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lunes, junio 20, 2016

AUTONOMIA Y TURISMO. AMÉN



(en el verano del 2005, antes de la aparición de los blogs, la revista Piedra de Rayo me pidió una colaboración sobre la Exposición de la segunda muestra o certamen La Rioja Tierra Abierta que se celebró en Nájera. Tuve el honor de comparti cartel con otros dos grandes críticos y observadores del evento, Iñigo Jauregui Ezquibela y Demetrio Guinea. Los tres artículos aparecieron en el nº 18 de Piedra de Rayo y yo ya me había olvidado de ello. Así que lo reproduzco aquí con algunas de las fotos que hice en mi visita)


El hombre es un animal sacralizador: a poco que se emocione con algo, -sea la silueta de un monte, una historia curiosa o un personaje singular-, rápidamente se inventa una  leyenda, organiza un rito o levanta un altar para conmemorar su entusiasmo. O en estos nuestros tiempos, y sin ir más lejos, saca la cámara y dispara una foto para eternizar el motivo de su sorpresa y alegría.

Con todo, por encima de sus hallazgos están sus propias invenciones; así que el rango superior de su capacidad sacralizadora recae en las ideas y divinidades que imagina: ideas y divinidades a las que, de inmediato, reserva siempre los mejores lugares y erige sus mejores construcciones.

El problema es que cuando esas invenciones caen en desgracia, el abandono o la ruina de los edificios a ellos consagrados producen un extraño desasosiego. Al observador de nuestro tiempo le cuesta imaginar que algunas de las más significativas iglesias y los más grandes conventos llegaran en su momento a convertirse en cuadras, almacenes o ruinas. Pero así fue ciertamente, y una investigación seria y una exposición bien documentada sobre el grado de deterioro y abandono al que llegó nuestro patrimonio religioso, depararía no pocas sorpresas y mucho conocimiento.

Si algunos de esos edificios consiguieron llegar hasta nosotros fue porque la Historia del Arte, hija natural de esa Ilustración que hizo caer en desgracia a santos y dioses, dio en coleccionar y sacralizar otra vez aquellos edificios antaño sagrados, y aceptó reinstalar en ellos a sus dioses y santos primitivos para darles mayor rigor histórico; y sobre todo, porque recolocó en ellos a sus sacerdotes, para asegurar un mantenimiento barato y para que todo pareciera mucho más real -como en los museos etnográficos.

Pero ni en San Millán de la Cogolla ni en Santa María la Real de Nájera, las exiguas comunidades religiosas que los volvieron a ocupar pudieron hacerse cargo de tan inmensos edificios, y durante el siglo XX los habitaron con más pena que gloria. Dineros públicos y arquitectos rancios o iluminados venían caprichosamente desde Madrid de la mano de la Dirección General de Bellas Artes, a rasgar aquí o a reponer allá, al son de las diversas teorías de la restauración.

Con el invento de Autonomía como nueva diosa fin de milenio, nuestros viejos y sagrados lugares -de la religión primero, y de la Historia del Arte después-, han pasado a ser también lugares sagrados de esa Autonomía que ahora los ofrece a propios y a extraños con la doble vitola de señas de “nuestra identidad” (histórica) y “máquinas de hacer dinero” (turístico).

La reapertura de Santa María la Real de Nájera para la nueva diosa político turística, respetando los derechos de los curas y con los permisos y las bendiciones de los historiadores del arte, ha supuesto unas cuantas operaciones estéticas de performance en este verano del 2005 que es preciso (y precioso) documentar. 

En primer lugar, conforme a una estética basada en la deconstrucción, se han colgado por entre casas y calles de la ciudad de Nájera grandes fotos de elementos parciales del edificio resacralizado dando a entender que el viejo convento se ha inflado, expandido y multiplicado. Se produce así el curioso fenómeno de que es mucho más interesante, cómodo y barato ver la sillería de Santa María la Real en la mismísima Calle Mayor que en el propio coro de la iglesia donde, por cierto, está parcial e irritantemente iluminada.




En segundo lugar, se ha intervenido en el propio espacio ceremonial de la iglesia, rompiendo su unidad, mediante la instalación en el centro de la nave principal de una caja opaca por fuera y negra por dentro desde el que poder ver el retablo como en un minicine. Se consigue de ese modo que el visitante entienda que el nuevo recorrido ritual no es el del gran eje que nos lleva al altar sino el sinuoso vagabundeo del turista por entre sepulcros, naves fragmentadas o espacios museísticos. 




Al respecto, en una nave lateral se ha dispuesto una hilera de vírgenes en pedestales de museo en vez de en altares, y se han proyectado rótulos sobre las paredes y personajes históricos sobre pantallas para dar al recinto un aire multimedia.

Tras enseñar al visitante la verdad histórica de algunas de aquellas incursiones de la Dirección General de Bellas Artes en el monumento (torre y espacio Bellosillo/ las de Chueca han quedado definitivamente ocultas sobre el cielo raso), en tercer lugar se han instalado en el claustro alto una serie de extrañas simulaciones de un escritorio medieval, una bodega, una farmacia y hasta una viña (¿qué hará una viña dentro del convento?) para intentar explicar la antigua vida monacal desde una estética de plató de televisión o teatro de vanguardia. 




Sin embargo, el único vestigio real y verdadero que aún queda de la regla benedictina del “ora et labora”, es decir, la hermosa huerta ubicada entre el claustro y el convento, sigue oculta al visitante por una tapia alta, probablemente erigida en los tiempos de la ruina y el abandono.

Finalmente, las arquerías del espléndido y recién restaurado Claustro de los Caballeros se han utilizado en dos de sus lados como un espacio museístico (donde, dicho sea de paso, piezas hermosas y valiosísimas, como la arqueta de Bañares, se muestran en similares condiciones que facsímiles o modestas piezas arqueológicas, religiosas o etnográficas), mientras que en los dos restantes lados, algunos elementos arquitectónicos renacentistas aparecen subrayados por la decoración moderna de unos chapones negros. Completan la intervención unas flores de espejo y cristal de dudosa imitación aaltiana que, como dice en el rótulo puesto al efecto, intentan que el patio del claustro pudiera entenderse como un nuevo jardín del Edén.





