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miércoles, septiembre 19, 2007

EL CASO QUINTÍN


En la sui géneris historia de los arquitectos de Logroño que voy haciendo en este blog me había quedado antes de vacaciones en Quintín Bello, al que llamé el quinto arquitecto de Logroño. Además de acercarme a él a través de su obra (v nLHD065 y nLHD070), había comentado que Quintín fue también un "caso" pues se aprovechó de algunas cosas de Barrón haciéndolas pasar como suyas, y en los años veinte tuvo un expediente disciplinario en el Ayuntamiento que le dejó en suspenso durante dos años como arquitecto municipal.

De regreso de vacaciones y ante el panorama de investigación que recuerdo del anterior consistorio y las perspectivas que veo en el nuevo (mi Guía lleva tres meses encerrada en alcaldía sin que sepan qué hacer con ella…) me quedan muy pocas ganas de volver a pensar en esta ciudad y de seguir regalando información a través de este blog. Pero el caso es que el otro día pasé por el Archivo Municipal a saludar a los buenos amigos que he hecho allí durante los últimos años, e Isabel Murillo me contó que tenía nuevos datos sobre el caso Quintín.

El trabajo de los archiveros no es la investigación, pero siendo tan generosos como son los del Archivo de Logroño y teniendo el material tan a mano, en cuanto ven algo que nos pueda interesar nos lo cuentan de inmediato para que nos animemos a hincarle el diente. Ya siento que sus jefes políticos me desanimen y que no sea yo quien vaya a hacer gratis el trabajo para los nuevos señoritos, pero por lo menos, y en deferencia a quien me pasó la información voy a contarla por si hubiera alguien menos quemado y más voluntarioso que yo que quisiera seguir alguna vez esta línea de trabajo.

Durante las largas vacaciones de este verano, Isabel Murillo ha encontrado un par de cajas en el IGE del archivo que contienen los informes del contencioso y posterior persecución a que fue sometido Quintín Bello en los comienzos de su carrera como arquitecto municipal por parte del promotor y concejal Bergasa, a causa de los continuos informes desfavorables que el arquitecto venía haciendo respecto a unas promociones que éste y su hermano pretendían realizar en la nueva zona de ensanche de la ciudad (actual Calvo Sotelo) por no ajustarse al plano de alineaciones vigente. Por lo que desprenden a primera vista los papeles parece que los Bergasa se la juraron a Quintín y que aprovechándose de la concejalía que detentaban le quisieron buscar las cosquillas a la mínima. Un pequeño desajuste en una certificación de las cubiertas del matadero fue el detonante del primer expediente contra Quintín, y como no pudieron con él, al poco de ello el propio Bergasa llegó a pedir que se amortizara la plaza de arquitecto municipal de Logroño porque no la veían rentable para el Ayuntamiento.

Isabel sospecha que esta persecución inicial contra Quintín y el posible mal carácter del arquitecto, puesto de manifiesto en la forma en que redactaba sus informes, pudieron ser las claves de su irregular carrera profesional; pero todo ello, me asegura, no son más que conjeturas suyas que deberían ser investigadas con paciencia por algún constructor de nuestra historia.

Sí, construir nuestra historia, digo. La historia de la ciudad es el cimiento de nuestra vida social, de nuestra cultura, de las calles, los edificios, de nuestra forma de actuar. La documentación está ahí, al menos en buena parte; pero sin leerla, interpretarla y contarla con gracia y rigor, la ciudad que vivimos está como en el aire, o en el fango. Sin cimientos. No es extraño por ello que los edificios se caigan con tanta facilidad y que quienes guían esta ciudad sólo sueñen en correr hacia el futuro manteniendo las fachadas del pasado.

