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sábado, diciembre 22, 2007
BELLEZA
"La descripción de lo bello presupone mesura, distancia, y una mirada aguda; con simples tartamudeos no se consigue nada. De ahí que sean impropios de la descripción vocablos como "indescriptible". De igual manera es también una señal de impotencia el desenfreno de superlativos"
Ernst Jünger. Radiaciones. vol I pag 29
(sobre la escritura de Jünger véase también: spyp 782)
jueves, mayo 31, 2007
DE LA MUERTE DE LOS EDIFICIOS

(Aprovechando este tiempo de receso voy a colgar algunos artículos viejos que fueron escritos para periódicos y revistas varios. Éste, en concreto, lo redacté para la página de arquitectura que se creó por acuerdo del Colegio de Arquitectos y el periódico La Rioja hacia el año 2000. Meses después lo encontré publicado en una página inmobiliaria de Internet que nunca me pidió permiso para ello ni se dignó notificármelo. Se ve que gracias a Internet cada cual lee, entiende y copia lo que quiere. Tendrá que ser así. Para mí que todo el artículo es sólo es un pretexto para reproducir un impresionante párrafo sobre el arte, la vida, y la muerte, de Ernst Jünger . Ilustro el sepelio con uno de los cadáveres de nuestro Casco Antiguo.)
A semejanza de sus hacedores, los edificios nacen, viven, envejecen y mueren. Pero la vida de los edificios, a diferencia de la vida de quienes los hacen, los usan, o los destruyen, es por lo general (o era) bastante más larga. Si la vida media de los hombres está entre los 50 y los 90 años, la de los edificios, por poner una cifras orientativas, podría situarse entre los 100 y los 500 años.
En los tiempos en que las aspiraciones humanas de eternidad estaban administradas única y exclusivamente por las religiones y sus iglesias, la diferencia del ciclo vital entre los hombres y los edificios no parecía tener gran relevancia. Era un conocimiento similar al de que la vida de los perros es más corta, y la de las tortugas, mucho más larga.
Pero a partir del siglo XVIII en que los hombres dejaron de depositar su confianza de eternidad en una vida ultraterrena ofrecida por un Dios en duda, la mayor duración de los edificios empezó a tener para la humanidad el significado de un conjuro contra la muerte. La experiencia de vivir entre edificios construidos por generaciones que habían desaparecido por completo de la faz de la tierra, prometía así mismo que los edificios construidos por nosotros prolongarían la huella de nuestra existencia por los siglos de los siglos.
La Historia se erigió entonces en una nueva administradora de la eternidad, juzgando ella (o sus ministros, más bien) qué es lo bueno y qué es lo malo, y separando en consecuencia lo que debe perdurar y lo que debe perecer. A partir de la institución de la Historia, la vida de algunos edificios se alarga mucho más allá del más largo de sus ciclos vitales, alcanzando así visos de auténtica eternidad.
Ahora bien, la manera en que procede la Historia con los edificios que declara eternos no deja de ser similar a aquellas momificaciones que se les hacía a los faraones egipcios: se les quitaban las vísceras, se les embalsamaba y se les guardaba en conserva. Los antiguos egipcios debieron pensar que con ese tipo de operaciones los faraones seguían viviendo eternamente, pero nosotros descreemos igualmente de ese tipo de fantasías y sabemos que el embalsamado está tan muerto como el griego enterrado o el hindú incinerado. Cuando el corazón ha dejado de palpitar y el electroencefalograma está plano, la vida se ha ido para siempre por mucho que queramos guardar los huesos, los pelos o la piel cerúlea.
Claro que, en el caso de los edificios la línea de separación entre la vida y la muerte no está tan clara. Es más, en los edificios puede darse más fácilmente la muy imaginativa solución al problema de la muerte y de la eternidad que entendemos como reencarnación, esto es, que una nueva vida surja en los restos materiales de lo que albergó una vida anterior. En materia de reencarnaciones hay dos teorías, la de los animistas, que consideran que la vida está en un alma que puede transmigrar por diferentes soportes; y la de los materialistas, que consideran que las moléculas que ahora están mi hígado, el día de mañana formarán parte de la corteza de un cangrejo. En materia de edificios caben también las dos teorías, pero de momento me referiré a la segunda por ser mucho más conocida y accesible al entendimiento.
Dentro de la teoría de reencarnación materialista hay a su vez otras dos posibilidades: 1) las partículas del edificio muerto se desmontan y pasan a formar parte de nuevos organismos (con el bronce del techo del Panteón de Roma se construye el baldaquino de San Pedro y así sucesivamente); y 2) el edificio muerto vuelve a la vida con un uso distinto.
Para esta segunda opción hay numerosos ejemplos. Tomemos para empezar el del ya citado Panteón de Roma. Podríamos certificar su primera muerte cuando deja de ser la casa de representación de todos los dioses del Imperio Romano, y su primera reencarnación cuando se convierte en iglesia católica del único Dios cristiano. La Historia se lo arranca luego al Dios cristiano (segunda muerte) y lo convierte en templo de sí mismo (del Arte o de la Historia), para que posteriormente (cuarta y última reencarnación), la poderosa Industria Romana del Turismo lo convierta a su vez en materia prima de una espectacular producción de divisas.
