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sábado, marzo 03, 2018

LOS PALACIOS DE LA MÚSICA




Habíamos visto con Haydn cómo, a finales del siglo XVIII, la música dejaba de hacerse para sonar en los palacios y se reivindicaba en su belleza y en su poder por encima de los poderes de la aristocracia. Con Haydn y Mozart no sólo cambia la música de eso que llaman “estilo”, pasando de barroca a clásica; y no sólo es que la sinfonía se vaya configurando como el edificio musical por excelencia, sino que justo en ese tiempo aparece Beethoven, el verdadero genio, el artista, el Brunelleschi de la música, erigiéndose por encima del resto de la humanidad como un dios, haciendo de las sinfonías auténticos “palacios de la música”.  Con su gran fachada (primer movimiento) sus antesalas y pasajes (andantes y scherzos) y su gran salón interior o final (el cuarto y definitivo movimiento).

Es cierto que cada cual tiene una iniciación distinta a la música pero seguramente, la manera más frecuente de acercarse a la gran música sea escuchando sinfonías. Yo me inicié así, con la 40 de Mozart, con la 104 de Haydn (la Londres),  la Tercera de Beethoven,  la Tercera de Brahms la cuarta de Mendelsohn, la incompleta de Schubert  etc. etc.  Siempre escuchándolas en aquellos vinilos que era fácil encontrar por casa. Lo de ir a los Auditoriums o Palacios de la Música para escuchar en directo toda esta gran música fue cosa posterior.

Era yo estudiante de arquitectura en Barcelona en el año 1970 y con mi compañero Morgades nos hicimos cargo de la discoteca del Colegio Mayor. Nuestro trabajo era seleccionar y comprar discos para esa discoteca: la mitad del presupuesto para clásica, de la que teníamos menos referencias,  y la otra mitad para la música del momento (Pink Floyd, King Crimson, Led Zeppelin, Deep Purple,  Frank Zappa o Leonard Cohen). Nos enteramos entonces de que en el Palau de la Música, el famoso edificio modernista de Domenech y Muntaner (1908), la orquesta de la ciudad dirigida por Antoni Ros Marba (el que le hacía los arreglos a Serrat) daba conciertos los domingos por la mañana a precios realmente populares y empezamos a ir asiduamente. El Palau de la Música de Barcelona, tristemente famoso recientemente por haberse convertido en cueva de recaudación del impuesto a los contratos y obras públicas para la financiación del nacionalismo, fue mi primer palacio de la música. 
Y aún recuerdo la emoción con que pude escuchar allí en una de aquellas matinales, una sinfonía de Brahms, por aquellos años mi músico preferido, no solo por su romanticismo, sino quizás también porque  era el músico preferido de Borges, escritor al que le profesaba  similar devoción.


Mirando o pensando en la bellísima fachada del edificio de Domenech y Muntaner voy a invitarles a escuchar por lo menos algunas de las primeras frases del primer movimiento de la Cuarta Sinfonía de Brahms (1885) que tiene un arranque igual de arrebatador.  





2) Después de aquella iniciación en Barcelona donde el edificio y la música de Brahms siguen  unidos en mi recuerdo, mis experiencias arquitectónicas y musicales han ido por caminos distintos. Como observador de arquitectura he visitado muchos auditorios (el último como os contaba, el mes pasado en Oporto, la Casa de la Música de Rem Koolhaas) y siempre que he podido he buscado que fueran con algún concierto (en Oporto por ejemplo estaban ensayando la cuarta de Brückner  cuando lo visité), pero como eso no siempre ha sido posible y la experiencia arquitectónica no ha ido de la mano de la musical, el juego que les propongo es que lo hagan ustedes mismos: pensar en una sinfonía que conozcamos bien y en un auditorio que nos haya emocionado. O viceversa.

