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viernes, junio 23, 2006

35. BASILISCO





"Nace a partir de un huevo deforme, puesto por un gallo, fecundado por una serpiente e incubado por un sapo durante 9 años, por lo tanto al nacer guarda todas las características de sus progenitores, cabeza de gallo, cola de serpiente y cuerpo de sapo. El basilisco vive en el desierto que él mismo crea; con su mirada es capaz de romper piedras y quemar el pasto. El Basilisco exhala fuego, seca las plantas, envenena las aguas y mataba con su mirada; por lo que quien mirara a los ojos a un basilisco, moriría; pero si se veía reflejado en un espejo se mataba a sí mismo. Se dice que así Alejandro Magno mató a uno". Esto es lo que dice la "wikipedia" esa enciclopedia tan abierta y divertida que corre por internet. Como es sabido, nosotros usamos "basilisco" para decir que estamos "hecho un basilisco", o sea, cabreadísimos.

Pero el "basilisco" que hoy traigo al LHD no tiene nada que ver (bueno, algo sí...) con el animal mitológico ni con el cabreo: es un arquitecto milanés que se dedica a la fotografía, Gabriel Basilisco, que descubrí hace poco en la librería de la Trienalle.

Acababa de tomar nota sobre un libro de "Arquitectura Metafísica" (asunto que algún día comentaré) y el siguiente libro en llamarme la atención llevaba por título en letras grandes: "Gabriel Basilisco. Beirut 1991". Le eché una ojeada y me quedé sobrecogido.

Aunque nunca he estado en esa ciudad, por historias muy largas de contar que no caben aquí tuve noticias directas de Beirut a través de un compañero de escuela a mediados de los setenta, así que cuando sobrevino la terrible guerra que se libró en sus calles, la viví de una manera muy especial.
Tengo unos cuantos libros de fotos sobre ciudades reventadas por las guerras, especialmente alemanas y del norte de Francia, pero las imágenes son completamente distintas que las del libro de Basilisco. La ciudad como objetivo bélico empezó siendo cosa de la artillería y de la aviación, por lo que su destrucción tenía un carácter masivo. Las ciudades, edificios o barrios bombardeados pasan de la vida a la ruina en muy pocas horas. Beirut, sin embargo, fue el escenario de una guerra interna de metralla y pequeños morteros, por lo que el aspecto de su destrucción era completamente distinto: todos los edificios de las fotos de Basilisco estaban en pié, no quedaba un cristal, las casas estaban texturizadas por los impactos de balas, y en las calles completamente desiertas volvía a crecer la vegetación por entre las rendijas del hormigón y el asfalto. Me pregunté si lo que veía no era más "metafísico" que las fotos del libro anterior, pero dejé la indagación porque enseguida vi que la estantería estaba llena de "Basiliscos".

Por lo visto, el logro de ese álbum de Beirut debió de animar a este arquitecto milanés a meterse más de lleno en la fotografía arquitectónica y su producción parecía ser abundante: muchos libros de paisajes urbanos y temáticas de impacto visual, bordes de la ciudad, barrios grises, masificación, zonas industriales, etc. pero ninguno tenía la fuerza del de Beirut.

Bueno sí, uno sí; se titulaba "La ciudad interrumpida" y para mi sorpresa, estaba editado en Barcelona 1999 por Aktar. Pero quizás yo no sea objetivo en el juicio porque en realidad encontré reflejado en él una experiencia que acabábamos de vivir. Al volver de Como en tren, paramos en la estación de Puerta Garibaldi para ver un par de obras de Terragni cercanas a la misma, y al salir de la estación nos perdimos. Tratamos de cruzar la estación de un lado a otro y no había forma de encontrar el camino. Nos sacó de allí un guarda jurado después de dar varias vueltas por un siniestro parking y nos quedamos impresionados por la experiencia arquitectónica vivida:¿cómo se puede diseñar algo tan mal?¿cómo se puede hacer una estación de tren moderna que en vez de facilitar las conexiones y coser la trama urbana, las destroce?

