lunes, diciembre 25, 2006

BARRICAS






El pasado martes 20 de junio sentí un cosquilleo de orgullo cuando vi que la estupenda fotografía que ilustraba el reportaje periodístico en el que nuestras autoridades vinicolas se rasgaban las vestiduras por el asunto de las virutas, estaba firmada por nuestro exalumno el “Zuri”, (Diaz Uriel). La publicaron en blanco y negro, pero yo os la traigo aquí en color, tal y como la he encontrado en internet. Los profesores no tenemos obra de la que enorgullecernos pero cada vez que los alumnos triunfan, vibramos con ellos. Y esa foto es todo un triunfo. Un logro de la mirada. Por un lado están las barricas, objeto central de la polémica en tanto que especie amenazada de extinción, (pues como se sabe, un barril de acero inoxidable con unas pocas virutas de roble dentro provocan exactamente el mismo efecto en el sabor del vino). Por otro lado está el amplio techo suavemente iluminado de una nave de moderna arquitectura. Y por otro...., ¡ah!, ahí está el quid de la cuestión, ese elemento que hace chirriar la mezcla entre lo uno y lo otro, a saber: el orden impecable del apilado industrial (en palés movidos por “fenwicks”) de unos objetos diseñados en un mundo artesanal... para ser movidos y apilados de una manera bien distinta (foto de la derecha).Si capté al instante la gracia de la fotografía del Zuri es porque el asunto ya venía de atrás y lo tenía muy visto. Hace más de veinte años, antes de comprar unas cuantas bordalesas para criar en nuestra propia casa el vino de la cooperativa de Haro, mi padre ya nos engañaba echando virutas de roble a los garrafones donde lo traíamos. Menudo “buqué ” cogía. Excelente. Y menudas risas hacía mi padre cuando lo daba a probar a los entendidos. Con aquella pillería en el recuerdo, el año pasado me quedé de piedra cuando al visitar la nave de barricas de una “wine cellar ” del valle de San Joaquín en el norte de California (concretamente la de Woodbridge en Lodi), vi que, en los palés donde estaban apiladas, se alternaban las tradicionales barricas de roble americano con unos bidones de acero inoxidable. Obviamente le pregunté al amable guía que nos la enseñaba qué era eso, y me respondió sin rubor alguno que vino con virutas: “nuestros expertos han conseguido una mezcla perfecta en la que un vino es indistinguible del otro”.El asunto de las barricas no es por lo tanto un debate enológico, sino un debate arquitectónico, un asunto de imagen, un problema de articulación entre lo nuevo y lo viejo para el que los arquitectos, curtidos en hacer chapuzas en los cascos antiguos, estamos superentrenados. Al menos conceptualmente. En la nave de Woodbridge había unas cincuenta mil barricas, de modo que, aquella insignificante bodega de pueblo era del tamaño de la de Juan Alcorta, es decir, la más grande de las nuestras. Pero el exterior era mucho menos pijo y pretencioso. Su aspecto industrial era tan inequívoco, tan limpio y tan sincero, que permitía entender con claridad que las barricas no eran un objeto de culto sino unos diseños arcaicos llegados a nuestros tiempos por pura inercia. Y que es eso lo que las hace entrañables.