Mostrando entradas con la etiqueta Brasil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brasil. Mostrar todas las entradas

jueves, abril 26, 2007

SABER VER








El martes pasado Chema Peláez me mandó por correo electrónico unas cuantas fotos del viaje que hicimos en otoño a Brasil, -unas imágenes tan hermosas como aquellas que me envió Ramón Ruiz Marrodán sobre Camboya y que publiqué en el LHDn118. Se lamentaba Chema en el envío de que no hubiéramos tenido la habitual puesta en común de los pequeños logros fotográficos y de los muchos recuerdos arquitectónicos de nuestro viaje, y me disculpaba en mi respuesta comentándole que tras los despechos que me había hecho el “Colegio” que nos unía, me había quedado yo sin otra energía para hacer vida social con la profesión que la que me proporciona la escritura de este “blogcillo”. Qué pena me da decir estas cosas; qué tristeza pensar que puede que ya no vuelva a organizar otra vez viajes de arquitectura con compañeros tan estupendos como Ramón o como Chema.

Los lectores de este rincón de pensamientos habrán podido percibir que mis opiniones sobre los arquitectos en general no son muy favorables. Pero de la generalidad no tienen la culpa ellos, sino la gran cantidad de factores que hacen de nuestra profesión una actividad venida a menos. Sin un buen soporte teórico, histórico y crítico, la arquitectura es poco más que una ingeniería del ladrillo; sin una crítica social de los encargos, la incultura arquitectónica de promotores (tanto privados como públicos) convierte el diálogo con los arquitectos en una relación desigual o, aún peor, en un diálogo de besugos; con una normativa y una tutela administrativa que controla al arquitecto como si fuera un tramposo, poca alegría le puede quedar para sacar sus ideas adelante; con una forma de producción cambiante día a día por culpa de una informática chupasangres, no hay forma de estabilizar los hábitos de trabajo de los estudios; y así sucesivamente. No es de extrañar que en estas circunstancias le haya dicho a más de un compañero que ejercer hoy de arquitecto es una tarea heroica.

Si como colectivo no puedo hablar bien de los arquitectos, me gustaría a cambio reconocer que a nivel personal muchos de ellos poseen otras virtudes que hacen que me sienta muy orgulloso de nuestra profesión.

Y una de ellas, es la de la mirada sobre el entorno: la sabiduría para ver las calles, los edificios y los detalles de la escena urbana, o la sensibilidad que tienen para observar a las gentes que los habitan (¡y eso que las revistas de arquitectura les machacan con imágenes en las que nunca hay nadie!)
Para ser un buen arquitecto, o en general, un buen creador, hay que saber ver. Las condiciones en que se desenvuelve la profesión no son muy favorables para la creación arquitectónica, pero me consta que hay muchos arquitectos que tienen desarrollada una mirada de grandes creadores. Lo he podido comprobar cada que vez que nos juntábamos después de un viaje a compartir nuestras fotos.

Las fotografías de este post, o las del LHDn118, no son de fotógrafos profesionales, sino de arquitectos. De personas que saben ver. De compañeros y amigos que compensan con sus correos electrónicos la distancia que ha interpuesto entre nosotros la actual Junta de Gobierno del Colegio de Arquitectos de La Rioja.

lunes, noviembre 27, 2006

91. BRASIL



El geógrafo y catedrático Guillermo Morales, que iba a haber venido al viaje que hicimos el pasado septiembre a Brasil (especialmente para enseñarnos Curitiba) pero que al final no vino, me llamó ayer por teléfono, o sea, casi dos meses después, para preguntarme qué impresión habíamos sacado de aquel país. Le contesté como pude, pero luego me quedé pensativo porque no es lo mismo que te pregunten por un viaje justo cuando has regresado (v LHDn59) que cuando ya ha pasado un tiempo. El abigarrado muestrario de imágenes y sensaciones que no hubiera cabido ni en veinte entregas de este blog, se ha quedado reducido a tres o cuatro ideas mucho más fáciles de poner por escrito en un solo día.

