miércoles, febrero 22, 2012

ARQUITECTURA Y VEJEZ. CONFERENCIA DE VALENCIA I



Esta conferencia fue el resultado más notorio de la redacción y publicación del artículo Arquitectura y Vejez . Un arquitecto de la Consejería de Urbanismo, llamado Alberto Sanchís, lo había leído, le había gustado, y me invitó a que se la contase a los asistentes de unas Jornadas sobre Viviendas para "Colectivos Específicos"  (¡menudo eufemismo!), en la que se presentaban los primeros proyectos arquitectónicos encargados por el Gobierno Valenciano en diversas localidades de su comunidad mediante un plan llamado ELAIA.

Pero la ocasión de dar una conferencia me movió, no sólo a repasar el material reunido para el artículo originario, sino a aumentarlo y abrir nuevas perspectivas de reflexión. 

Con un año de retraso acometo ahora la tarea de fijar aquellos materiales evitando repetirme respecto al artículo “Arquitectura y Vejez”. Como puede verse en lo que sigue, con la Conferencia de Valencia busqué, más que nada, imágenes e historias con las que cambiar el enfoque de un problema que se estaba formulando, para los arquitectos, como nuevos "encargos" de proyectos. 
      
La conferencia causó cierta commoción entre los asistentes a la misma, y sobre todo en los arquitectos, desorientados como estaban entre los encargos poco claros de la administración y las pésimas referencias de la cultura arquitectónica de su época. Algunos de ellos me confesaron que después de oír mis reflexiones sentían cierta vergüenza en contar sus proyectos al auditorio. 



No pocas veces una foto de apariencia normal me enciende las alarmas y desencadena mis reflexiones. Así sucedió con la foto del asilo en Badajoz (que puede verse en el artículo Arquitectura y Vejez) y así me ha sucedido este verano con la foto que les muestro ahora.


Fue portada de varios periódicos y en ella se ven los restos de un famoso actor metidos en una caja de cartón con un asa, y a la mujer de ese hombre posando para los fotógrafos de la prensa sin ningún pudor. A la ausencia de arquitectura como receptáculo digno de habitación para los viejos que detectaba yo en la foto del asilo de Badajoz, se añade ahora la de la ausencia de arquitectura que deviene cuando el viejo ya ha muerto. 

Le debo al arquitecto Paco Alonso esa especial sensibilidad pues fue él quien me la despertó en una conferencia que dio en unas jornadas de arquitectura en Logroño hace ya unos cuantos años. Mostró allí la foto de dos camioneros llevando una caja de cartón que, según el pie de foto, contenía los restos de un niño muerto en un accidente de tráfico. "La muerte no es lo que nos alarma y escandaliza en la foto -decía Alonso-, pues la muerte es un acontecimiento natural por muy accidentado que sea. Lo que nos destroza el corazón al contemplar esa imagen es la ausencia de arquitectura: el vacío absoluto de esa cultura y de ese saber que nació justamente para tratar con dignidad a los muertos". 

En la foto de los camioneros podía ser disculpable el horror por las circunstancias del accidente o por la escasa disponibilidad de medios a la hora de retirar el cadáver de la carretera, pero ¿qué podemos decir de la institucionalización de esa caja blanca con un asa y de la naturalidad con que la contempla la viuda y la muestra el periódico a sus lectores? Sólo una cosa bien dolorosa para todo nuestro mundo y nuestro tiempo: que no es que haya muerto un actor del cine y el teatro sino que es la arquitectura la que ha muerto.

Como se me ha llamado aquí para dar ideas sobre la arquitectura que podemos hacer para albergar a los viejos, no podía empezar mi conferencia de una manera más cruel y desesperanzadora. Ahora bien, igual que hicieran Heidegger o Jünger tras la muerte nietszchiana de Dios, yo podría consolarles a Vds diciendo que quizás los dioses no hayan muerto sino que se han escondido, y que por lo tanto, lo que hay que hacer es agudizar nuestros oídos y ponernos atentamente "a la escucha" por si pudiéramos captar algún indicio de su voz celestial. O también podemos desandar el camino y volver a los tiempos en que hubo arquitectura e intentar traer algo de ello a nuestros días. 

Por seguir con mi artículo sobre Arquitectura y Vejez voy a empezar por echar un vistazo a las arquitecturas y luego voy a mostrarles algunas imágenes en las que he encontrado situados a los viejos con la dignidad y belleza que se merecen. 

Muy  cerca del nivel cero arquitectónico de la imagen anterior, las siguientes imágenes que les muestro son las del "asilo boutique" (la foto de su interior puede verse en capítulo 1/ f6) mezcladas con dos fotos reconocibles de dos de nuestros viejos y posibles usuarios de esa "arquitectura".




Creo que se explica así mejor la torpeza de una arquitectura que no acierta a entender la dignidad de esas arrugas humanas y la vida de esos hombres y mujeres que vivieron su infancia hace más de cincuenta años en una España prácticamente medieval.  No me negarán por otra parte, la cercanía entre la imagen de este asilo de ancianos y la de la caja de los restos de Paco Rabal de la primera de las fotos. 

Buscando información de asilos recientes en España encontré en la Biblioteca de mi Colegio de Arquitectos un libro editado por el Departament de Sanitat i Seguretat Social del la Generalitat de Cataluña titulado "Arquitectura Sanitària i de serveis socials a Catalunya" que, por estar enmarcado nada menos que entre dos artículos de Rafael Moneo y Oriol Bohigas, prometían lo mejor. Los leí con interés y detenimiento (entre otras cosas por mi dificultad con el catalán) porque, dada la talla de sus autores, esperaba algún análisis del problema, pero el esfuerzo me dejó aún más decepcionado. El texto de Moneo no hacía otra cosa que echar flores a Cataluña (una de las artes en que más habilidad ha destacado siempre) y tratar de identificar las influencias estéticas de unos u otros arquitectos en función de su generación de escuela, o agrupar los proyectos en función de las geometrías u otras categorías compositivas como si de ejercicios de escuela se tratase. De los usuarios de los edificios, ni una palabra. Por su parte, Bohigas dice que Moneo tiene razón y que la arquitectura social ha estado siempre menospreciada (?) y que gracias a las obras que trae el libro se está en la línea de la manifestación de "la identidad de una arquitectura catalana y la representación de los más altos niveles de nuestra cultura artística". Basten las imágenes del acceso y de la planta de esta Residencia para viejos en Borges Blanques para ilustrar cuál es nivel actual de la arquitectura y del análisis arquitectónico, y cuál el del pasteleo y autocomplacencia entre estos dos afamados maestros contemporáneos de nuestra arquitectura. 



Estoy seguro de que con esos parabienes culturales de Moneo y de Bohigas los viejecillos de Borges Blanques deben de sentirse como en su casa entre esas angulosidades de los ladrillos y esos juegos geométricos de los volúmenes.

En otro nivel de crítica muy distinto, Charles Jenks, en "El lenguaje de la Arquitectura Postmoderna", utilizaba la imagen años setenta de un asilo en Amsterdam del arquitecto Herman Hertzberger, 


para poner en ridículo a la arquitectura de nuestros tiempos: “¿cuáles son las asociaciones obvias de esta Casa de Ancianos? Cada habitación parece un ataud negro colocado entre cruces blancas (un auténtico cementerio de guerra de cruces blancas). A pesar de su humanidad, el arquitecto, sin querer nos dice que la vejez en nuestra sociedad es algo fatal" (pag. 21 de la edición GG de 1984).

El asilo de Stirling en Blackheat (foto 7 de AyV,  hC10) lo tomábamos por un edificio de oficinas o un almacén anodino y la Guild House de Venturi (foto 8 de AyV hC10) por un vulgar edificio de apartamentos. Pero en este último, por lo menos, encontramos el primero de los rastros de una mínima dignidad. Yo tengo cierta debilidad por Robert Venturi porque solía decir que la arquitectura moderna debería reconvertirse hasta permitir que en su interior pudiéramos poner el sillón heredado de la abuelita. En la fotografía del interior de una de las habitaciones de la Guild House


vemos que los muebles o los objetos que se ha traído el anciano ablandan la imagen de un edificio que por otra parte, y para no hacernos ilusiones, se muestra en sus espacios comunes con toda la frialdad  imaginable y con los signos de la estética del arquitecto por encima de la mirada del ocupante.