 Y como muestra les voy a llevar al edificio que Hans Scharoum construyó a comienzos de los sesenta en las desoladas ruinas de lo que fue la Alexander Platz, es decir, la Philharmonie de Berlín, edificio famoso por muchos conceptos, el más notable de ellos seguramente por lo de poner la música en el centro de la sala, y los palcos en cascada, justo lo opuesto al concepto de caja de la Musikverein de Viena o de la misma Casa de la Música de Oporto. Pero como antes hemos puesto una fachada y luego les pondré un no menos emocionante salón final, les cuento que la parte que más me impactó de la Philharmonie de Berlin fueron sus pasillos interiores, las rampas de acceso y los espacios fracturados y vanguardistas del foyer.  


Y para corresponder a ellos vamos a escuchar el tercer movimiento de la Segunda sinfonía de Mahler (1894), el scherzo, una pieza compleja y cargada de simbolismo que no es cosa de comentar aquí, aunque esa pérdida de fe con que proponía Mahler este pasaje de su Sinfonía quizás tenga que ver con los derroteros que empezaba a tomar la arquitectura con obras como el propio exterior de la Philharmonie de Berlín (1960).

minuto 32:18



(como el enlace de inserción no deja reproducirlo, pongo el enlace youtube aquí para ir a la pieza musical clicando sobre el mismo)

3) Para acabar voy a juntar el Palacio de la Música que tienen más cerca ustedes, el Auditorio de Madrid (1990) con una obra sinfónica que no descubrí hasta hace muy poco y que fui a escuchar a una iglesia de Friburgo porque en el Coro Universitario que la interpretaba cantaba mi hija Teresa. Me refiero a la Segunda de Mendelsohn (1840) una sinfonía totalmente religiosa que se cuela de tapadillo en los templos de la música profana que son también  los templos de la burguesía dominante de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.  

En el capítulo sobre Mendelsohn del libro de Eugenio Trías, que les recomiendo leer, se hace una reivindicación de su alegría de vivir, de su facilidad de componer y de su conversión al cristianismo que me parece muy delicada y muy valiosa ahora que tanto se habla de las actitudes positivas. 

José María García Paredes no es, como casi ningún arquitecto moderno, santo de mi devoción (no hay más que ver sus auditorios de Granada o Valencia) pero el Auditorio de Madrid, cuando lo vi por primera vez, casi recién construido, a finales de los ochenta, me pareció cuando menos un edificio serio o bastante sobrio donde la arquitectura, con notable esfuerzo por parte del autor, trata de ponerse al servicio de la música en vez de hacer una exhibición de la propia arquitectura o aún peor, de proponerse como un canto al propio arquitecto, como en tantos otros auditorios modernos.



Como dice su hija Angeles García Paredes, también arquitecta,  es un edificio que sólo quiere ser la caja de resonancia de una orquesta sinfónica. Y por ello María Angeles decía que veía en su padre más a un luthier que a un arquitecto.  Eso me recordó un comentario de Jünger en alguna de sus memorias en que decía que él disfrutaba de las catedrales medievales como cajas de resonancia de la música de sus corales y sus órganos. Seguramente el Auditorio de Madrid tiene más de Templo de la Música que de Palacio, y el Coro final de la Segunda Sinfonía de Mendelsohn, la Lobgesang, que les propongo escuchar, más de Oratorio que de Sinfonía. 

minuto 56:07





La versión en directo en Radio Nacional de España quedó bastante más chunga. No la he querido ni oír pero la tienen en este enlace. Los periodistas tenían prisa y me pidieron que abreviara. Y tanto abrevié que luego les sobró tiempo y no sólo pusieron íntegro el coro final del Lobgesan sino que pusieron también el dueto previo (!). 

martes, febrero 19, 2008

LA BIBLIOTECA DE BERLIN



Uno de los edificios que más me han emocionado en mi vida es la Biblioteca de Berlín, de Hans Scharoum.

Scharoum fue uno de los primeros arquitectos que conocí como estudiante pero no me interesó gran cosa. Provenía de una tendencia artística que pretendía hacer de la arquitectura algo “expresivo”y para ello los edificios tenían necesariamente que retorcerse, -nunca supe muy bien si para expresarse o para impresionar.

