martes, octubre 24, 2006

68. FERNANDO AMAT




El lunes 8 de octubre hubo en nuestra Escuela inauguración solemne del nuevo curso y del nuevo nivel educativo en el que han puesto provisionalmente al diseño. Vino el presidente de la comunidad a hacerse fotos para la prensa y Fernando Amat a dar la conferencia. No sé si el primero saludó al segundo, creo que no (al menos yo no lo vi), pero desde luego no se quedó a escucharle. Amat estuvo simpático; aclaró de entrada que él era un “botiguer” (tendero) y no un profesional del diseño, y encandiló a la audiencia con la modernización y el lanzamiento que él y su hermano hicieron de Vinçon, la tienda familiar. El comercio en nuestra ciudad es uno de los sectores más conservadores, retrógrados, faltos de ideas y reacios a la innovación, así que el relato de su experiencia fue sumamente refrescante y hasta esperanzador. Tratando de ponerse al nivel del acto se enredó luego en frases redondas, fórmulas simplonas, deseos teóricos, pequeñas gracias visuales y mucho powerpoint, pero por suerte no se alargó mucho. En el vinillo que siguió a la ceremonia se corrió la voz de que Amat quería ir por la tarde a ver las nuevas bodegas de Calatrava y Gerhy, pero como buenos funcionarios de la enseñanza todos teníamos ya algún compromiso en la recámara para la disculpa. Fue entonces cuando me acordé de la silla que le había hecho Carlos Riart para su casa en la Pedrera y de la satisfacción que siempre me ha producido contemplar aquel objeto, así que pensé que era muy injusto por mi parte no corresponder.

Comimos con moscas en las Escalerillas, decisión arriesgadísima por mi parte porque ese restaurante ha traspasado ya los niveles medios de tolerancia a la mugre, pero Amat lo aguantó bien y hasta incluso le hizo gracia. (El problema es que en estos casos nunca sabes qué es tolerancia o qué es cortesía). Llegando a los postres le felicité como catalán por el nuevo producto estrella que va a relanzar la alicaída imagen de aquella región (y que esperamos que llegue pronto por aquí), es decir, Ciutadans, pero puso mala cara y dijo no saber nada. Lástima, -pensé-, se me había olvidado que era un “botiguer”.

Mientras él hacía fotos a la bodega de Ysios, yo me escandalicé un rato mirando cómo se está destruyendo con las dichosas bodegas (sean de diseño o no) el hermoso paisaje que rodea a Laguardia. Me acordé que hace no más de diez años, en una visita a aquella zona con José Angel González Sainz, se maravillaba éste de la limpieza del paisaje. Ya no es el mismo.

En Elciego la visita tuvo una doble historia porque mientras Amat hacía fotos y se entusiasmaba con los brillos y colorines de las olas de las chapas de titanio, yo me encontré sin saberlo con el show que se estaba preparando para la inauguración real del día siguiente. La ertzaintza tenía detenido a un tipo por hacer fotos al edificio desde demasiado cerca, tipos siniestros rastreaban las cunetas con perros policías, vallas de cañizo intentaban ocultar la vista del edificio a los curiosos, y los jardineros iban y venían de sus furgonetas a la bodega con tiestos y demás verderío provisional. Al final la ertzaintza nos aconsejó que fuéramos a un par de miradores que hay desde el pueblo, y aceptamos encantados la sugerencia.

En el primero de los ellos intentamos pegar la hebra preguntando a los vecinos por una espantosa explanación recién hecha junto a la carretera, pero la respuesta fue otra pregunta: ¿no serán Vds policías secretas, no? El mismo tipo se respondió a sí mismo diciendo que tanto le daba, pues si éramos secretas de verdad en ningún caso lo iba a saber y nos aclaró que la explanada en cuestión era una pista recién hecha para el aterrizaje de los helicópteros del rey. A Amat le hizo mucha gracia que nos confundieran con polis: “cuando se lo cuente a mis hijas se van a reír un montón”. Varias veces me preguntó qué opinaba yo del Gehry que estábamos viendo pero entonces, cosa poco habitual en mí, me salió también la vena de botiguer.

Cuando regresamos a Logroño hacía tan buena tarde que me dio pena dejarle solo en su hotel, así que llamé a Rosalía para dar un paseo y tomarnos juntos un helado. Visitamos ya de noche la Gran Vía que acababa de estrenar esas lucecitas del suelo con las que parece una pista de aterrizaje e hicimos unas risas y unos lamentos sobre su diseño. Para cumplir con el rito de todo anfitrión riojano le regalé tres botellas de vino, de las que dos se rompieron sobre el granito del Espolón por el mal cierre de la caja de cartón. Y finalmente, nos despedimos, claro está, deseándonos lo mejor.

Siempre me sorprende que los personajes importantes sean tan elementales cuando ejercen de turistas. Se ve que el turismo nos iguala a todos, y por lo bajo. Por eso, aunque la conferencia no estuvo mal y pasé una agradable tarde en su compañía, creo que voy a seguir recordando a Fernando Amat por la silla que le diseñó Carles Riart.


lunes, octubre 23, 2006

67. PEÑAS ARRIBA



Han pasado tantos años que recuerdo muy poco de las novelas de Pereda. Recuerdo, eso sí, el orden en que las leí y la sensación de júbilo que me produjo aquella narrativa mitad costumbrista y mitad juicio moral de la primera de ellas, Don Gonzalo González de la Gonzalera. De la siguiente en pasar por mis manos, Peñas Arriba, tengo el recuerdo de que era como una bellísima descripción de la montaña santanderina hecha a la misma escala del modelo. Los ambientes urbanos y la historia de Sotileza, que leí a continuación, me entusiasmaron menos, y El Buey Suelto me pareció ya, incluso en aquellos juveniles años, cargada en exceso de moralina.

Tuve la suerte de disfrutar de Pereda antes de haber leído las descalificaciones literarias de los libros y los profesores más progres de entonces. Descalificaciones tan tópicas casi siempre que, vistas con cierta perspectiva, le reafirman a uno en la convicción de que nada hay tan rancio como la progresía.

Seguramente toda lectura tiene su tiempo, su momento u oportunidad, y es más que probable que ahora sería incapaz de acabar una sola de las cuatro obras mencionadas. Entre otras cosas porque estoy bastante de acuerdo con Alberto Adsuara en que ya no es tiempo de novelas (ver Necrofilia en www.albertoadsuara.blogspot.com, 10oct06). Aunque no sé, quizás no sea tiempo para nosotros, pero sí para otros.

El sábado pasado, sin embargo, al pasar (pasear) en moto por la estrecha carretera que va desde La Hermida hasta Puentemansa, y contemplar los pueblecitos situados en el lado de la solana (ver foto) me encontré con la agradable sorpresa de captar en un sólo golpe de vista toda la belleza y evocación de aquella lectura juvenil de Peñas Arriba. Tuve en ese momento la sensación de vivir un momento mágico -un minuto de cielo-, que pudiera expresarse como el deseo de quedarme allí para siempre por el hecho de que aquel lugar (o alguno muy semejante) había sido previamente para mí un lugar literario.

Suelo citar aquella frase de Borges en que decía aquello de “qué lindo habitar en una ciudad que ha sido cantada por un gran verso”; pero con ocasión de la contemplación de este lugar perdido entre las montañas, aquella cita se me quedó pequeña. He pensado a raíz de ello que el arte de la narración (o todo gran arte en general) no es más que una guía de cielos que tenemos por descubrir.

(Nótese que no es lo mismo un cielo que un lugar de peregrinación. Lo digo para los que ya acuden en masa a la Cafetería Bar Iberia Salón Comedor de Madrid tras la obra de arte de Félix de Azúa en su blog del 20oct06, www.elboomeran.com).

viernes, octubre 20, 2006

66. LAS ESCUELAS DE DOÑA JUANITA MADROÑERO




Un triste aparcamiento “provisional” que ya lleva ahí más de quince años ocupa el lugar donde estuvieron las escuelas de Doña Juanita Madroñero, que apenas ya nadie recuerda y cuyo derribo se llevó a cabo en su momento sin pena ni gloria. Es curioso ver cómo algunos edificios mueren o se resisten a morir con mucho jaleo público y otros, acaso más significativos para la ciudad, desaparecen en silencio y sin mayor alharaca.

Por la dificultad que me ha supuesto encontrar algunos datos sobre este edificio, y tal vez por su discreción en morir, le he cogido un cariño especial y le he hecho merecedor de un recordatorio especial en este LHD.

No hay planos originales de su construcción en el Archivo Municipal de Logroño, pero sí un grueso expediente manuscrito de las recepciones de obras de los diferentes gremios firmadas por Maximiano Hijón, que dicho sea de paso, le está resultado de mucha utilidad al amigo Fede Soldevilla para documentar a los herreros y carpinteros que trabajaban por entonces en Logroño. El expediente lleva fecha de 1867, es decir, apenas cinco años después del derribo de las murallas de la ciudad y justo cuando se estaba pensando cómo organizar los espacios extramuros. Al ubicar respetuosamente su fachada en línea con la puerta del Revellín dando origen a la también desaparecida calle Depósitos, no es aventurado decir que gracias a esa Escuela se salvó del derribo ese pequeño trozo de muralla, tan vulnerable entonces pero tan significativo ahora como salida del Camino de Santiago y punto central del ritual de las fiestas de San Bernabé.

A falta de los planos del proyecto original, existe un levantamiento del “estado actual” hecho por Fermín Alamo en 1930 cuando realizó el proyecto de una elevación de dos pisos para viviendas de los maestros sobre las propias aulas de la escuela, proyecto que no se construyó, seguramente por las penurias de los años republicanos.

Pasada ya la guerra civil, el arquitecto municipal Luis González realizó en 1944 otro proyecto de elevación sobre el edificio existente para nuevas aulas, pero tampoco se llevó a cabo su construcción. Una foto, realizada por Casado y recogida en el libro “Logroño, un siglo en imágenes” (preparado con fondos del Archivo Municipal y editado por el propio Ayuntamiento) muestra que en 1961 el edificio seguía igual que en 1930 y que en 1867.

Contemporáneo estricto de los dos grandes equipamientos urbanos proyectados por Jacinto Arregui en esa misma década, es decir, la Beneficencia de 1864 y el Hospital de 1866, las Escuelas Municipales de doña Juanita Madroñero, -como ya se denominaban en 1944 seguramente en honor de alguna maestra singular-, tuvieron el mismo carácter arquitectónico que aquellos, es decir, el de un edificio compuesto en pabellones y sin demasiado aparato decorativo, pero con el rigor y orden de un servicio público.

Fue demolido a finales de los años ochenta sin otro motivo que el de su probable obsolescencia y sin más razón que las ganas de acabar de abrir un vacío urbano que, ocupado desde entonces por un destartalado parking en superficie, sigue a la espera de los inciertos designios del desarrollo del concurso de Valbuena.

Alguien dirá que aquel edificio de las Escuelas no valía gran cosa, pero mirando la foto de 1961 puede verse que de un modo u otro, se ha llevado, o está en vías de llevarse tras de sí, prácticamente todo lo que tenía a su alrededor. Y es que hay arquitecturas o edificios que no sólo valen por lo que son, sino por la forma en que ocupan un lugar. Cuando desaparecen nadie los echa en falta, pero a los pocos años uno ve como si toda la ciudad que lo envolvía hubiera desaparecido también por el agujero que se abrió con su demolición.


jueves, octubre 19, 2006

65. LA CIUDAD EN OBRAS


En los próximos días iré al COAR a ver la exposición de fotografías del concurso organizado en colaboración con ñfoto bajo el título LA CIUDAD EN OBRAS, y que por lo que leo y veo en la prensa de hoy, ha otorgado el premio no a una foto sino a un fotomontaje (???). Si algo interesante me motiva en la visita, lo comentaré aquí.

