miércoles, marzo 14, 2007

149. MISERIA


¿Hasta donde va a llegar la miseria de la actual Junta de Gobierno del Colegio de Arquitectos? ¿No hay ni una sola voz discrepante entre sus miembros? No digo una dimisión, sino tan solo una voz discrepante (¿a qué esperas, Noemí Grijalba? ¿todavía no te has dado cuenta en dónde y con quién te metiste, Fernando García?) ¿Y el resto del colectivo? ¿Qué es de la voz crítica de los que apoyaron al actual Decano a seguir en el cargo? (¿te queda algo de sentido crítico Gaspar Aragón?) ¿Y qué es de los que directamente discrepan de la línea de la Junta? ¿Nadie es capaz de ver el nivel de miseria a que han llegado? ¿Nadie ve lo que eso afecta y humilla a la profesión?

Os doy dos datos para que os hagáis una idea de hasta donde llega su forma miserable de actuar:
1) A comienzos de febrero solicité mi baja en el Colegio mediante una carta bien argumentada a la que todo interesado puede tener acceso en la red: LHDn122. Pues bien, mes y medio después todavía no me han contestado de forma oficial, ni personalmente, ni por circular.
2) Uno pudiera pensar que es por lentitud, desidia o pereza en responder a tan difícil reto, pero no es así porque acabo de tener una muestra de su rápido proceder para conmigo: este mes ya no he recibido elhall, ese boletín que yo fundé y que no sólo reciben gratuitamente los arquitectos sino mucha otra gente no colegiada interesada en la arquitectura. ¡Qué miseria! ¡Qué miserables! ¿Será porque soy el único que lo leo? (Martín Sáez: ¿te queda algo de dignidad? Demuéstralo, hombre; ¿y tú, Ernesto Reiner, qué tal si das por fin la cara y pides disculpas por aquella carta de sabandija que escribiste a la Junta sobre el anterior hall? ¿o estás más contento con éste modelo de publicación que no me envían, en la que me han dicho que hasta has vuelto a escribir?).

Como profesionales y ciudadanos, creo que todos estamos bastante abochornados del grave deterioro de los niveles de convivencia a que nos están llevando todos (o casi todos) los políticos de este país con sus lamentables declaraciones y contradeclaraciones mezcladas siempre con más insultos que argumentos y que han acabado por extender a los cuatro años de una legislatura lo que podía ser un acotado mes de pelea electoral. Y como profesionales y ciudadanos también empezamos a ser conscientes de que para salir de este peligroso camino se necesita de gente sensata que mire las cosas desde una perspectiva diferente: la del trabajo cotidiano, por ejemplo, o la de las lecciones de la historia y la distancia que da el análisis y el estudio. Es un momento ideal para que los colectivos profesionales, por ejemplo, se desmarquen de ese triste espectáculo y sujeten el andamiaje de la vida cívica.

Pero lejos de ello, muy lejos de ello, el colectivo de los arquitectos, el nacional con Hernández Pezzi a la cabeza (véase LHDn141) y el regional con Domingo como titular, parecen estar jugando con sus artículos y declaraciones a una de las bazas políticas en lid sin reparar en el grave daño que le están haciendo al colectivo por ellos representado y sin tener el más mínimo sentido del deber que en estos graves momentos tienen contraído con la sociedad en dar ejemplo de unos valores que apunten algo más alto que el nivel en que celebran el juego los políticos y los periodistas.

Sí, ya sé lo que me vais a decir: que mis críticas siempre hacen daño a alguien y que eso parece ir en el mismo sentido que la pelea de gallos en que se ha convertido nuestro panorama social. Ya lo sé, ya lo sé, no creáis que no lo pienso. Muchos días me gustaría callarme, hoy mismo por ejemplo, y no decir nada: salir al campo a dar un paseo por entre los bellísimos árboles en flor y traer una fotito hermosa para este blog con cuatro comentarios sobre la primavera. Pero creo que con ello estaría dejando vacía una pieza muy necesaria en el engranaje social. Mi voz no va en el sentido de la greña política. Yo sólo soy una voz crítica y no me represento más que a mí mismo. Y esa crítica individual (sin tribuna pública alguna/accesible sólo para quien la busque en la red/ generosa y altruista, es decir, sin compensación económica alguna/ mejor o peor, más acertada o errada) es mi modesta contribución al estudio de la arquitectura local y de la vida social. Hago crítica bajo el mismo juramento hipocrático con que un médico hace daño: sólo para intentar sanar. No confundir, por favor, los cargos de responsabilidad social con las voces críticas individuales. Ese es un gravísimo error. Y es por ahí por donde empiezan las miserias.

Esas miserias que practican algunos de nuestros compañeros arquitectos que ostentan cargos de representación; algunos conscientemente, y otros por contagio o por pereza. Con los primeros no hay nada que hacer, pero de los segundos aún espero una pequeña muestra de dignidad: consigo mismos y con la profesión.

148. ZARAGOZA/BARCELONA




Hasta el domingo 4 de marzo de este año, Zaragoza había sido siempre para mí una ciudad paleta y provinciana de la que poco o nada podía esperar; una ciudad polvorienta y de aluvión, una ciudad sin perspectivas alrededor, donde el acento de las voces apunta en todo momento a la exaltación de la dureza de mollera. Las últimas veces que había parado en Zaragoza pude ver la interpretación que esa ciudad hacía de la “modernidad” arquitectónica en lugares tan significativos como la plaza del Pilar o el puente de Piedra, y me quedé horrorizado. Y también recuerdo con espanto otro viaje para un concierto en la remozada Seo cuando tocaba yo en la Orquesta Sinfónica de La Rioja, porque el eco producido por el duro y brillante suelo hacía imposible cualquier musicalidad.

El domingo 4 de marzo de este año fui a Barcelona a correr su maratón y me las prometía muy felices. Como me dijo una amiga, Barcelona es siempre una ciudad “que se presta al disfrute” y aunque yo había ido a sufrir un poco, lo cierto es que me apetecía mucho volver a la ciudad donde estudié mi carrera de arquitectura, a la ciudad donde descubrí mis primeros amores, o donde hice mis más grandes amigos. Hacía ya unos años que no iba por Barcelona, así que en esta ocasión elegí su maratón como disculpa para darme un buen paseo por sus calles. Y a fe que lo hice, cuarenta y dos kilómetros de “paseo oficial”, más los vagabundeos anteriores y posteriores a la carrera.
Barcelona es la única ciudad que ha recibido una prestigiosa medalla de la arquitectura (la del RIBA) destinada a los santos arquitectos, y recientemente el Colegio de Arquitectos de Cataluña ha repetido el gesto bendiciéndola con otro premio u otra medalla de arquitectura. Yo, sin embargo, en los últimos años he escrito sobre Barcelona algunas líneas poco elogiosas que el lector puede rastrear en el blog hermano de éste (Una Voz en un Lugar): en los fastos del 1992 redacté “Del Seny al Disseny”, y para un pequeño congreso celebrado en Nápoles en 1999, ciudad que quería saber de primera mano las claves del éxito de Barcelona, escribí la “Conferencia del Nápoles”.

Bueno, esta vez yo sólo iba a Barcelona a hacer deporte, a disfrutar de un intenso encuentro físico entre mi cuerpo cada vez más viejecillo y sus calles cada vez más rejuvenecidas, sin más preocupación que llegar a la meta y sentirme ayudado para ello de un circuito que ofrecía lo más bonito que la ciudad ha ido atesorando a o largo de siglos: desde la Catedral hasta los últimos rascacielos de Diagonal Mar, desde el Nou Camp a las Ramblas, desde la Sagrada Familia a la Villa Olímpica, etc. etc. etc.

Nada más llegar a Barcelona, el sábado 3 a mediodía, fui al pabellón ferial de la Plaza de España a recoger mi dorsal, y cual no sería mi sorpresa cuando vi las tremendas colas que tenían que hacer todos los participantes para trámites tan sencillos como recoger la bolsa del corredor o reunirse alegremente en la tradicional comida de la pasta. Y es que aquello parecía una Babel porque no te encontrabas con dos personas seguidas que hablaran el mismo idioma. El tipo que me dio la bolsa de corredor era francés y no hablaba ni papa de español, y la que organizaba el tremendo atasco en la comida era una joven negrita que servía los macarrones con la parsimonia de un campo de refugiados. Como todos parecíamos extranjeros allí, nos mirábamos con cara de sorpresa y resignación, y cuando por casualidad dabas con alguien que hablara en español (incluyo en esta denominación al catalán y el castellano) te saludabas con una sonrisa de sorpresa y complicidad como preguntándote dónde estarían los organizadores catalanes de tamaña desorganización.

Con el dorsal recogido y la pasta maldigerida fui a darme un paseo por la ciudad y lo mismo en el metro, en las aceras, o en los bares y restaurantes, parecía que los barceloneses hubieran salido en desbandada, dejando la ciudad en manos de camareras sudamericanas y guardas jurados del Este para servir y proteger a los miles y miles de turistas felices que deambulaban tan tontamente como yo.
En la carrera, tres cuartos de lo mismo. A mi alrededor era raro encontrar a alguien con quien hablar del calor que empezaba a apretar a medida que avanzaba la mañana, y la poca gente que nos animó durante el recorrido lo hacía en danés, alemán o en vete a saber qué otras desconocidas lenguas. (Por si todo hubiera sido un delirio de corredor, he consultado el listado oficial de la carrera, y he comprobado que mi impresión es completamente cierta: la participación extranjera es muy superior a la española y todos los que entraron a mi alrededor eran extranjeros).