Tomemos otro ejemplo mucho más cercano: la torre y castillo de Logroño fue una edificación defensiva que se quedó obsoleta ante el progreso de las armas y las mayores facilidades burocráticas de la movilidad de las gentes. Según Pedro Alvarez Clavijo, fue utilizada posteriormente como prisión, uso muy funcional en verdad, dado lo sólido de sus muros, y finalmente fue dada por muerta y enterrada bajo una carretera moderna en el siglo diecinueve. Sus huesos han salido a la luz el pasado año en las desafortunadas obras de un cruce de carreteras a distintos niveles y han sido objeto de una polémica breve pero interesante entre quienes lo veían resucitado, quienes no lo consideraban digno de figurar en la historia, y quienes daban por buena su movilidad de aquí para allá.
Cerremos por último esta lista con una mención a la dudosa reencarnación de la Bene de Logroño como edificio contenedor apto para cualquier uso, sea Conservatorio de Música, Consejería de Urbanismo o lo que le vaya llegando.
Según parece, si los edificios son los cuerpos, los usos son su vida. Entre uno y otro hay una conexión de signos - la que se resume en el acertado refrán de que “la cara es el espejo del alma”- que los hace enteramente vivos. Cuando esa unidad entre forma y contenido se rompe, los edificios se vuelven algo así como muertos vivientes: una especie de zombis. Así que el empeño actual de que los edificios sean nuestra referencia o nuestro acceso a la eternidad está provocando un aumento espectacular de zombis en nuestras ciudades.
Pero dejemos el tema de las reencarnaciones y volvamos a afrontar el tema de la muerte desde otras perspectivas. Veamos en primer lugar cómo se altera la percepción de la muerte a partir del fenómeno de la clonación de objetos. La conviviencia de los hombres con los utensilios que construye (y los edificios no dejan de ser un tipo más entre ellos) sufre una gran alteración cuando los objetos dejan de ser producidos uno a uno y pasan a clonarse, o sea, a producirse en serie. El carácter único e irrepetible del objeto artesanal desaparece y con ello la importancia de su nacimiento y de su muerte. Los objetos pasan a ser un número más de una serie indefinida, sólo limitada por las necesidades del mercado. En la era de la industrializacion, la presencia de un objeto clónico o su desaparición no sólo carecen de la menor importancia sino que para que la serie pueda seguir reproduciéndose es preciso que los objetos tengan una vida lo más corta posible. Si el coche nos durara más de diez años, no sólo le podríamos empezar a coger cariño sino que paralizaría la producción de la fábrica que los hace.
El desarrollo industrial y tecnológico permite igualmente la clonación de cualquier tipo de edificio. Por si alguien dudara de la falta de escrúpulos de esta nueva forma de conducta, ahí está el caso ejemplar de la reproducción de las Cuevas de Altamira. Hasta ahora habíamos asistido a la restitución más o menos fidedigna de las distintas partes de un edificio dañado (según la teoría de restauración de Viollet le Duc puesta en entredicho por nuestra vigente Ley del Patrimonio), como si de implantes o de cirujía estética se tratara. Los parques temáticos o los hoteles de La Vegas habían hecho clonaciones anecdóticas o caricaturescas. Pero a partir de la exacta clonación de la capilla sixtina de la prehistoria ahora ya podemos empezar a reproducir todo aquello que interese. Que se cae una catedral de Burgos, pues hacemos tres más (por cierto que los apóstoles de su fachada ya han sido recientemente clonados y sustituidos por unos de plástico sin que nadie proteste lo más mínimo).
Hubo un tiempo en que la muerte era un gran tema de reflexión. Lichtenberg dice en uno de sus famosos aforismos que era uno de sus pensamientos predilectos. La muerte en nuestro tiempo ha llegado a ser, sin embargo, un tema desagradable y de mala educación; casi un tema tabú. La muerte es ya sólo, ó un accidente, ó la fecha de caducidad de un producto; y en la materia que nos ocupa, nadie ha puesto aún esa fatídica fecha a los edificios. Se genera con ello una vana ilusión de eternidad, un nuevo infantilismo, entre tantos como invaden a nuestra cultura.
Por eso, contra el falso escándalo cotidiano de la muerte de los edificios (que no es otro que el mismo y lamentable escándalo de nuestra propia muerte) y contra la estupidez de la indefinida prolongación de su vida yo propongo una vez más la fórmula que Jünger escribió en Radiaciones, volumen 1 pag. 295 de la edición castellana de Tusquets: “Es preciso que el “opus” alcance un nivel en el que se torne superfluo –por cuanto transparenta eternidad. A medida que el “opus” se acerca a la belleza más alta, a la verdad más honda, va ganando también rango invisible; y el pensamiento de que perecerá en cuanto obra de arte, en sus símbolos fugaces, es un pensamiento que causa cada vez menos dolor. Lo mismo cabe decir de la vida en general. Es preciso que en ella alcancemos un nivel en el que sea posible realizar de un modo fácil, osmótico, el tránsito –un nivel en el que la vida merezca la muerte”.
A semejanza de sus hacedores, los edificios nacen, viven, envejecen y mueren. Pero la vida de los edificios, a diferencia de la vida de quienes los hacen, los usan, o los destruyen, es por lo general (o era) bastante más larga. Si la vida media de los hombres está entre los 50 y los 90 años, la de los edificios, por poner una cifras orientativas, podría situarse entre los 100 y los 500 años.
