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jueves, mayo 03, 2007

KITSCH


Coleccionar lo hortera, lo cursi, el mal gusto, lo pretencioso o todo aquello que entendamos por kitsch (pongo el enlace a wikipedia en la palabra por si alguien quiere saber más, /o por si quiere descubrir que a las últimas obras de Wright en California las catalogaron con ese título), coleccionar lo kitsch, digo, es una golosa tentación para cualquier investigador de arquitectura. Buena parte de lo “feo en Valencia” que recogía Adolf Beltrán en su libro (v nLHD003) podría ser también catalogado como kitsch, pero el problema de los sambenitos kitsch es que pueden pasarse de moda y que lo que en un momento dado nos pudiera parecer ridículo, pasados unos años no lo sea tanto. Es el caso, por ejemplo, de algunos de los edificios y objetos urbanos madrileños comentados por el arquitecto Javier Navarro en el libro colectivo “El Kitsch Español” ed Temas de Hoy, Madrid 1988.

En mi opinión, para que una obra de arquitectura alcance un rango sólido y duradero como kitsch debe ir acompañada de un texto claramente kitsch. La lectura o interpretación de un edificio pudiera ofrecer perspectivas nuevas con el tiempo (en relación con el entorno, o en relación con cosas peores que vinieron luego), pero si el edificio está perfectamente reseñado por un texto kitsch que nadie ha puesto en crisis, la etiqueta queda mucho mejor fijada.

Hay casos, incluso, en que son los propios textos los que pueden animarnos a catalogar como kitsch algunos edificios sobre los que tuviéramos inicialmente algunas dudas. Por ejemplo, los comentarios escritos sobre el Museo Dinastía de Vivanco, edificio que a simple vista lo hubiéramos etiquetado de postmoderno, nos pueden llevar en la otra dirección.

Pero puestos a hacer historia, mejor dejar lo contemporáneo y coger un poco de perspectiva, así que propongo empezarla por un edificio y un texto que no ofrecen duda alguna: el castillo de Fuenmayor sito junto a la carretera N-232 camino de Cenicero.

El 15 de diciembre de 1983 el periódico La Rioja publicaba en su página 33, sin firma, el artículo que sigue a continuación. Lo reproduzco lo más fielmente posible, corrigiendo alguna errata y acentuación evidentes, y con la misma foto que lo ilustraba:




Castillo de Valdeosera

La villa de Fuenmayor fue fundada por tres capitanes que bajaron a ocupar terreno de su situación de la resulta de la batalla de Clavijo y que uno de ellos era Ruiz Bazán, familia que subsiste todavía.Fuenmayor, villa de ricas tierras, afamado suelo de espléndidos viñedos, sigue manteniendo esa tradición de señorío.
Y asentado en un paraje incomparable se encuentra un castillo que todo el que haya pasado por la Nacional 232 se habrá detenido a contemplar. Castillo que se alza majestuoso, firme y desafiante al horizonte: Castillo de Valdeosera.
Su historia rompe cuando don Gerardo Sáenz de Cabezón comenzó a viajar por Francia, Italia y España para conocer de cerca todos los castillos posibles y estudiarlos en profundidad. Con una serie de datos que estimó necesarios, regresó a su querido Fuenmayor dispuesto a comenzar la obra: a levantar este Castillo de Valdeosera. El proyecto se finalizó en el año 1971, y la obra, que duró seis, quedaba definitivamente rematada en 1977.
El Castillo de Valdeosera, en tierras de Fuenmayor, de estructura bellísima, consta de una cueva o parte subterránea, donde, en barricas de roble, duermen cosechas que en su día, tras una crianza idónea, serán embotelladas y puestas al mercado para deleite de los más exigentes paladares. El primer piso, con ocho metros de altura, hizo don Gerardo Sáenz de Cabezón fuera destinado a planta embotelladora. Aquí, artesanalmente, se van embotellando esos caldos que han dormido en la quietud de la cueva los años suficientes hasta llegar a convertirse en los más finos vinos de Rioja. La torre del homenaje, de dos plantas, está distribuida de la siguiente forma: la primera, para salón de actos, convenciones sociales, etc., y la segunda, a vivienda. Trece almenas conjugan perfectísimamente con la belleza arquitectónica del Castillo de Valdeosera hacia donde se accede por una de ellas. Diecisiete metros de altura separa la parte más alta del castillo de la alfombra de viñedos que se extiende a sus cuatro costados, ofreciendo un conjunto plástico que parece sacado de la época medieval.
Al mirarlo, nos imaginamos encopetados y altivos caballeros degustando en vasos de plata el néctar del dios Baco. Pero la realidad es que esto que parece un sueño es una realidad que, gracias a la larga investigación de don Gerardo Sáenz de Cabezón, tenemos los riojanos en nuestra tierra.
Este hombre, que vio la luz primera de sus días en Fuenmayor, eligió estos pagos para que su obra quede aquí por los siglos de los siglos, Y en su interior, el mejor inquilino que sus muros pueden custodiar: el Vino Castillo de Valdeosera.Don Gerardo Saénz de Cabezón, además de poseer un alto sentido del arte en su más depurado estilo, es un auténtico especialista en el mundo del vino, ya que ocupa la vicepresidencia nacional de la Asociación de Enólogos Españoles y es miembro de la Asociación Internacional. Con esta experiencia sobra decir que los riojas que duermen en el subterráneo del Castillo de Valdeosera encierran la auténtica sangre de la tierra riojana. La misma que corre por las venas de Enrique, Charo y Gerardo, hijos del señor Sáenz de Cabezón, quienes de forma familiar y artesanalmente, colaboran con su padre, esperando el gran momento de “poner de largo” a una de las cosechas que impacientemente espera su embotellado: Cosecha del 69 para el próximo 1984.

