madroñero y los Depósitos Municipales al que hoy prestamos especial atención, un frontón, El Gobierno Militar, el otro Cuartel de Infantería, la Guardia Civil, El Hospital Militar, La Beneficencia, la Cárcel, etc. Es impresionante ese gran esfuerzo urbano en equipamientos; un esfuerzo que va a vertebrar la ciudad durante casi todo el siglo siguiente.
Como tantos otros grandes edificios de finales de siglo en Logroño, el proyecto de los depósitos municipales lo realiza Luis Barrón en 1899. La aportación de Barrón es tan importante a esta ciudad, que parece increíble que no se haya escrito nada sobre este personaje y sobre su obra. Se sabe que fue profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios y hay de él una fotografía en la que aparece tocando la guitarra y cantando junto a otros compañeros de la Escuela (sólo por eso ya me resulta tan simpático y familiar). La calle que se construyó sobre el viejo camino que salía hacia el Oeste de la ciudad se llama Luis Barrón, pero no se le dedicó a este arquitecto sino a un homónimo, mediocre y refitolero “poeta” de mediados del siglo XX, que publicaba sus versos en la revista La Rioja Industrial. Según consta en el buen almacén de datos sobre arquitectura y arquitectos publicado por Inmaculada Cerrillo con el título de la “Formación de la Ciudad Contemporánea, Logroño 1850-1936”, Luis Barrón murió en 1909.
Y aquí viene el misterio, porque en 1915, con la misma fachada que había dibujado Barrón hay en el Archivo Municipal un proyecto firmado por Quintín Bello destinado a Escuelas -que también recoge I. Cerrillo en su libro (p 84 y 85) y que hasta describe detalladamente (supongo que a la vista de la planta) como si se hubiera construido. Obviamente la planta difiere en las funciones, pero el alzado es calcado del de Barrón. He leído la memoria del proyecto de Quintín y no menciona para nada el proyecto de Barrón, y sin embargo habla largo y tendido de la idoneidad del lugar elegido para la construcción de “sus” escuelas, es decir, el de los depósitos. ¿No se construyeron los depósitos de Barrón cuando se proyectaron? ¿cómo es que las escuelas de Quintín llegaron hasta nuestros días como depósitos?
Hay un par de datos más que abundan en la diversidad de usos de este edificio pero que no resuelven los misterios planteados. En los años cuarenta, y ante la saturación de las Escuelas vecinas, algunos de los depósitos se adaptaron como aulas; y en el momento de la demolición, a finales de los ochenta, buena parte del cuerpo frontal del inmueble estaba utilizado como cuartel general de los Bomberos.
Del momento en que se construyó y del extraño caso del plagio de la fachada no tengo más información, así que dejo el caso para algún otro investigador que no haga ascos a ejercer de detective.
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viernes, septiembre 08, 2006
46. BRETON 23

El 6 de septiembre, un periodista de La Rioja que firma como E.E. daba la noticia de que en breve va a desaparecer la casa que durante toda nuestra vida hemos visto en el número 23 de la calle Bretón de los Herreros. Toda nuestra vida, digo, porque fuera la que fuese nuestra edad, la casa se construyó en 1893 y no conozco a nadie que haya vivido en fechas anteriores. Lejos de decir algo en esta línea, el periodista parecía más empeñado en demostrar que los trámites legales se habían cumplido rigurosamente: un arquitecto técnico pagado por la promotora UPASA SL había emitido un informe, y un arquitecto municipal había visitado exteriormente el edificio y daba su conformidad. Imbuido hasta el tuétano de espíritu administrativo, E.E. cerraba su noticia con el siguiente párrafo: “Durante la tramitación del expediente de ruina, la propiedad deberá poner los medios para evitar los riesgos a personas tanto dentro como fuera del edificio”. Es como para pedir que le echen del periódico y le contrate la municipalidad.
En sintonía con algunos funcionarios del propio Ayuntamiento de Logroño que durante los últimos veinte años han visto y asistido a la desaparición de muchos edificios antiguos sin molestarse siquiera en averiguar sus orígenes, el periodista no perdía el tiempo en mencionar, por ejemplo, que la casa objeto de su noticia fue proyectada para don Vicente García por nuestro compañero el arquitecto Luis Barrón. Y mismamente, lejos de detenerse en comentar lo novedoso que pudo ser en su tiempo una fachada todo cristal como si fuera un primitivo muro cortina, E.E. prefería rellenar su texto con los pormenores patológicos de los informes técnicos.
No es que yo tenga manía, ni mucho menos, al señor E.E. (pues no tengo el gusto de conocerle), ni que trate de desviar la pena que me da la desaparición de esta bonita y vieja casa mediante el injusto recurso de acusar al cartero. Nada que ver con eso. Lo que me interesa demostrar con el sesgo de esta nota es que la crisis de nuestra arquitectura y la crisis de la ciudad no avanzan en solitario, sino que parecen contar con el acompañamiento y la complicidad del gremio de los narradores: una pobre gente que ya sólo sabe escribir como los publicistas (véase el caso Alvarez en el LHD n38) o como los funcionarios.
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Logroño, La Rioja, España
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