A juzgar por las cifras de visitantes y por el entusiasmo unánime de la prensa local, la operación ha sido un éxito rotundo, y todos compartimos las sonrisas de felicidad de visitantes, políticos y hosteleros.


Ahora bien, dado que las intervenciones reseñadas tienen fecha de caducidad y que el hombre sigue siendo un animal sacralizador, uno se pregunta no sin cierta preocupación por el rumbo o el destino de este tipo de lugares sagrados y por los futuros procesos de sacralizaciones a que nos pueden llevar. 

Ciertamente es un alivio que la puesta de un lugar así al servicio de Autonomía y de Turismo sea tan breve; pero tras un proceso tan exitoso ¿no da pena que el edificio vuelva a los lánguidos años de un convento semivacío y de una explotación turística pueblerina? O aún peor: ¿y si a alguien se le ocurre que ese escritorio, ese minicine, esas vírgenes en hilera, esa bodega, ¡esa viña!, esas flores de cristal o esos chapones negros de las paredes del claustro, son la verdadera expresión de la modernidad y del futuro, y deciden dejarlos allí?

Sea como fuere, lo importante es haberlo visto, haberlo contado y, por supuesto, haberlo fotografiado. A mayor gloria de los nuevos dioses y de nuestra capacidad sacralizadora. Amén.



sábado, agosto 18, 2007

INDUSTRIA Y LUGARES EN PELIGRO LA RIOJA



Hace un par de veranos el voluntarioso Miguel Areces (hermano del presidente de la Comunidad Autónoma de Asturias) me invitó a presentar una comunicación sobre el patrimonio Arquitectónico Industrial de La Rioja a propósito de un seminario del TICCIH sobre su conservación. Le extendí la invitación a José Miguel León para así trabajar en equipo, pero sólo aceptó una charla conjunta en la que repasamos algunos datos y me prestó el plúmbeo libro de Julián Sobrino sobre Arquitectura Industrial .en España que yo desconocía.

Redacté entonces la comunicación que aquí recupero para el LHD pues no llegué a tiempo para poder incluirla en uno de aquellos cuadernillos centrales de ElhAll cuando yo lo dirigía. Hubiera quedado mejor en aquel medio, llena de ilustraciones, pero qué le vamos a hacer, ya me lo habían quitado. Creo que le pasé una copia a Josemi de esta comunicación, así que es la única persona que lo ha podido leer. Con su difusión en este medio hago votos para que alguna institución se anime a pagar un trabajo más desarrollado sobre el tema.


Dadas las prisas de este tipo de eventos no llegué a leer la comunicación y tan sólo expuse una breve síntesis de lo que en ella se recoge. En su conjunto, el Seminario fue bastante aburrido pues la mayoría de los ponentes eran historiadores coleccionistas de cosas y por tanto meros creyentes en el conservacionismo de las mismas. Pero a cambio, el viaje me permitió visitar los restos de la siderurgia de Avilés y hacer un recorrido bastante exhaustivo por los pozos de las cuencas mineras en la grata compañía del arquitecto Victor García Oviedo, colaborador de Miguel Areces en los planes de recuperación del patrimonio industrial asturiano.


A nivel documental la comunicación no es gran cosa, pero la mirada que se ofrece en la reflexión inicial creo que vale la pena.


Ilustro la ponencia con unas pocas imágenes de las muchas que recopilé. Curiosamente, la de la Imprenta Laborde fue utilizada como portada de las carpetas de aquel evento.


Comunicación para el Seminario TICCIH
Gijón, 21 de septiembre del 2005


Una reflexión inicial

Resulta cuando menos sorprendente encontrarse con un planteamiento sobre el patrimonio arquitectónico industrial enfocado a la salvaguarda de los “lugares”. El título de este seminario parece dar a entender que la actitud conservacionista del patrimonio arquitectónico (actitud cada vez más extendida y popular), no debe olvidar aquellos edificios o arquitecturas surgidas al servicio de la industria, y que en pro del mantenimiento de sus muros, chimeneas y estructuras cabe cualquier opción: sea mediante un cambio de uso (con proclividad hacia el museísmo), o sea mediante la salvaguarda de algunos de sus restos (a poder ser, chimeneas).

Resulta sorprendente un planteamiento así, digo, porque parece olvidar de una manera un tanto cándida, que la implantación de la arquitectura industrial ha estado por lo general -por norma, cabría decir-, mucho más atenta a las necesidades intrínsecas de las propias tecnologías o de los beneficios económicos que a un diálogo atento y reposado con los lugares. Las industrias han ignorado valles, vecindades y tramas urbanas, han polucionado ríos y aires, han arrasado huertas, han generado enormes terraplenes, y han huido sucesivamente de sus emplazamientos cuando el crecimiento urbano las ha ido convirtiendo en estupendos pelotazos inmobiliarios. Si la arquitectura en general ha de ser siempre un diálogo con los múltiples aspectos que le propone un lugar, la arquitectura industrial, en concreto, ha sido seguramente la más ajena a ese diálogo. En tanto que la industria ha ocupado los lugares imponiéndose salvajemente a sus posibles solicitaciones y marcándolos con la dureza de su tecnología o de su dinámica puramente económica, resulta cuando menos llamativo que se quiera a posteriori conservar esas estructuras bajo el eslogan de “lugares en peligro”.

Verdad es que algunos edificios industriales no han estado carentes de cierta belleza intrínseca y que sus novedades formales o proporciones gigantes han ejercido una gran fascinación sobre el imaginario popular. (Sin ir más lejos en esta temporada se exhibe una gran superproducción de Hollywood sobre este mismo asunto: la extraordinaria fábrica de chocolate de Willy Bonka antes y después de la reconversión industrial). Algunos arquitectos algo ingenuos, como Cano Lasso, aún decían en la segunda mitad del siglo pasado que las “autopistas, puentes, viaductos o chimeneas de centrales térmicas, son los monumentos de nuestro tiempo, cuando ya no se construyen catedrales” (cit. Arquitectura industrial en España, Julián Sobrino, pag. 336), como si la desmesura fuera la única característica monumental. El gigantismo arquitectónico, como apuntaba acertadamente Azúa (El Aprendizaje de la decepción) es pasión propia de una mentalidad pueril.