De regreso al autobús que me iba a traer a casa, unos chicos me abordaron en el metro de la plaza de España con la sorprendente pregunta de si era yo español para poder informarles de si estaban en la línea correcta. “Es que llevamos preguntando a todo el mundo –me dijeron ante mi cara de asombro-, y no hay nadie de aquí”. Yo tampoco soy de aquí –les dije-, pero este metro va a Plaza Cataluña, así que tranquilos que vais bien. Aquí no hay nadie de aquí, les tranquilicé. ¿De dónde sois vosotros? De León, me respondieron. Pues nada, a disfrutar de una buena tarde.


Además de todo lo dicho como preámbulo a esta nota, Zaragoza es también una ciudad lamentable en aspectos funcionales, pues por no tener no tiene ni una estación de autobuses que agrupe a las distintas compañías. Los autobuses Alsa que me traían de Barcelona paran en sus hangares de la calle M. Agustín, y los Jiménez, que me iban a llevar a Logroño dos horas después tienen su estación a veinte minutos andando desde la anterior. Como el autobús de Barcelona llegó a las 8 de la tarde y el de Logroño salía a las 10, aún me sobraba hora y media, así que opté por darme un paseo por la Gran Vía y las calles adyacentes. Y fue entonces, cuando al fijarme en la gente y ver que eran los típicos matrimonios de gente madura que salen a pasear el domingo por la tarde cogidos del brazo y con cara de pocos amigos, o las pandillas de quinceañeros que aunque son iguales que en todas partes tenían un deje inconfundible en su acento, o que la cuota de paseantes magrebíes y latinoamericanos estaba en índices más o menos aceptables, me empezó a entrar cierta euforia porque descubrí que nada hay más interesante de una ciudad que sus propias gentes, y que el enorme vacío que me había causado Barcelona tenía que ver con su conversión en parque turístico de sí misma.

Zaragoza será una ciudad paleta y provinciana (y hasta tiene una Caja de Ahorros llamada de la Inmaculada (!)) pero desde el 4 de marzo pasado la prefiero mil veces a la tan universal, bella y premiada ciudad de Barcelona.

(Una nota más para los logroñeses que tan asombrados estamos de las obras de nuestra “Gran Vía”: aunque la vi de noche y estaba eufórico por lo que cuento más arriba, creo que el diseño de la también llamada “Gran Vía” de Zaragoza tiene el mismo aire hortera y nuevorico que la nuestra y que hasta le ha podido servir de modelo. Sería bueno que alguien que las conociera a fondo pudiera hacer una comparativa.)


lunes, marzo 12, 2007

147. LOGROÑO EN BLUE









En efecto, tal como suponía en el LHDn136, el interior de los balcones de la nueva fachada al Espolón de la casa del Muro del Carmen 1, estaban pintados de azulito. A los pocos días de haber escrito aquello encontré unas fotos analógicas de hace unos años, así que para que se vea bien pongo arriba una de ellas.

Los lectores asiduos del LHD recordarán que en el número 44, titulado “Cagalera”, comenté la triste desaparición del gresite azul que lucía otra casa de El Espolón, situada en el lado opuesto a la anterior, la de Miguel Villanueva 10 (foto 2).

Esa coincidencia de desapariciones y colores ha hecho que me ocupara por un momento en hilvanar la media docena de fachadas de edificios de viviendas que se construyeron a comienzos de los años sesenta en Logroño y que por la singularidad de introducir en ellas ese azulito celeste, dejaron boquiabierto a más de un logroñés.

La arquitectura había sido desde siempre un asunto bastante serio, un asunto urbano en el que cualquier frivolidad o excentricidad podría pagarse cara. Es curioso por tanto que una de esas frivolidades se produzca precisamente en aquellos años que todo pichi pata que escriba ahora dos líneas en el periódico pinta obligadamente de oscuro y hasta de negro.

Además, la alegría marinera (o celeste) del azulito no fue cosa de un solo “artista” sino que casi todos los arquitectos en activo participaron de ella. Y algunos lo hicieron con el mayor descaro del mundo en los edificios mas visibles, es decir, en las esquinas. ¿Se fueron todos al mar de vacaciones en 1959? ¿o tomaron el azulito de las piscinas como nuevo símbolo del desarrollismo?

También es muy curioso que esa fiebre duró poquísimo. Cuatro años apenas. De la muestra de imágenes seleccionada y puesta arriba se me escapa algún edificio menor y algún otro arquitecto, pero creo que es suficientemente representativa. Veamos.

(1) la primera foto corresponde a la fachada hecha por Luis González Gutierrez para Muro del Carmen 1 en 1960, cuyo azulito de los balcones ya ha desaparecido y que ya conocemos por el LHDn136.
(2) la segunda foto es la de la casa del LHDn44, es decir, la de Miguel Villanueva 10, que es de José María Carreras, también en 1960, y con el azul igualmente aniquilado.
(3) De un año antes, 1959, es la casa de Rafael Gil Albarellos en Jorge Vigón 25, con un azul más subido incluso que los demás.
(4) La casa de Avda Colón 11 esquina con Calvo Sotelo es de Luis González y Jaime Carceller, está fechada en 1962 y es la más descarada de todas; la de Duquesa de la Victoria 8, esquina con Capitán Cortés es de Jaime Carceller en 1963, y reserva los azulitos sólo para los antepechos de las ventanas de la esquina.
(5) Dos casas más en Avda de Colón con azulitos: Jorge Vigón 34 esquina con Colón es de Antonio Fernández Ruiz-Navarro en 1962; y Avda de Colón 55, esquina con Villamediana es de 1960, del entonces jovencito arquitecto Rubén San Pedro.

Me consta que el tandem padre e hijo, Agapito y Félix del Valle, también tiene alguna casa de aquellos años con antepechos celestes en calles menos vistosas, y que Fidel Ruiz, con lo atrevido que fue en sus años mozos, también lo puso en alguna de sus obras primerizas, así que prácticamente todos los arquitectos logroñeses padecieron la “fiebre azul”. Me quedan dudas de si Gonzalo Cadarso fue el único que resistió al virus. Ya lo investigaré.

Para gustos hay colores, dice el refrán, y las modas son así, pero yo elaboré una teoría algo diferente del color que el interesado puede encontrar en el capítulo tercero del Manual de Crítica. No me ocupa ahora una valoración sino más bien un registro histórico: es un hecho arquitectónico que sucedió y que gracias a este pequeño LHD queda de él constancia. Y ello es doblemente importante porque como vemos, ya empiezan a desaparecer. La frivolidad va ahora por otros derroteros.

domingo, marzo 11, 2007

146. MAESTRO


Cuando estuvo Moneo en el Colegio de Arquitectos de Logroño para presentar el proyecto de las palazzinas, -y de eso hace ya unos años-, quiso rematar la fiesta con una cena más o menos abierta entre arquitectos por la que no tuve mayor interés. En los días siguientes, algunos de los que asistieron me contaron varias anécdotas, dimes y diretes, y esas cosas se le quedan a uno en la memoria mejor que si hubiera asistido. La que más veces he recordado fue un comentario que me hizo Pepe Garrido (y que sin embargo no me sorprendió gran cosa) sobre la fórmula y la forma de veneración con que Moneo se refirió en algún momento de la cena a la figura de Frank Lloyd Wright: lo hacía embelesado y siempre llamándole “el Maestro”.

Los libros de Historia de la Arquitectura de la segunda mitad del siglo pasado han incurrido una y otra vez en el tópico de llamar “Maestros” a la media docena de arquitectos más conocidos del “movimiento moderno”, cuando el aprendizaje y ejercicio de la arquitectura había dejado atrás, desde hace al menos un par de siglos, aquel régimen gremial en que la palabra “maestro” tenía sentido. El siglo de las luces fundó el saber y la forma de transmitirlo en la “razón” y los profesores ocuparon el lugar de los maestros (y el de los predicadores).

Profesor y profesional son palabras tan próximas que se me antojan hermanas, pero como nunca he sabido mucho (ni me he fiado) de las etimologías, también se me antojaron contradictorias porque si se trataba de hijas de la razón no me parecía muy lógico que estuvieran construidas como una proposición de “fe” (pro-fe). Un diccionario que he consultado dice que profesión viene de “profiteor” y que ese vocablo significa “declararse, ofrecerse, disponerse”, pero no me aclara gran cosa. Prefiero entender que una “profesión” es, en la evolución de la humanidad, un estadio superior a un “oficio” y que igualmente, “profesor” es el estadio superior al del maestro.

