Nada como dejar a los niños entretenidos mientras haces tus deberes religiosos.. En Medrano, La Rioja
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9 nov 2014
Como hoy era esa cosa del referendumsíosí de Cataluña, a primera hora de la mañana se me había ocurrido colocar en el grupo SEMS (Satán es mi Señor) esta foto que veis con un comentario sarcástico e inocente que decía más o menos que...: " Puede que no encajen con el entorno, pero la prueba definitiva del cariño del resto de España hacia Cataluña ha sido poner en cada pueblo una (o más) fuente de Canaletas". Unas horas después entro en el mencionado grupo a ver qué comentarios había generado y me encuentro que los administradores lo han borrado, o sea, ¡¡¡censurado!!! Qué fuerte ¿no? Adoradores de Satán e Inquisidores a la vez !!!!????
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13 nov 2014
ambién es mala suerte...
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19 nov 2014
Aeropuerto de Alicante-Elche. Domingo 16 nov 2014 (cortesía de TeresaDC)
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29 nov 2014
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16 my 2018
Que alguien quite ese cartel, por favor. Ruinas del monasterio de Santa María de Toloño
(Última colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España)
(1) Hoy empiezo con una anécdota de mi vida de músico amateur y
ya luego entramos con algo de arquitectura. Al poco de entrar a tocar la tuba
en la Banda Municipal de Logroño, me contaron que uno de los músicos que había tocado toda su vida con ellos estaba a punto de morir, y pregunté
entonces a mis nuevos compañeros, como la cosa más natural del mundo, si iríamos con la Banda a tocar a
su entierro. Recuerdo que me miraron como si fuera un marciano… “¿pero qué
dices? Eso nunca se ha hecho”. ¿Ah no? Pues hombre, les contesté,a mí me parecería la despedida más natural
del mundo. La más bonita y sentida que se podría realizar… Pero en fin, qué le
vamos a hacer. Si las cosas son así…, poco voy a durar yo en esta Banda… Y así
fue, ja ja ja.
Puede que la música sea una buena compañera durante toda la
vida. Pero en el momento de la muerte de un ser querido, ya no es compañía lo
que evoca, sino necesidad. Y cuando te encuentrassin palabras para expresar el misterio de la
muerte, la música se convierte en eso, en una estricta necesidad.
Dicen algunos tratadistas que la arquitectura también nació
con la muerte, es decir, no para dar forma a la habitación de los hombres vivos
sino para recordar y respetar para siempre a los muertos. En el segundo de mis artículos sobre vejez y arquitectura (enlace aquí) mencionaba que en el entorno de la muerte la arquitectura es más necesaria que nunca. Así que yo me he pasado la vida yendo
a ver cementerios. Siempre que visito o estudio una ciudad veo su templo, su
estación de tren y por supuesto, su cementerio.No pocas veces es para estar a un paso de personas a las que he admirado
mucho, pero también para ver la decadencia de la propia arquitectura de nuestro
tiempo que ya no sabe ni venerar a los muertos. En ese sentido, uno de los
cementerios más bonitos del mundo, es el de Estocolmo donde Gunnar Asplund fue más allá de la arquitectura de su maravillosa capilla del Bosque y creó un emotivo templo
con árboles (foto arriba).
Yo también voy a ir más allá de los límites musicales de
este programa a la hora de seleccionar una de las piezas que más me acompañó en el entorno de la muerte de mi padre. Una canción a la que me agarré como a un clavo ardiendo. Es del grupo Radiohead y no es una marcha fúnebre ni
nada así. Es una canción tan misteriosa que el propio Tom Yorke no se explica
cómo pudo escribirla ni cómo tiene fuerzas para poder cantarla.
La versión estándar es la incluida en el álbum The Bends (1995) pero la que yo siempre escucho es la versión acústica de un directo que está en youtube:
Si tenéis tiempo, no dejéis de leer las propias declaraciones de Tom Yorke sobre esta canción. Las he recogido en un post de mi blog spypmusic: (enlace aquí)
(2) Pero vamos cuanto antes al cementerio Central de Viena que es lugar de peregrinación para todo amante de la música,
o como decía antes sobre el tema que hoy nos ocupa, para todo aquel
estrictamente necesitado de ella. Y es que es muy difícil no caer rendido allí
ante la presencia agradecida de numerosos
ramos de flores en la tumba de Beethoven. Yo también le puse las más bonitas de mi vida, claro.