Pero la exhibición expresiva del poder tecnológico o de la organización social, las novedades formales que exigen ciertas funciones o leyes de la física, y las libertades compositivas que se permiten quienes apenas reparan en ellas han creado no pocos conjuntos de una gran belleza plástica. Una belleza explosiva y dinámica, en principio, y una belleza nostálgica, a posteriori, que ha resultado más evidente en el momento de su obsolescencia y decrepitud, cuando ya nadie parece reparar en las agresiones que tales instalaciones hicieron a los lugares en el momento de su instalación o en los tiempos de su producción más álgida. Causada la agresión y pasados los años de producción intensiva de la fábrica, pareciera como si esas estructuras de fuego, humo, ruido y movimiento se hubieran fundido con su lugar. Pero si pueril era la admiración por lo desmesurado, de senil habría que calificar ahora la tendencia al olvido en esta actitud de admiración por los lugares marcados a fuego por la industria.

Los lugares están verdaderamente en peligro cuando la industria pone sus ojos en ellos pues, salvo extrañísima excepción, los ignora, los explota y los esquilma. El lema de nuestra ilustrada Sociedad Económica de Amigos del País impulsora del progreso industrial no era otro que el salvaje y explícito “Prosperarás Extrayendo”. Así que no es de extrañar que, tras esas evidencias del pasado industrial (esa historia verdadera), los bienintencionados urbanistas propongan ahora como lugares de implantación industrial los más desolados, feos e inhóspitos de cada entorno urbano según los cánones estéticos de la humanización o de cierto romanticismo.

Me atrevo por tanto a sugerir en esta reflexión inicial, que los lugares a los cuales debiera de dirigir la mirada un Seminario titulado con el binomio de palabras de Industria y Lugares en Peligro, no es a las ruinas de viejas industrias, sino a todos aquellos territorios que han sido designados por los urbanistas como “polígonos industriales”. Si alguien quiere sentir en sus carnes la cruda desolación de un lugar y la verdadera naturaleza del diálogo entre la industria y un territorio, que se llegue a uno cualquiera de nuestros actuales polígonos industriales, se baje del coche y trate de dar un paseo por sus aceras.

Ponerse a rescatar de aquellos auténticos no-lugares algunas postales para la historia del arte, por el hecho de que la fábrica tal fuera tocada por la mano de un artista de la arquitectura, o la fábrica cual se asemejara a una gigantesca escultura deconstructiva, puede estar bien para dar carne a ese cándido conservacionismo popular, pero no es otra cosa que un bienpensante pasatiempo con el que ignorar la naturaleza de lo que verdaderamente ocurre en nuestro entorno: esto es, que la ley del máximo beneficio económico asociada a la potencia cada vez mayor de la tecnología no sólo es ajena ya a los lugares concretos que los hombres podamos habitar o visitar, sino que llega a ignorar la naturaleza general de todo el planeta amenazando con su ruina. Las industrias ya no sólo se desplazan por los continentes en busca de mano de obra barata ignorando emplazamientos y hasta naciones, sino que llegan a contaminar peligrosamente capas de la estratosfera, fondos de los océanos o lo que haga falta.

Rizando un poco más el rizo de esta desprejuicida reflexión sobre la relación entre las industrias y los lugares habría que señalar también que desde hace unas cuantas décadas la propia “construcción” ha dejado de ser una técnica o herramienta de la edificación para convertirse ella misma en una devastadora industria que necesita cada vez más materia prima (más lugares) para su alimentación y desarrollo. En el último cuarto del pasado siglo las ciudades más desarrolladas han dejado de tener una dinámica propia de crecimiento orgánico en función de sus habitantes y necesidades y se han desbocado en un alocado crecimiento motivado fundamentalmente por las propias necesidades de la industria de la promoción-construcción que viene últimamente atrayendo más y más capitales de inversión en detrimento de la industria tradicional, -debido seguramente a los altos beneficios especulativos o a la seguridad a largo plazo que siempre ha caracterizado este sector industrial y económico por las imperfecciones propias del mercado inmobiliario. Globalizada la industria tradicional, nos queda en cada ciudad una “industria local de la construcción”, que lejos de encerrarse en esos anodinos polígonos antes descritos (a donde tan sólo van sus industrias auxiliares) se instala en la ciudad y sus alrededores devorando cuantos lugares se ponen a su alcance.

Si a la salvación de los viejos monumentos erigidos por religiones e instituciones públicas, o de los cascos históricos de las ciudades orgánicas y burguesas, sumamos ahora el del patrimonio de las primeras etapas industriales, lo único que se evidencia con esa ampliación temática es que estamos en un tiempo más evolucionado de destrucción.


La Rioja Industrial

Dicho esto, o puestos en la perspectiva que esas reflexiones nos ofrecen, ya podemos ponernos a mirar lo que la industria ha construido en nuestra región a lo largo de los últimos tres siglos para los catálogos de la historia del arte y del patrimonio, sin ignorar, claro está, lo que ha destruido y está destruyendo para ese otro nuevo catálogo más auténtico de “lugares en peligro”, es decir, de los espacios cada vez más inhóspitos e inhabitables.


PROTOINDUSTRIA

Las primeras industrias riojanas (siglo XVIII) se ubicaron en las pequeñas poblaciones de la sierra que son cabeceras de los ríos que desde el sur irrigan la región en forma de peine, camino del fértil valle del Ebro. Ezcaray, Villoslada, Munilla o Cervera, acogieron a las primeras fábricas de paños y alpargatas de la región en edificios de características muy próximas a la mejor arquitectura vernácula de grandes casas-establos. El abandono de estas fábricas, acaecido en buena parte tras sus traslados al valle, y el despoblamiento de la sierra, ha permitido que buena parte de esos edificios hayan llegado hasta nosotros, bien en forma de ruina o de reutilización. Son pocos y su catálogo ordenado sería fácil de realizar en una publicación que recogiera algunas imágenes fotográficas de los últimos momentos en que funcionaron (primeros momentos de la fotografía).

