(publicado en La Rioja el 24 de octubre de 1998 e incluído en EL RETABLO DE AMBASAGUAS, COAR, Logroño 2000)
Todos los logroñeses estamos contentos de volver a tener El Espolón con nosotros, de atravesarlo en nuestros recorridos o de poder sentarnos un rato en sus bancos a disfrutar de ese magnífico espacio que une la ciudad vieja con las primeras expansiones externas a sus muros. Muchos están además contentos porque El Espolón se ha puesto un traje nuevo, y le siente o no le siente bien, es nuevo, y eso es siempre motivo de alegría. Otros elogian las farolas fernandinas porque saben que están bien, y se evitan preocupaciones por entender o por probar diseños novedosos. A muchos les gusta también que esté desmesuradamente lleno de luz, porque así parece que el centro de la ciudad está siempre de fiesta. Dentro del pesimismo con que yo acogí las obras en aquel artículo titulado “A corazón abierto”, (La Rioja 31 de octubre de 1996) ya decía que a pesar de tantas cosas como no me gustaban del proyecto, el Espolón iba a sobrevivir, y ahí está.
Hay motivos de contento para muchos, desde luego, pero también he podido oír en la calle o leer en este diario comentarios de duda, incertidumbre y desasosiego de gentes cuya sensibilidad va más allá de la alegría del traje nuevo, de la complacencia con lo conocido o de la euforia del derroche. Estas personas se fijan en el suelo y empiezan a decir que no les gusta, o que lo encuentran raro, y las veo que se quedan como pensativas preguntándose por qué: pues en realidad las losas son nuevas, y son de granito del mejor y han costado mucho dinero.... Sus dudas son parecidas a las de aquellos que oyen una lengua extranjera y no la entienden, pero notan en el tono de quien habla algo raro y poco amistoso.
Sin ser un experto, yo entiendo algo del lenguaje de las piedras, así que he paseado por El Espolón para escuchar sus murmullos y traducirles a esas personas con cierta sensibilidad lo que las piedras dicen. Porque las piedras dicen cosas, ¿saben?, las piedras no son mudas: hablan constantemente acerca de quienes las cortaron y colocaron. El oficio de arquitecto y el de comitente de las obras es de los más arriesgados que existen porque cuando las cosas se hacen mal las piedras hablan mal de uno durante años y años. Aunque cuando se ha sido amoroso con ellas, también hay que decirlo, cuando se las ha sabido entender y colocar, cuando se ha respetado su ser, también las piedras lo agradecen durante siglos, e incluso milenios.
Pues bien, las piedras de El Espolón dicen muchas, muchísimas cosas, algunas que casi no entiendo por mi falta de conocimiento de su idioma y otras que sí. Lo más claro que las he oído decir, y que les puedo traducir a los logroñeses, es que están muy enfadadas porque se les ha tratado como si fueran las baldosas o los azulejos de un suelo vulgar, y que no están dispuestas a soportarlo. Que gritarán y se romperán, que se levantarán por un lado o por otro para que nos demos tropezones con ellas o se hieran los niños al caer y que además, nos ofrecerán su rostro más feo y enfadado mientras vivan.
Yo, al principio, no quería dar crédito a lo que oía porque era muy fuerte y porque yo quiero mucho al Espolón, pero me temo que tienen toda la razón. Las piedras de El Espolón han sido colocadas como si fueran los azulejos de una azotea y no como piedras que son, así que no es de extrañar que vayan a dar mucha guerra amargando nuestros paseos y nuestros descansos en ese magnífico lugar.
Y es que la piedra es un material noble, pesado y muy duro que exige un trato de respeto y de distinción para cada una de las piezas que se llevan a la obra. Hay que entender por ello que a la piedra no le gusta que le corten en piezas estandarizadas de la misma dimensión, porque es cierto que así se parecen al azulejo o al terrazo. Y mucho menos que la troceen en cientos de piezas informes para adaptase a los caprichosos dibujos de un compás sobre el papel. La piedra tiene su orgullo, ¡vaya si lo tiene!, y amenaza con manifestarlo. Porque la piedra, después de muchos siglos de arquitectura, se había ya acostumbrado al cincel y a la bujarda del cantero y no admite que la corte indiscriminadamente un simple albañil con la rotaflex -esas máquinas de discos cortantes que emiten un chirrido horrible y levantan una irrespirable nube de polvo- como a un vulgar gres cerámico, dándole formas impensables para ella.
Tampoco le gusta a la piedra estar tan cerca una de otra y sin un poco de bisel y una sensata junta por medio, porque si su colocación no es perfecta, ó en cuanto se muevan un poco, va a sobresalir una sobre la otra mostrando una hiriente arista. No le gusta configurar, -también me dicen-, unos planos geométricos con rasantes lineales, encuentros en arista para los pasos de peatones y cambios de pendientes tan exagerados, porque la piedra es material orgánico que quiere una expresión más suave y alabeada. Está ofendida ante tantos cortes y adaptaciones a las numerosísimas tapas de registro que alteran sus formas y dibujos, y que dejan unas juntas chapuceras. No está contenta tampoco con la cara lisa que le han dado, que ni muestra las posibilidades del brillante pulido, ni las rugosidades propias de su naturaleza. ¿Y qué es eso de tener que andar a juego con unos adoquines rojos prefabricados ¡y encima artificiales!?