¿Por qué entonces esa manía de volver a evocar a los maestros medievales, aquellos sencillos artesanos dueños de pequeños talleres que hacían del trabajo una nueva familia y del título de maestro una nueva paternidad, convirtiéndose no pocas veces en pequeños tiranos explotadores?
Tengo pendiente desde hace muchos años la lectura de “El arquitecto: historia de una profesión”, compendio de estudios coordinado por Spiro Kostoff (ed Ensayos Arte Cátedra, 1977), y confío en que cuando lo lea encuentre algún respuesta a mis preguntas; pero por lo que llevo leído y oído de un lado y de otro parece bien cierto que mientras las Academias, los Politécnicos y las Escuelas de Artes y Oficios iban formando a los nuevos arquitectos de los dos últimos siglos, en algunos despachos de arquitectura, especialmente en los más “prestigiosos”, aún se venía practicando un régimen laboral de tipo gremial. Cuando Wright entra a trabajar en el gran despacho de Sullivan no era más que un dibujante espabilado que viene a hacer carrera en Chicago, así que bien pudo tomarlo como su “maestro”; y al despacho del reconocido “maestro” Le Corbusier” acudían los jóvenes arquitectos riquillos del mundo a esclavizarse a sus órdenes a cambio de un currículo. El caso de Moneo en España ha sido paradigmático, y las páginas de las actuales revistas de moda en arquitectura, están llenas de sus “aprendices” (“arquitectos emergentes”, les llaman: Tuñón, Mansilla, Rojo, Quemada, etc.). El título de “maestro” que ahora otorgan los Medios de Comunicación anticipándose a la historia, o mejor dicho, escribiéndola directamente, es un interesante subterfugio para mantener el paternalismo gremial y seguir explotando a los pupilos a cambio de que el maestro “se enseñe a sí mismo” y el aprendiz reciba su empujoncito de “emergencia” por el mero hecho de la proximidad al personaje.

El modelo sigue siendo tan exitoso que los propios alumnos de los centros públicos de enseñanza nos piden con frecuencia a los profesores que nos “enseñemos a nosotros mismos” es decir, que les descubramos cómo haríamos nosotros los proyectos o cómo “opinamos”, cuáles son nuestros “gustos”, etc. Ni que decir tiene lo fácil que es caer en ese juego, por lo que en esas circunstancias sí que hay que hacer verdadero ejercicio de la “fe” (y la pro-fe) en la”razón” para evitar hacer de “maestro”.

La hegemonía en el uso del término “profesor” frente al de “maestro” pudo tener que ver con humillación de los profesores de las primeras letras, es decir, los que se quedaron con el título de “maestros” (de escuela), unos personajes por los que todos hemos acabado teniendo sentimientos prácticamente filiales. Así que se nos hace muy duro cargar contra un término tan querido. De todos modos, creo que debemos convenir en que el magisterio sólo será respetable cuando evite la dependencia emocional y se aleje de la predicación de unas verdades (con minúsculas) que sólo tienen que ver con la personalidad del propio “maestro”; es decir, del santo, o del predicador. Algo que seguramente hacen ahora mucho mejor los maestros (de escuela) que los profesores (de universidad).

jueves, marzo 08, 2007

145. SOSTENIBILIDAD








Tras un amplio debate y una reñida votación, el Consejo de Administración del LHD ha tomado en firme el acuerdo de apostar decididamente por la SOSTENIBILIDAD.

Cuando todo parecía indicar que en esta casa íbamos a seguir la misma línea de progreso y enriquecimiento de siempre, un Consejero Delegado puso sobre la mesa la noticia de los recortes de gasto energético que Al Gore piensa hacer en su mansión cambiando las bombillas incandescentes por las de bajo consumo, y acto seguido, el vicepresidente de nuestro Consejo remachó la jugada repartiendo fotocopias de la nueva política de Honda en la Formula 1 que decía así:
HONDA APUESTA POR LA ECOLOGÍA. La escudería japonesa de Formula Uno utilizará sus coches para alertar sobre los riesgos medioambientales (El País, martes 27 de febrero del 2007, pag 58).

Todos los allí presentes nos miramos con asombro y nos lanzamos a leer la noticia de marras: “La idea fue de Simon Fuller, el hombre que convirtió al futbolista David Beckham en un icono comercial y que se unió a Honda hace un año. “Nuestra pretensión es llamar la atención sobre los problemas medioambientales que acechan al Universo”, comentó Tadeo Fukui, el presidente de la compañía Honda. Y Nick Fry, el director técnico agregó: “El cambio climático es ciertamente el peligro más grande que amenaza a la humanidad. Y creemos que la F-1 es un excelente reclamo para concienciar a las personas y una plataforma de investigación que no podemos desperdiciar”.

Rápidamente tomó la palabra el Presidente del LHD, Sr Doce de la Granja para decir que el peligro más grande de la humanidad no es el cambio climático sino la imbecilidad humana, pero no pasó de ahí porque entre sonrisitas primero, y chanzas después, fue corriendo el chismorreo de que el coche del nuestro presidente es precisamente un HONDA.

Tomado el acuerdo definitivo en pro de la SOSTENIBILIDAD se repartieron las tarjetas que pueden verse arriba para ver cuál de ellas le podría cuadrar mejor a nuestra campaña comercial de lanzamiento de la nueva etapa. Al cierre de esta edición aún hay disparidad de criterios, pero todos apuntan hacia el último de todos ellos (el que no tiene nada por detrás) porque nadie fue capaz de averiguar cómo diablos se sostiene esa sostenibilidad. Su fabricante decía así: “Te presentamos la revolución en sujetadores. Por fin, una solución realmente eficaz para evitar que se vean los incómodos elásticos y tener una sujeción fiable y duradera. Con Stick Bra, una pareja de sujetadores en tonos negro y beige que se fijan a tu pecho mediante unos cómodos adhesivos. Te verás maravillosa”.

Y es que si nos vamos a ver maravillosas ¿qué más nos da cómo se sostiene?


144. MOLEZUN




El 4 de marzo Arcadi Espada colgó en su blog el prólogo de Miguel de Unamuno a la segunda edición del “Abel Sánchez” y me pareció que lo hacía porque, aunque estaba escrito en 1928 y el estilo era inconfundible, la descripción de la envidia como pecado capital de los españoles sigue plenamente vigente. Lo leí en un descanso de otra lectura algo más extensa, la del catálogo de la obra de Ramón Vázquez Molezún que había comprado recientemente en la exposición itinerante que sobre su obra está durante un par de meses (¡qué lujo!) en el Colegio de Arquitectos de La Rioja; e irritado como estaba por el sesgo del libro y de la exposición, tendentes a hacer de Molezún un santo, me empecé a preguntar si el pecado de la envidia tiene alguna conexión directa con el vicio de la santificación.

Hay una frase magnífica en el texto de Unamuno sobre los envidiosos a quienes tilda de “revolverse contra toda natural superioridad”. Es bien cierto que unos hombres son más hábiles que otros, más listos, más guapos, más ricos, mejores escritores, más creativos, etc. y que el tonto, el feo, el pobre, el torpe, el falto de imaginación, etc., hace de ello ofensa continua hacia su persona y oculta declaración de guerra. Esa es la envidia.

Pero también es cierto que el descubrimiento de esa diferencia opera en muchas otras ocasiones en la dirección contraria dando pie a la adulación, la mitomanía, la beatificación, y todo tipo de ensalzamiento; así que me planteo si ambas reacciones no son sino la cara y cruz de la misma moneda.

A falta de construir o desarrollar argumentos que las conecten, lo único que puedo decir de mi experiencia personal o de mis sentimientos más inmediatos es que ambas actitudes me causan una repugnancia semejante. Y ello seguramente se deba al hecho de que mientras no sólo acepto, sino que proclamo, la natural diferencia de los actos de los seres humanos, no puedo sino rechazar que a causa de unas habilidades concretas o unas circunstancias favorables, unos seres humanos se conviertan en seres de una categoría superior a otros.

Aún más: el rechazo visceral al enfoque de la exposición y del libro de Molezún (el rechazo a todas y cada una de las exposiciones que se hacen en el mismo sentido), que muy a gusto pudiera ponerme a ridiculizar señalando todos sus tics y poniendo a caldo a todos sus responsables (empezando por el propio “comisario” de la misma) me ha llevado en esta ocasión a hacerme también el planteamiento opuesto al que he señalado más arriba, es decir, a pensar si ese rechazo pudiera tener algo que ver con algún tipo de envidia escondida en mi ser que no hubiera yo detectado. ¿Me ofenden las habilidades de Molezún, tantas veces repetidas en el librito de marras? ¿me ofende el no ser tan moderno, tan alegre, tan majo, tan ligón, tan exitoso, etc. y por ello le declaro ocultamente una guerra personal? ¿o me ofende acaso el éxito del “comisario” al que le entregan, llaman y pagan para echar incienso al ya consagrado, prestigioso y reconocido arquitecto, y por eso también le declaro mi odio y mi guerra?

No puedo estar seguro de lo insano o lo oscuro que puede haber en mis sentimientos, porque doy por hecho que los sentimientos son siempre oscuros. Lo único que puedo hacer es sacarlos a la luz para aclararlos un poco, aunque me cueste el escarnio o el desdén de mis, así llamados, “compañeros”.
El caso es que desgraciadamente casi siempre me pasa lo mismo. Voy ilusionado a encontrar algún tipo de belleza arquitectónica en una exposición o en un libro, y me doy siempre de bruces contra la misma beatería que tanto aborrezco: el santo Molezún evocado como un Alvar Aalto español, con su barca y su casita al borde del agua, consagrado una y otra vez a la modernidad, lo moderno, lo novedoso, lo prestigiado por el estilo internacional, funcional, vanguardista, contra-clasicista, haciéndolo todo bien, en la línea de Mies, de Wright o de los rusos, tanto da, en Madrid, como en La Coruña o en Marbella. Es insoportable. Es lo de siempre.