Patrimonio metalúrgico protoindustrial y patrimonio minero aún hay menos. Hay un par de pequeños hornos en ruinas en Posadas y Lugar del Río, y restos de extracciones mineras superficiales en Canales y Turruncún, amén de las yeseras en activo en Viguera y Ribafrecha. La extracción de piedra se ha dado mayormente en graveras, y canteras hay pocas pero, por desgracia, la más conocida es terriblemente agresiva con un lugar muy especial: la embocadura del cañón del río Leza -demostración fehaciente de lo que la industria puede hacerle a un lugar.

Molinos de agua quedan unos cuantos pues funcionaron en los pueblos hasta los años sesenta del siglo pasado. De los edificios asociados a molinos me ha sorprendido últimamente descubrir el de Cihuri construido en piedra de sillería (foto 1).


La mayoría están en ruinas pero algunos de ellos han sido reconvertidos en restaurantes, albergues y hasta en granjas escuela (Arnedillo, Sorzano).

Trujales de aceite hay menos. Recientemente se ha publicado algo sobre el de Tudelilla (v Piedra del Rayo n 3).

Las bodegas rurales compuestas por un lago, una prensa y un pequeño calado para las tinas y toneles, abundan por doquier en toda la región pero mal pueden considerarse como instalaciones industriales. Transferidas sus funciones a las actuales industrias del vino (grandes bodegas y cooperativas) se han mantenido en pie gracias a su uso recreativo como merenderos. La blibliografía de estos edificios ha empezado a moverse de un modo más o menos feliz con el impulso autonómico al comercio del Rioja y las sucesivas exposiciones del Vino y los Cinco Sentidos organizadas por Cajarioja


LA PRIMERA INDUSTRIALIZACION

La primera industrialización en La Rioja fue tardía y escasa. En primer lugar porque lo fue en toda España, y en segundo lugar, por la preeminencia de la actividad agrícola y ganadera. Las primeras grandes fábricas se centraron en la transformación de la producción agrícola, actividad central de la región hasta la postguerra. Con la filosera en Burdeos, los bodegueros franceses y algunos pioneros locales invirtieron en nuestra región transformando las bodegas rurales en las primeras industrias del vino con instalaciones y procesos tan primitivos que les cuadra más el nombre de bodegas que el de industrias: Marques de Murrieta y Bodegas Franco-Españolas en Logroño, CVNE, Bodegas Bilbaínas (foto 2), López de Heredia, Rioja Alta, Muga, Martínez Lacuesta y Paternina en Haro (y alguna otra menor).

Dado el prestigio de sus calados o almacenes de barricas, todas estas industrias, una vez modernizadas en el último cuarto de siglo (hasta los años setenta del s XX seguían poco más o menos como en su fundación) mantienen como signo de orgullo y prestigio su patrimonio inicial (próximo a la arquitectura vernácula o a ciertos regionalismos principios de siglo) por lo que no cabe preocuparse por su conservación, sino más bien por sus modificaciones y añadidos.

Peor suerte ha tenido la primera auténtica industria asociada al mundo del vino en Haro: la Fábrica de Alcoholes del Paseo de la Vega, pues fue objeto reciente de una demolición con nocturnidad y alevosía cuando quienes quisieron salvarla –tanto por su carácter significativo como por su belleza arquitectónica-, depositaron sus esperanzas en las declaraciones monumentales de la Comisión Regional del Patrimonio Histórico Artístico (veáse el estudio de José Miguel León y mi artículo en prensa).

Asociada al mundo del vino, subsiste la Estación Enológica de Haro, si bien rehabilitada como museo del vino y otros usos agrícolas.

En el entorno del río y de la vía férrea surgió en Logroño una incipiente industria local (fundiciones, cerámicas, caramelos, etc) entre las que cabe destacar las conserveras. De entre este tipo de industria el edificio más sobresaliente fue sin duda el de las Conservas Trevijano con fachada modernista de Quintín Bello, situado entre la vía del tren y la ronda suroeste de Logroño.

Una industria singular fue la emplazada en el interior de un convento desamortizado en pleno casco antiguo: Tabacalera Española (con su famosa sección de puros Farias) en el Convento de La Merced. La fábrica estuvo funcionando hasta los años sesenta en que se trasladó al polígono el Sequero. Los restos del convento fueron rehabilitados como Parlamento Regional dejando como recuerdo la chimenea de la fábrica entre el Claustro y el almacén de tabacos, -rehabilitado también como Sala de Exposiciones.



Otra fábrica reseñable fue la Cerámica Riojana, proyecto y propiedad en parte de uno de los arquitectos logroñeses más interesantes de la primera mitad de siglo: Fermín Alamo. La estructura de la fábrica fue reutilizada en los ochenta para transformarse en un grupo de viviendas.

La última fábrica destacable de este primer periodo industrial fue la de de los elixires dentales Licor del Polo, de gusto secessionista. Soporta ya una ruina de más de cuarenta tristes años sin que parezca llegarle el momento de la desaparición definitiva o de su rehabilitación.

Por su posición urbana tan singular, entre los dos puentes y frente a la fachada del Logroño al río (muchos señalan que es una de las imágenes más repetidas del siglo en las postales de la ciudad), el viejo Matadero es una instalación semifabril característica del paisaje de Logroño. Obra del arquitecto Luis Barrón en 1910, una rehabilitación de los noventa lo transformó en Museo de la Ciencia. Reforzando el ambiente industrial del lugar se levantaba muy cerca una pequeña central eléctrica (desparecida) cuya chimenea y humareda daban carácter a la postal.

