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martes, octubre 23, 2012

WASHINGTON DC



Leyendo LA CIUDAD EN LA HISTORIA, me ha sorprendido que LEWIS MUMFORD, quien por lo general proyecta una visión muy universal sobre los procesos urbanos y no se detiene en ejemplos reales excepto para aspectos puntuales, de repente le dedique una lectura completa a la ciudad de WASHINGTON DC.

Me ha hecho ello recordar que yo también le dediqué un buen número de líneas y fotos a esta ciudad en un artículo escrito para ELHALL en noviembre del 2004. Aunque el buscador inquieto aún lo podrá encontrar en la web del COAR, me parece oportuno traerlo también aquí, sobre todo por la mejor calidad de las fotos. El texto lo copio y pego aún a sabiendas de que las alusiones más temporales tendrían que suprimirse. 



La ciudad de Washingon DC es una de las grandes ciudades olvidadas por la crítica de la arquitectura y por los arquitectos interesados en querer entender los misterios de este arte. Y sin embargo, creo yo que debería ocupar un lugar privilegiado en su atención: porque para un arquitecto vivamente interesado en la arquitectura, que el poder se llame Kerry o Bush es un asunto secundario (ya lo siento por el compositor de la canción publicada en el anterior hC...), pues la expresión más decisiva del Poder sobre la ciudad y el territorio no es un asunto limitado a los ídolos personales (tema que ocupa a toda la prensa política mundial que, por eso mismo, ya no es otra cosa que prensa rosa) sino un asunto de más profundo calado cuya interpretación bien puede pasar por la reflexión arquitectónica. Si la Capital del Mundo es Washington DC, y en eso parecía coincidir todo el mundo (por lo menos antes de las elecciones...) ¿cómo es que a los arquitectos nos interesa tan poco esa ciudad?


Como tuve la suerte de pasar toda una semana en una casa de Washington DC durante el pasado verano, y como me vi enormemente sorprendido por las características arquitectónicas de esa ciudad, he pensado que quizás podría contar algo de todo ello a los lectores de esta hojilla, e ilustrárselo con algunas de las fotos que hice. Quede claro que no soy ningún experto en la ciudad y que no la he estudiado más allá de lo que dan una semana de visita y la lectura de unos pocos libros. No trato pues de escribir una guía, ni una tesis, ni un tratado de historia, sino sólo un articulillo para elhAll.


Preparativos

Como preparación a mi viaje intenté leer por enésima vez "Lincoln", una de las peores novelas de Gore Vidal; tan mala, que en cuanto conseguí situarme en el decorado, volví abandonarla una vez más. Por lo menos me quedé en la memoria con la pintura de una ciudad de calles destartaladas y embarradas; con el Hotel Willard cercano a la Casa Blanca, donde hospedaron al recién elegido presidente Abraham Lincoln como a un perseguido; y con las explanada del Capitolio donde dio el discurso inaugural de la presidencia a una población rodeada de batallones de soldados expectantes ante un futuro incierto. Abandonado Gore Vidal (que por el apellido y el antibushismo pudiera ser pariente del autor de la canción mencionada...) el personaje de John Hay, secretario de Lincoln, que aparece en la novela repetidamente, me llevó al de su íntimo amigo Henry Adams, por lo que volví a retomar la también abandonada lectura de "La educación de Henry Adams", libro que describe mejor los valores de una época que su decorado. De mi formación urbanística saqué el plano de L´Enfant (foto de arriba) para Washington de 1791, y con tan escaso bagaje cultural y una guía turística de esas en la que todo es picoteo plano y sinsustancia, me llegué a la capital del mundo.


El alma de la ciudad

Una vez superados los gigantescos extrarradios y los cruces de autopistas que envuelven de un modo anodino y similar a cualquier ciudad de norteamérica (o de cualquier país ya) en llegando al centro, la primera impresión fuerte fue la de las proporciones del Mall. Debo decir que las primeras impresiones de las ciudades me causan siempre una huella muy profunda. No acierto a saber si es un asunto subjetivo o es algo fundamental pero lo que retengo con especial intensidad de todas las ciudades que he visto en mi vida, son siempre las primeras imágenes, los primeros momentos de la llegada.

La gran explanada verde que articula la ciudad, hoy Capital del Mundo, es un espacio verdaderamente único y desproporcionado; gigantesco. 