La primera vez que estuve en Berlín, en septiembre de 1995, entré en su edificio hermano, es decir, la Filarmónica, y aunque me gustaron la pobreza de materiales de los accesos y la riqueza espacial de su interior, el espectacular exterior, precursor de la moda en auge de los guggenheim, libeskinds, hadides, etc., me seguía echando para atrás.

Diez años después y ante el mismo edificio, con todos los guggenheims, libeskinds y hadides en candelero, pensé que La farándula de artistas y críticos periodistas le tenía que estar muy agradecido a Scharoum por las dos grandes obras de Berlín, pero la farándula parece ser corta de memoria y muy desagradecida. En desagravio, esta vez me animé a entrar a la Biblioteca con mis amigos Javier Dulín, Javier de Blas y Guillermo Morales Matos, y oh maravilla, nos quedamos boquiabiertos.
Muchas veces me he preguntado si la emoción de aquella visita tuvo que ver con los planos que Wim Wenders rodase en su interior para su extraordinaria y poética película “Cielo sobre Berlín”, pero si mal no recuerdo, esa película, estrenada en 1987, ya la había visto antes del viaje de 1995, pues traté entonces de ubicar los impresionantes paseos por los descampados cercanos al muro de aquel anciano que seguía buscando la desaparecida Postdamer Platz con la atónita compañía de los ángeles protagonistas.

En la visita al interior de la Biblioteca del viaje del 2005 el proceso fue al revés: no llevaba las secuencias cinematográficas en el recuerdo sino que las imágenes de la gente leyendo y estudiando con los ángeles alrededor me fueron asaltando a medida que recorría el edificio, y por ello tuve que atribuir parte de mi emoción a la interpretación que Wenders hizo del mismo.

Para salir de la posible ensoñación producida en mí por el cine, me apoyé en el testimonio de mis compañeros de visita y pude ver que también ellos estaban fascinados con la grandeza, la riqueza de espacios, la variedad de lugares e iluminaciones o la ocupación tan intensa y el silencio tan severo que se vivía allí (¡hubo quien nos recriminó por el clic de la máquina de fotos!). La ciudad de la gran pira de libros, todavía dividida por la guerra, había conseguido construir pocas décadas después el templo más hermoso de lectura que yo jamás había visto (y he visto unos cuantos).

Durante el curso siguiente mi hija Elena fue a Berlín en viaje de estudios desde Münster donde estaba de Erasmus, y ante su pregunta de qué ver en Berlín le dije que sin lugar a duda, lo más importante de esa ciudad era la Biblioteca de Scharoum de 1978. Tras su visita me contó que ya no dejaban entrar a no socios, pero que gracias a su incipiente alemán consiguió convencer a una de las vigilantes de la entrada (muy serias, por cierto) y le dejó pasar. Y lo mismo tuvo que hacer cuando nuevamente volvimos a Berlín con ella en el verano del 2006: Elena les pidió nuevamente permiso para que nos dejaran entrar y no hubo mayor problema. Se agradece.

Pongo aquí diez fotos de entre una y otra visita que no creo que digan gran cosa. Ante arquitecturas así yo no me conformo con un recorrido turístico o con unas fotos. Lo que me gustaría en verdad es vivir cerca de ese edificio para ir a leer allí muchas, muchas tardes.



















miércoles, febrero 07, 2007

123. ÁRBOLES INOPORTUNOS







El verano pasado en Berlín fuimos a ver la famosa fábrica que Peter Behrens construyó en 1909 para la AEG y nos encontramos con que tres inoportunos árboles nos impedían disfrutar de la presencia urbana de aquel gran templo del maquinismo moderno. Fastidiados por el contratiempo, aprovechamos la visita para contemplar con más detenimiento la fachada lateral, y buscar la entrada a la fábrica, asunto este último que se me había pasado por alto la primera vez que la vi en el viaje de 1995, cuando seguramente los árboles no estaban tan crecidos y la contemplación de la fachada principal a la calle aún era posible.

La desazonadora presencia de esos tres arbolillos me conectó de inmediato con ciertos asuntos pendientes que tenemos en mi ciudad, y me dije que de allí tenía que salir una reflexión LHD.