De este periodo son también los pequeños edificios de centrales hidroeléctricas desperdigados por la provincia (Anguiano, Viguera, Panzares) y un buen número de pequeñas industrias en torno a Logroño, Haro, Calahorra o Arnedo, muchas de ellas desaparecidas por el crecimiento urbano, como la Imprenta Laborde en la calle Canalejas (foto 4),



y otras transformadas o irreconocibles. Algunas de ellas, como la pequeña fábrica situada junto a la Estación Enológica de Haro, ofrecen algunos elementos arquitectónicos singulares, como esa galería bajo el testero con lambrequín que se muestra en el dossier de fotos adjunto.


LA INDUSTRIALIZACION DE POSTGUERRA

Los polos de desarrollo y el Plan Comarcal de Logroño fueron los primeros instrumentos urbanísticos que intentaron poner orden en la ubicación de la industria en Logroño con la creación del Polígono del Cortijo, el Polígono de Lardero, el Polígono Cantabria y el Polígono de El Sequero.
Previamente se había experimentado ya un gran desarrollo industrial en la región, y especialmente en la capital, con la implantación de algunas industrias importantes en la propia ciudad como Estambrera Riojana, Textiles Quemada, Carrocerías Ugarte, Tobepal, La Metalgráfica o Calzados Fernández, cuyos traslados serán siempre recordados por los pelotazos urbanísticos que generaron en su momento o que siguen generando en la actualidad, -algunos de ellos justificados incluso con el propio cierre de las empresas. La documentación (siempre elogiosa y propagandística) de esta etapa puede seguirse a través de una revista local titulada precisamente La Rioja Industrial (1920-1950).
De los años de postguerra son también los dos grandes Silos de Cereal construidos en La Rioja según los proyectos estándar del Servicio Nacional del Trigo, a base de grandes prismas rectangulares de hormigón con una pequeñas “casetas” en lo alto para regulación de los elevadores de grano. Demolido recientemente el de Logroño, subsiste aún el de Haro (foto 5).



En Nájera el gigantismo del mundo del cereal lo protagoniza el edificio en U de Harinas junto a la carretera N-120.

Por su parte en Arnedo se desarrolló una amplia industria del calzado y en Nájera fueron surgiendo algunas fábricas importantes de mobiliario. Cabe señalar también la importante industria chacinera de Baños de Río Tobía o las conserveras de Calahorra, Alfaro y otras localidades de la Rioja Baja.
Ninguna de ellas será recordada por la calidad de su arquitectura dentro de los cánones o estilos propios de su época, aunque algunas de ellas sí que pueden ser recordadas por la ingenuidad de sus formas kitsch, como la fábrica de Viguetas Ultramar en Aldeanueva de Ebro ubicada en un edificio con forma de barco junto a la carretera nacional 232.

Las bodegas tradicionales evolucionaron muy poco en esta época y las de nueva creación se apuntaron también al kitsch con un par de castillos reseñables: Fuenmayor, Cenicero.


LA “NORMALIZACION” INDUSTRIAL

La ocupación lenta y paulatina de los polígonos mencionados, merced a los traslados de las empresas situadas en el casco urbano o al nacimiento de un gran número de nuevas industrias de carácter secundario, así como la creación de nuevos polígonos industriales en la capital de la provincia y en las cabeceras comarcales, han creado la actual fisonomía industrial provincial, caracterizada por esas concentraciones de feísimos pabellones de cerchas y muros tradicionales o prefabricados entre los que, de tanto en tanto, alguna empresa y algún arquitecto se permiten el lujo de hacer un edificio de oficinas o una fachada con ciertas pretensiones.

Las viejas bodegas han ido modernizándose con ciertas ampliaciones, y otras muchas han surgido ya dentro de los nuevos polígonos industriales adquiriendo ese carácter inequívoco de fábricas de vino. De entre estas últimas cabe destacar por su tamaño y organización espacial las Bodegas Olarra en el Polígono Cantabria de Logroño (1973) del arqto José Antonio Ridruejo.

Tras la desaparición (y pelotazo) de La Estambrera en Logroño, nació Infitex en el Polígono de Lardero, de los arqtos Achiaga y del Castillo.

El más grande de los polígonos industriales (casi una pequeña ciudad a doce kilómetros de Logroño), El Sequero, ha tardado en colmatarse casi treinta años pero al fin lo ha conseguido. Alejado notablemente de Logroño y en posición favorable respecto a los vientos dominantes sobre la ciudad, fue concebido para la industria contaminante, pero sin embargo, fue llenándose de industrias sin chimeneas (Tabacalera, General Motors) hasta que recientemente se ha instalado una Central de Ciclo Combinado que ha creado la primera gran masa, silueta y humareda propiamente industriales de toda la historia de La Rioja.

El Polígono de La Portalada, también en posición de vientos favorables respecto a Logroño es también uno de los más florecientes (y feos) en la actualidad. Desarrollado en varias fases, recientemente se ha anunciado una nueva ampliación en la modalidad de “parque tecnológico” un eufemismo con el que se pretende que los grandes cajones industriales tengan alguna fachada más diseñada y que los alrededores de esos pabellones estén regados con césped y jardines.

El polígono de Fuenmayor en la explanada de Buicio, nacido de una manera un tanto anárquica y espontánea con la instalación inicial de los almacenes de Butano SA y de un par de bodegas de nueva creación junto a la nacional 232, recibió una de las más grandes industrias de la región, electrodomésticos Zanussi (luego Electrolux) cuyo actual cierre por traslado a países de mano de obra más barata, anuncia un época nueva del paisaje industrial. Cabe decir que en dicha explanada se ha situado recientemente una de las mayores empresas cerámicas de España, Cerabrick, resultado de la asociación de varias pequeñas cerámicas. Con una nave de gigantescas dimensiones y unos enormes movimientos de tierras alrededor, que pueden “disfrutarse” plácidamente al paso de la autopista que dobló a la mencionada nacional 232.

Otro traslado reseñable (con pelotazo urbanístico incluído) ha sido el de las Bodegas Campoviejo de Logroño. Su edificio de oficinas (ya demolido) fue una obra singular del arqto Aurelio Ibarrondo. La nueva Bodega, llamada tras el traslado, Juan Alcorta, se fue a un cerro del Cortijo. Diseñada por el arqto Ignacio Quemada y el ingeniero industrial Alberto Madrigal ha sido reconocida por los premios FAD de diseño.