Pero desde la propia convocatoria del concurso ya me llamó la atención el título del mismo, pues bajo LA CIUDAD EN OBRAS, publiqué en el n 12 de la revista El Péndulo del Milenio, allá por el año 2001, un artículo que por su actualidad y sus previsiones me parece interesante releer, y que como es de difícil acceso, lo traigo a la red. Ya siento que sea más largo que lo que se estila en un blog, pero no creo que sea cosa de publicarlo por entregas. Sobre todo, porque luego escribí una segunda parte que seguramente traeré también aquí.
Decía así:


Seguro que ya se han dado cuenta Vds. de que estamos en obras. Si cogen el coche para salir de Logroño, ahí está otra vez levantada toda la circunvalación (y ya van tres veces por lo menos); si van al Ayuntamiento verán un gran agujero de tierra; si tratan de cruzar el Ebro tendrán que hacer malabarismos para evitar el Puente de Piedra cortado por uno de sus extremos; en la zona del Cuartel de Artillería todo está en obras desde hace años; hay varias calles cortadas peatonalizándose y las ya peatonalizadas tienen, un día sí y otro también, obras de reposición de las baldosas rotas a causa de los coches que aún pasan por ellas por muy peatonalizadas que estén; la vieja carretera a Madrid, que se había quedado como una calle urbana al desviar la N-111, la están rehaciendo como doble vía echando las tapias para atrás; seguramente su casa, o la de al lado, tiene un andamio en la fachada bajo el que da miedo pasar; seguramente también su calle, o la de al lado, estará levantada otra vez para meter el gas o cambiar el alcantarillado; el del piso de arriba está cambiando todos los azulejos y los albañiles no paran de picar las paredes desde hace una semana; la Concatedral está patas arriba desde hace meses, el campo de fútbol no se acaba nunca, y así sucesivamente.

Pero seguro también que Vds. se creen que esto de las obras es una molestia ocasional y que una vez acabadas las obras podremos volver a vivir la ciudad en paz. Seguro que se han hecho a la idea de que una vez que se acabe la presencia de camiones y barro y grúas y ruidos, las calles y circunvalaciones, la Concatedral y el Puente de Piedra, la casa del vecino y su propia calle, van a lucir con un largo y duradero esplendor donde vivir en paz el resto de sus días. Pues bien, nada más lejos de la verdad. Yo les digo que la paz no volverá nunca a la ciudad; yo les aseguro que de no cambiar mucho las cosas, las obras van a continuar en mayor número y cantidad y que las molestias se van a incrementar una y otra vez hasta alcanzar umbrales insospechados e insoportables. Y lo digo no como una apuesta o una chulería, no como una fe, un pronóstico, o una aventurada proposición, sino que lo digo con toda la fuerza y verdad de una razón: aquella que dice que el tinglado de obras de la ciudad, además de ser un gran negocio que da muchos millones de dividendos y hasta crea muchos miles de puestos de trabajo, tiene una cobertura ideológica prácticamente irrefutable que da también miles y miles de votos, a saber, que todas las obras se hacen para mejorar la ciudad, para aumentar su Calidad y abundar en el Progreso, para incrementar el Turismo y, en general, para el grandioso e imperecedero Futuro de la ciudad.

Pero vayamos por partes. La causa primera que mueve a las obras no son las propias obras, en el sentido de la dinámica y negocio que se genera con la construcción y destrucción de cosas sino que, como ha sido dicho y es sabido, es el mercado del suelo que subyace bajo los edificios de la ciudad el que mueve mayormente a las susodichas obras. La causa primera siempre es oculta pero a veces tenemos la suerte de que salga a la luz. El derribo ya consumado del Teatro Moderno, por ejemplo, lleva ofreciendo desde hace meses el espectáculo siempre hiriente pero edificante de la exhibición de la riqueza ante la miseria: el caserío que lo envuelve y los ojos que allí habitan siguen tan depauperados como siempre, pero el espléndido solar que anuncia el negocio de la construcción y de la explotación de los multicines que allí se erigirán, posee el inconfundible brillo del dinero (la causa primera) por mucha basura que los vecinos le echen encima. La imagen del viejo Teatro, que según sus derrotados defensores podía haberse puesto en marcha con poco más que una manita de pintura, se hubiera quedado anclada para siempre en el entorno y no hubiera participado, como ahora, del brillante Futuro del barrio.

En el borde noreste de la ciudad, allí donde se quedó estancado su crecimiento durante casi medio siglo y donde las primeras viviendas baratas del desarrollismo franquista se construyeron con las prisas y malos materiales de los buenos negocios, espera así mismo su turno el excelente solar de la plaza de Toros para ofrecerse a la ciudad con similar lustre y contraste. Después de la feria matea del 2000, aquella triste feria en que los aficionados se desentendieron del destino del edificio y del arte que allí se practica (pues no de otro modo puede entenderse la incalificable bronca al mejor torero que pasó por ella), el modesto coso de Fermín Alamo descuenta en silencio los días que le faltan para exhibir la belleza de un inmenso y provechoso solar ¡a dos minutos a pie del mismísimo Ayuntamiento de Logroño!.

Los ciudadanos no ven por lo general la belleza de los solares, por lo que es recomendable contemplarlos siempre en compañía de algún empresario de la construcción o de algún político que anhela ver su nombre ligado a la estupenda operación económica que en él se anuncia. Para educar esa mirada, nada más ejemplar que aquel solar llamado “de Lobete” o “de los pimientos”. Durante años y años todos vimos que ese solar no valía nada (no brillaba nada, o no valía un pimiento) porque era público y no cabía el negocio en él. Lo dejarían como parque, o pondrían unas Consejerías o qué se yo. Pero en cuanto entró un gobierno que cree que la Administración Pública es como un negocio y anunció que lo subastaba para el negocio de construir viviendas, el solar de Lobete brilló como una estrella supernova. Fue un flash breve pero ya inmemorial en la historia de la ciudad de Logroño.

Mucho más difícil es ver el potencial de negocio, y por tanto de generación de obras, de aquellos solares que todavía están construidos. Hace falta una educación especial de la vista y una iniciación. Debajo de la ciudad de calles, casas, árboles y escuelas que todos vemos, se esconde una verdadera mina de oro a ras de suelo. Y es el deseo humano de dar con ese oro el que en primera instancia sacude la ciudad como un terremoto levantándola en obras por uno y otro lado. Hay una ciudad física y una ciudad negocio. La primera es estática, la segunda dinámica. La ciudad física tiene su representación en las formas. La ciudad del negocio se materializa en las obras. Son dos mundos entremezclados no siempre compatibles en el que uno de ellos, eso es seguro, lleva todas las de ganar.

Pero hay más motores de obras que el del mercado oculto del suelo de la ciudad-negocio. Causas segundas o terceras, les podríamos llamar. Uno es la inmigración y el crecimiento demográfico y otro la movilidad humana en automóviles privados. Es curioso que en una cultura de la estadística con medios tan sofisticados de cálculo, nadie quiera hacer unos números sobre ambas materias. El número de inmigrantes admisible de una ciudad o la movilidad humana en automóviles privados no ha sido todavía calculado y da la sensación de que nadie quiere hacerlo porque ello supondría racionalizar las obras del crecimiento y del viario, y probablemente ello llevaría a disminuir el volumen de sus obras. Al no fijar las expectativas de población siempre se tiende a pensar que el crecimiento es ilimitado y que todo lo que se construye se ocupará (o por lo menos que se venderá).

Al no fijar el límite de la movilidad en automóviles privados todas las obras se quedan pronto pequeñas para absorber los nuevos incrementos, por lo que siempre hay que ampliarlas. Los historiadores del futuro no saldrán nunca de su asombro ante el dato de que el Plan General de Logroño del año 1984 planteaba que la ciudad de Logroño, por sus modestas dimensiones, era una ciudad destinada a no tener coches ni a sufrir sus problemas (!!!). Con cálculos y visiones de este tipo no es de extrañar que la circunvalación esté siempre en obras de ampliación y mejora.

La mina de oro del mercado del suelo, y la no previsión del crecimiento demográfico y del flujo de automóviles son causas muy entendibles de ese nuevo modelo urbano que vengo en llamar “la ciudad en obras”. Las causas teleológicas que anunciaba al comienzo de este artículo dan cobertura ideológica y sirven como excusa para pedir al vecindario que disculpen las molestias. De esas no voy a hablar porque prefiero remitir al interesado a los excelentes artículos de Agustín García Calvo recogidos en el nunca más apropiado título de “Avisos para el derrumbe” en editorial Lucina. Para acabar de definir la ciudad en obras es preciso hablar también de lo más elemental, esto es, de la edad de las ciudades, de lo viejo y de lo nuevo, de renovarse o morir, pero es tema largo y de mucha enjundia así que mejor será dejarlo para una nueva entrega.

miércoles, octubre 18, 2006

64. THE LONG AND WINDING ROAD






Como se cantaba en aquella hermosa canción de los Beatles, el camino hasta IKEA ha sido (y es) largo y tortuoso.

Hace unos años, cuando se instaló IKEA en España y los decoradores empezaron a ir con sus clientes a comprar muebles y complementos en sus primeros establecimientos, un amigo me comentó que al fin habían triunfado las ideas más nobles de la Bauhaus y el proyecto más honesto del diseño moderno. Los objetos para amueblar y decorar los interiores de las casas podían ser baratos gracias a un buen diseño y a su producción industrial a gran escala. Y por si IKEA no fuera suficiente, otras cadenas algo más pequeñas pero igualmente competitivas, venían instalándose con cierto éxito en muchas de nuestras pequeñas ciudades: LA OCA, CASA, etc.

Para entonces, los arquitectos progres hacía tiempo que habían tirado la toalla. Los pecados de la arquitectura moderna habían sido tantos y tan graves que muchos de sus creyentes, aunque aún rezaran las jaculatorias de “ornamento es delito” y “menos es más”, e intentaran hacer algo de minimalismo para las fotos de las revistas, sintieron cierto alivio con la llegada de la postmodernidad o incluso se alborozaron y coquetearon con esa deconstrucción que les permitía poner los cubos desplomados. Y si el encargo daba para contar con ingenierías de fachada, pues hasta se podían permitir un toque high-tech como quien tira una cana al aire.

Por si ello fuera poco, en aquellos años de hundimientos comunistas, caídas de muros y reubicación de tendencias, en España vivimos el boom de un diseño frívolo y festivo que poco tenía que ver con las mejores intenciones de los pioneros modernos.

IKEA ha sido por lo tanto, una sorpresa inesperada; un canto de cisne; o acaso un ave fénix que ha levantado el vuelo para dar ánimos a quienes algún día pensaron que aquella modernidad larvada desde la Exposición Universal de 1851 y forjada finalmente en el crisol de la Primera Guerra Mundial era algo más que una pose, una moda o la niña bonita de una ideología.

Lamentablemente tengo que decir, sin embargo, que la frase con la que he iniciado esta nota no está inspirada en las vicisitudes de una gran idea por abrirse camino a lo largo de casi un siglo, sino en las ilustraciones para localizar y llegar hasta los establecimientos de IKEA que pueden verse en el catálogo de la temporada 2006 – 2007. Recorridos largos no sé, pero que son tortuosos es más que evidente. Si el diseño moderno ha triunfado al fin en los pequeños objetos de la casa, en los grandes temas de ordenación de los espacios de circulación, del paisaje urbano y de la simple orientación, hemos alcanzado a su vez, (y a la vez), los límites más ridículos del infradiseño.

He escrito un par de veces sobre la cuestión así que no es cosa de repetirme sino en todo caso de releer los argumentos: en elhall76 publiqué “Superestructuras de Infradiseño” que puede encontrarse lincando aquí; artículo que tuvo una interesantísima respuesta por parte de un experto en accidentes de tráfico y seguridad vial de Elche, Luis M. Xumini, y que puede también leerse en elhall81 de la misma web bajo el excelente título de El Rotondismo Fundamentalista. A solicitud del director de la revista Archipiélago aún di una vuelta más al tema alargando un poco el título del primer artículo: Superestructuras de infradiseño y otras miserias urbanas (Archipiélago n62).

Hubiera sido más bonito celebrar el nuevo catálogo de IKEA mostrando alguno de los productos estrella de la temporada. Pero los críticos tenemos la maldición de contar siempre lo que nos escandaliza.

De todos modos aún confío en que, después de haber cambiado tantas veces de dirección y sentido y haber girado en tanta rotonda (y si hay topes en la calzada ya ni te cuento), el lector supere todos los vértigos y mareos propios de tan sádico meneo y pueda disfrutar, más allá de la propia adquisición de los productos, del encuentro con una vieja idea al fin triunfante.


martes, octubre 17, 2006

63. SAN AGUSTÍN 1



Qué sencillo le hubiera sido saludar, parar y preguntarme, que si quería saber algo sobre el edificio que estaba yo tan atentamente observando algo me podría él contar.

Fue el viernes 12 de mayo a eso de las dos del mediodía. No había apenas nadie en la calle peatonal San Agustín y llevaba yo un buen rato plantado en mitad de la calle tratando de hacer una foto para mi “guía” de Logroño de la curiosa casa que hace esquina con Capitán Gallarza, cuando vi que el Decano del COAR y presidente del PARTAL Domingo García-Pozuelo pasaba justo a mi lado mirando al suelo y acelerando el paso. No era la primera vez que Domingo hacía como que no me había visto para evitar el saludo. Desde que redactó aquel acuerdo infame que cerró la séptima época de elhall ya me lo había hecho una vez en el paso de peatones de Vara de Rey, debajo de la casa del Torero, y otra en el propio Colegio de Arquitectos. Por eso, cuando el 30 de mayo escribí en positivo el LHDn19: SALUDOS, aunque no lo mencioné, ya tenía presente su lado negativo: los no-saludos.

Pero dejemos a un lado la anécdota para entrar en la investigación. La casa de San Agustín 1 me había llamado la atención por la curiosa mezcla en fachada de elementos de la arquitectura de empaque de los cuarenta y algún que otro eco racionalista y regionalista. Por afinidad con algunos elementos de esta forma de diseñar llegué a pensar que podría ser de José María Carreras, pero al encontrar el expediente original en el Archivo Municipal de Logroño, descubrí que era de Agapito del Valle, en 1945, para Marcelino Arrieta. En el primer contraste entre el proyecto y el edificio construido me llamó la atención que los ojos de buey que hay antes de la última ventana junto a San Agustín 3 no estuvieran en el proyecto original.

Todo se aclaró cuando siguiendo los avatares arquitectónicos del inmueble, descubrí que en 1990 José Ignacio Rodríguez y Domingo García-Pozuelo firmaron una rehabilitación completa de la casa para Logroño Promociones SA, en la que se añadían esos ojos de buey como ventanas de habitación de una de las oficinas que habían sacado donde antes hubiera viviendas. Un cambio de uso radical y un hueco muy especial.

Pero el proyecto de Domingo y José Ignacio contenía mucha más información porque la rehabilitación se hacía, no sobre la fachada original, sino sobre una alteración posterior, la de los famosos Almacenes San Bernabé, que al parecer no les gustaba mucho. Esto es lo que decían en la memoria (cito textualmente): “La intervención se centra en lo siguiente: por una parte la restauración de la fachada proyectada por el Arquitecto Don Agapito del Valle, y la recuperación de la parte ocultada por una intervención que en la entreplanta, dio un carácter de funcionalismo torpe, bajo el signo de una modernidad mal entendida, a toda la parte baja del edificio”. De los dos arquitectos que firman el proyecto, y a la vista de otros escritos, ya imaginamos quien redactó la memoria.

Para completar la investigación sólo me quedaba saber quién podría ser el arquitecto del “funcionalismo torpe” y la “modernidad mal entendida”, así que pedí el expediente de la reforma de la entreplanta para la ampliación de la tienda de la planta baja, y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que era ¡del mismo “don” Agapito del Valle!, en 1966, para los Hijos de Marcelino Arrieta, esta vez firmada al alimón con su hijo Félix del Valle, quien posteriormente sería compañero de despacho de José Ignacio.

La historia es tan jugosa, y las deducciones que pueden hacerse sobre la miseria teórica, documental, argumental y profesional del presidente del PARTAL tan evidentes, que es preferible que las haga ya el lector a partir de los datos que aquí le doy.

Y así yo me vuelvo a la anécdota y a pensar en miserias más humanas y profundas, es decir, en lo tontos que somos en provincias, cuando no aprovechamos las posibilidades de aclarar, en esos habituales encuentros callejeros que las pequeñas ciudades nos proporcionan, buena parte de nuestras diferencias personales.

(Para quien quisiera profundizar en la historia, le puedo pasar digitalizada toda la documentación gráfica de la misma).

lunes, octubre 16, 2006

62. GUÍAS CRUZIALES



Algunos arquitectos más o menos amigos o próximos que esperan que el año que viene se edite la Guía de Arquitectura de Logroño en la que he venido trabajando pacientemente durante los dos últimos años; y hasta el propio Colegio de Arquitectos que me la encargó y luego trató de que la abandonara, se van a llevar la sorpresa de que bien a la par, o incluso antes de que mi libro esté editado, van a poder tener en sus manos otra Guía de Arquitectura de Logroño o incluso dos.

De la primera de ellas pudieron tener noticia cuando a una Comisión de Cultura del COAR llegó la solicitud de ayuda de un historiador de Bilbao, Gorka Pérez de la Peña, pidiendo sugerencias y colaboración para elaborar listas de los posibles edificios más “interesantes” de la ciudad. Ignoro si alguien en el COAR le proporcionó la colaboración pedida, pero lo que sí es cierto es que paralelamente se le concedió una subvención para realizar un estudio sobre la obra de Rafael de Fontán (ver LHDn5)

Pero como las fuentes de datos no son muchas, enseguida empecé a tener noticia de la forma de trabajar de Gorka y finalmente ha sido inevitable coincidir personalmente con él en el Archivo Municipal de Logroño. Sus posiciones y las mías son tan distintas, que tan sólo la coincidencia en el mismo título de nuestros trabajos –Guía de Arquitectura-, pudiera inducir a algún inepto al error de confundirlas o compararlas.

A la vez que a Gorka, he tenido la suerte de conocer a su promotor editorial, el Director del Grupo Publicitario “Cruzial”, Ignacio González-Riancho Colongues, un hombre comunicativo y con las ideas muy claras en el campo del negocio y el marketing, por lo que no me queda duda alguna de que nuestros trabajos no tienen otra cosa en común que el título.

Por otra parte, en este verano del 2006 me llamó José Miguel León poco más o menos que disculpándose porque había recibido un encargo del Docomomo para elaborar un listado de los mejores edificios del siglo XX en La Rioja, y me pedía colaboración en cuanto a datos. Josemi tiene una larga tradición de recopilador, catalogador y seleccionador de nuestra arquitectura más notoria, y así lo demuestran las fichas que elaboró para el COAR hace ya más de treinta años, por lo que poco le iba yo a dar que no conociera de los edificios “interesantes” que a él le ocupan. De todos modos, la semana en que estuvimos de viaje en Milán (mayo del 2006), dejé en sus manos todo, absolutamente todo, el material que yo tenía elaborado. Cuando me lo devolvió intentó hacerme una crítica de mi forma de trabajar (incluso con algunos picajosos comentarios cargados de celos personales) pero no pasó a más porque enseguida se dio cuenta de que su crítica iba por un lado y mi trabajo por otro. Como desde entonces no he vuelto a hablar con Josemi, pues en las últimas veces que hemos coincidido siempre le he visto en la corte del COAR, no tengo ni idea de si el Docomomo editará esa “selección” dentro de algún libraco gordo a nivel nacional o si lo hará de una forma aislada como “Guía de Arquitectura Moderna de Logroño”.

Supongo que tanta Guía en tan poco tiempo nos va abrumar. Quizás sea un síntoma de que en arquitectura debemos estar tan desnortados que seguramente no necesitamos de una, sino de dos o tres guías. La de Josemi ya vendrá bendecida por el propio prestigio de su promotor, y a fe que el COAR se unirá al séquito. La de Gorka pertenecerá a una colección comercial, en la ya están editadas las de Santander y Bilbao (y en preparación también está la de Valladolid), y cuyo título pica muy alto: “Guías Cruziales”.

Para evitar los “cruzes” yo he empezado a buscar un título distinto para mi trabajo, aunque no sé si daré con él. Me sabe mal que me pisen el de “Guía”, pero quizás tenga que renunciar a guíar a nadie en materia de arquitectura. De todos modos, lo de “cruzial” nunca se me hubiera ocurrido.

viernes, octubre 13, 2006

61. ARQUITECTURA Y METAFÍSICA



He aquí dos grandes palabras, dos conceptos prestigiosos, dos ocupaciones nobles donde las haya. Y por desgracia, dos polos de mi vida entre los que he oscilado (y me electrocutado) más de una vez. Con dieciocho años y la oquedad de la religión encima yo hubiera querido dedicarme a la metafísica, pero no sé muy bien cómo, me vi metido en arquitectura. Eso sí, gracias a que cursé arquitectura en años de mucha huelga, dediqué la mayor parte de la carrera a leer Aristóteles, Kant, Kierkegaard o Nietzsche. Quince años más tarde, cuando la arquitectura se me hizo banal, volví a la metafísica por la vía de la ontología, y me pasé unos años levitando. Pero el encanto como se vino se fue, y empecé a andar con un pie en cada lado o en ninguno de los dos.

El caso es que hace unos meses, en la librería de la Trienale de Milán vi un libro que se titulaba Ciudad Metafísica y el corazón me dio un vuelco. Su autora se llamaba Donata Pizzi y el contenido era un estudio sobre pueblos italianos de nueva fundación entre 1920 y 1945 en la propia Italia y en sus colonias, Libia y Eritrea (algo parecido a los poblados del Plan Nacional de Regiones Devastadas del franquismo de Del Amo y compañía). Estudio sí, pero como cualquier curioso bibliófilo de arquitectura se puede imaginar, la parte más sobresaliente del libro eran las fotografías. No recuerdo bien, pero creo que todas eran en blanco y negro, mostraban paisajes urbanos vacíos o desolados, ruinas de paredes blancas, ventanas negras y sin carpintería como las que dibujaban los rossianos, etc.
El uso de metafísica como adjetivo me llevó en otra librería más generalista (creo fue la del Museo de Brera) a consultar las monografías de Giorgio de Chirico, artista conocido por ser el inventor de la “pintura metafísica”. No me entusiasmaron gran cosa sus cuadros, pero en alguno de sus numerosísimos autorretratos le encontré cierto parecido con Oscar Tusquets. O al revés.

Finalmente, ya de vuelta de Milán, releí un artículo de Tomás Llorens sobre De Chirico (AViva5 p32) en el que se intentaba demostrar que el pintor metafísico no era uno de los grandes maestros del siglo XX y que en realidad su obra debería de situarse “en los márgenes”.