En primera instancia lo recorrimos en coche por sus laterales, claro está, y la sensación que daba la gente que paseaba por el cesped o las aceras era de pena o desolación. A la memoria me vinieron rápidamente algunas imágenes de las históricas manifestaciones multitudinarias que allí se habían celebrado en los últimos cincuenta años: la de los derechos de los negros con Martín Luther King a la cabeza, las de la oposición a la Guerra de Vietnam en tiempos de Johnson o las concentraciones contraculturales de hippies que salían en la película Forrest Gump. Ese espacio parecía pensado para eso, pensé, así que los caminantes por el parque se me antojaron figuras perdidas en busca de los autobuses después de una manifestación. La primera sensación que tuve es la de que no quería bajar del coche para andar y sentirme perdido en ese espacio tan inhumano.   

Con el mapa y la guía en la mano descubres que, amén de los hitos del poder en estilo greek revival que jalonan ese vasto espacio, los laterales del Mall (que así se llama, supongo que en recuerdo de aquel otro Mall londinense tan distinto y de proporciones tan domésticas), los laterales del Mall, digo, están efectivamente flanqueados por autobuses, pero no de manifestantes sino de los turistas que descargan en los numerosos, variados y bien dotados museos nacionales que allí se fueron instalando tras la estela del Smithsonian, un curioso edificio de 1855 llamado popularmente "El Castillo".


El último de estos museos, -inaugurado en estos mismos días-, está dedicado a los Pueblos y la Cultura de los Indios Americanos, y es tan feo que lo que podía ser un homenaje a los exterminados, parece más bien un insulto:



Su vecino, el de Aeronáutica no se queda atrás en fealdad arquitectónica, 


 pero como veremos enseguida, la competición por la fealdad en Washington es muchísimo más reñida que unas elecciones presidenciales.  


 El músculo

Como los museos no están entre mis aficiones y bajar del coche en el Mall daba miedo, decidí empezar la visita a la ciudad en la más urbana plaza de Lafayette junto a la fachada norte o principal de la Casa Blanca y junto a otro famoso Hotel, el Hay-Adams, resultado de la unión de las casas que H. H. Richardson proyectó para estos célebres amigos. Pero... ¡oh! decepción, de las casas y del viejo hotel ya no queda nada y el edificio clasicista que las sustituyó en 1927 tiene muy poco encanto. Puestos a ver cosas feas, en el lado oeste de la Casa Blanca está uno de los edificios que las guías señalan como de los menos afortunados de la historia de la ciudad, el Old Executive Office Building de 1875 y que aunque es un mamotreto en el que la desproporción entre sus volumenes y los órdenes clásicos que lo decoran es tan evidente, y el remedo del tejado tipo Louvre tan pueril, visto con la advertencia de la guía, casi que resulta simpático.


Y es que lo peor estaba por llegar; y no muy lejos. Por cualquiera de las calles que te muevas en un radio de un kilómetro desde la casa Blanca hacia el oeste, norte o este, la concentración de edificios postmodernos, fríos, torpes y pretenciosos es tan aplastante que casi añoras la "humanidad" del Mall. Como no daba crédito a lo que veía me puse a disparar fotos a diestro y siniestro para calibrar luego en casa con tranquilidad, la magnitud de la catástrofe. 






A diferencia de la variedad de alturas tan típica de los caóticos downtown de las ciudades americanas, en Washington parece haber una normativa estricta que limita la altura a los diez o doce pisos, lo que aún da más pesadez a las enormes fachadas de todos esos edificios de oficinas instalados en la proximidad de la casa del máximo mandatario mundial. En la calle tampoco suele haber mucha gente andando porque los ejecutivos u oficinistas se meten directamente en coche a los parkings de los sótanos y en las plantas bajas apenas hay comercio, así que si en el Mall el ambiente era desolado, aquí es opresivo. ¡Menudo descubrimiento de ciudad! me dije una y otra vez, ¡esto no se ve en ninguna otra parte del mundo! ¡menuda mina para mi catálogo de la fealdad!

Pronto descubres que el postmoderno no es el estilo único y que la cosa viene de atrás, lo mismo de un tardorracionalismo de mallas de hormigón


que de fachadas miesianas, 


y que se proyecta hacia delante con fachadas de mallas posteriores más depuradas tecnológica y arquitectónicamente. 