El respeto por los árboles urbanos se ha convertido desde hace unas décadas en un tema tabú. No hay tala urbana que no sea rápidamente contestada por la ciudadanía y capitalizada por el partido de turno en la oposición. Es decir, no hay tala urbana. Y cuando la hay, se ha de hacer con nocturnidad y alevosía, como la de los viejos cedros de El Espolón. El pecado de no tocar un árbol urbano fue introducido por los “ecologistas” mucho antes de que las feministas o los gays establecieran las nuevas costumbres de lo políticamente correcto. Los dictados de la moral urbana ya no se dictan desde los púlpitos o la sabiduría ilustrada, sino que son cosa de unos colectivos así llamados “alternativos”. Los políticos que hacen leyes y establecen costumbres están tan entretenidos en su lucha particular por la alternancia en el poder que parecen haber abandonado esta parcela de poder, y es más, hasta les debe de parecer bien que la ejerza esta gente.

En la ciudad, un árbol no es un asunto de ecología, sino un tema de arquitectura. Y como los árboles crecen y las ciudades se transforman, la idoneidad de su implantación o desaparición ha de hacerse desde el análisis arquitectónico y no desde el fundamentalismo proteccionista de ecologistas de pacotilla o desde la ligereza de lo políticamente correcto.

Que yo recuerde, el célebre episodio que hizo caer sobre esta ciudad el tabú de que “los árboles no se tocan” fue el intento de tala de los cedros de la plaza del Mercado cuando se hizo su última pavimentación (aquella que comenté en el LHDn79). Es curioso recordar la guerra que se armó por intentar poner fin a aquellos cuatro árboles y que nadie dijera ni una sola palabra sobre el diseño del pavimento. Aquellos cuatro viejos cedros, plantados sobre una ordenación de jardinería anterior, fueron finalmente “respetados” y se quedaron como unos pasmarotes en medio de la “ordenación” del nuevo pavimento. Tres de ellos se han muerto en los pocos años que van desde aquella remodelación a nuestros días, y el cuarto está el pobre que da pena verlo. Pero hasta que no se caiga parece tener colgado el cartel de “intocable” y yo añadiría que el de… ¡ridículo!

Delante de tres equipamientos urbanos de Logroño que seguramente se retranquearon sobre la alineación oficial para dar mayor empaque a sus fachadas sobre la propia calle, se plantaron hace muchos años, siguiendo alguna moda de jardinería temporal, otros tantos cedros o abetos que con el tiempo crecieron y ocultaron sus fachadas. Cuando la ciudad se hacía con equipamientos de fachadas bien compuestas, podía ser irrelevante que algunas de ellas se ocultara detrás de una cortina vegetal, pero el deterioro urbano que va desde aquellos momentos en que la arquitectura se representaba en la calle hasta estos tiempos en que toda nuestra arquitectura se ha vuelto banal y anodina, hace más que nunca necesaria la presencia de esos edificios en la escena urbana.

Traigo aquí tres de los más urgentes ejemplos y pido para ellos la limpieza que se merecen: el Hospital Militar, la Escuela de Artes y Oficios y el Convento de Misioneros. Y de paso (por pedir que no quede), que talen también en Berlín los tres miserables desgraciados árboles que ocultan la AEG de Behrens.

miércoles, noviembre 29, 2006

93. ENTRE MEDIANERAS



De tanto en tanto, algún concejal poco atareado mira por encima de la línea de las tiendas y los huecos entre fachadas y descubre la existencia de unas enormes paredes vacías de contenidos que parecen estar llamándole a hacer algo por su ciudad. La decoración de medianeras es una de esas actividades de bajo presupuesto con las que un munícipe puede ejercer durante unos meses de mecenas de las artes pláticas y salir en los periódicos media docena de veces a mayor gloria de su partido político. El carácter efímero de los soportes garantiza que por muy malo que sea el resultado siempre se te tiene coartada, pero lo cierto es que hay algunas medianeras así decoradas que se resisten a desaparecer y que llevan años y años dando la turrada (en Logroño por lo menos tres).