El siguiente asilo famoso en la historia de la arquitectura que les traigo aquí para tratar de buscar algo de belleza en la construcción de la casa del viejo, es la Cite d´Refuge de Le Corbusier. Muchos de Vds. conocen seguramente la fachada y hasta la evolución de las dos fachadas que tuvo, la primera en muro cortina, con todos los problemas térmicos que eso suponía, y la segunda, que es la que aquí se muestra, con brise-soleil  y colorines.


Por delante de la animada sucesión de ventanas, colores y marquesinas propia de cualquiera de sus edificios de apartamentos, Le Corbusier dispuso unos volúmenes que, al expresar con rotundidad  los espacios comunitarios del acceso y el comedor, le dan carácter de establecimiento público. Los arquitectos y estudiantes de arquitectura no suelen pasar más allá de esta imagen estética y urbana, así que yo les traigo aquí muy a su pesar la planta tipo de los pisos


para que se horroricen un poco con ese hacinamiento en la distribución de las camas, similar al de un cuartel o un almacén, no muy lejano al que pudiera tener en su día el tristemente célebre Hospital Dieu. Me resulta especialmente triste que las Historias de la Arquitectura no se fijen en estas cosas y que un arquitecto de la talla de Le Corbusier, cuando resuelve el problema de la casa de los viejos, pueda proponer el almacenarlos como si se tratara de tropas preparadas para la muerte. ¿Es esa la gran arquitectura que da habitación al hombre y que le enseña que "saber habitar es saber vivir"? 

Desandando la historia y viniendo un poco más cerca geográficamente, muestro ahora otro asilo "moderno", proyectado en los años treinta por el arquitecto navarro Victor Eusa para el pequeño pueblo de Tafalla. La reseña que del edificio se da en el libro del que lo he sacado (Arte y artistas vascos de los años 30, ed. Diputación Foral de Guipuzcoa, 1986) expone para darle importancia y ringorrango que está directamente inspirado en el ayuntamiento de Hilversum de Dudock; pero yo me pregunto una vez más qué tendrán que ver los viejecitos de un asilo en Navarra con los oficinistas municipales holandeses. De la planta en claustro 


vemos emerger un par de volúmenes con camas dispuestas a modo de almacén que nos van a conducir a los ejemplos siguientes de edificios en pabellones; mientras que de la torrecita del alzado 


situada en la parte posterior de la capilla, vemos salir una cruz que nos anuncia igualmente la simbología que venía presidiendo los asilos anteriores. Vemos pues que mientras que la arquitectura va ganando en "estilo" y perdiendo en “signo”, los viejecitos cada vez son almacenados con menos pudor.  

Aunque no es estrictamente un asilo sino una institución más compleja, la colonia Steinhof en Viena del arquitecto Otto Wagner, insigne ejemplo de decoración secesionista, ofrece, por lo que respecta a la organización espacial, la gran claridad de la seriación de los pabellones, y por lo que respecta a la organización simbólica, la inequívoca presidencia de la iglesia del complejo.



En otras "beneficiencias" como la de mi ciudad, Logroño, los pabellones no están sueltos entre árboles, sino articulados en redes geométricas, pero la presidencia central de la capilla vuelve a ser el signo -¡y el sino!- de este tipo de edificios.


Ya que estamos en Valencia, echando un vistazo a su Guía de Arquitectura (bastante mala, por cierto) vemos como los diferentes asilos o casas de la misericordia que aparecen en ella otorgan el protagonismo de la edificación a la institución fundadora, sea ésta pública (en donde son fachada los frontones y el rigor neoclásico



 ó sea religiosa, en donde fachadean los campaniles y los ventanales neogóticos o neoloquesea. 



Dejamos desesperanzados el recorrido hacia atrás en la historia a la busqueda de cierta dignidad arquitectónica en el albergue de los viejos para hacer una investigación muy distinta y por otros medios: la de buscar, a través de fotografías o dibujos, imágenes de viejos que ofrezcan una hermosa idea de integración con un lugar y un entorno. Si en el artículo Arquitectura y Vejez, abandonaba la introspección arquitectónica para proponer el primer esbozo de una nueva teoría de la vejez, doy ahora un paso más tratando de encontrar esos rincones o refugios donde los viejos  parecen estar en su "lugar". 


El viejo solo

Como no hay soledad más cierta que la de la muerte, la soledad del viejo tiene una proximidad evidente con la gran soledad final. Por eso mismo, la soledad del viejo posee una gran dignidad y debe ser objeto del máximo respeto. 

En Derzu Uzala, la hermosa película de Kurosawa sobre la taiga y sobre la amistad entre un capitán de topógrafos y un cazador del bosque, hay una escena conmovedora en la que, al descubrir a un viejo mongol sentado a la puerta de una solitaria cabaña en una fría noche de nieve, Derzu le aconseja al capitán respetarle en su soledad. Recuerdo también que Luis Racionero contaba en uno de sus libros una escena parecida referida a la familia de los Mann en la puerta de una casa de la ciudad de Lübeck. Se dice con sorna que los viejos esperan sentados en la puerta de sus casas al paso del entierro de sus enemigos, y es posible que algunas veces así sea. Pero en la escena del banco a la puerta de casa lo importante no es el entierro, ni los enemigos, sino el mismo banco delante de la casa donde el viejo permanece sentado en solitario durante horas.


Christopher Alexander llega a proponer incluso, en el patrón del que está sacada la imagen f21, la construcción de pequeñas casitas aisladas para los viejos, que estén en planta baja y conecten facilmente con los pasos de la calle. A la memoria me viene otra sugerente película titulada "Todas las mañanas del mundo" en la que, tras la muerte de su esposa, un violista de gamba se construye una casita de madera fuera de la sólida casa familiar para vivir aislado con su música el resto de sus días.

Contrasta todo ello con esa obsesión pueril, por no decir algo peor, de resolver el habitat de los viejos mediante su agrupamiento y masificación. En verdad que me gustaría encontrar en los proyectos de arquitectura para viejos que en estas Jornadas se promueven, lugares donde los viejos pudieran aislarse horas y horas sin ser molestados. 

La segunda imagen que aquí les traigo


también sacada del libro Un Lenguaje de Patrones" de Christopher Alexander, ilustra así mismo el patrón "Casa para una sola persona", y en ella podemos ver la naturalidad con la que se mezclan en pocos metros un asiento ventana donde el viejo lee el periódico, un fuego bajo sobre el que se secan un par de calcetines o la mesa de comer con los platos aún sin quitar. Con treinta metros cuadrados repartidos en pequeños gabinetes según la propuesta espacial de Alexander, un viejo solitario puede vivir plácidamente y ofrecernos una imagen tan hermosa de la vida y de la vejez como la que están contemplando. ¿Cuántas pequeñas viviendas de treinta metros cuadrados se construyen hoy en día sobre el patrón de una sola habitación rodeada de gabinetes pequeños? Con solo pensar en que de cada piso tipo de noventa metros cuadrados ¡saldrían tres! ya podríamos empezar a rehabilitar muchas de las plantas de nuestros inmuebles. 

La última de las imágenes de viejos en una dignísima soledad tiene que ver con el trabajo, y aunque también está extraída del libro de Alexander tiene para mí algo de autobiográfico porque durante meses vi con cierta emoción a un viejo delante de la ventana de mi primera oficina en un patio de Neguri Langille (Algorta, Vizcaya), cortando leña de modo similar al de la fotografía. 


El patrón número 123 de la lista de Alexander es todo un manifiesto sobre el trabajo de los viejos. Dice así: "Déle a cada persona, y especialmente cuando envejece, la ocasión de montar un lugar de trabajo propio, dentro o muy cerca de su hogar. Será un lugar que pueda crecer lentamente; al principio puede ser sólo lo necesario para su "hobby" de fin de semana y poco a poco se irá transformando en un taller completo, productivo y confortable". 

El pequeño taller del viejo es la tercera propuesta espacial para un albergue digno de los viejos que aquí les hago. Puede adoptar perfectamente la forma de esas pequeñas casetas de aperos de los huertos o jardines en las que tan a gusto están los viejos en soledad, o puede ser la caseta de música de ese viejo de la película que mencionábamos antes. Puede ser un pequeño escritorio, como esos que la historia de la pintura le ha construido a San Jerónimo, o el rincón de la costura de la anciana de la foto 3. La conformación de un pequeño taller es el mecanismo más apropiado para vincular de nuevo al viejo con el trabajo superando esa triste cesura que la jubilación ha originado en la vida de nuestros viejos. Si en otro tipo de albergues sociales, la presencia de los talleres parece ser un punto obligado del programa, ¿por qué no ha de serlo también en los albergues para viejos?