Para más INRI, sobre la estación se alzaba un par de rascacielos postmodernos que trataban de llamar la atención de toda la ciudad con sus dos extravagantes sombreros. (¡ay! ¿no os recuerda esto a algo que se está tramando en Logroño?). La estación estaba hecha en 1963 y fue el resultado de un concurso que ganó un equipo de siete arquitectos. Las dos torres son obra de la arquitecta Laura Lazzari en 1989.

El basilisco fotógrafo que descubrí en la Trienalle no puede matar con la mirada, pero es curioso que su trabajo esté muy asociado con la muerte urbana. En Beirut o en Milán.

martes, junio 13, 2006

27. MILAN





Una semana en Milán con los alumnos de la Escuela de Diseño da para mucho. Sobre todo si ellos te dicen que Milán no da para seis días o que en Milán las horas se les hacen muy largas...

Ya es el cuarto año que organizamos para nuestros alumnos viajes de estudios de bajo coste y programa matinal obligatorio de visitas con cuaderno de viajes incluído. El primero fue a Florencia, por aquello de que allí nació “el artista”. El segundo a Londres, para recordar que en 1851 se cimentó en Central Park el diseño moderno. Y el tercero fue a Berlín-Dessau para rendir tributo a la Bauhaus. La elección de Milán para este cuarto año surgió del entusiasmo que le causó a Ignacio Martínez Zapater una visita que hizo allí el año pasado con Merce, pero en todo caso no había que rebuscar mucho para justificar el destino pues durante muchos años Milán ha sido considerada algo así como la capital mundial del diseño, y especialmente, como ciudad de referencia de esa otra capital del diseño en España que es Barcelona.

¿Qué es lo que buscaban los diseñadores catalanes en Milán? ¿Por qué les atraía tanto esta ciudad, al menos durante la segunda mitad del siglo pasado? Esa era un poco la pregunta que a mí personalmente me interesaba resolver en este viaje pues yo había estado en Milán un par de veces y a primera vista no me parecía para tanto. Siempre sospeché por ello que como los barceloneses tienen complejo de segundones, para ignorar a Madrid y seguir los dictados de su propio complejo, tuvieron que inventarse otra capital, y escogieron Milán, -una ciudad también segundona. Lo que pasa es que en ese tipo de elección, más que capitalidad buscaban complicidad y seguramente ese fue el origen de la epidemia llamada “hermanamiento entre ciudades” que ha llegado hasta los más recónditos rincones de nuestra geografía.

Siempre que voy a viajar o a estudiar una ciudad europea consulto antes el Braunfels, porque siempre da su quintaesencia. De Milán dice (pag 150 de mi edición de 1987) que “un destino decididamente trágico ha impedido que Milán, el más robusto organismo urbano de Italia, pudiera convertirse en ciudad-estado, en ciudad residencial (del poder moderno, se refiere) o en capital”. Lo cual, y para mi pregunta, sigue encajando más con lo del hermanamiento que con la idea de la capitalidad.

Guiados por el entusiasmo de Nacho fuimos recorriendo calle a calle y edificio a edificio el complicado entramado urbano de la ciudad, rememorando algunos viejos nombres y muchas imágenes de aquellas revistas tan atentas a las novedades arquitectónicas de los setenta. No mucha emoción, sin embargo. Luego probamos con las calles de las tiendas de la moda, a ver si por ahí la capitalidad se sentía más, pero tampoco; en Roma o en Los Angeles hay tanoto o más glamour.

La clave del hermanamiento creo que la encontré en la Trienalle, pues a pesar del espanto que seguramente les produciría a los catalanes el edificio de Muzzio (tan madrileño él que podría estar enfrente del Museo del Prado...), debieron descubrir allí que la capitalidad moderna consiste en dar premios para hacer Historia, y así supongo que nacieron los FAD y toda la parafernalia del diseño catalán. Me di por contento con la respuesta y creí más que justificado el viaje.

