El caso es que un día le comenté a Emilio Barco que se me estaban acabando los temas de investigación arquitectónica en la Rioja y sabéis qué me dijo: pues que me dedicara a ver casillas de campo... (Entre Lardero y Alberite. La bici es cosa mía)
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En materia de kasillas y kaleas, ningún problema con la DOC. Samaniego, Rioja Alavesa.
A nada que pongamos ese par de palabras en google sale una
tercera, SIDNEY, es decir, el primer gran edificio de la arquitectura
contemporánea dedicado a la Opera. Un edificio con una imagen tan popular, que
muestra hasta qué punto la Arquitectura es capaz incluso dejar en un segundo
plano la tradicional grandiosidad artística de la Opera.
Pero si les traigo a colación el edificio de la Opera de
Sidney no es precisamente para alabarlo sino para ponerlo como referencia del
comienzo de ese ciclo ciertamente trágico que estamos viviendo desde entonces, en
que la arquitectura deja de ser una disciplina integradora de las artes
decorativas, deja de ser un grandioso pero modesto ejercicio de urbanidad, para
convertirse en eso que se viene llamando LA ARQUITECTURA ESPECTÁCULO.
Estrictamente contemporáneo delAuditorio de Berlín del que hablábamos en el
programa anterior, la construcción de la Opera de Sidney tiene una historia
rocambolesca en la que se pasó de un presupuesto de 3 millones de dólares a un
coste final de más de 100 millones de dólares de la época, con lo que el autor,
el danés Jorn Utzon, fue justamenteexpulsado de la dirección de la obra. Los
avatares del concurso, de la obra y la expulsión del arquitecto darían para
todo un libreto de Opera o de Opereta.
A la vista de esta historia y de alguna más que les podría
contar, como la desgracia de los dos arquitectos de la Opera de Viena, o la
sorpresa del jurado del Concurso del Euskalduna de Bilbao, he llegado a pensar
estos días si mi aversión a la ARQUITECTURA ESPECTÁCULO no irá de algún modo
unida a mi escaso interés por la Opera, atreviéndome a definir la OPERA, en el mismo sentido
negativo, como la MÚSICA ESPECTÁCULO. Música rebajada a querer dar espectáculo.
Pero para no ser tan negativo, al menos en el inicio del
programa, les cuento que siendo adolescente cayó en mis manos un disco con
varias oberturas de Wagner y por supuesto, sentí con ellas parecidas emociones
a las que había experimentado con la música sinfónica. Pongamos cuando menos
unos compases de la Obertura de Tanhausser para dejar de lado tanta negatividad
como veo yo en la Opera.
Mi viejo vinilo es de una versión de la Deutsche Grammophon
de la Orquesta Lamoureux dirigida por Igor Markevitch.
Pero si se acepta un youtube valga este:
A ver si me explico mejor. Después de escuchar esta
magnífica música sinfónica que raya en lo sublime, yo siempre me pregunto cómo
es posible rebajarla para contar de un modo histriónico, cursi, y pesado una
vieja leyenda o un cuento infantil trasnochado. Siento mucho decir para todos
los aficionados quecada vez que he
probado a ver una ópera he sentido un cierto rechazo hacia tanto derroche de
medios para tan fatuo resultado. Hasta podría decir que he sentido vergüenza
ajena de ver a tanta gente adulta empleada en algo tan infantil como las hadas,
las walkirias o barbazul. Un poco como me pasa cuando veo fútbol:un montón de señores hechos y derechos
poniendo toda su furia y pasión ante un jueguecito de entretenimiento con una
pelota. Por dios, cómo es posible gastar tanto esfuerzo y tantos dineros en
levantar magníficos edificios para ese
tipo de espectáculos. Cómo es posible que todos los grandes músicos se hayan
pirrado por hacer Opera… Ya lo siento, de verdad, pero yo no lo entiendo.
Ahora bien, por volver a ser positivo les diré que viendo
tanta astracanada en la Opera alemana, y ya no digamos en la italiana, lo que
no me parece lógico es que se haya vituperado tanto a nuestra “Opera Nacional”,
la pequeña Opera Española, es decir, a la Zarzuela. Pues en el fondo son lo mismo, cuentos con música.
Aunque nunca iría a ver una Zarzuela, porque seguro que me pasaría todo el rato
sintiendo vergüenza ajena, yo le tengo un cierto cariño a la Zarzuela, o cierto
respeto, porque así como digo que siempre me ha parecido que los grandes
compositores se rebajan a sí mismos y rebajan la grandeza de la música
sinfónica cuando hacen Opera, los aficionados, por la otra parte, podrían usar
la Opera o también la Zarzuela como medio de acercamiento al mundo de la
música. Rindo así un emotivo recuerdo a mi madre, que fue la persona que me
hizo amar desde niño la gran música, y cuya formación musical empezó justamente
yendo de la manita de su padre al Teatro de la Zarzuela de Madrid estrenando
zapatos, como me contaba ella. El teatro
de la Zarzuela de Madrid es un edificio escondido y bastante olvidado, y aunque
arquitectónicamente no sea gran cosa, es lógico que sienta mucho cariño por él.
Por poner un aria de ejemplo se me ocurre la pieza Caminar
de la Zarzuela Las Golondrinas de Usandizaga que solía cantar mi madre. Y como he
encontrado en youtube una grabación de la época, así se la pongo.
He tenido el empeño y la suerte de ver alguna opera en el
Liceo de Barcelona, en el Metropolitan de Nueva York e incluso en el Bolshoi de
Moscú, y también he visitado la Opera de Viena, la Escala de Milán, el
Fetspielhaus de Wagner en Bayreuth y hasta el Teatro di San Carlo en Nápoles,
pero en ninguno de ellos he sentido especial emoción ni por la música ni por la
arquitectura. Sólo hay quizás un edificio dedicado a la Opera que siempre me ha
impresionado muy favorablemente y es el que construyó Tony Garnier en París.
Seguramente fue porque lo visité cuando me caí del caballo de la modernidad y
empecé a descubrir los verdaderos valores urbanos de la arquitectura del siglo
XIX. Y es que aunque todo su aparato decorativo nos pueda parecer más o menos
frívolo o decadente, lo cierto es que está sujeto a una planta y una sección
excepcionales. Si tienen la curiosidad de buscar en internet la planta y la
sección de la Opera de París, háganlo porque se quedarán pasmados.