Los estudiantes o “jóvenes artistas emergentes” que se hacen con tales encargos, bien por adjudicación colectiva o por concurso, encuentran en ellos la oportunidad de su vida, es decir, la de mostrar su ego a la ciudad en unas dimensiones exponenciales sobre sus habituales lienzos, provocando sin saberlo un roto urbano de mayor calado que el que se pretendía resolver. En primer lugar, porque la medianera es un lugar secundario que no debe imponerse en la escena urbana sobre las más importantes fachadas; y en segundo lugar porque con sus artísticas ocurrencias, bien figurativas, informales o cromáticas, rompen con el tradicional papel de “fondo” que debe tener la escena arquitectónica respecto al protagonismo de la vida urbana. Una fachada no puede debe ser nunca un cuadro, y una medianera, mucho menos.

He hecho un repaso por mis álbumes de fotografías de viaje y me he dado cuenta de que tengo una estupenda colección de medianeras de todo el mundo, pero no precisamente de las artísticas, sino de las vacías, de las que resultan de una vecindad desigual y de un evidente descuido del arquitecto y promotor que edificaron más alto o más aislado. Mi interés por esos enormes paños desolados debe tener el mismo origen que el que me movió a escribir un bisoño articulillo sobre los espacios vacíos de la ciudad y que titulé “Huecos Urbanos” (se publicó en una hojilla sin difusión y lo rescaté para el compendio de escritos titulado Una Voz en un Lugar, que desistí de publicar después de dos o tres años intentándolo, así que igual algún día lo cuelgo por aquí). Citaba en él por dos veces una entrevista que le hicieron a Wim Wenders en la revista Quaderns de Arquitectura 177, en la que mostraba su fascinación por la ciudad incompleta o herida: “Lo roto hunde sus raíces más profundamente en la memoria que lo completo –decía-; lo roto tiene como una superficie rugosa a la que nuestra memoria se agarra; en la superficie lisa de lo completo, la memoria resbala…”; y luego concluía melancólico sobre su desaparición: “Por definición, la ciudad exige que se haga algo en esas zonas, y esa es su tragedia”.

Pero el origen de la medianera no es un roto sino un hallazgo; y en realidad no es rugosa, sino una gran “superficie lisa” nacida con el gran invento de la agregación urbana: el del ángulo recto en planta (véase el cap del Espacio en el Manual de Crítica p152). En el envés de esa calle recién creada que podemos ver en la planta de un poblado como el del Cerro de la Cruz en Cortes (Navarra) ya están ahí presentes y sin resolver los testeros y medianeras de sus casas.

Los retranqueos de la normativa neoyorquina, tantas veces denostados desde la geometría de la calle tienen mucho que ver con el retorno a la arquitectura aislada, a la arquitectura escultórica, esa que en Europa tuvo como paradigma a los bloques aislados en el parque. En tanto que piezas volumétricas, los edificios renuncian a su papel de escena y reivindican su protagonismo sobre la propia vida que convoca la ciudad. Los edificios ensimismados y escultóricos no crean vida a su alrededor, sino que la niegan. No son fondos, sino formas.

Por eso, cuando voy de viaje y veo una buena medianera, por muy fea que sea o por muy mancillada que la hayan dejado las empresas anunciantes o los artistas y concejales (que vienen a ser lo mismo en su empeño anunciador), pienso que estoy a salvo. Y por si mi memoria me falla y no se agarra lo suficiente a sus lisas superficies, les hago fotos. Para atrapar el recuerdo de que he estado en una verdadera ciudad.


viernes, septiembre 01, 2006

41. KREUZBERG





Cuando fuimos a Berlín con el COAR en el 95, visitamos la esquina oriental del Kreuzberg por aquello de ver la casa de Siza (Bon Jour Tristesse), cenamos en un restaurante con gente rarita (no hace mucho que alguien me recordó con regocijo la cara de preocupación de la mujer de Victoriano en aquella cena) y nos metimos en un garito atestado de gente, donde pudimos oír la música de un grupo armenio y disfrutar de un ambiente de… eso que luego se ha dado en llamar “multiétnico”. Instalados en hoteles del Mitte próximos a los grandes lugares de la historia de Berlín, los turistas se solían adentrar en el Kreuzberg por la curiosidad de ver a miles de turcos instalados en occidente o por vivir noches alegres en un ambiente más o menos contracultural pues, en efecto, durante los años más duros de la guerra fría, cuando Berlín Oeste era una isla en el océano comunista, el gran barrio sur de la clase media berlinesa (cuyas casas darían sin duda millares de hombres al nazismo durante los años treinta) se repobló con una gran oleada de inmigración procedente de Turquía y no pocos grupos y comunas de “hippies” alemanes.