Allí no están los restos de Mozart, pero la música de su
Requiem es atronadora. Siempre está con nosotros cuando la necesitamos. Como
siempre tengo a mano la música del Ein Deustche Requiem de mi admirado Johannes Brahms, que
está a cuatro pasos de la tumba de Beethoven.
Qué suerte la de los nacidos en la era de la reproducción musical
la de tener siempre a nuestra disposición estas dos grandes piezas musicales para cuando las
podamos necesitar, ¿verdad?
La que les voy a sugerir sin embargo, es una pieza menor,
una pieza fúnebre de estudio que es tan sencilla de interpretar que cuando empezaron
mi mujer y mis hijas a tocar sus primeros clarinetes la hicimos nuestra una y
mil veces. Y cada vez que tocábamos
algunas de esas notas tan especiales que puso Beethoven en las cuatro
particellas, se nos ponía la carne de gallina. Siempre me ha extrañado que con
tanta riqueza armónica no se haya realizado una versión orquestal de esta
composición, pero quizás sea por respeto al propio Beethoven, porque aunque fue
una obra compuesta por encargo para un sacerdote, fue la pieza que se tocó en
su sepelio por las enlutadas calles de Viena: el cuarteto para cuatro
trombones.
(3) Bueno
y vamos a acabar ya este ciclo de nueve colaboraciones sobre arquitectura y
música en otro lugar que nadie sabe que lo que es pero que tiene tal potencia
arquitectónica que uno llega a olvidarse de su actual reconversión en gadget
turístico. Me refiero al anillo de piedras o Stonehenge cercano a Salisbury.
Y es que esto de quedarse sin palabras en el momento de la
muerte viene a cuento también del fracaso en el que incurren la mayor parte de los
escritores, inclusive los mejores, cuando intentan el género necrológico (y ya
no digo los aficionados…). Nos solemos
poner tan cursis y pomposos que más que flores al muerto nos echarnos cenizas
sobre nosotros mismos.
No es el caso de algunos memoriales musicales, en el que el
muerto parece volver a la vida gracias a la composición de algún discípulo. Yo
apenas sabía nada de Johannes Ockeghem hasta que escuché el lamento que mi
admirado Josquin Despres escribió a su muerte a finales del siglo XV.
Cuando la muerte o el caos se apodera de nosotros, y
eso ocurre cada día varias veces, es necesario tener a mano los recuerdos de
ciertos lugares primigenios de nuestra civilización o las partituras de los comienzos
de la música occidental, como esta bellísima polifonía de Després:
Y en este enlace, el podcast de la versión radiofónica del jueves 7 de junio del 2018.
(penúltima colaboración para el programa Longitud de Onda de Rne Radio Clásica. Aquí el borrador previo a la emisión en directo del 9 de mayo del 2018)
Eso que llamamos la Gran Música, es decir, la Música
Sinfónica, la música hecha por esa gran máquina excepcional que es una orquesta
sinfónica, es lógico que se ejecute en grandes espacios o en arquitecturas
magníficas, como los teatros más amplios de las grandes ciudades, los
auditorios de los que hablamos hace unos cuantos programas, o incluso en los
escenarios de edificios pensados para las óperas. Con Brückner y con Mahler,
verdad, esas enormes máquinas de sonido que son las orquestas sinfónicas habían
llegado a tener más de cien músicos sobre elescenario, por no hablar de las decenas de cantantes de las corales
cuando había que interpretar sinfonías con partes cantadas.
Pero como toda civilización que se expande y llega a su cenit,
la música también se hundió, o si lo prefieren, ascendióal cielo de las artes, o mejor aún, según la acertada
expresión que acuñó Ortega y Gasset en su incipiente ensayo de 1925, “se
deshumanizó”.Nada mejor para entender
el desconcierto que produjeron las vanguardias artísticas en los albores del
siglo XX que leer este precoz ensayo de
Ortega, La Deshumanización del Arte. La música, como la poesía, la pintura, o
la arquitectura se hicieron abstractas y vanguardistas y nos dejaron con cara
de tontos.
Ahora bien, la música, tan íntima y necesaria para la vida
de los hombres, no podía morir del todo, no podía deshumanizarse. Y aunque
muriera en Viena, o en el corazón de Europa, y subiera a los cielos del arte
por el arte con Schönberg, Stravinsky, Webern, etc, la música para la humanidad, la música con vocación de universalidad tendría que volver nacer en algún otro lugar. Y así ocurrió. La música vino al
mundo donde menos nos lo podíamos imaginar: en los campos de algodón de los Estados sureños de Norteamérica y en los garitos de Nueva Orleans.