Infraestructuras

Al margen de la arquitectura industrial pero irrigando sus tejidos, las obras del ferrocarril, carreteras, puentes y autopistas son a veces tenidas como un capítulo más de la arquitectura industrial. Si las consideramos en su diálogo con los lugares, o aún mejor, como punto de partida para señalar “lugares en peligro”, es obvio que las grandes infraestructuras de transporte tienen en la actualidad una enorme importancia en el diseño del territorio (véase mi artículo Superestructuras de infradiseño en Elhall n 76, consultable en la web coar.es, y rev. Archipiélago n 62).

A nivel regional los mayores impactos han sido los creados por el paso de la autopista A-68, especialmente en el acceso a la Rioja por el Norte en la zona de San Felices. Los enormes terraplenes han herido en ese lugar la frágil fisonomía de los montes Obarenes, así como todo el paisaje de colinas arcillosas de la Rioja Alta. Otra herida singular ha sido la del nuevo diseño de la circunvalación de Logroño con hundimientos, roscas, rotondas y pasos a doble altura difícilmente encajables en la trama urbana de un Logroño que ya ha empezado a urbanizarse y construirse al otro lado de la misma.

A nivel de microdiseño, el mal trazado de las circunvalaciones con cruces que han causado gran número de víctimas, y el actual abuso de las rotondas en todos los cruces empieza a ser obsesivo. (Véase al respecto el interesante artículo El rotondismo fundamentalista, de Luis Ximeni, elhall n 81).El diseño de los últimos puentes ha tenido más que ver con la espectacularidad y la propaganda política que con su funcionalidad. El del ingeniero Monterola, sobre el Ebro en Logroño y el del Iregua para la mencionada circunvalación de Logroño, obra del ing Millanes, sin luces especiales que cubrir, son bastante elocuentes.

El trazado del ferrocarril, sin embargo, se ha quedado completamente obsoleto, pues apenas se ha variado en un par de puntos (Traslado de la vía en Logroño 1953, Túnel de El Cortijo 2003) el trazado fundacional de 1859 de la línea Bilbao-Tudela que seguía el tortuoso recorrido de los meandros del Ebro.

Recientemente se trasladó la terminal de mercancías desde Logroño a El Sequero, pero la cifra de descargas es tan ridícula que prácticamente permanece cerrada. El proyecto de soterramiento del ferrocarril en Logroño es uno de los grandes temas que tiene entretenidos a políticos y periodistas desde hace años. Recientemente se falló un concurso de arquitectura sobre el cosido urbano de los terrenos de la antigua estación que ganaron los arquitectos Abalos y Herreros con una solución que, a mi juicio, cose muy poco y rigidiza el lugar con una macroestructura de hormigón superficial.

Eléctricas

Al margen de la reciente Central de ciclo combinado antes mencionada, La industria hidroléctrica parece haberse detenido o haber retrocedido a un estadio artesanal. Mientras que la única presa construída en los últimos treinta años se ha dejado ¡sin aprovechamiento hidroeléctrico!, (embalse de Pajares), las Electras han ido comprando los pequeños aprovechamientos hidráulicos de los molinos para reconvertirlos en pequeñas minicentrales, -como la de Sarasa en el mismo centro fluvial de Logroño.

Mientras tanto, los aerogeneradores eléctricos se han ido hincando aquí y allá por las cimas de colinas y montañas, destrozando lugares y paisajes con una rapidez y a una escala, hasta la fecha inéditas. Puede decirse al respecto que, todavía no hemos salido del asombro.


Industria del turismo

La construcción de nuevos “resort” turísticos ha tenido en La Rioja un único punto reseñable: la estación de esquí de Valdezcaray. Creada inicialmente sobre las propias laderas de la montaña, presentaba un aspecto bastante poco agresivo si exceptuamos la larga y costosa carretera de acceso. Pero una remodelación de las pistas llevada a cabo entre el 2001 y el 2003 parece haber tomado al monte San Lorenzo como un montón de tierras removibles al antojo de la nivelación de pistas haciendo perder el encanto de un lugar agreste.


Industria del Comercio

Tarde pero seguro, el proceso de transformación del pequeño comercio urbano en una gran industria del comercio suburbano ha llegado también a Logroño. Hace quince años se instaló la primera Gran Superficie en la ciudad (Alcampo), y algunas otras, a escala más reducida en las cabeceras de comarca (Eroski en Calahorra, Sabeco en Haro). Pero en los últimos cinco años la explosión ha sido incontenible y en Logroño han surgido otros dos grandes Centros Comerciales suburbanos (Berceo y Las Cañas) en los que a las grandes superficies (Eroski y Carrefour respectivamente) aparecen asociadas calles cerradas con tiendas de franquicia, bares y multicines.
En los periódicos ya se anuncia también la creación de un gran centro del ocio suburbano tipo Heron City.


Una reflexión final a modo de conclusión

A poco que se interprete esta sucinta lista histórica de instalaciones industriales en La Rioja, puede uno darse cuenta de que, a diferencia de otras regiones donde la industria tuvo un gran peso en la estructuración territorial (pienso en la minería e industria de las cuencas asturianas, por ejemplo) la lucha en La Rioja por salvaguardar los pequeños restos de la protoindustria o de la primera industrialización poco o nada tiene que ver con una consideración global de los peligros que los actuales procesos de industrialización representan para su rico y variado catálogo de “lugares”.
Si bien es cierto que las fábricas se han ido desterrando de las tramas urbanas o de las calles-carreteras, encerrándose cada vez más en acotados polígonos industriales, no menos cierto es que las grandes infraestructuras que las irrigan o los nuevos procesos industriales en la construcción de la ciudad, el ocio y el comercio, amenazan ahora con una destrucción de lugares a una escala tan grande que, la aniquilación de lugares de la primera industrialización pudiera parecernos un juego de niños.