(continúa en el siguiente post)








ARQUITECTURA Y VEJEZ


Reedito aquí estos pensamientos que estaban perdidos en sus publicaciones anteriores (rev Archipielago n 44 y elhAll/hC n 72, 73 y 74)  porque he visto que aún hay personas o instituciones a los que les pueda interesar y porque creo que el formato de blogspot es el más idóneo para su lectura. 



            
 Asilo prisión

 Hace unos cinco años encontré en una revista editada por el Colegio de Arquitectos de Extremadura (Oeste 11/12, pag. 106) las plantas y las fotografías de un asilo en Badajoz construido hacia 1983 en medio del campo con la tipología de un panóptico de nueve brazos. El aislamiento del edificio respecto a cualquier calle y el hecho de que los panópticos hubieran sido las tipologías preferidas durante más de un siglo para la construcción de cárceles, me horrorizó en tal manera que tuve que echar mano de la ironía para descargar mi desazón: “ser viejo en estos tiempos parece ser una maldición, pero serlo en Badajoz, a tenor de la interpretación de este compañero, ha pasado a ser delito” (ELhALL, Boletín Oficial del Colegio de Arquitectos de La Rioja nº 4, Abril 1995, pag. 2).

La imagen era ciertamente cruel, pero como pude comprobar poco después consultando la Historia de las Tipologías Arquitectónicas de Nikolaus Pevsner (ed. GG) no era una exclusiva de nuestros tiempos. La propuesta de Antoine Petit para el nuevo Hotel-Dieu (el hospicio más conocido, y quizás también el más espantoso de Europa) consistía igualmente en una planta en panóptico con seis radios, que a su vez parecía inspirada en una planta de Hospital de Antoine Desgodets de finales del siglo XVII o en el proyecto ideal de un hospital del tratado de L.C Sturn de 1720. 


Claro que un asilo de jubilados del último cuarto del siglo XX no es lo mismo que un hospital neoclásico ni nada parecido a una institución tan compleja como el Hotel-Dieu parisino donde se amontonaban todo tipo de infortunados. La elección de la planta radial de pabellones con un sala central, estaba justificada en aquellos viejos proyectos porque la sala central donde convergían los pabellones funcionaba como una torre de ventilación.

Tanto para las prisiones como para los hospitales, el famoso tratado de J.N.L. Durand, publicado a partir de 1802, proponía tipologías ortogonales articuladas en torno a patios o a series de pabellones, 


y reservaba la planta en panóptico sólo para el uso de biblioteca por las posibilidades simbólicas de la cúpula central, 


espacio solemne que se repetirá incluso en algunas de las bibliotecas más famosas del siglo XX sin la necesidad siquiera de extender el edificio mediante brazos radiales. En definitiva, la mayoría  de los hospitales del siglo XIX fueron construidos según la tipología de pabellones seriados o articulados, pero no así las cárceles dónde verdaderamente triunfó la planta en panóptico por una simple cuestión funcional: si el panóptico se define como el edificio de pabellones radiales cuyo interior es visible desde un sólo punto central, las posibilidades de la vigilancia de los reclusos desde tan ventajosa posición eran innegables. El citado libro de Pevsner lo ejemplifica mediante unas cuantas prisiones esparcidas por el mundo, con cuatro, cinco, seis, ocho y más pabellones radiales; pero dada la proximidad visual de la cárcel modelo de Barcelona no es necesario ir más lejos para establecer la similitud entre una prisión de origen ilustrado y el asilo de ancianos del que venimos hablando. La única diferencia es que en nuestro asilo de Badajoz el espacio central de articulación de todos los pabellones no es un centro de control de entradas y salidas de las celdas sino una capilla desde donde el Dios cristiano católico (por seguir con la ironía que descarga la desazón) administrará la salida última de los ancianos hacia el más allá.
           
           
Asilo boutique

Muy distante de la anterior, la segunda imagen de horror respecto a la arquitectura de la vejez con la que trato de abrir estas reflexiones, la encontré en las fotos de los interiores de una Residencia de Ancianos en Madrid construida en 1990, y concretamente en la imagen publicada en la página 76 de la revista Arquitectura nº 281 del Colegio de Arquitectos de Madrid. 



La estética minimalista y depurada de este interior diríase que responde a las exigencias de las tiendas o boutiques más caras de la moda, por lo que cuando la ví por primera vez mi imaginación se enredó en desentrañar las confusas sensaciones que podría producir un ambiente así en un anciano o una anciana española con todo el duro siglo XX a sus espaldas. Los arquitectos siempre publican sus obras en sus revistas de arquitectura sin la presencia de gentes o de los enseres vitales que precisan los edificios; los fotografían en general como si fueran esculturas pristinas, por lo que en este caso, la presencia de un decrépito anciano en tan artístico ambiente se me hacía más dicícil aún de imaginar que sus sentimientos. No le ocultaré al lector la anotación que hice bajo la foto para aliviar también mi irritación: “pobres ancianitos, cuando vean estas cosas pensarán que ya se han muerto...”
           
           
El asilo sin atributos

Tengo un ciento más de imágenes de la pobreza arquitectónica de nuestro tiempo en los edificios destinados a albergar a los ancianos, pero estas dos que he traído aquí son suficientemente significativas no sólo de la indigencia de la arquitectura moderna sino de la ausencia casi absoluta de una reflexión previa sobre el papel del anciano en la ciudad o sobre su condición de persona que habita un lugar. En un fugaz repaso sobre los  escasos edificios de asilos publicados en las revistas de arquitecturas de nuestro país puedo decir que nunca nadie los identificaría como tales y que en las formas de sus fachadas o de sus interiores sólo acogen los tics formales del estilo del autor o del estilo de la época, asemejándose por lo general a informes masas de apartamentos turísticos o descompuestos bloques de viviendas, cuando no a pulcros edificios de almacenaje o de carácter neoindustrial. La mayor parte de ese muestrario pertenece a arquitectos sin mucho renombre, pero dos de los asilos más conocidos por la fama de sus arquitectos, el de Blackheath de James Stirling en 1960 o la Guild House de Robert Venturi de 1961 bien podrían pasar por unos laboratorios farmaceúticos o por un convencional edificio de viviendas.



En aquellos asilos previos a la modernidad, esto es, anteriores a la Primera Guerra Mundial, aparecen sin embargo un par de símbolos evidentes: uno, el carácter de institución social o de gran equipamiento comunitario diferenciado; y dos, la capilla de la orden religiosa propietaria que suele presidir la fachada y la ordenación de la planta. A partir de esa fecha, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial en la mayoría de las residencias para ancianos  construidas por toda Europa , los edificios carecen no ya de este par de símbolos, sino incluso de cualquier tic estilístico del autor o de la época. Son, con mayor o menor eficacia, pura ingeniería de la funcionalidad en el almacenamiento de ancianos (vease al respecto el manual “Viviendas para la tercera edad” de Konrad Schalhorn, ed. GG 1977). Una ausencia simbólica o ausencia de arquitectura que Robert Venturi lleva hasta las últimas consecuencias y la convierte en teoría cuando acepta en “Learning from las Vegas” que su edificio de apartamentos para ancianos sea feo y ordinario  por contraposición a los ridículos intentos de una arquitectura heroica y original  de un Paul Rudolph por ejemplo. El mérito de Venturi por teorizar la banalidad es innegable pero quizás por ello la historia de la arquitectura le ha condenado casi al olvido o, mucho más perversamente, ha tomado sus teorías como una originalidad más, tan propia de un artista.