No creo que haya una Opera musical que esté a la altura de
ese edificio tan serio y tan urbano. No puede haberla. Porque mientras Opera es
música al servicio del espectáculo, música convertida en espectáculo,el edificio de la Opera de París, sin embargo,
es uno de los mejores ejemplos de aquella arquitectura del siglo XIX, que antes
que hacer espectáculo de sí misma, lo que pretendía era integrar las artes
decorativas y engrandecer la ciudad.
Y ya puestos en París, pues qué menos que ponerles un
fragmento de la obertura de Carmen, opera que descubrí siendo casi un niño porque
una vez que vino de veraneo a nuestra casa del pueblo una tía que se llamaba
Carmen, mi hermana mayor, Pilar, que entonces me aventajaba en descubrimientos
musicales, tuvo la genialidad de recibirla poniendo en el viejo tocadiscos que
teníamos, justo en la puerta de casa, la célebre Obertura de Bizet.
La versión radiofónica creo que quedó mejor que el guión escrito. Como yo no los escucho, ya me diréis si es verdad: enlace aquí
Habíamos visto con Haydn cómo, a finales del siglo XVIII,
la música dejaba de hacerse para sonar en los palacios y se reivindicaba en su
belleza y en su poder por encima de los poderes de la aristocracia. Con Haydn y
Mozart no sólo cambia la música de eso que llaman “estilo”, pasando de barroca
a clásica; y no sólo es que la sinfonía se vaya configurando como el edificio
musical por excelencia, sino que justo en ese tiempo aparece Beethoven, el
verdadero genio, el artista, el Brunelleschi de la música, erigiéndose por
encima del resto de la humanidad como un dios, haciendo de las sinfonías auténticos
“palacios de la música”.Con su gran
fachada (primer movimiento) sus antesalas y pasajes (andantes y scherzos) y su
gran salón interior o final (el cuarto y definitivo movimiento).
Es cierto que cada cual tiene una iniciación distinta a la
música pero seguramente, la manera más frecuente de acercarse a la gran música
sea escuchando sinfonías. Yo me inicié así, con la 40 de Mozart, con la 104 de
Haydn (la Londres),la Tercera de
Beethoven,la Tercera de Brahms la
cuarta de Mendelsohn, la incompleta de Schubert etc. etc.Siempre escuchándolas en aquellos vinilos que era fácil encontrar por
casa. Lo de ir a los Auditoriums o Palacios de la Música para escuchar en directo
toda esta gran música fue cosa posterior.
Era yo estudiante de arquitectura en Barcelona en el año
1970 y con mi compañero Morgades nos hicimos cargo de la discoteca del Colegio
Mayor. Nuestro trabajo era seleccionar y comprar discos para esa discoteca: la
mitad del presupuesto para clásica, de la que teníamos menos referencias, y la otra mitad para la música del momento
(Pink Floyd, King Crimson, Led Zeppelin, Deep Purple, Frank Zappa o Leonard Cohen). Nos enteramos
entonces de que en el Palau de la Música, el famoso edificio modernista de
Domenech y Muntaner (1908), la orquesta de la ciudad dirigida por Antoni Ros
Marba (el que le hacía los arreglos a Serrat) daba conciertos los domingos por
la mañana a precios realmente populares y empezamos a ir asiduamente. El Palau
de la Música de Barcelona, tristemente famoso recientemente por haberse
convertido en cueva de recaudación del impuesto a los contratos y obras
públicas para la financiación del nacionalismo, fue mi primer palacio de la
música.
Y aún recuerdo la emoción con que pude escuchar allí en una de aquellas
matinales, una sinfonía de Brahms, por aquellos años mi músico preferido, no
solo por su romanticismo, sino quizás también porque era el músico preferido de Borges, escritor
al que le profesaba similar devoción.
Mirando o pensando en la bellísima fachada del edificio de
Domenech y Muntaner voy a invitarles a escuchar por lo menos algunas de las
primeras frases del primer movimiento de la Cuarta Sinfonía de Brahms (1885) que
tiene un arranque igual de arrebatador.
2) Después de aquella iniciación en Barcelona donde el edificio
y la música de Brahms siguen unidos en
mi recuerdo, mis experiencias arquitectónicas y musicales han ido por caminos
distintos. Como observador de arquitectura he visitado muchos auditorios (el
último como os contaba, el mes pasado en Oporto, la Casa de la Música de Rem
Koolhaas) y siempre que he podido he buscado que fueran con algún concierto (en
Oporto por ejemplo estaban ensayando la cuarta de Brücknercuando lo visité), pero como eso no siempre
ha sido posible y la experiencia arquitectónica no ha ido de la mano de la
musical, el juego que les propongo es que lo hagan ustedes mismos: pensar en
una sinfonía que conozcamos bien y en un auditorio que nos haya emocionado. O
viceversa.
Y como muestra les
voy a llevar al edificio que Hans Scharoum construyó a comienzos de los sesenta
en las desoladas ruinas de lo que fue la Alexander Platz, es decir, la
Philharmonie de Berlín, edificio famoso por muchos conceptos, el más notable de
ellos seguramente por lo de poner la música en el centro de la sala, y los
palcos en cascada, justo lo opuesto al concepto de caja de la Musikverein de
Viena o de la misma Casa de la Música de Oporto. Pero como antes hemos puesto
una fachada y luego les pondré un no menos emocionante salón final, les cuento
que la parte que más me impactó de la Philharmonie de Berlin fueron sus
pasillos interiores, las rampas de acceso y los espacios fracturados y
vanguardistas del foyer.
Y para corresponder a ellos vamos a escuchar el tercer
movimiento de la Segunda sinfonía de Mahler (1894), el scherzo, una pieza
compleja y cargada de simbolismo que no es cosa de comentar aquí, aunque esa
pérdida de fe con que proponía Mahler este pasaje de su Sinfonía quizás tenga
que ver con los derroteros que empezaba a tomar la arquitectura con obras como
el propio exterior de la Philharmonie de Berlín (1960).
minuto 32:18
(como el enlace de inserción no deja reproducirlo, pongo el enlace youtube aquí para ir a la pieza musical clicando sobre el mismo)
3) Para acabar voy a juntar el Palacio de la Música que tienen
más cerca ustedes, el Auditorio de Madrid (1990) con una obra sinfónica que no
descubrí hasta hace muy poco y que fui a escuchar a una iglesia de Friburgo
porque en el Coro Universitario que la interpretaba cantaba mi hija Teresa. Me
refiero a la Segunda de Mendelsohn (1840) una sinfonía totalmente religiosa que
se cuela de tapadillo en los templos de la música profana que son también los templos de la burguesía dominante de la
segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.