Al respecto me parece interesante considerar como reflexión final la diferencia de modelo que se viene produciendo entre el diseño de las autopistas norteamericanas y de las autopistas europeas, -y especialmente de las españolas, de las que puede ser un buen ejemplo la que cruza longitudinalmente por La Rioja. Mientras que en Estados Unidos, las autopistas ofrecen una gran cantidad de fáciles accesos y a sus lados pueden verse infinidad de instalaciones industriales y terrenos de almacenamiento de maquinaria y enseres, en España (y en La Rioja en concreto) la autopista parece el juguete bonito e intocable colocado en una estantería. La reflexión viene a cuento de que, dado el daño geográfico que su trazado supuso en buena parte de los lugares que fue atravesando, alterando cursos de agua y redes de caminos y abriendo tajos en colinas o terraplenando pequeños valles, lógico parece que se hubiera planificado concentrar en su entorno las instalaciones industriales (tradicionales o novedosas), en vez de dejar sus puentes y terraplenes como bárbaros monumentos del destrozo geográfico mientras que los polígonos o las grandes superficies se mantienen a cierta distancia de ellos, desparramados por la geografía suburbana.

Seguramente se trata de consideraciones de diseño territorial que, por estar a una escala que los arquitectos y urbanistas nunca hemos dominado, siguen sin ser tenidas en cuenta; pero que, al hilo de la reflexión inicial, y por tratarse de una cuestión que relaciona directamente industria y lugares en peligro, me parece pertinente exponerlo en esta comunicación y en este seminario.

lunes, abril 09, 2007

PEDIR PERDON




Para poder volver a ser ciudadanos de primera, profesionales respetables, gente de cultura y referencia, todos los arquitectos, junto con las Escuelas donde nos formamos y los Colegios que nos agrupan, deberíamos pedir públicamente perdón por el lamentable, desolador, catastrófico y gravísimo estado al que hemos llevado a la Arquitectura y el Urbanismo en el último cuarto de siglo pasado y comienzos del presente, y en consecuencia, a todas nuestras ciudades y pueblos. Todos, absolutamente todos, desde los que no hacemos nada, o poco, hasta los que se comen el mundo y la historia con sus marcas comerciales. Todos somos culpables.

O al menos eso es lo que siento yo como arquitecto -una enorme culpabilidad-, cuando visito algunos de nuestros pueblos.

Estos días estoy revisitando algunas de las magníficas hallenkirche riojanas, una tarea que hice por primera vez hace unos veinticinco años y sobre la que me extenderé en próximos LHDs. Mi intención no era otra que la de disfrutar de su arquitectura, pero desgraciadamente, en el recorrido hacia ellas es inevitable toparse con desastres arquitectónicos y urbanísticos de todo tipo. Desastres sobre los que ya no quiero ni pensar en nombres ni en culpables, porque son tan graves, tan desazonadores, tan profundos, que nos afectan a todos los que tenemos algo que hacer o decir en el panorama de la estética de la construcción.

Nuestros pueblos eran organismos frágiles, de urbanismo espontáneo y arquitectura elemental (primitiva, popular, vernácula) en los que la construcción del templo representaba un esfuerzo puntual y extraordinario que hacía de contrapunto. Por entremedio del caserío popular y el templo, se fueron colocando durante siglos unas pocas casas de hidalgos o de servicios públicos (ayuntamientos, escuelas, etc) que daban gracia y completaban un armonioso conjunto.

Sobre estos sencillos esquemas, la arquitectura del siglo XX ha entrado como… un pulpo en un garaje, ignorándolo todo y destrozándolo todo. Un caos tipológico, una babel de materiales y detalles constructivos, y un mal gusto escandaloso en la presencia o en la ausencia de los detalles decorativos, es el resultado de la completa pérdida del norte de los arquitectos y de la arquitectura. Un extravío, que si en las ciudades pasa un poco más desapercibido porque está al servicio directo del negocio inmobiliario y pone cierto orden en él, en los pueblos es tan evidente, que causa espanto. Y dolor.

La foto con la que abro este lamento pertenece a la nueva plaza que acaban de hacer en Arenzana de Abajo, a los pies de su magnífica iglesia.

De camino hacia Arenzana no pude por menos que parar en la carretera para hacer una foto de esta casa en Tricio:
Y al paso por Baños de río Tobía, en ruta hacia Anguiano, descubrí esta cosa junto a la carretera:

Ayer, Domingo de Resurrección, fui a Fuenmayor para analizar una vez más su grandioso templo de salón y me encontré con un montón de detalles arquitectónicos y urbanísticos en torno a la iglesia que dan como para todo un libro de Adolf Beltrán (v 003 en el nuevo LHD). Esta vez hay que agradecer a blogspot que no me quepan más que dos fotos:


martes, marzo 20, 2007

RESTAURAR CASTILLOS


Restaurar: restablecer. Arreglar una cosa estropeada o rota, en particular un edificio o una pieza de arte, dándole aspecto de nueva. Volver a poner (algo o alguien) en la situación que tenía.

La Rioja 16 de marzo, pag 68: “Cultura edita un libro que plantea la restauración de 28 castillos riojanos”
LR. Agencias. Logroño.

“En La Rioja se conservan 41 castillos, de los que 28 precisan una restauración y en trece de ellos ya existe una intervención restauradora importante, afirmó ayer el coordinador del libro Castillos de La Rioja. Base documental para su plan de protección, Jesús Marino Pascual.”

Amén de la edición y otras partidas para la investigación a través del IER, justo a renglón seguido el Consejero Alegre anunciaba apoyos económicos del presupuesto del 2008 para restauración y recuperación de castillos.

Yo no acabo de entender por qué ni para qué vamos a gastarnos los dineros públicos en arreglar los castillos, incluso dándoles aspecto de nuevos, si ya carecen de función defensiva alguna.