A tenor de esa ausencia de expresión arquitectónica podría decirse que la vejez no constituye en nuestros días un estamento diferenciado digno de representación urbana. Los viejos en nuestra sociedad no serían mas que habitantes con otras necesidades de vivienda (por lo general con menos espacio) y sus viviendas o residencias apenas se diferenciarían de las de los otros grupos de edad. En la Historia de la Vejez de Georges Minois (libro tostón donde los haya) se cuenta que la Edad Media parece ser la época en la que la vejez no está tan diferenciada de las otras edades del hombre, y en que la vida aparece más bien como una unidad sin separación de etapas. No he llegado hasta nuestro siglo en su repaso histórico de la vejez ni creo que llegue nunca al final de los libros de Minois porque están escritos como esos artículos de los suplementos semanales en los que un periodista va yuxtaponiendo las declaraciones de un chiquilicuatri con las de un experto o con las de uno que no sabe nada del asunto sin solución de continuidad; pero como observador de mi época, me parece innegable que la vejez es en estos tiempos una etapa de la vida clarísimamente diferenciada por esa cesura llamada jubilación o finalización de la actividad laboral y comienzo del cobro de pensiones que los Estados del Bienestar han fijado en la edad de 65 años.

Como demuestra la arquitectura de los últimos cincuenta años los ciudadanos de esa clase perfectamente diferenciada socialmente no han tenido un puesto claro en cada una de sus ciudades hasta que han descubierto las ciudades turísticas del Mediterraneo y se han instalado allí como sus ocupantes más destacados. Ingentes masas de jubilados de Europa, a quienes el brusco corte con su sociedad a través de la desvinculación con el trabajo les ha producido un notable desgarro o marginalidad social en sus propias ciudades, ven con buenos ojos el inicio de una nueva vida en lugares ajenos y anónimos bañados por el sol. Diríase entonces que el viejo de nuestros días es como un turista de poder adquisitivo bajo pero permanente, un turista trescientos sesentaycinco días al año, un turista a dedicación completa. Y que la arquitectura genuina de nuestro tiempo destinada a la vejez  no sería otra que la misma arquitectura, anónima, convencional e informe, destinada a las masas de turistas.

No sé que es peor, si ver a los viejos en un penal como el de Badajoz, en una boutique como la de Madrid o comprándose un apartamento en Torrevieja (nombre sugerente donde los haya para pasar la vejez). No sé si vale la pena buscar una redefinición de los asilos como equipamientos urbanos o permitir que los viejos se disuelvan como clase social mezclados con los turistas. Los datos estadísticos o las noticias de experiencias concretas pueden ser referencias que nos guíen en la indagación. El País del 14 de febrero del 2000 publicaba una página dedicada al problema de la ubicación de los ancianos españoles en la que se daba la cifra de que en España hay 6,5 millones de personas mayores de 65 años y que entre ochenta o noventamil de ellos (un 13% mas o menos) están en listas de espera para tener plaza en residencias públicas. Según los responsables de Asuntos Sociales, quienes buscan plaza en esos asilos desean no alejarse mucho de su barrio, de sus amigos o de su familia, o sea, seguir arraigados a sus ciudades. Otro ejemplar de El País, éste del 23 de marzo de 1999, traía como reportaje la experiencia de 122 pensionistas malagueños que habían preferido autogestionarse su vejez construyéndose una residencia propia, ajenos a las listas de espera de los asilos institucionales o a las ofertas de apartamentos turísticos. Al margen de las plazas del Estado o de las ofertas del Mercado, la experiencia de los jubilados malagueños tiene todos los aires de una Icaria o de una Comuna anarquista, por lo que cualquier investigador social que se precie ha de hacer un seguimiento detallado de esta vía intermedia entre el asilo y el apartamento turístico. 

Desgraciadamente he de decir que la imagen arquitectónica que ofrecía la residencia en cuestión no distaba de los habituales apartamentos turísticos en ladera, aunque es posible que en su interior albergase alguna novedad espacial.
           

Una teoría de la vejez

Incapaz de proponer por mi parte soluciones arquitectónicas a los problemas así planteados, y escéptico ante las soluciones que pueda aportar la cultura arquitectónica de mi tiempo (una cultura cuyos rasgos más definitorios son la abstracción de formas, la ausencia de símbolos y la negación de la decoración), yo creo que lo más pertinente es redefinir el problema en su origen, esto es, hacer alguna aportación a la teoría de la vejez en nuestro tiempo y sobre todo atacar a ese brusco corte de los 65 años que todo el mundo acepta como si de una imposición divina se tratara.

En mi esquema de la vida humana, un esquema sencillísimo que he buscado sin éxito por diversos autores y obras a ver si ya lo habían propuesto, sólo hay tres etapas claramente diferenciadas: una es la anterior a la crianza, otra es la relativa a la crianza y la tercera es la etapa posterior a la crianza; es decir, me parece que la crianza o reproducción de la especie es el acto central de la vida del hombre, y que proponer otros centros como la vida laboral o las cifras de unas edades determinadas, es sin duda mucho más artificial y enajenante. Como artificial y enajenante es la institución familiar prolongada más allá de la crianza con fines tan dispares como santificar el sexo para Dios o garantizar una cierta asistencia social en la vejez. El periodo que va desde que nos dejamos seducir por una hembra o un macho para iniciar la reproducción hasta el momento en que esos hijos creados por nosotros se van de nuestro lado por cansancio, por edad o por que se han visto seducidos a su vez por una nueva hembra o macho, constituye el núcleo de la vida de los seres humanos. Antes de él, uno está vinculado a sus progenitores, durante ese periodo está vinculado a su pareja y a los hijos; y luego..., luego..., bueno, esa es la pregunta sin respuesta. Nadie ha sido capaz o nadie que yo sepa ha querido definir e institucionalizar, con un rito incluso, ese momento en que la crianza se acaba y el grupo familiar se disuelve. Aún a sabiendas de que la familia carece de sentido porque ya no existe seducción alguna entre los miembros de la pareja, y porque los hijos no nos necesitan para nada, los hombres y mujeres de nuestro tiempo (o de casi todos los tiempos) viven con la ilusión de que el grupo familiar que se formó para la crianza es indefinido y que, como tal, constituye una aceptable salvaguarda contra la soledad. Acabada la crianza, –completo así la definición de mi sencillo esquema vital– los seres humanos ingresamos en la vejez, naciendo como verdaderos individuos aislados y diferenciados. Y ese renacimiento precisa, a mi juicio, de una definición y un rito; precisa, por supuesto, de una nueva arquitectura en la ciudad.

En las distintas épocas de la historia, esas personas que han acabado la crianza, esos “viejos” así definidos, se han dedicado con mayor ocupación a los asuntos públicos, a los negocios, al pensamiento o al retiro. La soledad (esa soledad que tendrá expresión definitiva en la muerte) se constituye en la clave de su existencia y tiene dos expresiones antagónicas: bien la aceptación, mediante el retiro urbano (a un monasterio, al campo, –ahora al turismo anónimo y masivo); o bien la negación, mediante el estrechamiento de los lazos urbanos. Los viejos son los que verdaderamente optan por la ciudad o por su aniquilación, porque los otros, los que están ocupados con la crianza, siempre antepondrán los problemas de su núcleo biológico a los problemas urbanos. Si el genuino ciudadano moderno construido con Carta tras Carta de Derechos ha llegado a ser un individuo perfectamente aislado e identificado como unidad, ese individuo es sin lugar a dudas el “viejo” una vez desvinculado del proceso de crianza. (De lo contrario podríamos seguir dando por buena aquella organización pseudodemocrática que Franco estableció en sus Cortes con el llamado tercio familiar: o los ciudadanos son parte de una familia, –o de un sindicato, o del partido único– o no son ciudadanos sino seres fuera de la política, fuera de la ciudad; seres marginales.) 
           

La ciudad vieja

Establecida esa nueva definición del viejo como el verdadero ciudadano, es preciso que volvamos nuestra mirada a la ciudad y a sus problemas arquitectónicos y urbanos. Mientras que la arquitectura moderna iba arrasando durante el transcurso del siglo XX cualquier simbología de representación urbana, poco a poco iba naciendo también una nueva sensibilidad por lo que se ha dado en denominar con términos bastante lamentables “el patrimonio histórico” de las ciudades. Una de las inquietudes que definen la cultura arquitectónica de nuestra época ha sido la de tratar de respetar toda aquella arquitectura antigua en trance de desaparición, toda aquella arquitectura vieja que trajera a estos tiempos de disolución urbana la simbología de representación que tuvo en otros momentos. El interés por lo viejo como significante urbano frente a la ingente masa de bloques de viviendas de noventa metros cuadrados destinadas a las familias en crianza, ofrece la interesante sugerencia de enlazar a esos nuevos ciudadanos aquí definidos y llamados “viejos” con esa ciudad vieja que todavía está ahí subsistiendo entre el marasmo de arquitecturas in–significantes.