(Leo en la prensa que los socialistas-regionalistas van a peatonalizar de inmediato la calle Bretón de los Herreros que dejaron a medias los populares. Qué error. La misma tontería de siempre: destruir la variedad y riqueza de la accesibilidad y servicios de la calle a base de gastar en pavimentos carísimos. Romper la homogeneidad del tejido urbano para presumir de populismo anticoches. Provincianismo puro y duro ¿Cómo no voy a caer yo este año en la tentación de mirar para otro lado y olvidarme durante un tiempo de Logroño? Pasar olímpicamente de contar cosas de esta ciudad…)


lunes, junio 18, 2007

QUINTIN BELLO Y LOS BLOGS



Los post que vengo colgando sobre los arquitectos logroñeses son simples “presentaciones” y no estudios serios y rigurosos de sus biografías profesionales, ni mucho menos crítica o valoración global sobre su obra. Yo todavía no sé muy bien qué es un blog y el alcance que puede tener lo que aquí voy publicando. Arcadi Espada dijo hace cosa de un año en la casa de los periodistas de Logroño que mientras no se demuestre lo contrario, todo lo que se publica es internet es falso y anónimo, así que nadie pida responsabilidades por ello. Yo no me canso de decir que uno asume sus responsabilidades con su cuerpo, y que ese cuerpo tiene un nombre, un origen, unos vínculos y un lugar, y que todo ello conforma una realidad entendible, una realidad humana. En el bando contrario están los “idealistas” que dicen que se puede escribir sin nombre porque lo que vale son los textos y las opiniones en sí. En el blog de Félix de Azúa traté sin éxito de denunciar esa virtualidad “idealista” y ni siquiera el autor me echó una mano. Preparando el camino al nuevo anonimato absoluto, llevamos ya casi un siglo de experiencia ocultando nuestras responsabilidades personales en las siglas de una empresa o en la burocracia de una institución. La escritura de ficción lleva muchos siglos más tratando de jugar entre lo que piensa el autor o lo que dicen sus personajes, y por si fuera poco, los mejores ensayistas actuales, descreídos ya de su labor, suelen hacer citas o referencias históricas falsas para reírse del género y de los historiadores más engreídos. Nuestro destino es no saber nunca lo que es verdad, o más bien, tener sólo un mínimo acceso a ella a través de ímprobos esfuerzos, o por azar, o acaso, gracias a algunos guías que… no siempre son de fiar.

El que quiera entenderlo que lo entienda, y el que quiera seguir leyendo el blog, allá él con el juego y su responsabilidad.

El caso es que presentando el otro día a Quintín Bello, hice un listado provisional de su trabajo y como me dejé algunas de sus obras, un buen amigo me señaló cuando menos dos que él sabía. Yo estaba seguro de que me había dejado muchas más, y algunas muy importantes, así que hoy cuelgo otras pocas para colmar ese rigor y seriedad que algunos aún buscan en estas páginas virtuales.
Fijaros si son importantes estas obras, que configuran una de los puntos más céntricos de Logroño, nada menos que la esquina entre la Gran Vía y la calle República Argentina. Son el cine Olimpia, las casas de Gran Vía 19 y 21, y RArgentina 1. Sólo el primero ha desaparecido pero las otras tres aún continúan en pie. Los cuatro edificios se construyen prácticamente a la vez entre 1927 y 1928 y he encontrado una foto aérea preciosa (la que abre este post) en la que pueden verse justo en el momento en que se están construyendo.

También en la misma foto puede verse a su derecha el Convento de las Carmelitas, que era en realidad lo que yo andaba buscando en esta foto (se puede ampliar un poco clickando sobre ella).
El gran paquete que construyó Quintín Bello al final de su vida profesional en el exterior de la ciudad es como el contrapunto a los dos espacios urbanos que abrió en su interior, y que como dije en el post de su presentación, constituyen lo más importante de su “legado”. No son ni edificios populares ni burgueses, y han acabado por ser los compañeros de viaje del pujante Logroño desarrollista que se representó a sí mismo en la Gran Vía a finales de los años sesenta.


La obra de Quintín es así de confusa, contradictoria, imperfecta y desnortada. Por eso creo que es un buen exponente para ilustrar la propia confusión por la que pasa la ciudad o por la que pasan los escritos sobre la ciudad.

Y ya puestos, hasta puede ser una buena ilustración para las reflexiones con las que abría el post de hoy en este blog.