Como digo, el muestrario de edificios de este porte es muy abundante, así que lo que aquí se ilustra es tan sólo una pequeña muestra. 

Pero si hubiera que destacar dos edificios insignes en esta zona que resumirían el ambiente que trato de pintar, yo diría que uno es el de la sede del FBI,


cuyo volumen y dureza, verdaderamente dan pavor, y el otro el conjunto de edificios Ronald Reagan,


que es un enjambre de patios y fachadas clasicistas hechas en los noventa que inunda el espacio más próximo al este de la Casa Blanca confundiendo al urbanista con mayor capacidad de orientación. Por cerrar este capítulo tan espantoso, no estará de más echar un vistazo a la ampliación (1979-86) del famoso y mencionado Hotel Willard (también modificado respecto del original en 1901) para entender esa "virtud" tan postmoderna del "contextualismo".



En busca de los nombres

Llevados del vicio de seguir a los santos (Oh when the saints / go marching in...) nos dedicamos también a buscar un Mies, un Venturi, un Breuer, y un Pei, que toda guía que se precie da en catalogar como el "museo de la ciudad" o la ciudad como "museo".

El "mies" (Biblioteca Martin Luther King) no emociona más que por el loable empeño de que lean los negros desfavorecidos. 


Por lo visto, cada ciudad americana que se precie tiene su "mies" (vicio éste de coleccionar santos que a nosotros nos ha llegado cuarenta años más tarde), así que en la vecina Baltimore, no tardamos en descubrir que un edificio que se parecía mucho al Seagram de New York, también era un "mies" auténtico. Es decir, que mientras que los tontos de nosotros nos quedamos con lo de "menos es más", el genio de Mies se copiaba a sí mismo sin ningún rubor allá donde le viniera un buen encargo, completando su slogan más o menos así: cuanto menos invento, más me encargan.

Una de las cosas que me apetecía visitar en Washington era la Freedom Plaza (19) de Venturi 


situada en la famosa Avenida Pennsylvania tratando de resolver uno de esos difíciles espacios que dejara el plano barroco de L´Enfant. La Avenida Pennsylvania tiene de singular que era el eje visual que conectaba directamente la Casa Blanca y el Capitolio, es decir, los dos edificios más representativos de la ciudad. Y digo conectaba, porque, inexplicablemente, la construcción del Edificio del Tesoro (1836-1869) cortó la perspectiva justo al llegar a la casa Blanca. Pues bien, la plaza de Venturi no es sino un pavimento diseñado como homenaje a la propia ciudad y al propio plano de L´Enfant que en vez de dar vida a la poca vida de la plaza no hace sino museificarla aún más. Así como el cine más empalagoso es ese que no hace sino citarse a sí mismo en las innumerables escenas del cine, la arquitectura más tonta no es otra que la que también se mira al ombligo. Ya lo siento por Venturi, a quien tengo en gran aprecio.


Al sur del Mall, y en las avenidas que bajan hacia el río Potomac, busqué también el "Breuer" de Washington. Es un Ministerio de Vivienda y Urbanismo


y sus formas en planta y fachadas obedecen a ese brutalismo de hormigones tan antiurbano al que tan aficionado se hizo en su época de broker (véase mi reseña sobre Breuer en hC15 de elhAll77). Los efectos en la zona de tan magistral modo de entender la arquitectura son devastadores (por suerte no hay más espacio aquí para fotos...).


Un poco más contenido en el brutalismo, pero tan frío y duro como todo lo que venimos viendo, el famoso y exitoso I.M. Pei deja su firma en un conjunto de pesados edificios de oficinas y hotel que configuran la plaza L´Enfant dedicada al autor del plano de la ciudad. 


Tras este desfile tan glorioso yo prefiero dejar los santos aquí e invitar, a quien quiera seguir por esa vía, a visitar el American Institute of Architecs, donde grabado en piedra (22), al estilo del RIBA londinense, pero con mucha menor tradición, se exponen los nombres de los despachos premiados por la Asociación desde 1962 hasta el mismísimo 2004.