En los tiempos en que las aspiraciones humanas de eternidad estaban administradas única y exclusivamente por las religiones y sus iglesias, la diferencia del ciclo vital entre los hombres y los edificios no parecía tener gran relevancia. Era un conocimiento similar al de que la vida de los perros es más corta, y la de las tortugas, mucho más larga.
Pero a partir del siglo XVIII en que los hombres dejaron de depositar su confianza de eternidad en una vida ultraterrena ofrecida por un Dios en duda, la mayor duración de los edificios empezó a tener para la humanidad el significado de un conjuro contra la muerte. La experiencia de vivir entre edificios construidos por generaciones que habían desaparecido por completo de la faz de la tierra, prometía así mismo que los edificios construidos por nosotros prolongarían la huella de nuestra existencia por los siglos de los siglos.
La Historia se erigió entonces en una nueva administradora de la eternidad, juzgando ella (o sus ministros, más bien) qué es lo bueno y qué es lo malo, y separando en consecuencia lo que debe perdurar y lo que debe perecer. A partir de la institución de la Historia, la vida de algunos edificios se alarga mucho más allá del más largo de sus ciclos vitales, alcanzando así visos de auténtica eternidad.
Ahora bien, la manera en que procede la Historia con los edificios que declara eternos no deja de ser similar a aquellas momificaciones que se les hacía a los faraones egipcios: se les quitaban las vísceras, se les embalsamaba y se les guardaba en conserva. Los antiguos egipcios debieron pensar que con ese tipo de operaciones los faraones seguían viviendo eternamente, pero nosotros descreemos igualmente de ese tipo de fantasías y sabemos que el embalsamado está tan muerto como el griego enterrado o el hindú incinerado. Cuando el corazón ha dejado de palpitar y el electroencefalograma está plano, la vida se ha ido para siempre por mucho que queramos guardar los huesos, los pelos o la piel cerúlea.
Claro que, en el caso de los edificios la línea de separación entre la vida y la muerte no está tan clara. Es más, en los edificios puede darse más fácilmente la muy imaginativa solución al problema de la muerte y de la eternidad que entendemos como reencarnación, esto es, que una nueva vida surja en los restos materiales de lo que albergó una vida anterior. En materia de reencarnaciones hay dos teorías, la de los animistas, que consideran que la vida está en un alma que puede transmigrar por diferentes soportes; y la de los materialistas, que consideran que las moléculas que ahora están mi hígado, el día de mañana formarán parte de la corteza de un cangrejo. En materia de edificios caben también las dos teorías, pero de momento me referiré a la segunda por ser mucho más conocida y accesible al entendimiento.
Dentro de la teoría de reencarnación materialista hay a su vez otras dos posibilidades: 1) las partículas del edificio muerto se desmontan y pasan a formar parte de nuevos organismos (con el bronce del techo del Panteón de Roma se construye el baldaquino de San Pedro y así sucesivamente); y 2) el edificio muerto vuelve a la vida con un uso distinto.
Para esta segunda opción hay numerosos ejemplos. Tomemos para empezar el del ya citado Panteón de Roma. Podríamos certificar su primera muerte cuando deja de ser la casa de representación de todos los dioses del Imperio Romano, y su primera reencarnación cuando se convierte en iglesia católica del único Dios cristiano. La Historia se lo arranca luego al Dios cristiano (segunda muerte) y lo convierte en templo de sí mismo (del Arte o de la Historia), para que posteriormente (cuarta y última reencarnación), la poderosa Industria Romana del Turismo lo convierta a su vez en materia prima de una espectacular producción de divisas.
Tomemos otro ejemplo mucho más cercano: la torre y castillo de Logroño fue una edificación defensiva que se quedó obsoleta ante el progreso de las armas y las mayores facilidades burocráticas de la movilidad de las gentes. Según Pedro Alvarez Clavijo, fue utilizada posteriormente como prisión, uso muy funcional en verdad, dado lo sólido de sus muros, y finalmente fue dada por muerta y enterrada bajo una carretera moderna en el siglo diecinueve. Sus huesos han salido a la luz el pasado año en las desafortunadas obras de un cruce de carreteras a distintos niveles y han sido objeto de una polémica breve pero interesante entre quienes lo veían resucitado, quienes no lo consideraban digno de figurar en la historia, y quienes daban por buena su movilidad de aquí para allá.
Cerremos por último esta lista con una mención a la dudosa reencarnación de la Bene de Logroño como edificio contenedor apto para cualquier uso, sea Conservatorio de Música, Consejería de Urbanismo o lo que le vaya llegando.
Según parece, si los edificios son los cuerpos, los usos son su vida. Entre uno y otro hay una conexión de signos - la que se resume en el acertado refrán de que “la cara es el espejo del alma”- que los hace enteramente vivos. Cuando esa unidad entre forma y contenido se rompe, los edificios se vuelven algo así como muertos vivientes: una especie de zombis. Así que el empeño actual de que los edificios sean nuestra referencia o nuestro acceso a la eternidad está provocando un aumento espectacular de zombis en nuestras ciudades.