La primera de ellas es más un par de latiguillos de conversación que una idea, aunque a mí me suenan a latigazos: Brasil está como Cuba, pero sin esperanza: allí no hay un Fidel que se vaya a morir, sino un Lula a reelegir (como así ha sido).

Es como Cuba por el clima tropical y la población mestiza y alegre: la música, la fiesta, la poca ropa y el baile son, como en la isla caribeña, las señas de identidad del país. Pero igual que en Cuba, las ciudades están hechas polvo y la pobreza de la población se hace presente por doquier.

La gran diferencia respecto a Cuba es que, en Brasil, además de pobreza y deterioro urbano hay riqueza, mucha riqueza. Tienen petróleo para autoabastecerse, recursos minerales y una naturaleza exuberante. El colonialismo, el comercio y la explotación del campo y de la esclavitud han concentrado desde hace siglos el dinero en una pequeña clase alta que hace ostentación de casas, coches, lujos varios y medidas particulares de seguridad.

Como en Cuba, hay un sinfín de calles igual de prostituidas tanto en venta de cuerpos como de dignidad, aunque hay una diferencia esencial, y es la del grado de seguridad ciudadana. En Brasil, como en casi toda Latinoamérica, la vida parece valer muy poco, y la cultura popular respecto a esta cuestión es igual de estúpida: los crímenes son contados entre risitas como comedias protagonizadas por tipos pillos y listos y no como tragedias sufridas por las víctimas. No estuvimos en Sao Paulo, donde los índices de criminalidad son los más elevados del país, pero en un simposio de urbanismo (casualmente organizado por Guillermo Morales, v Elhall82) conocí a un consultor de la administración paulista que conseguía sacarme de mis casillas cada vez que hacía referencia al tema.

Más que un gravísimo problema social a solucionar, el crimen siempre parecía ser para él, algo así como un juego del destino, un accidente más de la naturaleza. Y lo peor es que iba de “socialulista”, es decir, un socialismo que en materia de seguridad está a años luz del “sociacastrismo” real.

Como en casi toda América, el exceso de riqueza en Brasil no es una vergüenza social sino un espectáculo de masas, y la pobreza una obscenidad. Sólo así puede entenderse que en las librerías especializadas no haya más que libros de Niemeyer y sea imposible encontrar un mínimo estudio (no digo ya planos) sobre el impresionante fenómeno de la invasión urbana que se ha producido en los últimos sesenta años. A las favelas no se puede entrar, porque ahí sí que tu vida no vale nada. No es aconsejable, te dicen. Sólo pueden verse desde los bordes de la autopista, desde los montes lejanos o desde el avión. El aterrizaje en Salvador de Bahía sobrevolando su complicada orografía de colinas plagadas de barrios autoconstruidos, o el recorrido entre el aeropuerto y la ciudad de Río de Janeiro por entre la inmensa corona norte de favelas, se convierten en las experiencias urbanísticas más sobrecogedoras de un viaje a Brasil.

Dentro ya de los cascos urbanos más consolidados, el panorama tampoco es muy halagüeño. Siempre tienes la sensación de que son ciudades venidas a menos, ciudades que en algún momento -sea en los primeros momentos coloniales, en la celebración burguesa de su independencia y riqueza, o en la alegría de la modernidad-, vivieron algún tipo de esplendor. Las zonas más antiguas están por lo general degradadas y rotas y por entre los huecos siempre se ofrece un perfil erizado de feos rascacielos. El tráfico y el estado de los pavimentos y aceras son por lo general muy agresivos, y el ruido urbano, ensordecedor.

Lo de Brasilia ya no me cabe hoy. Es una fantasmada urbanístico-arquitectónica que merece capítulo específico, así que lo dejaré para otro “lunes negro”.