Uniformidad y kitsch

Obviamente, la ciudad que ahora vemos, tan acabada y completa como fría e insustancial, no siempre fue así. Además de la Guía de Arquitectura que siempre hay que comprarse, adquirí también uno de esos libritos de fotografías tan simpáticos que abundan en Norteamérica titulados Past and Present... (de la ciudad que sea). Las imágenes del ejemplar de Washington son abundantes y muy instructivas pues por un lado muestran el enorme esfuerzo que ha costado que cuajase un espacio representativo de la escala del Mall, y por otro muestran la desaparición del inicial contraste que antes había entre la arquitectura oficial y la arquitectura, digamos que, popular. Para hacernos una idea, y esperando que desde Washington no me reclamen derechos de autor, reproduzco un par de láminas en las que el contraste no sólo tiene que ver con el volumen edificado sino también con el color. Aunque sean en blanco y negro tengo por seguro que si la ciudad primeriza era multicolor, la ciudad oficial de hoy es terriblemente blanca y gris. 




La única referencia entre una y otra foto es la torrecita del Old Postal Building en el lado derecho de la misma.


Como cuentan las guías, Washington es una ciudad artificial nacida de un pacto entre caballeros independentistas por la búsqueda de la capital del naciente estado llamado Estados Unidos de América. Hecho el plano por un francés (faltaría plus) y establecidas las ubicaciones de los edificios más representativos, la principal decisión arquitectónica subsiguiente fue la de hacerlos blancos y en estilo griego. Citaba yo a mi tío Luis Diez del Corral en el artículo Puentes a México del hC23 de elhAll85, que a diferencia del riquísimo legado arquitectónico dejado por los españoles en su imperio, los padres de la patria norteamericana empezaron su singladura independiente en cuatro casuchas de Philadelphia. Así que la decisión de los ilustrados fundadores de la naciente democracia, con Thomas Jefferson a la cabeza, fue la de adoptar un estilo grandilocuente, frío, lejano e intelectual que sirviera de guía arquitectónica de la nueva nación. Pero lo curioso en Washington no es la decisión en sí misma, tan propia de finales del dieciocho. sino su pervivencia a lo largo de los dos siglos siguientes. Por citar la serie de los más edificios más representativos tenemos que la Casa Blanca es de 1792 y el Capitolio de 1793 y 1859:



 Los edificios del Tesoro de 1836 y 1919:


 El Lincoln Memorial de 1911 (por cierto, que la gigante figura de Lincoln sentado en su interior que tanto emociona a los norteamericanos, a mí se me antojó una patética diosa Palas Atenea trasplantada de siglo):


El famoso edificio de la Corte Suprema es de 1935, 


igual que el de los Archivos Nacionales, La National Gallery de 1941.

Y el Jefferson Memorial de 1943!!! (a falta de foto mía, la tomo prestada):


Es decir, que de ahí a la postmodernidad blanca, fría y pretenciosa no hay más que estirar la mano.


La arquitectura ha ido dando bandazos por todo el mundo en estos dos siglos, pero en Washington parece sin embargo congelada, lo que... , a la vista de lo que comento, parece mucho peor. Mientras que lo más fácil para la arquitectura a lo largo de los siglos ha sido representar al Poder Absoluto, desde los Médicis y los Papas hasta los emperadores españoles o los reyes sol franceses, con los poderes democráticos y financieros no parece que la arquitectura contemporánea tenga respuesta. 

En la zona norte de la ciudad y de Georgetown, las embajadas de todo el mundo compiten en extravagancia por hacer una arquitectura nacionalista que les represente ante el gran Poder del mundo. El muestrario que trae la guía es para espantar al más animado o... para emocionar a los aficionados al kitsch. A la vista de las fotos que se publicaron en la prensa del caserón estilo "loos" hinchado que Moneo ha dejado recientemente por allí en representación española, (y... de mi escaso entusiasmo por las andanzas de mi "maestro") ni que decir tiene que no me molesté en buscarlo. 

El impresionante edificio del Pentágono lo vi de lejos (no parece sitio para pasear) y en una ocasión en la que me perdí por las autopistas del Noroeste, en la boscosa ribera izquierda del Potomac descubrí los carteles que señalaban las entradas (restringida al personal autorizado) a la "ciudad" de la CIA. Estaba tan perfectamente oculta en el bosque que sólo los carteles ya daban miedo. Pero arquitectónicamente me los puedo imaginar...