Alguien se ha equivocado con el granito de El Espolón, alguien que ha pensado que la piedra no tiene alma, ni tradición , ni estilo, ¡ni orgullo!, y que piensa que por encima de la piedra está la técnica que él maneja, la técnica de la gran sub-base de hormigón sobre la que pegar baldosas y la técnica de la rotaflex para amoldarlas a su gusto. Pues, bien, de eso se queja la piedra, y eso es lo que murmulla, y eso es lo que probablemente algunos logroñeses sensibles y de oído fino han empezado a advertir.
Y hasta ahí, de momento, lo que he podido oir al noble granito, porque a la vista de desatinos más evidentes, como las formas y dibujos superficiales en que están colocadas en algunas partes, - por ejemplo en el tramo de Vara de Rey-, siguiendo directrices o ejes ajenos a cualquier racionalidad, o como la falta de sentido geométrico de la mayor parte de los encuentros entre piedra y adoquín, eso cree la piedra que ya no lo tiene que decir ella, porque es tan claro, que lo tienen que ver hasta los más recalcitrantes complacientes con el estreno, el conformismo formal y el derroche. O hay que tener la vista muy gorda para no verlo, y la sensibilidad muy abotargada para no darle importancia.
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miércoles, junio 16, 2010
EL MURMULLO DE LAS PIEDRAS
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Ubicación:
Logroño, La Rioja, España
jueves, noviembre 09, 2006
79. LOS ZAPATOS DE LA CIUDAD


Mi madre me tenía dicho que lo más importante en el vestir son los zapatos. Lo que te pongas encima da igual siempre que vayas bien calzado, -me aconsejaba. Y viceversa: ya puedes llevar el traje más nuevo y elegante del mundo que si te fallan los zapatos estás perdido.
Pues bien, últimamente vengo diciendo lo mismo de las ciudades: para distinguir entre las elegantes y las zafias, lo mejor no es fijarse en los edificios sino en los pavimentos de sus calles y de sus plazas.
Como en otros muchos asuntos importantes, buena parte de lo que sé de pavimentos lo aprendí en mi experiencia como arquitecto municipal. Eran años en los que empezaban a correr las subvenciones para acabar con las sufridos “encementados” del primer desarrollismo y yo me puse alegremente a diseñar pavimentos para mi ayuntamiento. Como en Nájera no teníamos una baldosa standard para las aceras y en Logroño tampoco, pronto reparé en lo importantes que eran Madrid, Barcelona o Bilbao por el hecho de tener esas modestas baldosas grises de diseño propio que les dan su singular carácter. Si, por ejemplo, unos secuestradores me sacaran del maletero de un coche y me dejaran tirado bocabajo en una de esas tres grandes ciudades, antes de levantar la vista del suelo ya sabría en cuál de ellas me habrían dejado. No es poco saberse en un lugar por el pavimento. (Por cierto, qué inteligente es el diseño en opus reticulatum de las aceras de Madrid para resolver las esquinas y los encuentros).
Como el dinero seguía fluyendo alegremente a los suelos y todos los ayuntamientos españoles ponían los pavimentos más caros del mercado, viajando viajando también empecé a reparar en que cuanto más importantes eran las ciudades más modestos eran sus pavimentos. Para mi asombro y aprendizaje descubrí que las aceras de París son de asfalto y las de Nueva York o Los Angeles de hormigón (igual que el famoso encementado de nuestros años pobres, aunque mucho mejor hecho). La elegancia no siempre es un asunto de dinero, sino de dignidad del material, sobriedad en su empleo, buen diseño, etc. Cierto que las grandes losas de piedra de los suelos de Salamanca y Santiago de Compostela, o las de Leipzig, Berlín y Milán (por mencionar algunas de las últimas ciudades que he visitado), tienen un empaque que quita el hipo; pero la gracia acaso esté más del lado de ese sencillo adoquinado irregular de la cultura portuguesa de solados, una cultura o un modo de hacer que, transplantado a su gran colonia transoceánica, dio sus frutos más famosos en la singulares pavimentos de Burle Marx que pudimos ver en el LHDn45.
Mientras todo eso veía y aprendía, en Logroño no paraban de ponerse pavimentos caros, horteras, variados y distintos para cada acera, cada calle y cada plaza. Pavimentos que se han roto o cambiado con una facilidad pasmosa en los últimos veinte años sin que la cosa parezca mejorar. Ya tengo escritos algunos artículos sobre el particular que me viene bien recordar: la reforma del pavimento de El Espolón lo traté en “A Corazón Abierto” y “El murmullo de las piedras”, y la de los alrededores del Instituto Sagasta en “La reforma de la Glorieta del Doctor Zubía”. De la importante pavimentación de la Plaza del Mercado, sin embargo, nunca escribí nada y siempre la he usado en clase para mostrar a mis alumnos lo que nunca se debe hacer, así que ya es hora de que lo cuente más allá del aula.