Y es que la gran música de la primera mitad
del siglo XX ya no va a serla música vanguardista europea sino el Jazz,
y en su origen, cómo no podía ser menos, eljazz fue una música alegre y sencilla: el dixie tocado en los garitos de
Bourbon Street. Una música, por cierto, que llegó a Europa con la Primera
Guerra Mundial con otro nombre, el charleston.
1) Pues bien, para proponerles visitar ya algún local donde
escuchar dixie, les diré que si van a París no dejen de ir a La Caveau de la Huchette , templo
sobreviviente de aquel jazz primitivo, un local situado en el barrio Latino que
descubrí una noche con mis compañeros de Escuela por pura casualidad y sobre el
que escribí este pequeño artículo para no olvidar su localización.
A modo de muestra vamos a escuchar un tema de Fats Waller y
Ada Brown, That ain’t Wright de la
película Stormy Weather (1943) donde se reproduce el ambiente de uno de
aquellos bares o garitos del dixie donde, como digo yo, o entiendo yo, renace la gran música en el mundo.
2) El jazz creció muy rápidamente y tras viajar de New
Orleans a Chicago, al final se instaló en Nueva York donde los pequeños grupos
se trasformaron en fantásticas orquestas o Big Bands, y los bares y garitos
dieron paso a elegantes clubs donde la música recobró otra de sus funciones
capitales: dar baile.
Como homenaje a un músico de mi pueblo, hace años
escribí un bonito artículo titulado LA MUSICA QUE DA BAILE,
Y decía allí que esa es una de las funciones más hermosas de
la música. Pues bien, en cierta ocasión, cuando Juan Claudio Cifuentes vino a
Logroño a hacer un programa sobre la Big Band amateur donde yo tocaba para su
programa de TVE2 Jazz entre amigos, nos contó que la forma en que las grandes
big bands conseguían los contratos de las mejores salas de bailes de Nueva York
era tan sencilla como ver cuál de ellas sacaba más gente a bailar a la pista.
Por haber pertenecido a otra generación (yo nací en el 53,
es decir, con el rock and roll) he lamentado mucho no haber visitado nunca o no
haber buscado por el mundo alguna de aquellas maravillosas salas de baile donde
las Big Band hacían vibrar su excelente música.
Sólo las he visto en fotos o en las películas, pero gracias
a la magia de la imaginación podemos poner juntas, por ejemplo, la Sala
Pasapoga de Madrid y una de mis orquestas preferidas la de Cab
Callowey,con una invitada excepcional,
Dorothy Donegan.El corte al que lesinvito está en la película Sensations of 1945 y aunque es un poco largo y la
orquesta de Callowey no entra hasta el minuto cuatro seguro que lo van a
disfrutar porque tiene una entrada de piano digna de la mejor y más variada de las músicas.
3) Bueno, pero volvamos de las salas de baile a los pequeños
locales de música, los bares, o los garitos pequeños donde el músico, bien el
profesional o también el amateur entra en contacto directo con el reducido
público que ha caído por allí a tomarse una cerveza.Hay tantos repartidos por el mundo que es
imposible hacer una lista sin olvidar alguno muy querido, pero si me pidieran
que mencionara uno solo, casi seguro que me saldría el Café Central de la plaza
Santa Anade Madrid.
Lo del bar y la música en vivo era el sueño de mi profesor
de Jazz, Renato Valeruz: poder abrir un bar donde no hubiera música ambiente sino
siempre música en vivo, desde la más elemental a la más sofisticada,
dependiendo de la suerte.
Tratando de recordar la experiencia musical más intensa o
sorprendente que he tenido en un bar les voy a llevar a un pub inglés el Royal
Oak Inn, el único pub de Luxborough, una pequeña aldea de Somerset, al sur de
la ría de Bristol. Desde muchos hace años paso las vacaciones de verano con mi
familia intercambiando la casa, lo que posibilita un encuentro más íntimo con
los lugares que visitas. En el año 1996 caímos así en una pequeña aldea cercana
a Minnehead que tenía un pub muy antiguo donde daban una comida elemental y una
cerveza estupenda.
Pero lo mejor de ese pub era que los sábados por la noche la
gente de los alrededores se congregaba para cantarse canciones unos a otros.