Algunas cosas más que reseñar

Ya que hemos mencionado Georgetown, diré al fatigado lector que se trata de un oasis de vida urbana en esta inhóspita ciudad. Aunque como puede verse por la foto del edificio "Washington Harbour" que abre Georgetown al río, tampoco está libre de calamidades.



Otro foco de vida, aunque algo más destartalado, es Dupont Circle, uno de los puntos radiales del plano de L´Enfant situado al norte de la Casa Blanca. En el extrarradio pueden encontrarse también algunas zonas con vida. Sólo tuve ocasión de conocer Bethesda, situada muy al norte, donde el ambiente de terrazas y restaurantes no tiene que envidiar al de ninguna ciudad normal y alegre.


Volviendo a los edificios, la famosa Biblioteca del Congreso (la más dotada del mundo, dicen) está instalada detrás del Capitolio en un edificio de estilo ecléctico a la francesa sin mayor interés arquitectónico que su prodigalidad decorativa y el gran espacio de la sala central. No creo que merezca ilustración para la pintura que estoy haciendo aquí. 

Pero el que sí la merece, porque me pareció muy curioso y extravagante, es el edificio ¡con fachada de ladrillo rojo! del Museo Nacional de Arquitectura (1882), pues posee un juego de escalas interiores y una mezcla de lenguaje clásico y lenguaje tecnológico de enorme granero, con galerías corredor interiores como las que pintaban Rossi y Grassi, verdaderamente sorprendente. Además, contenía varias exposiciones temporales de arquitectura muy interesantes.


Otra curiosidad singular es la de una gran catedral gótica (la sexta más grande del mundo) construida durante este siglo y acabada en 1990, ubicada lo suficientemente lejos del centro como para no ir.


Lo que si vale la pena visitar es la Gran Estación Central de ferrocarril, del tipo de las grandes estaciones norteamericanas, de las que ya quedan muy pocas (New York, Philadelphia). Es sorprendente cómo conserva su vieja dignidad en el país del transporte por automóvil. Una dignidad que tiene su continuidad en la gran escala y el tratamiento severo (excesivamente severo en la iluminación) de las estaciones del nuevo metro. 


Para acabar la visita a Washington nada mejor que ir a los orígenes de su nombre y fundación bajando cincuenta kilómetros hacia el sur para ver en Mount Vermont la hacienda del general de la guerra de la independencia y primer presidente de los Estados Unidos, George Washington. El juego compositivo de huecos en la fachada me hizo recordar los mejores pasajes de Complejidad y Contradicción de Venturi, aunque la anécdota de la visita fue descubrir la divertida imitación de la sillería a partir de la construcción tradicional en madera. El escenario, aguas abajo del río Potomac, es grandioso.


Conclusión

La pintura que aquí hago no tiene nada que ver con el antiamericanismo tan en boga en nuestros medios de comunicación "institucionales" (a mí me encanta Norteamérica) y mucho menos con el antibushismo patológico en que ha caído la sociedad "bien-pensante" española una vez que parece haberse curado del "antiaznarismo" (aunque a muchos todavía les dure después de siete meses). Washington tiene alcalde demócrata desde hace décadas y la victoria de Kerry sobre Bush en las últimas presidenciales en su ámbito territorial fue aplastante, así que es evidente que la progresía de sus gobernantes y de sus habitantes es perfectamente compatible con la pintura urbana tan desolada que he abocetado aquí.

Cuando por la consulta de un médico pasa un paciente con una enfermedad extraña, no voy a decir que se alboroce, pero sí que se interesa vivamente por ello y que incluso llama a los colegas para decírselo y compartirlo. Yo diría que en el caso de Washington me pasa algo similar: me parece una ciudad muchísimo más interesante para la visita y el estudio del arquitecto interesado en los problemas de la arquitectura de su tiempo, que muchas otras de las que se visitan con asiduidad. 