La historia de la pretendida y nunca lograda plaza mayor de Logroño es muy larga y las soluciones de su urbanización muchas y variadas. A nivel espacial nunca fue posible encajar una plaza porticada, empezada en un solo lado, con un caserío medieval y con la catedral de la ciudad, así que toda la responsabilidad del orden urbano fue recayendo en las sucesivas propuestas de urbanización, bien con fuentes, con árboles, con chismes o con parterres. Al llegar la moda de las plazas duras, algunos arquitectos muy ingenuos (o muy ignorantes) pensaron que con solo enlosar ya era suficiente. Y así les fue.
Cogieron como referencia los arquillos y trazaron una malla cuadriculada sobre la que colocaron un adoquín negro en la zona cercana a los mismos, y las mismas losas un poco más allá con un cierto lío de juntas. Y así hasta completar el espacio a pavimentar.
Se respetó algún árbol aislado de la anterior urbanización para tranquilizar a los ecologistas, se inauguró, y todos tan contentos.
Por lo visto soy el único en esta ciudad que se ha fijado que las líneas del pavimento están puestas en diagonal sobre la gran portada barroca de la catedral. Cuando se lo cuento a los alumnos o los amigos no se lo creen y van allí a comprobarlo. Algunos se echan las manos a la cabeza y me preguntan si eso es obra de un arquitecto o si fue cosa de los albañiles a los que se les dejó trabajar por libre.
Recientemente uno me dijo que si a los diseñadores se les quitaran puntos del carnet como a los malos conductores, al que hizo eso le tenían que haber caído los doce puntos de un golpe. Sería un poco duro -le contesté-; es mejor que la gente se dé cuenta del error, se aprenda de él y se cambie el pavimento; sobre todo, mientras siga habiendo dinero para ello.
Nota: véase la addenda publicada en diciembre del 2006
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jueves, septiembre 07, 2006
45. ROBERTO BURLE MARX

Preparándolos bien, los viajes pueden aportarnos no pocos frutos por anticipado. Pero si se quiere que esto ocurra, hay que huir (como de la peste) de la enorme avalancha de guías turísticas, revistas de viajes y periodismo en general, en las que todo, absolutamente todo, es igual de interesante.
En cuanto a frutas arquitectónicas, uno de mis recursos preferidos son los cuadernillos "Itinerario" que fue publicando la italiana Domus durante buena parte de los años noventa. Eran unas separatas de tres o cuatro hojas en las que se maridaba a un lugar con un arquitecto exponiendo una selección de las obras de éste en aquel con comentarios más o menos certeros y datos y mapitas de localización perfectamente fiables. Los afiliados al COAR tienen la suerte de que una buena mano los sacó de las revistas y los colocó en carpetas específicas, así que, escogido cualquier destino, es muy fácil dar con aquellos que nos puedan interesar.
Preparando el viaje a Brasil que vamos a hacer la próxima semana, di así con la figura de Roberto Burle Marx (1909 - 1994), un arquitecto - paisajista - jardinero y urbanizador completamente desconocido para mí, cuyos trabajos en los pavimentos y parques de Río de Janeiro y de algunos edificios de Brasilia parecen haber creado toda una cultura o una idiosincrasia urbanizadora en aquel país que el viajero poco avezado (y no digamos el periodista o el escritor de guías turísticas) no acierta jamás a entender ni a describir.
Tirando del hilo, encontré luego un artículo de Iñaki Abalos en el n 304 de la revista Arquitectura (bastante pesado, por cierto -como casi todo lo que escriben los arquitectos) en el que, en cuanto a influencia cultural, equipara la figura de Burle Marx con la del mismísimo Olmsted. Los compañeros que vienen a Brasil (en este viaje que también pasará a la historia por la vergonzosa negativa del COAR a apoyarlo) ya tienen en sus manos abundantes fotocopias de ese material, así que si saco esta nota en el LHD es porque este mismo verano, de garbeo por la biblioteca del COAR, me encontré con la sorpresa de que se había adquirido recientemente para sus fondos un libro con excelentes fotos y abundantísimas y coloreadísimas ilustraciones de toda la obra de Burle Marx. Sin ir más lejos, la foto de la playa de Copacabana que traigo aquí (y donde casualmente estará nuestro Hotel en Río) está sacada de ese libro.
No quisiera anticiparme a valorar su obra, pero dada la gran cantidad de anodinos jardines que se han hecho en Logroño durante los últimos años y las toneladas de losas que sin gracia alguna se han puesto, se están poniendo, y se van a poner en breve por nuestros suelos; la posibilidad de conocer y de aprender de la experiencia brasileña y de la figura de Burle Marx me parece de lo más oportuna.
Compartida la fruta encontrada, os prometo a la vuelta un poco de su mermelada.
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