Otro día contaré cosas más concretas pero ya que últimamente las Guías de Arquitectura están tan de moda entre nosotros puedo comentar como sorprendente detalle de esta visita que en todo Milán no había ni una sola Guía de Arquitectura de la ciudad (!!!!!!!). ¿Se habrían agotado todas? ¿o ya no se dedican a dar premios y hacer Historia?

lunes, junio 05, 2006

23. A LA TERCERA...




La primera vez que visité los edificios de Aldo Rossi y Carlo Aymonino en el barrio Galleratese de Milán fue en 1979. Me costó encontrarlos en el extrarradio noroeste de la ciudad, y no me fue fácil llegar hasta ellos por entre descampados y pequeñas carreteras suburbanas. Pero una vez allí me olvidé del destartalado entorno y rendí culto a esa renovada arquitectura blanca de repeticiones indefinidas y a los escultóricos efectos de los complicados bloques marrones que la rodeaban. Eran edificios muy jóvenes pero ya estaban ubicados en todas las Historias de la Arquitectura pues sus autores las habían edificado sobre sesudos estudios acerca de las tipologías arquitectónicas y las morfologías urbanas (Rossi, La Arquitectura de la Ciudad) o documentados estudios sobre el urbanismo contemporáneo (Aymonino, Origen y desarrollo de la ciudad moderna).

Veintitantos años después, en la visita que hicimos en el Viaje COAR a Milán y Nápoles, un autobús con chófer local nos dejó en la misma puerta sin esfuerzo alguno de localización por nuestra parte, y aunque me percaté de que el entorno ya estaba construido, mi atención se centró en el problema de la entrada. Los dos bloques estaban ferreamente vallados y en el acceso de coches y vehículos había una garita con un portero y un cartelito que decía que no se permitía el paso a “stranieri”. Gracias a que unos alumnos de arquitectura del Politécnico de Milán habían colgado unos paneles sobre problemas de los barrios, conseguimos pasar sin mayor dificultad, olvidarnos del barrio y del problema del acceso, y sumergirnos colectivamente en el mismo culto al neorracionalismo rossiano y a la pre-postmodernidad aymoninesca. Como anécdota de aquella visita cabe recordar que el calendario del COAR del año siguiente se hizo a partir de una foto obtenida en uno de los porches de colorines del edificio de Aymonino que acababa de repintarse.

A la tercera, al fin, fue la vencida. Los cinco profesores y una alumna de la Escuela de Arte y Diseño de Logroño que nos llegamos hasta allí el miércoles de la semana pasada, tratamos de hacernos los despistados cruzando la misma puerta del cartelito de la otra vez, pero el portero nos echó para atrás con cajas destempladas por invadir una propiedad privada y... por maleducados. Lo intentamos nuevamente (esta vez con toda la educación del mundo) por la puerta que hay en el lado opuesto, pero el otro portero fue igual de inflexible y tajante: para poder entrar a los espacios intermedios de los bloques de Rossi y Aymonino hace falta un permiso especial de la Gestoría que administra la propiedad, -cosa muy complicada de conseguir cuando se está de viaje.

Imposible de penetrar en su interior, dimos una larga vuelta a la gran parcela de los famosos bloques, y mientras mis compañeros de viaje rumiaban la decepción de la visita caminando por los desolados espacios de aparcamientos y parterres de los bloques vecinos (desolados pero más amables que los famosos, pues al fin ya al cabo no nos cerraban el paso) yo iba, sin embargo, entrando poco a poco en la euforia del descubrimiento de un nuevo fiasco arquitectónico. Cegado por el culto a las formas que predican las Revistas de la Moda y las Historias de la Arquitectura, no me había dado cuenta en las visitas anteriores que los edificios de Rossi y Aymonino eran las piezas más ensimismadas de la zona y las más incapaces de relacionarse con otras, es decir, las más negativas haciendo ciudad. Con decir (o repetir) que las feas torres del entorno y sus destartalados espacios intermedios nos eran más amables, creo que ya está dicho todo.

Al alejarnos del lugar hice las dos fotos con que ilustro esta nota y pensé que cuando la redactara le iba a poner el título de una película que no he visto pero que acaso podría encajar con mi descubrimiento: “Vaya par de idiotas”: Saber tanto sobre la arquitectura y sobre la ciudad y hacer una cosa así es como para dudar de su inteligencia.

Pero me pareció un título un poco fuerte y hasta injusto. Quizás lo que buscaban con su trabajo era entrar en esas Historias de la Arquitectura de nuestro tiempo a las que la ciudad les trae sin cuidado. Y en eso sí que fueron listos.