Protegerlos, como reza el título del trabajo, parece más acertado; o aún mejor sería “cuidar sus ruinas” -pongamos que por su valor histórico, sentimental, simbólico, etc. Pero si el autor del mencionado trabajo se desliza tan rápidamente de la “protección” a la “restauración” lo que está claro es que no se trata de cuidar sus ruinas, su valor sentimental, histórico, etc., sino de “intervenir en ellos con arquitecturas del presente”. Y como no creo que sea para restablecerlos en su función militar, habrá que pensar que es para otra cosa: como en el desclasado Castillo de Agoncillo, con proyecto del autor del libro, o la recientemente “re-collageada” torre de Haro, de Alfonso Samaniego, Carlos Madrigal y Gerardo Cuadra.

Y es que la noticia se cerraba así:
“Entre los castillos con intervenciones de restauración ya efectuadas figuran los de Aguas Mansas de Agoncillo (…), Sajazarra (…) y el torreón de Haro”.

Los conceptos están confusos. No digo que haya que buscar siempre su sentido y su verdad en los diccionarios, pero usados como herramientas, nos pueden ayudar. Sobre todo en casos como éste.
Para la definición arriba expuesta he consultado el María Moliner, el Manuel Seco y el RAE (en internet) y los tres coinciden.

“Restaurar castillos” en nuestros tiempos es una expresión imprecisa y que falta a la verdad.

viernes, diciembre 15, 2006

CASA BARCO



Esta es otra foto del "chalet" de Rincón de Soto (La Rioja) en la que se aprecian mejor las aguas por las que navega. Me la trajo una alumna hace un par de años y he conseguido acordarme de la carpeta en que la había metido. Es bonita ¿eh?

miércoles, diciembre 13, 2006

MEIDANERA Y PINTURA ABSTRACTA



Un amigo lector me envía como addenda al “LHDn93: Medianeras” la fotografía de esta casa en Tudelilla. Yo creo que también vale como addenda del “LHDn89: Pintura abstracta”.

Que cada cual la contemple y vea a su manera.

Lo que está fuera de toda duda es que la pintura abstracta nos ha cambiado la manera de percibir las cosas. Seguro que la gente culta que vea esa medianera en este blog no la ve de la misma forma que los vecinos de Tudelilla.

martes, septiembre 12, 2006

48. LECCION INAUGURAL





Nada más oportuno e interesante para los amantes de la arquitectura que empezar el curso escolar con una Exposición en el COAR que sugiere ser una nueva llamada a repensar la forma en que habitamos la tierra, y que, al decir de Heidegger, es como pensar en el modo en que somos.

Iñigo Jáuregui ya había hecho junto con Carlos Muntión una exposición de fotografías en el COAR a propósito del lamentable estado de las iglesias abandonadas de nuestros pueblos deshabitados, exposición que siempre podremos revisitar gracias al cuadernillo hC13 que le dedicó elhAll75. Pero aquella muestra, titulada Patrimonium Pecuarium, en la que amén de ruinas se podía ver el impactante contraste de vacas y caballos en el interior de las iglesias, por haberse realizado asociada a unas Jornadas de Intervención en el Patrimonio podría haber desviado la atención del visitante hacia asuntos tradicionales de denuncia, incuria, conservación etc.

No es el caso de la que se inauguró el pasado jueves 7 de septiembre, pues esta vez las fotos se exponen sin otro motivo que el propio empeño del autor por mostrarnos lo que él ha ido viendo en su permanente deambular por nuestros montes. Un empeño que, en mi parecer, apunta a algo más allá que la recreación fotográfica (es decir, artística), pues como muy bien dijo Jauregui en la inauguración, el visitante tendrá que perdonarle que algunas de las fotos no tengan la calidad mínima de una exposición de fotografía.

Recién instalado en Logroño como arquitecto, y mientras vivía ese largo e incierto periodo de aprendizaje en la profesión acerca de todo aquello que no nos enseñan en las escuelas, tuve la suerte de conocer a Luis Vicente Elías y compartir con él y con un equipo de filmación formado por Luis Brox (y Sra), Luis Fatás y James, un par de inolvidables jornadas en Lasanta, La Monjía y Ribalmaguillo, preparando un video para un Congreso sobre Pueblos Abandonados que se iba a celebrar en Madrid ese mismo año. La gracia del video consistía en mezclar las imágenes de la desolación con los sonidos llenos de vida que hubieran podido oírse en esos lugares, pero mientras ellos se afanaban en las tareas propias del video yo, como aprendiz de arquitectura, aguzaba el oído para escuchar otro tipo de cosas que aún parecían decir aquellos restos de casas, calles e iglesias.
Casi nunca nos damos cuenta de lo que nos dicen cuando lo oímos por vez primera, pero si persistimos en la escucha, es posible que alcancemos sentidos más profundos. Asistí a aquel Congreso, animado por gente como Peridis, Mario Gaviria, el propio LuisVi y una divertida fauna alternativa, visité en solitario varias veces aquellos pueblos abandonados del video y otros muchos más de nuestra provincia, y hasta empecé a recopilar información en una carpeta que…., por cierto, un día se la dejé a Rebeca, la antigua directora de La Rioja del Lunes (luego periodista de sindicatos) y aún no me la ha devuelto: me dijo que le habían encargado hacer un reportaje los de EL PAIS para el suplemento dominical, pero creo que al final no hizo nada. Y casi mejor, pues no creo que éste sea un asunto de basura periodística.

Seguí el rastro de los pueblos abandonados durante años, digo, pero el momento en que se me abrieron los oídos a su mensaje, y ahora que lo pienso, el momento en que me gradué verdaderamente en arquitectura, me llegó en 1995 de la mano de un artículo que me envió José Angel González Sainz y que tuve la suerte y honor de publicar en la portada del número 2 de El hAll: El merodeador. De vuelta de la inauguración de la exposición del pasado jueves lo releí con la emoción propia de una revelación y volví a reafirmarme en la profundidad y el alcance de la lección (también puede encontrarse en el n34-35 de la revista Archipiélago).

Así que, en esta vuelta a la actividad, y ante un nuevo año seguramente tan alocado en arquitectura como los anteriores (si no más), se me ocurre ofrecer aquella postrera lección de mi graduación como lección inaugural de este curso y como la mejor guía posible para visitar la exposición de fotos de Iñigo Jauregui que estos días puede verse en el COAR.