Ya es pena, me dije, que la metafísica se convierta en adjetivo, pero que encima se la ponga en los márgenes, es patético. Por si fuera poco, en su blog de 9oct06 y a raíz de un artículo de José Luis Pardo, Félix de Azúa describía con su habitual coña que al igual que otros antaño prestigiosos compartimentos de la filosofía, la metafísica está en horas bajas y que las disciplinas triunfantes son la política y la estética, bien a la par o fundidas en una sola.

Yo nunca me he atrevido a escribir públicamente de metafísica pero desde hace tiempo no paro de poner por escrito (aunque sea a escondidas en esta página de blog) que la arquitectura ha perdido el norte. Así que ahora me pregunto si no será porque no encuentra su metafísica. Como el libro de los poblados fascistas no era más que un álbum de fotos estetizantes, y de Chirico un tipo al margen, habrá que esperar a nuevas conjunciones entre la arquitectura y la metafísica.

miércoles, octubre 11, 2006

60. DON´T COME KNOCKING



Es verdad que ya vemos la realidad a través de los ojos de la pintura, o por decirlo de un modo más general, a través del arte. Hasta yo mismo, que soy bastante “arteo”, cuando veo un urinario digo, “un Duchamp”, o ante cierto verde con rojo digo, “un Rothko”. Lo nuevo para mí es usar el cine para interpretar la realidad: por ejemplo, cada vez más ciudades las veo ya como Blade Runner. El año pasado, cuando empezamos a relamernos de gusto tras la visita a los fantásticos interiores de la Biblioteca de Berlin, acabé preguntándome si nuestro entusiasmo era debido a la maestría espacial de Scharoum o a aquel blanco y negro de Wenders en Cielo sobre Berlín. Me parece muy peligroso ver la realidad con los ojos de un cinéfilo: te puedes volver tan pesado como los artículos de Bernardo Sánchez.

El caso es que el otro día fui a ver Don´t Come Knocking (que nuestros distribuidores españoles nos han traducido como “Llamando a las puertas del cielo” para ver si aprendemos inglés de una vez), y salí deshecho de pasión arquitectónica. Los paisajes urbanos de la América profunda en Nevada y Montana son duros (yo no había vuelto a Montana desde aquellos relatos de Rock Springs y Great Falls de Richard Ford), pero la cámara de Wenders los convierte continuamente en cuadros de Edward Hopper. El truco consiste en quitar los coches de las calles (eso le gustaría a Milán Kundera): hasta los paisajes más desolados son maravillosos cuando no hay coches por medio; o mejor dicho, cuando sólo hay un bellísimo coche que los recorre.

En materia espacial la película de Wenders es completamente falsa. En las carreteras americanas, por muy remotas que sean y aunque crucen los espacios más abiertos, no hay forma de parar en las cunetas. Los norteamericanos son en eso fieles herederos de la tacañería inglesa, que jamás regala un metro cuadrado entre las carreteras y las propiedades valladas. Para un fotógrafo digital (o sea, compulsivo) es insufrible viajar en coche por América porque cada vez que ves un paisaje y quieres fotografiarlo, te has de aguantar las ganas porque es imposible parar. Quizás sea ese el truco de Wenders: que con el permiso correspondiente para rodar, obtiene lo que el viajero enamorado de los paisajes americanos quisiera fotografiar; con coches y sin coches.

Por lo demás, la película es estupenda. Hay tema, actores (qué grande Sam Shepard), música excelente y ese tipo de narración pausado que me trae recuerdos de mi entusiasmo juvenil por el cine de Antonioni. Y hay también un detalle sonoro que me provoca una especie de profunda nostalgia. En casi todas las pequeñas ciudades de la América profunda siempre se escuchan los silbatos del ferrocarril. En este punto, la película de Wenders es absolutamente fiel a la realidad. Pero como en Don´t Come Knocking se oyen los trenes pero no se ven, para que esta crónica quede más bonita le pongo la foto de unas locomotoras que hice en un paso a nivel situado en el mismísimo centro de Reno, Nevada.


martes, octubre 10, 2006

59. JORNADAS DEL PATRIMONIO 2006



Uno de los mejores alicientes de los primeros días del otoño es encontrarte en la calle con gente que te cuenta sus viajes de verano. Lo mejor es dar con los viajeros según llegan pues te sueltan sus impresiones tal cual las sienten, sin mayor elaboración. Normalmente se nota si ya llevan varios días en casa después del viaje, pues a fuerza de contárselo a unos y a otros, las impresiones empiezan a cobrar consistencia por sí mismas: se hacen más literarias y tópicas y van perdiendo su frescura inicial. Cuando eso pasa lo mejor es no dejar que te cuenten el viaje, sino hacer preguntas. A poco que camines por esta ciudad, y con las buenas tardes que está haciendo en estos primeros días de octubre, te puedes pasar horas escuchando las más variadas noticias de todos los rincones del mundo y sacar un buen partido de ello.

Carlos Muntión me ha contado que ha estado en La Alhambra y que a pesar de las miles de personas que había dentro, le gustó. Se enteró de que dentro de poco la van a cerrar por obras durante varios años y quiso anticiparse al lifting. Tan contento estaba de su viaje que no le importó mucho que le dijera que la Alhambra que hemos llegado a ver no era ni la nazarí, ni la de Washington Irving, sino la que interpretó el arquitecto Leopoldo Torres Balbás (de quien, por cierto, se ha editado recientemente una monografía laudatoria y acrítica, es decir, de mero interés documental: Alfonso Muñoz Cosme, ed Junta de Andalucía). Los edificios museificados son como viejas partituras que varían según quien las interprete y según como se organice el concierto. Las próximas obras nos depararán una nueva Alhambra. No es mala técnica comercial: habrá que volver a oírla. De todos modos, lo que más le gustó a Muntión de su viaje fueron las casas-cuevas de Guadix. Las encontró muy arregladitas y acogedoras.

Mónica Yoldi, que ha estado en Japón, me ha contado que allí odian las cosas de segunda mano; así que cuando un edificio histórico envejece, lo derriban completamente y lo reconstruyen con la máxima fidelidad. Más que una interpretación, lo que hacen los japoneses con la arquitectura es como una remasterización. También me ha dicho que los equipos que trabajan en limpieza se emplean tan a fondo que parece que les vaya en ello la vida. Y además van perfectamente protegidos (guantes, botas, mascarillas, etc) para no contagiarse de lo que limpian ni para contaminar nada con su limpieza.

El que más tiempo me ha tenido en la calle contándome su viaje ha sido Javier Solozábal y es que venía nada menos que de recorrer toda la China por la ruta de la seda. Me ha contado que es cierto que los chinos son muy hacendosos y que sus ciudades crecen a un ritmo incluso superior a Logroño, pero que la gente no se desplaza masivamente en bici como yo me imaginaba. Ni tampoco en coche: cuando los chinos tengan coches -me ha asegurado-, sus ciudades se colapsarán. La solución momentánea a la movilidad es el telefonino. Todo chino, desde el pastor de ovejas hasta el vendedor ambulante, tiene un móvil para -eso es lo curioso- que no se mueva mucho. Se ve que el Estado, medio se los regala y que debe ser tirado llamar. Le pregunté por los restos urbanos del pasado, pero me dijo que excepto la Ciudad Prohibida y la Gran Muralla, allí no hay pasado (lo arrasó la revolución cultural), sólo hay futuro. Así que no hay problemas de interpretación ni de remasterización. Es por ello que Foster y Koolhaas están encantados construyendo en Pekín (esto no me lo contó Javier, sino que es de mi reciente cosecha de titulares y entrevistas en periódicos; la foto que ameniza hoy el blog es del aeropuerto que Foster construye para los Juegos del 2008).

Creo que este otoño no tocan las Jornadas de Intervención en el Patrimonio bianuales organizadas por el COAR (tampoco iba a ir), pero yo ya me he hecho unas jornadas particulares con tres o cuatro encuentros en la calle. Y más baratas, más amenas, y tanto o más interesantes.

lunes, octubre 09, 2006

58. PENELA



Si antes me invento lo de las ticsturas, antes cae por aquí un arquitecto enseñándonos su muestrario. Véase Alfonso Penela. Estaba muy liado en el trabajo, dijo, pero le invitaron a Logroño y…, eso no se podía dejar pasar. Claro que no, hombre, ¿para qué tienes esas fotos tan monas de tus edificios si no es para enseñar? La gente, sin embargo, lo entendió como un cumplido. Hay que ver qué cortés es la gente.

La conferencia se titulaba “Proyectar el Vacío” pero como es normal, no respondió a semejante oferta filosófica. El vacío, enseñaban en el bachiller, era algo que se hacía en una especie de esfera hueca hecha de dos partes, y aunque nunca se conseguía del todo, con hacer el vacío lo suficientemente bien ni dos caballos tirando de cada cáscara de la esfera conseguían abrirla. Así de poderoso era aquel vacío. En un breve momento de la conferencia, Penela hizo cierta alusión a algún vacío pero ni de lejos tenía aquella intensidad. Lo suyo eran metáforas leves de esas que dan un toquecito poético a la arquitectura en las revistas y las reuniones bien.

Pero no fueron las ticsturas caprichosas (véase en la foto, por ejemplo, como chirrían el sencillo orden estructural del techo y la sencillez geométrica del espacio del polideportivo con la ticstura de la fachada) ni la enorme distancia entre las metaforillas y los retos teóricos lo que más me llamó la atención, pues eso suele ser bastante habitual en los arquitectos que aspiran a ver publicadas sus obras y tener su puntito de luz en el firmamento de la Historia. Me sorprendió, que a pesar del habitual balbuceo con que los arquitectos nos expresamos en público, contaba su obra de una manera ordenada, efectista –sacando la imagen adecuada en el momento oportuno-, y con un tono ameno y nada soberbio (años luz de Mangado, Rojo o Consuegra, por poner a los tres últimos autores que han tenido aquí un bolo).

Ya se estaba ganando por ello mi afecto cuando a la tercera o cuarta obra me di cuenta que el truco consistía en contar que para cada edificio que había levantado siempre había hecho algún pequeño inventillo constructivo, preferentemente en “la piel”. Ese desviar la atención de lo general hacia el detalle material es un buen ardid, porque hace parecer artesano a quien nunca lo es ni lo podrá ser, y con eso se gana siempre uno el favor del público. La arquitectura puede incorporar invenciones o anécdotas, pero no debería aceptarse nunca que fuera contada desde ellas. Se acabó mi afecto.

Y lo mismo hizo con las posibles referencias: nada que ver con una corriente, un estilo, una poética, o una adscripción teórica. Cuando mencionó a Siza, fue porque puso una ventana en una casa para mirar el césped, algo en lo que por lo visto reparó alguna vez el maestro del Concepto, Concepto (ver LHDn6). Y cuando mentó a Niemeyer (¡ay! ¡con lo que acabamos de ver en Brasil!) fue para decir que él también quería curvar el hormigón para estar a la altura de las… sensuales curvas brasileñas.

Después de exponer una operación urbanística en una ladera de Vigo más o menos sensata (a excepción de una espantosa pieza central que pretendía singularizarla), acabó su conferencia con un elemental análisis de los problemas de Vigo (tan elemental que lo ha hecho hasta el turista más despistado que haya caído por allí antes de pasarse bajo el hotel Bahía a ponerse ciego de ostras y ribeiro), para meterse de lleno en el fango “conceptual” con dos propuestas así denominadas por él mismo, es decir, “conceptuales”, pero que en realidad no tenían nada de conceptual y sí mucho de deseo de hacer cosas grandes en su ciudad.

