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viernes, febrero 23, 2007

135. ARCO 2007










Ayer cuando fui a buscar alguna de las fotos que hice de los Proyectos Finales de Carrera de la Escuela de Harvard con la intención de ilustrar los retorcimientos que los ordenadores le están haciendo a la arquitectura (es decir, para demostrar lo fácil que es manejar los ordenadores y lo difícil que es entender la arquitectura), me encontré, justo al lado de la que puse (v LHDn134), esta otra con la que abro el LHD de hoy, que es igual de extraterrestre, es decir, que podría perfectamente estar también en ARCO, pero que está hecha sin ordenador. Ello me llevó a pensar (recordar) de inmediato, que no sólo son los ordenadores los que están haciendo daño irremisiblemente a la arquitectura, sino que es la “así llamada” pintura, o el “así llamado” arte, el que desde hace mucho tiempo la está matando.

Yo voy a ARCO más o menos regularmente desde hace años, o más bien, desde que estoy en la Escuela de Arte, para ser precisos. Y si al principio pude ir con ese mismo espíritu con el que van todos los alumnos y profesores de arte de España, espíritu que tan acertada como divertidamente denuncia Alberto Adsuara (http://www.albertoadsuara.blogspot.com/) en el magnífico comentario de su blog “Por amor al arte” (escena propia de Un Mundo Exasperado de González Sáinz con estilo bernhardiano), enseguida cambié mi enfoque y empecé a ir como arquitecto, es decir, con el espíritu de un antropólogo que fuera a misa.

Ya en el Manual escribí mi postura sobre la relación entre arquitectura y pintura (v pag 171 y ss) así que no es cosa de repetirme aquí. Pero la cita de Félix de Azúa en la que me apoyaba, es impagable, y necesita repetirse cuantas veces haga falta: “tras una perfecta inversión de las jerarquías, fue la propia pintura la que pasó a dominar y determinar el espacio arquitectónico y a construirlo según sus propias leyes” (v Diccionario de las Artes, voz Cuadro).

En ARCO puede verse que la “pintura”, en tanto que fluido pigmentado aplicado sobre un soporte, va ocupando cada vez menos espacio en la “producción de nuevas imágenes”, siendo sustituida por una mezcolanza de otros procedimientos, a veces regresivos (materias, collages, efectos escultóricos, etc,) o las más de las veces, tecnológicos: fotografía, hologramas, computadores, videos etc.

Yo creo que, bien prevenido contra la religión del arte, es interesante echar de vez en cuando una ojeada al mercadeo de imágenes; sobre todo para un arquitecto, pues además de que la producción de formas es para él algo así como una gimnasia de su propio trabajo (Le Corbusier), también es normal que en el curso de su profesión se vea en la necesidad de incorporar algunas de ellas en sus espacios: para decorarlos, alterarlos, o significarlos.

Prueba de que aún es mejor el primer ejercicio que el segundo, lo pude ver este fin de semana pasado en Madrid.

1) en la exposición de la fundación COAM, descubrí que detrás de la siempre sorprendente arquitectura de Francisco Asís Cabrero (le hice una foto a su retrato para fijarle personalmente en la memoria), había un importante rastro pictórico.

2) en las obras de la ampliación del Museo de Prado, pude ver una vez más a mi “maestro” Moneo perdido ante el “arte”, incorporando en la puerta de su edificio (foto 3) a una “artista”, Cristina Iglesias, que como ya está por encima de Arco y de la Arquitectura, se exhibía en el Palacio de Cristal de el Retiro con textura similar a la de la puerta para Moneo pero en marrón (foto 4) a la que el folletito llamaba pomposa y estúpidamente “Espacio para Habitar”.

No es tan difícil desenmadejar el actual desorden jerárquico entre pintura, ordenadores y arquitectura. Con sólo sobornar a media docena de periodistas influyentes (descartando a Verdú, por supuesto, que ése es un converso al arte) está hecho. A ver si se enteran en los Colegios de Arquitectos y las Escuelas de Arquitectura.