Va ser difícil descubrir para la historia al autor del artículo, pero gracias a la amabilidad de los funcionarios del Ayuntamiento de Fuenmayor he podido saber que el autor del proyecto es el conocido ingeniero riojano don Alfredo Madrigal. Ya siento no haber podido atribuírselo a un “compañero arquitecto”.

miércoles, marzo 21, 2007

LA VALENCIA FEA







He venido tan entusiasmado de las fiestas primaverales de Valencia que iba a ponerme a escribir maravillas cuando me he acordado que tenía pendiente reseñar un estupendo libro sobre Valencia dedicado a recopilar cosas no tan maravillosas. El título ya lo dice todo: “La Valencia fea”; el autor, un periodista valenciano que trabaja para El País, llamado Adolf Beltrán. Le llamé por teléfono para felicitarle nada más leer el libro (o mejor dicho, nada más verlo, porque esencialmente es un libro de fotos) y quedamos en que si me pusiera a hacer un trabajo similar, le daría cuenta del mismo.

Y es que como puede leerse en el artículo MIRAR EN CONTRASTE, colgado en el blog Una Voz en un Lugar, desde hace muchos años tenía yo en mente un proyecto similar para con mi ciudad y región: hacer una gran recopilación de fotos de los lugares inequívocamente feos de los que somos responsables los arquitectos o, en general, todos los ciudadanos por no criticarlos y denunciarlos.

En cierta ocasión se lo propuse a Jesús R. Rocandio, el fotógrafo de Cámara Oscura, probablemente tras ver la estupenda foto que publicó su colaborador Emilio Blaski en la portada de Elhall n31, y ambos nos felicitamos porque el proyecto fuera colectivo en vez de personal. Pero al final no hicimos nada. Si los cuarenta o cincuenta lectores riojanos que tiene diariamente este blog nos animásemos a seleccionar media docena de fotos cada uno y encontrásemos un editor, el trabajo podría estar listo en tres meses. En fin, proyectos creativos no me faltan. Otra cosa es la edición.

Adolf Beltrán ha organizado sus fotos de la Valencia fea en veinte capítulos, que paso a enumerar para que se vea la estructura de su trabajo:

1. Casco antiguo lleno de agujeros.
2. Demasiadas cosas por las aceras.
3. Mobiliario “pompier”.
4. Jardineras por doquier.
5. Una plaga de esculturas y fuentes.
6. Aparatos a la vista (aires acondicionados, cables, antenas, etc).
7. Avenidas y calles con mala suerte.
8. Esquinas desafortunadas.
9. El insólito prestigio de la pirámide
10. Fuera de lugar, fuera de escala.
11. Pasajes oscuros.
12. Túneles de impacto.
13. Puentes abundantes.
14. Patologías y aflicciones (grafitis, carpinterías cambiadas, etc)
15. Cromos de fachadas.
16. El edificio como una colmena.
17. El edificio como un pastel.
18. El edificio como un búnker.
19. El edificio como un castillo.
20. El artefacto (capítulo dedicado a los Calatravas del Turia)

Adolf me comentó que el libro había tenido un éxito insospechado y que desde entonces le habían llamado de varias Escuelas de Arquitectura y Urbanismo para dar conferencias sobre el tema.
Ahora que lo pienso, la vena crítica e irónica valenciana, también está muy presente en los ninots de sus fallas, así que este libro, lejos de ser una lacra para Valencia, me parece una maravilla más que sumar a las que contaré otro día de esa ciudad.

Aunque lo interesante del libro es el conjunto y no las imágenes concretas, ilustro los cinco primeros capítulos arriba mencionados con una foto de cada uno, y si a los lectores les gusta la idea en otra ocasión colgaré alguna más.

(Si por algún conducto tienes noticia de esta reseña, Adolf, renuevo para tí mi más cordial felicitación.)