(Como no es posible ilustrar estas cuatro ideas con una sola foto, pongo la última que hice en el viaje sólo a modo de relleno o de apertura. Está hecha en Salvador de Bahía, en los alrededores de uno los centros comerciales más modernos de la ciudad (el de Barra) donde nos dejó la guía unas horas antes de llevarnos al aeropuerto para que hiciéramos gasto y… ¡estuviéramos seguros!).



lunes, noviembre 06, 2006

76. LA CASA DE NIEMEYER EN SAO CONRADO (RIO DE JANEIRO)




Millonario y comunista, rebelde y triunfador no son cualidades que puedan decirse a la vez de un hombre coherente. Con sólo eso, uno tiene ya buenas razones para prevenirse de Oscar Niemeyer. Su omnipresencia en el panorama arquitectónico brasileño a lo largo de la segunda mitad del siglo XX es tan abrumadora que por todas partes parece haber alguna obra o influencia suya. Y eso que “se exilió” a Europa un par de décadas, que si no…

Poco antes de ir a Brasil leí algunas monografías sobre su vida y obra, y me quedé escandalizado del tono laudatorio de todas ellas. Ni la Virgen de Pilar recibe tantas flores.

Lo primero que vimos en Río de Janeiro fue el famosísimo Ministerio de Educación, edificio muy decepcionante si se ha visitado antes cualquier obra de Le Corbusier. Como su visita no suscitaba emoción alguna, di en pensar, sin embargo, en lo listos que habían sido Costa y Niemeyer con la invitación que le hicieron al gran publicista de la arquitectura moderna en Europa. Fue una estrategia de éxito perfecta. La evolución del proyecto del edificio, expuesta en un panel de la entreplanta, raya en lo ridículo: Le Corbu hizo sus bocetos para otro lugar, los ayudantes brasileños retocaron aquí o allá; luego Le Corbu envió por correo otro croquis de los suyos; dos dibujillos más de la idea por parte de los jóvenes aspirantes al triunfo, y de ahí, al resultado final. Como para emocionar…

La segunda etapa Niemeyer en nuestra programación era su casa. En los viajes de arquitectura que he organizado, las visitas a casas famosas siempre han sido objetivos de riesgo pues no es fácil entender bien una casa convertida en museo de sí misma o sentir los espacios domésticos en una visita de grupo. Sin embargo, a la casa que se construyó Niemeyer en 1951, arriba de la ensenada de Sao Conrado, fui sin temor alguno pues por las fotografías que había visto de ella parecía ese tipo de lugar epatante que un arquitecto se hace para impresionar a las visitas.

La estrada das Canoas, donde está situada, es una carretera de hormigón que trepa desde la playa de Sao Conrado hacia las cumbres de los impresionantes “morros” que la envuelven y que al poco de adentrarse en el monte ofrece una extraña mezcla de tupida jungla tropical y casas de lujo colgadas de las laderas. Ante ese panorama y cuando todo apuntaba al perfecto cumplimiento de la idea preconcebida, la casa me sorprendió gratamente por lo humano de su escala. Supongo que el efecto tuvo que ver con la grandiosidad del paisaje, su accidentada topografía o la impenetrable vecindad, pero el caso es que ese sencillo plano horizontal que te recibe tras tanta cuesta, y ese alabeado forjado que cubre una sencilla planta baja situada entre un pequeño estanque y las infinitas vistas al mar, son un auténtico refugio humano, o si se quiere, un pequeño oasis de arquitectura en la selva.

Mientras que la mayoría de las curvas de la arquitectura de Niemeyer son puro manierismo formalista, el alabeo de su casa resulta de lo más sencillo y natural. La explicación es así de fácil: imagínese allí lo contrario, es decir, una casa miesiana de geometrías ortogonales; sería horrible.

Bastante impacto causa ya ese plano horizontal en tan abrupto paisaje como para continuarlo en la casa con más líneas rectas. Además de su ajustada escala, la gracia de la casa de Niemeyer consiste en que retoma, o retorna, a las curvaturas del paisaje justo después de haberse separado de él mediante ese sorprendente plano horizontal del acceso.