En el capítulo sobre Mendelsohn del libro de Eugenio Trías,
que les recomiendo leer, se hace una reivindicación de su alegría de vivir, de
su facilidad de componer y de su conversión al cristianismo que me parece muy
delicada y muy valiosa ahora que tanto se habla de las actitudes positivas.
José María García Paredes no es, como casi ningún arquitecto
moderno, santo de mi devoción (no hay más que ver sus auditorios de Granada o
Valencia) pero el Auditorio de Madrid, cuando lo vi por primera vez, casi
recién construido, a finales de los ochenta, me pareció cuando menos un
edificio serio o bastante sobrio donde la arquitectura, con notable esfuerzo
por parte del autor, trata de ponerse al servicio de la música en vez de hacer
una exhibición de la propia arquitectura o aún peor, de proponerse como un
canto al propio arquitecto, como en tantos otros auditorios modernos.
Como dice su hija Angeles García Paredes, también
arquitecta, es un edificio que sólo
quiere ser la caja de resonancia de una orquesta sinfónica. Y por ello María
Angeles decía que veía en su padre más a un luthier que a un arquitecto. Eso me recordó un comentario de Jünger en
alguna de sus memorias en que decía que él disfrutaba de las catedrales
medievales como cajas de resonancia de la música de sus corales y sus órganos. Seguramente
el Auditorio de Madrid tiene más de Templo de la Música que de Palacio, y el
Coro final de la Segunda Sinfonía de Mendelsohn, la Lobgesang, que les propongo
escuchar, más de Oratorio que de Sinfonía.
minuto 56:07
La versión en directo en Radio Nacional de España quedó bastante más chunga. No la he querido ni oír pero la tienen en este enlace. Los periodistas tenían prisa y me pidieron que abreviara. Y tanto abrevié que luego les sobró tiempo y no sólo pusieron íntegro el coro final del Lobgesan sino que pusieron también el dueto previo (!).
A diferencia del planteamiento de los programas anteriores
que estaban en la línea de la música que conmueve, que te sorprende o te arrebata, o que en su expresión más sublime
se pone al servicio de la adoración al Altísimo, al pensar en la relación entre
las músicas y los palacios me vienen a la mente como dos sombras que me han empañado siempre el mundo de la música culta.
La primera es la de la sospecha de su cercanía o de sus
connivencias con el poder. No sé cómo lo
sentís vosotros, pero cuando yo veo la
música como adorno de los poderosos en esos conciertos u operas a los que ha
ido siempre la crema y nata de la sociedad, o cuando tienes noticia de la
veneración a la música de los nazis, o de los grandes zares, o de la gente rica de todos los tiempos, te entra como un
escalofrío o una inquietante sospecha respecto a la propia música que les
adorna.
La segunda sombra es la que tiene que ver con esa división
que la Estética o la gran Cultura creó entre “artes mayores” y
“artes menores” menospreciando el papel
de la “decoración”. Y es que cuando la música se pone al servicio de un rey o
de una corte, es lógico que no pase de mero artificio decorativo y el músico
sea no más que un criado.
No sé si recordáis o conocéis el famoso insulto que le propinó
John Lennon a Paul McCartney en una de las canciones de su primer disco en
solitario (el famoso Imagine) cuando en uno de los versos de una del tema
titulado How do you sleep? le suelta que “your sound is muzak
in my ears”. Yo lo recuerdo de justo cuando salió el disco en 1971
porque me impresionó muchísimo. Descubrí entonces el concepto de la “muzak” es
decir, de la música light o música decorativa, luego música “ambiente” hecha no
para ensalzar el espíritu sino más bien para adormecerlo embelleciendo levemente
un lugar o una ocasión.
Pues bien, cuando quise acercarme a la música de Lully, de
Marin Marais, de Couperin o de Rameau, es decir, de todos los grandes músicos
de Versalles, me era imposible escucharla sin pensar en la vida dentro del gran
palacio francés. Para adentrarse en esa música yo me compré un caja de 20 CDs
editada con el título de 200 años de música en Versalles que tiene un poco de
todo.
Escuchamos por ejemplo un fragmento de un Concierto de Lully hijo para la cena del Rey y mientras suena… pues…, lo normal, ….. miramos de reojo a las damas
que se sientan a la mesa, a los suculentos guisados, a la espléndida
cubertería, al gesto que tiene hoy el Rey, a la nueva vajilla que decora la
mesa… etc. etc; vaya, que prestamos
atención a todo eso menos a la música.
CD5 nº19
La segunda pieza que he seleccionado para este programa fue
compuesta en España por un italiano y la descubrí en un barco inglés que
perseguía a un bucanero francés. Toda una muestra de europeísmo de la época: todos persiguiéndose a matar pero unidos por la música (!). La tocaban al
violín y al cello, el capitán y el médico del barco. Con estos pocos datos ya
sabrán a qué me refiero: a ese mágico momento de la película Master and
Comander en que los dos protagonistas interpretan La Música Nocturna della
Strada di Madrid.
De las facilidades que nos ha dado internet para tirar del
hilo y relacionar unas cosas con otras di prueba en el post 167 de mi blog SPYP
en que me referí a esta pieza. Yo he estado un par de veces en Arenas de San
Pedro, pero en ninguna de ellas me acerqué al Palacio que construyó allí Ventura
Rodríguez para Luis Antonio de Borbón, hermano de Carlos III, quien según dice
la wiki protegió a Luigi Bocherini. Es un edificio bastante feote dentro de una
austeridad muy castellana, pero lo importante es pensar que ahí compuso o tocó
Bocherini esta música para la corte del hermano del rey y eso es lo importante.
