martes, noviembre 21, 2006

LHDn87: LA CIUDAD SIN OBRAS

Esta es la segunda parte del artículo que escribí para la revista El Péndulo y que colgué hace unas semanas en la red como el LHDn65. Data del 2001, y al releerlo me ha dado la sensación de estar escrito para el papel y no para la pantalla, y que se nota la diferencia: parece que pide una lectura un poco más lenta de lo habitual. Si no se tiene (algo muy propio en una ciudad en obras), mejor dejarlo para un rato de calma.

Si hoy habría que imaginar una utopía, esa sería la del título de esta segunda entrega de la La Ciudad en Obras (El Péndulo n 11), artículo en el que se prometía hablar, no de las obras psicóticas que arruinan diariamente la ciudad con el pretexto de mejorarla para el futuro, sino de las obras inherentes a la propia ciudad y a sus edificios en tanto que entes artificiales.
A diferencia de los seres vivos, que se engendran desde células ya vivas y se conforman y crecen internamente por la multiplicación y diversificación de las células originales, los edificios se engendran mediante un proceso exógeno de adición y ensamblaje de piezas inertes que conlleva ciertos traumatismos. El suelo ha de abrirse para recibir los cimientos, las piedras han de cortarse y pulirse para su conveniente aparejo, y los materiales han de ser revueltos unos con otros o adheridos artificialmente entre sí. En la apertura de la tierra, en los cortes, en las mezclas o en las adherencias se generan ruidos, polvo, escombro, y en definitiva, desagradables molestias. Louis I. Kahn, uno de los arquitectos americanos más significativos de este siglo (de quien, por cierto, este año se celebra el centenario de su nacimiento), solía decir que no le gustaban las obras porque eran muy sucias.
Mientras los seres vivos, sea cual sea su fase de conformación siempre ofrecen un aspecto de compleción, los edificios poseen un aspecto muy distinto cuando se están haciendo, respecto al momento en que se les da por concluidos. Christopher Alexander reparó en esta diferencia en su magnífico tratado “El modo intemporal de construir” y trató por todos los medios de aproximar la génesis y la evolución de un edificio a los procesos biológicos.
Pero sea como fuere, y aunque personalmente no creo que pueda llegarse a la identificación de lo uno con lo otro (amen de que en la génesis de los seres vivos más desarrollados también hay trauma, dolor y sangre) nunca las obras de los edificios y de las calles de la ciudad, a pesar de lo molestas y sucias que puedan ser, habían llegado a ser consideradas como una patología de la ciudad -tal y como vimos en el artículo precedente-, y por ello nunca había sido imaginada una ciudad sin obras. Aunque, por supuesto, todos recordamos que Babel, la ciudad maldita, había sido pensada como una ciudad inacabada y siempre en obras, en la que sus artífices no eran capaces de entenderse entre sí.
En las últimas semanas del acontecer de la ciudad de Logroño, en que la destrucción del -así llamado- Patrimonio ha despertado del letargo a algunos pocos ciudadanos, se han podido recoger pruebas evidentes de que, sin embargo, nadie considera a las obras como un cáncer o una grave enfermedad de la ciudad. En el cruce de frases sobre la demolición del convento de Madre de Dios, quienes no hacían ningún asco a su derribo (gobernantes, tribunos de la Comisión del Patrimonio y hasta arquitectos varios) argumentaban sin pudor contra quienes lo defendían desde las posiciones de salvaguarda de la memoria histórica de la ciudad que, en verdad, excepto la transplantada portada del siglo XVII, el resto del edificio se había construido hace tan sólo veinticinco años.
Ahora bien, desde la sospecha de que las obras pueden ser un claro síntoma de patología urbana, desde un elemental criterio económico, e incluso desde un respeto para las personas aún vivas que han edificado algo hace tan sólo veinticinco años, el argumento más sólido contra el derribo del Convento de Madre de Dios es que está recién construido. Creo que ha llegado la hora de pedir respeto, no sólo por los edificios del pasado que configuran la memoria de la ciudad o que sirven de referencia y de identidad histórica, sino también por los edificios del presente que acaban de ser hechos o que están en plena juventud y funcionamiento. Porque si lo recién construido se puede demoler, quiere decir ello que nunca se pondrá en su concepción el suficiente interés y la suficiente intensidad como para ser digno de formar parte del escenario estable de la ciudad.
Hace años que los arquitectos exigíamos el establecimiento de un tiempo mínimo para la redacción de los proyectos y se consiguió que entre la firma del encargo del proyecto y la entrega del mismo en la ventanilla del Colegio, debía pasar un cierto tiempo. La gestación de un edificio que ha de ocupar un sitio en el paisaje urbano y que ha de perdurar por los años e incluso por los siglos, requiere su tiempo de reflexión. Los promotores tienen prisa por construir y vender, y los políticos por inaugurar. Lo importante para ellos es el rápido alumbramiento de la criatura. Una defensa del papel de la arquitectura en la ciudad nos ha llevado a los arquitectos a ser un colectivo anticuado y minusvalorado económicamente frente a los mucho más eficaces ingenieros. Si los edificios pueden ser tirados a los pocos años de ser construidos ¿para qué perder tiempo en pensarlos detenidamente?. Las obras son para la economía de la ciudad y para la grandeza política mucho más importantes que los propios edificios. Por eso la ciudad que nos ofrece el libre capital y sus gobiernos políticos es la ciudad de las obras y no la ciudad de los edificios.