Desde la planta baja de la recepción (más estar, cocina y terrazas) una escalera semitallada en la roca conduce a una planta sótano poco brillante, pues estando en ladera no tiene razón de ser tan tenebrosa. Pero en fin, eso es secundario. O se puede perdonar. Allá el usuario si se quiere meter en una cueva. Lo importante es lo de arriba.

Me alegra mucho equivocarme si a cambio consigo que la arquitectura me emocione. Y ese fue el caso de la visita a la casa de Niemeyer. Sin embargo he de decir que a la hora de buscar una foto de entre las muchas que allí hice para ilustrar este pequeño apunte, me ha vuelto a asaltar la duda sobre la escala. En casi todas las fotos que tomé y que ahora contemplo, me vuelve a parecer tan grande y epatante como la había imaginado antes de ir. O me engañan ahora las fotos, o me engañó allí la alegría de un buen día de viaje. Por eso he puesto dos muy parecidas pero con una perspectiva distinta. Espero que con ellas se entienda bien mi duda.


miércoles, octubre 04, 2006

55. PRITZKER A ROCHA


LHDn55 Pritzker a Rocha, miércoles 4 oct 06

No tengo noticia de las revistas que puedan publicar las Asociaciones de Arquitectos de los Estados de Brasil y que nos pudieran dar otro enfoque del panorama de la crítica de arquitectura en ese país. Así que en esta nota me ceñiré a comentar algo sobre la única revista de arquitectura que en nuestro reciente viaje encontré en los quioscos de prensa: "aU, arquitectura & urbanismo".

Es una revista creada en 1985 que arrancó con una periodicidad irregular, pero que pronto se convirtió en bimensual. He tenido la suerte de que en este mes de septiembre del 2006 editaban su número 150, por lo que a modo de autohomenaje y publicidad publicaban en las últimas páginas de este ejemplar las portadas y los contenidos de todos y cada uno de los números publicados. Y aunque no sea concluyente, eso ya da una idea de los temas que han divulgado y los autores que han escrito sobre arquitectura en esta revista durante los últimos veinte años. Y cómo no, ahí está ocupando un puesto principal el amigo Roberto Segre, al que dediqué el anterior número del LHD.

Sin ir más lejos, Segre escribe en el número 150 un largo artículo acerca del arquitecto argentino Mario Roberto Alvarez, sobre el que algún día habrá que volver si es que organizamos un viaje a Buenos Aires. Y eso que las fotos no son como para entusiasmar. Lo curioso es que en la bibliografía que cita hay un estudio sobre Alvarez publicado en la UPC nada menos que por Helio Piñón… (¿qué habrá encontrado Helio en los masivos edificios de oficinas de este arquitecto?). Perdón, que me extravío.

La revista la compré por mera curiosidad y porque salía en portada y en un reportaje interior, la intervención en un edificio histórico en Salvador de Bahía que acabábamos de ver por fuera (pues su aspecto no nos invitó a más): el museo Rodin en el simpar Corredor da Vitoria. Pero sin lugar a duda, lo que más me llamó la atención fue la foto que he extraído para confeccionar esta nota.

Es la de una escuela estatal recién acabada en Sao Paulo por el nuevo Pritzker brasileño, el paulista Pedro Mendes da Rocha, quien con semejante premio parece querer decir al mundo que Brasil está, como cualquier otro país galardonado, en lo más alto de la cultura arquitectónica.

Los colorines del edificio, las formas esquemáticas, y el minimalismo de sus texturas ofrecen un contraste tan trágico con el paisaje de favelas que lo envuelve, que la frase de Roberto Segre que citaba al final del LHD anterior cobra todo su sentido: la arquitectura tiene "vida propia" y baja del cielo de vez en cuando (y bendecida por los Pritzker) para mejorar la ingrata cotidianeidad de la población. En el pie de foto se dice que "a escola busca requalificar o espaço urbano".