Para ilustrar el asunto
que tratamos hoy, también es muy importante, o cuando menos ejemplar, elegir la versión. La más escuchada en internet, casi dos
millones de reproducciones, es sin duda la de Jordi Savall. Pero cualquier
persona medianamente noble (entendiendo la inteligencia como el rasgo más
actual de la nobleza) cualquier persona noble, digo, que haya escuchado las melonadas o lugares comunes que
este músico ha dicho últimamente en la televisión francesa sobre la procedencia
del independentismo catalán, supongo que ya lo habrá echado de su palacio. Para
mí este mentecato violagambista no toca más en el mío, y menos la Música dedicada
por Bocherini a Madrid. Jordi Savall es la perfecta muestra de que aún en el
siglo XXI los músicos pueden ser poco más que un criado y que su opinión en una materia tan seria e importante como la política
está al nivel de un paria. Así que una vez que se ha destapado y quiere opinar
como una persona importante, a la calle con él por muy virtuoso que sea con la
viola de gamba.
Pongamos mejor el soundtrack de la peli que, va por millón y
medio de visitas en internet, o sea, que casi le coge
Acabamos esta pequeña selección musical en el Imperio Austro Húngaro, cuando la
música quiere dejar de ser ornamento del palacio para construirse palacios para
sí misma.
Cuando uno compara el salto que se da desde un Haydn vestido
con librea en el palacio de los Esterhazy,
a la casa que se construyó para sí mismo en Viena en los últimos años de
su vida nos damos perfecta cuenta de que esto que acabo de decir. Viene a
representar el salto entre cualquiera de sus piezas de palacio y las sinfonías
de Londres que le catapultaron a la condición de notable o noble de la música.
¿Cuál de las dos músicas prefieren? Casi todo el mundo hemos conocido a Haydn por su
aportación a las Sinfonías, verdaderos “palacios de la música”. Pero como hoy
estamos hurgando en esa condición subalterna de la música respecto al poder que
exhiben los palacios, mejor escuchar algo más sencillo. Algo que Haydn tocaría
en la antecámara de alguna alcoba del palacio de los Esterhazy para ambientar
la holgada vida de sus señoritos. Por ejemplo, una pieza primeriza como el
cuarteto nº 2 del Opus 1.
Aquí el enlace al audio de la emisión en el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España.
Cuarta colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España. Guión previo.
En mi anterior aparición con este programa habíamos
acabado afirmando que la cabaña era poco más o menos el templo que podíamos
construirnos cada cual para aspirar a tener una vida espiritual en compañía de
la música. Pero justamente ese
aislamiento es el que pone en tela de juicio la propia búsqueda espiritual,
la propia salvación que buscamos en el espíritu. Porque siendo cada uno de
nosotros tan poca cosa, enseguida nos damos cuenta de que la única
salvación posible, la única salvación con alguna garantía, es la salvación
colectiva. La salvación espiritual colectiva. Y eso y no otra cosa es nuestro templo, o mejor dicho, nuestro templo ideal, la catedral gótica cristiana, porque ese y no otro es el templo al
Espíritu construido por toda la
colectividad.
Pensando en términos musicales, podríamos decir en justa correspondencia que la polifonía es ese tipo de música conformada colectivamente, con varias voces que se entremezclan como los artífices de una catedral.
NUPER ROSARUM FLORES,
Guilleaume Dufay
A Dufay le tengo un gran aprecio, porque buscando piezas
fáciles para tocar en cuarteto con mi mujer y mis dos hijas, cayó en mis manos
un cancionero de música del renacimiento y de ese modo descubrí la existencia y
la música de compositores del siglo XV como Dufay, Jacob Obrecht, John Dunstable o Josquin des Pres.
Unos pocos años después fui de viaje de estudios con mis
alumnos a Florencia y preparando material para enseñarles la catedral de Santa María di Fiore me llevé una
gratísima sorpresa: que fue el propio Dufay el que compuso en 1436 el motete
para la finalización de sus obras, es decir, para la inauguración de la cúpula
de Brunelleschi.
Acerca de este
singular momento cabe una larga y profunda reflexión sobre la que he dejado
por ahí algunos apuntes en mis blogs y en mis libros y hasta en una entrevista
que me hicieron en el Jot Down: y es que con la finalización de la construcción
de una catedral, Santa María de las Flores, bajo la batuta de un solo hombre,
de un artista genial, se da carpetazo a la historia de la
construcción de catedrales como templos de construcción y salvación colectiva,
y a partir de entonces el Hombre, el Artista, va a sustituir en protagonismo al
Espíritu Colectivo.
Lo que dicho en términos musicales podía entenderse
como el anuncio del final de la polifonía.
Con la elevación del
Hombre a Artista o Creador, se inicia la larga agonía o muerte de Dios, un
proceso de tres o cuatro siglos en el que el Cisma Protestante Centro Europeo y Británico tiene un papel
central después del Humanismo Italiano y antes de la Ilustración francesa. Los oratorios musicales protestantes tuvieron un papel vertebral en
el desarrollo de sus diversas ramas religiosas, a excepción, claro está, del
siniestro calvinismo, donde la música fue inicialmente proscrita. Así que a la
Catedral de Ginebra no iremos, no, ja ja ja.
Thomaskirsche de Leipzig
Nikolaskirsche de Leipzig
Para ilustrar ese papel que la música representa en el mundo
luterano lo que voy a hacer es llevarles a Leipzig, donde estuve con mis hijas y mi mujer en el
verano del 2006 para entrar con devoción en la Thomaskirsche, el templo donde
Bach era maestro de capilla (y donde está enterrado como si fuera un obispo… ah ah, qué decepción),
y a continuación ir a la cercana Nicholaskirsche de Leipzig donde se estrenó la
Pasión según San Juan, para escuchar allí el Aria de este gran Oratorio en la que con las tres estremecedoras palabras EST IST OLBRACH (todo está
consumado) parece anunciarse al mundo por
segunda vez la muerte de Dios.
Después de escuchar piezas como esta uno se queda sin
palabras y sin nada que decir. Pero en su propia construcción como religión o como Gran Relato, que decía Eugenio Trías, el
cristianismo aúna la muerte con la resurrección de Dios. La muerte como hecho cruel, real e
incontestable. Y la resurrección como ilusión, metáfora o esperanza de vida y
salvación de la muerte.
Nosotros seguimos viviendo después de estas tres muertes de Dios e incluso del certificado de defunción rubricado por Nieztsche en el siglo XIX, pero durante todo este tiempo hemos seguido construyendo templos y componiendo músicas religiosas aunque ya nunca con el rango o
carácter de la catedral gótica y de sus polifonías.