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Jesús Angel García Gamarra me pasa (julio del 2015) desde Haro la información de que Quintín Bello fue arquitecto municipal de Haro antes que serlo en Logroño y que allí les dejó una obra maestra del modernismo en La Rioja: Calzados Prieto.











lunes, junio 11, 2007

EL QUINTO, QUINTÍN




En esta breve historia de los arquitectos de Logroño por entregas que voy haciendo en el blog, me había hecho a la idea, quizás por aquello del retruécano, de que el quinto arquitecto era Quintín Bello, pues tras el arranque de Maximiano Hijón, los reinados de Francisco de Luis y de Luis Barrón, la breve carrera de Agustín Cadarso, y justo antes del imperio de Fermín Alamo, ese puesto en la historia le cuadraba perfectamente él. Pero una cosa es el encaje de las épocas y otra los datos, y estos son tozudos: Quintín obtuvo el título en 1905, es decir, cuatro años antes que Agustín, por lo que en puridad no sería el quinto sino el cuarto arquitecto más antiguo de la ciudad. Pero bueno, como la historia es muy flexible y cada uno la escribe como le da la gana, yo le dejo como quinto, y me quedo tan ancho. De todos modos tampoco es por capricho porque si se mira por el otro lado, algún argumento hay: y es que si el quinto es el anterior del sexto, y el sexto fue Fermín (de eso no cabe ninguna duda), es a Quintín, y no a Cadarso, al que le toca soportar la fertilidad de su seguidor.

Mientras que Agustín Cadarso hereda de FdLuis el puesto de arquitecto provincial, Quintín hereda de Barrón el de municipal y lo ejerce desde 1909 hasta 1929, con un lapso de dos años (entre 1923 y 1925) en el que se vio afectado por un turbio expediente de inhabilitación al haber sido juez y parte en una obra del casco viejo. Como también hemos visto en algunos otros pasajes de la historia, tampoco Quintín jugó limpio con la herencia de Barrón pues puso su nombre debajo de algunas ideas y planos que había hecho su predecesor sin mayor escrúpulo (v El extraño caso de los almacenes municipales, o la paternidad del porticado de Muro de la Mata (p 50 y 51 del libro de Concha Cerrillo)). A diferencia de los toros, al final el quinto nos va a salir malo…

Llamémosle entonces Bello en vez de Quintín, a ver si cambiamos el carácter de sus recuerdos arquitectónicos. Y en efecto, desde la perspectiva de pobreza decorativa a que nos condujeron todas las modernidades del siglo, los pocos edificios de Bello que quedan en pié han alcanzado casi el carácter de monumentos histórico-artísticos (para los partidos de la oposición, sin casi).

El nombre de Quintín Bello aparece en cientos de expedientes de obras menores, elevaciones, reformas de fachadas, etc. en el Casco Antiguo y aunque buena parte de sus obras ya han desaparecido, aún se pueden ver unas cuantas casas suyas (las mejores, probablemente) y hacernos una idea de su estilo personal. Las pongo en orden cronológico:

1911: Bretón de los Herreros 52
1912: Teatro Moderno (desaparecido, pero muy fotografiado)
1912: Edificio de viviendas para la familia Martínez Zaporta en la plaza del mismo nombre.
1913: Av Navarra 7
1913: Sagasta 27
1914: chalet del Parque Gallarza
1924: Avda Paz 40
1924: Hnos Moroy 12
1924: Baños 4 y 6
1925: Avda Paz 44
1925: Sagastuy 9
1925: Puente 13
1926. Duquesa de la Victoria 34 (mi casa...)
1928: Pza Alférez Provisionales 2
1928: Rua Vieja 42
1930: Avda Paz 69

No es mucha obra si la ponemos en comparación con la que en esos mismos años levantaba Fermín Alamo, y también ya Gonzalo Cadarso (el séptimo) y Agapito del Valle (el octavo). Así que para la historia de la ciudad, las dos huellas más señaladas de Quintín Bello, y acabo así esta apresurada nota, son esas dos plazoletas de desigual fortuna que abrió junto a la calle Portales. La de Martínez Zaporta, en 1912, puso fin a la idea de enlazar Capitán Gallarza con Santiago que pretendía tejer un pequeño ensanche dentro del casco antiguo, y tiene aún el aire de esas operaciones pintorescas que proponía el urbanismo de Camilo Sitte. Los dos edificios con los que la configuró, el Teatro Moderno y la casa de los Zaporta con su torreón en esquina, le dieron un carácter que aún subsiste a pesar de la reciente sustitución del primero.