La pena es que los niños que irán a esa escuela son los de la favela de alrededor, y seguro que no sabrán respetar como es debido la pureza de los colores y sus limpios paramentos. No estaría de más que dentro de cuatro o cinco años, alguien hiciera un reportaje fotográfico de esa escuela para ver si la arquitectura ha tenido efectos salvíficos sobre el entorno o la ingrata cotidianeidad ha tomado la arquitectura al asalto. Apuesto por lo segundo. Y en el doble sentido: en el del juego y en del deseo.

lunes, octubre 02, 2006

54. ROBERTO SEGRE




Para contar cual es el estado de salud de la arquitectura en Brasil, los viajeros logroñeses que hemos ido recientemente a tres de sus ciudades (Salvador de Bahía, Río de Janeiro y Brasilia) hemos traído una ingente cantidad de fotografías que pronto pondremos en común entre nosotros, y que con el tiempo iremos ofreciendo a los amigos. Pero el estado de salud de la arquitectura de un país puede medirse de un modo diferente al de las imágenes de edificios y calles: el nivel de cultura urbana de un país tiene mucho que ver con su producción editorial y la calidad de sus críticos más afamados.

De ese modo y sin salir prácticamente de casa, con sólo leer el artículo que El País publicaba en el Babelia el 30 de septiembre del 2006, titulado "Política y Arquitectura en Brasil" y firmado por Roberto Segre, ya se puede dar uno cuenta de la patética situación que vive la arquitectura en el viejo imperio portugués.

En el dossier que hice para el viaje ya hice un rastreo de lo poco y malo que hay escrito sobre arquitectura brasileña: el libro de la Gustavo Gili sobre Niemeyer, de José Maria Botey da autentica grima; los artículos que han ofrecido durante estos últimos quince años las revistas de Galiano no pasan de cuatro tópicos y las consabidas letanías del santoral en la línea del libraco del argentino Ramón Gutierrez, Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica; y lo de Roberto Segre ¡ay! lo de Roberto Segre, el gran catedrático de Río de Janeiro, con pedigree italiano y honores cubanos, es para echarse a llorar.

Antes del viaje pedí por correspondencia la Guía de Arquitectura Contemporánea que Roberto Segre había publicado, y cuando me llegó a casa, tuve esa sensación de timo tan propia de las compras por catálogo. Pero para cursi y miope, el artículo que publicó Segre en Arquitectura Viva 87 (11 dic 2002) con motivo de la llegada de Lula al poder y la celebración en Brasilia. Era tan incensario, meapilas y baboso que en el dossier lo puse junto a la pag 14 del diario El País de 8 jun 06, en la que se daba la noticia del asalto de los Sin Tierra a Brasilia. ¡Qué vergüenza da leer crítica de arquitectura desde el poder de las tribunas de la universidad, la gran prensa y los despachos oficiales!

Si el nivel de arquitectura de un país se reconoce por la calidad de los críticos oficiales y la producción editorial, Brasil está en estos momentos más cerca de Egipto (donde no hay forma de encontrar un mapa de El Cairo) que de España -que tampoco es para echar cohetes. En las grandes librerías de la ciudad apenas hay otra cosa que el típico libro de fotos de obras de Niemeyer, y en la librería del prestigioso Centro Cultural del Banco de Brasil, dos o tres cosillas insustanciales más. Así que si se quiere encontrar algo, hay que ir obligatoriamente a alguna de las librerías Travessa. Y no son gran cosa. En cuanto a Guías, hay una de Río en cuatro volúmenes editada en el año 2000 por Casa da Palavra que está bastante bien, pero ya están agotados tres de sus volúmenes y sólo pude hacerme con el estupendo episodio del Art Decó. Del impresionante fenómeno de las invasiones y el favelismo no hay nada de nada, como si no existiera; todo lo más algún libro estetizante de fotos en blanco y negro. Yo quería hacerme con algún atlas urbano que explicase los planes de Brasil, pero eso era como pedir peras al olmo. Así que me tuve que conformar con un libro de fotografías de "Río desde el Cielo", bastante bueno por cierto, en el que, por traer un buen número de fotografías aéreas antiguas, te puedes hacer una idea de la evolución urbanística de las áreas más conocidas de Río y de los impresionantes desmontes del Morro do Castelo y el Morro do San Antonio que me imagino que servirían para los rellenos del primer aeropuerto y los paseos de Flamengo a Botafogo.