Pero lo más curioso en esta ocasión es que, rizando el rizo, la última imagen de la exposición, (colocada con todo lujo de iluminación trasera, marcos y maquetas alrededor) y la primera del libro es la de un proyecto de Museo de Arte Contemporáneo para la Castellana que espanta con sólo imaginarlo construido. ¿Se puede ser tan meapilas y tan acrítico, se puede estar tan anestesiado por el incienso generalizado de la puesta en escena, como para no ver que ese proyecto es un disparate mayúsculo del que hasta el propio autor seguro que se arrepentiría de no mediar tanta alabanza y tanto pábulo a su persona?

Item más. Si me compré el libro fue porque entre la página 139 y 147 se da un listado de 238 obras de Molezún (ahí es nada) de las que en la exposición no hay más que media docena, y en el libro, dos docenas. La obra de Molezún, proclamo, son esas 238 obras del “legado” (y todo lo que no estará en el “legado”, claro) y no la selección de unos beatos. La dimensión de un hombre está en sus logros y en sus miserias, no en el juicio de la historia.

Concluyo: nada me gustaría más que saber que estoy libre de envidia para poder pedir públicamente un “¡basta ya de santos y de predicadores en la arquitectura!”.


martes, marzo 06, 2007

143. EL REVELLIN








La más aguda de las críticas a la reciente intervención de los arquitectos Ulargui y Pesquera en el Cubo del Revellín se la hicieron ellos mismos al querer quedar bien con todo el mundo. Nada menos que dijeron que “cuando los arqueólogos y los arquitectos hablamos el mismo idioma y el entendimiento es perfecto, el éxito está garantizado”. Qué bajo hemos caído los arquitectos, madre mía: ¡al subsuelo!

Y encima, ese tipo de frase para los periodistas publicistas no es verdad. No es cierto que hablen el mismo idioma profesional sino el mismo idioma comercial, el mismo idioma de entendimiento con quien les paga. Mientras que el entendimiento podría imaginarse como un territorio intermedio entre dos partes, los resultados de los arquitectos y los arqueólogos en todo este proceso demuestran que ambos han ido en direcciones completamente contrarias: los arquitectos hacia la más vacía modernidad, y los arqueólogos hacia la más turbia antigüedad.

Por las noticias de estos meses en la prensa, el mayor éxito de los arqueólogos fue encontrar unas pocas monedas sucias de hace un par de siglos. Y por la visita nocturna con un amigo (a la diurna no me atrevo todavía), lo único que me dejaron ver unos deslumbrantes focos fue un par de puertas de hotel pijo malmetidas, una, en el rincón de unas casas, y la otra, por entre medio de las aseadas piedras de una vieja y tosca arquitectura militar. Y entre lo uno y u otro, nada.

Y sin embargo, me consta que los arquitectos Ulargui y Pesquera, y los arqueólogos colaboradores, se documentaron bien de la historia del lugar, porque estando trabajando yo en el Archivo Municipal hubo bastante revuelo para atenderles con la prioridad que se merecían y estoy seguro de que obtuvieron mejor información de la que yo tengo. Supongo que algún día la podremos ver en la memoria del proyecto o que incluso preparen una publicación de esas de mucha foto, porque el lugar lo merece.

Mientras tanto, y para llenar ese enorme vacío intermedio entre la arquitectura y la arqueología compadreadas que se aprecia ahora en el Revellín, o para hablar de arquitectura que hace ciudad sin tanta pretenciosidad y de arqueología que hace historia sin tanto escarbar, voy a dejar puestos aquí algunos datos que tengo del lugar.

Paso del relato de la construcción de la muralla por estar suficientemente documentada. De lo que no puedo pasar es de la sonrisa irónica que me suscita la admiración que ahora provoca este tipo de sencilla y funcional construcción defensiva. Puestos a tener añoranzas militares, como las que mencionaba al final del LHDn133, había mucha más arquitectura en los cuarteles que en esta tosca máquina bélica. Y ello por no recordar lo que las murallas agobiaron a la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX. Pero en fin, se ve que ahora las piedras se han vuelto todas venerables aunque sea para tirárnoslas a la cabeza, así que vamos a dejarlo.

En las fotografías aéreas de 1917 que, según se dice, consiguió rescatar Enrique Martínez Glera del saqueo de los almacenes de intendencia, y que pueden verse por aquí por allá gracias a su generosidad, se aprecia que junto al resto del cubo de la muralla ya se había construido un estupendo juego de pelota, o frontón. Mejores tiempos aquellos en que la ciudad fortificada daba paso a la ciudad deportiva. Y por si fuera poco este cambio de tendencia, hay que decir también que el frontón se hizo con proyecto de arquitecto: es de 1884, y nada más y nada menos que de Luis Barrón, el arquitecto recién presentado en el LHDn140, para el promotor Benigno Iturbe. Tienen su gracia los valores expuestos en la fachada: AGILIDAD, FUERZA, SALUD, VIRILIDAD, porque podían estar sacados de un programa de instrucción militar.

Tanto éxito tuvo el frontón como nuevo lugar de vida urbana que en 1921, Fermín Alamo (el “quinto” arquitecto logroñés,- al que llegaremos algún día en el LHD) proyectó su cubrición y cerramiento según la lustrosa fachada que puede verse arriba (2). El promotor no debió hacer mucho caso del lustre del proyecto, porque cuando le encargó a Alamo en 1930 la elevación de la cubierta, el plano de “estado actual” que éste mismo levantó muestra que la fachada se había construido a “estilo” pueblo (2b). Tres años antes de esta elevación, es decir, en 1927, Fermín Alamo construyó para el dueño del frontón, Ramón Narvaiza, una casa metida con calzador entre el frontis y el Cubo del Revellín. Primero en dos plantas, y luego con otra más y unos grandes huecos que daban a poniente (3).

Tras haber hecho la población auténticos alardes de “agilidad, fuerza, salud y virilidad” durante tres trágicos años, y no precisamente en el deporte, en 1939 el lugar cambió de vocación y se dedicó al cine. Al poco de acabar la guerra, el mismo Ramón Narvaiza encargó al arquitecto de Vitoria, JM Pellón, la reconversión de uso del edificio y así lo conocieron todos los logroñeses de la postguerra: viendo amoríos de pantalla, pero también mucho cine bélico, como el “¡Centinela, alerta!” o el “Beau Geste” que recordaba Bernardo Sánchez en Elhalln26.

No sé desde cuando, pero lo que está claro es que el Cubo de la Muralla ya era entonces propiedad del empresario frontonero y cineasta, porque Alamo construyó una bonita balaustrada como paseo exterior de la casa que le hizo en 1927, y le amplió en el 30.

No contento con el paseo, Narvaiza decidió tomar al asalto el Cubo y en 1952 le encargó al arquitecto José María Carreras una nueva casa ¡sobre el mismísimo Cubo de la Muralla. ¡Qué originalidad! Pongo arriba un plano de la casa y el estupendo fotomontaje que se publicó en la portada de Elhalln26 (4 a y b).

Todo aquel esplendor constructivo fue poco a poco decayendo y en las dos últimas décadas del XX el cine volvió a ser un frontón más o menos popular o marginal, y el Cubo volvió a ser una hermosa ruina con musgo y hierbajos entre sus piedras, puerta de chapa, farola imperial de compañía y coche mal aparcado de adorno (5).

Y luego, lo de ahora: el entendimiento perfecto entre arquitectos y arqueólogos.

142. FOLLIES Y PARADAS DE AUTOBUS







Con las paradas de autobuses me pasa lo mismo que con las entradas a recintos, que suelen estar junto a carreteras donde es peligroso parar a hacerles una foto. Algunas, por lo tanto, sólo las retengo en la memoria: la casita montañesa de la carretera de Reinosa a Alto Campoo, las paradas pintadas de azulete en la carretera de Sigüenza a Madrid, las de pavés que, según me dijeron, proyectó nuestra compañera Machalen en el área de Bilbao, etc etc. A otras muchas he conseguido hacerles alguna foto pero no sé muy bien dónde las tengo. Me gustaría reunirlas todas en una gran colección o incluso en un libro, pero de la misma forma que están por ahí perdidas por las carreteras, se me van a quedando también a mí perdidas por la memoria y por las más variadas carpetas.

Uno de los juegos clásicos de la arquitectura inventados en la ilustración, era proyectar una “follie”, es decir, una casita de capricho. Los así llamados por Kauffmann, “arquitectos revolucionarios” se hincharon a hacer follies. He mirado en el google imágenes y en la wikipedia a ver que traen sobre follies y me he llevado una gran decepción. Sólo he encontrado el término referido a las que hizo Tchumi en la Villete, y en el texto explicatorio define las follies “como pequeños pabellones que se ponían en los jardines románticos del siglo XIX”. Vaya flojera. Se ve que como a los arquitectos de renombre se les permite ahora construir gigantescos caprichos (sean importantes museos, óperas, puentes o viviendas de seiscientas en seiscientas) el término ha caído en desuso. Así que lo más parecido a una follie en nuestros tiempos, bien puede ser una parada de autobús.

Mi contacto con este tipo de follies fue muy primerizo pues Moneo nos puso, como examen final de curso en Composición de segundo de arquitectura, proyectar una parada de autobús enfrente de la escuela, y que además incluyera un puesto de venta de periódicos. Me tomé el ejercicio con mucho entusiasmo, y conseguí el aprobado. No guardo los dibujillos de aquel primer pinito arquitectónico pero recuerdo que me dio por meter una diagonal que organizase un poco la tradicional cola de gente, desde una cabeza bien organizada al típico pelotón trasero, usando el espacio sobrante para el puesto de periódicos. Supongo que fue un pequeño “tour de force” con Moneo para que viera que había entendido su consejo sobre las diagonales (v LHDn130). En fin, una vieja historia de aprendizaje sin mayor importancia.