La de San Agustín, sin embargo, tiene un aire mucho más geométrico y cambió para siempre la escala y la forma de descubrir y contemplar el gran caserón de Espartero. El plano de ordenación que muestro abajo es de 1915 y Bello no tuvo mayor suerte en construir ninguno de los equipamientos públicos que se edificaron en lo que fuera el gran solar del convento de San Agustín. No creo en maleficios pero la historia reciente de esta manzana parece marcada por la desventura de este soso plano de alineaciones de nuestro quinto Quintín.


sábado, abril 07, 2007

PARA UN PASEO POR LA ARQUITECTURA DE LUIS BARRON EN LOGROÑO








Fede Soldevilla recogió el guante que le eché en LUIS BARRON/2 (ver 008 del Nuevo LHD) y se ha animado a organizar un paseo matutino y dominical de los Amigos de la Rioja con la documentación que allí dejé puesta para el día 29 de abril (festividad de San Pedro Mártir de Verona, patrón de mi pueblo, Anguciana).

Claro que…, no contento con mi colaboración, me pidió que le acompañara y diera explicaciones a los posibles asistentes… Ah, ah, ah, eso ya no, eso ya no; a menos que…, bueno, a menos que el paseo colectivo sirva también para cambiar los hábitos y evitar el BORREGOTURISMO. Igual matamos dos (o tres) pájaros de un tiro.

Para ello me he visto obligado a redactar el texto que sigue. Un texto pensado para que los visitantes lo lean detenidamente antes de la visita, aunque como muchos de los paseantes no tendrán internet, está pensado también para repartirlo en fotocopias y que lo lean después.

Resumo lo de los tres pájaros a matar:

1) no hacer borregoturismo
2) evitar el coger a la arquitectura por los estilos (al rábano por las hojas)
3) conocer la obra de Luis Barrón

PARA UNA VALORACIÓN DE LA ARQUITECTURA DE LUIS BARRON EN LOGROÑO

La primera pregunta que toda persona inicialmente interesada por la arquitectura se suele hacer respecto a un edificio que contempla y desea valorar es “de qué estilo es”. La causa de que se haga esa pregunta, y no otra, estriba en que los historiadores les han enseñado la arquitectura (y el arte en general) como una colección de objetos catalogados u organizados por unos “estilos” que más o menos se corresponden con unas épocas y unas formas decorativas.

Pues bien, como arquitecto, es decir, como experto en arquitectura y no en historia, yo les invito a Vds en la visita de hoy a olvidarse para siempre de esa pregunta: porque Vds han venido a ver arquitectura, no a estudiar historia. Y además porque esa “catalogación histórica” esa clasificación por “estilos” suele hacerse por lo general atendiendo a detalles menores de la arquitectura, es decir, a elementos superficiales, a detalles ornamentales o decorativos.

Desde hace casi un siglo los estudios y las teorías de la arquitectura ya dejaron atrás esa visión tan superficial de la misma para interesarse por la totalidad orgánica del edificio, por su estructura tipológica, su organización espacial, la calidad de sus espacios, volúmenes y elementos de composición, o por su inserción urbanística. Y sin embargo, los historiadores no se enteran (llevan un siglo de retraso) y siguen enseñando la arquitectura como una sucesión de estilos más o menos decorativos. Y como el calado social de la historia del arte impartida en las enseñanzas medias es tan poderoso, la gente que quiere acercarse a contemplar un edificio sigue haciéndose la maldita pregunta de los estilos y se queda tan contenta.

Lo mejor que pudiera ocurrir en el recorrido arquitectónico y urbano de hoy es que Vds corrigieran esa forma de ver y valorar la arquitectura. Y si la obra de Luis Barrón nos pudiera ayudar en ello, no me cabe duda de que el día va a ser muy provechoso y le vamos a estar muy agradecidos.