Uno traía un banjo y cantaba una canción alegre; otra pareja tocaba una vieja
melodía popular con un clarinete y un tamboril; y los músicos más preparados se
acercaban al piano de pared a tocar algún tema desconocido o a acompañarse para
cantar una canción de amor. Era un pupurrí de lo más tranquilo, amable y
sencillo, como no he visto nunca en ningún otro lugar. Bueno, sí, una noche en
un bar de Inverness viví algo parecido. Y supongo que muchos oyentes habrán
tenido alguna experiencia similar.
¿Qué pieza desearía escuchar yo en un pequeño lugar como un
bar de pueblo?
Jugando con el tiempo y con los géneros se me ocurre que
nada más apropiado para una velada en un bar que una canción de un músico
favorito. Todos los grandes músicos han compuesto bellísimas melodías para una
voz y un piano de acompañamiento. Uno de mis discos preferidos es el de Lieders
de Brahms cantados por Jessie Norman con Baremboin al piano (Deuschte
Gramophone). Les pongo el primer corte, el impresionante Liebestrau (Amor fiel)
sobre un poema de Reinick que pueden leer traducido en la web el blogdemaac:
El podcast de la versión de radio en directo puede escucharse en este enlace.
El caso es que un día le comenté a Emilio Barco que se me estaban acabando los temas de investigación arquitectónica en la Rioja y sabéis qué me dijo: pues que me dedicara a ver casillas de campo... (Entre Lardero y Alberite. La bici es cosa mía)
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30
En materia de kasillas y kaleas, ningún problema con la DOC. Samaniego, Rioja Alavesa.
A nada que pongamos ese par de palabras en google sale una
tercera, SIDNEY, es decir, el primer gran edificio de la arquitectura
contemporánea dedicado a la Opera. Un edificio con una imagen tan popular, que
muestra hasta qué punto la Arquitectura es capaz incluso dejar en un segundo
plano la tradicional grandiosidad artística de la Opera.
Pero si les traigo a colación el edificio de la Opera de
Sidney no es precisamente para alabarlo sino para ponerlo como referencia del
comienzo de ese ciclo ciertamente trágico que estamos viviendo desde entonces, en
que la arquitectura deja de ser una disciplina integradora de las artes
decorativas, deja de ser un grandioso pero modesto ejercicio de urbanidad, para
convertirse en eso que se viene llamando LA ARQUITECTURA ESPECTÁCULO.
Estrictamente contemporáneo delAuditorio de Berlín del que hablábamos en el
programa anterior, la construcción de la Opera de Sidney tiene una historia
rocambolesca en la que se pasó de un presupuesto de 3 millones de dólares a un
coste final de más de 100 millones de dólares de la época, con lo que el autor,
el danés Jorn Utzon, fue justamenteexpulsado de la dirección de la obra. Los
avatares del concurso, de la obra y la expulsión del arquitecto darían para
todo un libreto de Opera o de Opereta.
A la vista de esta historia y de alguna más que les podría
contar, como la desgracia de los dos arquitectos de la Opera de Viena, o la
sorpresa del jurado del Concurso del Euskalduna de Bilbao, he llegado a pensar
estos días si mi aversión a la ARQUITECTURA ESPECTÁCULO no irá de algún modo
unida a mi escaso interés por la Opera, atreviéndome a definir la OPERA, en el mismo sentido
negativo, como la MÚSICA ESPECTÁCULO. Música rebajada a querer dar espectáculo.
Pero para no ser tan negativo, al menos en el inicio del
programa, les cuento que siendo adolescente cayó en mis manos un disco con
varias oberturas de Wagner y por supuesto, sentí con ellas parecidas emociones
a las que había experimentado con la música sinfónica. Pongamos cuando menos
unos compases de la Obertura de Tanhausser para dejar de lado tanta negatividad
como veo yo en la Opera.
Mi viejo vinilo es de una versión de la Deutsche Grammophon
de la Orquesta Lamoureux dirigida por Igor Markevitch.
Pero si se acepta un youtube valga este:
A ver si me explico mejor. Después de escuchar esta
magnífica música sinfónica que raya en lo sublime, yo siempre me pregunto cómo
es posible rebajarla para contar de un modo histriónico, cursi, y pesado una
vieja leyenda o un cuento infantil trasnochado. Siento mucho decir para todos
los aficionados quecada vez que he
probado a ver una ópera he sentido un cierto rechazo hacia tanto derroche de
medios para tan fatuo resultado. Hasta podría decir que he sentido vergüenza
ajena de ver a tanta gente adulta empleada en algo tan infantil como las hadas,
las walkirias o barbazul. Un poco como me pasa cuando veo fútbol:un montón de señores hechos y derechos
poniendo toda su furia y pasión ante un jueguecito de entretenimiento con una
pelota. Por dios, cómo es posible gastar tanto esfuerzo y tantos dineros en
levantar magníficos edificios para ese
tipo de espectáculos. Cómo es posible que todos los grandes músicos se hayan
pirrado por hacer Opera… Ya lo siento, de verdad, pero yo no lo entiendo.
