martes, abril 10, 2007

ASI SE ESCRIBE "NUESTRA" HISTORIA



Siempre es interesante que otro cuente tu historia pues puedes descubrir en ella perspectivas que no habías visto, puedes percibir las cosas con otros valores y hasta puede que el que la cuente se acerque más a la verdad que si la contaras tu mismo. No voy a ser yo quien niegue crédito a la profesión de historiador, pero lo cierto es que en materia de arquitectura, cada vez que leo cómo cuentan nuestra historia, o sea, la de la arquitectura, no sólo no veo nuevas perspectivas, nuevos valores, o más verdad, sino que suelo acabar cabreado por la ignorancia en la materia (para escribir historia de arquitectura es preciso tener algo más que nociones de teoría de la arquitectura) y el envaramiento y torpeza en la forma de contar. Si por lo menos fueran ordenados como documentalistas, sería de agradecer, pero ni eso.

Cuando yo empecé a trabajar como arquitecto, algo sabía de la historia de la arquitectura mundial pero de historia de arquitectura de mi región no tenía ni idea, así que cualquier publicación de la que tuviera noticia, corría a comprarla, leerla y subrayarla. No se pueden hacer edificios para los pueblos y las ciudades sin conocer a fondo lo que hicieron otros antes que tú.

Antes de instalarme en La Rioja, y mientras hacía los primeros tanteos profesionales en Bilbao con un grupo de compañeros de carrera, en una librería de la calle Colón de Larreátegui (Kirikiño se llamaba) encontré uno de los primeros libros de historia de la arquitectura referidos a nuestra zona. Se titulaba “El modo vasco de producción arquitectónica en los siglos XVI-XVIII”, y sus autores eran José Angel Barrio Loza y José Gabriel Moya Valgañón. Lo más extraño del librito era el editor: nada menos que un Grupo Espeleológico Vizcaíno, llamado Kobie (como la mascota de las olimpiadas de años después) que financiaba la Diputación Foral de Vizcaya. La fecha de publicación, 1980. No sigo con los detalles de la edición porque resultan bastante surrealistas, pero lo cierto es que me pareció muy raro que para contar “nuestra historia”, -la de la arquitectura-, se tuvieran que poner de acuerdo espeleólogos e historiadores.

El texto era áspero y la documentación desordenada, pero yo no tenía otra cosa y me sentí muy afortunado por haber encontrado esa vía de aproximación al amplio patrimonio de edificios de nuestra región. El libro hacía continuas referencias a dos obras supuestamente más importantes y extensas de los dos autores: “Los canteros vizcaínos del Renacimiento y Barroco”, de Barrio Loza (editado por la Caja de Ahorros Vizcaína…), y “La Arquitectura religiosa del siglo XVI en la Rioja Alta”, de Moya Valgañón, editada en Logroño por el Instituto de Estudios Riojanos.
Visto el opúsculo de los espeleólogos no tuve mucho interés por buscar el primero de estos libros, pero en cuanto pude, adquirí el de Moya. Y vaya decepción que me llevé: traía poco más o menos lo mismo que la obra de los espeleólogos: un texto áspero, una forma de narrar envarada y una buena documentación pero muy desordenada. Documentación que a su vez, era repetición de la que ya se iba dando en el famoso Inventario Artístico de Logroño y su Provincia que había empezado a editarse en 1975 por el Servicio Nacional de Información Artística Arqueológica y Etnológica (aquí, en vez de con espeleólogos o cajeros, los interesados por la arquitectura compartimos habitación con artistas, arqueólogos y etnólogos…) y en el que Moya aparecía como director de un equipo en el que figuraban José Manuel Ramírez Martínez, Julián Ruiz-Navarro Pérez, Hortensia Ruiz Ortiz de Elguea, y cinco colaboradores más. Los textos del inventario no es que sean indigestos, es que son meras letanías descriptivas, y los dibujos de las plantas de las iglesias, horrorosos, pero por lo menos las localizaciones están dispuestas por pueblos y por orden alfabético, que ya es algo.

El segundo volumen del Inventario se editó en 1976 y el tercero, que llega hasta San Martín de Jubera, en 1985 y por la Dirección General de Bellas Artes y Archivos (aquí cambiamos a arqueólogos y etnógrafos por archiveros). Los pobres pueblos que van desde San Martín hasta el último de la Z aún están esperando la edición de su volumen. Transferidas todas las competencias ¿a qué espera el Consejero de Cultura para acabar de editar el Inventario?¿a alguna colaboración con las centrales nucleares? ¿o a algún fondo europeo? Pena de historia, Pena de arquitectura.

El seguimiento de la trayectoria de estos pocos historiadores de arquitectura que ha tenido La Rioja da para unos cuantos LHDs. Y la dejación de los arquitectos en contar, pagar, subvencionar o editar su propia historia da también para hablar un rato. En 1984 y a la vista (escandalizada) de lo que Adita Allo Manero e Inmaculada Cerrillo contaban sobre arquitectura en la obra colectiva Historia de La Rioja (1983, ed. Caja de Ahorros de la Rioja) hice yo una primera tentativa, pero fracasé. Intenté poner orden en los datos que suministraban los historiadores y hacer lecturas, valoraciones e interpretaciones, y hasta pedí una bequilla de las que daba el COAR para ver si con ello me animaba, pero no pude con la empresa. Por aquel entonces, ni tenía consolidado el despacho ni claridad alguna en lo que hacía, y por si fuera poco, eran los años en que nacían mis hijas. Era una tarea excesiva y un momento inoportuno.

Hace unos días hablé por teléfono con José Manuel Ramírez y me dijo que desde entonces a aquí, la investigación ha avanzado muchísimo, pero no me lo creí. Me consta que él ha seguido trabajando como un negro, y publicando por aquí y por allá todas sus cosas, pero o yo estoy muy desinformado o el panorama general de la historia de la arquitectura en nuestra región sigue estando increíblemente mal contado y mal publicado.

Seguimos progresando en coches, autopistas, ordenadores y aires acondicionados, pero en historia estamos pegados. Claro que…, con Miguel Delgado Idarreta al frente de los historiadores del Instituto de Estudios Riojanos y Domingo García-Pozuelo al frente de los arquitectos ¿qué podemos esperar? Y además, y si no me equivoco, ahora son ya los periodistas los que escriben la historia… ¿no?