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Bueno, lo primero que hay que decir sobre Luis Barrón es que en Logroño apenas nadie se ha interesado por su arquitectura, y que los pocos historiadores que lo han hecho han pasado de largo, porque Barrón vivió en una época de confusión y mezcolanza de estilos llamada por la historia, “eclecticismo”, que antecedió a esa otra época decorativa más novedosa que todos conocen como “modernismo” -la de Gaudí, para entendernos, o en buena parte, la de Fermín Alamo, para entendernos a nivel local. Los pocos historiadores que se han acercado a la arquitectura en nuestra ciudad han reparado mucho más en la arquitectura de Fermín Alamo que en la de Luis Barrón, y sin embargo, y a botepronto, yo no me atrevería a poner a uno por encima del otro. Pertenecen a dos generaciones diferentes: la obra de Barrón abarca tres décadas: desde 1880 a 1910, y la obra de Alamo las tres siguientes: desde 1910 a 1936 (año en que como todos Vds. saben, muere por accidente). Y sus problemas van a ser distintos.

Barrón se pone a trabajar en una ciudad que acaba de romper el cascarón - metafóricamente hablando: que acaba de salir de la muralla. Antes que Luis Barrón, otros dos arquitectos habían hecho ya sus aportaciones a ese proceso de transformación y modernización de la ciudad: Maximiano Hijón y Francisco de Luis y Tomás. (Espero que Fede Soldevilla les prepare también un par de paseos por su obra). Y entre Luis Barrón y Fermín Alamo, otros dos arquitectos trabajaron también en la ciudad dejando una huella importante: Agustín Cadarso y Quintín Bello.

En seis nombres se resume la importante pero tortuosa transformación de Logroño, de ciudad medieval a la ciudad burguesa, y la primera época de los arquitectos Se los pongo por orden, a fuer de ser pedagógico:

Maximiano Hijón
Francisco de Luis y Tomás
Luis Barrón
Agustín Cadarso
Quintín Bello y
Fermín Alamo.

En los años de esplendor de Fermín Alamo, es decir, en los años veinte, iniciarán su carrera otros dos importantes arquitectos logroñeses, Agapito del Valle y Gonzalo Cadarso, pero esa es otra historia que contaremos otro día, pues tiene continuidad después de la Guerra Civil.

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Situado Luis Barrón en el contexto y devenir de los arquitectos de la ciudad, lo primero que cabe hacer es ver el conjunto de su obra en el planito que se adjunta y en el listado que se ofrece (v 008 en Nuevo LHD). Impresionante ¿verdad? Podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de un gran legado. Un legado, que como es lógico y natural se va perdiendo y transformando, pero que aún tenemos la suerte de contemplar hoy; y con el que aún tenemos la oportunidad de aprender arquitectura a día de hoy.

Ya sé que una vez conocida y apreciada su obra, muchos de Vds van a clamar porque se conserve y se embalsame para que la puedan conocer y contemplar nuestros hijos y nuestros nietos; pero ya lo siento, ya siento mucho decepcionarles, pero yo no soy de esa cuerda. Mi posición ante la vida y la historia es otra: lo que hay que transmitir a nuestros hijos y nietos no son momias sino valores. Mientras gozamos de los restos que de esa obra nos ha llegado, aprendamos todo lo que podamos de ella e intentemos hacer nuestros esos valores y transmitirlos. No es momento de entrar en honduras pero me gustaría decirles que la gracia de la arquitectura es que es un arte más vivo que la pintura o la escultura, más íntimo y más humano. ¿Y saben por qué? pues porque también muere. Porque a pesar de que se haga con voluntad de perennidad no escapa a la muerte, o escapa a ella con más dificultad que la pintura y la escultura. Y porque siendo así, se tiene que enfrentar a la muerte igual que nos tenemos que enfrentar nosotros: con la mayor dignidad posible. Transmitiendo lo aprendido, y no dramatizando. No lloriqueando.

Bueno, pues disfrutemos de la obra de Luis Barrón que aún podemos ver hoy en esta agradable mañana y aprendamos de Barrón, que para eso estamos.

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Durante la segunda mitad del siglo XIX y mientras caen esos cinturones de piedra que defendían y encorsetaban los cascos antiguos, se producen dos fenómenos arquitectónicos y urbanísticos absolutamente relevantes:

1) la configuración de un tipo nuevo de casa, y
2) la aparición de los nuevos equipamientos urbanos.

Ese es el momento que vive Luis Barrón y así es como hay que situar su trabajo.