Ahora bien, por volver a ser positivo les diré que viendo
tanta astracanada en la Opera alemana, y ya no digamos en la italiana, lo que
no me parece lógico es que se haya vituperado tanto a nuestra “Opera Nacional”,
la pequeña Opera Española, es decir, a la Zarzuela. Pues en el fondo son lo mismo, cuentos con música.
Aunque nunca iría a ver una Zarzuela, porque seguro que me pasaría todo el rato
sintiendo vergüenza ajena, yo le tengo un cierto cariño a la Zarzuela, o cierto
respeto, porque así como digo que siempre me ha parecido que los grandes
compositores se rebajan a sí mismos y rebajan la grandeza de la música
sinfónica cuando hacen Opera, los aficionados, por la otra parte, podrían usar
la Opera o también la Zarzuela como medio de acercamiento al mundo de la
música. Rindo así un emotivo recuerdo a mi madre, que fue la persona que me
hizo amar desde niño la gran música, y cuya formación musical empezó justamente
yendo de la manita de su padre al Teatro de la Zarzuela de Madrid estrenando
zapatos, como me contaba ella. El teatro
de la Zarzuela de Madrid es un edificio escondido y bastante olvidado, y aunque
arquitectónicamente no sea gran cosa, es lógico que sienta mucho cariño por él.
Por poner un aria de ejemplo se me ocurre la pieza Caminar
de la Zarzuela Las Golondrinas de Usandizaga que solía cantar mi madre. Y como he
encontrado en youtube una grabación de la época, así se la pongo.
He tenido el empeño y la suerte de ver alguna opera en el
Liceo de Barcelona, en el Metropolitan de Nueva York e incluso en el Bolshoi de
Moscú, y también he visitado la Opera de Viena, la Escala de Milán, el
Fetspielhaus de Wagner en Bayreuth y hasta el Teatro di San Carlo en Nápoles,
pero en ninguno de ellos he sentido especial emoción ni por la música ni por la
arquitectura. Sólo hay quizás un edificio dedicado a la Opera que siempre me ha
impresionado muy favorablemente y es el que construyó Tony Garnier en París.
Seguramente fue porque lo visité cuando me caí del caballo de la modernidad y
empecé a descubrir los verdaderos valores urbanos de la arquitectura del siglo
XIX. Y es que aunque todo su aparato decorativo nos pueda parecer más o menos
frívolo o decadente, lo cierto es que está sujeto a una planta y una sección
excepcionales. Si tienen la curiosidad de buscar en internet la planta y la
sección de la Opera de París, háganlo porque se quedarán pasmados.
No creo que haya una Opera musical que esté a la altura de
ese edificio tan serio y tan urbano. No puede haberla. Porque mientras Opera es
música al servicio del espectáculo, música convertida en espectáculo,el edificio de la Opera de París, sin embargo,
es uno de los mejores ejemplos de aquella arquitectura del siglo XIX, que antes
que hacer espectáculo de sí misma, lo que pretendía era integrar las artes
decorativas y engrandecer la ciudad.
Y ya puestos en París, pues qué menos que ponerles un
fragmento de la obertura de Carmen, opera que descubrí siendo casi un niño porque
una vez que vino de veraneo a nuestra casa del pueblo una tía que se llamaba
Carmen, mi hermana mayor, Pilar, que entonces me aventajaba en descubrimientos
musicales, tuvo la genialidad de recibirla poniendo en el viejo tocadiscos que
teníamos, justo en la puerta de casa, la célebre Obertura de Bizet.