En todo caso, nada que ver aquel diseño primerizo mío con una vieja parada de autobús de mi ciudad en la que nunca he estado esperando a un autobús pero que siempre me pareció un lugar maravilloso cuando pasaba por delante de ella en coche: la de Yagüe (1). Era (es, creo que todavía no la han tirado) como un embarcadero de un barrio suburbial hacia la ciudad; el punto de encuentro más libre y espontáneo de la gente de Yagüe, el disparadero de toda ilusión urbana. En su simetría y sus detalles era como un pequeño monumento público, con el recogido espacio central para los viajeros y las dos tiendas dispuestas en sus flancos. Gracias a la Guía he podido descubrir que sus autores fueron los arquitectos Luis González Gutiérrez y Jaime Carceller, quienes la proyectaron en 1953. Nada de diagonales. Nada que ver con una follie. Tenía que haberme fijado más en ella para mi proyecto.

En el LHDn128 sobre otros blogs, contaba que en la página de Juan Freire había encontrado un enlace con un pequeño álbum de fotos de paradas de autobuses rusas que era una verdadera delicia. Os pongo aquí la foto más sobria de ese álbum (2) para animaros a abrir enlace: http://www.polarinertia.com/jan07/bus01.htm. Lo que encontraréis, sin embargo, tiene menos mucha menos seriedad. Son puras follies.

De ARCO me traje para “la colección” un par de fotos de paradas de autobús de la “artista” Ursula Schulz-Dornburg. Pongo una de ellas (3) a pesar de los brillos del cristal que la protegía. Creo que vale la pena. Qué lugar más increíble para esperar un autobús.

Y de lo que he podido encontrar de mis viajes en un primer y rápido rastreo, incluyo una de La Habana (4) junto a su maravillosa ensenada, y otra de Brasilia (5) en la destartalada (todo es destartalado en Brasilia) zona de la Universidad.

Si los lectores se animan a enviarme sus follies y sus fotos de viaje de paradas de autobús les quedaré muy agradecido. Podríamos recuperar así un viejo juego de arquitectura, y…, de paso, reírnos con más razón, o denunciar con más fundamento, a quienes están convirtiendo la arquitectura en un juego.

lunes, marzo 05, 2007

141. CARLOS HERNANDEZ PEZZI Y LA CORRUPCION UBANISTICA





Dos pruebas más del calamitoso estado de nuestra profesión durante el pasado mes de febrero del 2007 han sido: 1) el artículo que el Presidente del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos, Carlos Hernández Pezzi, publicó en El País el viernes 2 de febrero; y 2) la nula respuesta del colectivo de arquitectos (que yo sepa).

Que un Presidente de una profesión liberal e ilustrada se alinee públicamente y de una forma tan burda con los adictos a la progresía que adulan a coro las cuatro poses propagandísticas de la política del actual gobierno, es como para salir corriendo de ese colectivo. (Menos mal que yo ya lo hice –v LHDn122-, aunque por otras causas).

La canción que entona ese coro a viva voz, -para que entre otras cosas no se oigan las barbaridades de la negociación con el terror o el descalabro de la justicia nacional-, repite una y otra vez un lastimero verso sobre la existencia de una tal “corrupción urbanística” maligna y terrible, a la que otras voces contestan “tolerancia cero, tolerancia cero” (lo que no se canta ni para el asesinato) mientras que en el contracanto se oye una nostálgica melodía sobre la recuperación de los “valores” de los tiempos de la república y el advenimiento del remedio: una asignatura que se enseñará a los niños, llamada Educación para la Ciudadanía. Tal cual el artículo de Hernández Pezzi. Madre mía. Arquitecto y Presidente de todos los arquitectos. Me imagino la escena de felicitaciones en el Consejo Superior: “enhorabuena Carlos por tan bonito artículo en El País”. Y sobre todo me imagino (casi veo) la felicitación del decano de La Rioja, pues desde que está en el cargo no ha hecho otra cosa que cantar la misma canción “corrupción urbanística, corrupción urbanística ay, ay, ay, ay” (bueno, sí, ha hecho otra cosa: cerrar la crítica libre de arquitectura que podía ejercerse dentro del Colegio, convirtiendo elhAll en un folleto de exposición).

Corrupción urbanística, corrupción urbanística, ¿qué es la corrupción urbanística? ¿Se ha parado alguien de nuestra profesión cinco minutos a pensarlo bien? ¿Ha escrito alguien de nuestra profesión algo acerca la responsabilidad de la arquitectura y el urbanismo en la así llamada “corrupción urbanística”? ¿No sería más razonable que el Presidente de los Arquitectos en vez de cantar salmos al poder hiciera un mínimo análisis de nuestra aportación a esa especie de demonio que quiere dejar enanos a todos los otros males del país? Que va, que va, corrupción, corrupción, qué grande corrupción, la la la, la la la. Más alto, más alto. Forte, fortíssimo.

Sin ánimo de echar mano al diccionario, y guiándome tan sólo por lo que las palabras nos dicen o sugieren desde su acerbo popular, ni siquiera me parece adecuado usar la palabra “corrupción” para nombrar la avaricia y el soborno de aquellas personas que para ganar de forma indigna unas buenas sumas de dineros hacen uso de sus habilidades y conocimientos acerca del intrincado entramado burocrático y legal en que está enfangado el urbanismo desde hace tiempo.

En el mejor y más claro de sus usos, yo entiendo la corrupción tal y como sucede en el deterioro de los alimentos, es decir, en su disgregación, su putrefacción, su caducidad. En el más sencillo de los sentidos: tornarse malo lo que era bueno. Por lo tanto, cuando oigo la expresión “corrupción urbanística”, en vez de mirar únicamente hacia la avaricia de los humanos, hacia los sobornos, los enredos legales, los concejales mafiosos, las comisiones de urbanismo y todo eso, pienso sobre todo en la descomposición de la ciudad, y en la disgregación de sus ciudadanos, es decir, en buena parte de esas cosas de las que vengo hablando continuamente en este LHD.

La gente metida todo el día en coches para recorrer la ciudad y asomada en sus casas a las pantallas de las televisiones y ordenadores; la arquitectura de la vivienda convertida en un problema de envoltorios, retorcimientos o colorines del almacenamiento masivo (¡ay San Chinarro, qué espectáculo; y las seiscientas, qué epígono provinciano!); la decadencia significativa de los equipamientos públicos, la desaparición de la escena urbana de los verdaderos poderes fácticos, etc. etc., todo eso es la corrupción urbanística auténtica y verdadera.

El urbanismo era el saber sobre la ciudad. Luego se convirtió en la legislación sobre la ciudad. Y finalmente, en un laberinto de trámites y gestiones tan intrincado que no es de extrañar que en todos sus rincones crezca la maleza, la suciedad y la podredumbre. Pero el remedio no es cantar a coro contra los vicios humanos que crecen en esa mugre sino arreglar el corazón del urbanismo, su saber, o incluso su “ciencia” como quiso denominársela en algún momento. Y si el presidente de los arquitectos y urbanistas da ejemplo de lo contrario, y nadie dice nada, es que la arquitectura y el urbanismo van mal. Muy mal.

(La fotografía es de Internet. Carlos Hernandez Pezzi es el tercero empezando por la izquierda, justo a la derecha de la ministra de nuestro sector.)

viernes, marzo 02, 2007

140. LUIS BARRON/1




Tras Maximiano Hijón (LHDn47) y Francisco de Luis y Tomás (LHDn121 y 133), el tercero y último de los grandes arquitectos de Logroño en el siglo XIX es Luis Barrón. No me olvido del importante legado que nos dejó el arquitecto Jacinto Arregui (el Hospital y la Bene, que aún existen, y el primer mercado de San Blas y la plaza de Toros de Duquesa de la Victoria, que desaparecieron) pero Arregui vino de Vitoria hacia 1861, y para allá se fue otra vez, probablemente cuando le sustituyó Francisco de Luis como arquitecto provincial en 1881.

Ese año fue clave en la historia de los arquitectos riojanos pues Francisco de Luis pasó de ser arquitecto municipal a arquitecto provincial, y es Luis Barrón quien le sustituye en el ayuntamiento. La larga carta de renuncia y despedida de Francisco de Luis al ayuntamiento es de antología. Algún día la publicaré porque, amén de algunos datos interesantes sobre su quehacer como arquitecto municipal, es de una belleza literaria y diplomática muy poco usual en nuestra profesión. Una cosa sí queda claro en todo el proceso, y es que tanto el arquitecto como el ayuntamiento -que le contesta con igual pompa y amabilidad- consideran que el cambio de puesto es para él un “ascenso”. En el LHDn121 supuse que el prematuro final del “reinado” de Francisco de Luis en Logroño podía deberse a su progreso en la escala social, pero lo cierto es que ensanchó su interregno. Así pues, si alguien se ocupa alguna vez de sus trabajos, que sepa que a partir de 1881 tendrá que rastrear en el Archivo Provincial y buscar restos de sus obras por Haro, Calahorra, Alfaro, etc.