En las ciudades con mayor crecimiento demográfico esas dos nuevas piezas arquitectónicas toman todo el protagonismo en los así llamados “ensanches burgueses”, pero Logroño no tuvo en esa época un gran empuje industrial y demográfico que le permitiera crear esas mallas de calles ortogonales de la nueva ciudad burguesa en las afueras de las murallas, y se tuvo que conformar con hacer un proceso más lento y modesto, y hasta podríamos decir, en mayor simbiosis con el casco antiguo existente.

Al no ser capaz de generar un ensanche exterior a su casco antiguo los arquitectos de Logroño fueron metiendo las nuevas casas burguesas -con planta en alforjas y fachadas de miradores-, en la gran calle Portales, en los huecos que fue dejando el derribo de la muralla y en las salidas del casco antiguo. Y ahí es donde vamos a encontrar la obra de Luis Barrón.

Al no generarse un ensanche, digo, Luis Barrón pensó en transformar el propio Casco Antiguo en lo más parecido a un “ensanche”, es decir, “ensanchando” sus calles (valga la redundancia) y creando sobre su callejero una malla lo más regular y ortogonal posible. Y esa es la esencia de su obra urbanística más importante: el Plano de Alineaciones de 1893 -que durante estos meses puede verse en la Iglesia de Palacio dentro de la Exposición La Rioja Tierra Abierta. (También puede verse publicado, aunque con muy mala impresión en la p 54 de la guía “Arquitectura de Logroño” del COAR).

No es momento de hacer una valoración de ese plano y de sus consecuencias, sino de entenderlo a la luz de lo que vengo diciendo. Y de entenderlo también como continuación de la obra emprendida anteriormente por Francisco de Luis y Tomás, esto es, la reordenación de la calle Portales y la creación de la calle Sagasta.

En esas dos calles podemos ver unas cuantas de las casas de Luis Barrón, y por supuesto, en los “Muros”. Tienen sus números en el listado para ir viéndolas, datándolas y comparándolas. Y más allá de los muros, en la Avda de Portugal y en los inicios de Calvo Sotelo y de Vara de Rey, es decir, en lo que pudieran ser los comienzos de un ensanche de verdad que no llegaría a cuajar, podemos aún contemplar las últimas casas que edificó Luis Barrón. Siempre ordenadas: con sus balcones, sus miradores, sus cornisas y sus portales, dispuestos según una geometría que se aleja de la espontaneidad más o menos popular de las casas del casco antiguo y con unas plantas en profundidad.

Junto a esa parte importante de su trabajo (las casas) vemos también lo más notorio de su producción, los edificios públicos (los después llamados “equipamientos”): el Instituto, el Matadero, la Tabacalera, el Almacén de la Tabacalera, y los desaparecidos almacenes Municipales (Bomberos) -que construyó ya Quintín Bello copiando sus planos (v LHDn73).

Y otra vez el mismo orden, el mismo empaque, la misma arquitectura que obedece a un principio de sujeción geométrica, por encima del cual las ventanas pueden ser así o asá, las rejas de los balcones más o menos historiadas, las cornisas más finas o más toscas, los paramentos más o menos modulados con cornisas, pilastras o cornisas, pero todos esos detalles, insisto, que a veces dependen de la suerte y de la colaboración de los gremios o del interés del promotor, son menos importantes arquitectónicamente que ese orden, y ese rigor geométrico que subyace en toda su obra. Ese orden que va creando un nuevo escenario urbano mucho más moderno y racional que el tradicional, espontáneo y aleatorio del organismo medieval.

Las fotografías de comienzos de siglo dan buena cuenta del enorme cambio que experimentó Logroño en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX, y ofrecen una nueva imagen de Logroño increíblemente hermosa. Una ciudad pequeña, pero muy bonita. Mucha de esa belleza se debe a la alegría y profusión de variados detalles decorativos superficiales; pero por debajo de todos esos detalles hay siempre una geometría y un orden que los estructura y sitúa convenientemente. Y el encargado de ese orden es el arquitecto. Esa fue la tarea del arquitecto de finales del siglo XIX: poner orden en la arquitectura para: 1) situar en ella sus piezas decorativas y ornamentales; y 2) generar un nuevo escenario urbano, una nueva ciudad. Esa fue la tarea que llevó a cabo en Logroño, Luis Barrón.