Ahora bien, en el seguimiento de la metáfora, o en la comparación entre los seres vivos y sus edificios, hay un tipo de intervenciones (la palabra es semejante en ambos casos) que se denominan de cirugía y que parecen justificadas en el instinto del mantenimiento de la vida y en los descubrimientos de la razón y de la ciencia. Las obras de conservación, mantenimiento, consolidación o rehabilitación serían semejantes a aquellas intervenciones en las que por el deterioro de los dientes o la ruina de un apéndice, parece más que justificada su traumática operación. Los edificios, como las personas, necesitan un mantenimiento, un aseo, un tratamiento de vez en cuando, y sí es caso, hasta una intervención en el quirófano.
Pero al igual que se abusa de la cirugía en la medicina, operando alegremente o intentando mediante implantes y estiramientos que parezcamos mucho más jóvenes de lo que somos, en los edificios hay una enorme falta de respeto por su edad. Una cosa es alargar la vida de los seres y otra pretender que se instalen en su eterna juventud (¡como si la juventud fuera la única etapa hermosa de la vida!). Uno de los valores que es preciso reivindicar para frenar los cada vez más devastadores deseos de restauración en los edificios, es el valor estético de lo antiguo, de lo viejo, de lo desgastado. Como suele ser habitual, siempre tengo una cita a mano de Ernst Jünger para crear teoría. Acercándose a Belorechenskaya en el Caucaso, el célebre soldado alemán escribió en sus diarios: “Desde aquí no presenta mal aspecto la ciudad, con sus barracas de madera y sus tejados cubiertos de musgo; aún se siente la atmósfera de cosa viva que le proporciona el trabajo de las manos y el deterioro orgánico causado por el paso del tiempo, una atmósfera en la cual se puede vivir” (Radiaciones vol 1, pag. 412).
Era lo que nosotros denominábamos la “pátina” y que definíamos como “cierto carácter que adquieren las cosas con el tiempo, que las avalora” (María Moliner). Pues bien, en las operaciones salvajes de restauración que se vienen acometiendo en los últimos años parece que la pátina también molesta y que hay que hacer obras constantemente para que ésta desaparezca y los edificios retornen a su prístino estado juvenil. (Claro que luego venimos encantados de la belleza de la ciudades italianas sin saber que es porque la cantidad ingente de edificios viejos de gran belleza o la fuerza generadora de pátina de la laguna veneciana, aún pueden con las obras de restauración).
También se producen obras falsamente llamadas de rehabilitación, como las del Convento de la Merced o las de la la fundación de Ibercaja, en que se les sacan las tripas al edificio y se hacen unas nuevas, como si las cáscaras (nuestras máscaras) pudieran ser reutilizadas por otros seres una vez muertos los precedentes. ¿Qué pinta un parlamento con fachada de convento o una fundación cultural con trazas de edificio de viviendas?. La falsedad de todas esas nuevas edificaciones ha de contemplarse como un claro síntoma de la confusión de los tiempos y del papel que en ello juega la la crisis generalizada del arte de la arquitectura.
Obras, obras, y más obras, obras de nueva edificación, obras de derribo y sustitución, obras de continua intervención en lo edificado, obras que hacen de la ciudad un organismo lleno de pústulas, úlceras, fístulas y permanentes cicatrices. Continuas e incontroladas obras, tanto en lo nuevo como en lo viejo, que ya no son el anuncio de la vida en la ciudad sino el signo de su muerte.
Frente a ese tipo de ciudad de las obras, yo añoro la ciudad de la convivencia de lo nuevo con lo viejo, la ciudad en que a la vida de los edificios le sucede la de sus ruinas y de sus muertes; la ciudad orgánica, la ciudad de la arquitectura. Y hasta doy en pensar en una utopía de ciudad en la que sólo se hagan las obras necesarias y sensatas: una utopía que bien podría llamarse “la ciudad sin obras”.

Post Scriptum: Hace unos días, en una página de anécdotas de un diario nacional (EL PAIS 23 de enero del 2001, última página) se contaba que una comunidad de vecinos había ganado un juicio contra un constructor por los ruidos y molestias causados en las obras de una parcela colindante. La sentencia le obligaba a pagar al constructor el importe que a los vecinos les hubiera costado alquilarse una casa de similares características para poder vivir en paz durante el tiempo que habían durado las obras. El tratamiento que a estas noticias le dan los medios de comunicación al servicio del dinero y el poder, es el de curiosidad excéntrica. Pero para quien haya seguido la lectura de los razonamientos aquí expuestos, ha de ser algo mucho más significativo: acaso el de un primer indicio o la primera prueba de que las obras deben pagar caro sus ofensas y sus agresiones a la ciudad.