Mientras que de sus predecesores encontramos aún en pié casas y panteones, de Luis Barrón no queda nada de la casa en que vivió, y tampoco tengo constancia de tumba alguna donde reposen sus restos. Pero al menos tenemos una foto que, aunque borrosa, nos permite ver su aspecto y acercarnos a su talante. La reproducción que cuelgo arriba proviene de una fotocopia que me pasó Fede Soldevilla, y ya siento no tener a mano una imagen mejor (creo haberla visto después en alguna revista de La Rioja Industrial, pero no le hice una reproducción más fiel). El pié de foto dice que se trata del claustro de la Escuela de Artes y Oficios donde Luis Barrón era profesor de dibujo geométrico y director, pero no precisa quién de ellos es nuestro arquitecto. Gracias a otra foto que también vi en otra vieja revista (y que tampoco tuve el acierto de reproducir con la digital), puedo asegurar que Barrón es el segundo de la fila de abajo empezando por la izquierda, es decir, el de bigote y sombrero negro que está cantando y tocando la guitarra. Digo esto, porque en esa segunda foto (algún día volveré a dar con ella) que también era de grupo, estaba en las mismas, es decir, con la guitarra en la mano. La ocasión era un homenaje que los funcionarios municipales tributaban al que había sido su buen alcalde, el Marqués de San Nicolás.

Además de su alegría, esas dos fotos de Barrón con la guitarra son fiel reflejo del vaivén profesional que tuvo entre la Escuela de Artes y Oficios y el Ayuntamiento. Titulado en 1875 o 1876 (Cerrillo pone las dos fechas sin precisar a qué se refieren), en 1880 fue nombrado Director de la Academia de Dibujo Municipal, -institución que según todos los indicios fue el precedente local de la Escuela de Artes y Oficios. En 1881, y ante el “ascenso” mencionado de Francisco de Luis y consiguiente vacante del puesto, entró como arquitecto municipal, y en 1887 aparece ya como “profesor interino de Dibujo Geométrico Industrial de la Escuela de Artes y Oficios recientemente creada en esta población”.

Esta segunda categoría de su etapa docente debió de entrar en “incompatibilidad” con la de arquitecto municipal, lo que dio lugar a un interesante oficio de 31 de diciembre de 1887 por el que renunció al sueldo de arquitecto municipal y hasta devolvió al ayuntamiento los honorarios percibidos desde que empezó a cobrar de la nueva Escuela de Artes y Oficios: “Siendo timbre de orgullo para desempeñar el último cargo con el que me honro sobre manera desde el día 30 de diciembre de 1881 en que fui nombrado, no he de renunciarlo por causa ninguna; pero si tendré el mayor gusto en seguir prestando los mismos servicios sin remuneración”. En pompa y estilo literario no le iba a la zaga a su antecesor.
Como la importantísima obra de Luis Barrón en Logroño ya no cabe en esta nota, ni siquiera resumida, voy a acabar con otro apunte biográfico. Por el padrón de finales de siglo podemos saber que a los 51 años vivía en el número 4 de la calle Carmelitas, es decir, actual Avenida de Navarra; que estaba casado con una francesa, Gabrielle Bonett, de Anguleme; que tenía con él a sus tres hijos del primer matrimonio, Pablo, Carmen y Mercedes Barrón y Velasco, y a una hija de este segundo matrimonio, Elena Barrón y Bonett. Y también dice el padrón que con ellos vivían tres criadas. Desaparecida la casa, ilustro el asunto con una foto de la calle lo más contemporánea posible a aquel momento: la casa donde vivió Barrón sería la segunda o la tercera de las que se ven al fondo a la izquierda de la calle. Más allá de ella puede ya verse construido el Instituto Sagasta, seguramente la pieza más importante para la ciudad de entre las que proyectó nuestro arquitecto.

Y un último dato, esta vez profesional. En la simpática Guía de Logroño de 1897 de Enrique Gómez Aguirre, que contiene un listín de los prohombres de la ciudad, ya no aparece Luis Barrón como miembro del claustro de la Escuela de Artes y Oficios, por lo que es de suponer que sus actividades como arquitecto municipal volvieron a ser prioritarias a las de la docencia. Y ello sin contar con que en el ejercicio liberal también debió de estar muy, pero que muy ocupado. Nos haremos una mejor idea cuando veamos en la Guía la cantidad de obras suyas que aún subsisten en Logroño.


jueves, marzo 01, 2007

139. ESTILO Y DECORACION INTERNACIONAL








La semana pasada anuncié en el LHDn134 la publicación de algunas fotos de un esperpéntico libro de la editorial Gustavo Gili titulado ESTILO Y DECORACION INTERNACIONAL, y no quiero hacer esperar más a mis inquietos lectores. El libro tiene doscientas y pico páginas, y a un promedio de dos fotos por página, calculo que debe de haber algo así como quinientas imágenes del pelo de las que muestro arriba. Una colección extraordinaria.

Tengo que decir que el libro no es mío. Estaba en la biblioteca de la Escuela de Artes y Oficios donde doy clase, y cuando me topé con él lo retiré cuidadosa y sigilosamente al armario con llave de mi clase para que los alumnos no tuvieran acceso a él. O por lo menos, para que no lo tuvieran hasta que se hubieran hecho un poco más mayorcitos. Como con la pornografía, vamos.

En realidad lo único engañoso de este libro es el título, porque alude a un estilo, uno, y una decoración, una, que califica de “internacional”, es decir a un calificativo arquitectónico que nació como idea del no-estilo y la no-decoración. Lo “internacional”, o incluso, la “internacional” eran una ilusión política y el nombre de un ferviente himno comunista, progresista, libertador, de clase, y todo eso. Pero por lo visto el autor del libro, el tal Wolfgang Schwarze no se enteraba de nada y usó el calificativo “internacional” en su sentido más elemental, esto es, como procedente de muchas naciones. Como pronto advierte el lector curioso que abra sus páginas y lea la banal introducción, el error más grave del título no está en el calificativo final sino en el uso del singular para los nombres así calificados. No es el libro de un “estilo” y una “decoración” determinados sino que, como el noventa y nueve por ciento de las publicaciones sobre decoración, es todo un batiburrillo desordenado de fotografías espantosas y pies de fotos no menos calamitosos. Sobre el catastrófico panorama de las publicaciones de decoración escribí hace tiempo un articulillo para el diario local titulado algo así como Arquitectura del Corazón o Delcoración, que espero recuperar para el tercero de los blogs asociados a éste cuando acabe de colgar Una Voz en un Lugar. Dadme tiempo.

Pero lo que me interesa hacer aquí no es una pira de las publicaciones de decoración, sino tomarme un poco de venganza contra la editorial Gustavo Gili, considerada en el mundillo de la arquitectura como “muy prestigiosa”. A la Gustavo Gili les envié la miscelánea de artículos recogidos en Una Voz y el manuscrito del Manual de Crítica, y en ambos casos me los devolvieron con la misma carta de “muy interesante su libro pero no entra en nuestra programación editorial”. Vaya, como si mis escritos trataran de submarinismo.

Es curioso cómo cambia la relación de uno con las editoriales cuando trata de meter las narices en ellas. En fin, como con la Gili ya me doy por satisfecho con esta pequeña venganza y con la del otro día (la del libro de la arquitectura y su revolución digital), paso a contar el episodio de mi relación editorial con Herralde (perdonadme si lo he contado ya alguna otra vez y me repito). A éste también le envié los dos libros mencionados, pero a pesar del glamour de su tupé y de lo elegante que siempre lo muestran los media, no tuvo conmigo ni la cortesía de esas mínimas cartas de rechazo. Para tomarme un poco de venganza por mi mano, cargué las tintas contra el librito que editó de Oscar Tusquets, “Dios lo ve” (véase reseña en Archipiélago n 45) ¿y sabéis cual fue su respuesta? pues retirar su publicidad de esta revista durante unos cuantos meses. Para que se vea cómo las gastan estos “prestigiosos” prohombres del mundo editorial.

Cuánto mejor -digo yo- que estuvieran en el negocio inmobiliario. O mejor dicho: cuánto mejor que el mundo libre de la cultura (al menos arquitectónica) no hiciera tantas distinciones entre esos dos tipos de negocios: el inmobiliario y el editorial.

miércoles, febrero 28, 2007

138. JMPV







Antes de dar por cerrado el asunto del concurso de las seiscientas viviendas de Pradoviejo que ganó Toyo Ito (v LHDn 85 y LHDn129) es preciso comentar también, aunque sea de pasada (o aunque me vaya por las ramas) algunas de las propuestas perdedoras. Más que nada, porque los derrotados en los concursos de arquitectura suelen aceptar mal los fallos de los Jurados, y a la que pueden, colocan sus proyectos rechazados en la primera ocasión que les sale al paso. Por poner un ejemplo, y por si se me olvidó decirlo, el Ayuntamiento de Ciudad Real de Fernando Higueras (v LHDn125) fue un encargo inmediatamente posterior a su participación en el concurso del Ayuntamiento de Amsterdam…, ay, ay, ay, ay, así que le salió con cierto aire a Países Bajos… Otro ejemplo es el rascacielos que Zaera quería colocar en Triana, retal del concurso de la zona cero de Nueva York vestido de sevillana, y así sucesivamente. Hombre, ahora que lo pienso, la idea daría para una tesis doctoral. Ánimo, profesores de la Uni.

