viernes, octubre 06, 2006


LHDn57 CAFE BRETON
¿Quién se iba a imaginar que la fiesta pudiera acabar así? Las fiestas, las verdaderas fiestas, son impredecibles; y de ahí su gracia. Sólo hay que dejarse llevar.
Empezó la cosa con una conferencia en el COAR del arquitecto Alfonso Penela de Vigo con motivo de (¡anda ya!) el “día mundial de la arquitectura”. Tiempo habrá de hablar de Alfonso Penela, asunto que ahora es poco importante, -un arquitecto majete que hace cositas en provincias para engancharse al estrellato. Otro día será.
Había esta noche cosas mucho más importantes de que hablar, saludos que atender y posibles conversaciones que rechazar. El final del verano es duro. El otoño se nos echa encima con un montón de asuntos pendientes que van a marcar la ruta de los fríos meses que se avecinan. Y hay que desbrozar.
Discretamente dejamos el Colegio de Arquitectos y nos fuimos a la calle Laurel para hablar tranquilamente de los viajes del verano y de las ecuaciones que nos plantea el año. Todo en buena armonía. Un saludo aquí y otro allá. Un compañero que se une y otros que pasan saludando (o besando incluso/ novedad de las arquitectas) o sin saludar.
Pero a la hora del último café, o de la última copa, la inercia nos llevó al Bretón. Durante los últimos años ha sido el café de referencia cultural en Logroño. Sin ir más lejos, ayer mismo, miércoles 4, después de la cena mensual con los amigos etnógrafos, sociólogos y agricultores de Logroño, fuimos allí y nos tomamos un descafeinado y un orujo, como cualquier otro día del año. Pero hoy jueves 5 de octubre cuando, una vez más, los perezosos pasos de la indecisión nos llevaron a ese bar, nos encontramos con una extraña fiesta (¿aquelarre?) en la que se celebraba la muerte de tan singular punto de encuentro.
Gente variopinta. Jaleo. Copas gratis y una música a todo volumen muy bien escogida. Un funeral en toda regla. Mientras algo moría, la gente bailaba, bebía y se abrazaba como si eso no fuera con ellos. O como si la propia muerte fuera motivo de alegre celebración.
Había allí amigos de hace veinte o veinticinco años. Alumnas que parecían olvidar que habían sido alumnas. Camareros improvisados. Cócteles que se bebían sin parar. Nosotros, los arquitectos, fuimos por pura casualidad, pero nos dijeron que muchos de los que allí estaban habían sido convocado por el selecto sistema de los SMS. Logroño estaba perdiendo el café más amable de los últimos veintidós años, el café de nuestra pequeña y triste vida cultural: donde se daban los premios de poesía, donde se presentaban libros de editoriales minoritarias, donde…, ay, celebramos las mejores (las únicas) tertulias de arquitectura, etc., y nadie hablaba de eso.
El alcohol llegó a destapar, incluso, conflictos extraños –porque la vida artística y provinciana está llena de ellos-, pero el sopor de las tres de la mañana acabó por disolverlos o por aplazarlos.
A última hora llegaron unos cuantos fotógrafos de la prensa (seguramente convocados por los móviles ó los jefes). Hicieron fotos previsibles de la tonta alegría colectiva, pero se perdieron el momento decisivo: ese en el que, cuando ya todo el mundo se había ido, media docena de parroquianos abandonábamos el bar enzarzados en pastosos recuerdos y ajenos al sentido del momento.
Los bares se mueren de una forma muy rara.
RIP Café Bretón.