Y uno de esos pequeños templos musicales que hemos
construido los hombres durante estos tres o cuatro siglos de la muerte a plazos de
Dios es el órgano de iglesia, un instrumento musical que es como una catedral
en miniatura y que, lógicamente es tocado
por un solo hombre (un artista).
Cuando era estudiante de arquitectura en Barcelona solía ir
a los conciertos de órgano que daban en la Catedral a pensar si no me había
equivocado de carrera y estaría arruinando mi vida con esto de la arquitectura, porque lo que de verdad me
hubiera gustado entonces era ser es ese tipo que se sentaba al teclado del
órgano e inundaba de música toda la catedral.
Como os podéis imaginar, cada vez que entro a un templo
siempre me detengo a admirar esas pequeñas pero magníficas catedrales de música
que son los órganos. Y como me pilla cerca uno de ellos y lo tienen todos a
mano abriendo el post que le dediqué a la iglesia de Briones en el blog
edificios LHD, he pensado poner allí un
poco de música de órgano de un autor bastante más mundano que Bach y con un
tema que por ser tan compartido por todo el mundo hasta pudiera parecer vulgar. Es un tema que evoca la
alegría, alegría seguramente ficticia, pero alegría al fin y al cabo: la
alegría de la resurrección, la alegría
de la ilusión de la vida tras saber que la verdad más incontestable y el más cierto de nuestros destinos es la muerte.
Lo que quedó en la radio de este guión hablando en directo pueden oírlo clicando en este enlace.
Tercera colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica de Radio Nacional de España. Guión previo.
LA CASA Y LA MUSICA
Para pensar en la música y la casa voy a traer al recuerdo
una de esas películas ya míticas que nos descubrió a muchos la figura de Saint
Colombe: TODAS LAS MAÑANAS DEL MUNDO del director Alain Corneau en 1991. Y lo
hago porque, como recordarán, la película arranca con “un bolo” de Saint
Colombé en una casa, y por un motivo muy sorprendente para todos nosotros: tocar
música en la alcoba de una casa para una persona que se estaba muriendo.
Morirse en casa y pedirle a un músico que venga a acompañarnos
en ese trance con su música. Qué sugerente ¿verdad? Pero claro, eso era en el siglo XVII.
Si vieron la película recordarán que el propio
Saint Colombe tenía también una gran casa, una casa amplia y preciosa. Una casa
con la que, viendo esa película, yo disfruté tanto como con la música.
Porque una
cosa es una casa, y otra cosa un piso, o sea, un apilamiento de viviendas o una
hilera de ellas, o incluso eso que llamamos “chalet”. Como arquitecto o como
crítico de arquitectura vengo estudiando “casas” desde hace muchos años, y para
empezar a entender sobre este asunto lo primero que tengo que decirles es que tienen
que hacer la distinción entre
“arquitectura popular” y “arquitectura vernácula” porque aunque el fenómeno
“casa” se da ya en la arquitectura popular formando esos conjuntos de casas que
dieron lugar a nuestros preciosos los pueblos, la gran casa, la buena casa, el
caserío, la masía o la casa solariega, pertenecen a ese otro mundo que llamamos
la “arquitectura vernácula”.
Como siempre me presentáis como autor de muchos blogs, hoy
tengo que hablarles necesariamente de uno de ellos en el que voy coleccionando
Casas Solariegas de la Rioja, y en el que ya llevo más de quinientas casas catalogadas. Se titula así: CASAS SOLARIEGASDE LA RIOJA. Pongan eso en google y podrán verlas y disfrutar de su presencia.
Casas del siglo XVII y XVIII e incluso del XIX, casas en las
que, muchas veces pienso, seguro que hubo música. Con una tiorba, con un
virginal, con una viola de gamba, un guitarra o un piano. Casas como la de
Saint Colombé, en la cual se ensaya y se dan clases a las hijas. Casas que
vibraban gracias a la música de sus propios moradores, o quizás, de algún
invitado.
Música como la que he oído tantas veces en mi propia casa
(bueno, aquí siento tener que decir piso… ) cuando mi hija Teresa venía del
instituto por la tarde y se sentaba al piano a ensayar las lecciones del
Conservatorio. Y tocaba esa música sencilla que en tantas y tantas casas habrán
escuchado los abuelos o los padres y los hermanos y que tiene ese aire tan
cándido que seguro que les emocionará oír una vez más tanto como me emociona a mí:
Vals en La menor de Frederic Chopin
La música en la casa es de natural sencilla, íntima.
Primigenia quizás. Pero…
Vamos con la tercera parte de la película. La que más me
impactó a mí (cosa que he contado en otro de mis blogs, el SPYP, un blog de
variedades que tengo por ahí para ir dejando notas escritas, inicialmente sobre
periodismo y política y luego sobre cine, música, libros etc.) Bueno en ese
blog, en el número 637 del SPYP comenté el hecho singular de que Saint Colombé
se construyera una cabaña en el jardín, abandonando su espléndida casa, para pasar
días y noches allí, en su cabaña, en
soledad con la música.
Y aquí viene mi reflexión: hasta el siglo XX, ese vivir en
íntima compañía con la música solo lo podía hacer un músico.
M. de Saint Colombe
Pero a partir del
invento de los medios de reproducción lo puede hacer todo el mundo. Tener
dentro de casa (o incluso piso) una cabaña para estar en comunión con la
música.
Pues bien, aquí les voy a contar ahora algo que ni siquiera
he contado en ninguno de mis blogs: en
el año 1995 la revista Archipiélago me encargó realizar una entrevista al filósofo Eugenio Trías, como sabrán, uno de los más grandes pensadores contemporáneos
que ha dado este país y autor de uno de los libros más profundos sobre
pensamiento y música que se hayan escrito en España: EL CANTO DE LAS SIRENAS
editado en Galaxia Gutemberg del Círculo de Lectores, Barcelona 2007.
Trías me
invitó a su casa para hacer la entrevista y al final de la misma y cuando le
pregunté por sus aficiones, se levantó del sofá del salón donde respondía a mis
preguntas y me abrió una habitación (una vieja alcoba) que tenía todas sus
paredes llenas a rebosar de ordenadísimas estanterías con discos y CDs. Era su
auténtica cabaña de la música. La misma que la de Saint Colombe.