Aunque también hay que reconocer que tal y como se organizan y notician actualmente los concursos de arquitectura, algunos de los concursantes ya obtienen cierta compensación con la publicidad que les dan los periodistas. Que el periódico oficial, aunque sea local, te ponga durante varias semanas junto a Toyo Ito, Chipperfield, MRVD o Perrault, ya es premio más que suficiente para muchos. De todos modos, y por si acaso, siempre hay que estar atento a ver qué pasa con sus propuestas. Por eso fotografíe algunas, sobre todo las más atrevidas. Como la del arquitecto navarro logroñés Jesús Marino Pascual Vicente, por ejemplo.

La amistad y la convivencia ciudadana -decía en el LHDn17- no son buenos mimbres para la crítica de arquitectura, así que durante mucho tiempo me he abstenido de criticar a mis vecinos y colegas de profesión y he preferido que se pudieran ver reflejados en la crítica hacia otros arquitectos que van de figuras por el mundo. Pero eso no fue suficiente cautela. En primer lugar, los de dentro podían ser amigos de los de fuera, como en el caso que me costó la dirección de elhAll. Y en segundo lugar, algunos compañeros empezaron a decirme hace años que algunos arquitectos de dentro no me perdonaban el hecho de que no les elogiara a ellos de vez en cuando. Centrándonos en este segundo caso, yo nunca les quise creer, porque pensaba que mi silencio era suficientemente elocuente; pero tampoco pude entender nunca porqué Jesús Marino Pascual Vicente, a quien tenía por amigo, y de quien no había criticado más que algunos aspectos de su política colegial y nunca su obra arquitectónica, intentase en dos ocasiones, y con gran éxito, aniquilarme como crítico de arquitectura, es decir, en mi obra profesional. La primera está en la edición impresa de elhalln45, y en ella decía que le parecía muy mal que yo me “realizara” en la labor crítica; la segunda, publicada en elhAlln83 con el título de “Crónicas Marcianas” y con sus comparaciones imaginables, se puede leer también en la página del COAR en internet: http://www.coar.es/cultura/elhall_fr.htm.

Como el hombre de los cuatro nombres va de bueno y de majo por la vida (de boy scout decía otro), quiso hablar conmigo después publicar este último artículo, pero yo se lo dejé bien claro: primero una rectificación por escrito de la parte de insultos y descalificaciones personales en el mismo medio, y luego las cervezas. Pero como para eso hace falta ser algo más que lobato, la convivencia se rompió y, aunque como decía Canetti, ello me deja la lengua absuelta, no es mi intención ahondar la herida personal, sino más bien retomar el punto de partida: si Jesús Marino es para mi círculo de convivencia profesional alguien tan lejano como un arquitecto de Japón, y encima empieza a ir de figura, ya puedo hablar sin mayor cortapisa de sus edificios y proyectos. Por ejemplo, sobre su propuesta para el concurso de las seiscientas viviendas cuyas imágenes se muestran arriba.

La idea de cruzar los bloques arquitectónicos como si fueran tizas o madera en secaderos es muy costosa pero no es nueva. La tercera imagen que muestro aquí la he extraído de un impagable librito de editorial Stylos titulado “Arquitectura Contemporánea en Europa Oriental”, publicado justo antes de que se cayera el muro de Berlín, y es del “edificio de la administración para la sección de puentes y carreteras” en Tblisi, capital de Georgia, del año 1976 (el nombre de los arquitectos no tiene mayor interés reproducirlos). El edificio es tan estrambótico que el amigo Juan Freire lo sacaba hace unos días en su blog como ejemplo de locura arquitectónica en donde “la realidad supera a la imaginación” (foto 4). Hombre, por tratarse de un edificio destinado a oficinas para hacer puentes, en un país comunista (o sea, amordazado) y por estar ubicado en una ladera tan abrupta, aún le veo algún sentido. O por lo menos más lógica que la propuesta de Jesús para viviendas sociales mínimas, en un solar completamente llano, y en un país donde (al menos teóricamente) existe la posibilidad de hacer crítica de arquitectura. Aumentar la envolvente de un edificio y complicar sus estructuras para que los espacios liberados a cota cero se conviertan en lugares desolados (véase lo que pasa a nivel de calle en la foto 4) no es una idea muy brillante que digamos por mucho que luego los pinte de colorines a la moda holandesa. Claro que…, con lo atontada que está la administración y lo listos que suelen ser los jurados, hasta pudo haber colado… ¡O puede colar a la siguiente....! por lo que conviene darle difusión y estar atentos.

martes, febrero 27, 2007

137. CEMENTERIO DE SAPIGNIES






Un amigo de Barcelona que se va a París por unos meses y que parece harto de la batalla que tiene que librar cada día con los nacionalistas de su provincia, me pidió hace unos días por carta que le dijera de algún tesoro que pudiera tener yo por allí. La cultura de este amigo es tan vasta y tanto me ha enseñado él de París y del resto del mundo que su petición me pareció casi ofensiva. Pero además de culto este amigo es tan sabio que al final casi siempre tengo que darle la razón: es verdad que tengo por allí algún tesoro escondido.

Ya hace tiempo que quería dedicar un LHD a los campos de batalla, esos lugares sagrados, mayormente olvidados, donde miles de hombres dieron su energía, su sangre y su vida en el choque contra otros hombres dispuestos a la misma entrega. Fue otro amigo catalán, Joan Isart, el primero que me señaló la extraña radiación que poseen y emiten esos lugares, y lo hizo contándome su visita a Calatañazor: Juan, no dejes de ir allí, -me escribió en una carta-, porque mirando las piedras que rodean aquel lugar, aún podrás oír el ruido de los cascos de caballos y el batir de las espadas de las huestes de Almanzor. Fui, y era verdad. Volví conmocionado. Desde entonces he recorrido un buen número de campos de batalla: muchos en Francia, desde Verdún hasta el Marne; algunos muy famosos en Grecia; y los últimos, los de Gandesa, debajo de la sierra de la Fatarella, donde se batió el cobre un tío mío. Nada que ver la emoción vivida en este último lugar con los interesados relatos periodísticos y partidistas que se publican y venden como rosquillas en estos años. En esos olvidados campos de batalla se siente otra cosa: un respeto enorme hacia la lucha y hacia los hombres.

Es curioso que la pista hacia esos tesoros sobre los que hace tiempo quería escribir me la haya dado la reseña de un libro sobre André Le Notre, el jardinero del Luis XIV, titulado “Los Jardines del Rey Sol”, de Ian Thompson (Belacqua). Conocí a Le Notre en la visita que hice a los jardines de Vaux le Vicomte, y al mismo palacio donde Luis XIV se lo robó al chuleta de Fouquet. Por descontado pensé que mi amigo de Barcelona sabría mucho más que yo sobre Fouquet, sobre Luis XIV y sobre toda la jardinería francesa, pero el reseñista del libro de Thompson (un tal Rubén Amón que, por cierto, escribe bastante bien) se empeñaba en relacionar los jardines de Versalles, que luego le haría Le Notre al rey, con los campos de batalla. Versalles se iba haciendo cada vez más grande, -comenta Amón-, por la celebración de las victorias militares del monarca francés, y los proyectos requerían de tal cantidad de mano de obra, que el rey la obtuvo de la soldadesca. Más de 30.000 infantes trabajaron en los jardines, y según la cita del duque de Saint-Simon (que de todas todas suena exagerada), “murieron más de ellos en las obras, por las fatigas y las fiebres, que en cualquiera de las ofensivas bélicas”.

Como mi amigo se va feliz al jardín francés para huir del actual campo de batalla español y me pide que le señale algún tesoro, al hilo de las vueltas que me dan los recuerdos me ha salido mentarle el que estuvimos buscando sin éxito en una preciosa mañana del mes de julio de hace cinco años:

Recorriendo los campos de batalla de la zona del Somme donde Ernst Jünger cayó gravemente herido en el mes de agosto de 1918, anduvimos parte de un camino entre las aldeas de Favreuil y Sapignies hasta llegar al pequeño cementerio alemán de este segundo pueblecito. Allí entre las tumbas, abrimos el libro Tempestades de Acero por la página 304 de la edición de Tusquets, y leí:

“Ni siquiera en aquella ocasión desesperada quedé abandonado; era observado por mis acompañantes, quienes pronto realizaron nuevos esfuerzos para salvarme. Junto a mí resonó la voz del cabo Hengstmann, un hombre alto y rubio, oriundo de la baja Sajonia.
-Mi alférez, voy a cargarlo sobre mis espaldas; ¡o nos abrimos paso, o quedaremos aquí tendidos!
Por desgracia no conseguimos abrirnos paso; eran demasiados los fusiles que estaban al acecho en las afueras de la aldea. Hengstmann comenzó con su carrera; yo rodeaba su cuello con mis brazos. Enseguida se inició un tiroteo; las detonaciones sonaban como en un polígono de tiro cuando se dispara contra un blanco situado a cien metros de distancia. A los pocos pasos un fino gorjeo metálico anunció una bala certera; Hengstmann cayó suavemente a tierra debajo de mí. Se derrumbó en silencio, pero sentí que la Muerte se apoderaba de él antes de que hubiese tocado el suelo. Me desasí de sus brazos, que aún me agarraban con fuerza, y vi que una bala le había atravesado el casco de acero y las sienes. Aquel valiente era hijo de de un maestro de escuela y había nacido en Setter, cerca de Hannover. Tan pronto como me fue posible caminar busqué a sus padres y les conté lo ocurrido.