Pero dejemos el tema de las reencarnaciones y volvamos a afrontar el tema de la muerte desde otras perspectivas. Veamos en primer lugar cómo se altera la percepción de la muerte a partir del fenómeno de la clonación de objetos. La conviviencia de los hombres con los utensilios que construye (y los edificios no dejan de ser un tipo más entre ellos) sufre una gran alteración cuando los objetos dejan de ser producidos uno a uno y pasan a clonarse, o sea, a producirse en serie. El carácter único e irrepetible del objeto artesanal desaparece y con ello la importancia de su nacimiento y de su muerte. Los objetos pasan a ser un número más de una serie indefinida, sólo limitada por las necesidades del mercado. En la era de la industrializacion, la presencia de un objeto clónico o su desaparición no sólo carecen de la menor importancia sino que para que la serie pueda seguir reproduciéndose es preciso que los objetos tengan una vida lo más corta posible. Si el coche nos durara más de diez años, no sólo le podríamos empezar a coger cariño sino que paralizaría la producción de la fábrica que los hace.
El desarrollo industrial y tecnológico permite igualmente la clonación de cualquier tipo de edificio. Por si alguien dudara de la falta de escrúpulos de esta nueva forma de conducta, ahí está el caso ejemplar de la reproducción de las Cuevas de Altamira. Hasta ahora habíamos asistido a la restitución más o menos fidedigna de las distintas partes de un edificio dañado (según la teoría de restauración de Viollet le Duc puesta en entredicho por nuestra vigente Ley del Patrimonio), como si de implantes o de cirujía estética se tratara. Los parques temáticos o los hoteles de La Vegas habían hecho clonaciones anecdóticas o caricaturescas. Pero a partir de la exacta clonación de la capilla sixtina de la prehistoria ahora ya podemos empezar a reproducir todo aquello que interese. Que se cae una catedral de Burgos, pues hacemos tres más (por cierto que los apóstoles de su fachada ya han sido recientemente clonados y sustituidos por unos de plástico sin que nadie proteste lo más mínimo).
Hubo un tiempo en que la muerte era un gran tema de reflexión. Lichtenberg dice en uno de sus famosos aforismos que era uno de sus pensamientos predilectos. La muerte en nuestro tiempo ha llegado a ser, sin embargo, un tema desagradable y de mala educación; casi un tema tabú. La muerte es ya sólo, ó un accidente, ó la fecha de caducidad de un producto; y en la materia que nos ocupa, nadie ha puesto aún esa fatídica fecha a los edificios. Se genera con ello una vana ilusión de eternidad, un nuevo infantilismo, entre tantos como invaden a nuestra cultura.
Por eso, contra el falso escándalo cotidiano de la muerte de los edificios (que no es otro que el mismo y lamentable escándalo de nuestra propia muerte) y contra la estupidez de la indefinida prolongación de su vida yo propongo una vez más la fórmula que Jünger escribió en Radiaciones, volumen 1 pag. 295 de la edición castellana de Tusquets: “Es preciso que el “opus” alcance un nivel en el que se torne superfluo –por cuanto transparenta eternidad. A medida que el “opus” se acerca a la belleza más alta, a la verdad más honda, va ganando también rango invisible; y el pensamiento de que perecerá en cuanto obra de arte, en sus símbolos fugaces, es un pensamiento que causa cada vez menos dolor. Lo mismo cabe decir de la vida en general. Es preciso que en ella alcancemos un nivel en el que sea posible realizar de un modo fácil, osmótico, el tránsito –un nivel en el que la vida merezca la muerte”.
martes, febrero 27, 2007
137. CEMENTERIO DE SAPIGNIES


Un amigo de Barcelona que se va a París por unos meses y que parece harto de la batalla que tiene que librar cada día con los nacionalistas de su provincia, me pidió hace unos días por carta que le dijera de algún tesoro que pudiera tener yo por allí. La cultura de este amigo es tan vasta y tanto me ha enseñado él de París y del resto del mundo que su petición me pareció casi ofensiva. Pero además de culto este amigo es tan sabio que al final casi siempre tengo que darle la razón: es verdad que tengo por allí algún tesoro escondido.
Ya hace tiempo que quería dedicar un LHD a los campos de batalla, esos lugares sagrados, mayormente olvidados, donde miles de hombres dieron su energía, su sangre y su vida en el choque contra otros hombres dispuestos a la misma entrega. Fue otro amigo catalán, Joan Isart, el primero que me señaló la extraña radiación que poseen y emiten esos lugares, y lo hizo contándome su visita a Calatañazor: Juan, no dejes de ir allí, -me escribió en una carta-, porque mirando las piedras que rodean aquel lugar, aún podrás oír el ruido de los cascos de caballos y el batir de las espadas de las huestes de Almanzor. Fui, y era verdad. Volví conmocionado. Desde entonces he recorrido un buen número de campos de batalla: muchos en Francia, desde Verdún hasta el Marne; algunos muy famosos en Grecia; y los últimos, los de Gandesa, debajo de la sierra de la Fatarella, donde se batió el cobre un tío mío. Nada que ver la emoción vivida en este último lugar con los interesados relatos periodísticos y partidistas que se publican y venden como rosquillas en estos años. En esos olvidados campos de batalla se siente otra cosa: un respeto enorme hacia la lucha y hacia los hombres.