Hasta hace muy pocos años, y antes de que las descalabradas políticas sociales y urbanas de los socialistas primero y de los populares después, dieran al traste definitivamente con la vida del Casco Viejo de mi ciudad (Logroño) metiendo indistintamente bares, instituciones públicas o museos allí donde pudieran, podía observarse que dicho Casco Viejo estaba mayormente habitado por viejos, cuyos hijos ya criados se habían ido a criar a su vez a los bloques de viviendas construidos al efecto en la ciudad nueva. Fue una situación coyuntural y breve en la historia de la ciudad pero muy interesante y tremendamente significativa. Parecía natural y hermoso que los viejos vivieran en el Casco Viejo y que los jóvenes se instalaran en la ciudad moderna. Cuando yo vivía en Barcelona a comienzos de los setenta también recuerdo que se decía que la población de la parte vieja de la ciudad era mayoritariamente vieja.

En los innumerables Cursos, Seminarios, Jornadas y todo tipo de publicaciones que se han producido durante los treinta últimos años sobre el tema del “patrimonio histórico” de las ciudades no he encontrado ni una sola ponencia que tratase sobre el fenómeno natural del envejecimiento y muerte de los edificios como reflejo del propio envejecimiento y muerte de los hombres. Así que tengo que hacer a continuación un apunte apresurado de lo que podría ser una ponencia sobre arquitectura y vejez.
           

Ruina y vejez

Ante un edificio viejo existen dos posturas irreconciliables: 1) la de quien propone su aniquilación, y 2) la de quien postula salvarlo. Las razones que han movido a quienes a lo largo de la historia han propuesto la desaparición de los edificios han sido variopintas, pero por lo general puede aceptarse que la principal ha sido siempre la de la sustitución de una cultura por otra: el cristiano construye la catedral derribando la mezquita (el híbrido caso de Córdoba tiene su gran atractivo justamente en su excepcionalidad), la catedral renacentista hace caer la románica (aquí la hibridación excepcional se sitúa en Salamanca), etc. Mis mayores sorpresas estudiando historia de la arquitectura me las he llevado al leer el desprecio que desde una época de la historia se hacía a la anterior: los renacentistas llamando bárbaro a lo gótico; los neoclásicos arremetiendo sin piedad contra el barroco; y ya no digamos a Le Corbusier y los modernos despreciando a los historicismos del XIX. Sólo en nuestra época parece haberse detenido ese desprecio cultural a los viejos edificios o las zonas viejas de la ciudad.

La vida de los edificios como un todo orgánico es variable y para dar unas cifras de referencia, podría oscilar entre los cincuenta y los quinientos años. Es difícil encontrar un edificio que mantenga sus mismos usos, sus mismos signos y su estabilidad constructiva por encima de esa edad. Además de ello, a lo largo de la vida de un edificio, éste ha de soportar sucesivas operaciones de mantenimiento y conservación que o bien le pueden mantener en su esencia original o bien pueden dar al traste con ella. Las reformas sobre un edificio viejo han dado lugar a teorizaciones sobre “la intervención en el patrimonio” que se han prodigado estos años entre los partidarios de la segunda postura antes definida, esto es, la del no derribo del edificio; y que a la postre se han definido en torno a dos actitudes más o menos claras proporcionadas por dos grandes figuras de la cultura arquitectónica del siglo XIX: Ruskin y Viollet le Duc. Mientras la actitud del primero sería más o menos la de momificar al edificio viejo como a un faraón para que viva eternamente, la del segundo estaría más en la línea de hacerle todo tipo de intervenciones quirúrgicas y cirugías plásticas para que parezca más o menos lo que fue en su juventud. Sesudos arquitectos debaten caso por caso el acierto de una u otra postura en cada edificio concreto con sus estrechas miradas de  entomólogos o de coleccionistas, sin plantearse en ningún caso que la totalidad orgánica del edificio ya ha desaparecido porque ya no hay dioses que lo habiten o ni siquiera hombres que lo entiendan. Los edificios pasan a ser otras cosas dentro de la ciudad, –por ejemplo dejan de ser palacios habitados por señores para convertirse en museos visitados por turistas, etc.–, siempre y cuando una poderosa razón económica no mueva a su aniquilación absoluta. Nuestra declaración de ruina, o sentencia de muerte de un edificio, obedece en la actualidad no a razones de renovación cultural sino a razones económicas. La ciudad que va dejando vivir a unos edificios y mata a otros ya no es tanto un marco de representación social y cultural o una plaza estratégica y militar, sino sobre todo un mercado económico en el que no sólo los edificios, sino sobre todo los solares que ocupan, tienen valores o alcanzan cifras absolutamente determinantes sobre la vida de los edificios. O dicho de otro modo: la salud y la vida de un edificio como un todo orgánico ya no está ligada a la vida de los hombres que lo construyeron o a los hombres que lo mantienen sino a las variables de un mercado que genera la ciudad como sistema económico autónomo, y cuyas leyes están siempre por encima de las otras razones de los hombres.

A caballo entre los siglos XX y XXI, empezamos a saber que la vida de los hombres está ligada a un mapa genético que parece que vamos a ver en breve y a una crianza que se aventura sustituible por la programación genética. La muerte de los hombres está aún ligada al azar o a programaciones genéticas de degeneración de las células o de los órganos vitales que los científicos se afanan por desentrañar. Por su parte, la muerte de los edificios depende de su propio valor funcional en relación con las operaciones de reconstrucción, –tal y como establece el principio legal de la declaración de ruina– o, al margen de ello, del valor económico del solar que ocupa dentro del organismo de la ciudad. Y la vida de los edificios, por último, estaría mas bien ligada a una primera funcionalidad o a una prestación de servicios comparable con lo que aquí venimos denominando crianza.

Pues bien, al menos en la era anterior a la programación genética, edificios viejos y hombres viejos serían todos aquellos que hubieren acabado su ciclo de funcionalidad o de reproducción y estuviesen a la espera de que una ley económica del mercado de la ciudad acabase en demolicion o a que una gripe asiática, un infarto o cualquier otro mecanismo de aniquilación, diese con nosotros en el cementerio. Cuando digo que tales edificios y tales hombres pueden llegar a entenderse por afinidad de destinos, y que esa idea es hermosa y sugerente, ha de entenderse que quiero negar para mi época la existencia de una arquitectura específica, de una arquitectura nueva que acoga a los viejos.



El panóptico, la boutique o los apartamentos de la playa no serían deleznables por sus tipologías, por la abstracción formal, o por su convencionalidad, sino sobre todo porque son edificios nuevos.
           

Conclusión

Como elemento urbano no inmueble, el coche tiene también alguno de los atributos de un edificio. Mi viejo padre tiene un Rover 2000 de hace más de veinte años que siempre tiene alguna avería. Hace algún tiempo le decía que lo cambiara por uno nuevo hasta que un día me dí cuenta de la belleza de la historia: “mi coche está tan viejo como yo –me decía cada vez que le preguntaba por el estado su estado de salud o por las averías del coche–, pero creo que soy yo el que le voy a sobrevivir y que ya nunca me compraré otro”.

El viejo mas sabio es el que ha sobrevivido a su coche y no pertenece a la casa en que duerme. El viejo más viejo es el que ya no tiene una casa, sino que ésta es su ciudad.

Así que debemos cuidarlos como nuestro mayor “patrimonio urbano” y evitar que emigren al sur o sean encerrados en una institución  porque como decía Temístocles hace ya mucho “sólo la ruina nos preserva de una ruina mayor”.    



miércoles, febrero 15, 2012

LOS EBOOKS LHD, CASCOTES y EdifLHD, EN DROPBOX


El cierre de megaupload ha privado a los lectores de este blog de la posibilidad de descargar y leer los LHD cómodamente en sus tablets.

Pero a grandes males, grandes remedios (...o lo que se pueda). Ahora los he puesto en una carpeta de mi Dropbox. La única diferencia es que me tenéis que dar una dirección de correo para invitaros y que tengáis acceso a dicha carpeta, amén de comprometeros a no quitarlos de ahí, porque las carpetas gratuitas de dropbox son totalmente compartidas  y como arrastres los archivos fuera de la carpeta tendría que subirlos yo una y otra vez. Si no tenéis aún dropbox, mejor, porque así os invito y me regalan 250 megas más de memoria por cada nuevo usuario que haga. Por si no lo sabéis, el uso de Dropbox es gratuito hasta 2,5 GB.