Un lugar
sagrado para escuchar música en la intimidad y pensar…, pensar y pensar en las
relaciones entre la palabra y la música, entre el logos y el phonos, el
espíritu y el sonido, que es de lo que trata su libro.
Siendo ya diciembre y próxima la navidad les propongo
escuchar una pieza que el mismo Eugenio Trías menciona en el arranque del
capítulo que le dedica a Juan Sebastián Bach: el comienzo de la segunda cantata
del oratorio de navidad en el que, según Trías, un coro de oboes (música de la tierra) dialoga
en un magnífico efecto estereofónico con un coro de violines (música del cielo):
Curiosamente, en las páginas siguientes Trías habla de la
poca adecuación de esta música para las salas de conciertos, y sin embargo,
fíjense bien, es música que todos nosotros, gracias a los
modernos aparatos de reproducción, podemos escuchar íntimamente en las cabañas
de nuestras casas o incluso, en las cabañas de nuestras modestas viviendas o de
nuestros tristes pisos apilados unos encima de otros.
(Segunda colaboración con el programa Longitud de Onda de Radio Clásica, por invitación de Yolanda Criado y Fernando Blázquez).
Frente a la costumbre de escuchar la música de una manera autónoma o aislada de contexto, la idea que trato de perseguir con esta pequeña serie de apariciones en radio es poner en conexión la música con los
lugares (y si es posible hasta con los momentos concretos en que se produce). Así pues si en mi primera colaboración ese esquema
nos llevó a unas campas de montaña, a los campos de cultivo o a los campos
de batalla, la idea para hoy sería hablar de algunas músicas que tienen que ver
con la ciudad, es decir, con sus calles,
sus plazas o algunos de sus rincones.
1) Ahora bien, cuando hablamos de espacios urbanos hay que andar con cuidado y tener presente la gran diferencia que existe entre un tipo de ciudad de calles y plazas, donde hubo un tipo de
música muy concreta que nació y caracterizó esos lugares; y una ciudad
emergente, nueva, reciente, que es la ciudad de las rotondas, bloques y grandes
autovías (pongamos para entendernos, Valdebebas, los Paus, Seseña, Valdeluz
de Guadalajara, las ciudades de adosados etc.) donde aquella música ya no tiene
sentido.
Por hablar de lo que yo hago en materia de análisis de la ciudad, tendría que contarles que tengo en marcha un monumental trabajo de
disección, catalogación y sobre todo diferenciación entre un tipo de ciudad y el otro, en el que uso mi
propia ciudad, o sea, Logroño, como laboratorio o material de estudio. La idea de este trabajo al que llamo genéricamente Guía de Arquitectura de Logroño, es valorar, por un lado, esa forma antigua de hacer ciudad mediante calles y casas dentro
de una escala humana, en las que los ciudadanos se representan en sus fachadas,
salen a los balcones, van de compras en sus tiendas y se encuentran por las
aceras; y por otro lado, denunciar esa
otra forma de hacer ciudad desescalada, basada única y exclusivamente en los
planes urbanísticos y las operaciones inmobiliarias cuyo resultado son esas
desoladas calles-autovías donde van cayendo bloques y bloques entre enormes espacios
verdes, centros comerciales y rotondas. Muchas rotondas. Rotondas por todas partes en lugar de plazas. (Y donde los ciudadanos se encuentran acaso por internet...).
Y mira por dónde que la música, un determinado tipo de
música, viene ahora en mi ayuda para que se entienda mejor la diferencia entre
esas dos ciudades tan distintas.
Ya sé que no es fácil de entender en poco tiempo el tajo que existe entre esos dos tipos de ciudades (porque es una idea personal en elaboración que necesita de mucho desarrollo), pero ahora viene la sorpresa....: y es
que de vez en cuando, no sé si ustedes
han tenido la suerte de vivirlo, en esas calles de la ciudad tradicional se
produce algo así como un acontecimiento mágico, que no es otro que la irrupción
de la música, de una música eminentemente urbana, una música pensada fundamentalmente
para la calle que es la música de las bandas municipales de viento y percusión.
Normalmente la música de bandas está hecha para las
procesiones y los desfiles, sin olvidar entre estos últimos aquellos “desfiles
militares” que serían la continuación de
la música de los campos de batalla que veíamos en el anterior programa, cuando
entraban o salían los ejércitos de la ciudad. Pero las procesiones o los
desfiles, por esperados, me parecen mucho menos emotivos que la música de los
pasacalles que se produce así como por sorpresa, y que es un anuncio de la
fiesta o de una dimensión en que la ciudad se transforma por entero.
Como músico, tuve la suerte de tocar en la Banda Municipal de
Logroño con mi tuba y también yo disfruté como un enano sorprendiendo a la gente con los
compases de un pasodoble o un pasacalle (que a veces los confundo) llevando al Alcalde y a toda la corporación municipal detrás. A ver,
imagínense que van por la calle de cualquier ciudad compras o que están trabajando en su oficina
y que de repente notan que se para el tráfico y la vida habitual de la calle, y les
llega a sus oídos esta música….
No por favor. No miren el vídeo. No es un concierto lo que quiero que escuchen sino a una banda que pasa por las calles haciendo esa música. Música del maestro Jaime Teixidor. Muy a gusto les hubiera puesto Valencia,
de José Padilla Sánchez, que podría ser mi pieza favorita, porque... ¿quién no se emociona al escuchar Valencia? -especialmente si la oyes en las calles de Valencia, claro, como he tenido la
suerte de escucharla yo. Lo que pasa es que el pasodoble Valencia tiene un arranque un poco grandilocuente y
como de concierto, y por eso he preferido ponerles la pieza de Teixidor que nos hace entrar
antes en calor.
2) Y hablando de concierto, vamos con el segundo gran tema de
la música urbana, de la gran música de bandas de viento y percusión, que es la
creación de un lugar especial para su ubicación: el kiosko de música.
Pero atención nuevamente. Lo importante para mí de los kioskos de música no son tanto
los conciertos o la calidad de las piezas musicales para bandas, como la idea de poner la música en el
mismísimo centro de la plaza más importante de la ciudad. Hay kioskos en
parques o en alamedas, pero lo que a mí me emociona de algunos kioskos, por
ejemplo el de la plaza del Castillo de Pamplona, es que estén justo en el centro de la plaza
más céntrica o más importante de la ciudad, porque aunque no haya concierto, ese pequeño edificio es ya como un monumento perenne a la música. En esos kioskos se daban conciertos, claro y hasta se
daba incluso baile (¡baile en la calle! aquel patrón de Alexander del que les hablé en este mismo blog) pero ya digo, sobre todo se entroniza a
la música.