En fin, un bolo entretenido y en oferta de una pieza más de nuestro glorioso panorama arquitectónico nacional.

sábado, octubre 07, 2006

JABLES / NITECUEN

JABLES / NITECUEN

De los viajes de verano o de libros poco visitados, Félix de Azúa trae siempre para su blog un buen número de palabras locales o de vocablos inusuales, que algunos leemos con la vieja curiosidad que tenían aquellos que aceptaban ver las diapositivas de los viajes de otros.

En los post que Eduardo Gil Bera cuelga de vez en cuando en el blog de Azúa, los mismos curiosos lectores encontramos, por el contrario, palabros de nueva factura que el escritor inventa con singular desparpajo.

Son como dos vías distintas y complementarias de reparación de un lenguaje que los periodistas y otros aficionados a escribir vaciamos constantemente por el centro.

viernes, octubre 06, 2006

57. CAFÉ BRETÓN



¿Quién se iba a imaginar que la fiesta pudiera acabar así? Las fiestas, las verdaderas fiestas, son impredecibles; y de ahí su gracia. Sólo hay que dejarse llevar.

Empezó la cosa con una conferencia en el COAR del arquitecto Alfonso Penela de Vigo con motivo de (¡anda ya!) el “día mundial de la arquitectura”. Tiempo habrá de hablar de Alfonso Penela, asunto que ahora es poco importante, -un arquitecto majete que hace cositas en provincias para engancharse al estrellato. Otro día será.

Había esta noche cosas mucho más importantes de que hablar, saludos que atender y posibles conversaciones que rechazar. El final del verano es duro. El otoño se nos echa encima con un montón de asuntos pendientes que van a marcar la ruta de los fríos meses que se avecinan. Y hay que desbrozar.

Discretamente dejamos el Colegio de Arquitectos y nos fuimos a la calle Laurel para hablar tranquilamente de los viajes del verano y de las ecuaciones que nos plantea el año. Todo en buena armonía. Un saludo aquí y otro allá. Un compañero que se une y otros que pasan saludando (o besando incluso/ novedad de las arquitectas) o sin saludar.

Pero a la hora del último café, o de la última copa, la inercia nos llevó al Bretón. Durante los últimos años ha sido el café de referencia cultural en Logroño. Sin ir más lejos, ayer mismo, miércoles 4, después de la cena mensual con los amigos etnógrafos, sociólogos y agricultores de Logroño, fuimos allí y nos tomamos un descafeinado y un orujo, como cualquier otro día del año. Pero hoy jueves 5 de octubre cuando, una vez más, los perezosos pasos de la indecisión nos llevaron a ese bar, nos encontramos con una extraña fiesta (¿aquelarre?) en la que se celebraba la muerte de tan singular punto de encuentro.

Gente variopinta. Jaleo. Copas gratis y una música a todo volumen muy bien escogida. Un funeral en toda regla. Mientras algo moría, la gente bailaba, bebía y se abrazaba como si eso no fuera con ellos. O como si la propia muerte fuera motivo de alegre celebración.

Había allí amigos de hace veinte o veinticinco años. Alumnas que parecían olvidar que habían sido alumnas. Camareros improvisados. Cócteles que se bebían sin parar. Nosotros, los arquitectos, fuimos por pura casualidad, pero nos dijeron que muchos de los que allí estaban habían sido convocado por el selecto sistema de los SMS. Logroño estaba perdiendo el café más amable de los últimos veintidós años, el café de nuestra pequeña y triste vida cultural: donde se daban los premios de poesía, donde se presentaban libros de editoriales minoritarias, donde…, ay, celebramos las mejores (las únicas) tertulias de arquitectura, etc., y nadie hablaba de eso.

El alcohol llegó a destapar, incluso, conflictos extraños –porque la vida artística y provinciana está llena de ellos-, pero el sopor de las tres de la mañana acabó por disolverlos o por aplazarlos.
A última hora llegaron unos cuantos fotógrafos de la prensa (seguramente convocados por los móviles ó los jefes). Hicieron fotos previsibles de la tonta alegría colectiva, pero se perdieron el momento decisivo: ese en el que, cuando ya todo el mundo se había ido, media docena de parroquianos abandonábamos el bar enzarzados en pastosos recuerdos y ajenos al sentido del momento.

Los bares se mueren de una forma muy rara.

RIP Café Bretón.

jueves, octubre 05, 2006

56. LAS RUINAS MAS BELLAS DEL MUNDO



Los muros de adobe y de tapial son tan delicados que parece que se fueran a erosionar con la mirada. Como en el caso de las flores, es de suponer que la gracia de la arquitectura de adobe o tapial está en su carácter efímero. Al ver hacer tapial, pareciera que los hombres están jugando con barro, no construyendo. Cuando los edificios hechos con arcilla sin cocer están en uso, necesitan de un cuidado constante, como si fueran una planta. Y en el momento de la ruina, parece como si la arquitectura se estuviese disolviendo en las montañas y en el suelo que las rodean. No hay ruina más bella que la del adobe o el tapial: antes de que el abandono o la mugre se adueñe de sus muros, la lluvia y el viento devuelven el polvo de arcilla a los campos. 

En un viaje colectivo de arquitectura celebrado en junio de 1999 fuimos a uno de los paraísos de tapial más a mano: los valles del sur del Atlas. Y volvimos encantados, claro está (buena ocasión para releer el reportaje posterior al viaje: Elhall 47-48). Pero inmersos en la machacona cultura del patrimonio, la conservación y rehabilitación, el desconcierto más absoluto nos asaltaba en cuanto nos preguntábamos qué se podría hacer con todas aquellas ruinas.

Algo parecido le debió suceder al arquitecto valenciano Vicent Soriano Alfaro cuando las visitó por primera vez, a comienzos de los noventa; sólo que él intentó dar respuesta. Como era profesor en la Escuela de Valencia, organizó un par de talleres con estudiantes de arquitectura para estudiarlas con mayor calma, catalogarlas, medirlas y dibujarlas.

Fruto de sus estudios, talleres, contactos, idas y venidas, es el libro "Arquitectura de Tierra en el Sur de Marruecos" que le ha editado la colección Arquithemas de la Caja de Arquitectos. Es un trabajo excesivamente grueso como para dedicarle una lectura detenida, pero ojeando aquí y allá, se aprecia un aire muy fresco en la narración del acercamiento a esta arquitectura tan singular, y… un encorsetamiento algo más rancio a la hora de hacer catalogaciones tipológicas y sugerencias restauradoras.

Como todo arquitecto de nuestro tiempo Vicent Soriano no se conforma con contemplar, sino que quiere aprender (a la vez que enseñar) y quisiera intervenir. Respecto a lo primero, me gustaría decir que no es suficiente con medir, dibujar y catalogar (por cierto, en el libro se echa en falta una mejor localización de las obras), sino que es preciso teorizar. Y eso ya está hecho: no hay más que leer los patrones referidos a la construcción en Un Lenguaje de Patrones de Christopher Alexander, y ahí está todo: muros gruesos, paredes blandas, ladrillos y baldosines blandos, tapias de jardín, luz filtrada, etc. etc. (véase si se quiere mi Manual de Crítica de la Arquitectura, pag 121).

Respecto a lo segundo, la referencia a esa kashba rehabilitada como hotel por un otro entusiasta español, me parece no sólo dudosa, sino antinatura. Y de ahí las palabras iniciales de esta nota.

Frente a las ruinas clásicas de nuestras gloriosas arquitecturas en piedra, tan sólidas ellas, y por lo tanto tan reconvertibles en gadgets turísticos, las ruinas del tapial son infinitamente más auténticas. 

Por ello, en vez de declaraciones UNESCO de Patrimonio de la Humanidad, se merecen más bien el título de "las ruinas más bellas del mundo". Y puestos a animar a la visita y fomentar su turismo deberían venderse como en otros tiempos la Torre de Pisa: corra a verlas antes de que se caigan. O también: tenga en cuenta que con sólo mirarlas (y ya no digamos visitarlas) se caen.

miércoles, octubre 04, 2006

55. PRITZKER A ROCHA


LHDn55 Pritzker a Rocha, miércoles 4 oct 06

No tengo noticia de las revistas que puedan publicar las Asociaciones de Arquitectos de los Estados de Brasil y que nos pudieran dar otro enfoque del panorama de la crítica de arquitectura en ese país. Así que en esta nota me ceñiré a comentar algo sobre la única revista de arquitectura que en nuestro reciente viaje encontré en los quioscos de prensa: "aU, arquitectura & urbanismo".

Es una revista creada en 1985 que arrancó con una periodicidad irregular, pero que pronto se convirtió en bimensual. He tenido la suerte de que en este mes de septiembre del 2006 editaban su número 150, por lo que a modo de autohomenaje y publicidad publicaban en las últimas páginas de este ejemplar las portadas y los contenidos de todos y cada uno de los números publicados. Y aunque no sea concluyente, eso ya da una idea de los temas que han divulgado y los autores que han escrito sobre arquitectura en esta revista durante los últimos veinte años. Y cómo no, ahí está ocupando un puesto principal el amigo Roberto Segre, al que dediqué el anterior número del LHD.

Sin ir más lejos, Segre escribe en el número 150 un largo artículo acerca del arquitecto argentino Mario Roberto Alvarez, sobre el que algún día habrá que volver si es que organizamos un viaje a Buenos Aires. Y eso que las fotos no son como para entusiasmar. Lo curioso es que en la bibliografía que cita hay un estudio sobre Alvarez publicado en la UPC nada menos que por Helio Piñón… (¿qué habrá encontrado Helio en los masivos edificios de oficinas de este arquitecto?). Perdón, que me extravío.

La revista la compré por mera curiosidad y porque salía en portada y en un reportaje interior, la intervención en un edificio histórico en Salvador de Bahía que acabábamos de ver por fuera (pues su aspecto no nos invitó a más): el museo Rodin en el simpar Corredor da Vitoria. Pero sin lugar a duda, lo que más me llamó la atención fue la foto que he extraído para confeccionar esta nota.

Es la de una escuela estatal recién acabada en Sao Paulo por el nuevo Pritzker brasileño, el paulista Pedro Mendes da Rocha, quien con semejante premio parece querer decir al mundo que Brasil está, como cualquier otro país galardonado, en lo más alto de la cultura arquitectónica.

Los colorines del edificio, las formas esquemáticas, y el minimalismo de sus texturas ofrecen un contraste tan trágico con el paisaje de favelas que lo envuelve, que la frase de Roberto Segre que citaba al final del LHD anterior cobra todo su sentido: la arquitectura tiene "vida propia" y baja del cielo de vez en cuando (y bendecida por los Pritzker) para mejorar la ingrata cotidianeidad de la población. En el pie de foto se dice que "a escola busca requalificar o espaço urbano".

La pena es que los niños que irán a esa escuela son los de la favela de alrededor, y seguro que no sabrán respetar como es debido la pureza de los colores y sus limpios paramentos. No estaría de más que dentro de cuatro o cinco años, alguien hiciera un reportaje fotográfico de esa escuela para ver si la arquitectura ha tenido efectos salvíficos sobre el entorno o la ingrata cotidianeidad ha tomado la arquitectura al asalto. Apuesto por lo segundo. Y en el doble sentido: en el del juego y en del deseo.

lunes, octubre 02, 2006

54. ROBERTO SEGRE




Para contar cual es el estado de salud de la arquitectura en Brasil, los viajeros logroñeses que hemos ido recientemente a tres de sus ciudades (Salvador de Bahía, Río de Janeiro y Brasilia) hemos traído una ingente cantidad de fotografías que pronto pondremos en común entre nosotros, y que con el tiempo iremos ofreciendo a los amigos. Pero el estado de salud de la arquitectura de un país puede medirse de un modo diferente al de las imágenes de edificios y calles: el nivel de cultura urbana de un país tiene mucho que ver con su producción editorial y la calidad de sus críticos más afamados.