Así mismo, he creado dos carpetas más para albergar los CASCOTES  y los EDIFICIOS LHD, a las que os invitaré gustoso por el mismo procedimiento.

Meses antes del cierre de megaupload miré la estadística de descargas de los ebooks del LHD y CASCOTES  y pasaban de doscientos de cada uno. Es una alegría saber que estas cartas aún corren y no están muertas.

Así que a los que se lo descargaron de allí o a los que me lo pidan ahora por dropbox, mil gracias por leerme.



domingo, julio 17, 2011

LOS LHDs y NLHDs en eBOOKS, edición julio 2011

Ya están disponibles todos los LHDs, NLHDs y sus últimos epígonos en nueve manejables ebooks, formateados en pdf y maquetados en tamaño 13 x 18 para que los puedas leer y consultar cómodamente en tu ipad o tablet similar.

Los he alojado en megaupload para que todo el que los quiera, se los pueda descargar gratuitamente.

Estos son los enlaces

LHD I, del 1 al 40

LHD II, del 41 al 80

LHD III, del 81 al 120
http://www.megaupload.com/?d=JRYHG933
(perdón ,estaba equivocado y bajaba el LHDII. Ahora ya está corregido)

LHD IV, del 121 al 150

NLHD I, del 1 al 25

NNLHD II, del 26 al 50

NLHD III, del 51 al 75

NLHD IV, del 76 al 100

NLHD V, del 101 al 125

NLHD VI, del 126 al final

sábado, junio 04, 2011

ARGUMENTOS. PEATONALIZACION EN LOGROÑO

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Voy a reactivar este blog con argumentos sencillos, datos urbanos, razones y verdades obtenidas de experiencias elementales.

Empiezo por un efecto de la reciente peatonalización de la calle Bretón de los Herreros de Logroño.

Hoy he tenido que llevar una caja de vino a casa de una amiga, algo para lo que obviamente necesito el uso del coche. El trayecto que hubiera hecho antes de la peatonalización era este:


330 metros sin ningún obstáculo por una calle bastante ancha donde no se producía nunca atasco alguno, lo que a 40 o 50 km por hora lleva menos de medio minuto.

Gracias a la peatonalización de la calle Bretón de los Herreros el trayecto que hay que hacer es este otro:



830 metros, cuatro semáforos, varios pasos de peatones, y un ceda el paso en el giro a la derecha de Murrieta. No he calculado el tiempo, pero si la distancia casi se ha triplicado, el tiempo viene a ser de diez veces el que se hacía antes, con lo que ello conlleva de mayor gasto de combustible, contaminación, peligro, incomodidad, etc.

¿Cabreo al canto? No. Post en el LHD. Mucho mejor.
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jueves, enero 20, 2011

1851

Hacia el cambio de siglo y tras diez años de crear y repetir clases de Fundamentos de Diseño, pensé en poner algunas de ellas por escrito. Empecé con esta que traigo hoy aquí sobre sus rocambolescos orígenes, y ya no escribí más. Se ve que la redacté de un tirón (como quien da una clase) y que al releerla y ver su pobreza literaria o su tono pedagógico, se me fueron las ganas de continuar. La clase es un género distinto de la escritura. Más cercano a la oratoria, la comedia y a las artes escénicas que al ensayo. Y aunque les pueda ser útil a quienes quieran repasar lo que suelo contar en clase o a quienes no puedan asistir a ellas, sirva pues el hecho de colgarla en este blog como testimonio de la diferencia.



Fechas significativas

Hay algunas fechas en la historia de la humanidad que van asociadas a grandes acontecimientos o a importantes cambios de trayectoria en la vida de los hombres. Esas fechas son como grandes mojones significativos de las historia o incluso como señaladas curvas de una carretera en las que ésta cambia de dirección. Por ejemplo, la fecha de 1453, el año en que cae Constantinopla en poder de los turcos, o 1492, en que los españoles acabamos la reconquista de la península y descubrimos América. Una de las fechas más significativas de la historia, -como veremos en este curso-, es 1914, año en que empieza la Primera Guerra Mundial. Claro está que no todas las fechas son igualmente significativas para todos los hombres: el año en que nació Mahoma casi nos es indiferente a los cristianos (que mayormente ni siquiera lo sabemos), o el año en que se unificó Italia en un solo Estado lo solemos ignorar los españoles, mientras que a los italianos les será indiferente la muy señalada fecha de 1898 en que con la pérdida de Cuba y Filipinas se acabó el imperio colonial español que se había iniciado en 1492. 1851 puede ser una fecha muy poco significativa para otros profesionales pero no ciertamente para los diseñadores, pues la mayoría de los historiadores del diseño moderno la suelen elegir como el punto de arranque de sus libros (1). 1851 es nuestra fecha de origen y conviene que la aprendamos en la primera lección, por eso la he puesto como título.


La Great Exhibition of the Works of Industry of All Nations

En efecto, 1851 es el año de la Primera Exposición Mundial de Objetos Industriales celebrada en el Hyde Park de Londres (el título exacto de la primera “expo” fue Great Exhibition of the Works of Industry of All Nations) cuyo promotor fue el príncipe Alberto. Sopesemos bien las palabras de su denominación: la primera, “Exhibition”, invoca a mercado, a feria de intercambio. En el sistema de producción artesanal la venta de los objetos está ligada a su producción: los objetos se compran generalmente al propio productor en el mismo lugar en que se producen, estos es, en el taller artesanal. Las ferias, sin embargo, alejan por tanto al objeto de su productor: los objetos vagan por el mundo en busca de un comprador, ajenos al lugar donde nacieron, o en todo caso sólo ligados a la Nación en que se hicieron, como reza la última palabra del título de la primera expo. El siglo XIX es el siglo de los nacionalismos, y los objetos, además de llevar insertos el nombre del artesano que los hizo o la ciudad concreta donde vieron la luz, llevan el sello de una nación, el famoso “made in...” en el que el consumidor se fijaba más que en otra cosa.


Los objetos del hombre

Exhibición y nación son dos palabras importantes de ese título, pero la palabra con mayor peso es sin lugar a duda, Industry. No sólo para los diseñadores, sino en esta caso para toda la humanidad, el siglo XIX ha quedado definido como el siglo de la industrialización del mundo, esto es, el siglo en que el mundo cambió definitivamente el modo de hacer los objetos con que los hombres convivimos. Pensemos un momento en el papel de los objetos en nuestra vida: los hombres somos animales que vivimos con objetos y la historia de la humanidad, una vez desaparecidos los hombres de las sucesivas generaciones, es la historia de los objetos con los que hemos vivido, desde el hacha neolítica hasta el scooter último modelo (2). La inmensa mayoría de los animales que habitan la tierra viven sin objetos (libres y felices que son ellos) y sólo unos pocos, como los pájaros o las abjas se hacen sus casas: nidos o panales cuyo carácter de objetos nos han tenido siempre fascinados a los hombres (3). El caso del caracol es aún más sorprendente porque a casa en que se cobija y que lleva siempre encima es como una secreción de su propio cuerpo. La idea de que un objeto sea como una secreción propia del animal o del hombre es muy poética (4) y podría incluir no sólo los objetos que uno hace sino incluso hasta los que uno compra. La famosa frase de Ortega y Gasset “yo soy yo y mi circunstancia”, bien podría entenderse ocmo “yo soy yo y mis objetos” en tanto que extensiones de mi cuerpo.


