jueves, octubre 05, 2006

LAS RUINAS MAS BELLAS DEL MUNDO



Los muros de adobe y de tapial son tan delicados que parece que se fueran a erosionar con la mirada. Como en el caso de las flores, es de suponer que la gracia de la arquitectura de adobe o tapial está en su carácter efímero. Al ver hacer tapial, pareciera que los hombres están jugando con barro, no construyendo. Cuando los edificios hechos con arcilla sin cocer están en uso, necesitan de un cuidado constante, como si fueran una planta. Y en el momento de la ruina, parece como si la arquitectura se estuviese disolviendo en las montañas y en el suelo que las rodean. No hay ruina más bella que la del adobe o el tapial: antes de que el abandono o la mugre se adueñe de sus muros, la lluvia y el viento devuelven el polvo de arcilla a los campos. 

En un viaje colectivo de arquitectura celebrado en junio de 1999 fuimos a uno de los paraísos de tapial más a mano: los valles del sur del Atlas. Y volvimos encantados, claro está (buena ocasión para releer el reportaje posterior al viaje: Elhall 47-48). Pero inmersos en la machacona cultura del patrimonio, la conservación y rehabilitación, el desconcierto más absoluto nos asaltaba en cuanto nos preguntábamos qué se podría hacer con todas aquellas ruinas.

Algo parecido le debió suceder al arquitecto valenciano Vicent Soriano Alfaro cuando las visitó por primera vez, a comienzos de los noventa; sólo que él intentó dar respuesta. Como era profesor en la Escuela de Valencia, organizó un par de talleres con estudiantes de arquitectura para estudiarlas con mayor calma, catalogarlas, medirlas y dibujarlas.

Fruto de sus estudios, talleres, contactos, idas y venidas, es el libro "Arquitectura de Tierra en el Sur de Marruecos" que le ha editado la colección Arquithemas de la Caja de Arquitectos. Es un trabajo excesivamente grueso como para dedicarle una lectura detenida, pero ojeando aquí y allá, se aprecia un aire muy fresco en la narración del acercamiento a esta arquitectura tan singular, y… un encorsetamiento algo más rancio a la hora de hacer catalogaciones tipológicas y sugerencias restauradoras.

Como todo arquitecto de nuestro tiempo Vicent Soriano no se conforma con contemplar, sino que quiere aprender (a la vez que enseñar) y quisiera intervenir. Respecto a lo primero, me gustaría decir que no es suficiente con medir, dibujar y catalogar (por cierto, en el libro se echa en falta una mejor localización de las obras), sino que es preciso teorizar. Y eso ya está hecho: no hay más que leer los patrones referidos a la construcción en Un Lenguaje de Patrones de Christopher Alexander, y ahí está todo: muros gruesos, paredes blandas, ladrillos y baldosines blandos, tapias de jardín, luz filtrada, etc. etc. (véase si se quiere mi Manual de Crítica de la Arquitectura, pag 121).

Respecto a lo segundo, la referencia a esa kashba rehabilitada como hotel por un otro entusiasta español, me parece no sólo dudosa, sino antinatura. Y de ahí las palabras iniciales de esta nota.

Frente a las ruinas clásicas de nuestras gloriosas arquitecturas en piedra, tan sólidas ellas, y por lo tanto tan reconvertibles en gadgets turísticos, las ruinas del tapial son infinitamente más auténticas. 

Por ello, en vez de declaraciones UNESCO de Patrimonio de la Humanidad, se merecen más bien el título de "las ruinas más bellas del mundo". Y puestos a animar a la visita y fomentar su turismo deberían venderse como en otros tiempos la Torre de Pisa: corra a verlas antes de que se caigan. O también: tenga en cuenta que con sólo mirarlas (y ya no digamos visitarlas) se caen.