De ese modo y sin salir prácticamente de casa, con sólo leer el artículo que El País publicaba en el Babelia el 30 de septiembre del 2006, titulado "Política y Arquitectura en Brasil" y firmado por Roberto Segre, ya se puede dar uno cuenta de la patética situación que vive la arquitectura en el viejo imperio portugués.

En el dossier que hice para el viaje ya hice un rastreo de lo poco y malo que hay escrito sobre arquitectura brasileña: el libro de la Gustavo Gili sobre Niemeyer, de José Maria Botey da autentica grima; los artículos que han ofrecido durante estos últimos quince años las revistas de Galiano no pasan de cuatro tópicos y las consabidas letanías del santoral en la línea del libraco del argentino Ramón Gutierrez, Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica; y lo de Roberto Segre ¡ay! lo de Roberto Segre, el gran catedrático de Río de Janeiro, con pedigree italiano y honores cubanos, es para echarse a llorar.

Antes del viaje pedí por correspondencia la Guía de Arquitectura Contemporánea que Roberto Segre había publicado, y cuando me llegó a casa, tuve esa sensación de timo tan propia de las compras por catálogo. Pero para cursi y miope, el artículo que publicó Segre en Arquitectura Viva 87 (11 dic 2002) con motivo de la llegada de Lula al poder y la celebración en Brasilia. Era tan incensario, meapilas y baboso que en el dossier lo puse junto a la pag 14 del diario El País de 8 jun 06, en la que se daba la noticia del asalto de los Sin Tierra a Brasilia. ¡Qué vergüenza da leer crítica de arquitectura desde el poder de las tribunas de la universidad, la gran prensa y los despachos oficiales!

Si el nivel de arquitectura de un país se reconoce por la calidad de los críticos oficiales y la producción editorial, Brasil está en estos momentos más cerca de Egipto (donde no hay forma de encontrar un mapa de El Cairo) que de España -que tampoco es para echar cohetes. En las grandes librerías de la ciudad apenas hay otra cosa que el típico libro de fotos de obras de Niemeyer, y en la librería del prestigioso Centro Cultural del Banco de Brasil, dos o tres cosillas insustanciales más. Así que si se quiere encontrar algo, hay que ir obligatoriamente a alguna de las librerías Travessa. Y no son gran cosa. En cuanto a Guías, hay una de Río en cuatro volúmenes editada en el año 2000 por Casa da Palavra que está bastante bien, pero ya están agotados tres de sus volúmenes y sólo pude hacerme con el estupendo episodio del Art Decó. Del impresionante fenómeno de las invasiones y el favelismo no hay nada de nada, como si no existiera; todo lo más algún libro estetizante de fotos en blanco y negro. Yo quería hacerme con algún atlas urbano que explicase los planes de Brasil, pero eso era como pedir peras al olmo. Así que me tuve que conformar con un libro de fotografías de "Río desde el Cielo", bastante bueno por cierto, en el que, por traer un buen número de fotografías aéreas antiguas, te puedes hacer una idea de la evolución urbanística de las áreas más conocidas de Río y de los impresionantes desmontes del Morro do Castelo y el Morro do San Antonio que me imagino que servirían para los rellenos del primer aeropuerto y los paseos de Flamengo a Botafogo.

Como en Brasilia aún hay menos cosas (¡aún!) fui a la facultad de Arquitectura, pero ni tan siquiera hay un departamento de publicaciones.

De todos modos, a poco que prestes atención, en los textos más tontos siempre hay algo de verdad. Así concluye Roberto Segre su artículo en El País: "Afortunadamente, en el confuso y contradictorio panorama político brasileño, la arquitectura y el urbanismo logran mantener una vida propia y mejorar la ingrata cotidianeidad de la población". ¡Madre mía! Lo último no es muy cierto, pero qué extraordinario diagnóstico contiene esa frase final: la arquitectura y el urbanismo de Brasil están en el cielo -como los santos y las orixás-, viviendo su vida propia (y hasta internacional), e iluminando la miseria de sus ciudades sin mancillarse.

Pobre Brasil.

53. VIAJES COLECTIVOS DE ARQUITECTURA




Entre estas dos borrosas, pero alegres fotografías, hay una gran historia que contar. La de la izquierda fue tomada en el Estadio Olímpico de Berlín por alguien que no recuerdo un 21 de septiembre de 1995 en el curso del primer viaje internacional de arquitectura que organicé para el COAR. La segunda es un cariñoso y apresurado fotomontaje que Enrique Aranzubía consiguió a duras penas que le hicieran en las cataratas de Iguazú otro 21 de septiembre, esta vez del 2006, en el curso del último viaje de arquitectura, y que por carecer esta vez del apoyo del COAR, acabó por llamarse de un modo espontáneo Grupo CORRAL.
 Por medio hay otras muchas, muchísimas fotos y experiencias de felices visitas de arquitectura en viajes que organicé para el COAR: a Suecia (junio de 1996), Finlandia (junio de 1998), Marruecos (junio de 1999), Turín (junio del 2000, en colaboración con Jesús López Araquistain), Hamburgo y Copenhague (Semana Santa del 2001), Cuba (Semana Santa del 2002), Suiza (septiembre del 2002), Nápoles (septiembre del 2003), California (Semana Santa del 2004) y Egipto (Semana Santa del 2005); y también en algunos otros viajes menores en los que colaboré con los medios del COAR, a las Bastidas Francesas (mayo del 95), al Guggenheim en obras (abril del 96) o a Pamplona (abril del 2004).
Antes de cada uno de estos viajes he llevado a cabo una exhaustiva preparación realizando extensos dossieres para los viajeros (algunos de los cuales, no todos, están depositados en la biblioteca del COAR) y después de los viajes se han hecho puestas en común de las fotografías (en casi todos) y hasta exposiciones colectivas, como la de Ver Berlín, o la del viaje Suecia, amén de puntuales comentarios en Elhall.

Además del enriquecimiento cultural y arquitectónico que han podido suponer para cada viajero, todos estos viajes nos han servido para establecer lazos de convivencia entre compañeros de un orden muy superior al que se establece, por ejemplo, con las cenas colegiales, y con un coste muy inferior para el COAR. Y han permitido también que familiares y amigos se unieran a nuestro colectivo ensanchándolo con su presencia y sus diferentes puntos de vista.

He de decir, sin embargo, que no es fácil viajar con arquitectos. Todos nosotros, por formación (o deformación) profesional somos gente creativa y con iniciativa propia, y muy dados a organizar y dirigir, así que en todas y cada una de estas singladuras he tenido que encauzar diferentes y a veces contrapuestas iniciativas o proposiciones surgidas en el incierto devenir de los propios días de viaje. No es cómodo conducir a un grupo de generales, pues acostumbrados a ser los primeros en nuestros pequeños ejércitos, no gustamos de ir en pelotón. Y tampoco es fácil lidiar con guías locales pelmas, chamarileros o graciosillos que acostumbrados a grupos de turistas heterogéneos y aborregados, no aciertan a ver las singulares características de nuestro grupo. Entre unos y otros no siempre me ha sido sencillo llevar a buen puerto los viajes, y dado mi carácter pasional no pocas veces he perdido los nervios o la más elemental cortesía con los compañeros de viaje.

Pero los viajes no los hace el organizador, sino los viajeros. Como ya sabéis, mi único cobro por organizar los Viajes Colectivos de Arquitectura ha sido la gratuidad que las agencias, hoteles y compañías aéreas dan (y no siempre, o no sin tasas) al guía de los grupos. Así que yo también estoy agradecido a todos y cada uno de los viajeros de todos y cada uno de todos los viajes mencionados.

Por todo lo bueno que los viajes han podido traer a nuestro colectivo de arquitectos y por todas las dificultades que conlleva organizar y dirigir los viajes, en el de este año a Brasil me he sentido especialmente dolido por la falta de apoyo de la Junta de Gobierno del Colegio de Arquitectos. Aunque a cambio, tengo que decirlo también, me he sentido doblemente agradecido a los compañeros y amigos que han participado en él. Ha sido un viaje muy especial y muy difícil, con gente que se apuntaba y desapuntaba, cambios de planes y hasta la quiebra de la compañía aérea que nos iba a llevar. Si felizmente ha salido bien, ha sido en buena parte por el cariño que tiene para nuestro grupo la habitual agente de viajes con la que trabajamos, Isabel Tobalina, que ha luchado más que yo porque hiciéramos este viaje a Brasil, fuera como fuese.

Todo ello, como decía al empezar es una gran historia. Una historia en la que, en estos momentos, me es muy difícil decir si ya se ha acabado o si tendrá más capítulos. Por si acaso, yo ya la dejo medio esbozada en este pequeño LHD, el 53.

sábado, septiembre 30, 2006

GRACIAS POR FUMAR.

Desde que fumar está tan prohibido o tan mal visto, me apetece cada vez más. No soy un fumador vicioso, sino un fumador esporádico, así que siempre he fumado cuando he querido y me ha apetecido, y por supuesto, con el debido respeto hacia quienes pudieran estar a mi alrededor. Como supongo que todo el jaleo antitabaco va contra los viciosos, yo me siento una víctima. Pero me fastidia incluso que se persiga a los viciosos; sobre todo porque tratándose de vicios, los más morbosos y retorcidos son los del puritanismo y la salud.
Digo todo esto porque habida cuenta de mi posición personal, quizás no sea muy objetivo en el aprecio hacia la película GRACIAS POR FUMAR que pretendía recomendar con esta nota. Así que para ser creíble he de basar mi recomendación en otros argumentos. Por ejemplo, en el “elogio del cinismo” que esa gran película desarrolla, o en la capacidad que tienen siempre de sorprendernos los tan denostados U.S.A., con productos de la más fina inteligencia y el más exquisito humor.
No os la perdáis.

viernes, septiembre 29, 2006

52. TICSTURAS




Quienes hayan hecho aprecio del Manual de Crítica de la Arquitectura que escribí hace unos años quizá recuerden que coloqué a las texturas como el tercero de los cinco elementos del alfabeto visual, pero que no contento con ello di un gran salto cualitativo y les atribuí el valor del latido o pulso que poseen las cosas vivas.

Todo lo que allí dejé escrito era producto de mi trabajo de investigación como profesor de diseño de la Escuela de Artes y Oficios, pues en la Escuela de Arquitectura no aprendí absolutamente nada acerca de las texturas. Que yo recuerde, ni si quiera a nombrarlas así. Cincuenta años de modernidad habían desembocado en el culto a unas arquitecturas blancas que ignoraban y borraban, donde les era posible, cualquier vestigio rítmico que pudiera sugerir un motivo ornamental.

Consecuencia de aquella horrible mutilación ha sido que, cuando la arquitectura ha intentado recuperar las texturas, lo ha hecho, no desde la naturalidad de los materiales o desde su tectónica aditiva, sino con la artificiosidad propia de cualquier "tic" de la moda. Es decir, que han vuelto -permítaseme la invención del palabro-, como "ticsturas". Las florecillas hippies, los papeles del pop, los lunares de la movida, los patchworks de Venturi o las pieles de los afamados arquitectos suizos se me aparecen por tanto como unos episodios bastante espúreos del retorno de las texturas a la arquitectura.