La versión radiofónica creo que quedó mejor que el guión escrito. Como yo no los escucho, ya me diréis si es verdad: enlace aquí
Habíamos visto con Haydn cómo, a finales del siglo XVIII,
la música dejaba de hacerse para sonar en los palacios y se reivindicaba en su
belleza y en su poder por encima de los poderes de la aristocracia. Con Haydn y
Mozart no sólo cambia la música de eso que llaman “estilo”, pasando de barroca
a clásica; y no sólo es que la sinfonía se vaya configurando como el edificio
musical por excelencia, sino que justo en ese tiempo aparece Beethoven, el
verdadero genio, el artista, el Brunelleschi de la música, erigiéndose por
encima del resto de la humanidad como un dios, haciendo de las sinfonías auténticos
“palacios de la música”.Con su gran
fachada (primer movimiento) sus antesalas y pasajes (andantes y scherzos) y su
gran salón interior o final (el cuarto y definitivo movimiento).
Es cierto que cada cual tiene una iniciación distinta a la
música pero seguramente, la manera más frecuente de acercarse a la gran música
sea escuchando sinfonías. Yo me inicié así, con la 40 de Mozart, con la 104 de
Haydn (la Londres),la Tercera de
Beethoven,la Tercera de Brahms la
cuarta de Mendelsohn, la incompleta de Schubert etc. etc.Siempre escuchándolas en aquellos vinilos que era fácil encontrar por
casa. Lo de ir a los Auditoriums o Palacios de la Música para escuchar en directo
toda esta gran música fue cosa posterior.
Era yo estudiante de arquitectura en Barcelona en el año
1970 y con mi compañero Morgades nos hicimos cargo de la discoteca del Colegio
Mayor. Nuestro trabajo era seleccionar y comprar discos para esa discoteca: la
mitad del presupuesto para clásica, de la que teníamos menos referencias, y la otra mitad para la música del momento
(Pink Floyd, King Crimson, Led Zeppelin, Deep Purple, Frank Zappa o Leonard Cohen). Nos enteramos
entonces de que en el Palau de la Música, el famoso edificio modernista de
Domenech y Muntaner (1908), la orquesta de la ciudad dirigida por Antoni Ros
Marba (el que le hacía los arreglos a Serrat) daba conciertos los domingos por
la mañana a precios realmente populares y empezamos a ir asiduamente. El Palau
de la Música de Barcelona, tristemente famoso recientemente por haberse
convertido en cueva de recaudación del impuesto a los contratos y obras
públicas para la financiación del nacionalismo, fue mi primer palacio de la
música.
Y aún recuerdo la emoción con que pude escuchar allí en una de aquellas
matinales, una sinfonía de Brahms, por aquellos años mi músico preferido, no
solo por su romanticismo, sino quizás también porque era el músico preferido de Borges, escritor
al que le profesaba similar devoción.
Mirando o pensando en la bellísima fachada del edificio de
Domenech y Muntaner voy a invitarles a escuchar por lo menos algunas de las
primeras frases del primer movimiento de la Cuarta Sinfonía de Brahms (1885) que
tiene un arranque igual de arrebatador.
2) Después de aquella iniciación en Barcelona donde el edificio
y la música de Brahms siguen unidos en
mi recuerdo, mis experiencias arquitectónicas y musicales han ido por caminos
distintos. Como observador de arquitectura he visitado muchos auditorios (el
último como os contaba, el mes pasado en Oporto, la Casa de la Música de Rem
Koolhaas) y siempre que he podido he buscado que fueran con algún concierto (en
Oporto por ejemplo estaban ensayando la cuarta de Brücknercuando lo visité), pero como eso no siempre
ha sido posible y la experiencia arquitectónica no ha ido de la mano de la
musical, el juego que les propongo es que lo hagan ustedes mismos: pensar en
una sinfonía que conozcamos bien y en un auditorio que nos haya emocionado. O
viceversa.
Y como muestra les
voy a llevar al edificio que Hans Scharoum construyó a comienzos de los sesenta
en las desoladas ruinas de lo que fue la Alexander Platz, es decir, la
Philharmonie de Berlín, edificio famoso por muchos conceptos, el más notable de
ellos seguramente por lo de poner la música en el centro de la sala, y los
palcos en cascada, justo lo opuesto al concepto de caja de la Musikverein de
Viena o de la misma Casa de la Música de Oporto. Pero como antes hemos puesto
una fachada y luego les pondré un no menos emocionante salón final, les cuento
que la parte que más me impactó de la Philharmonie de Berlin fueron sus
pasillos interiores, las rampas de acceso y los espacios fracturados y
vanguardistas del foyer.