Así pues, pensando en el más grande compositor de todos los
tiempos y en el kiosko más bonito que he visto en mi vida (!)…, voy a proponerles
escuchar en... el kiosko de la plaza de la Paz de Haro, pequeña ciudad de La Rioja
que les invito a visitar si no la conocen, una pieza para banda de Beethoven
que seguro que les va a alegrar la mañana.
(de 0 al minutos 2:10)
3) No quisiera dejar este tema de la música y los espacios
urbanos sin hacer referencia a una de mis debilidades musicales: la de los
músicos callejeros, esa gente que sale a la calle a pedir unas monedas con su
arte, o simplemente a probarse a sí mismos como músicos. Gente ante la que
siempre me paro y con la que muchas veces disfruto más del lugar que han sabido
escoger para hacerse oír en el bullicio urbano, que de su propia calidad o repertorio musical. Yo he tocado mucho en la
calle con una banda de dixieland, pero creo que mi mejor recuerdo es haberlo
hecho con mi hija pequeña en Viena interpretando con un saxo tenor y un saxo
alto varios dúos de Mozart para clarinete justo delante de su casa, la casa de
Mozart.
Aunque por hacer mención a la historia de la Arquitectura y a una anécdota más jugosa, igualmente emotivo fue tocar esos duos de Mozart en la Michael Platz debajo de la famosa casa de Adolf Loos, donde una
señora muy elegante se paró para darle un billete a mi hija con una tarjeta
suya en la que ponía que era nada menos que... ¡la Presidenta dela Asociación de Mujeres Músicas de
Viena!
Les dejo pues con uno de esos duetos, obviamente al clarinete, porque no he encontrado ninguna versión interpretados al saxofón. Una música que seguramente les dará mucho gusto escuchar en la calle:
Si prefieren la versión radio, ya está en red el podcast del programa que se emitió el jueves 2 de noviembre del 2017.
En el número 50 del LHD (hace de eso ya once años) prometía a mis lectores algunos relatos o reflexiones sobre mis experiencias musicales en relación con la arquitectura, pero fue pasando el tiempo, los lhds y otros blogs..., y el asunto se fue quedando en el tintero. Y así, cuando menos me lo esperaba, o sea, al comienzo de este primer curso de jubilado en el que mi programa de actividades estaba bastante abierto, va y me llaman de Radio Clásica de Radio Nacional de España a ver si quiero colaborar unos minutejos al mes con un programa llamado LONGITUD DE ONDA.
Atendiendo a mi natural desconfianza con la prensa y los medios de comunicación (y a que ya vale de aprovecharse del tiempo libre de los jubilados...) el cuerpo me pedía decir que no; pero..., atendiendo a mi deuda con el LHD y con las satisfacciones que me han dado la música y la arquitectura, ay, no me podía negar. Al fin y al cabo, Yolanda Criado y Fernando Blázquez, que así se llaman los conductores de ese programa, me regalaban el pretexto para repasar más o menos ordenadamente algunas de mis muchas vivencias musicales en relación con los lugares en que se produjeron así como a repensar sobre la mutua influencia entre arquitectura y música.
El proyecto abarca nueve programas a emitir los primeros jueves de mes, para los cuales tengo enviar previamente un pequeño guion con dos o tres cortes musicales a modo de ilustración. Establecido un pequeño boceto de los títulos de los nueve programas, la semana pasada les remití el guion del primero de ellos al que puse por título MÚSICA Y ESPACIOS ABIERTOS. Los directores de Longitud de Onda me habían pedido que escribiera un texto que se pudiera leer como si no estuviera escrito (!!!) es decir, en un estilo coloquial o algo así. Yo siempre he tratado de escribir huyendo de florituras literarias pero lo de escribir para leer y que no se note que se lee, ja ja ja, me parece como un poco fraude. Pero en fin, sea lo que fuere o lo que salga luego en los programas de radio (miedo me da que encima se guarden en podcast), yo ya he empezado mi trabajo y como su auténtica coartada o verdadero objetivo es el de compartirlo con los lectores del LHD, aquí los voy a ir poniendo. Este es mi primer guion:
MÚSICA Y ESPACIOS ABIERTOS
"Aunque ustedes me han invitado a su
programa para poner en relación la música con la arquitectura, voy
a empezar mi modesta colaboración tratando de evocar la música allí
donde no ha puesto la mano el hombre, allí donde no hay
arquitectura. Música y no-arquitectura, podríamos decir; o por
expresarlo de otro modo, con un titular más positivo, música y
espacios abiertos.
Y es que al decirlo de esta última
manera -música y espacios abiertos- me viene a la memoria una de las
experiencias musicales más intensas de mi vida. Una experiencia que
de algún modo me gustaría compartir con los oyentes de este
programa. Para que vean si fue intensa, no tengo más que decirles
que sucedió hace casi cuarenta años y que la recuerdo perfectamente.
Iba yo de excursión al Monte Gorbea con mi mujer, en el año 1978,
cuando al pasar por las campas (creo que se llaman de Arraba / ver foto en el encabezamiento del post),
oí la música de un extraño y solitario instrumento que me dejó
completamente turbado. No llegamos a ver al instrumentista pero
alguien con quién nos cruzamos nos dijo que se trataba de un alboca.
El hecho de no ver al músico seguramente añadió algo de misterio a
aquella experiencia musical, pero sin duda fue la grandeza y belleza
de las campas del Gorbea lo que sirvió de soporte a dicha
experiencia. De haber oído el agudo tañido de la alboca en una
calle, en un escenario, o aún peor, en un programa de la televisión,
es seguro que no me hubiera producido semejante impacto. Para
entonces ya habría escuchado yo la Pastoral de Beethoven o la
Primavera de Vivaldi, esas famosas obras para grandes orquestas (de
espacios cerrados) que tratan de evocar los espacios abiertos de la
naturaleza. El contrapunto entre una cosa y la otra se me antoja
extraordinario. No es cuestión de elegir entre lo uno y lo otro,
pero sí de sugerir que la grandeza de cualquier escenario de la
naturaleza puede hacer de la más humilde música popular de un
instrumento monódico algo comparable a las más grandes obras de la
música.