Es curioso que la pista hacia esos tesoros sobre los que hace tiempo quería escribir me la haya dado la reseña de un libro sobre André Le Notre, el jardinero del Luis XIV, titulado “Los Jardines del Rey Sol”, de Ian Thompson (Belacqua). Conocí a Le Notre en la visita que hice a los jardines de Vaux le Vicomte, y al mismo palacio donde Luis XIV se lo robó al chuleta de Fouquet. Por descontado pensé que mi amigo de Barcelona sabría mucho más que yo sobre Fouquet, sobre Luis XIV y sobre toda la jardinería francesa, pero el reseñista del libro de Thompson (un tal Rubén Amón que, por cierto, escribe bastante bien) se empeñaba en relacionar los jardines de Versalles, que luego le haría Le Notre al rey, con los campos de batalla. Versalles se iba haciendo cada vez más grande, -comenta Amón-, por la celebración de las victorias militares del monarca francés, y los proyectos requerían de tal cantidad de mano de obra, que el rey la obtuvo de la soldadesca. Más de 30.000 infantes trabajaron en los jardines, y según la cita del duque de Saint-Simon (que de todas todas suena exagerada), “murieron más de ellos en las obras, por las fatigas y las fiebres, que en cualquiera de las ofensivas bélicas”.
Como mi amigo se va feliz al jardín francés para huir del actual campo de batalla español y me pide que le señale algún tesoro, al hilo de las vueltas que me dan los recuerdos me ha salido mentarle el que estuvimos buscando sin éxito en una preciosa mañana del mes de julio de hace cinco años:
Recorriendo los campos de batalla de la zona del Somme donde Ernst Jünger cayó gravemente herido en el mes de agosto de 1918, anduvimos parte de un camino entre las aldeas de Favreuil y Sapignies hasta llegar al pequeño cementerio alemán de este segundo pueblecito. Allí entre las tumbas, abrimos el libro Tempestades de Acero por la página 304 de la edición de Tusquets, y leí:
“Ni siquiera en aquella ocasión desesperada quedé abandonado; era observado por mis acompañantes, quienes pronto realizaron nuevos esfuerzos para salvarme. Junto a mí resonó la voz del cabo Hengstmann, un hombre alto y rubio, oriundo de la baja Sajonia.
-Mi alférez, voy a cargarlo sobre mis espaldas; ¡o nos abrimos paso, o quedaremos aquí tendidos!
Por desgracia no conseguimos abrirnos paso; eran demasiados los fusiles que estaban al acecho en las afueras de la aldea. Hengstmann comenzó con su carrera; yo rodeaba su cuello con mis brazos. Enseguida se inició un tiroteo; las detonaciones sonaban como en un polígono de tiro cuando se dispara contra un blanco situado a cien metros de distancia. A los pocos pasos un fino gorjeo metálico anunció una bala certera; Hengstmann cayó suavemente a tierra debajo de mí. Se derrumbó en silencio, pero sentí que la Muerte se apoderaba de él antes de que hubiese tocado el suelo. Me desasí de sus brazos, que aún me agarraban con fuerza, y vi que una bala le había atravesado el casco de acero y las sienes. Aquel valiente era hijo de de un maestro de escuela y había nacido en Setter, cerca de Hannover. Tan pronto como me fue posible caminar busqué a sus padres y les conté lo ocurrido.
Tras la emocionada lectura, Rosalía, Teresa, Elena y yo nos pusimos a buscar el nombre del cabo Hengstmann en alguna de las cruces del cementerio; pero no tuvimos suerte. En todo caso, nos fuimos bien seguros de que por allí había un tesoro. O allí, o en Favreuil.
martes, noviembre 21, 2006
87. LA CIUDAD SIN OBRAS
Esta es la segunda parte del artículo que escribí para la revista El Péndulo y que colgué hace unas semanas en la red como el LHDn65. Data del 2001, y al releerlo me ha dado la sensación de estar escrito para el papel y no para la pantalla, y que se nota la diferencia: parece que pide una lectura un poco más lenta de lo habitual. Si no se tiene (algo muy propio en una ciudad en obras), mejor dejarlo para un rato de calma.
Si hoy habría que imaginar una utopía, esa sería la del título de esta segunda entrega de la La Ciudad en Obras (El Péndulo n 11), artículo en el que se prometía hablar, no de las obras psicóticas que arruinan diariamente la ciudad con el pretexto de mejorarla para el futuro, sino de las obras inherentes a la propia ciudad y a sus edificios en tanto que entes artificiales.
A diferencia de los seres vivos, que se engendran desde células ya vivas y se conforman y crecen internamente por la multiplicación y diversificación de las células originales, los edificios se engendran mediante un proceso exógeno de adición y ensamblaje de piezas inertes que conlleva ciertos traumatismos. El suelo ha de abrirse para recibir los cimientos, las piedras han de cortarse y pulirse para su conveniente aparejo, y los materiales han de ser revueltos unos con otros o adheridos artificialmente entre sí. En la apertura de la tierra, en los cortes, en las mezclas o en las adherencias se generan ruidos, polvo, escombro, y en definitiva, desagradables molestias. Louis I. Kahn, uno de los arquitectos americanos más significativos de este siglo (de quien, por cierto, este año se celebra el centenario de su nacimiento), solía decir que no le gustaban las obras porque eran muy sucias.
