miércoles, enero 17, 2007

111. ARQUITECTOS ESTRELLA




El ataque a los arquitectos-estrella empieza a ser tan lugar común entre los arquitectos aficionados a la escritura, que creo que me voy a salir rápidamente del redil y voy a empezar a asumir su defensa.
Hace ya tiempo que Fernández-Galiano juega con la doble baraja de vivir de los arquitectos estrella (un arquitecto-estrella es un invento -o un producto- de los medios de comunicación de la arquitectura) y de darles de vez en cuando algún tizonazo para… -digo yo-, reivindicar su autoría: los creadores siempre se vuelven celosos cuando las masas se adueñan de sus productos. Unos meses atrás, William Curtis se paseó también por aquí dando estocadas a los arquitectos-estrella para vender mejor su libro de la arquitectura moderna (v LHDn71). En nuestro hAll, qué digo nuestro…, en elhAll de la Junta de Domingo, los voluntariosos Gaspar Aragón y Pablo Larrañeta se despachan a dúo en su apocado y abstracto estilo contra el espectáculo de los arquitectos estrella. En el periódico de Polanco, el miércoles 10 de enero, un arquitecto llamado Salvador Moreno Peralta publicó un bien escrito artículo titulado ingeniosamente “El Lugar soy Yo”, en el que les “daba pal pelo” a esos arquitectos que les da igual poner sus chismes en la zona cero que en Triana (bueno, a ese no le daba muy duro, porque parecía de la casa); etc. etc. etc.

Para empezar con la defensa, el primer argumento que se me ocurre es desmontar la novedad. Los arquitectos-estrella no son un invento de ahora, sino que se remontan al siglo XV (por lo menos). Lo único que ha cambiado es la autoría del producto: antes se fabricaban en los exclusivos canales de comunicación de la aristocracia o la iglesia, y ahora en los mass-media. En la primera mitad del siglo XVI a Miguel Angel se lo disputaban los duques y los cardenales con la misma ilusión que tienen ahora los alcaldes por conseguir una obra de Zaera o Gehry. Y cuando lo conseguían, lógicamente Buonarroti “hacía suyo el lugar” en vez de ponerse a su servicio. La invención del “artista” y su evolución histórica son asuntos que están perfectamente documentados y no es cuestión de abrumar a sus señorías con ejemplos, así que la única diferencia que cabe observar entre los primeros “artistas” y los últimos “arquitectos-estrella” está en relación con su facilidad de desplazamiento (que no es poca). La estrecha correlación (o complicidad) entre la vanidad de los príncipes y la de los creadores es exactamente la misma.

Me llama la atención por ello que el actual rebaño de detractores de los arquitectos-estrella utilice como argumento contra éstos la “honestidad” de los artistas de la modernidad. Amén de las citas que pudiera hacer de las cosas que dicen nuestros compañeros más próximos, o las que decía Curtis a la prensa, presento como prueba el final del mencionado artículo de Salvador Moreno Peralta en el diario de mayor tirada de el país: haciendo referencia a los “apóstoles” del Movimiento Moderno afirma muy solemne que “quizás se pasaron de fundamentalistas o de ingenuos en su pretensión de lograr un arte total, pero por lo menos nadie les pudo negar su decencia”.

Hace un par de años pasé una mañana en Baltimore, ciudad norteamericana próxima a Washington DC, y al poco de salir de su “rehabilitado” puerto para ver los edificios de su interior (y buscar la tumba de Poe, que era nuestro objetivo fundamental, dicho sea de paso) topamos con un rascacielos (ver foto) que nos movió a la sorpresa: cooñó, si es como el Seagram, ¡vaya cara! Estos americanos copian arquitectura como los tanos las ropas de marca.

Picado en la curiosidad, compré una guía de arquitectura de la ciudad en una de las pocas librerías que encontramos al paso, y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el “Seagram” de Baltimore era obra de…, ¿a que no se imaginan Vds quién? pues de… ¡Mies van der Rohe! si señor, el mismo Mies van der Rohe del Seagram original de Nueva York en Park Avenue. Era Mies el que se copiaba a sí mismo. Las condiciones de ubicación de uno y otro no tenían nada que ver pero el edificio era clavado. O primo gemelo. ¿Quién iba a imaginar que hubiera un Mies en Baltimore? No lo había visto en ninguna historia de la arquitectura. (Por si alguien quiere datos, se llama One Charles Center y es de 1962, es decir, cuatro años después del exitoso Seagram).

O sea que…¿nadie les pudo negar su decencia…? Será porque nadie se haya puesto a hacerlo, pero no por la honestidad con el lugar de algunos de ellos. Bueno, nadie no, hablando de los maestros del “movimiento”, ahora recuerdo que también escribí algo sobre Breuer mucho antes de que Peralta enviara su artículo al El País (ver elhalln77, cuadernillo hc15; si no lo ha quitado el COAR estará aún en internet).

Concluyo: no voy a ser yo quien me enfade porque se les atice a los arquitectos-estrellas, pero en la carga no vale todo. Y lo que menos, defender a unos santos frente a otros porque sean los nuestros. Como antaño con las vírgenes en los pueblos.