No quiere decir ello que la calidad visual y la creatividad en el territorio de las texturas no haya dado un gran avance en los últimos años. Todo lo contrario. Entre el libro "La Ornamentación desde la Revolución Industrial a Nuestros Días" de la editorial Alianza Forma que compré cuando empecé a interesarme por las texturas, y el "Patterns in Design Art and Architecture" de la editorial Birkhamer que he consultado recientemente, hay un abismo. Si en aquel libro fechado en 1986 apenas había nada posterior al art decó, en este último aparecen no pocas imágenes impactantes de novedosas texturas y de su profusa utilización en las obras más epatantes y efectistas de arquitectura.

(Un inciso con respecto al título de este último libro: como alguna vez ya he escrito, hay que tener mucho cuidado con la palabra "pattern" y, sobre todo, evitar utilizarla con exclusividad para los motivos ornamentales).

Como "tic" parece que las texturas no tienen aún muchos adeptos entre nosotros. En el concurso del Polideportivo de Siete Infantes (véase la nota del LHDn43) hubo quien intentó ganar con "ticsturas" (foto 1), pero para jugar a eso, hay que conocer mejor al jurado. Casi estoy seguro que los eliminaron a la primera. La cultura arquitectónica provinciana tiene bastante inercia a las modas aunque, como todo llega, hay quien ya empieza por aquí a hacer pinitos con las ticsturas (foto 2).

Por usar la terminología del Manual y llegar un poco más lejos con las metáforas, podría decirse que las ticsturas serían como esas cancioncillas rítmicas intrascendentes de los hilos musicales que tratan de alegrar o crear ambiente (musiquillas que con el tiempo siempre acaban por hartar); pero no los latidos de la materia que nos permiten saber que la arquitectura está viva.

jueves, septiembre 28, 2006

51. RELECTURA



(Un par de “suscriptores” dell LHD me han llamado extrañados por la forma en que, tanto en la portada del último hAll como en un artículo interior de José Miguel León, se ha reutilizado una foto de Masat que yo usé hace años para un artículo en La Rioja, y por no entender muy bien la cita que Josemi me hace en él. Como aquel artículo no se publicó mas que en el periódico y no es fácil de encontrar, he pensado que lo mejor sería traerlo aquí para poder releerlo y salir de dudas. Doy por supuesto que es completamente lícito usar la misma fuente de inspiración para desarrollar reflexiones de diferente alcance, pero lo cierto es que la de Josemi y la mía tienen poco que ver y que al mezclar la cita con la foto, hasta pueden inducir a confusión. Mi artículo no apuntaba apenas al binomio privado/público que plantea elhAll95 a sus colaboradores, sino que divagaba sobre las diferencias entre la arquitectura y el habitat.Se agradece en todo caso que alguien te cite, porque así te da ocasión a releerte. Seguramente ahora limaría un poco algunas palabras o expresiones de aquel artículo, pero me parece más justo dejarlo tal y como se publicó.

Lo que no he podido evitar ¡ay! es leer también la impertinente entradilla con que el periódico presentaba el artículo a sus lectores. Una burda descortesía que, vista desde cierta perspectiva, es una buena prueba de lo prudente y acertado que es el alejarse lo más posible de ese medio de comunicación. Decía así:

 “El arquitecto y polemista profesional Juan Diez del Corral vuelve hoy a esta sección que tanto le aburre para, partiendo de una frase de Camen Pinós, reflexionar sobre qué es la arquitectura y qué es eso que él llama “habitación”, que supera el otro concepto y que, por fortuna, no es sólo cosa de arquitectos. La inspiración es libre: a Diez del Corral le nace de una señora pintando una línea negra”.

 ¡Vaya forma de presentar a un autor y a un artículo -difamándole y contestándolo- y... de ver la foto de Massats!)

HABITACION

Hace cuatro o cinco años, en la Jornada de Clausura del I Congreso Nacional de Arquitectura celebrado en Barcelona, la arquitecta Carmen Pinós dijo una de esas frases-eslogan que los periodistas recogen con prontitud y fidelidad, y que fue publicada al día siguiente en casi todos los medios de comunicación nacionales con la propia noticia de la celebración del Congreso. "La Arquitectura es algo tan importante que no deberíamos dejarla sólo en manos de los arquitectos" -dijo la ya por entonces ex-esposa y ex-colaboradora del ahora recién desaparecido arquitecto Enric Miralles.

Yo no tengo ningún aprecio por la arquitectura de Pinós ni por la de Miralles, pero aquella maldita frase me ha estado dando vueltas en la cabeza -como otras veces el pepino del gazpacho en el estómago- y trayéndome muchas veces a la memoria a esa "artista" de la arquitectura que no me interesa lo más mínimo. De alguna manera yo estaba de acuerdo con la frasecita de marras pero no me encajaba con la personalidad de quien la decía. Así que en una de las calurosas noches del mes de Agosto en que es tan fácil desvelarse por el sudor, dí con el remedio. No señora, la Arquitectura es cosa de arquitectos y nada más que de arquitectos, mismamente como la Medicina es cosa de médicos. Son saberes específicos y desarrollados en teorías y manuales a los que no todo el mundo tiene fácil acceso. Otro asunto es la habitación del hombre; como otra cosa es también la salud. "La Habitación es algo tan importante que no deberíamos dejarla sólo en manos de los arquitectos" es la frase correcta -me dije entre las sábanas desordenadas por el calor-, aunque dudo mucho que si Carmen Pinós la hubiera dicho así, los periodistas la hubiesen apuntado tan deprisa en sus cuadernos. Y es que la idea de "habitar" ha caído en el olvido y no da para un titular. Sigo un poco más con la semejanza respecto a la Medicina para constatar que los médicos han operado lingüísticamente de forma inversa: no sólo no se han olvidado de la palabra Salud sino que se han apropiado de ella y a los Centros donde ejercen su Medicina hoy se les llama pretenciosamente Centros de Salud. Pero aunque los Arquitectos no se denominen expertos en Habitación, lo cierto es que la sociedad ha hecho la misma dejación en su responsabilidad habitadora que en el caso de la Salud. La Habitación se la hemos dejado a los arquitectos y la Salud a los médicos; pero la Habitación, -digámoslo como tesis o como jaculatoria-, no es cosa de arquitectos ni la Salud es cosa de médicos, aunque no por ello vamos a negar la validez y la autonomía de los saberes de los arquitectos y de los médicos.

La confusión entre habitar y construir es uno de los grandes males de nuestro tiempo; es una de las tragedias de las Escuelas de Arquitectura y, digámoslo de paso, es también la causa del solemne aburrimiento de esta página de Arquitectura del diario La Rioja. Y es que los saberes respecto a la historia de los estilos, la autoría de tal o cual edificio, los análisis compositivos de una fachada y de sus detalles constructivos, por no decir también las alabanzas e inciensos a todo el santoral que esa historia y esos saberes han ido creando, son tan aburridos que, incluso yo, que soy arquitecto y lector metódico, rara vez consigo acabarme esta página. En consecuencia con lo que digo, mi obligación es intentar explicar poco a poco (y a ser posible sin aburrir) qué es lo que ha de entenderse cuando decimos Habitación en vez de Arquitectura. No me va a ser fácil, porque ni yo mismo lo tengo claro, pero en mi ayuda ha acudido en el mismamente caluroso mes de agosto una fotografía de Ramón Masat colgada en la Sala de Exposiciones del Ayuntamiento que dice todo lo que yo quiero decir, y encima con una gran belleza.Como la mayoría de las fotografías de Masat no posee título y sólo tiene como referencia, Tomelloso (Ciudad Real), 1960; pero bien podría titularse "Habitación" y así nos daría la primera pista en nuestra investigación. Nosotros entendemos comúnmente el habitar en el aspecto restringido de ocupación de un espacio construido (una casa está habitada cuando hay alguien habitualmente en ella), pero esta fotografía muestra que habitar no sólo es ocupar un lugar sino también "ocuparse de él". Y es en ese sentido cuando debemos decir que una casa está habitada no sólo cuando hay gente dentro sino cuando alguien "se ocupa" habitualmente de ella. Mientras que el "ocupa" es un invasor (y escrito con K expresa aún mejor ese sentido de agresividad), el que se ocupa de la casa es el que la habita. Habitar es hacer la casa: como el pájaro hace su nido o el caracol segrega su cáscara. Cada día, la casa y el trozo de calle al que da frente la casa son aseados por su habitante. Y cada año en primavera, la casa es blanqueada de nuevo, y una mujer dibuja la línea decorativa que expresa la diferencia entre la casa y la calle.

La distancia entre la manera de habitar nuestras casas y ciudades (nuestra manera de habitar Logroño sobre todo) y la fotografía tomada por Ramón Masat es tan grande que la emoción nos embarga. Me consta, sin embargo, que en cada tiesto de balcón, en cada trocito de acera barrido por un tendero, o en cada visillo de ventana de nuestra ciudad, hay gestos similares. No son esos los gestos de los arquitectos modernos (quienes lógicamente aborrecen los tiestos y los visillos) ni hay políticos al lado haciéndose las fotos con su inauguración o empresarios y constructores haciendo millones, pero yo os digo, habitantes de Logroño y La Rioja, que esa es la más hermosa Arquitectura que imaginarse uno pueda: justo la que no debe dejarse en manos de los arquitectos.

juan diez del corral

miércoles, septiembre 27, 2006

50. MUSICA Y ARQUITECTURA




















Cada vez que en estos últimos años he escuchado o interpretado música en directo y por una u otra razón el lugar no me encajaba con la música, he pensado en lo necesario que sería tratar por escrito acerca de esta interesante y delicada relación. Sobre todo, desde el lado de la arquitectura y la insensibilidad hacia ella, porque desde que hay música en lata y ésta se puede oír en cualquier lugar, la gente que luego la escucha en directo parece ajena a las condiciones espaciales, decorativas (¡e incluso auditivas!) en que se produce.

El tema es tan extenso que en los tiempos en que hacía elhAll pensé dedicarle cuando menos un cuadernillo central de aquellos que llamaba “hasta la Cocina”. Pero habiendo reducido el formato de mis escritos al de los folios del LHD, lo mejor será ir abordándolo por entregas y abrir así el debate a todos los colaboradores que quieran participar.

Empezaré por la última ocasión en que esa relación me ha chirriado: los conciertos de música antigua que se celebraron en Logroño los días 11 y 12 de septiembre de este año en la Sala de Cámara del Riojaforum.

No se puede decir que los organizadores de la Semana de Música Antigua de Logroño no se preocupen por dar con un lugar adecuado a unos conciertos que, en el plano musical, parecen superarse cada año en cuanto a calidad. He acudido a verlos a San Bartolomé, luego a La Redonda, y después al Auditorio del Ayuntamiento de Moneo, y según me informan, también se hicieron en la Iglesia de Palacio en sus primeras ediciones. No voy a hacer cábalas sobre las posibles razones que han provocado esa migración continua, pero sí decir que por unas u otras razones, en casi todos los casos había algún desajuste evidente entre ese tipo de música y el lugar y ambiente en que se producía.

Así las cosas, la asepsia de ese Riojaforum que Pablo Larrañeta aplaudió con el manoseado “menos es más” (La Rioja, 11 nov 2000) -que con el tiempo se ha acabado por convertir en un “menos es nada”-, podría haber sido una solución neutra y abstracta en el sentido de algo así como un museo para la música antigua.

Pero lejos de ello, ese paupérrimo escenario forrado de madera artificial por todas partes y sin tratamiento alguno de las juntas, me produjo la sensación de estar dentro de un féretro donde la arquitectura hubiera muerto para siempre y desde ultratumba nos llegaran las tristes y bellas canciones de la corte de los Austrias. Y encima, con una calidad auditiva bastante mala, pues bien porque los cantantes se pusieran a la par de los instrumentos, o bien por el eco del espacio que dejaban detrás de sí, el caso es que las condiciones acústicas estaban muy por debajo de la calidad de los interpretes.