Mientras los seres vivos, sea cual sea su fase de conformación siempre ofrecen un aspecto de compleción, los edificios poseen un aspecto muy distinto cuando se están haciendo, respecto al momento en que se les da por concluidos. Christopher Alexander reparó en esta diferencia en su magnífico tratado “El modo intemporal de construir” y trató por todos los medios de aproximar la génesis y la evolución de un edificio a los procesos biológicos.
Pero sea como fuere, y aunque personalmente no creo que pueda llegarse a la identificación de lo uno con lo otro (amen de que en la génesis de los seres vivos más desarrollados también hay trauma, dolor y sangre) nunca las obras de los edificios y de las calles de la ciudad, a pesar de lo molestas y sucias que puedan ser, habían llegado a ser consideradas como una patología de la ciudad -tal y como vimos en el artículo precedente-, y por ello nunca había sido imaginada una ciudad sin obras.
Aunque, por supuesto, todos recordamos que Babel, la ciudad maldita, había sido pensada como una ciudad inacabada y siempre en obras, en la que sus artífices no eran capaces de entenderse entre sí.
En las últimas semanas del acontecer de la ciudad de Logroño, en que la destrucción del -así llamado- Patrimonio ha despertado del letargo a algunos pocos ciudadanos, se han podido recoger pruebas evidentes de que, sin embargo, nadie considera a las obras como un cáncer o una grave enfermedad de la ciudad. En el cruce de frases sobre la demolición del convento de Madre de Dios, quienes no hacían ningún asco a su derribo (gobernantes, tribunos de la Comisión del Patrimonio y hasta arquitectos varios) argumentaban sin pudor contra quienes lo defendían desde las posiciones de salvaguarda de la memoria histórica de la ciudad que, en verdad, excepto la transplantada portada del siglo XVII, el resto del edificio se había construido hace tan sólo veinticinco años.
Ahora bien, desde la sospecha de que las obras pueden ser un claro síntoma de patología urbana, desde un elemental criterio económico, e incluso desde un respeto para las personas aún vivas que han edificado algo hace tan sólo veinticinco años, el argumento más sólido contra el derribo del Convento de Madre de Dios es que está recién construido. Creo que ha llegado la hora de pedir respeto, no sólo por los edificios del pasado que configuran la memoria de la ciudad o que sirven de referencia y de identidad histórica, sino también por los edificios del presente que acaban de ser hechos o que están en plena juventud y funcionamiento. Porque si lo recién construido se puede demoler, quiere decir ello que nunca se pondrá en su concepción el suficiente interés y la suficiente intensidad como para ser digno de formar parte del escenario estable de la ciudad.
Hace años que los arquitectos exigíamos el establecimiento de un tiempo mínimo para la redacción de los proyectos y se consiguió que entre la firma del encargo del proyecto y la entrega del mismo en la ventanilla del Colegio, debía pasar un cierto tiempo. La gestación de un edificio que ha de ocupar un sitio en el paisaje urbano y que ha de perdurar por los años e incluso por los siglos, requiere su tiempo de reflexión. Los promotores tienen prisa por construir y vender, y los políticos por inaugurar. Lo importante para ellos es el rápido alumbramiento de la criatura. Una defensa del papel de la arquitectura en la ciudad nos ha llevado a los arquitectos a ser un colectivo anticuado y minusvalorado económicamente frente a los mucho más eficaces ingenieros. Si los edificios pueden ser tirados a los pocos años de ser construidos ¿para qué perder tiempo en pensarlos detenidamente?. Las obras son para la economía de la ciudad y para la grandeza política mucho más importantes que los propios edificios. Por eso la ciudad que nos ofrece el libre capital y sus gobiernos políticos es la ciudad de las obras y no la ciudad de los edificios.
Ahora bien, en el seguimiento de la metáfora, o en la comparación entre los seres vivos y sus edificios, hay un tipo de intervenciones (la palabra es semejante en ambos casos) que se denominan de cirugía y que parecen justificadas en el instinto del mantenimiento de la vida y en los descubrimientos de la razón y de la ciencia. Las obras de conservación, mantenimiento, consolidación o rehabilitación serían semejantes a aquellas intervenciones en las que por el deterioro de los dientes o la ruina de un apéndice, parece más que justificada su traumática operación. Los edificios, como las personas, necesitan un mantenimiento, un aseo, un tratamiento de vez en cuando, y sí es caso, hasta una intervención en el quirófano.
Pero al igual que se abusa de la cirugía en la medicina, operando alegremente o intentando mediante implantes y estiramientos que parezcamos mucho más jóvenes de lo que somos, en los edificios hay una enorme falta de respeto por su edad. Una cosa es alargar la vida de los seres y otra pretender que se instalen en su eterna juventud (¡como si la juventud fuera la única etapa hermosa de la vida!). Uno de los valores que es preciso reivindicar para frenar los cada vez más devastadores deseos de restauración en los edificios, es el valor estético de lo antiguo, de lo viejo, de lo desgastado. Como suele ser habitual, siempre tengo una cita a mano de Ernst Jünger para crear teoría. Acercándose a Belorechenskaya en el Caucaso, el célebre soldado alemán escribió en sus diarios: “Desde aquí no presenta mal aspecto la ciudad, con sus barracas de madera y sus tejados cubiertos de musgo; aún se siente la atmósfera de cosa viva que le proporciona el trabajo de las manos y el deterioro orgánico causado por el paso del tiempo, una atmósfera en la cual se puede vivir” (Radiaciones vol 1, pag. 412).