miércoles, enero 17, 2007

111. ARQUITECTOS ESTRELLA




El ataque a los arquitectos-estrella empieza a ser tan lugar común entre los arquitectos aficionados a la escritura, que creo que me voy a salir rápidamente del redil y voy a empezar a asumir su defensa.
Hace ya tiempo que Fernández-Galiano juega con la doble baraja de vivir de los arquitectos estrella (un arquitecto-estrella es un invento -o un producto- de los medios de comunicación de la arquitectura) y de darles de vez en cuando algún tizonazo para… -digo yo-, reivindicar su autoría: los creadores siempre se vuelven celosos cuando las masas se adueñan de sus productos. Unos meses atrás, William Curtis se paseó también por aquí dando estocadas a los arquitectos-estrella para vender mejor su libro de la arquitectura moderna (v LHDn71). En nuestro hAll, qué digo nuestro…, en elhAll de la Junta de Domingo, los voluntariosos Gaspar Aragón y Pablo Larrañeta se despachan a dúo en su apocado y abstracto estilo contra el espectáculo de los arquitectos estrella. En el periódico de Polanco, el miércoles 10 de enero, un arquitecto llamado Salvador Moreno Peralta publicó un bien escrito artículo titulado ingeniosamente “El Lugar soy Yo”, en el que les “daba pal pelo” a esos arquitectos que les da igual poner sus chismes en la zona cero que en Triana (bueno, a ese no le daba muy duro, porque parecía de la casa); etc. etc. etc.

Para empezar con la defensa, el primer argumento que se me ocurre es desmontar la novedad. Los arquitectos-estrella no son un invento de ahora, sino que se remontan al siglo XV (por lo menos). Lo único que ha cambiado es la autoría del producto: antes se fabricaban en los exclusivos canales de comunicación de la aristocracia o la iglesia, y ahora en los mass-media. En la primera mitad del siglo XVI a Miguel Angel se lo disputaban los duques y los cardenales con la misma ilusión que tienen ahora los alcaldes por conseguir una obra de Zaera o Gehry. Y cuando lo conseguían, lógicamente Buonarroti “hacía suyo el lugar” en vez de ponerse a su servicio. La invención del “artista” y su evolución histórica son asuntos que están perfectamente documentados y no es cuestión de abrumar a sus señorías con ejemplos, así que la única diferencia que cabe observar entre los primeros “artistas” y los últimos “arquitectos-estrella” está en relación con su facilidad de desplazamiento (que no es poca). La estrecha correlación (o complicidad) entre la vanidad de los príncipes y la de los creadores es exactamente la misma.

Me llama la atención por ello que el actual rebaño de detractores de los arquitectos-estrella utilice como argumento contra éstos la “honestidad” de los artistas de la modernidad. Amén de las citas que pudiera hacer de las cosas que dicen nuestros compañeros más próximos, o las que decía Curtis a la prensa, presento como prueba el final del mencionado artículo de Salvador Moreno Peralta en el diario de mayor tirada de el país: haciendo referencia a los “apóstoles” del Movimiento Moderno afirma muy solemne que “quizás se pasaron de fundamentalistas o de ingenuos en su pretensión de lograr un arte total, pero por lo menos nadie les pudo negar su decencia”.

Hace un par de años pasé una mañana en Baltimore, ciudad norteamericana próxima a Washington DC, y al poco de salir de su “rehabilitado” puerto para ver los edificios de su interior (y buscar la tumba de Poe, que era nuestro objetivo fundamental, dicho sea de paso) topamos con un rascacielos (ver foto) que nos movió a la sorpresa: cooñó, si es como el Seagram, ¡vaya cara! Estos americanos copian arquitectura como los tanos las ropas de marca.

Picado en la curiosidad, compré una guía de arquitectura de la ciudad en una de las pocas librerías que encontramos al paso, y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el “Seagram” de Baltimore era obra de…, ¿a que no se imaginan Vds quién? pues de… ¡Mies van der Rohe! si señor, el mismo Mies van der Rohe del Seagram original de Nueva York en Park Avenue. Era Mies el que se copiaba a sí mismo. Las condiciones de ubicación de uno y otro no tenían nada que ver pero el edificio era clavado. O primo gemelo. ¿Quién iba a imaginar que hubiera un Mies en Baltimore? No lo había visto en ninguna historia de la arquitectura. (Por si alguien quiere datos, se llama One Charles Center y es de 1962, es decir, cuatro años después del exitoso Seagram).

O sea que…¿nadie les pudo negar su decencia…? Será porque nadie se haya puesto a hacerlo, pero no por la honestidad con el lugar de algunos de ellos. Bueno, nadie no, hablando de los maestros del “movimiento”, ahora recuerdo que también escribí algo sobre Breuer mucho antes de que Peralta enviara su artículo al El País (ver elhalln77, cuadernillo hc15; si no lo ha quitado el COAR estará aún en internet).