Tras la emocionada lectura, Rosalía, Teresa, Elena y yo nos pusimos a buscar el nombre del cabo Hengstmann en alguna de las cruces del cementerio; pero no tuvimos suerte. En todo caso, nos fuimos bien seguros de que por allí había un tesoro. O allí, o en Favreuil.

lunes, febrero 26, 2007

136. MURO DEL CARMEN 1







Cada vez que vamos al Espolón desde Duquesa de la Victoria nos damos de bruces con esta curiosa esquina (foto 1), así que no es de extrañar que para los que vivimos en esta parte de la ciudad sea uno de nuestros edificios más familiares. Los sorprendentes balcones triangulares del chaflán sobre la entrada de las oficinas de planta baja parecen intentar alguna componenda entre las dos fachadas, pero el frente al Espolón es tan claro y potente (hasta rossiano nos pareció algún día…) que la imagen global del edificio resulta definitivamente fracturada.

Sin embargo, no siempre fue así. La historia de esta casa es tan larga y curiosa que merece una observación algo más detenida de la que ofrezco en la Guía de Arquitectura.

Cuando me puse a indagar sus datos alguien me advirtió que era una casa “capturada” –un concepto que para sí quisieran los organizadores de secciones de las Jornadas de Intervención en el Patrimonio. Por la noche, cuando las luces iluminan las habitaciones de la casa, el paseante se verá sorprendido de que los techos son de cuartones de madera, sistema constructivo que no encaja para nada con el aire años sesenta de las fachadas de ladrillo. Y es que, en efecto, la casa antigua sobrevive por dentro de la piel moderna. El proceso de captura se produjo en dos fases, y el momento intermedio se puede apreciar perfectamente en una fotografía aérea (foto 2) que, por lo que luego se verá, tiene que estar fechada entre 1956 y 1960.

Pero vayamos primero para atrás, hacia el origen de la misma. Hasta donde he podido saber, la casa se hizo con proyecto de nuestro querido arquitecto Francisco de Luis y Tomás en el año 1878 para el Marqués de Romeral, y como no podía ser de otro modo, el expediente carece de plantas, pero eso sí, ofrece muy bien dibujadas sus dos fachadas que, en aquel momento, tenían igual jerarquía. La esquina estaba pensada para unir la calle con la plaza y no para separarlas (foto 3). Hay una fotografía antigua muy bonita y conocida de la casa, que pego debajo de los planos de fachada en una sola imagen para economizar espacio (ya se sabe, el límite normal de blogspot para cada post es de cinco fotos).

Una esquina tan singular fue toda una tentación para un gran Banco, así que en 1928 se instaló en ella el Central con un emperifollado proyecto del arquitecto Isidro Benito, seguramente madrileño (foto 4).

En los años cuarenta, tras la construcción de los edificios del tramo del Gobierno Civil (ver LHDn5) según las arquerías pensadas muchos años antes por Luis Barrón y luego alargadas por Quintín Bello en plano de 1911 hasta el Muro del Carmen (v Cerrillo p 50), el resto del caserío se animó a lanzarse para adelante, y tras las casas de Cadarso y Fontán de 1952 y 54 en los números 9 y 10 (de las que por cierto, también hablaremos otro día), se animó la nuestra, es decir, la de la esquina. Y lo hizo con un proyecto de 1956 venido de Madrid (arquitecto Luis de Sala) sólo para la planta baja y la entreplanta, es decir, para el Banco Central.

El arquitecto municipal Luis González Gutiérrez puso dimes y diretes en sus informes preceptivos sobre las cota de los arcos, esto y lo otro, y curiosamente, al cabo de cuatro años aparece como autor (“por la privada”) de un proyecto de renovación de toda la fachada y la elevación de dos pisos por el lado del Muro del Carmen, y de tres pisos por el lado de Muro de la Mata, para una empresa constructora inmobiliaria llamada COMSA. Ahí es nada lo sólido que construía nuestro Francisco de Luis y lo que podían crecer las casas viejas (vincular con el LHDn88: Cuando las casas crecían).

Es decir, que la esquina fracturada que vemos al llegar de Duquesa de la Victoria al Espolón es de Luis González Gutiérrez, y los planos de su proyecto, los que muestro en la foto 5.

Creo recordar que los paramentos interiores de los balcones que dan al Espolón estuvieron durante un tiempo pintados de azulito, a la moda de los años sesenta, pero esa frivolidad ya se ha perdido. Como también se ha perdido el Banco Central: la actual planta baja ha sido remodelada recientemente para dar paso a una oficina gubernamental de cuya autoría no me he ocupado aún ni me apetece mucho, pues la entrada gris que le han puesto y los detalles de la puerta no me animan gran cosa.

Es curioso, pero parece que el destino quiere que los Bancos Centrales vayan siendo ocupados por instituciones públicas. En mi reciente visita a Madrid me vi desagradablemente sorprendido de que el poderoso Banco Central de la calle de Alcalá había desaparecido dejando su edificio a una institución oficial más o menos de segunda fila, el Instituto Cervantes.

¿Será que el Cervantes es ya tan poderoso como lo fue el Central y no me he dado cuenta?¿o será que la ciudad ya no vale nada y la gran arquitectura de representación pública les trae sin cuidado a los grandes bancos y a los ciudadanos?

viernes, febrero 23, 2007

135. ARCO 2007










Ayer cuando fui a buscar alguna de las fotos que hice de los Proyectos Finales de Carrera de la Escuela de Harvard con la intención de ilustrar los retorcimientos que los ordenadores le están haciendo a la arquitectura (es decir, para demostrar lo fácil que es manejar los ordenadores y lo difícil que es entender la arquitectura), me encontré, justo al lado de la que puse (v LHDn134), esta otra con la que abro el LHD de hoy, que es igual de extraterrestre, es decir, que podría perfectamente estar también en ARCO, pero que está hecha sin ordenador. Ello me llevó a pensar (recordar) de inmediato, que no sólo son los ordenadores los que están haciendo daño irremisiblemente a la arquitectura, sino que es la “así llamada” pintura, o el “así llamado” arte, el que desde hace mucho tiempo la está matando.

Yo voy a ARCO más o menos regularmente desde hace años, o más bien, desde que estoy en la Escuela de Arte, para ser precisos. Y si al principio pude ir con ese mismo espíritu con el que van todos los alumnos y profesores de arte de España, espíritu que tan acertada como divertidamente denuncia Alberto Adsuara (http://www.albertoadsuara.blogspot.com/) en el magnífico comentario de su blog “Por amor al arte” (escena propia de Un Mundo Exasperado de González Sáinz con estilo bernhardiano), enseguida cambié mi enfoque y empecé a ir como arquitecto, es decir, con el espíritu de un antropólogo que fuera a misa.

Ya en el Manual escribí mi postura sobre la relación entre arquitectura y pintura (v pag 171 y ss) así que no es cosa de repetirme aquí. Pero la cita de Félix de Azúa en la que me apoyaba, es impagable, y necesita repetirse cuantas veces haga falta: “tras una perfecta inversión de las jerarquías, fue la propia pintura la que pasó a dominar y determinar el espacio arquitectónico y a construirlo según sus propias leyes” (v Diccionario de las Artes, voz Cuadro).

En ARCO puede verse que la “pintura”, en tanto que fluido pigmentado aplicado sobre un soporte, va ocupando cada vez menos espacio en la “producción de nuevas imágenes”, siendo sustituida por una mezcolanza de otros procedimientos, a veces regresivos (materias, collages, efectos escultóricos, etc,) o las más de las veces, tecnológicos: fotografía, hologramas, computadores, videos etc.

Yo creo que, bien prevenido contra la religión del arte, es interesante echar de vez en cuando una ojeada al mercadeo de imágenes; sobre todo para un arquitecto, pues además de que la producción de formas es para él algo así como una gimnasia de su propio trabajo (Le Corbusier), también es normal que en el curso de su profesión se vea en la necesidad de incorporar algunas de ellas en sus espacios: para decorarlos, alterarlos, o significarlos.

Prueba de que aún es mejor el primer ejercicio que el segundo, lo pude ver este fin de semana pasado en Madrid.

1) en la exposición de la fundación COAM, descubrí que detrás de la siempre sorprendente arquitectura de Francisco Asís Cabrero (le hice una foto a su retrato para fijarle personalmente en la memoria), había un importante rastro pictórico.

2) en las obras de la ampliación del Museo de Prado, pude ver una vez más a mi “maestro” Moneo perdido ante el “arte”, incorporando en la puerta de su edificio (foto 3) a una “artista”, Cristina Iglesias, que como ya está por encima de Arco y de la Arquitectura, se exhibía en el Palacio de Cristal de el Retiro con textura similar a la de la puerta para Moneo pero en marrón (foto 4) a la que el folletito llamaba pomposa y estúpidamente “Espacio para Habitar”.

No es tan difícil desenmadejar el actual desorden jerárquico entre pintura, ordenadores y arquitectura. Con sólo sobornar a media docena de periodistas influyentes (descartando a Verdú, por supuesto, que ése es un converso al arte) está hecho. A ver si se enteran en los Colegios de Arquitectos y las Escuelas de Arquitectura.

(Dedicado a mi amigo Monchito, arquitecto, por las sonrisas de desdén que nos causó a algunos su sorprendente embeleso por el “arte”)