Era lo que nosotros denominábamos la “pátina” y que definíamos como “cierto carácter que adquieren las cosas con el tiempo, que las avalora” (María Moliner). Pues bien, en las operaciones salvajes de restauración que se vienen acometiendo en los últimos años parece que la pátina también molesta y que hay que hacer obras constantemente para que ésta desaparezca y los edificios retornen a su prístino estado juvenil. (Claro que luego venimos encantados de la belleza de la ciudades italianas sin saber que es porque la cantidad ingente de edificios viejos de gran belleza o la fuerza generadora de pátina de la laguna veneciana, aún pueden con las obras de restauración).
También se producen obras falsamente llamadas de rehabilitación, como las del Convento de la Merced o las de la la fundación de Ibercaja, en que se les sacan las tripas al edificio y se hacen unas nuevas, como si las cáscaras (nuestras máscaras) pudieran ser reutilizadas por otros seres una vez muertos los precedentes. ¿Qué pinta un parlamento con fachada de convento o una fundación cultural con trazas de edificio de viviendas?. La falsedad de todas esas nuevas edificaciones ha de contemplarse como un claro síntoma de la confusión de los tiempos y del papel que en ello juega la la crisis generalizada del arte de la arquitectura.
Obras, obras, y más obras, obras de nueva edificación, obras de derribo y sustitución, obras de continua intervención en lo edificado, obras que hacen de la ciudad un organismo lleno de pústulas, úlceras, fístulas y permanentes cicatrices. Continuas e incontroladas obras, tanto en lo nuevo como en lo viejo, que ya no son el anuncio de la vida en la ciudad sino el signo de su muerte.
Frente a ese tipo de ciudad de las obras, yo añoro la ciudad de la convivencia de lo nuevo con lo viejo, la ciudad en que a la vida de los edificios le sucede la de sus ruinas y de sus muertes; la ciudad orgánica, la ciudad de la arquitectura. Y hasta doy en pensar en una utopía de ciudad en la que sólo se hagan las obras necesarias y sensatas: una utopía que bien podría llamarse “la ciudad sin obras”.
Post Scriptum: Hace unos días, en una página de anécdotas de un diario nacional (EL PAIS 23 de enero del 2001, última página) se contaba que una comunidad de vecinos había ganado un juicio contra un constructor por los ruidos y molestias causados en las obras de una parcela colindante. La sentencia le obligaba a pagar al constructor el importe que a los vecinos les hubiera costado alquilarse una casa de similares características para poder vivir en paz durante el tiempo que habían durado las obras. El tratamiento que a estas noticias le dan los medios de comunicación al servicio del dinero y el poder, es el de curiosidad excéntrica. Pero para quien haya seguido la lectura de los razonamientos aquí expuestos, ha de ser algo mucho más significativo: acaso el de un primer indicio o la primera prueba de que las obras deben pagar caro sus ofensas y sus agresiones a la ciudad.
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viernes, octubre 27, 2006
71. WILLIAM CURTIS

Yo soy un desmitificador, y por eso caigo tan mal a la gente. Voy de viaje a ver obras de arquitectos consagrados y noto siempre a mi alrededor un fervor religioso del que no puedo hacer otra cosa que mofarme diciendo improperios del santo. Todos me miran entonces como un si fuera un loco o un apestado.
Pero también tengo mis santos y mis mitos. Debe de ser que es imposible vivir sin ellos. La diferencia es que, cuando alguien me los echa abajo, no sólo no me molesta, sino que lo celebro.
Ayer Félix de Azúa cerró la entrega de su blog (no debería llamarlo así después de lo que escribí aquí el miércoles 25, GIMNASIO DEL PENSAMIENTO, pero aceptemos la convención para no liarnos), ayer, decía, escribió Félix que no comprendía el silencio de Jünger sobre el Holocausto. Los seres anónimos que escriben cosas a continuación de sus textos contestaron que sí, que Jünger tenía algunas líneas en su diario dando cuenta de ello, que era un soldado y no un nazi, o que en su obra anterior a la guerra había suficientes indicios de su distancia con la locura del III Reich. Pero, aún así, Félix seguía teniendo razón porque ante la inmensidad de aquel horror todo lo que no sea grito sigue sonando a silencio. Cabe entender sin embargo que la posición de Jünger no era propicia al grito y que el dandysmo de sus escritos y aficiones pudieran ser también una respuesta cabal ante el horror.
Pero mientras pensaba estas cosas, leí la demoledora nota de Eduardo Gil Bera trayendo a colación unas implacables opiniones de Joseph Roth. Eduardo sí que es grande en esto de la desmitificación, -aunque últimamente cite mucho a Roth.
También ayer leí las extrañas declaraciones de William Curtis en una entrevista en El País. Venía a presentar una nueva edición de su retablo de las maravillas arquitectónicas del siglo XX, pero le presentaban como uno de los críticos más incisivos de los últimos años, así que, mientras hacía publicidad de sus santos dio en apalear a otros. Según parece, su libro no llega hasta Zaha Hadid, Rem Koolhaas, Jean Nouvel, Gehry o Peter Eisenman, pero ya entran Siza, Moneo y Navarro Baldeweg. La presentación era en Madrid y venía a vender, por si no había quedado claro.
