lunes, abril 09, 2007

PEDIR PERDON




Para poder volver a ser ciudadanos de primera, profesionales respetables, gente de cultura y referencia, todos los arquitectos, junto con las Escuelas donde nos formamos y los Colegios que nos agrupan, deberíamos pedir públicamente perdón por el lamentable, desolador, catastrófico y gravísimo estado al que hemos llevado a la Arquitectura y el Urbanismo en el último cuarto de siglo pasado y comienzos del presente, y en consecuencia, a todas nuestras ciudades y pueblos. Todos, absolutamente todos, desde los que no hacemos nada, o poco, hasta los que se comen el mundo y la historia con sus marcas comerciales. Todos somos culpables.

O al menos eso es lo que siento yo como arquitecto -una enorme culpabilidad-, cuando visito algunos de nuestros pueblos.

Estos días estoy revisitando algunas de las magníficas hallenkirche riojanas, una tarea que hice por primera vez hace unos veinticinco años y sobre la que me extenderé en próximos LHDs. Mi intención no era otra que la de disfrutar de su arquitectura, pero desgraciadamente, en el recorrido hacia ellas es inevitable toparse con desastres arquitectónicos y urbanísticos de todo tipo. Desastres sobre los que ya no quiero ni pensar en nombres ni en culpables, porque son tan graves, tan desazonadores, tan profundos, que nos afectan a todos los que tenemos algo que hacer o decir en el panorama de la estética de la construcción.

Nuestros pueblos eran organismos frágiles, de urbanismo espontáneo y arquitectura elemental (primitiva, popular, vernácula) en los que la construcción del templo representaba un esfuerzo puntual y extraordinario que hacía de contrapunto. Por entremedio del caserío popular y el templo, se fueron colocando durante siglos unas pocas casas de hidalgos o de servicios públicos (ayuntamientos, escuelas, etc) que daban gracia y completaban un armonioso conjunto.

Sobre estos sencillos esquemas, la arquitectura del siglo XX ha entrado como… un pulpo en un garaje, ignorándolo todo y destrozándolo todo. Un caos tipológico, una babel de materiales y detalles constructivos, y un mal gusto escandaloso en la presencia o en la ausencia de los detalles decorativos, es el resultado de la completa pérdida del norte de los arquitectos y de la arquitectura. Un extravío, que si en las ciudades pasa un poco más desapercibido porque está al servicio directo del negocio inmobiliario y pone cierto orden en él, en los pueblos es tan evidente, que causa espanto. Y dolor.

La foto con la que abro este lamento pertenece a la nueva plaza que acaban de hacer en Arenzana de Abajo, a los pies de su magnífica iglesia.

De camino hacia Arenzana no pude por menos que parar en la carretera para hacer una foto de esta casa en Tricio:
Y al paso por Baños de río Tobía, en ruta hacia Anguiano, descubrí esta cosa junto a la carretera:

Ayer, Domingo de Resurrección, fui a Fuenmayor para analizar una vez más su grandioso templo de salón y me encontré con un montón de detalles arquitectónicos y urbanísticos en torno a la iglesia que dan como para todo un libro de Adolf Beltrán (v 003 en el nuevo LHD). Esta vez hay que agradecer a blogspot que no me quepan más que dos fotos: