jueves, diciembre 21, 2006

COMER JUNTO AL RIO (LHDn32 / 20 jn 06)





Para pensar en forma de “patrones” y que éstos nos ayuden en la difícil tarea de la creación, Alexander propone que hagamos memoria de aquellas situaciones en que nos hemos encontrado plenamente felices con todo lo que nos rodea y que reflexionemos sobre sus formas, colores, relaciones etc. para intentar definir el patrón de la forma más clara posible. Otras veces, en vez de recurrir al recuerdo, el propio Alexander utiliza alguna imagen que contenga esa sensación de plenitud, y como es lógico, en muchas ocasiones utiliza fotos famosas de Adget, Henry Cartier-Bresson, etc.

Preparando una clase sobre este último fotógrafo para mis alumnos de Fundamentos de Diseño, hace años que me llamó la atención una fotografía suya en la que cuatro orondos franceses hacen picnic junto a las tranquilas aguas de un río. Hay un montón de detalles hermosos en esa imagen que dan a entender esa atmósfera de felicidad: la sensación de reposo por haber comido, el relleno de un último vaso de vino o la desinhibición de la mujer de la derecha que se ha quitado la camisa para sentir la brisa del río.

Varios meses después de reparar en esa imagen, -o quizás uno o dos años-, en un viaje en autobús por Alemania y Austria organizado por amigos de la parroquia de Valvanera, buscamos en Salzburgo un sitio para comer nuestros bocadillos y dimos con un terraplén de cesped junto al río Salzach en el que, de repente, y a modo de un “déjà vu”, sentí que estábamos en la misma ambientación que en la instantánea de Cartier-Bresson. Me levanté a hacer un par de fotos y le di el nombre de un “pattern”: “comer junto al río”.

Creo recordar que no estaban nada tranquilas las aguas del Salzach pero el terraplén te permítía bajar hasta el mismo borde del agua y disfrutar de su frescura y del murmullo de su corriente.
Siempre que he podido acercarme hasta tocar con mis manos el agua de un río he recordado un tristísimo pasaje que Kerouac contaba en “On the Road” a propósito de un día en que llegaron hasta las aguas del Mississipi y quisieron acercarse a su orilla. Al encontrarse por sorpresa con una valla que les impedía llegar hasta el borde se lamentó con honda amargura diciendo poco más o menos que qué se podía esperar de una sociedad que impide a la gente que se acerque a los ríos...

Logroño es una afortunada ciudad que tiene varios kilómetros de orillas junto a un gran río y apenas sin vallas. Sin embargo, creo que no hay ni un sólo punto en el que un pequeño grupo de personas podría sentirse feliz comiendo junto a él.