Concluyo: no voy a ser yo quien me enfade porque se les atice a los arquitectos-estrellas, pero en la carga no vale todo. Y lo que menos, defender a unos santos frente a otros porque sean los nuestros. Como antaño con las vírgenes en los pueblos.

viernes, diciembre 01, 2006

95. MIES VAN DER ROHE



He vuelto a Mies por un día. Me compré las tres conversaciones que la GG vende por diez euros y he pasado un buen rato con ellas. Lo poco que había leído antes de Mies (lo poco que había escrito Mies) me había parecido bastante flojo, pero en unas conversaciones, pensé, quizás encontraba alguna perla. Y las había, ya lo creo.

“La arquitectura me ha interesado toda mi vida y he intentado conocer lo que se ha dicho de ella. La arquitectura expresa la esencia verdadera de su tiempo. Es una cuestión de verdad. ¿Cómo podemos averiguar, conocer, y sentir la verdad?”.

También había datos y anécdotas sobre algunos edificios y sobre su propia vida. Hace tiempo que leí la biografía de Neumeyer sobre Mies y no recordaba que había nacido en Aquisgrán. Me ha alegrado saberlo pues como conté en el LHDn49, el verano pasado pasé por allí.

Más perlas para el collar (cito mis subrayados):

¿Cree que el pensamiento de quienes buscaban la verdad en otros tiempos es aplicable a hoy?
Sin duda, estoy seguro. Existen ciertas verdades que no se agotan. Podría haber leído otros libros, mucha poesía u otras cosas, pero no lo hice. Leía libros donde pudiera encontrar la verdad acerca de ciertas cosas.


Primero me influyeron los edificios antiguos. Los miraba; no conocía a sus autores ni sabía qué eran… la mayoría era edificios sencillos.


Mi filosofía arquitectónica procedía de la lectura de libros de filosofía. No puedo decirle en qué momento lo he leído aunque sé que lo he leído en alguna parte: la arquitectura pertenece a la época y no al tiempo, a la época de la verdad.


Sé que nos encontramos en la época de la ciencia y de la tecnología, así que esa era la dirección a seguir.


A veces rechazaba cosas que me gustaban mucho, cosas que quería de corazón, pero cuando estaba más convencido, cuando tenía una idea mejor, más clara, entonces la seguía.


La razón es el primer principio de toda obra humana (cita a Sto Tomás de Aquino). Una vez captas eso, actúas en consonancia. Así que rechazaría todo aquello que no fuera razonable.


Lo que intento desarrollar es un lenguaje común y no ideas personales. Creo que es el tema más importante de todo nuestro tiempo: no tenemos un lenguaje común.


Si fuera subjetivo, sería pintor, no arquitecto. (O escritor, imagino).


En una época en la que hay confusión ¿qué otra cosa nos guiaría sino la razón? Este es el motivo por el que, desde principios de la década de los veinte hemos intentado encontrar con tanto empeño la manera razonable de hacer las cosas. Había gente con mucha fantasía e intereses escultóricos en la época del Jungendstil y el Art Nouveau. Todos eran más o menos fantasiosos, pero entonces había muy pocos que fueran razonables. Ya desde bastante joven me decidí por lo razonable.


Las notas del libro también nos traen alguna otra perla proveniente de sus conferencias que perfectamente se puede encadenar con las anteriores: La Bauhaus era una idea y creo que el motivo principal de la enorme influencia que ha tenido en el mundo se ha de buscar en el hecho de que era una idea. Una resonancia tan amplia no puede conseguirse sólo con organización, ni con propaganda. Sólo una idea tiene fuerza para extenderse tanto.


No siempre ha salido Mies bien parado de mis razonamientos pero hoy tengo que decir que en estos tiempos emociona leer cosas así. Especialmente, si como ayer mismo Thom Mayne presentaba su ganadora y gigantesca torre retorcida para Paris con titulares y frases tan rimbombantes y huecas como ésta: “la tecnología es un modo de pensar y está al servicio de una idea”(ElPaís 29nov06 p46). Es decir, si estas conversaciones se leen ante la arquitectura y los textos de “nuestro tiempo”.