Remiro ahora la página donde se publicó la entrevista y me percato que por encima del titular, y antes de la entradilla en la que se le presenta como incisivo crítico, hay un sobretitular previo que dice: William Curtis/Historiador de la arquitectura. Me lo han puesto fácil: no hay más que aplicar entonces lo escrito en el blog de ayer (LA PUERTA DE LA COLUMNA).
O se es crítico o se es historiador. No se puede ser lo uno y lo otro aunque al periodismo le dé igual. Y a Curtis.
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viernes, junio 30, 2006
40. COLUMNAS O CARTAS

Quizás ha sido la feliz coincidencia de haber llegado a finales de junio con la entrega número 40 del LHD lo que me ha llevado a pensar que ya están hechos los “cuarenta principales” y que sería bueno parar un poco esta experiencia de comunicación, tomarme unas merecidas vacaciones de dos meses y reflexionar sobre ello. Estas líneas son pues el inicio de un balance en el que espero que también participen los ya setenta y tantos suscriptores.
Cuando se me ocurrió la idea de escribir una columna diaria de arquitectura local y remitirla como cartas a los amigos y suscriptores que lo desearan (siempre que no fueran declaradamente enemigos) no sabía muy bien si el LHD iba a ser algo parecido a una columna periodística o algo más próximo a una carta personal.
Un par de veces me han ofrecido escribir en los periódicos. La primera, al poco de crearse el suplemento cultural Babelia de El País; necesitaban colaboradores y un amigo les recomendó mi pluma. Les envié tres crónicas y ni se dignaron en contestar. Se ve que no eran columnas para sostener su sistema periodístico-publicitario, sino granadas de mano para horadarlo. La segunda fue aquí en Logroño hace dos años. El nuevo periódico Noticias de la Rioja quería colaboradores y esta vez fue una amiga local (Dori Santolaya) la que me recomendó. Pero para entonces yo ya tenía una opinión bastante formada sobre la prensa al uso, y les dije que si el nuevo periódico no daba muestras de ser muy distinto a los habituales, conmigo que no contaran. Y no contaron, claro.
No tengo muy claro cuál es el papel cultural de una columna. Me agrada leer a algunas, pero muchas veces tengo la sensación de que escriben por escribir (por cumplir un compromiso, por seguir alimentando su ego, su obra) y no porque tengan nada que contar. Ha habido algún momento en que haciendo el LHD con la constancia de un contrato me he sentido columnista, y entonces, claro está, me entraban ciertas dudas.
Ahora bien, gracias a que la Junta de Gobierno del COAR me viene haciendo la puñeta desde hace año y medio, tenía ahí un rencor acumulado, una necesidad de venganza o, en el mejor de los casos, de hacer justicia por mi mano, que me ha ido librando del columnismo periodístico más o menos políticamente correcto. Ya sé que es molesto leer cada dos por tres invectivas contra los miembros de la Junta del COAR, pero ese ha sido el precio a pagar para que el LHD no haya caído en el periodismo columnista al uso.
En los primeros momentos de esta experiencia llegué a pensar en colgar los LHD en una web, pero entonces todo el mundo tendría acceso a ellos y serían "artículos o columnas" de verdad. Ahora bien, vistos con cierta perspectiva, estoy seguro que serían artículos malos por estar salpicados con peleas personales. Además, hasta es posible que al hacerlos públicos me pudieran denunciar por ello. Hay que hacer siempre el esfuerzo por separar lo que es público de lo que es privado. Por eso, una de las primeras conclusiones que saqué a medida que esta experiencia se iba consolidando es que nada de webs y nada de recopilaciones. Un escritor me sugirió que los LHD no eran otra cosa que las futuras páginas de mis "Memorias de un Arquitecto Cabreado", pero le dije que no, que esto eran cartas, y que me gustaría que fueran recordadas como tales.
Ahora bien, para evitar caer en las "falsas cartas" siempre he tenido presente una anotación de los diarios de Ernst Jünger escrita el 21 de abril de 1939 al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La transcribo literalmente para que podáis disfrutar de su belleza: "Acabado las Cartas de Erasmo, un regalo que me hizo el astrónomo Lindemann. Muchas de estas epístolas, especialmente las de juventud, están empapadas de un concentrado aroma ciceroniano, y eso es algo que a mí me molesta siempre en las cartas. El fuego retórico no consigue hacernos entrar en calor, y el vano gusto de hablar destruye el elemento comunicativo, el cual ha de formar siempre el núcleo de las cartas. No deja de ser nunca molesto, para quien recibe cartas de esta manera, el notar que el autor se ejercita en pasos de esgrima a costa nuestra" . Es tan claro y elegante que no precisa comentario alguno.
¿Columnas o cartas? ¿Falsas o auténticas? No lo sé todavía, pero os puedo dar un dato bastante significativo: cuando he recibido comentarios de los lectores a mis escritos, me he puesto a escribir nuevos LHD con redoblada ilusión; sin embargo, cuando después de enviar un LHD, o dos, o tres..., no encontraba comentario alguno en el buzón de correo, me entraban ganas de dejarlo.
Es posible que cuando vuelva en septiembre el LHD no sea estrictamente diario y que aparezca en función del nivel de correspondencia de los lectores. Sería más lógico así.
Buen verano.
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