Con aquellos recuerdos y el acicate de algunos alumnos de la Escuela de Arte que buscaban noches alegres en Berlín, volví a visitar el barrio en compañía de Javier Dulín y Javier de Blas, pero caminamos calles y calles sin apenas encontrar mayor diversión y alicientes. Pensé que con la dinámica de los últimos quince años el ambiente se habría apagado bastante, y que el famoso barrio berlinés pasaba por momentos más bajos.

La suerte ha querido que el intercambio de casas con que suelo organizar mis vacaciones estivales me haya llevado este verano justamente a una casa del corazón del Kreuzberg, de modo que he vivido quince días inmerso en sus calles y me he podido formar una idea mucho más clara de su especial idiosincrasia.

Lo primero que hay que decir es que el Kreuzberg es muy grande, así que si no se va a algún tramo concreto del mismo, lo más fácil es perderse por entre calles más o menos anodinas. En caso contrario te puede pasar como… si buscando el ambiente de la calle Laurel empezaras por Cascajos.

Lo segundo que allí se ha demostrado es que la integración multirracial y multicultural es un mito de los políticos progres más tontos y los periodistas más perversos. Cuarenta años de convivencia entre los inmigrantes del país del tercer mundo que se reclama más europeo y la clase de gente más tolerante surgida de las revoluciones sociales de los sesenta y, como nuestros amigos intercambiadores nos dijeron (y nosotros comprobamos día a día) a lo que más que se ha llegado es a una tranquila coexistencia en paralelo. Los turcos hacen su vida, tienen sus bares, controlan permanentemente las calles desde las puertas de sus negocios (como en su país de origen) pero no se mezclan con los alternativos alemanes (o con el buen número de gentes venidas de toda Europa que pueblan el barrio), y muchos de ellos ni siquiera aprender a hablar alemán. Por su parte, la mayoría “verde” en que se ha transformado aquella fauna hippie, va en bici de un lado para otro, trabajan, tienen más hijos de lo que uno se pudiera imaginar, beben y fuman sin pudor en los tranquilos y baratos bares del barrio (casi siempre puestos sin lujo alguno pero con muy buen gusto), y hablan y hablan entre si en voz baja en lo que parecen siempre conversaciones muy interesantes.

Un misterio que no he logrado descifrar (porque de cuentas urbanísticas ando bastante pez) es que, con la alta densidad edificatoria que el barrio tiene, siempre encuentras sitio para aparcar en tu misma manzana. Ya me di cuenta que era agosto, pero la gente me aseguró que allí el agosto no es como en nuestras ciudades y que durante todo el año hay el mismo flujo de tráfico de coches y la misma disponibilidad de aparcamiento.

Quien vaya a Berlín y busque nuestra “marcha”, que no vaya al Kreuzberg sino y otras zonas nuevas del Berlín Este recobrado. El viejo Kreuzberg, cuyo caserío sobrevivió bastante bien a la debacle del 45 (y de ahí que a mí me evoque aún a las familias de clase media que nutrieron el nazismo), es hoy un barrio tranquilo, un laboratorio urbano donde aún cabe seguir estudiando cómo evolucionan los grupos sociales que lo pueblan, y…, un lugar muy agradable para pasar quince días de verano.


lunes, mayo 29, 2006

18. DE BERLÍN A CURITIBA




Cuando fui por primera vez a Berlin en 1995 con el viaje del COAR, el hecho aún latente de la división de la ciudad y el anuncio de su recomposición eran los temas que más nos fascinaban. Para hacerme una idea de su pasado urbano me compré varios libros de fotos antiguas de Berlín, y entre ellos uno que trataba del periodo de reconstrucción del sector occidental entre 1945 y 1965.