(Dedicado a mi amigo Monchito, arquitecto, por las sonrisas de desdén que nos causó a algunos su sorprendente embeleso por el “arte”)

martes, octubre 24, 2006

68. FERNANDO AMAT




El lunes 8 de octubre hubo en nuestra Escuela inauguración solemne del nuevo curso y del nuevo nivel educativo en el que han puesto provisionalmente al diseño. Vino el presidente de la comunidad a hacerse fotos para la prensa y Fernando Amat a dar la conferencia. No sé si el primero saludó al segundo, creo que no (al menos yo no lo vi), pero desde luego no se quedó a escucharle. Amat estuvo simpático; aclaró de entrada que él era un “botiguer” (tendero) y no un profesional del diseño, y encandiló a la audiencia con la modernización y el lanzamiento que él y su hermano hicieron de Vinçon, la tienda familiar. El comercio en nuestra ciudad es uno de los sectores más conservadores, retrógrados, faltos de ideas y reacios a la innovación, así que el relato de su experiencia fue sumamente refrescante y hasta esperanzador. Tratando de ponerse al nivel del acto se enredó luego en frases redondas, fórmulas simplonas, deseos teóricos, pequeñas gracias visuales y mucho powerpoint, pero por suerte no se alargó mucho. En el vinillo que siguió a la ceremonia se corrió la voz de que Amat quería ir por la tarde a ver las nuevas bodegas de Calatrava y Gerhy, pero como buenos funcionarios de la enseñanza todos teníamos ya algún compromiso en la recámara para la disculpa. Fue entonces cuando me acordé de la silla que le había hecho Carlos Riart para su casa en la Pedrera y de la satisfacción que siempre me ha producido contemplar aquel objeto, así que pensé que era muy injusto por mi parte no corresponder.

Comimos con moscas en las Escalerillas, decisión arriesgadísima por mi parte porque ese restaurante ha traspasado ya los niveles medios de tolerancia a la mugre, pero Amat lo aguantó bien y hasta incluso le hizo gracia. (El problema es que en estos casos nunca sabes qué es tolerancia o qué es cortesía). Llegando a los postres le felicité como catalán por el nuevo producto estrella que va a relanzar la alicaída imagen de aquella región (y que esperamos que llegue pronto por aquí), es decir, Ciutadans, pero puso mala cara y dijo no saber nada. Lástima, -pensé-, se me había olvidado que era un “botiguer”.

Mientras él hacía fotos a la bodega de Ysios, yo me escandalicé un rato mirando cómo se está destruyendo con las dichosas bodegas (sean de diseño o no) el hermoso paisaje que rodea a Laguardia. Me acordé que hace no más de diez años, en una visita a aquella zona con José Angel González Sainz, se maravillaba éste de la limpieza del paisaje. Ya no es el mismo.

En Elciego la visita tuvo una doble historia porque mientras Amat hacía fotos y se entusiasmaba con los brillos y colorines de las olas de las chapas de titanio, yo me encontré sin saberlo con el show que se estaba preparando para la inauguración real del día siguiente. La ertzaintza tenía detenido a un tipo por hacer fotos al edificio desde demasiado cerca, tipos siniestros rastreaban las cunetas con perros policías, vallas de cañizo intentaban ocultar la vista del edificio a los curiosos, y los jardineros iban y venían de sus furgonetas a la bodega con tiestos y demás verderío provisional. Al final la ertzaintza nos aconsejó que fuéramos a un par de miradores que hay desde el pueblo, y aceptamos encantados la sugerencia.

En el primero de los ellos intentamos pegar la hebra preguntando a los vecinos por una espantosa explanación recién hecha junto a la carretera, pero la respuesta fue otra pregunta: ¿no serán Vds policías secretas, no? El mismo tipo se respondió a sí mismo diciendo que tanto le daba, pues si éramos secretas de verdad en ningún caso lo iba a saber y nos aclaró que la explanada en cuestión era una pista recién hecha para el aterrizaje de los helicópteros del rey. A Amat le hizo mucha gracia que nos confundieran con polis: “cuando se lo cuente a mis hijas se van a reír un montón”. Varias veces me preguntó qué opinaba yo del Gehry que estábamos viendo pero entonces, cosa poco habitual en mí, me salió también la vena de botiguer.

Cuando regresamos a Logroño hacía tan buena tarde que me dio pena dejarle solo en su hotel, así que llamé a Rosalía para dar un paseo y tomarnos juntos un helado. Visitamos ya de noche la Gran Vía que acababa de estrenar esas lucecitas del suelo con las que parece una pista de aterrizaje e hicimos unas risas y unos lamentos sobre su diseño. Para cumplir con el rito de todo anfitrión riojano le regalé tres botellas de vino, de las que dos se rompieron sobre el granito del Espolón por el mal cierre de la caja de cartón. Y finalmente, nos despedimos, claro está, deseándonos lo mejor.