(La foto es de otro rato con Mies: el que pasé con mi mujer y mis hijas en la biblioteca Martin Luther King de Washington DC en el verano del 2004).

jueves, noviembre 16, 2006

84. MUROS



Mientras estaba recopilando material para un clase sobre el “muro” encontré el otro día en la red un excelente artículo titulado “muros y lamentaciones” cuyo enfoque poco tiene que ver con los aspectos constructivos o expresivos a los que uno puede referirse en la clase de Elementos de Composición, pero cuya lectura me parece muy recomendable para ampliar nuestra estrecha perspectiva arquitectónica. O incluso, para entender que también todos esos muros de las lamentaciones son arquitecturas sometidas a nuestra consideración. Está en http://www.lacoctelera.com/elquiciodelamancebia/post/2006/11/09/muros-y-lamentaciones-

“Los muros siempre fueron odiosos…”, frase con que comienza dicho artículo no es muy feliz, y el anónimo articulista parece escribir todo que lo sigue para reparar tan lamentable comienzo. Pero los apaños que hace son de índole funcional, es decir, mentando los beneficios que todo muro reporta; o ético, denunciando la hipocresía de los que denuncian los muros de los demás mientras construyen los suyos. Los muros crean a la vez que separan y protegen a la vez que dividen, así que cuestionarlos es como darse de cabeza contra un muro -y nunca mejor dicho. El problema está en cómo diseñarlos, o aún más, en cómo decorarlos.

Se odia a ciertos muros porque nos dejan afuera, porque son feos, porque son muy grandes y porque pudieran expresar la maldad de quienes los levantan. Pero también hay muros muy felices. En los apuntes de las primeras clases que dio Moneo en la Escuela de Barcelona, allá por el invierno de 1972, guardo preciosos recuerdos de muros. Los que envolvían la iglesita de San Cebrián de Mazote, por ejemplo, que el profesor traía a colación para que entendiéramos mejor esos otros muros modernos de la Casa Winkler de Wright o de la casa de la exposición de Berlín de 1931 de Mies van der Rohe, que salen de su interior para trabarlas con la naturaleza exterior como si se tratara de las amarras de un barco. O esos otros muros del pabellón de Barcelona que parecen estar bailando suelto con los pilares y el techo para crear (y no definir) unos espacios que no quieren ser ni exteriores ni interiores.

Seguramente fueron los últimos muros bonitos. El propio Moneo vaticinaba ya en aquellas clases que la arquitectura muraria estaba en trance de desaparición y que el único futuro que le veía al muro era en la arquitectura industrial. (En mis apuntes hay una anotación a lápiz sobre esta frase aludiendo a la fábrica de transformadores Driesde de Zaragoza, una de las primeras, mejores y más desconocidas obras de este dudoso arquitecto que juega a estar en el star sistem y a que digan que él no, que él no).

Ante el agotamiento moderno por reinventar muros y espacios -como hicieron los neoplasticistas-, o por hacerlos expresivos a partir de su construcción –como en la antigüedad-, o simplemente por decorarlos -esa actividad proscrita por los bien-pensantes del progreso-, los muros empezaron a dar vergüenza y se hicieron transparentes; pero muros y al fin y al cabo. Se usó el eufemismo de llamarlos “cortina” como a aquel famoso “telón de acero”, pero ni por esas. Seguían siendo muros. ¡Y qué muros! Dejaban ver, pero no dejaban ni respirar. Convirtieron al mundo en mirón y llevaron a decir ¡ay! que los opacos eran odiosos.

Pero los muros de cristal no han sido los últimos. Al anónimo autor del artículo que menciono para abrir esta nota, le dejé un post diciéndole que ese gigantesco foro de “comunicación” llamado internet está construido sobre los muros que levantan todos aquellos que escriben ocultando su nombre. Si dicen que lo importante es la opinión, y para darla no encuentran barreras gracias a la ocultación de su nombre ¿cómo es que les importan tanto los muros de hormigón?

Ese muro que impide ver al opinante (ese muro que convierte al hombre en insustancial opinión) me recuerda a otros muros urbanos que también he odiado mucho: fueron los que se hicieron en nuestras calles cuando se empezaron a quitar los nombres en los porteros automáticos. Convirtieron a los vecinos en simples ocupantes.

Ya ven: si se busca entre los que pueden verse, hay muros muy bonitos e interesantes; y si se busca entre los odiosos, muchos más muros que los que se ven.