Muchos años después, cuando me hice
músico y aprendí a tocar la dulzaina, la llevé al monte en muchas
ocasiones para que alguien pudiera sentir aquello que había
experimentado yo en aquella excursión al Gorbea.
Tocando en la cima del Pico del Aguila cerca de Logroño
Y así, descubrí
también que la propia naturaleza podía colaborar con mi música. Al
tocar entre las peñas del macizo de Codés o en las más cercanas de
la sierra de Cantabria pude sentir y vibrar con la ampliación de sus
ecos. O al tocar un día la dulzaina con mis hijas mientras
esperábamos a cruzar el Canal de la Mancha, pude escuchar también
la aportación del ruido del mar a modo de bajo continuo. Las campas
bucólicas no eran los únicos escenarios posibles de la música de
los espacios abiertos. Había muchos otros lugares hermosos que
podían servir de soporte musical.
De hecho, el lugar más entrañable
que recuerdo en cuanto a música y naturaleza es el soto del río de
mi pequeño pueblo, Anguciana, en La Rioja, porque en aquel lugar no
era necesario llevar instrumento musical alguno. Siendo yo un niño,
mi padre me llevó un día al soto, justo al amanecer, para que oyera
la extraordinaria sinfonía de los cantos de los pájaros en
primavera....
Después de contarles todo esto ya se
pueden imaginar que se me hace imposible ponerles aquí una pieza
musical que les pueda trasladar a ustedes a las campas, a las peñas
de las montañas o al amanecer en el soto de un río; pero..., para
que por lo menos sirva de ilustración de esto que les cuento, para
que le concedan a los espacios abiertos la cualidad de incomparable
escenario musical les voy a poner un pequeño fragmento de música de
alboca que he encontrado en un youtube cuyo autor también ha querido
permanecer en el anonimato (o firmando como albokeroe.com),
permitiendo expresamente cualquier reutilización. Este es el enlace:
https://youtu.be/rkP7NkqfvkU
(Parar al llegar al 2:55)
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Subiendo de Marrakesch hacia Ouazarzate
No todo en el campo son bellos
paisajes, pajarillos y pastoreo bucólico. Antes de la mecanización,
el campo (o digamos el agro para entendernos mejor) ha sido lugar de
duro trabajo para millones de hombres y mujeres a lo largo de la
historia. Y mi segunda gran experiencia musical en espacios abiertos
tiene que ver con ello. Me ocurrió en un viaje por Marruecos en el
año 1999. Íbamos en autobús desde Marrakesch hacia Ouazarzate y al
pasar por un puerto de los montes del Atlas hicimos una parada
técnica para tomar algún refresco e ir al water. Era un barzucho
donde apenas había nadie y al parar el motor del autobús se
respiraba la típica paz de las montañas. El caso es que en cuanto
se acallaron las voces de los viajeros entrando al bar, me llegó a
los oídos un lejano pero estridente sonido que parecía de un coro
de voces femeninas, y me quedé clavado junto al autobús. ¿Qué era
eso? me pregunté. Aguzamos el oído y la vista y descubrimos que se
trataba del cántico de un grupo de mujeres que estaban segando
hierba o cereal al otro lado del valle.
Poblado de la zona Tizi-n-Tichka bajando hacia Ouazarzate
Cánticos de ánimo y alegría
para compensar el duro trabajo de la siega bajo el sol del Atlas.
Recuerdo que la emoción que me produjo aquella música casi hizo que
se me cayeran las lágrimas. Años después con el invento de google
puse en el buscador y en todas sus variantes “cánticos de la siega
en Marruecos” por ver si podía revivir aquella emoción, pero nunca
tuve suerte. Lo más parecido que encontré fue un vídeo de cánticos
de siega en las montañas de Ecuador. Y bueno, por asociación
musical, también pensé en los blues más arcaicos de los esclavos
negros en las plantaciones de algodón del sur norteamericano.
Cuando
le conté esta experiencia a un amigo mío que sabe de música mil
veces más que yo, me recomendó escuchar la recopilación que hizo
García Matos del folclore español en los años cincuenta en la que
seguramente habrá cantos de siega. Pero como con todo eso del
folclore nos podríamos perder, para evocar ese espacio entre
montañas, esa pequeña terraza de cereal donde se produjo aquella
música maravillosa de un coro de mujeres, he preferido traer aquí a
un coro de voces femeninas que siempre hemos escuchado en disco o
escenarios pero que seguramente surgieron en espacios similares. Un
fragmento del grupo EL MISTERIO DE LAS VOCES BULGARAS.
Seguramente los oyentes o personas más
entendidas sabrán encontrar músicas íntimamente ligadas a los
espacios abiertos más originales que lo que he podido extraer yo de
mi modesta vida musical, pero bueno, me encantaría que de esta
asociación saliera un repertorio con más enjundia de lo que yo he
sido capaz.
The March of the Cameron Men, trincheras de la Primera Guerra Mundial
Por acabar este pequeño apunte, me
gustaría también mencionar una música
en espacios abiertos que afortunadamente... no he tenido la desgracia de escuchar
en su auténtico sentido, pero que debió ser muy frecuente en la
larga historia de las guerras europeas: la música de los campos de
batalla, la música de los tambores de los ejércitos de Napoleón,
por ejemplo, o la que evocaba recientemente Félix de Azúa en un
artículo en El País, la música de los gaiteros escoceses
precediendo a sus tropas en famosas batallas como la de Culloden, o,
como en el caso que les traigo aquí, en las desoladas trincheras de
la Primera Guerra Mundial al que pertenece esta pequeña marcha de
un minuto de los Cameron Men. Música que precede a la muerte, al
fracaso o al triunfo, música terrible que nosotros escuchamos como
cualquier cosa pero que en el espacio abierto del campo de batalla tenía que
cobrar un sentido bien diferente.
Música y espacios abiertos,
músicas casi siempre monódicas, agudas y estridentes, seguramente no
muy cultas y desarrolladas, pero siempre emotivas e impactantes por la
grandeza del soporte o la circunstancia en que se produce.
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Ups, veinticuatro horas después veo que ya está colgado el podcast de la emisión radiofónica realizada el jueves 5 de octubre. Vive dios que no quiero escucharlo. Pero ustedes son muy libres.