Como en Brasilia aún hay menos cosas (¡aún!) fui a la facultad de Arquitectura, pero ni tan siquiera hay un departamento de publicaciones.

De todos modos, a poco que prestes atención, en los textos más tontos siempre hay algo de verdad. Así concluye Roberto Segre su artículo en El País: "Afortunadamente, en el confuso y contradictorio panorama político brasileño, la arquitectura y el urbanismo logran mantener una vida propia y mejorar la ingrata cotidianeidad de la población". ¡Madre mía! Lo último no es muy cierto, pero qué extraordinario diagnóstico contiene esa frase final: la arquitectura y el urbanismo de Brasil están en el cielo -como los santos y las orixás-, viviendo su vida propia (y hasta internacional), e iluminando la miseria de sus ciudades sin mancillarse.

Pobre Brasil.

jueves, septiembre 07, 2006

45. ROBERTO BURLE MARX




Preparándolos bien, los viajes pueden aportarnos no pocos frutos por anticipado. Pero si se quiere que esto ocurra, hay que huir (como de la peste) de la enorme avalancha de guías turísticas, revistas de viajes y periodismo en general, en las que todo, absolutamente todo, es igual de interesante.

En cuanto a frutas arquitectónicas, uno de mis recursos preferidos son los cuadernillos "Itinerario" que fue publicando la italiana Domus durante buena parte de los años noventa. Eran unas separatas de tres o cuatro hojas en las que se maridaba a un lugar con un arquitecto exponiendo una selección de las obras de éste en aquel con comentarios más o menos certeros y datos y mapitas de localización perfectamente fiables. Los afiliados al COAR tienen la suerte de que una buena mano los sacó de las revistas y los colocó en carpetas específicas, así que, escogido cualquier destino, es muy fácil dar con aquellos que nos puedan interesar.

Preparando el viaje a Brasil que vamos a hacer la próxima semana, di así con la figura de Roberto Burle Marx (1909 - 1994), un arquitecto - paisajista - jardinero y urbanizador completamente desconocido para mí, cuyos trabajos en los pavimentos y parques de Río de Janeiro y de algunos edificios de Brasilia parecen haber creado toda una cultura o una idiosincrasia urbanizadora en aquel país que el viajero poco avezado (y no digamos el periodista o el escritor de guías turísticas) no acierta jamás a entender ni a describir.

Tirando del hilo, encontré luego un artículo de Iñaki Abalos en el n 304 de la revista Arquitectura (bastante pesado, por cierto -como casi todo lo que escriben los arquitectos) en el que, en cuanto a influencia cultural, equipara la figura de Burle Marx con la del mismísimo Olmsted. Los compañeros que vienen a Brasil (en este viaje que también pasará a la historia por la vergonzosa negativa del COAR a apoyarlo) ya tienen en sus manos abundantes fotocopias de ese material, así que si saco esta nota en el LHD es porque este mismo verano, de garbeo por la biblioteca del COAR, me encontré con la sorpresa de que se había adquirido recientemente para sus fondos un libro con excelentes fotos y abundantísimas y coloreadísimas ilustraciones de toda la obra de Burle Marx. Sin ir más lejos, la foto de la playa de Copacabana que traigo aquí (y donde casualmente estará nuestro Hotel en Río) está sacada de ese libro.