Y es de esperar que con esta visita, algunos ciudadanos de Logroño, amantes de su ciudad y de su arquitectura, conozcan y reconozcan de una vez por todas, el trabajo y la importancia del arquitecto Luis Barrón.

Y si además eso les sirve para ensanchar su forma de ver la arquitectura en general más allá de la preguntita de los estilos, pues eso que ganan.

viernes, enero 12, 2007

108. PATERNINA




Mucho se ha escrito estos años en periódicos y revistas sobre la llamada “arquitectura del vino” a fin de relanzar este sector económico e insertarlo en el sector turístico. Acaso porque afamadas estrellas de la arquitectura reciben sin cesar encargos de las bodegas más avispadas con objeto de hacer publicidad de sus marcas mediante el uso conjunto de sus nombres (también marcas) y la exhibición de sus malabarismos arquitectónicos.

En la relación entre nuestros grandes vinos y la arquitectura de nuestros días cabe casi todo, porque la alegría que da el primero pudiera justificar cualquier frivolidad de la segunda. Por eso me extraña que nadie haya reparado en la extraordinaria y singular arquitectura de los pabellones de las Bodegas Paternina de Haro, situadas al borde de la carretera entre esta pequeña ciudad (capital del vino de Rioja) y Casalarreina.

Yo suelo pasar mucho por allí cuando voy a por vino a la Cooperativa de Haro (ah ah ah, ya os mostraré otro día cómo están dejando a las Bodegas Gómez Cruzado…!!!! justo al lado de la Cooperativa) y siempre tengo que extremar la precaución para no salirme de la calzada ante la alegría o desenfreno que me produce la increíble locura de los pabellones de Paternina.

Como puede verse en el par de imágenes que muestro arriba, el orden general de la composición de los pabellones (una serie de unas diez o doce naves industriales a dos aguas con cumbrera perpendicular a fachada) y de la disposición de los huecos (tres por nave en calmada simetría) no muestran nada destacable. Las formas de las ventanas, quizás, tienen algo de singular pues me recuerdan a las de los pabellones municipales de Quintín Bello, o de los pabellones militares derribados en el plan Valbuena, o en fin, a las de tantas otras bodegas de finales del siglo XIX y principios del XX.

Desde el movimiento y la velocidad del coche, que es como se suele ver esta bodega, no es fácil fijarse en lo realmente singular de estos pabellones, esto es, la forma en que están dispuestas las hiladas de los sillares, inclinadas en un ángulo variable respecto a la horizontal (entre 45 y 60 grados) e incluso haciendo alabeos. Yo le he dado muchas vueltas a la cuestión, pero siempre acabo sonriendo y diciéndome que, o el arquitecto era un cachondo, o los canteros, el bodeguero y el propio arquitecto estaban ciegos de vino.

No tengo datos de la construcción de la bodega ni de experiencias parecidas con la sillería, así que agradecería que si alguien los tuviera me los hiciera llegar.

Lo que si tengo es un pesar, y es que la valla roja que le pusieron delante cuando la Bodega fue comprada por Marcos Eguizábal en aquella famosa liquidación de Rumasa, dificulta no poco la contemplación de tamaña excentricidad arquitectónica (y ensucia cualquier fotografía que se quiera uno llevar de recuerdo). Sería un logro que Eguizábal se diera cuenta de que, en cuanto a relación entre arquitectura y vino, su bodega le da mil vueltas a las tonterías que hacen los Calatravas, Gherys, Moneos, Hadides, etc, y quitara esa tonta valla, pues no parece que aumente mucho la seguridad de la bodega, y sin embargo sí que menoscaba (y bastante) el alegre y contagioso efecto de la contemplación de esa euforia que a algunos les llevó, o les puede llevar, del vino a la arquitectura, sin pasar por el turismo, el estrellato y el papel couché.

martes, octubre 31, 2006

73. EL EXTRAÑO CASO DE LOS DEPÓSITOS MUNICIPALES




Cuando investigando datos de arquitectura e historia de la ciudad, das de un modo accidental con un asunto turbio, próximo a lo delictivo, te entra un cierto temblor como si de repente tu tranquila lupa de paciente observador se hubiera convertido en la de un Sherlock Holmes. Es lo que me ha pasado con el desaparecido edificio de los Depósitos Municipales, un uso que parece encajar bastante bien con asuntos de misterio.