Abundando en esto último he de decir, sin embargo, que en el tercero de los conciertos, el del día 13, se produjo un milagro acústico: la muy especial formación de una sola guitarra barroca y un exquisito percusionista hizo que la caja mortuoria del escenario funcionara como una perfecta caja de resonancia, y que el sonido no sólo fuera buenísimo, sino también inmejorable e impensable en cualquiera de los otros escenarios hasta ahora utilizados.

Pero aunque el sonido fuera bueno, la arquitectura seguía en el limbo, y si no me creéis, mirad la foto que hice. Por cierto, antes se veía a algún arquitecto en los conciertos de música antigua, pero en estos últimos no he visto a ninguno que pudiera testificar lo que cuento. ¡Ay! y si los arquitectos no vamos a los conciertos ¿quién se va a ocupar de mejorar esta difícil relación entre música y arquitectura?¿Sólo los músicos? ¿Sólo los organizadores? Pues mal asunto, porque por la cantidad de malas experiencias que recuerdo y que con el tiempo iré contando, poco o nada parecen entender de arquitectura.

miércoles, septiembre 13, 2006

49. AACHEN







En el LHD 45 contaba uno de mis trucos para los preparativos de los viajes, el de los cuadernillos del Domus. Hoy contaré otro algo más viejo, si bien limitado a las visitas por centroeuropa, el del Braunfels. Se lo debo a Félix de Azúa, quien publicó de él una elogiosa reseña en El País hace... muchos, ay, muchos años. Desde 1991 en que lo compré, lo he consultado siempre que he viajado a alguna ciudad europea y de ese modo he tenido a mi disposición la clave explicativa sus orígenes y de sus momentos decisivos, que es como tener la llave de la ciudad sin que te la tenga que dar el alcaide. Este mismo año, por ejemplo, lo utilicé para preparar la vista a Aachen que ahora os cuento. Pero antes daré la reseña editorial del libro por si lo queréis comprar (creo que no está en la Biblioteca del COAR): Urbanismo Occidental, Wolfgang Braunfels, Alianza Forma. La reseña de Azúa también la conservo..., por si alguno no se fiara de mi.

La edición del Braunfels es tan elegante que aún traduce los nombres de las ciudades (según era costumbre en la “antigüedad”) así que, en sus páginas, Aachen es Aquisgrán, que es como nosotros la estudiamos de niños. Salía en los libros de historia poco después de la invasión musulmana a Hispania, y sumidos en nuestra penuria era como una especie de lucecita que se encendió allá lejos, entre Alemania y Francia, recordando los esplendores del imperio romano y anunciando los futuros triunfos de la cristiandad. Un reyezuelo germano se hizo investir emperador por el papa en el año 800, se puso por nombre Carlomagno y edificó una gran capilla octogonal de sabor bizantino muy muy al norte, en las proximidades del Rin: la famosa capilla palatina de la que los libros de historia siempre daban una oscura foto como de cripta o algo así.

Pues bien, el Braunfels da una pequeña planta y explicación de cómo Carlomagno edificó su gran palacio en forma de C pasando olímpicamente de la cuadrícula que en su día dejara señalado el campamento romano, y cómo, con posterioridad, surgió en torno al palacio un pequeño vicus y se dotó de un primer y un segundo recinto amurallado. Finalmente la ciudad medieval desgajó el palacio en dos: sobre la capilla palatina se fue construyendo la catedral (en la foto de arriba a la izquierda se pueden ver los añadidos góticos y barrocos) y sobre el palacio se construyó el formidable Ayuntamiento (foto de abajo en el centro).

Entrar en la capilla es, en verdad, emocionante. Es un lugar muy especial; en muchos sentidos, único. Eso sí, no está pensado para hacer fotos (como puede comprobarse por la de arriba a la derecha). Los añadidos posteriores no le han quitado el protagonismo, y la claridad de su eje vertical, el espacio que se dilata por los corredores circulares (como nos enseñó a ver Zevi) y el peso de mil doscientos años, impresionan.

Como es propio de gente culta, en el Ayuntamiento se han tomado en serio la historia de la ciudad y ofrecen al visitante una maqueta de la gran construcción que levantó Carlomagno. Y en la antigua plaza del Mercado avistamos finalmente la figura en bronce (seguramente decimonónica) de aquel rey-emperador de larga espada y corta pluma, pues, como dicen sus biografías, no logró aprender a escribir.

martes, septiembre 12, 2006

48. LECCION INAUGURAL





Nada más oportuno e interesante para los amantes de la arquitectura que empezar el curso escolar con una Exposición en el COAR que sugiere ser una nueva llamada a repensar la forma en que habitamos la tierra, y que, al decir de Heidegger, es como pensar en el modo en que somos.

Iñigo Jáuregui ya había hecho junto con Carlos Muntión una exposición de fotografías en el COAR a propósito del lamentable estado de las iglesias abandonadas de nuestros pueblos deshabitados, exposición que siempre podremos revisitar gracias al cuadernillo hC13 que le dedicó elhAll75. Pero aquella muestra, titulada Patrimonium Pecuarium, en la que amén de ruinas se podía ver el impactante contraste de vacas y caballos en el interior de las iglesias, por haberse realizado asociada a unas Jornadas de Intervención en el Patrimonio podría haber desviado la atención del visitante hacia asuntos tradicionales de denuncia, incuria, conservación etc.

No es el caso de la que se inauguró el pasado jueves 7 de septiembre, pues esta vez las fotos se exponen sin otro motivo que el propio empeño del autor por mostrarnos lo que él ha ido viendo en su permanente deambular por nuestros montes. Un empeño que, en mi parecer, apunta a algo más allá que la recreación fotográfica (es decir, artística), pues como muy bien dijo Jauregui en la inauguración, el visitante tendrá que perdonarle que algunas de las fotos no tengan la calidad mínima de una exposición de fotografía.

Recién instalado en Logroño como arquitecto, y mientras vivía ese largo e incierto periodo de aprendizaje en la profesión acerca de todo aquello que no nos enseñan en las escuelas, tuve la suerte de conocer a Luis Vicente Elías y compartir con él y con un equipo de filmación formado por Luis Brox (y Sra), Luis Fatás y James, un par de inolvidables jornadas en Lasanta, La Monjía y Ribalmaguillo, preparando un video para un Congreso sobre Pueblos Abandonados que se iba a celebrar en Madrid ese mismo año. La gracia del video consistía en mezclar las imágenes de la desolación con los sonidos llenos de vida que hubieran podido oírse en esos lugares, pero mientras ellos se afanaban en las tareas propias del video yo, como aprendiz de arquitectura, aguzaba el oído para escuchar otro tipo de cosas que aún parecían decir aquellos restos de casas, calles e iglesias.
Casi nunca nos damos cuenta de lo que nos dicen cuando lo oímos por vez primera, pero si persistimos en la escucha, es posible que alcancemos sentidos más profundos. Asistí a aquel Congreso, animado por gente como Peridis, Mario Gaviria, el propio LuisVi y una divertida fauna alternativa, visité en solitario varias veces aquellos pueblos abandonados del video y otros muchos más de nuestra provincia, y hasta empecé a recopilar información en una carpeta que…., por cierto, un día se la dejé a Rebeca, la antigua directora de La Rioja del Lunes (luego periodista de sindicatos) y aún no me la ha devuelto: me dijo que le habían encargado hacer un reportaje los de EL PAIS para el suplemento dominical, pero creo que al final no hizo nada. Y casi mejor, pues no creo que éste sea un asunto de basura periodística.

Seguí el rastro de los pueblos abandonados durante años, digo, pero el momento en que se me abrieron los oídos a su mensaje, y ahora que lo pienso, el momento en que me gradué verdaderamente en arquitectura, me llegó en 1995 de la mano de un artículo que me envió José Angel González Sainz y que tuve la suerte y honor de publicar en la portada del número 2 de El hAll: El merodeador. De vuelta de la inauguración de la exposición del pasado jueves lo releí con la emoción propia de una revelación y volví a reafirmarme en la profundidad y el alcance de la lección (también puede encontrarse en el n34-35 de la revista Archipiélago).

Así que, en esta vuelta a la actividad, y ante un nuevo año seguramente tan alocado en arquitectura como los anteriores (si no más), se me ocurre ofrecer aquella postrera lección de mi graduación como lección inaugural de este curso y como la mejor guía posible para visitar la exposición de fotos de Iñigo Jauregui que estos días puede verse en el COAR.

lunes, septiembre 11, 2006

47. LAS CASAS DE HIJON




Es bastante vergonzoso que los arquitectos de Logroño no hayamos escrito apenas nada sobre nuestro primer “compañero”. La arquitectura es tan antigua como el hombre, pero a la hora de pensar en compañeros de profesión de una manera más o menos próxima, la familia de arquitectos riojanos no tiene más de siglo y medio de existencia. Y por los datos que tenemos, suministrados preferentemente por la historiadora Inmaculada Cerrillo, Maximiano Hijón es sin ninguna duda nuestro hermano mayor.

Nació en Logroño en 1817, obtuvo el título en 1846 y su registro personal consta en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el número 300. Fue el primer arquitecto provincial y municipal de Logroño, aunque no se saben las fechas de su nombramiento y cese, pero este último no pasó de 1879 pues en ese año se nombró arquitecto municipal de la ciudad de Logroño a Francisco de Luis y Tomás, nuestro segundo “colega”. También fue Hijón arquitecto provincial de Navarra entre 1866 y 1868, residiendo durante esos años en Pamplona. Todo lo que sabíamos los arquitectos de él es que diseñó el pequeño ensanche oriental de Logroño, cuyo plano podemos ver en la Guía del COAR p83. Ya os puedo decir que en la guía en que vengo trabajando encontraremos bastantes cosas más de su mano y alguna que otra sorpresa, aunque no es de su obra de lo que quiero hablar en esta primera presentación sino de algo más personal, de sus casas.

Habida cuenta de la gran cantidad de derribos y transformaciones que se han producido en los últimos años en el Casco Antiguo de Logroño, casi es un milagro que aún podamos ver intacta la casa de Maximiano Hijón, sita en el número 5 de la calle Herrerías. Hemos rebuscado en el Archivo Municipal a ver si damos con el proyecto, pero aunque por ahora no ha habido suerte, es lógico suponer que se la hiciera él mismo.

Como es muy aburrido describir los elementos arquitectónicos que componen la fachada, y de momento es lo único a lo que he tenido acceso, os invito encarecidamente a visitarla también y a disfrutar de ese halo romántico que aún desprenden los miradores y la decoración que enmarca los balcones, o a compartir la complicidad de sus pilastras como signos propios de la arquitectura.
Metidos en romanticismos, Isabel Murillo me ha proporcionado en el Archivo Municipal algún dato más sobre la curiosa vida sentimental de nuestro colega, pues se casó con una sobrina y tras enviudar, se volvió a casar con la hermana pequeña de su primera esposa, doña Rosa Corona quien, tras sobrevivirle (Hijón murió en 1890), promovió edificios y hasta creó una fundación caritativa en su propia casa para asistir y educar a niños desvalidos (fundación que por cierto, aún presidía en 1935 otro compañero nuestro, Gonzalo Cadarso).

No se detiene ahí el aire romántico de esta nota pues según las pesquisas de la activa directora del Archivo Municipal, es muy probable que su tumba estuviera en un panteón -posteriormente usurpado por otra familia-, en el que una columna truncada pudiera simbolizar el final del arquitecto y de su arquitectura. Ni con una ni con la otra tenemos certezas históricas, pero es tan bonito enmarcar la vida de nuestro primer arquitecto entre estas dos casas, que casi prefiero que quede así, como leyenda.