No quisiera anticiparme a valorar su obra, pero dada la gran cantidad de anodinos jardines que se han hecho en Logroño durante los últimos años y las toneladas de losas que sin gracia alguna se han puesto, se están poniendo, y se van a poner en breve por nuestros suelos; la posibilidad de conocer y de aprender de la experiencia brasileña y de la figura de Burle Marx me parece de lo más oportuna.
Compartida la fruta encontrada, os prometo a la vuelta un poco de su mermelada.


jueves, junio 22, 2006

34. SAO PAULO







Cuando anuncié el Viaje a Brasil de este año 2006 con un programa formado por Río de Janeiro, Brasilia, Curitiba e Iguazú, hubo quien me dijo que porqué no había puesto Sao Paulo, la mayor ciudad del país. A las pocas semanas le dieron el Pritzker a Mendes da Rocha, cuya obra está casi toda allí, y eso me movió aún más a rascarme la cabeza. Si me había equivocado, lo lógico era saber porqué, así que dediqué unos días a reunir algo de documentación sobre esta ciudad y a conocer sus piezas arquitectónicas más significativas.

En Sao Paulo hay un Niemeyer de 1951 muy conocido, el edificio COPAN, un gigantesco bloque sinuoso con 1.160 apartamentos; y otro Niemeyer espantoso, el Memorial de América Latina de 1991. Fijaros si tiene que ser malo que hasta una revista que sólo echa incienso como es Arquitectura Viva, lo ponía a caldo (v artículo de Ruth Verde en AViva n14).

Sao Paulo es también la ciudad de una de las primeras arquitectas famosas, Lina Bo Bardi (1914-1992), cuyos “originales” edificios tienen una pinta bastante horrible; pero en fin, por ser de las primeras mujeres estrella en este oficio, se le puede perdonar. Hay un reportaje de ella en AViva n24 de la misma Ruth Verde de antes, pero esta vez en la línea oficial, es decir, deshaciéndose en elogios.
Las fotos de los edificios de Mendes da Rocha que se publicaron a raiz del Pritzker tampoco es que despertaran mi entusiasmo, pero en fin, la arquitectura hay que visitarla siempre, así que mejor dejarlo en duda.

Jesús López Araquistain ha viajado esta primavera a Sao Paulo, y aunque no sé si su mujer le habrá dejado salir de madrugada a tomar esas estupendas fotos sin gente que hacía de soltero en todos los viajes del COAR, seguro que tendrá mucho que contar ¿No se le podría animar a que nos diera un pase de diapositivas sobre Sao Paulo como aquellos tan memorables que nos daba hace años? ¿O algo para elhAll de Martín?

Desbrozar una selva urbana de 12 millones de habitantes (¡20 millones, contando el extrarradio!) para encontrar esas pocas piezas, no me parecía una buena empresa, así que mis dudas se disiparon pronto.
Cuando ya había dejado de interesarme por Sao Paulo, Kike Fernández, un profesor de gráfica, compañero de mi escuela, me trajo un libro de fotografías aéreas de los puntos más importantes de la ciudad que es realmente espectacular. He encontrado las piezas que he señalado más arriba y algún que otro edificio extravagante como el de la foto de abajo en medio; pero lo más interesante ha sido descubrir que casi todas las fotos dan una imagen de lo que podría ser su rasgo paisajístico esencial: ese caótico erizado de anodinos rascacielos de tamaño medio, salpicado por diversos tipos de discontinuidades urbanas.

Al que le toque ventanilla en el avión lo podrá comprobar, pues aunque no visitemos Sao Paulo, sí haremos varias veces escala aérea en esta ciudad. Con las fotos os dejo y, como en la portada del dossier del viaje, con el croquis que le hizo Le Corbu en 1929: un dramático gesto de poner una gran huella geométrica en tan gigantesco e informe aglomerado que puede ayudar a entender su especial fisonomía.