Recordemos su emplazamiento, justo a continuación de las Escuelas de Juanita Madroñero (v LHDn66) en esa calle nacida sobre el eje perpendicular a la Puerta del Revellín que, sin embargo, iba a morir enseguida al encontrarse con la diagonal del camino de Fuenmayor (hoy calle Sagastuy). Y recordemos su fisonomía: con el mismo esquema de pabellones y cuerpo central que el edificio de las Escuelas, a diferencia de la sobriedad de líneas de éste, los depósitos municipales se proyectaron con un poco más de alegría o movimiento en fachada y cubiertas, expresión de esa ciudad burguesa que empezaba a estar confiada en sí misma.

Si nos paramos a pensar en ese medio siglo que va desde el derribo de las murallas de la ciudad hasta la entrada del siglo XX, da la sensación de que la pequeña Logroño, incapaz de generar un ensanche burgués, se dedica a colocar extramuros todas los equipamientos de la nueva ciudad industrial, imposibles de situar en su casco histórico por más que derribaran los conventos. Justo al Este de la ciudad, se sitúan el Instituto Sagasta, el Hospital Provincial, El Cuartel de Caballería, y muy pronto, la Escuela de Artes y Oficios, el Colegio de la Enseñanza y el Servicio Doméstico. Y en el lado Oeste, además de las Escuelas de Juanita Madroñero y los Depósitos Municipales al que hoy prestamos especial atención, un frontón, El Gobierno Militar, el otro Cuartel de Infantería, la Guardia Civil, El Hospital Militar, La Beneficencia, la Cárcel, etc. Es impresionante ese gran esfuerzo urbano en equipamientos; un esfuerzo que va a vertebrar la ciudad durante casi todo el siglo siguiente.

Como tantos otros grandes edificios de finales de siglo en Logroño, el proyecto de los depósitos municipales lo realiza Luis Barrón en 1899. La aportación de Barrón es tan importante a esta ciudad, que parece increíble que no se haya escrito nada sobre este personaje y sobre su obra. Se sabe que fue profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios y hay de él una fotografía en la que aparece tocando la guitarra y cantando junto a otros compañeros de la Escuela (sólo por eso ya me resulta tan simpático y familiar). La calle que se construyó sobre el viejo camino que salía hacia el Oeste de la ciudad se llama Luis Barrón, pero no se le dedicó a este arquitecto sino a un homónimo, mediocre y refitolero “poeta” de mediados del siglo XX, que publicaba sus versos en la revista La Rioja Industrial. Según consta en el buen almacén de datos sobre arquitectura y arquitectos publicado por Inmaculada Cerrillo con el título de la “Formación de la Ciudad Contemporánea, Logroño 1850-1936”, Luis Barrón murió en 1909.

Y aquí viene el misterio, porque en 1915, con la misma fachada que había dibujado Barrón hay en el Archivo Municipal un proyecto firmado por Quintín Bello destinado a Escuelas -que también recoge I. Cerrillo en su libro (p 84 y 85) y que hasta describe detalladamente (supongo que a la vista de la planta) como si se hubiera construido. Obviamente la planta difiere en las funciones, pero el alzado es calcado del de Barrón. He leído la memoria del proyecto de Quintín y no menciona para nada el proyecto de Barrón, y sin embargo habla largo y tendido de la idoneidad del lugar elegido para la construcción de “sus” escuelas, es decir, el de los depósitos. ¿No se construyeron los depósitos de Barrón cuando se proyectaron? ¿cómo es que las escuelas de Quintín llegaron hasta nuestros días como depósitos?

Hay un par de datos más que abundan en la diversidad de usos de este edificio pero que no resuelven los misterios planteados. En los años cuarenta, y ante la saturación de las Escuelas vecinas, algunos de los depósitos se adaptaron como aulas; y en el momento de la demolición, a finales de los ochenta, buena parte del cuerpo frontal del inmueble estaba utilizado como cuartel general de los Bomberos.
Del momento en que se construyó y del extraño caso del plagio de la fachada no tengo más información, así que dejo el caso para algún otro investigador que no haga ascos a ejercer de detective.