Siempre me sorprende que los personajes importantes sean tan elementales cuando ejercen de turistas. Se ve que el turismo nos iguala a todos, y por lo bajo. Por eso, aunque la conferencia no estuvo mal y pasé una agradable tarde en su compañía, creo que voy a seguir recordando a Fernando Amat por la silla que le diseñó Carles Riart.


martes, septiembre 12, 2006

48. LECCION INAUGURAL





Nada más oportuno e interesante para los amantes de la arquitectura que empezar el curso escolar con una Exposición en el COAR que sugiere ser una nueva llamada a repensar la forma en que habitamos la tierra, y que, al decir de Heidegger, es como pensar en el modo en que somos.

Iñigo Jáuregui ya había hecho junto con Carlos Muntión una exposición de fotografías en el COAR a propósito del lamentable estado de las iglesias abandonadas de nuestros pueblos deshabitados, exposición que siempre podremos revisitar gracias al cuadernillo hC13 que le dedicó elhAll75. Pero aquella muestra, titulada Patrimonium Pecuarium, en la que amén de ruinas se podía ver el impactante contraste de vacas y caballos en el interior de las iglesias, por haberse realizado asociada a unas Jornadas de Intervención en el Patrimonio podría haber desviado la atención del visitante hacia asuntos tradicionales de denuncia, incuria, conservación etc.

No es el caso de la que se inauguró el pasado jueves 7 de septiembre, pues esta vez las fotos se exponen sin otro motivo que el propio empeño del autor por mostrarnos lo que él ha ido viendo en su permanente deambular por nuestros montes. Un empeño que, en mi parecer, apunta a algo más allá que la recreación fotográfica (es decir, artística), pues como muy bien dijo Jauregui en la inauguración, el visitante tendrá que perdonarle que algunas de las fotos no tengan la calidad mínima de una exposición de fotografía.

Recién instalado en Logroño como arquitecto, y mientras vivía ese largo e incierto periodo de aprendizaje en la profesión acerca de todo aquello que no nos enseñan en las escuelas, tuve la suerte de conocer a Luis Vicente Elías y compartir con él y con un equipo de filmación formado por Luis Brox (y Sra), Luis Fatás y James, un par de inolvidables jornadas en Lasanta, La Monjía y Ribalmaguillo, preparando un video para un Congreso sobre Pueblos Abandonados que se iba a celebrar en Madrid ese mismo año. La gracia del video consistía en mezclar las imágenes de la desolación con los sonidos llenos de vida que hubieran podido oírse en esos lugares, pero mientras ellos se afanaban en las tareas propias del video yo, como aprendiz de arquitectura, aguzaba el oído para escuchar otro tipo de cosas que aún parecían decir aquellos restos de casas, calles e iglesias.
Casi nunca nos damos cuenta de lo que nos dicen cuando lo oímos por vez primera, pero si persistimos en la escucha, es posible que alcancemos sentidos más profundos. Asistí a aquel Congreso, animado por gente como Peridis, Mario Gaviria, el propio LuisVi y una divertida fauna alternativa, visité en solitario varias veces aquellos pueblos abandonados del video y otros muchos más de nuestra provincia, y hasta empecé a recopilar información en una carpeta que…., por cierto, un día se la dejé a Rebeca, la antigua directora de La Rioja del Lunes (luego periodista de sindicatos) y aún no me la ha devuelto: me dijo que le habían encargado hacer un reportaje los de EL PAIS para el suplemento dominical, pero creo que al final no hizo nada. Y casi mejor, pues no creo que éste sea un asunto de basura periodística.

Seguí el rastro de los pueblos abandonados durante años, digo, pero el momento en que se me abrieron los oídos a su mensaje, y ahora que lo pienso, el momento en que me gradué verdaderamente en arquitectura, me llegó en 1995 de la mano de un artículo que me envió José Angel González Sainz y que tuve la suerte y honor de publicar en la portada del número 2 de El hAll: El merodeador. De vuelta de la inauguración de la exposición del pasado jueves lo releí con la emoción propia de una revelación y volví a reafirmarme en la profundidad y el alcance de la lección (también puede encontrarse en el n34-35 de la revista Archipiélago).

Así que, en esta vuelta a la actividad, y ante un nuevo año seguramente tan alocado en arquitectura como los anteriores (si no más), se me ocurre ofrecer aquella postrera lección de mi graduación como lección inaugural de este curso y como la mejor guía posible para visitar la exposición de fotos de Iñigo Jauregui que estos días puede verse en el COAR.