Y para corresponder a ellos vamos a escuchar el tercer
movimiento de la Segunda sinfonía de Mahler (1894), el scherzo, una pieza
compleja y cargada de simbolismo que no es cosa de comentar aquí, aunque esa
pérdida de fe con que proponía Mahler este pasaje de su Sinfonía quizás tenga
que ver con los derroteros que empezaba a tomar la arquitectura con obras como
el propio exterior de la Philharmonie de Berlín (1960).
minuto 32:18
(como el enlace de inserción no deja reproducirlo, pongo el enlace youtube aquí para ir a la pieza musical clicando sobre el mismo)
3) Para acabar voy a juntar el Palacio de la Música que tienen
más cerca ustedes, el Auditorio de Madrid (1990) con una obra sinfónica que no
descubrí hasta hace muy poco y que fui a escuchar a una iglesia de Friburgo
porque en el Coro Universitario que la interpretaba cantaba mi hija Teresa. Me
refiero a la Segunda de Mendelsohn (1840) una sinfonía totalmente religiosa que
se cuela de tapadillo en los templos de la música profana que son también los templos de la burguesía dominante de la
segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.
En el capítulo sobre Mendelsohn del libro de Eugenio Trías,
que les recomiendo leer, se hace una reivindicación de su alegría de vivir, de
su facilidad de componer y de su conversión al cristianismo que me parece muy
delicada y muy valiosa ahora que tanto se habla de las actitudes positivas.
José María García Paredes no es, como casi ningún arquitecto
moderno, santo de mi devoción (no hay más que ver sus auditorios de Granada o
Valencia) pero el Auditorio de Madrid, cuando lo vi por primera vez, casi
recién construido, a finales de los ochenta, me pareció cuando menos un
edificio serio o bastante sobrio donde la arquitectura, con notable esfuerzo
por parte del autor, trata de ponerse al servicio de la música en vez de hacer
una exhibición de la propia arquitectura o aún peor, de proponerse como un
canto al propio arquitecto, como en tantos otros auditorios modernos.
Como dice su hija Angeles García Paredes, también
arquitecta, es un edificio que sólo
quiere ser la caja de resonancia de una orquesta sinfónica. Y por ello María
Angeles decía que veía en su padre más a un luthier que a un arquitecto. Eso me recordó un comentario de Jünger en
alguna de sus memorias en que decía que él disfrutaba de las catedrales
medievales como cajas de resonancia de la música de sus corales y sus órganos. Seguramente
el Auditorio de Madrid tiene más de Templo de la Música que de Palacio, y el
Coro final de la Segunda Sinfonía de Mendelsohn, la Lobgesang, que les propongo
escuchar, más de Oratorio que de Sinfonía.
minuto 56:07
La versión en directo en Radio Nacional de España quedó bastante más chunga. No la he querido ni oír pero la tienen en este enlace. Los periodistas tenían prisa y me pidieron que abreviara. Y tanto abrevié que luego les sobró tiempo y no sólo pusieron íntegro el coro final del Lobgesan sino que pusieron también el dueto previo (!).
A diferencia del planteamiento de los programas anteriores
que estaban en la línea de la música que conmueve, que te sorprende o te arrebata, o que en su expresión más sublime
se pone al servicio de la adoración al Altísimo, al pensar en la relación entre
las músicas y los palacios me vienen a la mente como dos sombras que me han empañado siempre el mundo de la música culta.
La primera es la de la sospecha de su cercanía o de sus
connivencias con el poder. No sé cómo lo
sentís vosotros, pero cuando yo veo la
música como adorno de los poderosos en esos conciertos u operas a los que ha
ido siempre la crema y nata de la sociedad, o cuando tienes noticia de la
veneración a la música de los nazis, o de los grandes zares, o de la gente rica de todos los tiempos, te entra como un
escalofrío o una inquietante sospecha respecto a la propia música que les
adorna.
La segunda sombra es la que tiene que ver con esa división
que la Estética o la gran Cultura creó entre “artes mayores” y
“artes menores” menospreciando el papel
de la “decoración”. Y es que cuando la música se pone al servicio de un rey o
de una corte, es lógico que no pase de mero artificio decorativo y el músico
sea no más que un criado.
No sé si recordáis o conocéis el famoso insulto que le propinó
John Lennon a Paul McCartney en una de las canciones de su primer disco en
solitario (el famoso Imagine) cuando en uno de los versos de una del tema
titulado How do you sleep? le suelta que “your sound is muzak
in my ears”. Yo lo recuerdo de justo cuando salió el disco en 1971
porque me impresionó muchísimo. Descubrí entonces el concepto de la “muzak” es
decir, de la música light o música decorativa, luego música “ambiente” hecha no
para ensalzar el espíritu sino más bien para adormecerlo embelleciendo levemente
un lugar o una ocasión.