Los objetos, lo personal y lo clónico

Los objetos los hacen las personas o son de las personas, esto es, son siempre “personales”, llevan el sello de lo personal. La producción industrial de los objetos cambia sin embargo esta percepción: el poder de la industria consiste en hacer infinidad de objetos exactamente iguales unos de otros. La industria es una invención humana para abaratar el coste de los objetos y permitir que todos los hombres puedan poseer los objetos que crean precisos para su desenvoltura o compañía, pero lo que resulta de todo ello es que los objetos, al multiplicarse indefinidamente (al clonarse) se hacen independientes y ajenos a nosotros (se despersonalizan). No tengo ni idea de quién hizo la camisa que llevo puesta, por lo que le hecho de llevarla no me vincula apenas con su productor; si además de ello descubro que la misma camisa que yo llevo puesta la lleva también otra persona de esta misma sala, difícilmente puedo entonces considerarla como un objeto personal. Sólo cuando la tenga muy gastada, muy acomodada a mi cuerpo (deformada incluso), acaso señalada con unas iniciales cosidas a mano, etc., entonces esa camisa que no sé quien la hizo y que era igual a otras camisas empezará a ser “mi” camisa y viviré en armonía con ella, formará parte de mí. Esto es muy importante de entender.
Tras la lectura de la novela Un Mundo Feliz de Aldoux Huxley, y la clonación de la oveja Dolly en la última década del siglo XX, estamos en mejores condiciones de comprender lo que los más sensibles visitantes de la Expo de Londres en 1851 pudieron sentir allí.


El Crystal Palace

Pero para fijar ideas y retener mejor en nuestra memoria los acontecimientos y las sensaciones de aquella ocasión vamos a recrear un poco con imágenes y personajes aquel momento histórico. Para albergar la Exhibition se pensó en un solo y gran edificio que fue encargado a un jardinero llamado Joseph Paxton...



... que se había especializado en la construcción de invernaderos (5). El edificio fue proyectado en nueve días y levantado en cinco meses según un proceso tan moderno e industrial...,



... basado en miles de piezas prefabricadas y seriadas, que el propio edificio se convirtió en el mejor símbolo o representación del espíritu de la Expo.



Por si ello fuera poco, adelantándose en más de cien años al espíritu ecologista de nuestro tiempo en cuanto al respeto a los árboles, el diseño del edificio permitió la inclusión de algunos árboles existentes en el parque sin tener que talarlos.



Toda una anécdota. Empezamos por ver imágenes del exterior a través de grabados y de fotografías (la fotografía fue inventada por Niepce y Daguerre entre 1827 y 1830 -también esas son fechas históricas para el mundo de la imagen y la reproducción exacta y clónica de las imágenes...- pero en 1851 aún no estaba muy extendido el invento por lo que las pocos fotos que hay del edificio son valiosísimas).





Vemos dos imágenes más del interior vacío una vez desmontada la Expo:



Y antes de pasar a las de la propia Expo con todos los contenidos y sugerencias que ello implica, le seguimos la pista a la vida del propio edificio, que tal y como fue planeado en el momento de su construcción, fue desmantelado en el año 1852 pocos meses después de que acabara la feria en el otoño de 1851.

Dado el carácter prefabricado del mismo, se reconstruyó en el mismo año en Sydenham Hill con algunas variaciones bastante criticadas y con uso de invernadero





Finalmente, el 1 de diciembre de 1936, un fuego iniciado en unas cañas secas acabó definitivamente con el edificio



En pleno nazismo alemán y ante la regresión generalizada que la modernidad tenía en toda Europa, la desaparición del edificio que había sido el origen y símbolo de la misma se tomó como otra fecha significativa (6).

En el Museo de Londres situado en el barrio de Barbican, cerca de la iglesia de San Pablo, puede verse una maqueta del Crystal Palace, y en la zona Sur de Londres aún subsiste un distrito llamado Crystal Palace que conmemora la célebre construcción.


El Crystal Palace y la Great Exhibition: Un fuerte contraste

Pero después de haber visto cuán moderno era el edificio diseñado por el jardinero Joseph Paxton, con capacidad incluso para el montaje y desmontaje industrial, vamos ya con las imágenes de la Gran Exhibición, no sin advertir antes del gran contraste que vamos a poder apreciar entro lo moderno del edificio y lo arcaico de los montajes decorativos y ambientales.












Son grabados coloreados de Owen Jones (quien había participado en la propia decoración interior del Crystal Palace pintando incluso la estructura metálica del mismo) que transmiten con mayor fuerza que las fotografías en blanco y negro...




...el tremendo choque entre los dos mundos tan radicalmente opuestos: el del edificio industrial y el de la decoración tradicional.
Ahora bien, al margen de la presentación más o menos decorativa y arcaica, hay que recordar que la finalidad de la Exposición era mostrar al mundo “los nuevos objetos producidos por la industria”. El Victoria & Albert Museum de Londres exhibe aún muchos de los objetos allí expuestos,




... y así como ante las imágenes del edificio y del ambiente de la Exposición teníamos claro los dos mundos distintos a los que pertenecían, ante los objetos nos asalta una cierta confusión o una duda fundamental: esos objetos de factura tan arcaica ¿están hechos sin embargo en serie mediante procedimientos industriales para abaratar sus costes y extender su consumo a más amplias capas sociales?
La respuesta es sí, y la conciencia de esa contradicción es justamente el origen de la historia del diseño moderno.


Las respuestas de Ruskin y Cole

Una de las personas que tuvieron conciencia de esa contradicción y que la expresó con una sensación de profundo malestar fue el escritor, pensador y humanista, John Ruskin, a quien vemos en la siguiente imagen con cara de pocos amigos (7)



La personalidad de Ruskin y su trayectoria intelectual es bastante compleja. Como iniciación al conocimiento de Ruskin cabe decir que era un enemigo acérrimo de la industria y de las consecuencias sociales que la industria había traído a su país, y que en los productos de la Exhibición de 1851 no ve sino falsedad en toda esa serie de adornos hechos a máquina y en todos esos objetos deshumanizados a los que denominará con el despectivo calificativo de “quincalla”.
Un personaje que también es consciente de que las cosas no van bien o están desajustadas es Henry Cole (1808-1882). Cole es un personaje mucho menos influyente que Ruskin (ni siquiera puedo ofrecer una foto de él) pero las cosas que dice entonces me parecen mucho más claras en relación al tema del diseño. “Cole está firmemente convencido de que el bajo nivel de la producción corriente se debe a la separación entre arte e industria, de ahí que se puedan mejorar las cosas canalizando el trabajo de los artistas hacia el "industrial design” (8). En palabras del propio Cole: “En la Exposición se hace evidente la ausencia de cualquier principio de diseño ornamental: es como si las artes aplicadas de toda Europa estuvieran profundamente desmoralizadas”.
Fijémonos otra vez en las palabras clave: arte, industria, ornamento y artes aplicadas. Son las palabras fundamentales de la historia del diseño moderno, las palabras que hay que entender bien para llegar a ser un diseñador cabal de nuestro tiempo. No las llegaremos a comprender del todo en esta primera lección, ni mucho menos, pero es el momento de hacerles una breve presentación.


La palabra arte

Para empezar es preciso conocer todas las acepciones que la palabra arte tiene, no sólo ahora, sino a lo largo de la historia. Nada mejor que acudir a un buen diccionario de uso del español como el María Moliner para darse cuenta de lo amplio que resulta este concepto y lo confuso que puede ser decir a secas la palabra arte. Para orientarnos en el inmenso mundo del arte es preciso casi siempre ponerle apellidos: artes de pesca, artes mayores, arte de magia, arte abstracto, artes de birlibirloque, etc. etc. en general la palabra arte hace referencia a la habilidad humana para hacer cosas y a hacerlas bien, de manera que los productos del arte son finalmente entendidos como opuestos a las cosas de la naturaleza. Pero desde el principio no sólo es arte el hacer las cosas sino también el hacer conceptos o ideas. Así las artes se pueden dividir grosso modo en artes liberales, en las que se trabaja con ideas y conceptos, y artes plásticas, en las que se hacen cosas, aunque hay otras de difícil clasificación en una u otra como las “artes marciales” (¿artes del cuerpo? ¿deporte?).
El sofista Hipas de Elis, contemporáneo de Sócrates, dejó establecido que las artes liberales eran siete: Gramática, Retórica, Dialéctica, Aritmética, Geometría, Música y Astronomía (9). Se dejó el arte que mejor él practicaba y del que se considera fundador, “el arte de la memoria”, y por supuesto, también se dejó la Poética o Literatura y todas las artes escénicas (le perdonamos que se dejara el llamado por nosotros “séptimo arte” porque todavía no había sido inventado).
El devenir histórico de las artes plásticas tampoco ha estado nunca claro del todo. En principio cabe decir, como hace Félix de Azúa (10), que el nombre antiguo de las artes plásticas es el de artesanías o artes manuales, que se agrupaban por gremios según sus objetos de producción o materiales utilizados, y así los gremios de orfebrería, la escultura, la cera, la sastrería y otras cien utilidades. Es a partir del Renacimiento (s. XIV-XV) cuando tres de estas artes, la arquitectura, la pintura y la escultura parecen elevarse sobre las demás reclamando para sí el estatus de las artes liberales mediante el título específico de “artes mayores”, condenando a las demás al menosprecio de llamarse “artes menores” o simplemente, artesanías. Por lo que nosotros nos interesa está claro que en el siglo XIX los arquitectos, los pintores y los escultores eran los “artistas”, mientras que los demás artistas plásticos eran artistas menores o artesanos (11). Entendemos ahora mejor la propuesta de Henry Cole en el sentido de que para salir de la desmoralización en que se encontraba la producción industrial de objetos –según podía verse en la Exposición de 1851-, los artistas (esto es, los arquitectos, pintores y escultores) deberían ocuparse de la producción de los objetos de uso cotidiano que la industria producía en cadena.
Pues bien, ese intento o esa propuesta de que los artistas bajen de las nubes donde les ha instalado el arte por el arte, y se ocupen de la belleza de mi mesa de trabajo o del vaso en que bebo agua, es justamente el origen de la historia moderna del diseño. La fusión de los artistas con los “oficios artesanales” dará lugar a un movimiento pedagógico que se extenderá por Europa con el nombre de Arts & Crafts o, traducido al español, Artes y Oficios. En los países en los que las Reales Academias de Bellas Artes tenían mucha fuerza, como Francia o España, las Escuelas de Artes y Oficios tendrán un protagonismo secundario respecto a éstas, pero en los países anglosajones y centroeuropeos, las Escuelas de Artes y Oficios (como veremos especialmente en el caso de Viena y en el caso de Weimar) tendrán una importancia capital.