Diez años después, si dices a alguien que vas a ir a Berlín y que eres arquitecto te contesta con la misma tontería: “uy, lo que vas a disfrutar con tanto edificio nuevo y de arquitectos importantes que se ha hecho allí”. Yo fui justamente en el 2005, esta vez con los alumnos de la Escuela de Arte, pero los edificios nuevos me dejaron bastante indiferente, por no decir asqueado. Sin embargo, sí hubo algo me fascinó: como nuestra infraestructura de viaje era muy elemental y nos tuvimos que mover mucho en tren, metro, tranvía y autobús, me di cuenta de que lo mejor de Berlín no eran sus edificios o sus calles, sino la extraordinaria calidad y eficacia de su transporte público.

Con esa nueva idea en mi cabeza desempolvé aquel libro de la reconstrucción de Berlín y me quedé prendado de una serie de fotos de los años cuarenta que muestran que, mientras el caserío destrozado por los bombardeos de la guerra aún no había sido reconstruído y ni siquiera desescombrado, los tranvías ya transitaban perfectamente por las calles limpias de la ciudad. En España algo así hubiera sido impensable: para nuestra mentalidad, la ciudad son los edificios y luego, ya se verá.

En América Latina, nuestras viejas ciudades crecieron tan desmesuradamente en el siglo XX que para referirse a ellas casi se prefiere hablar más bien de aglomerados urbanos que de ciudades. El tejido urbano suele ser caótico y la arquitectura no tiene fuerza alguna para ordenar la ciudad: simplemente racionaliza aquí y allá de un modo discontinuo la inversión inmobiliaria. Tanto es así que cuando un arquitecto de Guadalajara (México), ciudad de seis millones de habitantes, visitó Logroño, lo primero que dijo (para mi sorpresa) es que en nuestra ciudad, de tan sólo ciento cuarenta mil habitantes, había bastante más arquitectura que en la suya. Y como al poco, visité Guadalajara, comprobé que tenía razón.

Pero el mayor problema de estas gigantescas aglomeraciones urbanas del siglo XX no es que carezcan de arquitectura sino de un sistema de transporte público que las irrigue internamente con la fluidez que requieren los tiempos. Aunque fuera en otro ámbito cultural y geográfico no puedo dejar de recordar el asombrado comentario de Javier Martínez Laorden (viaje COAR 2005) ante el caos circulatorio de El Cairo: “sin metro esta ciudad es imposible que funcione”. Como cuentan las guías, El Cairo intentó hacer un metro, pero el subsuelo arenoso puso enormes dificultades y se paró. Además del problema del subsuelo, el metro es caro, muy caro y las ciudades del tercer mundo no pueden permitirse una inversión tan grande.

Hace unos pocos años me enteré de que en Sudamérica algunas “aglomeraciones” habían iniciado algo así como una revolución urbana que pretendía sacar sus ciudades adelante a partir de pequeños e ingeniosos inventos aplicados a la red de autobuses públicos. Como el más famoso parecía ser el del proyecto “Transmilenio” de Bogotá, en el congresillo donde yo me enteré de todo esto (véase Grandes Proyectos Urbanos en el hC 20 de elhall 82), un asistente brasileño protestó diciendo que en Curitiba, ciudad de casi dos millones de habitantes, capital del Estado brasileño de Paraná, el alcalde y arquitecto Jaime Lerner llevaba con ello más de veinte años.

Es por eso que en el viaje a Brasil que proyecté para septiembre de este año (y que el COAR sigue pendiente de apoyar aunque ya estamos apuntados 35) incluí una visita a esta ciudad que promete ser de lo más interesante. Para la preparación del habitual dossier del viaje, Javier (MLaorden) me ha pasado un número monográfico de la revista Carreteras de mayo del 2004 dedicado a estas económicas experiencias de mejora del transporte urbano. El tema promete, así que seguiré informando.