Pues bien, cuando quise acercarme a la música de Lully, de
Marin Marais, de Couperin o de Rameau, es decir, de todos los grandes músicos
de Versalles, me era imposible escucharla sin pensar en la vida dentro del gran
palacio francés. Para adentrarse en esa música yo me compré un caja de 20 CDs
editada con el título de 200 años de música en Versalles que tiene un poco de
todo.
Escuchamos por ejemplo un fragmento de un Concierto de Lully hijo para la cena del Rey y mientras suena… pues…, lo normal, ….. miramos de reojo a las damas
que se sientan a la mesa, a los suculentos guisados, a la espléndida
cubertería, al gesto que tiene hoy el Rey, a la nueva vajilla que decora la
mesa… etc. etc; vaya, que prestamos
atención a todo eso menos a la música.
CD5 nº19
La segunda pieza que he seleccionado para este programa fue
compuesta en España por un italiano y la descubrí en un barco inglés que
perseguía a un bucanero francés. Toda una muestra de europeísmo de la época: todos persiguiéndose a matar pero unidos por la música (!). La tocaban al
violín y al cello, el capitán y el médico del barco. Con estos pocos datos ya
sabrán a qué me refiero: a ese mágico momento de la película Master and
Comander en que los dos protagonistas interpretan La Música Nocturna della
Strada di Madrid.
De las facilidades que nos ha dado internet para tirar del
hilo y relacionar unas cosas con otras di prueba en el post 167 de mi blog SPYP
en que me referí a esta pieza. Yo he estado un par de veces en Arenas de San
Pedro, pero en ninguna de ellas me acerqué al Palacio que construyó allí Ventura
Rodríguez para Luis Antonio de Borbón, hermano de Carlos III, quien según dice
la wiki protegió a Luigi Bocherini. Es un edificio bastante feote dentro de una
austeridad muy castellana, pero lo importante es pensar que ahí compuso o tocó
Bocherini esta música para la corte del hermano del rey y eso es lo importante.
Para ilustrar el asunto
que tratamos hoy, también es muy importante, o cuando menos ejemplar, elegir la versión. La más escuchada en internet, casi dos
millones de reproducciones, es sin duda la de Jordi Savall. Pero cualquier
persona medianamente noble (entendiendo la inteligencia como el rasgo más
actual de la nobleza) cualquier persona noble, digo, que haya escuchado las melonadas o lugares comunes que
este músico ha dicho últimamente en la televisión francesa sobre la procedencia
del independentismo catalán, supongo que ya lo habrá echado de su palacio. Para
mí este mentecato violagambista no toca más en el mío, y menos la Música dedicada
por Bocherini a Madrid. Jordi Savall es la perfecta muestra de que aún en el
siglo XXI los músicos pueden ser poco más que un criado y que su opinión en una materia tan seria e importante como la política
está al nivel de un paria. Así que una vez que se ha destapado y quiere opinar
como una persona importante, a la calle con él por muy virtuoso que sea con la
viola de gamba.
Pongamos mejor el soundtrack de la peli que, va por millón y
medio de visitas en internet, o sea, que casi le coge
Acabamos esta pequeña selección musical en el Imperio Austro Húngaro, cuando la
música quiere dejar de ser ornamento del palacio para construirse palacios para
sí misma.
Cuando uno compara el salto que se da desde un Haydn vestido
con librea en el palacio de los Esterhazy,
a la casa que se construyó para sí mismo en Viena en los últimos años de
su vida nos damos perfecta cuenta de que esto que acabo de decir. Viene a
representar el salto entre cualquiera de sus piezas de palacio y las sinfonías
de Londres que le catapultaron a la condición de notable o noble de la música.
¿Cuál de las dos músicas prefieren? Casi todo el mundo hemos conocido a Haydn por su
aportación a las Sinfonías, verdaderos “palacios de la música”. Pero como hoy
estamos hurgando en esa condición subalterna de la música respecto al poder que
exhiben los palacios, mejor escuchar algo más sencillo. Algo que Haydn tocaría
en la antecámara de alguna alcoba del palacio de los Esterhazy para ambientar
la holgada vida de sus señoritos. Por ejemplo, una pieza primeriza como el
cuarteto nº 2 del Opus 1.
Aquí el enlace al audio de la emisión en el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España.