Las Arts and Crafts

El primer artista en poner en práctica la idea de volver a unir las artes con los oficios fue un discípulo de John Ruskin llamado William Morris (1834-1896)



En la famosa casa que se construyó en 1859, la Red House (12)...



... fundó una empresa junto con otros socios artistas para producir artística-artesanalmente tapices, tejidos, papeles pintados para empapelar, muebles, vidrieras, encuadernaciones, etc. En 1865 la empresa se traslada a Londres a la tienda que puede verse en la imagen.



Los productos realizados artesanalmente no nos sorprenden en demasía aunque ya anuncian las dos grandes etapas del diseño moderno: una primera de libertad creativa que anuncia ya el art nouveau o modernismo, y otra tendencia de simplificación en las formas que se adelanta en más de cincuenta años a lo que será la modernidad entendida como simplificación radical y geometrización de las formas.







La labor de Morris no se quedó limitada a la producción de objetos artísticos más o menos interesantes con manufactura artesanal sino que alcanzó a la producción teórica (13 y la labor social. En línea con el pensamiento de Ruskin, Morris define el arte “como la forma con que el hombre expresa la alegría de su trabajo” (definición que podemos añadir a las que ya hemos apuntado) y la arquitectura como “el conjunto de las modificaciones y alteraciones introducidas en la superficie terrestre con objeto de satisfacer las necesidades humanas, exceptuando sólo al puro desierto”. La primera no deja de ser una definición un tanto ingenua o voluntariosa, pero la segunda, sin embargo, sí que tiene una amplia repercusión: todo el entorno creado por el hombre es arquitectura y no sólo aquellos edificios notables de la ciudad como se pensaba hasta entonces. Todo el entorno humano es susceptible por tanto de ser pensado y de ser diseñado para mejorar la vida del hombre en la tierra. Y ese es el gran reto de los nuevos diseñadores, de los nuevos artesanos-artistas.


Una hermosa vía pero sin salida

Pero la propuesta de Cole, de Riskin y de Morris no resuelve la contradicción observada en la Exposición de 1851, o si se quiere, la resuelve de un modo burdo y utópico, esto es , negando la industria. Los artesanos artistas renovarán el mundo de las formas de los objetos porque a la habilidad manual se unirá la creatividad imaginativa y reflexiva , pero sus productos difícilmente podrán competir en precios con los de la industria. Con el movimiento de las Artes y Oficios se inicia un periodo de unos sesenta años (hasta la otra fecha significativa que hemos señalado, 1914) en el que, por un lado, la creatividad del mundo de los objetos se multiplicará y enriquecerá como nunca, mientras que por otro, se tendrá la mala conciencia de que la solución al problema es incompleta pues el avance de la industria es imparable y tarde o temprano habrá que pactar con ella.
Hemos dicho y repetimos que la historia del diseño contemporáneo arranca en 1851, pero ahora podemos entender también que lo hace de un modo un tanto excéntrico: volcando la imaginación y el entusiasmo en la producción de objetos bellos pero desde un proceso artesana; y negando la clonación (que diríamos ahora), o también, volviendo a crear un nexo de unión entre el hombre y sus objetos.
El gran mérito de las Artes y Oficios fue desatascar la falta de creatividad en los objetos útiles y extender el interés creativo hacia todos y cada uno de los objetos que rodean la vida del hombre (definición de Morris). Ello produjo una época espléndida en las artes decorativas que estudiaremos en las lecciones siguientes (Art Nouveau, Jugendstilj, Secesión, Modernismo, etc.), pero una época tan contradictoria como la de la propia Exposición de la que surgió y que tenía los días contados en tanto que el progreso de la industria era social y económicamente imparable.

Notas

(1) El primer libro que cabe recomendar sobre los orígenes del diseño moderno es el escrito por Nikolaus Pevsner en los años treinta con el título Pioneros del Diseño Moderno, editado en castellano por Ediciones Infinito.
(2) El Sistema de los Objetos, de Jean Baudrillard, fue mi primer libro introductorio a la reflexión sobre la relación de los hombres con sus objetos. Nos lo recomendaron en la asignatura de Estética de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, allá por el año 1972.
(3) Gerald Durell, autor de Encuentros con Animales, publicado en Alianza Editorial, dedica un capítulo a los “Animales Arquitectos”. En la mayoría de los estudios de etología que tengo en mi biblioteca, los de Lorenz, Tinberger y Barnett, no he encontrado capítulo alguno que hablara de la relación entre los animales y sus objetos, pero seguro que alguien los habrá estudiado, digo yo.
(4) Mi tío Luis Diez del Corral me dijo en cierta ocasión que sus escritos eran simplemente como sus secreciones. Véase mi artículo Ser Sabio, en El Retablo de Ambasaguas de La Rioja, Logroño 2000.
(5) La vida de Joseph Paxton y los avatares de la construcción del Crystal Palace los he tenido siempre a mano gracias a que en un viaje de estudiante a Londres en 1975 compré casualmente el simpático librito Joseph Paxton and the Crystal Palace, a story biografy by Josephine Kamm, ed. Methuen & CO LTD. De todos modos la editorial Phaidon en su colección Architecture in Detail publicó en 1994 el Crystal Palace, con textos de John McKean, que es la fuente de la mayor parte de las ilustraciones de esta lección
(6) Al día siguiente del incendio, el conocido crítico de arte y arquitectura Siegfried Giedion escribió: “The possibilities dormant in the modern civilization we have created have never since been so clearly expressed. If our romantic cultur reached its apoteosis as modernism in 1851, its obituary, as Modernism, was griten in 1936).
(7) Es el fragmento de una foto en la que aparece cogido del brazo de Dante Gabriel Rossetti; pag 105 de Fifty Years of Victorian London, de Stella Margetson, ed Macdonald, London.
(8) Historia de la Arquitectura Moderna, Leonardo Benévolo, cap VI, 2
(9) Véase El Arte de la Memoria, de Frances A. Yates, ed Taurus, Madrid 1974, pag 71.
(10) Diccionario de las Artes, Félix de Azúa, ed Planeta. Barcelona 1995, pag 48
(11) Sobre la palabra “artista” no puedo dejar de recomendar la lectura del impresionante relato que de él hace Félix de Azúa en el mencionado Diccionario de las Artes. Aunque el alumno no lo entienda del todo, no debe dejar de leerlo.
(12) En la colección Architecture in Detail está igualmente editado un volumen sobre la Red House con todos los detalles de decoración realizados por Morris y sus migos.
(13) En castellano conozco la antología de escritos de William Morris, recogida con el título de Arte y Sociedad Industrial, publicado por Fernando Torres, editor, Valencia 1977.
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